martes, 9 de octubre de 2012

LOS ALLEN DE EL BLUFF


Siempre que camino por el andén veo los cimientos de concreto que sostuvieron la casa de madera donde vivían. Los recuerdo sentados en el corredor, en la banca o en el piso, colgando sus pies sobre el alto tambo, observando en los atardeceres el movimiento de barcos en la bahía. Eran tres hermanos: Alonzo, el mayor, Richard y Guillermo, el menor. Crecimos juntos en esa parte del puerto, cerca del muelle de la aduana, a cuatro casas de distancia. Éramos amigos de infancia. Todos los chavalos les llamábamos “los negritos”. “Voy a jugar con los negritos”, decía al pedir permiso y nunca me era negado.

Jugábamos diferentes juegos, principalmente base ball de dos bases en un predio baldío al lado de su casa, cerca de la bajada al entonces muelle de las pangas. Detrás del patio de la casa había un inmenso árbol de hule, le hacían cortes con machete y recolectaban la leche que brotaba en pedazos de cartón, y cuando estaba seca cubrían una semilla de coyol hasta obtener la pelota con la que jugaríamos. No teníamos guantes, pero ellos los hacían de lona de tijeras viejas, cociéndolos con enormes agujas; también tallaban con navajas troncos de guayaba o limón para hacer los bates.

En la temporada de los barriletes, ellos hacían los mejores y más grandes, los que se perdían en las alturas y recibían telegramas dirigidos al cielo con nuestros deseos. Fabricaban barquitos de vela, réplicas exactas de veleros con madera de balsa que hacían competir en regatas de fantasía al lado de la ensenada.

Juntos íbamos a pescar, atrapábamos chacalines para usarlos como carnada entre los restos de un bote salvavidas abandonado al lado de la carretera y nos dirigíamos al muelle de los pescadores, bajando por la esquina imaginaria de Miss Lilian; al regresar, siempre cargaban un racimo de roncadores, palometas y jureles.

Construían rifles de madera con hules gruesos que estiraban sobre el cañón y, con ellos, debajo el frondoso árbol de Guanacaste, esperábamos que aparecieran las palomas y loras para cazarlas. Allí mismo, un poco más arriba, detrás del patio de la casa de mi abuela, subiendo al lado del parque, cortábamos marañones y hacíamos una fogata para asar cashew seed y comerlas.

Cuando los buscaba, siempre fui bienvenido, aunque en pocas ocasiones entré a la casa porque estaban en el corredor. Sentado en la banca, el aroma de la cocina creole de Miss Sara, la mamá de ellos, inundaba el corredor: tajadas de plátano fritas en aceite de coco, Johnny cake, rondón, guabul y ginger beer; degusté con ellos toda una exquisitez. Mister Allen, su papá, trabajaba como vigilante en el muelle de la aduana. Tenían tres hermanas, Anita, Juanita y Margarita, la menor con síndrome de Down.

En las fiestas que se organizaban entre los amigos de ese sector del puerto ellos siempre eran invitados. Después de practicar los primeros pasos de bolero en la sala de la casa de mis abuelos con Melba o Zenaida, mis primas, la primera pieza formal de baile que tuve fue con Anita; llegó a mi lado y me tomó de la mano. “Vení, bailemos, tenés rato de estar viéndome”, dijo y me movió alrededor de la sala como pluma al viento. Era mayor, delgada y alta, mi mejilla descansaba en su pecho y al ritmo de la música escuché los alegres latidos de su orgulloso corazón. De Juanita tengo pocos recuerdos, era la más seria de ellas, pero Margarita era la niña más feliz del puerto, en la loma del parque todos los días de navidad el coronel alma de niño le celebraba su cumpleaños y los chavalos, jóvenes y mayores, acudíamos invitados a su fiesta. “Margarita, está linda la mar”, le decía y sonreía moviendo su cabeza.

Viajábamos a Bluefields todos los días de semana en el mismo barco para acudir a clases, primero en el colegio San José y después en el Colón. Alonzo era un alumno ejemplar, excelente, siempre estaba en el cuadro de honor por sus notas, todas de cien. Tocaba la guitarra en el corredor y leía, siempre leía. Richard era un excelente deportista, jugamos en el mismo equipo de béisbol, "Los Diablos", igual que Guillermo.

