Sueños del Caribe es un blog sobre la Costa Caribe y el sureste de Nicaragua. Lo componen relatos, crónicas, personajes, poesía y otros temas.
domingo, 17 de marzo de 2013
EL DIARIO DE LUISA
Domingo, 17 de marzo de 2013
115 libras (demasiado flaca, ¿Por qué?).
¡Espinillas en el rostro!
Mesa de Noche (Cigarrillos, cenicero lleno, cinco en la cajetilla y
pastillas para dormir… dos. Farmacia, ¡Farmacia!).
Cama (sábanas blancas impecables).
Mesa (latas vacías de cerveza).
7:00 a.m. No lo puedo enfrentar, duele demasiado, ni
siquiera en las largas horas que paso en el trabajo dejo de pensar en él, deseo
verlo una y otra vez más. ¿Qué diría si me viera así, tan delgada, escurrida?
Mejor ni lo pienso. No deseo hacer nada para las vacaciones, sólo quedarme
abandonada en la casa, acomodada en el sofá viendo los clásicos de Semana
Santa, el sufrimiento desgarrador que me ahoga, con una pana llena de mango,
jocote y papaya en almíbar. Debería vestirme de luto para asistir a la iglesia
porque ni los ríos ni las playas dejarán que piense en la semilla que sembró en
su vientre. Serán unas largas vacaciones en la soledad de mi casa, acompañada
por cervezas, iguana con huevos en pinol y
almíbar. Necesito unas libritas de más para enfrentarlo con fuerzas y
superarlo cuando comiencen las lluvias como lo hacen en Bluefields con el Palo
de Mayo.
viernes, 15 de marzo de 2013
SER ABUELO
Ser abuelo
es recorrer senderos
de múltiples colores.
Ser abuelo
es sanar viejos pesares
de largos derroteros.
Ser abuelo
es llenarte de alegría.
por risas y abrazos.
Ser abuelo
es florecer cada día
cubierto de inocentes gozos.
Ser abuelo
es encontrar la dicha
al final del viaje.
Ser abuelo
es levantar la antorcha
y enfrentar la vida con coraje.
Ser abuelo
es sentir un revoloteo
en el corazón.
Ser abuelo
es levantarse sin razón
demostrando alcahueteo.
Ser abuelo…
Ser abuelo es deacachimba.
miércoles, 13 de marzo de 2013
HAY NUEVO PAPA
No
divulgaras lo debatido, si lo haces vas a ser excomulgado. Vestidos
elegantemente, con su gorrito rojo y todas las comodidades, sin excepción, lo juraron.
Tu imaginación es maravillosa, no es necesario que lo digan. Pero no te
equivoques, no pienses que se preocupan por tus problemas cotidianos, por el
futuro incierto de tu familia, por el pan nuestro de cada día: el gallo pinto,
la tortilla y la cuajada. Si lo estas pensando, sos ingenuo.
A
ellos les interesa mantener inalterado el orden de las cosas, el status quo, su
poder sobre la faz de la tierra. No es tanto lo divino, son las influencias y el
dinero para pagar las innumerables demandas que florecen en los cinco
continentes contra clérigos pederastas, que como espinas en la sien, les quita
el sueño.
Y
luego de echar el humito blanco, todos juraron lealtad. Y los espectadores, se
regocijaron como si las cosas cambiarán. Y más aun, de este lado del planeta, por
el hecho de que un latinoamericano surge como Papa, que guarda muchos secretos a
sus fieles, florece la esperanza, nada más, nada nuevo.
“Hay
nuevo Papa”, le dije. “No me interesa, es un hombre como todos los demás”, respondió
ella. “Pero vos siempre rezas el Rosario”, la incité. “A la Virgen, sólo a
ella, a nadie más, mucho menos a un hombre”, aclaró.
viernes, 8 de marzo de 2013
EL EMBRUJO DEL SALÓN ROSADO
Por el ir y
venir festivo de sus habitantes sobre la calle central, la ciudad de Bluefields
se llenó de vida al caer la noche. Las rachas de viento provenientes de la
bahía se filtraban entre los callejones golpeando las paredes de los edificios
de madera, enfriando sus calles de asfalto que durante el día se derretían ante
el inclemente sol caribeño, provocando saludos eufóricos entre los transeúntes,
ansiosos por compartir los acontecimientos del día alrededor de una mesa.
