En 1990 se metió
de lleno a los negocios; lo conocí en un camión IFA, viajando a una de las
colonias en que revendía los productos que compraba en Cholutequita. En aquella
ocasión me mostró el cartón que le entregaron en la oficina de Administración
de Rentas de Juigalpa donde decía que era comerciante; con resistol, él le
había pegado su foto.
En esos años
estaba joven, lleno de vida; hacia amistades fácilmente por ser atento y, la
mayor parte de las veces, generoso. Por ello y por la escasez de productos en
esa época de postguerra, su clientela le era fiel: lo atendían con mucho
esmero, en las comunidades que abastecía con botas de hule, baterías para foco
y abundancia de chiverías, lo esperaban con el desayuno calientito por las mañanas.
De todas las colonias que visitaba no le gustaba Providencia, pero le encantaba La Unión,
decía que de todas era la única comunidad de Nueva Guinea que en el futuro
tendría más progreso que cualquier otra por sus pobladores amables y unidos.
Estuvo en todas las colonias, las conocía todas, negocios hizo en ellas y lo
vio todo: pobreza, escasez, olvido y la lucha de su gente. Después de realizar
sus ventas compraba granos de cacao, queso, frijoles, jengibre, raicilla y
cerdos para venderlos en Estelí, Masaya y Managua. Odiaba Providencia, algo
había allí que nunca le gustó, pero no lo dijo.
Una tarde llegó
a mi oficina y me pidió un aventón hacia Juigalpa. Era verano, propiamente el
mes de abril de 1997; fue la primera vez que recorrí el camino El Triunfo–El
Almendro–Pájaro Negro para trasladarme a Juigalpa. Él era de Chontales. En
aquel viaje me di cuenta que todavía era tímido. Durante la guerra, sus
compañeros militares le habían hecho cosas poco agradables, pero de eso habló
poco. A pesar de lo que sucedía en el país seguía creyendo en la Revolución.
“Patria o muerte, venceremos”, era su consigna. Cuando llegamos a El Almendro
me pidió que me detuviera unos minutos frente al parque. “Es por negocios”,
dijo cuando se bajó de la camioneta.
Por el retrovisor
lo observé hablando con tres hombres que estaban de pie al lado de unos
camiones parqueados en un costado del parque; otros cargaban los camiones con
sacos de queso que levantaban del andén, dejando una mancha húmeda que
emblanquecía ese trecho del parque.
—Y vos, ¿cómo ves las cosas en Nueva Guinea?
—preguntó cuando volvió.
—Nada bien —respondí.
—Pero se va a componer, será mejor —dijo. Tienen
de todo, es el único lugar donde se puede prosperar. Es el punto de inicio de
un nuevo comienzo.
No dije nada. En
el trayecto le hablé de los negocios que podía hacer en el sector de
Providencia y más allá de Cerro Bonito, buscando Puerto Príncipe, navegando por
el río Chiquito hasta la desembocadura de río Punta Gorda en el mar Caribe.
—No —me respondió—, Providencia no me gusta.
En el empalme de
Lóvago pidió que me detuviera. Se bajó y dijo que allí esperaría un vehículo
que lo llevaría a Santo Tomás. En una hoja de papel escribí la dirección de un
primo y otros conocidos que viven en esa ciudad helada y famosa por sus
quesillos. Me agradeció por lo que había hecho y nos despedimos. A él le
gustaba Nueva Guinea: el verdor permanente de sus paisajes, la neblina de sus
amaneceres y el espíritu emprendedor de su gente lo cautivaban.
No lo volví a
ver por muchos años pero seguía haciendo negocios. Escuchaba las viñetas de sus
comerciales por la radio Manantial y me di cuenta de lo mucho que había
prosperado: poseía una distribuidora de productos básicos, farmacias
veterinarias, fincas, camiones ganaderos y varias casas de alquiler en la
ciudad. En el Octavo Festival de Música Campesina lo volví a ver; ya no era el
mismo, los años habían terminado con su timidez. “Me encanta Nueva Guinea”,
dijo con su aliento etílico luego de saludarnos, acercándose a mi oído.
Lo último que
supe de él fue veinticinco años después de aquella vez que lo conocí en el
camión IFA. En la ruta entre Providencia y Punta Gorda lo asaltaron, dos
mochilas llenas de dólares le fueron robadas y su cuerpo mutilado fue
encontrado flotando río abajo. Recordé que no le gustaba Providencia y también
que nunca dijo por qué.
Desde hace unos 4 años atrás, durante un viaje de trabajo a Waspam
escuché sobre la Lygua Mairin, sobre las apariciones a los habitantes de
las comunidades en las riveras del Río Coco.