Por las noches nos reuníamos en las gradas de la bajada al muelle de las pangas, frente a su casa. A nuestra izquierda nos acompañaba el resplandor de las luces de Bluefields y en lo alto el cielo estrellado. Conversábamos sobre deportistas famosos, de lo que cada quien quería ser cuando fuera grande, cosas de chavalos y, de vez en cuando, llegaban amigos mayores a beberse una botella de güisqui y a fumar. Cuando nos hacían ofrecimientos, ellos nunca lo aceptaron. 

Ahora, al lado de los cimientos de concreto, con una valla metálica de frente que evita el paso al muelle, trato de recordar el momento preciso en que dejé de llamarles “los negritos”. Probablemente fue cuando nos convertimos en adolescentes, tal vez un día me dijeron que no les llamara así, o quizás fue cuando falleció Mister Allen y lo vi a través de la ventana tendido en el centro de la sala sobre una tijera, todos ellos reunidos alrededor de él, llorando por la pérdida de su padre; entonces, creo, comencé a llamarlos “los Allen”.

El Bluff, 5 de Octubre de 2012.

Nota:

Después de 41 años he vuelto a encontrarme con Alonzo Allen. Me ha visitado en Nueva Guinea con su familia y les he tomado la foto de aparece en este escrito. Le dije que había escrito sobre ellos cuando vivían en El Bluff. Al leerlo se reía y comentamos esa etapa de nuestras vidas. "Gracias, gracias, por recordar esos tiempos", dijo.


martes, 2 de octubre de 2012

CHAVALO EDUCADO


Debes saludar a los mayores con las manos juntas y lavártelas antes de comer. No debes sentarte en la mesa sin camisa, mucho menos eructar. No seas atrevido, tienes que esperar que los mayores se sirvan. Con la mano izquierda se toma el cuchillo y con la derecha el tenedor, debes aprender a cortar la carne, mira, así, en trocitos. ¡Quita los codos de la mesa! Mastica bien la comida sin abrir la boca, no chupes la sopa, no hagas ruido. Cuando hayas terminado, debes pedir permiso para levantarte. Hasta que hayas aprendido te llevare a un restaurante. Ya has crecido y tienes que avisar, no puedes seguir orinándote todo el tiempo. Ve, así sácala y agarra puntería. Tenés que practicar porque estás desbaratando el colchón, pronto te darás cuenta que se usa para otras cosas. ¿Cómo cuales? Cuando crezcas te darás cuenta. Levanta el asiento del inodoro, es sólo para ellas. Primero se pone el zapato izquierdo y después el derecho, no hagas caso de esos que dicen que se levantaron con el pie izquierdo, son puras babosadas. Ya sé que te cuesta mucho amarrarte los cordones, no te desesperes, con calma vas a hacer el lazo. El pantalón debe quedarte flojo y debajo del ombligo, sólo las mujeres andan socaditas. ¿Ya te has fijado, verdad? No me digas que no, veo que los ojos te brillan cuando vienen tus primas. No les des mucha importancia, coquetean con todos, por ahora debes dedicarte a estudiar. No dejes que tus compañeros se burlen de vos por ningún motivo. Aunque sea más grande, agárrate a los vergazos y, si no podes ganarle, patéalo, garrotéalo, apedréalo, no vengas lloriqueando, los hombres no lloran. ¿Y si me echan la vaca? Córrete que después nos desquitamos con tus hermanos mayores. No le tengas miedo al agua, tenés que aprender a nadar, nadar es importante, ¡tírate!, ¡tírate ya! ¿Y los tiburones?, se corren cuando escuchan ruido, los que andan en las calles son más peligrosos. Escucho tu voz ronca, de seguro ya te estás haciendo la paja. Es bueno que te la hagas, vas en buen camino porque a ellas les encanta. ¿Hacerle la paja a uno? ¡Chavalo!, ¡no seas baboso! Tomá estos cien pesos y anda al putal. ¡Me da pena! Vení, te voy a llevar. ¿Te gustó? ¿Cómo se portó? ¡Es bien educado!

Martes, 02 de octubre de 2012

miércoles, 26 de septiembre de 2012

¡ES UNA NIÑA, UNA NIÑA!


