I've had fame and fortune
Women come knock on my door
I've lived to the limit
Maybe a little bit more
There are so many stories
About how I got out of control
Some say it's a woman
Some say it's my troubled soul
I'm like a crazy old soldier
Fighting a war on my own
Just me and the whiskey
And the bottles are ten thousand strong
You'd think I'd give up
As many times as I've been hit
But like a crazy old soldier
I just don't know when to quit
Bar rooms and bedrooms
Are just faces and places and names
Once for the pleasure
And Lord knows once for the pain
I've tried to forget her
And all of the things that we've done
But as long as there are memories
I'll never hang up my gun
I'm like a crazy old soldier
Fighting a war on my own
Just me and the whiskey
And the bottles are ten thousand strong
You'd think, I'd give up
As many times as I've been hit
But like a crazy old soldier
I just don't know when to quit
Like a crazy old soldier
I just don't know when to quit.
Sueños del Caribe es un blog sobre la Costa Caribe y el sureste de Nicaragua. Lo componen relatos, crónicas, personajes, poesía y otros temas.
domingo, 24 de noviembre de 2013
lunes, 18 de noviembre de 2013
EL REY DE LOS MISKITOS
Había una vez un miskito que
quería ser dirigente de su pueblo. Balbuceaba al maldecir a los políticos desde la tarima y todos se reían
de él. Un día fue escogido por un dictador para liderarlos y aprendió a hablar
sin timidez. Cambio sus leyes y costumbres, el curso de los ríos, devastó bosques,
lagunas y mares. Se convirtió en el rey de los miskitos hasta que lo
decapitaron en la plaza de Bilwi.
18/11/2013
jueves, 14 de noviembre de 2013
MAÑOSO TERNERO MAMÓN
Este ternero mamón tiene
sus mañas como todo mamón. No busca la pacha para que le den leche, la rechaza,
pero a cambio se desespera y embiste, para que en ella le den agua. Así como este mañoso
ternero mamón hay varios tipos de personas, principalmente en Nueva Guinea, la
Costa Caribe y Nicaragua entera que se han acostumbrado a vivir
mamando las tetas del pueblo sin sufrir de empacho y, cuando le cambian el
contenido de la pacha, se hacen los desatendidos pero a la vista de todos son
unos pendejos mamones.
No sé cómo se llama el
niño pero cuando traté de darle la pacha de agua al ternero, como todos los
mañosos frente a la incertidumbre, se puso arisco, se hizo el arrecho, pero al ratito estaba
contento, chupando y chupando hasta babearse todito.
lunes, 11 de noviembre de 2013
BLOGSNI: IDENTIDAD Y PRODUCTIVIDAD
El Festival de
Blogs de Nicaragua 2013, BlogsNI, aborda la temática “identidad” en todas sus
manifestaciones —filosófica, cultural,
política, nacional, social, sexual, corporativa, digital, corporal y de
género— y, en la búsqueda de un argumento, planteo que BLOGSNI es una identidad
en sí misma con altos niveles de productividad.
A su alrededor
se han aglutinado varios individuos con sus propios rasgos y características
que al interactuar constituyen una colectividad, una comunidad que los
caracteriza frente a los demás. Me refiero a personas que facilitan y se
ayudan, que comparten sus conocimientos e informaciones, que colaboran en la
adopción de las decisiones, que ponen a disposición de otros sus medios
materiales, que desarrollan actividades integradoras, que incentivan
psicológicamente a los equipos de trabajo que se organizan, que con su
comportamiento reducen la conflictualidad social, que ayudan a crear un clima
humano y procesos de comunicación y socialización, que organizan encuentros,
celebraciones y eventos exitosos, etc., y que lo hacen sin esperar nada a
cambio, gratuitamente.
En el año 2012
escribí que en Nicaragua existe la comunidad bloguera y, como tal, su fuerza
productiva dominante es el compañerismo, la cooperación y la ayuda mutua. Estos
rasgos están presente en la economía de dos maneras diferentes: a) en las
empresas de los sectores de intercambio, donde el factor comunitario opera de
manera subordinada favoreciendo la productividad de los demás factores
económicos (financiero, tecnológico, etc.), y b) en las unidades económicas en
que le factor comunitario se constituye como elemento organizador principal.