En esa ocasión, durante la visita al Hospital de Waspam, vi a un joven sentado en una banca esperando consulta, cubierto
(de pies a cabeza) con una sabana blanca. Le pregunté a una trabajadora
del hospital sobre aquel extraño comportamiento del joven enfermo, - Y
me contestó: ha doctor es que seguro vio a la lygua en el río y lo
enfermó. Me sorprendió mucho el término, ya que en mi experiencia como
médico nunca había escuchado sobre alguna bacteria, virus o parásito que
produjera esa extraña enfermedad. Ese día por la falta de tiempo no
pude curiosear más sobre esa rara enfermedad.
Hace unos meses (4 años después) volví a visitar aquel municipio del
caribe norte, famoso por su cultura miskita y sus bellos paisajes del
Coco (el río). Está vez después de terminar mi visita de trabajo me puse
a conversar con algunos pobladores sobre la famosa Lygua Mairin y esto
me dijeron: “Doctor es que cuando los pescadores van de noche al río, alguno
de ellos ven a la sirena y si ella se enamora del pescador, lo hechiza
con mal de amor”…Y pregunte- como es? que cuentan los que la han visto?- Ha doctor ella (la sirena) toma la forma de la mujer que el pescador ama y así lo enamora hasta enfermarlo! - Y que le da al hombre, que síntomas tiene?.- La señora me respondió: Bueno
les da mucha calentura hasta que tiemblan como convulsiones, ganas de
vomitar, y pueden hasta morirse. Al hombre tiene que verlo el curandero y
tiene que andar tapado, porque la vista las personas lo puede enfermar
más, y si es la vista de las mujeres hasta lo puede matar. En ese momento comprendí por qué el extraño comportamiento de aquel joven que estaba sentado en el hospital.
Luego se acerco otra señora y me contó algo más increíble, una experiencia propia:
-Fíjese
doctor que una vez estábamos lavando a la orilla del río y a unos
cuantos pies estaba una muchacha bañándose y de repente escuchamos un
grito, como pidiendo auxilio, cuando volteamos a ver, a la muchacha la
iba arrastrando algo hacia lo hondo del río, corrimos y la agarramos,
pero no se veía nada en el agua; de pronto algo la empujo hacia
arriba…la levanto como a 1 metro y la soltó! La muchacha no podía
hablar, la sacudimos y sólo miramos que respiraba como que se estaba
muriendo, y una de las amigas vio una marca, un morado en forma de mano
en la pantorrilla. Entonces pregunté;- Y no es que la Lygua Mairin es una sirena (femenina)? Y entonces la señora me contestó – Doctor
es que la sirena, puede enamorarse de un hombre o una mujer, o sea si
se enamora a un hombre se vuelve mujer (adopta la forma), y si se
enamora a una mujer toma forma de hombre…
Bueno hay mas historias sobre la famosa Sirena del Río o en idioma
miskito Lygua Mairin, lo que resulta ser es que no discrimina a hombres o
mujeres y a los que ataca o enamora, los enferma y que solo el
curandero los/as puede curar.
Mito o realidad, no lo sé. Sólo me gustaría ir por todo el Río Coco a ver si me encuentro a la Lygua Mairin.
Antes, El Bluff
era un puerto de pescadores y estibadores. Todos sus habitantes se sorprendían al ver
las inmensas palas de las hélices de los barcos mercantes salpicando las aguas
azules de su bahía. Al atardecer, en esas mismas aguas, admiraban el paisaje
entre las islas de Miss Lilian, la isla del Venado y la barra con barcos
camaroneros que partían hacia altamar en una faena más. Pero un año los barcos
mercantes dejaron de hacer espuma en la bahía y la flota pesquera se oxidó
aferrada a su muelle. La inmensa bodega de la aduana quedó vacía, los
estibadores sin trabajo permanente y su muelle se convirtió en un desierto
vigilado por guardias nerviosos que limitan el paso. La flota pesquera y la
planta procesadora de mariscos quedó abandonada, sus pescadores deambulaban
alucinados por el andén y los barcos que un día les garantizaban su sustento fueron
desmantelados para ser vendidos como chatarra: trozaban con grandes sierras
eléctricas las máquinas, mástiles y el casco de los barcos para cargar con
ayuda de los estibadores grandes planas que se perdían con ellos al entrar al
río Escondido, llevándose todo lo que había hecho de El Bluff un puerto
próspero de pescadores.
Las bodegas, las
oficinas, los cuartos fríos, la fábrica de hielo, los tanques de almacenamiento
de agua y la línea de procesamiento de mariscos quedaron abandonados en medio
de la planicie que conduce a lo que fue su pista de aterrizaje.