Ella lo deseaba, siempre lo había deseado, pero una racha de nacimientos de niñas en el barrio intensificó sus deseos. Al conocer la noticia, visitaba a cada una de las mujeres, la mayoría amigas, y regresaba a la casita del barrio Palo Solo de Juigalpa donde vivíamos con el rostro iluminado. “¡Vieras qué niña tan linda!”, “preciosa, una muñequita bella”, me contaba. Teníamos tres hijos varones y desde el segundo anhelábamos una niña.

Eran tiempos difíciles, tiempos de guerra, de escasez de todo lo imaginable: pasta dental, jabón, pañales y de largas colas para obtener lo básico en el centro de abastecimiento. El salario no cubría nuestras necesidades y me aventuré como docente en el Liceo Agrícola y el Instituto Nacional de Administración Publica para solventar la situación: daba clases por la mañana, regresaba al trabajo donde tenía autorizado ausentarme y por las noches. La rutina era la misma de lunes a viernes. Entre los tres trabajos aseguraba menos de cien dólares y sobrevivíamos. No habían estrenos, pero ella se las ingeniaba: cocía mis camisas, teñía mis blue jeans, cambiaba el elástico de mis calzoncillos, la ropa de los chavalos se heredaba del mayor al menor, pero siempre les comprábamos sus zapatitos burros.

Siempre estaba pendiente de los embarazos de sus amigas. En esos tiempos no había cómo darse cuenta del sexo mediante un ultrasonido, pero recurría a secretos de las abuelas. En la salita de la casa levantaba una cadena sobre la palma de la mano de su amiga embarazada que se movía como péndulo y, según la orientación que tomaba, diagnosticaba el sexo: en dirección a la barriga, mujer y lateral a ella, varón. Los ojos de sus amigas se maravillaban según el deseo y, si no estaban convencidas, volvía a practicar el secreto. También, dependiendo de la forma de la panza les auguraba el sexo: una panza redonda albergaba una niña y una puntiaguda un niño. Nunca fallaba en sus predicciones, la mayoría se marchaban contentas.

“En ésta paridera de mujeres me voy”, dijo una noche por el entusiasmo de ver tantas niñas que nacían. Ella siempre determinó cuándo salir embarazada respetando una diferencia de cuatro a cinco años entre embarazos. Sin entrar en detalles, porque podes imaginártelo, hicimos el amor y, en el momento ansiado, algo se desprendió de mis entrañas recorriendo todo el cuerpo, un torrente eléctrico desgarrador, una mezcla de placer y dolor, un destello prendido en mi frente que nunca antes había experimentado. ¡Estás preñada!”, “¡es una niña!”, le dije con el corazón a punto de reventar. Al describirle por qué de mi certeza, sonrió y dijo “sólo sos mentiras”.

Regresé de dar clases, a eso de las diez de la noche, nueve meses después, mis padres y mi suegra estaban a la espera de otro nacimiento. Ella misma se hizo las pruebas de la cadenita, modelaba con su enorme barriga frente al espejo; siempre dudaba, pero había alistado cosas para una niña con colores neutros y hasta chapitas de oro. Corregía unos exámenes y noté el movimiento de mi suegra y de mi mamá en la casa, un ir y venir desesperado detrás de ella. “Ya es hora”, dijo mi suegra; junto a mi padre nos trasladamos al hospital Asunción donde la ingresaron a la sala de labor y parto sin dejarnos estar a su lado, sólo a mi suegra se lo permitieron. Salimos al exterior del hospital y la espera se hizo interminable. A la una de la mañana nos avisaron que todo había salido bien, pero sin decirnos si era niño o niña.

Caminé ansioso por los pasillos iluminados, mi padre iba a mi lado. Cuando salimos al de maternidad vimos en el fondo a mi suegra sosteniendo en sus brazos a una criaturita. El corazón me palpitaba intensamente, más y más cada vez que me acercaba a ella. ¡Otro varón!, dijo mi suegra cuando estábamos frente a ella. Sentí desilusión, un dolor interior convertido en resignación y me disponía a acogerlo en mis brazos cuando mi padre dijo: ¡No fuck, quitémosle el pañal! Mi suegra trató de detenernos dando dos pasos hacía atrás pero era inevitable, mi padre movió hacia un lado el pañal y gritó eufórico: ¡Es una niña, una niña!, y mi suegra sonriendo me la cedió para que la chineara. La apreté con delicadeza en mi pecho, sentí el calor de su frágil cuerpecito, vi el intento que hizo por abrir sus ojitos, acaricie sus mejillas y manitos, noté al fin las chapas en sus tiernas orejitas y respiré lleno de dicha. Cuando llegué a ella, su rostro mostraba la ternura que sentí al tener en brazos a mi hija.