Es habitual que,
en forma ocasional o permanente, las grandes empresas contraten servicios
especiales y personas a las que encargan actividades y procesos integradores,
por ejemplo, la organización de fiestas, celebraciones y eventos especiales,
servicios responsables de las relaciones humanas, el trabajo de asistentes
sociales y psicólogos industriales, la organización de clubes deportivos y de
actividades culturales, artísticas y recreativas, la realización de ejercicios
y procedimientos comunicacionales, etcétera, a través de los cuales persiguen
reducir otros costos e incrementar el rendimiento y los beneficios que
proporciona el factor comunitario, cuya presencia consideran importante.
La demostración
práctica y los éxitos de BlogsNI en los últimos años (continuidad de
festivales, incremento en blogueros participantes así como empresas y organizaciones que lo apoyan) ponen de
manifiesto la importancia de la comunidad como factor organizacional para generar
productividad. Ello va siendo reconocido por diversos enfoques de la
administración de empresas, que cada vez con mayor convicción se refieren al
clima de relaciones humanas, al trabajo en equipo, a la participación en
instancias creativas y decisionales, horizontalidad de la estructura
organizacional, a la conveniencia de vincular a la empresa de forma estable a
diversas dimensiones de la vida personal y familiar del personal.
10 de noviembre de 2013.
martes, 22 de octubre de 2013
CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL DE NUEVA GUINEA
Tres hombres
estaban sentados en una banca de la catedral de Nueva Guinea y otros, quizás
unos doce, pegados unos a otros, limpiaban con cepillos metálicos el sarro de la
verja perimetral. El cielo gris les facilitaba su labor, sus rostros se
mostraban contentos y el ritmo de sus brazos, de abajo hacia arriba, desprendía
una nubecita amarilla atenuada por la llovizna, permitiéndoles avanzar hacia la
izquierda en dirección al portón principal. Frente a ellos, al otro lado de calle,
se escuchaba el sonido de la presión del aire con que inflaban llantas en la
vulcanizadora.
—
Me parece que ayer la inauguraron —dijo el
hombre que estaba en el extremo izquierdo de la banca. Los brazos cruzados
descansaban colgados en su barriga.
—
El tiempo vuela —comentó el del centro luego de
quitarse la gorra que llevaba puesta y mostrar su calva.
—
¡Ya está el café! —gritó una mujer.
—
Voy a traerlo —dijo el flaco que estaba sentado
en el extremo derecho y se dirigió al estante de la glorieta.
En el techo, al
lado de la torre izquierda, dos hombres colgados por mecates limpiaban con
cepillos plásticos embebidos de detergente el moho adherido en la pared. Desde
la nave central se escuchaba el ruido de las tablas de las bancas que eran
desarmadas y acomodadas en sus extremos.
—
Y vos, ¿cuántos años tenés de vivir aquí? —preguntó
el Pelón.
—
Más de veinte, me vine después de la guerra —dijo
el Panzón —. Me refugié en Costa Rica, ¿y vos?
—
Está hirviendo —interrumpió el flaco al regresar—.
Les entregó un vasito descartable con café y volvió al estante.
—
Desde siempre —dijo el Pelón—. Nunca me he ido.
—
Qué aguante el tuyo, hasta pelón has quedado.
—
De qué hablan —preguntó el Flaco y se sentó en
la banca.
—
Recordando cosas, nada más —dijo el Panzón.
Un grupo de
jóvenes entró al predio de la catedral por el portón izquierdo. Su alegría
interrumpió la plática de los hombres al pasar entre las mesas de la glorieta.
Se dirigieron al estante y la mujer les entregó varios machetes y rastrillos.
Atravesaron el salón y fueron al jardín de la izquierda, contiguo a la pila
bautismal.
—
He aguantado de todo, pero comparado con otros
tiempos estamos mejor —dijo el Pelón.
—
Jajaja —se carcajeó el Flaco—. Sobre todo a las
mujeres.
—
¿Por qué? —preguntó el Panzón.
—
Porque ya no tiene, todas lo han dejado —dijo el
Flaco.
—
No, ¿Por qué decís que estamos mejor? —preguntó
el Panzón.
El Pelón se
quedó observando a los hombres colgados de los mecates que cepillaban las
paredes y el moho convertido en agua sucia escurriéndose hasta el piso. A su
derecha, más allá del barrigón y de las mesas, fuera de la sombra del techo de
la glorieta, los chavalos podaban las plantas del jardín mientras las chavalas
reunían hojas y ramas con los rastrillos. Detrás de ellos, los hombres que
cepillaban las verjas ya habían avanzado más allá del portón principal.
