No lo miraba claramente, sólo un pequeño bulto a su lado. A medida que me acercaba lo descubrí. Cargaba a su niño en los brazos mientras conducía la carreta jalada por un caballo. Me detuve y le tomé la foto de frente. Va dormido, le dije. Sí, respondió, pero no le quito el ojo. Va seguro, pues.
Sueños del Caribe es un blog sobre la Costa Caribe y el sureste de Nicaragua. Lo componen relatos, crónicas, personajes, poesía y otros temas.
viernes, 1 de febrero de 2013
martes, 29 de enero de 2013
CIMIENTOS SOBRE ROCA O ARENA
Una vez que los
Sandinistas han asumido el gobierno local en el municipio de Nueva Guinea, las
excusas esgrimidas —falta de coordinación del gobierno local con el nacional—
para explicar la ausencia de los programas que promueve el gobierno central
quedaron atrás; están conscientes de ello y su apuesta por el desarrollo local
se basa en la réplica de dichos programas a lo largo y ancho del territorio.
Nueva Guinea es
el municipio con mayor auge económico de la Región Autónoma del Atlántico Sur
(RAAS). Es un municipio bendecido por la naturaleza y en progreso permanente
por la laboriosa actividad productiva que desarrollan miles de pequeños,
medianos y grandes productores que nutren y hacen posible su pujante actividad
comercial, desde la doméstica hasta la exportación de rubros agropecuarios que
puntean a nivel nacional.
En Nueva Guinea
los programas y proyectos asistencialistas tuvieron su razón de ser en un
escenario de postguerra, una vez superada esa etapa dolorosa por la pérdida de
vidas humanas y migración obligatoria, contribuyendo al proceso de
pacificación, reconciliación y reactivación socioeconómica y productiva. El fin
de la guerra, la cooperación externa, el espíritu emprendedor de sus pobladores
y la pavimentación de la carretera entre la ciudad y La Curva, motivaron un
crecimiento económico con mayor reducción de pobreza donde los niveles de
desigualdad económica no son tan marcados como los que se observan en otros
municipios, cargados de miles de familias que viven sufrientes en la miseria.
A pesar de ello,
existen diversos factores que limitan su desarrollo. La violencia rural y
doméstica, inseguridad en el campo, abigeato, trasiego de drogas, desigualdad de
género y violación de los derechos humanos, son obstáculos para abordar, de
manera integral y con la participación de los diferentes sectores, propuestas
de desarrollo que potencien las fortalezas del municipio y mitiguen sus
debilidades con el fin de construir “la luz en la selva” que soñaron sus
fundadores.
En esta etapa
del desarrollo económico y social de Nueva Guinea, los proyectos
asistencialistas deben focalizarse en las familias que se encuentran en
condiciones de extrema pobreza, sin capacidad para emprender con sus propios
recursos actividades generadoras de ingresos. Los otros sectores, los pequeños,
medianos y grandes productores, requieren políticas públicas que contribuyan a
la dinamización de sus actividades económicas, pues la simple réplica de los
proyectos emblemáticos del gobierno no es suficiente para ello.
Nueva Guinea
requiere de una red vial en permanente buen estado; un sólido programa de
desarrollo que incluya financiación de mediano y largo plazo dirigido a
actividades económicas generadoras de empleo e ingresos; transferencia
tecnológica y promoción de buenas prácticas agrícolas; fortalecimiento de redes
de acopio y transformación de productos para ser ofertados en mejores
condiciones al mercado externo. En ese sentido, es urgente que la carretera
entre Bluefields y Nueva Guinea se convierta en una realidad con el fin de
promover el intercambio entre ambos pueblos y abrir la ruta marítima hacia el
Caribe de los productos agropecuarios generados en el municipio.
Tal como lo dijo
el cura párroco de la iglesia católica, Mariano Martínez, en el acto de
imposición de la banda edilicia a la alcaldesa, profesora Claribel Castillo,
“es preciso construir una Nueva Guinea cimentada sobre roca, con valores y
principios que tomen en cuenta a todos los sectores, sin imposiciones, con
justicia y respetando los derechos humanos”. Los argumentos quedaron atrás, la
facilitación del desarrollo sostenible, equitativo e incluyente, se encuentra
en la cancha del gobierno local y nacional, de lo contrario su futuro en Nueva
Guinea será cimentado sobre arena.