Lunes, 24 de septiembre de 2012

martes, 11 de septiembre de 2012

¡BUENAS!, ¡BUENAS!

Despierto, vuelvo la mirada hacia ella, aparto la colcha suavemente y me incorporo. Con la palma de los pies busco las chinelas, las reúno, las tomo de los ganchos para alzarlas y, con la mano izquierda, levanto lentamente el manojo de llaves que descansa en la mesa de noche.

Observo el amanecer a través del color ámbar de la cortina que cubre la ventana, deposito suavemente las llaves en la bolsa del pantalón corto y, en dirección hacia la puerta de la habitación, giro hacia la derecha evitando estrellarme contra el abanico. Me detengo frente al tocador, el reflejo de la tenue claridad en el espejo es mi guía.

Oprimo las chinelas con el brazo en mi costado izquierdo, tomo el encendedor y la cajetilla de cigarros, los coloco en la bolsa derecha, doy tres pasos sobre el piso de baldosa, tomo la cerradura de la puerta, la giro con cuidado, halo la puerta evitando el crujir de las bisagras, salgo al pasillo y escucho ¡uuummm!; es ella, estirándose placenteramente en su cama.

Calzo las chinelas. En dos pasos estoy frente al lavamos y enciendo la lámpara. El agua está fría, sólo en la ducha tengo agua caliente y, luego de lavarme la cara y cepillarme los dientes, mi primer deseo es tomarme una taza de café humeante. “Otro día”, pienso luego de secarme con la toalla y verme en el espejo.

Camino hacia la sala, observo el gris amanecer a través de los ventanales, abro la puerta y salgo al corredor humedecido por la bruma. Respiro profundamente, en los árboles el canto de los pájaros anuncia el forcejeo de los rayos del sol con la neblina por aclarar el día. Hace frío, bajo las gradas, salgo al porche y camino por el andén hacia la cocina. En lo alto, la cima de la colina dormita cubierta por el manto lóbrego de la mañana.

Froto con la camiseta mis lentes empañados, saco las llaves de la bolsa y abro la puerta de acceso a la cocina. Enciendo las luces, lleno un cuarto de la cafetera con agua y la enchufo en el tomacorriente. Me acompañan el ruido del motor de la refrigeradora, los platos, los vasos, tenedores y cucharas y, sobre un estante de tres secciones, plátanos, papas, chayotes, zanahorias, yuca, quequisque, piñas, bananos y una cabeza de ajo.

Hiervo el agua, llega el momento esperando, la vierto sobre el café y se desprende el aroma que termina de despertarme. Debajo del alero de la cocina, en el salón de restaurante, me siento en una silla, doy dos sorbos de café y enciendo un cigarrillo. Me quedo pensativo viendo cómo aclara el día, el saltar alegre de los pájaros, el movimiento de las hojas provocado por el viento que fluye desde el Este, destilando gotas de agua, y escuchó el aleteo de la Tieta.

Abro la puerta posterior de la cocina. Al verme dice “¡Buenas!, ¡Buenas!”, espera su recompensa. Levanto la ventanilla de la jaula, baja hacia mi mano y, antes de atrapar la rodaja de pan con su pico, vuelve a decir agradecida “¡Buenas!, ¡Buenas!” Una hora después ella llega, entre dormida y despierta, se acomoda en la mecedora mientras le preparo su cafecito; “¡en la taza de la Virgen!”, escucho que me dice.

Regreso a la silla, bebo café, enciendo otro cigarrillo y pienso que este es un buen tema para darles los buenos días. “¿En qué estás pensando?”, me pregunta. “Ya te vas a dar cuenta”, le contestó al dirigirme a mi oficina. Escribo.