Madson se detuvo
pensativo frente a la esquina de Erasmo. A las seis de la tarde, luego de
escuchar las campanadas de la iglesia católica, aseguró el cayuco subiéndolo a
la playa rocosa, guardó redes, vela y los canaletes en su casa ubicada en el
extremo sur de la punta de Old Bank. Bajó de prisa las gradas de la cocina,
entró al baño de madera descubierto y se duchó con varias panadas de agua. La
noche se mostraba radiante y, al levantar la mirada, observó dos estrellas
fugaces que caían sobre la bahía en dirección a Rama Cay. Se vistió, tomó una
cubeta de camarones y se encaminó de prisa hacia el hotel Crawdel para
abastecerlo de mariscos. Ahora, en la esquina, buscaba entre el gentío a su
amigo Rodney.
Desde la acera
de enfrente escuchó los cortejos de Cuabná dirigidos a una dama que salía de la
tienda “Los mejores precios”; “¡Mamacita!, ¡qué palo de hembra!, ¡estás
riquísima!”, mientras cruzaba la calle. La mujer, evitándolo, aceleró el paso
asustada en dirección hacia el cine Variedades. “Qué hermosas nalgas, mejores
que las de tu mamá”, gritaba Cuabná resentido y temblándole la mano izquierda
impedida a nivel de la muñeca porque la mujer lo ignoraba. Desde la esquina,
Madson observó con mayor nitidez el río de gente que circulaba en dirección a
Wing Sang y entre el tumulto distinguió a Rodney que se acercaba como nadando
contra la corriente.
—
¿Qué hacemos? —preguntó Rodney al darle la mano.
—
Bebamos cervezas —respondió Madson.
—
Vamos al Tropical —planteó Rodney.
—
Hace media hora pasé por allí. Mejor quedémonos aquí
cerca —propuso Madson mirando hacia el lado del “Salón Rosado”.
—
Todos los lugares son iguales —dijo Rodney
convencido y caminaron hacia el sur de la esquina de Erasmo por la avenida
Patterson.
Madson entró
primero a “El Rosado”, popularmente llamado así por sus clientes. Desde la
puerta observó la única mesa disponible y comprobó la hora en su reloj de pulsera.
“No son las siete y está lleno”, le dijo a Rodney; se dirigieron a la mesa que les mostraba con
cortesía King Chea, el dueño del salón, con una sonrisa que agigantaba los ojos
negros achinados de su cara solar.
—
Que quelel pala tomal —pregunto King Chea, de
pie frente a ellos.
Las palabras de
King Chea se confundieron con las voces, murmullos y carcajadas de los
clientes. El salón del chino era el más popular de la ciudad aun cuando tenía
de vecinos cercanos negocios similares, entre ellos a la Vilma Rojas,
el Sesteo y la cantina de Bortey Smith. Sus clientes eran personas de diferentes
estratos sociales —médicos, abogados, marinos, políticos, comerciantes y todo
aquel que pudiera pagar sin importar el color de su piel— que degustaban
platillos chinos —chop suey, chow ming, arroz chino y sopa de tallarines con
pollo o camarones que con esmero preparaba King Chea y agasajaba a sus clientes
con bocadillos de entrada—, tomaban cervezas y ron, y escuchaban la buena
música de su roconola.
— Dos
victorias —ordenó Madson y el chino se retiró en dirección a la barra.
— ¿Cómo
estuvo el día? —preguntó Rodney.
— Bien,
vendí todos los pescados y la última cubeta de camarones la pasé dejando por el
hotel Crawdel. Me gané cien pesos.
— ¿Y
a vos, cómo te fue?
— Hice
tres viajes al Bluff. Después de pagar la gasolina y el aceite me quedaron
noventa.