Veinte años
después no quedaba nada de la empresa procesadora de mariscos, excepto los
cimientos de concreto ennegrecidos que Jack y Katty vieron al caminar hacia la
antigua pista, en dirección a las pequeñas lagunas que flanquean sus lados para
pescar.
—Aún quedan las ruinas, Jack —dijo Katty.
Mientras
caminaba, Jack miró a su izquierda, hacia el portón que daba acceso a la línea
de procesamiento de mariscos.
—Allí está —expresó.
—¿Te acordás cuando entrabas a los cuartos fríos?
—preguntó Katty.
—Sí, recuerdo.
—Parece un cementerio desordenado de pilas, rodos
y bandas —opinó ella.
Él no expresó
nada. Caminaron hasta perder de vista los restos de la planta, siguiendo el
camino sinuoso que lleva a la antigua colonia, un tiempo habitada por empleados
de alto nivel de la empresa de mariscos. Por el trayecto, a la derecha fueron
apareciendo pequeñas casas donde antes solamente palmeras y matorrales poblaban
la planicie pantanosa, cubiertas por la frescura de la vegetación del
promontorio que se erige frente a ellas.
—Más ruinas, Katty —dijo Jack señalando las bases
de cemento sobre las que erigían las casas de madera prefabricadas, importadas en
piezas.
—Para el recuerdo —dijo Katty y les tomó una foto
con la cámara de su teléfono.
Cuando
culminaron la cuesta salieron al claro de la pista. A izquierda y derecha, el
azul intenso del cielo sobresalía sobre el color gris de la pista y los
matorrales que crecen a sus lados. Se detuvieron a tomar agua de una botella
que cargaba Jack en su mochila. El calor del mediodía se notaba en la cara de
la muchacha.
—¿Qué es ese ruido? —preguntó Katty.
Era un sonido
constante y fino que provenía del otro lado de la pista. Al cruzarla observaron
varias champas de plástico negro alrededor de una laguna de aguas verde, lamosa
y estancada.
—Son mujeres —dijo Jack al verlas con mazos en
sus manos picando piedras debajo de las champas.
—Mirá, mirá, son cerros de piedrín —agregó Katty,
señalando los alrededores de las champas y a lo largo de la pista en dirección
al mar.
Jack se detuvo
en la laguna del lado izquierdo y entraron a una champa abandonada ubicada en
la orilla. De su mochila sacó las pequeñas cañas de pescar, las desplegó y
colocó los engañadores de colores vistosos.
—No tardan en picar, vamos a sacar unos hermosos
guapotes —dijo Jack.
—Eso espero —respondió Katty, absorta en la caña.
El ruido de las
piedras al ser reventadas no la distraía, ni siquiera quería hablar. Le gustaba
muchísimo pescar con él. Jack tiró el engañador en dirección al centro de la
laguna. Antes acudían a pescar en esas lagunas y en poco tiempo los peces comenzaban
a picar; el tiempo transcurrió sin que lo hicieran. Al principio Katty estaba
tranquila, pero luego comenzó a probar en distintas direcciones, imitando a Jack.
—¿Qué te pasa, Jack?
—No sé —contestó mientras enrollaba la cuerda.
La tarde caía y
la intensidad del sol había disminuido del mismo modo que la frecuencia del
sonido provocado por las mujeres. Katty buscó su bolso, sacó varios sándwiches
y le ofreció uno a Jack.
—No tengo hambre —dijo Jack.
—Dale, Jack, come uno.
Comieron sin cruzar
palabras, observando las cuerdas y el reflejo de los matorrales en el agua.
—Vos tenés la culpa, si no te hubieras marchado…
—Ya lo sé, siempre te lo he dicho, no pude
evitarlo. Es tiempo que lo superes —dijo Katty.
—Para vos es fácil olvidar, siempre olvidas —dijo
Jack.
—¡Ah!, ¡ya basta, Jack!, ¡te lo ruego! ¡No sigas
con lo mismo de siempre, por favor!
—No puedo.
—Vamos, decimé la verdad.
Jack miró hacia
la loma y observó el brillo del faro provocado por los rayos del sol al caer la
tarde.
—Ya no me divierte nada.
Ella lo miró
fijamente, sin decir una sola palabra. Jack continuó:
—Me siento vacío, todo lo bueno ha desaparecido
de mí. No sé, Katty. No sé qué decirte.
—¿Ni siquiera el amor te divierte? —pregunto
Katty.
—No.
Ella se puso de
pie, tomó su bolso y se alejó caminando por el camino que los había llevado
hasta esa laguna de aguas sin vida. Una motoneta salió a la pista, Katty la
detuvo y desapareció montada en ella.