Domingo, 9 de agosto de 2012.

martes, 4 de septiembre de 2012

EL PRÁCTICO

De la programación semanal, elaborada por la aduana en conjunto con las agencias aduaneras, dependía su labor y paga; señalaba la ruta de los barcos mercantes que entraban y salían por la barra a través de un canal imaginario, sin boyas ni indicios que marcaran la ruta a seguir, evitando que encallaran llenos de mercancías en el seco estrecho color terroso existente entre la isla del Venado, la isla de Miss Lilian, el casco hundido del Jamaica y el promontorio rocoso de la península que se extiende amenazante bajo la quilla de los barcos al atravesarlo. En tierra firme, disfrutando la comodidad del corredor de su casa de madera y tambo ubicada en el barrio “Tres Cruces”, pintada de verde con ribetes blancos en marcos de puertas y ventanas, esperaba atento el llamado por radio para acudir, en una pequeña embarcación de madera, al auxilio de experimentados y diestros capitanes de navíos que ondeaban banderas de diferentes nacionalidades.

Todos lo conocían como “el práctico”, pero su nombre era Frank. Arriesgaba su vida al abordar los barcos en altamar, maniobrando su lancha al vaivén de las olas, apareándola a sotavento con el casco del navío en movimiento para subir en escaleras de gruesas sogas marinas a la cubierta. Brindaba el primer saludo a los tripulantes y al capitán, liberándolos de riesgos y preocupaciones con sus indicaciones hasta atracar en el muelle de la aduana, donde una comitiva conformada por agentes aduaneros, el capitán de puerto y oficiales de aduana, esperaba ansiosa al escuchar los pitidos alegres del buque, desplazándose lentamente sobre las aguas mansas de la bahía.

Desde la cubierta del barco, situado lateralmente a unos veinte metros del muelle, con la fuerza de sus motores haciendo girar las hélices que alborotaba las aguas contra la corriente, los marinos lanzaban una pelota pesada del tamaño de una manzana adherida a las gruesas amarras por un mecate fino que al caer los estibadores atrapaban y halaban hasta engancharlas en los amarraderos metálicos. Frank seguía con atención la maniobra y, una vez atracado el barco, se despedía del capitán, quien menos tenso y agradecido le hacía regalías: chocolates, caramelos, cigarrillos y licores. Tras la orden del capitán, los ansiosos tripulantes bajaban la escalera de acceso al barco hasta afirmarla con seguridad en el muelle. Frank era el primero en bajar, recibía el saludo y felicitaciones de la comitiva que se disponía a abordar ante un gentío curioso que se aglomeraba en el muelle, confundiéndose con los estibadores; se escuchaban saludos, gritos de alegría, citas nocturnas, buenas y malas nuevas desde el barco y el muelle, mientras la comitiva subía con el inspector de aduanas encabezándola.

De pie, sobre el balcón del segundo piso del edificio de la aduana, el coronel Alma de niño observaba satisfecho los movimientos en sincronía del personal en el muelle y con gentileza saludaba al capitán, moviendo sus manos temblorosas, en señal de bienvenida al puerto. “Sin Frank estamos perdidos”, le decía con su voz entrecortada a Zoilo, su asistente, al verlo abordar su pequeña embarcación de madera para dirigirse a Bluefields, mientras la inspección rutinaria se desarrollaba: revisaban manifiestos de carga, documentos de la tripulación y equipaje, el estado sanitario, las bodegas y cubierta, y las normas de seguridad, concluyendo en la cabina del capitán donde eran invitados a degustar platillos para la ocasión y brindar por el feliz arribo y una placentera estancia en el puerto. Bajaban contentos con bolsas llenas de regalías que posteriormente compartían con sus familiares y amistades.

Las plumas del barco elevaban los fardos de mercancía importada en redes de mecate hasta bajarla en el muelle y con agilidad los estibadores la trasladaban en carretillas de mano y de cuatro ruedas a la inmensa bodega sin detenerse hasta altas horas de la noche, acudiendo por turnos a degustar su cena de platos caribeños que el cuque preparaba en una vieja casa de madera cercana al muelle. Los marinos regresaban embriagados de las cantinas, cantando canciones y extasiados del amor que obtenían con regalías y pocas monedas, mientras ellos seguían en su labor.

A las siete en punto de la mañana, cinco campanadas daban el aviso para comenzar nuevamente y los agentes aduaneros revisaban las mercancías con documentos en mano para cancelar aranceles y trasladarla a Bluefields en lanchones de carga, donde atiborraban establecimientos comerciales de chinos, árabes y nacionales. La ciudad se mostraba esplendorosa con la actividad comercial que mantenía iluminada y llena de vida sus calles y avenidas, donde sus habitantes adquirían artículos importados de primera a bajos costos, orgullosos de su ritmo y calidad de vida.