—
Porque estamos en paz, porque no hay guerra —dijo
el Pelón.
—
No jodás — dijo el flaco—. ¿Ya te dejó en paz la
Juana?
—
Ni me menciones la guerra, es horrible —dijo el Panzón.
—
Y qué me dicen de esos que andan armados en la
montaña —dijo el Flaco.
—
Son delincuentes comunes —dijo el Pelón.
—
Y qué me cuentan de las violaciones, los asaltos
y los secuestros —dijo el Flaco.
—
No exageres tanto, antes estábamos peor —dijo el
Panzón.
—
Estamos jodidos pero en paz —dijo el Pelón.
—
¡Clase de paz la de ustedes!, que no haya guerra
no quiere decir que tengamos paz —dijo el Flaco.
Un hombre de
cabello y bigote gris salió de la nave principal de la catedral, saludó a los
chavalos y entró en la glorieta. Al verlo, el grupo de hombres que cepillaban
las verjas y los que estaban colgados de los mecates dejaron sus labores y se
acercaron a la glorieta.
—
Ya descansaron suficiente —dijo el hombre de
cabello y bigote gris dirigiéndose a los de la banca—. Les hace falta limpiar
el campanario de la izquierda.
—
Vamos —dijo el Pelón. Los otros dos lo siguieron.
—
Fresco para todos —dijo el hombre de cabello y
bigote gris dirigiéndose a la mujer del estante.
El
Panzón, el Flaco y el Pelón entraron en la nave de la catedral. Desde la
glorieta se escuchó la carrera que dieron al subir las gradas de la torre.
21/10/2012
martes, 15 de octubre de 2013
TODO POR UN RONDÓN
Cuando pensé que
tenía todo lo necesario para hacer el rondón llamé por teléfono a la Tere; “tenés que traer el pescado”, dijo. Iba hacia el muelle de las pangas que viajan a El Bluff con mi primo Javier Álvarez, “el Tanquecito” y tuvimos que regresar a la esquina de la bajada del mercado Teodoro Martínez de Bluefields para comprar el pescado: unos yellow tail de tamaño
mediano, los ofrecen los vendedores en cubetas de plástico en ese sector que,
por eso, tiene una fragancia particular. “¡Llevar pescado al puerto, qué locura!,
¡al monte no se lleva leña!”, le dije a Javier. “Hasta los mutruz desaparecieron”,
respondió riéndose.
Al pasar el
portón del muelle, tres hombres estaban sentados en una banca ubicada frente a
la boletería; tomaban aguardiente y conversaban tan contentos que todos los
volvían a ver por sus carcajadas. No esperamos mucho tiempo, el cupo de
pasajeros se completó en media hora. Eran las diez de la mañana cuando le pasé
las bolsas con las compras a Javier, quien estaba de pie, y me sostuve de su
hombro para abordar la panga. El viento no agitaba olas. Un bote largo repleto
de carbón maniobraba para atracar en el muelle del mercado, casi metiendo la
proa en el basural acumulado debajo del edificio. Cuando el panguero encendió
el motor fuera de borda sentí más intenso el aroma de la gasolina mezclada con
aceite que cambiaba la tonalidad del agua, entre azul y amarillo, por el ardiente
sol.
No vi botes de pescadores
en la travesía de veinte minutos, caminamos por el andén hasta la casa de doña
Juana Angulo, ubicada frente a la bajada del eterno cuartel de los
guardacostas. Con la cadena oxidada que asegura el portón de zinc, Javier dio varios
golpes para ser escuchado. “Entren, no tiene candado”, gritó doña Juana. No ingresamos
hasta estar seguros de que nos había oído porque recordamos que, a pesar de su
avanzada edad, no le falla un rifle calibre 22 bien aceitado para espantar a los
intrusos que se aventuran a entrar en su patio.
—
Ya ni pescado se encuentra aquí, se acabaron
esos tiempos —dijo doña Juana al saludarla. Estaba en la salita sentada en una
mecedora de más de medio siglo de antigüedad.