Viernes, 25 de enero de 2013
miércoles, 23 de enero de 2013
martes, 22 de enero de 2013
LA PASAJERA
La carretera a La Unión estaba intransitable como
todos los años; el tramo de todo tiempo tenía hoyos profundos, lagunas fangosas
explayadas y las continuas cuestas mostraban canales chirres que las llantas de
los camiones profundizaban. El río Sábalo estaba desbordado por la lluvia y el
puente de madera había desaparecido.
Era urgente, inaplazable visitar la comunidad. Con
anticipación había acordado una reunión con los comunitarios para abordar
diferentes temas. Ni modo, pensé, me voy en el camión IFA; lo esperé bajo el
alero de la antigua gasolinera a las seis de la mañana. Desde la esquina
opuesta, en la Cruz Roja, escuché el grito de unos campesinos: “¡Apúrense!,
¡apúrense!, ¡ya viene la Pasajera!”, y salieron corriendo, desesperados por
abordarlo bajo el aguacero.
Con el pie izquierdo apoyado en la grada de madera,
sostenido de dos tubos soldados en la capota y clavados de un tablón en su
base, subí de un salto a la boca de “la Pasajera”. Llevaba puesta una gorra,
calzaba botas de hule, la mochila en la espalda y en ella colgaba el capote. “¡Avancen hasta el
fondo!”, gritó el ayudante. Las bancas paralelas al camastro estaban ocupadas,
llenas de pasajeros y, desde la calle, subían sacos, cajas y bultos sobre la
capota metálica.
“¡Avancen!,
¡avancen hasta el fondo!”, volvió a gritar el ayudante. No divisaba el fondo pero
comencé a avanzar, abriéndome paso entre roces de hombros y mochilas, pisando
botas de hule y de guardia, maletas y sacos acomodados en el piso de madera. A
unos dos metros del invisible fondo me sostuve de un tubo aéreo adherido a lo
largo de la capota y el camión inició su marcha provocando un apretujón entre
los pasajeros que íbamos de pie. Desde el fondo y los lados del camastro entraban
leves rachas de viento que se mezclaban con las pláticas y los penetrantes
aromas internos.
En la colonia El Verdún subieron pasajeros
obedeciendo los gritos del ayudante; en el arrancón, por la presión ejercida
desde la entrada, quedé frente a frente, pegadito a una pasajera. Su cabello negro,
corto y liso, pelo de lluvia, quedaba a la altura de mi pecho, de su hombro
izquierdo colgaba una cartera y vestía camiseta de cuello con pantalones jeans ajustados. Sentí la fragancia de
su cabello, la esencia de su perfume, el contacto con sus altivas caderas, el
roce de sus pechos anulares en mí costado y, tras cada zangoloteo, sus muslos se
enmarañaban en danza con mis piernas, agarrándome de la cintura hasta despertar
de su siesta mis sentidos.
“Disculpe, es incómodo viajar en estos camiones”,
dijo después de un trayecto, levantando la mirada iluminada de sus ojos negros
almendrados. ¿Vas hasta la Unión?, pregunté. “Sí, a visitar a unos familiares”,
respondió sujetándome. Su respuesta alivió el camino en el camión que nos
zarandeaba con su crujir en un constante y festivo roce de cuerpos. Los gritos,
las pláticas y los aromas que al inicio obnubilaban el viaje fueron
desapareciendo ante el hechizo revoltoso de la pasajera. Cuando el ayudante
anunció la llegada a La Unión, después que bajaron todos los pasajeros, los de
a pie y los de las bancas, fuimos los últimos en salir de las entrañas de “la Pasajera”. “Hoy mismo regreso, en el de
las tres de la tarde”, dijo al brindarle la mano para que se apoyara.
Me dirigí a mis quehaceres. Estaba en la reunión con los
comunitarios cuando el camión de las tres de la tarde salía hacia Nueva Guinea.
“Falta el otro, el de las cinco”, dijo el coordinador del Comité Comunitario al
ver que estaba pendiente del IFA. “Allá va la pasajera”, pensé.