Finalizado el descargue, planas y lanchones se juntaban al barco para llenar sus bodegas con productos de exportación: bananos, ganado en pie, madera preciosa y mariscos. Al atardecer, el práctico retornaba al puerto en su pequeña embarcación. El capitán del navío sonaba el pitillo, ahora con un tono ronco, anunciando su salida. Las amarras se soltaban, las aguas volvían a alborotarse al girar a babor contra la corriente y Frank trazaba la ruta segura hacia las aguas azules que enlazaban la ciudad y el puerto con otras culturas caribeñas.

Ronald Hill A.
Viernes, 24 de agosto de 2012

viernes, 24 de agosto de 2012

DE ESPALDA AL MAR

A través del mar llegaron tras la búsqueda de sueños por alcanzar una vida mejor; construyeron fortalezas, dispararon cañones contra enemigos y concentraron sus casas frente a un largo andén, dándole la espalda, como avergonzados de su brisa y oleaje. Solamente el viento, un faro y las costas lo vieron de frente sin abandonarlo. El mar los llenó de riquezas, vinculándolos con otros países y culturas, sustentándolos con su vida abundante.
        
Miraron más allá del mar, hacia tierra firme, hacia las montañas azules y las grandes ciudades. Poco a poco, solamente quedaron los viejos porque sus hijos abandonaron, tras un viaje sin retorno, la tierra que los unía al mar, buscando los mismos sueños de sus antepasados. Ni a sus muertos le permitieron que le dieran la cara, los enterraban sin permitir que sus rostros disfrutaran su brisa. Otros los reemplazaron, sin raíces profundas continuaron dándole la espalda. La luz del faro sobre sus olas se apagaba y sus costas, antes alegres, se oscurecieron con opacas nubes de fuego. Las gaviotas, los pelícanos y las tijeretas también lo abandonaron, las tortugas emigraron, desparecieron los icacos, las uvas de mar y los cocoteros. El mar se sintió solitario y triste, pero el viento nunca lo abandonó: susurró en círculos sobre sus olas aumentando su fuerza, reventando oleaje furioso sobre piedras y costas, cortó el paso de sedimentos en la barra y la entrada al puerto se secó. Sin descubrir la angustia del mar, dragaron la entrada vital para mantener su ritmo de vida.
        
Lleno de dolor, el mar convocó la furia del viento en un mes de octubre. “Es hora que despierten”, dijo y el viento acumuló fuerzas desde el este hasta formar un meteoro que cambio sus vidas: destruyó casas, hundió barcos, desapareció la costa, invadió la bahía secándola sin permitir por muchos años la navegación y les cortó la abundancia de vida marina que sus manglares reproducía. Por su propia naturaleza volvieron a reconstruir sus vidas, ahora marcadas por las cicatrices del mar, abandonándolo nuevamente; soñaron con la libertad de sus ancestros, lucharon por alcanzar su autonomía y defender sus territorios, olvidándose del mar.
        
Sobre sus olas azules navegan barcazas rápidas, en su tránsito siembran ilusiones de reyes que construyen palacios sobre cimientos de arena blanca y, como guerreros, defienden botines que contaminan, aniquilándose con fuego de metralla con la mirada atenta al mar. No hay riqueza del mar que aprovechen, la navegación se pierde con el alba y siguen soñando de espalda al mar, el que un día los acogió como náufragos en sus costas.

Ronald Hill A.
Sábado, 18 de agosto de 2012

lunes, 20 de agosto de 2012

UN BESO PLURICULTURAL

Al atardecer estaban sentados alrededor de una mesa de plástico frente a la playa. Provenientes de varios lugares se encontraron para festejar, con gastos pagados, el veinticinco aniversario de la organización en que laboraban. Era un día de semana, de esos en que los hoteles tienen bajo nivel de ocupación y brindan precios rebajados. Estaban eufóricos por el agasajo, una muestra de reconocimiento por su dedicación al trabajo y el crecimiento acelerado de la presencia institucional en diversos rincones del país. En diversas oportunidades se habían encontrado, pero esta ocasión era única: comida hasta la gula, ron y cervezas nacionales a cántaros, habitaciones de cuatro estrellas, playa desolada, piscina vacía  y tres días para festejarlo. 