El mesero
regresó con las cervezas y King Chea entró a la cocina. Otros clientes cruzaban
la puerta principal y salían decepcionados al notar que estaba repleto de
gente. El aroma de los platillos chinos se colaba por la puerta de la cocina y,
al mezclarse con el humo de tabaco, los vapores de alcohol y la cadencia de la
música country, estimulaba el apetito de los presentes que disfrutaban su vida
jocosa en ese ambiente iluminado por lámparas chinas rojas colgadas del piso de
madera de la segunda planta donde el chino vivía, cuadros hechizos en las
paredes con paisajes de su madre tierra y dragones que desprendían bocanadas de
fuego, indiferentes a los problemas que aquejaban al país como náufragos a la
deriva en la inmensidad del mar Caribe.
— Cuando
me estaba bañando vi caer dos estrellas fugaces —comentó Madson.
— ¿Dos?
—preguntó Rodney, empinándose la botella de cerveza hasta vaciarla.
— Sí,
dos seguidas.
— ¿Dijiste
las palabras mágicas?
— ¿Qué
palabras?, ¿de qué hablas? —cuestionó Madson y le hizo señas al mesero,
solicitándole dos cervezas.
— ¿No
lo sabes?
— No.
¿Cuáles son?
— Siempre
que veas estrellas fugaces tienes que decir “Dios bendiga mi vista”.
— ¿Y
qué si no lo hago?
— Algo
malo le pasará a tus ojos —respondió Rodney.
— Esas
son pendejadas, creencias de los abuelos —afirmó Madson en el mismo instante
que el mesero servía las cervezas.
En sus pláticas
sobre lo cotidiano transcurrieron las horas. Las mesas de “el Rosado”,
cubiertas de manteles del color de su nombre, se fueron vaciando y llenando
nuevamente. El deguste de las cervezas les abrió el apetito a Madson y pidió
para los dos el famoso chop suey especial que preparaba King Chea, quien
atentamente, con su sonrisa y acento asiático, despedía y daba la bienvenida a
sus clientes haciéndolos sentir como si estuvieran en casa.
Repentinamente las
luces de las lámparas rojas se apagaron y la roconola enmudeció. King Chea peló
los ojos, se asomó a la calle y comprobó que no se debía a interrupción del
fluido eléctrico. Cruzó el salón en dirección a la cocina y notó que las luces
estaban encendidas. Se dirigió al panel eléctrico ubicado detrás de la barra y,
al abrirlo, las luces de las lámparas se tornaron intermitentes, provocando
destellos rojos como si los dragones inundaran el salón con llamaradas de fuego.
— ¡¿Qué
pasa?! —expresó Madson.
— ¡¿No
sé?! —respondió Rodney.
Escucharon desde
el lado de la cocina el ruido de platos, vasos, cuchillos, cucharones y peroles
que caían en el piso junto a las latas de las despensas y vieron a la cocinera
que salía corriendo despavorida al salón que volvía a iluminarse con un rojo
intenso desprendido de las lámparas como si fueran a explotar.
Rodney y Madson
se levantaron de la mesa al igual que el resto de los clientes y miraban
pasmados lo que acontecía. King Chea estaba sujeto a la barra, inmóvil,
asustado. El mesero se aferraba a él y cocinera gritaba en el centro del salón.
Los cuadros hechizos junto a los dragones comenzaron a desprenderse de las
paredes, las lámparas explotaron, los vasos, las botellas y las sillas de las
mesas junto a los manteles comenzaron a volar, cruzando entre ellos hasta
estrellarse contra las paredes y todos salieron corriendo horrorizados hacia la
acera dejando vacío “El Rosado”.
Los transeúntes
de la avenida, los clientes y propietarios de los negocios vecinos se
aglomeraron frente a “El Rosado”. A Madson y a Rodney les temblaban las piernas
y, en ese estado, Rodney lo culpaba por lo acontecido: “si hubieras dicho las
palabras mágicas, esto no hubiera sucedido”, le decía.
King Chea entró
temeroso al salón acompañado por varios clientes, revisaron todos los rincones —algún
bromista debe estar escondido, decía el chino— hasta convencerse de que nadie
había y que en realidad las cosas caían y volaban por el aire en forma
misteriosa. Por tres noches seguidas el “Salón Rosado” permaneció embrujado.
King Chea gritaba a sus clientes “¡un epílitu, habel un epílitu alecho!” cuando
preguntaban por lo sucedido. El embrujo terminó hasta que fue recomendado a un
“Obeah man” cuyos servicios contrató el chino. El brujo visitó el salón por dos
noches en las que ejecutó ritos y ceremonias secretas que le pusieron fin al hechizo.