Al regresar, antes de llegar a La Ceiba, el camión de
las tres de la tarde estaba pegado a un paredón del camino, con sus costados
desbaratados, llenos de lodo, accidentado. “Nadie murió, pero hubieron varios quebrados”,
dijo un chavalo que lo cuidaba. El resto de viaje, acomodado en la banca, el
ayudante y los campesinos comentaban sobre el abandono y falta de mantenimiento
de los caminos rurales por parte de las autoridades, en la responsabilidad e
impunidad que tienen ante los accidentes y pérdidas humanas. Escuchándolos
pensaba en la incomodidad de viajar en los camiones IFA, en la pasajera y el
zangoloteo de ida a su lado, pidiéndole a Dios que no estuviera fracturada.
martes, 15 de enero de 2013
EL AUTOMOVIL Y LA CALIDAD DE VIDA
Se estima que en
Nicaragua se venden anualmente unos trece mil autos nuevos y esta cifra se
incrementa un treinta por ciento anual. Un elevado porcentaje del ingreso es
destinado a la adquisición y uso de este producto, a tal grado que ha llegado a
ser, después de la vivienda, el segundo de los bienes en importancia económica,
medida por la cantidad de recursos que se destinan a su producción y consumo.
Para calcular el
volumen global de consumo de bienes y servicios implicados en esta actividad
debemos tener en cuenta: a) los automóviles, con todo lo que implica su
producción y utilización por los usuarios; b) su transporte, distribución y
comercialización; c) los lugares donde se guardan y protegen en las residencias
de sus poseedores, y los lugares públicos de estacionamiento; d) los terrenos
de alto valor que se utilizan en ello (aproximadamente un 30 por ciento del
espacio urbano en las grandes ciudades); e) los repuestos y accesorios; f) el
tiempo que se emplea en su manutención, limpieza y reparación; g) la
producción, distribución y consumo de combustibles, aceites, neumáticos y los
demás elementos indispensables para su funcionamiento; h) la gran cantidad de
talleres mecánicos y eléctricos donde se efectúan servicios de mantenimiento y
reparación; i) el personal y los recursos destinados a regular el tránsito
vehicular, los semáforos y sistemas de control; j) los seguros contra accidentes
y robos; k) los accidentes de tránsito (una de las principales causas de muerte
y que dan lugar al uso de un elevado porcentaje de los presupuestos de salud) y
l) la construcción, manutención, utilización y ampliación de calles y
carreteras.
Estas actividades
han sido y, tal parece ser, seguirán dinamizando la economía, contribuyendo en
un alto porcentaje en los indicadores de crecimiento de la producción y
consumo. Pero, ¿constituye realmente un proceso de desarrollo si lo evaluamos
desde las personas y la comunidad, que son el fin último de la economía?
En cuanto a
necesidades, la más importante que atienden estos bienes y servicios es el
transporte y desplazamiento de las personas. Pero a medida que aumenta la
cantidad de automóviles que se desplazan por Managua, la satisfacción marginal
(la que proporciona cada nueva unidad de producto que se utiliza) va
disminuyendo rápidamente porque la introducción de cada vehículo en el sistema
de transporte incrementa la congestión del tránsito de tal modo que disminuye
la velocidad media de circulación.
En las horas
pico, la velocidad media de circulación oscila entre 10 y 20 kilómetros por
hora y, si consideramos el tiempo que las personas dedican a estacionar, lavar,
mantener, reparar y utilizar sus automóviles, y se lo divide entre la cantidad
de kilómetros que las personas se desplazan en ellos, se llega a cifras del
orden de 5 a 10 kilómetros por hora, esto es, tanto como desplazarse caminando.
Cualquier
aumento adicional en el consumo de automóviles disminuye aún más la utilidad
neta de ellos, medida según la satisfacción de necesidades humanas que
proporcionan, y aumentan los costos globales implicados en la satisfacción de
esta necesidad (ensanchamiento de calles y carreteras, espacios de estacionamiento
y accidentes de tránsito) así como el aumento del ruido, el impacto sobre el
medio ambiente y las consecuencias a nivel de salud física y psicológica de las
personas.
Es cierto que,
en sentido inverso, no se ha planteado la satisfacción de otras necesidades,
además de movilizarse, que proporciona el automóvil a sus propietarios, como
las relacionadas con el prestigio social (¡conducir un Four Wheel Drive
en la ciudad!), sobre el cual, dicho sea de paso, habría mucho que decir
respecto a la calidad de satisfacción que se obtiene de esa manera.