![]() |
| Javier |
Con un pedazo de
cartón soplaba el fogón lleno de carbón. Desde la sala doña Juana Angulo estaba
pendiente de nosotros. “En este fueguito va a dilatar mucho tiempo”, le dije
repetidas veces a la Tere. “Cálmate, muchos jodes, ya vas a ver, así lo he
hecho siempre”, respondía. Hizo astillas un pedazo de madera roja, la echó en
el carbón y se encendió. Puso una parrilla encima del fogón y sobre ella el
caldero hasta la mitad de leche de coco. “No dejes de soplar”, dijo. “Esta
mujer es mandona”, le dije a doña Juana y rio a carcajadas. “Acordate de los
condimentos”, respondió doña Juana y la Tere salió al patio. Regresó con una
hojitas de orégano y albahaca que esparció en el caldero y le echó sal,
pimienta, chiltoma y cebolla mientras estaba pendiente del pescado que sofreía
en una paila. Javier apareció, cortó unos cocos, los peló y con esmero nos atendía.
Con delicadeza la Tere acomodó el plátano, el banano, el quequisque y la yuca y
de último, cuando hervía la leche, acomodó el pescado sofrito. Mientras se
cocinaba el rondón conversamos de diferentes temas y doña Juana Angulo mostró
fotos del pasado, de sus hijos y sus nietos.Este ritual fortalece nuestra identidad caribeña, funciona como centro y motor de cohesión a través del cual se aglutinan voluntades y esfuerzos. Me di cuenta, nuevamente, que la amistad se fortalece alrededor de una mesa al degustar el plato preferido y más aún cuando es preparado con la participación activa de amigos y familiares. Pensando en ello, luego de saborear el exquisito rondón bajo la sombra de los árboles de Mango cuidados por el rifle 22 de doña Juana Angulo, hice una siesta revitalizadora en una hamaca, escuchando las pláticas placenteras de Javier y la Tere.
Lunes, 14 de
octubre de 2013
Etiquetas:
amistad,
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lunes, 7 de octubre de 2013
EL FOTÓGRAFO DEL PUERTO
“El interés por la fotografía me surgió después de ver una película de Roy Rogers cuando inauguraron el cine hogar de don Alberto”, dijo Eduardo al comentar sobre su arte que, por más de medio siglo, captó en imágenes los acontecimientos más importantes ocurridos en el puerto de El Bluff.
Esa tarde los habitantes del sector de la capilla bajaban por el lado de
la cantina de Miss Pet, los del lado de la aduana subían por la esquina de Miss
Lilian y el corredor hervía de gente que esperaba ansiosa la apertura de la
puerta izquierda. En la ventana ubicada al lado de swing —en el que don Alberto mecía holgadamente su rechoncho cuerpo
sin saludar a los que caminaban por el andén— vendían los tickets, un peso por persona, sin importar edad, sexo ni color. La
fecha y hora fue anunciada con anticipación, de boca en boca entre vecinos,
hasta llegar la noticia a la colonia del Guerrillero, las cantinas ubicadas
alrededor del campo de beisbol y el barrio del Suampo. Allí estaban todos ante
una expectativa nueva que los sacaría de la rutina portuaria.
Los chavalos corrían hacia la tienda de Toño Real y
doña Estercita; comparaban empanadas, chicha en botella, leche de burra, bombones
y chingongos en una algarabía de felicidad, pero el Patito, así le llamaban a
Eduardo, no se movía de su lugar: “Sin zarandearme, sin perder un centímetro de
espacio, me pegaba a la puerta aguantando la presión del tumulto”, recuerda.
La puerta se abrió a las siete y el Patito quedó prensado entre la pared
y la corriente de gente que se escurría por el pasillo hasta llegar al salón
ubicado en el fondo de la casa. Al ser liberado, salió caminando triunfalmente
con sus pasos encontrados, acomodándose el cabello rizado alborotado con las
manos, moviendo lateralmente el dorso como péndulo de reloj nervioso y
estirando sus brazos cortos en un constante aleteo de felicidad.
“Llegue al salón cuando estaba oscuro y los gritos me dieron la
bienvenida con las luces emitidas por el proyector sobre una manta blanca
tendida en la pared derecha, materializando las imágenes en blanco y negro de Roy
Rogers cantando montado en su caballo Trigger”, dijo Eduardo. Unos aplaudían, otros
se acercaban a la manta para tocar el caballo pero don Alberto calmaba la
euforia masiva. “No encontré lugar, de haberlo hecho no podría ver al vaquero ni
al caballo por los cuerpos y cabezas que lo tapaban, pero me subí a la última
banca del fondo, pegada a un biombo de madera, donde estaba ubicado el
proyector”, agregó y sus ojos gatos brillaron al recordarlo. “La película continuamente
se detenía y la gente, gritando enfurecida, pedía que les regresaran su peso,
pero don Alberto encendía las luces amenazándolos —el que siga gritando no
vuelve a entrar, les decía— y se quedaban calladitos”.