Por la ciudad
corrieron rumores de que el embrujo del “Salón Rosado” fue pagado a una “Obeah woman”
de Kakabila por uno de los dueños de negocios vecinos, pero esto nunca pudo ser
comprobado. Desde ese día, a sus ochenta y cinco años, Madson recuerda
claramente lo acontecido y siempre que observa estrellas fugaces desde su casa
ubicada en la punta de Old Bank repite una y otra vez: “God bless my eye
sight”.
Jueves, 07 de marzo de 2013
viernes, 1 de marzo de 2013
PEREGRINA DEL MAR
Camina altiva en la arena.
Sus huellas, huellas de niña, desaparecen por desplaye de olas.
Sus manos, manos heridas, sostienen dolor invisible de penas.
Su pelo corto, negro teñido, como gaviota al compás del viento quiere
volar.
Su boca, boca marchita, muestra rebeldía de antiguas banderolas.
Sus ojos, café achinados, fulguran ante el azul intenso del mar.
Los pescadores han levantado redes y las canoas descansan en dunas de
arena. Caminan en grupos dispersos en dirección a sus chozas, cargando racimos
de riqueza marina. En la distancia la observan. Uno a uno, sin dudarlo, sin
pensarlo, aporta un pescado hasta formar una piña para ella.
La conocen, lo saben, es su compañera, siempre lo ha sido, desde tiempos
memoriales se quedó sola. Es la peregrina del mar, la que recorre solitaria la
playa en los atardeceres, desvaneciéndose entre islotes como los rayos del sol.
Viernes, 01 de marzo de 2013
jueves, 28 de febrero de 2013
EL AROMA DE JENGIBRE
Un hombre
delgado, alto y con cabello blanco entró al salón; al acercarse a la barra le
pidió un cuchillo al mesero. Me di cuenta que era extranjero, posiblemente un
sureño que ha perdido su acento por el paso del tiempo. En su mano derecha
cargaba un rizoma de jengibre de tamaño mediano y en la izquierda un teléfono
celular.
—
Quiero hacer una prueba —dijo mostrando al
mesero el jengibre.
El mesero entró
a la cocina y, al salir, le entregó el cuchillo. El hombre dio las gracias, caminó hacia un lado del salón donde los
primeros rayos de sol iluminaban el bordillo de ladrillos de barro. El mesero quedó
viéndolo y se dirigió a su lado. El hombre hizo varias rebanadas horizontales
sobre el bordillo, las colocó una cerca de la otra y, con la cámara del
teléfono, tomó varias fotos. Me encontraba desayunando y desde el extremo
opuesto los observaba.
—
¿En qué consiste la prueba? —preguntó el mesero.
—
El color es importante, entre más oscuro mejor
—respondió con convicción.
El hombre, casi
doblado sobre el bordillo, se mostró sonriente. Yo necesitaba otra taza de café
pero no quería interrumpir la indagación del mesero.
—
Ahora, el aroma —dijo el hombre. Tomó cada una
de las rebanadas y las olfateó profundamente —. Entre más intenso, mejor
calidad —agregó.
Con el cuchillo
hizo trozos de dos rebanadas. La fragancia del jengibre se intensificó, igual
que los rayos de sol en la penumbra del salón; en los alrededores se escuchaba
el canto mañanero de los pájaros.
—
Hay que degustarlo —enfatizó el hombre.
Se llevó a la
boca dos trozos de jengibre y los masticó intensamente. El mesero lo observaba
atento, como esperando su reacción al sabor. Desde la cocina se escuchaba el
ruido de platos, tazas y cubiertos que eran lavados.
—
¡Aaah! —expresó el hombre y el mesero sonrió.
—
¿Cómo está? —preguntó.
—
Bueno, muy bueno —dijo luego de escupir sobre el
bordillo—. Toma, guárdalos —agregó, entregándole al mesero las rebanadas, los
trocitos y el cuchillo.
—
¿Qué hago con ellos? —preguntó el mesero sosteniéndolos
en sus manos.