Es de esperarse
que a futuro se dicten medidas de restricción a la circulación de
vehículos —que tienen el mismo efecto
que una disminución del consumo— para mejorar la eficiencia global del
transporte en Managua y concitan la adhesión de los usuarios afectados por la
misma restricción tal como hoy lo manifiestan en Twitter.
Lunes, 07 de enero de 2013
Ronald Hill A.
martes, 8 de enero de 2013
EL PATIO DE MI ABUELA
En el patio de
la casa de mi abuela Manuela, en el Bluff, había diversos tipos de árboles y
plantas, era un patio lleno de vida. Al fondo, en los límites resguardados por
láminas metálicas hechas con barriles de combustible, predominaban los
Cocoteros, eran altos y sus frutos tan grandes que debía tener mucho cuidado al
jugar debajo de ellos. En ese punto, después del almuerzo, mi tío Pablo —vivía
en Bluefields pero trabajaba en el puerto— con machete en mano, partía en dos los
cocos germinados para que degustara las porosas, dulces y jugosas “manzanas de
coco”. Frente al escusado había un frondoso, productivo y siempre florecido
árbol de Limón de Castilla que perfumaba los alrededores. Allí, sentado con la
puerta abierta, lo admiraba hasta evacuar el último submarino que elevaba
rutinariamente los estratos de depósitos familiares.
No había pasillo
ni andén de concreto para llegar hasta el fondo, pero seguía el curso de
piedras chatas acomodadas en el suelo que aligeraban el trayecto sobre la
pendiente, igual que dos muritos de madera que como acequias retenían la tierra
y frenaban el curso de las aguas. Bajando en dirección a la casa, un árbol de
Fruta de Pan y otro de Castaño nos cobijaban con sus sombras y, en temporada de
cosecha, degustábamos sus frutos: castañas cocidas, calientitas por las tardes
y, en el almuerzo o cena, fruta de pan cocida con leche de coco, en rondón o
frita en rodajas. Otros árboles generosos de frutos eran jocotes, papayas,
marañones, naranja agria, coyoles y caña piña. Con estos la abuela preparaba
curbasá con entusiasmo para la semana santa y el resto del año los mantenía en
conservas.
En esa parte,
arribita de la acequia, al lado derecho, estaba el gallinero. Nunca faltaban los
“huevos de amor” para el desayuno ni los antojitos de mi abuelo Felipe —arroz
aguado con pollito, su sopita de gallina— porque mi abuela se esmeraba en el
cuido y manejo de las aves: cambiaba con frecuencia la cama, mantenía llenos
los comederos y los bebederos, y estaba pendiente de las gallinas culecas para
empollarlas en los nidos. Más de cincuenta aves eran llamadas por las tardes
con una incesante imitación del cacaraqueo hasta que entraba la última. El
comportamiento de las gallinas en el gallinero era empleado en los consejos de
mi abuela: “la vida es como un gallinero, los de arriba siempre cagan a los de
abajo”, repetía sabiamente.
Al lado
izquierdo, separado unos quince metros del caminito y del gallinero, había una
bodega. En ella se entretenía mi abuelo Felipe, todas las mañanas y por las
tardes, después que regresaba de la aduana, revisaba los cachivaches antiguos
que allí mantenía. Rafael, el amante de la mar y el río, en las pláticas que
ahora añoro, siempre decía que el abuelo se esmeraba con su bodega porque allí
escondía sus botellitas de guaro lija, lejos del alcance de mi abuela. Daba
vueltas y vueltas a las cosas hasta que anochecía y salía chiflando. “Cuando
supo que me iba a casar, me mandó a llamar. Estaba en la bodega, revisa y revisa,
acomodando las cosas. Al verme se detuvo y dijo: Ahora sí que la cagaste, vas a
coger por obligación”, contaba Rafael.