En la mesa que compartían todos eran varones, probados en el trabajo sin ponerle peros a los obstáculos porque se movilizaban en moto por trochas lodosas, en panga bajo tempestades, en mula o a caballo, con el fin de atender a las comunidades con las que trabajaban. Salí a la playa, escuché sus risas y me llamaron. Eran ellos, los que siempre sobresalían en los encuentros.

    Tómate un trago — dijo Wilfredo ofreciéndome un vaso. Su largo brazo atravesó la mesa de extremo a extremo y José, sin que lo tuviera en mis manos, sirvió un trago de ron. Hilario agregó hielo y Juan me pasó el jugo de naranja.
    Siéntate, agarra aquella silla — dijo Gustavo abriendo espacio para que me acomodara.
    ¿Y Cañal? — pregunté.
    Allá está, tiene rato de estar en el mar —respondió Juan señalando la figura de Cañal que se sumergía entre las olas.

Brindamos, conversamos, reímos acompañados por el sol desvaneciéndose en el horizonte y Cañal salió del mar, escurriendo agua salada de su piel negra garífuna. Se acercó a la mesa y Wilfredo le sirvió un trago al strike. “Para que se te quite el frío”, le dijo. “Ahhh”, expresó al tomárselo. Nos estrechamos las manos y se sentó satisfecho.

    Estábamos hablando de vos —expresó José volviendo a ver a Cañal.
    Humm, nada bueno debe ser —respondió—. Dame otro fuckin trago. Con generosidad, Wilfredo le llenó el vaso que sin respirar vació Cañal.
    Hilario está celoso —le dijo Juan.
    No acepta ser tu compadre —agregó Gustavo.

Hilario se mostró incómodo, pasándose las manos sobre el cabello negro chirizo, pero Cañal, con su espíritu caribeño, se le acercó, lo abrazó sacudiéndolo en la silla, dijo “no seas fijado” y comenzó a relatar. Ella nos visitó en Kukra Hill y, desde que me vio manejando la panga, el brillo de sus ojos azules cambió. Nunca antes había visto a un negro como yo, aunque se rían. “Es cierto”, dijo Juan, ella se entusiasmó desde que lo vio. “Joder tío, necesito que me prestes tu cuarto, un espécimen exótico como éste no se encuentra en otros lados y pronto me voy”, me dijo con urgencia después de cenar, casi rogándome. Cuando amaneció, estaba sola, desnuda en la habitación y Cañal había desaparecido”, concluyó Juan ante la expectativa de todos.

    Déjate de pendejadas y contá de una vez lo que pasó —reclamó Hilario.
    Buay, si lo cuento, te vas a enojar conmigo —respondió Cañal.
    Aquí nadie vota la gorra —aseguró Wilfredo. Cañal regresó a su silla y continuó su relato.

Ustedes saben que nosotros los garífunas somos tímidos y por eso esperé que todos estuvieran dormidos, hasta el vigilante. Al entrar en el cuarto la encontré desnudita, recién bañada, iluminada por la luz de una candela. Me quitó la ropa apresurada y de un empujón me tiró en la cama. Caí boca abajo, se me echó encima, abrió mis piernas y de pronto sentí una cosa que nunca antes en mi fuckin vida había sentido: con su lengua me chupó, me taladró, el cuerpo se me puso como erizo de mar, la mente en blanco, me flaquearon las piernas y me desmayé.

    ¡Te hizo el beso negro! —exclamó José.
    El anilingus, para ser exactos —refirió Gustavo con tono científico y todos, menos Hilario, rieron a carcajadas.
    No jodas Hilario, la cagaste todita —dijo Wilfredo. — La besabas con desesperación, como chavalo quinceañero —agregó.

Hilario no dijo nada, se levantó de la mesa y se aproximó a Cañal, quien, en alerta, se levantó rápidamente de la silla y se quedaron viendo, como reconociéndose ante la expectativa de todos. “Somos hermanos, un besito no mata a nadie”, le dijo Cañal y se abrazaron mientras reíamos al verlos indiferentes ante lo que les había sucedido. No se volvieron a separar, pasaron los dos días restantes juntos en el desayuno, en la playa, almuerzo y cena. Cuando salimos del hotel seguían sin separarse y, al despedirnos, Juan dijo “mira lo que es capaz de hacer un beso negro, unir a un indio de Masaya con un negro garífuna de Laguna de Perlas”. “Un beso pluricultural”, agregó Gustavo.

Ronald Hill A.
Miércoles, 15 de agosto de 2012