—
Lo que quieras —respondió—. Ya regreso, voy a
enviar un correo del kion—dijo dirigiéndose a la salida del salón.
El mesero caminó
hacia la barra; al pasar a mi lado le pedí la taza de café. Al regresar y
servirme el café sentí el aroma del Jengibre en sus manos. El salón estaba
inundado por el sol mañanero. El hombre de cabello blanco regresó y se sentó en
una mesa ubicada al lado izquierdo de la entrada. Observaba fijamente el
teléfono; escuchó el ruido de un automóvil y se levantó. Un hombre se bajó del
taxi; al verlo, el de cabello blanco dijo interrogando “¡¿Carlos?!”
—
Sí, soy yo —respondió el recién llegado y entró
cargando una alforja.
El hombre de cabello blanco caminó
hacia él, le estrechó las manos y dijo su nombre “¡Luis Alberto!”
—
Ven, siéntate aquí, vamos a desayunar—dijo Luis
Alberto y llamó al mesero.
Carlos llevaba
puesta una gorra, camisa a cuadros y calzaba botas de tubo. Era mucho más joven
y más bajo que Luis Alberto; al verlos juntos noté el color de su piel morena,
quemada por el sol. Carlos pusó la alforja al lado de su pie derecho y sacó
de ella rizomas de jengibre acomodándolos en la mesa. Luis Alberto llamó al
mesero quien estrechó la mano de Carlos. Ordenó dos desayunos y,
con cortesía en el tono de su voz, pidió que le anticipara dos tazas de café.
—
¿Cómo vio la muestra? —preguntó Carlos.
—
Mira, he visto diferentes tipos. Tú sabes que el
mercado es muy exigente, tenemos compradores en California, en China y otros
países asiáticos. Para hacer la compra tengo que valorarlo detenidamente
—explicó Luis Alberto.
—
Sí, claro que sí. Me parece bien —expresó
Carlos.
El mesero
regresó con el café humeante. Le sirvió a Luis Alberto, rodeó la mesa y, al
servírselo a Carlos, le dijo “¡le gustó el jengibre!”. Luis Alberto se sonrojó
y Carlos sonrió.
Me levanté, le
pagué la cuenta al mesero y, al pasar al lado de ellos, buscando la salida del
salón, sentí más intenso el aroma de jengibre.
Martes, 26 de
febrero de 2013
lunes, 25 de febrero de 2013
¡ALLÁ VA LA POPONÉ!
Los vi desde el
final del andén situado a la orilla del barranco, después de la bajada que
conduce a la carretera y de buscar con el largavista a la gallina Poponé que
cantaba todas las tardes entre el manglar. Los troncos de balsa estaban
totalmente expuestos, apiñados y secos, sin que las olas los menearan porque la
marea estaba baja. Al terminar la ensenada se miraba cerquita el movimiento de
los barcos pesqueros que maniobraban para dirigirse hacia la barra. De pronto
escuché carcajadas y los enfoqué. Eran el Cabe, el Flaco y Kalilita. Estaban al
lado derecho del patio de doña Marianita, reunidos a la orilla del pozo, debajo
del palo de mango; me dirigí hacia ellos.
—
¡Allí viene el Catracho! —escuché decir al Flaco.
Noté que andaban
sus tiradoras cuando, al entrar en la espesa sombra, sentí el cambio provocado
por el frescor en esa tarde soleada. En ese punto nos reuníamos, en tiempo de
cosecha tirábamos piedras para bajar las piñas de mango celeque y nos comíamos
las rebanadas con sal y pimienta. El Cabe y el Flaco siempre jalaban agua para
mantener llenos los barriles de la cocina de doña Marianita y Maura, su
hermana, lavaba ropa al lado del pozo en una tina montada sobre grandes piedras
azules.
Al llegar a la
orilla del pozo vi al Tanquecito que se aproximaba con su tiradora, bajando del
lado de gran árbol de Guanacaste.
—
¿Qué están haciendo? —pregunté.
—
Nada —respondió el Flaco de pie, moviendo la
cabeza y ladeando el cuerpo, un gesto corporal que nunca se le ha quitado.