Luego de ese
tramo, después del murito, seguía el de menor pendiente, el más florido del
patio de mi abuela. Cerca del gallinero había un árbol de Guayaba, de esas
que cuando verdes su pulpa es roja. La abuela lo cuidaba como a la niña de sus
ojos y con los frutos preparaba la jalea de guayaba más rica del mundo; con ella siempre adornaba en vasos de vidrios
la mesa redonda del comedor. Bajo la sombra de sus hojas estaba el jardín de
plantas culinarias y medicinales: orégano, albahaca, zacate de limón, cilantro,
yerbabuena, frijolitos de vara, chiltoma, tomates, yuca, quequisque, guineos y el rey de los chiles: el chile de cabro. Todas se mantenían verdes y florecidas
porque con la cama del gallinero los aporcaba y, en los pocos meses secos
—marzo y abril— eran regados con el agua del pozo que quedaba al lado.
El pozo era el
santuario de mi abuelo Felipe. Desde la cocina lo observaba jalar agua; con la
mirada disipada en la profundidad de sus pensamientos escurría el balde de agua
en los barriles hasta concluir llenando los que mantenían en la galera donde se
lavaba y colgaba ropa a secar. Era un pozo con delantal, brocal y tapa de
concreto, y todos consumíamos su agua que brotaba de piedra azul. Desde su
casa, mi tío Felipe acarreaba agua para beber, igual que nosotros en la casa de
mis padres, situada al lado de la de mis abuelos. “Es el agua más pura del
puerto”, decía mi tío Felipe. Con los años, estando más viejo, mi abuelo dejó
de jalar agua porque instaló una bomba eléctrica con la que succionaba el agua
y llenaba los barriles, lo que le permitía entretenerse más en su bodega.
Al lado
izquierdo, en ese mismo nivel del patio, dos grandes árboles nos cubrían con
sus ramas. Uno de Manzana de Rosa y otro de Mango, una variedad rara, de fruto
redondo y dulce que no recuerdo su nombre. Nunca subí a esos árboles a cortar
sus frutos, para ello mi hermana, Indiana, era especialista. En un abrir y
cerrar de ojos se subía hasta la cubre, se deslizaba entre las ramas como
iguana, y tiraba las manzanas y los mangos que atrapaba con un saco extendido.
Cuando mi mamá se daba cuenta que estaba arriba de los palos le gritaba:
¡chavala jodida!, ¡deja de ser chimbarona!, y se bajaba en un santiamén como
que nada había hecho.
En unas grandes
piedras, azules como el mar, situadas antes de bajar las gradas hacia la cocina
de mi abuela, nos reuníamos por las tardes bajo las sombras de los árboles.
Todo el patio era un mundo lleno de vida, de juegos y entretenimiento porque a
los chavalos nos ponían a rastillar y recoger la basura que se generaba por la
acumulación de hojas. Era un patio productivo y recreativo, aunque en esos
tiempos nadie hablaba de “economía de patio” o de “hambre cero”; menos aún de
que se recibiera apoyo del gobierno. No señor, nada de eso, para apoyo bastaban
las ganas de cuidar y ver florecido el patio de mi abuela.
Lunes, 07 de
enero de 2013.
domingo, 30 de diciembre de 2012
ASÍ SE VIAJA AQUÍ
Siempre trato de
ser puntual; llegué a la estación de buses con tiempo suficiente para tomar un
microbús —interlocal expreso, les llaman— desde Juigalpa hacia Managua. “No se
preocupe, en un ratito sale el próximo, ya viene en camino”, dijo uno de los
ayudantes y me acerqué al grupo de personas que lo esperaban bajo el ardiente
sol mañanero de la ciudad de los caracolitos negros.
Acomodé la
maleta con rodillos al lado de un murito y, con la mochila en el hombro,
caminando sobre los adoquines cubiertos de flores amarillas, estaba pendiente
de la llegada del microbús. Eran las ocho de la mañana. Los viajeros se notaban
angustiados por la espera, entre ellos reconocí a “la China” con la que entablé
conversación. Noté que nadie había comprado boleto, nadie hacía fila, todos
estaban regados en los alrededores. De pronto, los ayudantes anunciaron la
llegada del microbús.
Sin aún
estacionarse definitivamente, al abrirse la puerta corrediza todos salieron
corriendo como en una estampida de novillos, formando un molote frente a la
puerta donde los empujones desesperados eran la garantía necesaria para
conseguir un asiento. En menos de un minuto catorce pasajeros habían llenado el
microbús y cuatro personas salían de su interior. “Esos desgraciados que
salieron reciben pago por conseguir asiento”, dijo “la China” con tono
descontento. “El otro no tarda”, dijo el conductor cuando salió rumbo a la
capital.