Al finalizar la película, una hora después, fue el primero en salir; al
llegar a su casa, luego de subir una ladera, esquivando palos de Coco, Mango y
Caimitos con un flash light,
emocionado le dijo a Rosemary, su mamá, que quería ser fotógrafo para captar la
vida y los acontecimientos que se daban en el puerto.
“Ella sonrió después de cerrar la puerta. Cuando entró a su cuarto
desde el mío la escuché decir: Aquí no pasa nada interesante y nadie se gana la
vida tomando fotos, ojalá que los hombres y las mujeres no se vuelvan haraganes
con ese invento de don Alberto porque nos morimos de hambre, sólo eso faltaba,
que se acabe la paridera de zipotes”, dijo Eduardo riéndose.
Rosemary siempre se opuso a su deseo, pero su colección de fotos, en
blanco y negro y a color, guardadas con esmero en varios álbumes, fue su mayor tesoro.
Inmortalizó nacimientos, bautizos, comuniones, procesiones, cumpleaños,
casamientos, sepelios, ranchos en la playa, las casas made in USA de la Colonia, barcos mercantes en el muelle, curas, marineros, cantinas, prostitutas, borrachos, aterrizajes del avión amarillo, empleados y agentes aduaneros, el parque de la
loma, el casco hundido del Jamaica, coroneles y oficiales de la guardia, la planta de la Booth, visitas de presidentes, barcos pesqueros, barcos surcando la bahía, así como amaneceres y atardeceres.
Cuando le pregunté sobre las fotos, con ansias que me las mostrara, sus ojos claros se nublaron. "Todo desapareció con el huracán Juana, se perdieron todas, no quedó nada, todos desapareció al igual que las esperanzas de los blofeños", dijo.
Antes de partir para continuar caminando por el andén del puerto con el fin de visitar a viejos amigos y amigas, me retuvo. Conversábamos bajo la sombra, sentados frente a la casa que poco a poco ha reconstruido, con el viento fresco proveniente de la playa aminorando el candente día soleado. "Vení, entrá, tenés que ver a Mary antes que te vayas, está bien mal", dijo. Lo seguí, corrió una cortina blanca y entramos a la habitación. "Es el Ronald, el hijo de Ofelia y de Hill", le dijo. Tomé su mano, besé su frente y le dije que ellos ya habían cruzado el umbral del tiempo. "No te puede ver pero te escucha", dijo Edward. Los ojos de Mary se iluminaron por el brillo de las lágrimas y el tiempo se detuvo en su lecho de agonía para que tuviera la oportunidad de ver las imágenes del pasado captadas por el fotógrafo del puerto.
10/11/2016
Cuando le pregunté sobre las fotos, con ansias que me las mostrara, sus ojos claros se nublaron. "Todo desapareció con el huracán Juana, se perdieron todas, no quedó nada, todos desapareció al igual que las esperanzas de los blofeños", dijo.
Antes de partir para continuar caminando por el andén del puerto con el fin de visitar a viejos amigos y amigas, me retuvo. Conversábamos bajo la sombra, sentados frente a la casa que poco a poco ha reconstruido, con el viento fresco proveniente de la playa aminorando el candente día soleado. "Vení, entrá, tenés que ver a Mary antes que te vayas, está bien mal", dijo. Lo seguí, corrió una cortina blanca y entramos a la habitación. "Es el Ronald, el hijo de Ofelia y de Hill", le dijo. Tomé su mano, besé su frente y le dije que ellos ya habían cruzado el umbral del tiempo. "No te puede ver pero te escucha", dijo Edward. Los ojos de Mary se iluminaron por el brillo de las lágrimas y el tiempo se detuvo en su lecho de agonía para que tuviera la oportunidad de ver las imágenes del pasado captadas por el fotógrafo del puerto.
10/11/2016
domingo, 29 de septiembre de 2013
¿DÓNDE ESTÁ LA MORAL?
Wilson Josué Rodriguez Martinez, joven poeta de Nueva Guinea, RAAS, Nicaragua, nos lee su poema ¿DÓNDE ESTÁ LA MORAL? con el que ganó tercer lugar en el Concurso Nacional de Poesía organizado por el MINED. Dale click para ver el vídeo.
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