Vi a Kalilita
agachado, a unos tres metros, en dirección al borde del barranco, frente a la
carretera, dando la espalda y el Cabe, apartando una cortina de saco viejo,
entraba al escusado de madera mohosa.
—
¿Mi papá te prestó el largavista? —preguntó
sonriente el Tanquecito al llegar a la orilla del pozo y verlos colgados en mi
cuello.
—
¿Qué andas viendo? —preguntó Kalilita desde
donde estaba.
—
A la Poponé que canta todas las tardes en el
manglar — le dije.
—
¡Sólo sos paja! —gritó y los otros, hasta el
Cabe que estaba cagando, se carcajearon.
El Cabe salía
del escusado socándose la faja, el Tanquecito me seguía y el Flaco se quedó en
el mismo lugar. Abajo, en la carretera,
se escuchaban los murmullos de la gente
que caminaba en dirección al muelle de la aduana y hacia la Booth.
—
Ya terminé —dijo volteándose y mostró unos
trocitos de plomo.
El plomo lo
había sacado de un cable y, golpeando el borde de un machete con una piedra, lo
partió en tuquitos para usarlos como balas con la tiradora. Andaba vestido de
camisola, short hecho de un pantalón azulón, tenis y un pañuelo amarrado
alrededor de la cabeza que le cubría la frente y retenía su pelo chirizo.
—
¿Cuál es tu verga? —le pregunté con tono
amenazador—. ¿Me vas a dar un plomazo?
—
¡Ideay!, ¿botaste la gorra? —dijo sin verme,
entregándole trocitos de plomo al Cabe y al Tanquecito.
—
Me estás vulgareando por la Poponé —le respondí
empujándolo.
—
No seas baboso —dijo haciéndose a un lado—. Le estaba
enseñando a estos majes cómo es que uno se hace la paja y de pronto el Flaco
gritó que venías para acá.
—
¿Te estabas haciendo la paja? —pregunté y los
tres se volvieron a ver.
—
Ya no hay nadie —dijo el Flaco al acercarse—.
Seguí para ver —agregó regresando la mirada hacia su casa.
Kalilita se bajó
el short, no usaba calzoncillos y, haciendo un círculo alrededor de él, lo
vimos dispuesto a hacerse la paja.
— Ideay
Kalilita, ¿qué te pasa? —lo increpé al ver que no lograba la erección.
— Este
Catracho la cagó toda, el susto que nos dio no me deja —dijo excusándose.
— Mirá,
allá abajo va la Cumbia, mírale las nalgas, tal vez te tiempla —dijo el Tanquecito
señalando hacia la carretera.
— Pásame
el largavista para vérselas de cerquita —me dijo Kalilita volviendo a ver al
Tanquecito.
— Préstaselos
—aprobó el Tanquecito y se los pasé.
Con el
largavista sostenido en su mano derecha, esculcando las nalgas de la Cumbia y,
con la izquierda, frotándose el pene, exclamó: “¡Clase de nalgas!, ¡como se
zarandean!, ¡no alcanzan en el largavista!” y segundos después estaba excitado.
— Tomá
—dijo y le pasó el largavista al Tanquecito. Noté que sonreía al tenerlos en sus
manos.
Kalilita era el
más vago y más viejo de todos. El Flaco y el Cabe eran menores, tenían menos de
diez años y estaban maravillados al ver cómo es que se hacia la paja. “En
aquella piedra va a caer el escopetazo” dijo en su afán Kalilita. Al terminar,
con la primera expulsión que acertó en el blanco, dijo temblando: “Allí… va…
la… Po-po-né”.
Los ojos del
Flaco y el Cabe brillaban de exaltación pero repentinamente se les nublaron al
escuchar a la Maura gritar: “ ¡Jodidos vagos, los voy a acusar con mi mamá!” y
salieron corriendo en dirección a la cocina de doña Marianita. Kalilita se
subió el short sin poder contenerse, chorreándose todo y tirándose por el
barranco en dirección a la carretera. El Tanquecito me siguió y nos dirigimos
con disimulo al árbol de Guanacaste, haciendo como que observábamos pájaros con
el largavista de mi tío Felipe mientras la Maura seguía gritándole maldiciones
a Kalilita que corría en dirección al muelle de la aduana.
Domingo, 24 de
febrero de 2013
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