“Managua,
Managua, Managua”, gritaba otro ayudante desde la parada de buses. Anunciaba la
salida del bus ruteado de las nueve de la mañana; sabedor de la angustia que
pasábamos, nos toreaba con su propuesta. “Hay asiento, a las once y cuarenta
estamos en Managua”, decía. “No se desespere, el otro no tarda”, me aconsejaba
“la China”. Decidí no asumir el riesgo de quedarme con la maleta frente a la
puerta del microbús, evitar otra estampida y el molote; luego de despedirme,
abordé el bus ruteado con un asiento garantizado.
Dos días
después, a la misma hora, enfrentaba igual situación en el mercado de Mayoreo.
Desde que bajé del taxi pensé en el estorbo que me ocasionaba la maleta, en la
gran cantidad de personas que viajan por las vacaciones y, al encontrarme con
el grupo disperso que esperaba el microbús, lo afronté directamente. “¿Y por
qué no hacemos fila?”, pregunté. Nadie respondió, todos me miraban como animal
raro. “¿Vamos a hacer molote?”, pregunté nuevamente. “Así se viaja aquí”,
respondió una mujer que cargaba en sus brazos a una niña. Repentinamente se
estacionó el microbús, abrieron la puerta y me quedé esperando el paso de la
estampida. “Señor, todavía hay asiento, páseme la maleta”, dijo el ayudante al
verme frente a la puerta.
Viajar en
transporte colectivo es divertido cuando tenés tiempo suficiente, sin prisa,
sin urgencias. Pero viajar entre molotes es repugnante. Los dueños de los
microbuses y buses se hacen de la vista gorda, al igual que las autoridades que
los regulan. El orden y el buen trato con los viajeros no les interesan, pero
los transportistas son exigentes cuando de su bolsa se trata. Son los primeros
en llorarle al gobierno por el alza del combustible, el costo de las llantas y
son capaces de cualquier cosa por que les mantengan el subsidio que reciben. ¿Y
los pasajeros? Bien, gracias.
Ronald Hill A.
23 de Diciembre de 2012.
jueves, 27 de diciembre de 2012
SOMOS INOCENTES
De una u otra
forma todos somos inocentes. La inocencia, término que hace referencia a la
carencia de culpabilidad del individuo ante un crimen, pecado o travesura, nos
acompaña de por vida.
En contraste con
la ignorancia, la inocencia se considera positiva, denotando una visión
positiva del mundo debido a que la falta de conocimiento de las cosas proviene
de carencia de maldad. La gente que carece de capacidad mental de entender la
naturaleza de sus actos puede ser considerado inocente sin importar su
comportamiento. De este significado viene el término inocente para referirse a
un niño de corta edad carente de razón o una persona de cualquier edad, que
esté seriamente discapacitada mentalmente. Se considera inocente al que no sabe
y, como no lo sabemos todo, resultamos siendo inocentes.
Pero en el
estado actual de la realidad, del avance tecnológico, del flujo constante de
información, de los atropellos a que somos sometidos por los poderosos, la
inocencia va desapareciendo. Claro está que aquellos que se llaman Inocente o
Inocencia nunca desaparecerán. Tengo
varios amigos y amigas que por el nombre son inocentes: “los Chentes y las
Chentas”, pero en la realidad son bandidos, traviesos, no les queda el nombre
como anillo de matrimonio al dedo.
Los inocentes
tienen su día. Para la iglesia católica es el 28 de diciembre y se conmemora la
matanza de todos los niños menores de dos años en Belén, ordenada por Herodes
con el fin de deshacerse del recién nacido Jesús de Nazaret, el niño Dios,
pues.
En esa fecha
debemos estar alerta porque se realizan bromas de toda índole. Los medios de
comunicación tergiversan las noticias dando rienda suelta a su sentido del
humor. No te asustes ni te alegres si sale en primera plana “Se murió Chávez”, “Regresan alcaldía a liberales en Nueva Guinea y reparten tierras de alegría”, etcétera, etcétera.
Otros, muchos que están pendientes de ese día, no prestan ningún bien, sean
objeto o dinero, debido a que el prestatario es libre de apropiarse de los
bienes. Estate alerta, no vayas a caer como inocente palomita.
¡Feliz día de los Santos Inocentes!
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