Jack se quedó
allí por un buen rato. Acostado en el suelo observaba los colores del cielo al
atardecer; Javier apareció por el lado de las casas que se apiñan alrededor del
camino que conduce al mar. Él escuchó sus pasos pero continuó sin moverse.
—¿Y Katty?, ¿qué sucedió? —preguntó.
—Nada, no pasó nada.
—¿Pelearon?
Jack se
incorporó sin contestar y ambos se dirigieron hacia el mar. Al llegar se sentó
en un tronco, observaba sus pies pisando las algas que expulsaban las olas
mientras a su espalda el sol caía más allá de la isla del Venado.
El grupo Los Legendarios del barrio Old Bank de Bluefields danzan en una calle de Nueva Guinea en el marco del primer intercambio cultural entre Nueva Guinea y Bluefields.
La muerte es
inevitable, un día todos y todas transitaremos por su sendero, unos más que
otros le temen, la respetan porque se aferran a la vida. Conversando con los
hermanos Donald y Víctor Rios Obando, primeros fundadores, he logrado recuperar los nombres de las personas fallecidas a principios de la colonización de Nueva Guinea.
1.Macedonio
Amador:
Estaba limpiando
el monte en la parcela de don Eleazar Marenco para la siembra de postrera y
cortó a una culebra barba amarilla por la mitad, pero un pedazo se le fue. Dejó
una burra de monte, se emburró y regresó por la tarde para terminar el trabajo.
La mitad de la barba amarilla, la parte de la cabeza, estaba allí y le picó
arribita del ojo del pie. En esos tiempos no se usaban botas de hule sino que
unos zapatos que llamábamos burrones, eran de cuero con tachuelas en la suela.
Don Eleazar lo llevó al salto del río el Zapote, al “vivero” y allí murió. Nos
pusimos a pensar en dónde lo íbamos a enterrar y nos acordamos del lugar donde
vimos a la Gongolona. Allí lo enterramos, a la orilla del camino y desde
entonces así se llama el cementerio general de Nueva Guinea”, dijo Donald Rios
Obando.
2.Irma
Palma Hernández
Falleció por causa de un
alumbramiento gramatical, el niño se le murió y no pudo dar a luz, se le murió en
el vientre. La partera Susana Cardoza, conocida como Mama Chana, con la ayuda
de Augusto López y Eliazar Marenco, sacaron al niño en pedazos para salvarle la
vida, pero a los cuatro días falleció. “Era la esposa de mi hermano Donald”,
cuenta don Víctor Rios Obando.
3.Víctor
Manuel Velásquez:
Murió ahogado en el Río Plata. Andaba
en busca de maíz y arroz para siembra pero al tratar de cruzar el río se dio
vuelta el bote y se ahogó en la parte más profunda. “Nos avisaron como a las
cuatro de la tarde, lo buscamos hasta muy noche pero fue hasta el día siguiente
que lo sacamos, se lo estaban comiendo los camarones”, recuerda don Víctor Rios.
4.Vicente
Núñez:
Un colono estaba cortando, tumbando
un gran palancón de Rosita. Vicente lo acompañaba, pero al caer el enorme árbol
provocó un gigantesco viento que lo ahogó, le quitó la respiración y murió a
causa de ese viento.
5.Carlos
Hidalgo:
Los encontraron a la orilla de un
inmenso árbol de Almendro. Estaba trabajando en su finca, sembrando arroz.
Estaba muerto, con un golpe en la cabeza y en todo el cuerpo.
6.Gloria
Márquez de Mercado:
Murió con su recién nacida a causa
de un piquete de culebra.
7.Herlinda
Velásquez:
Murió de un tétano por bañarse con
agua helada, amanecida. Ella tenía seis días de haber dado a luz a un niño.
8.Hernon
Barrera:
Estaban socolando la montaña, en un
cerro. Sacaron una tuca que rodaba guindo abajo y se lo pasó llevando. Le
quebró todo el costillar.
EL AMOR:
“La venida de
nosotros a estas montañas fue alegre, pero nos desesperamos por la falta de
amor y tuvimos que salir a buscar a las mujeres. Ver la ternura de la selva al
amanecer, escuchar el canto de los pájaros con nuestra mujer al lado, es la
ternura más grande que hay”, dice Víctor Ríos Obando.
Gozábamos juntos
esa alegría, compartíamos un amor tranquilo en la selva porque la mujer se
sentía gozosa, se sentía satisfecha sin pensar que el hombre que amaba andaba
con otra mujer porque en nuestros pueblos éramos machistas, vagos, nunca le habíamos
dado el verdadero valor a la mujer en el amor, pero aquí en la selva se nos
pasó la mano. El amor, el cariño, nos calentábamos inmersos en el frío de la
madrugada, con el canto de los pájaros, con la luz de la luna, perdidos con el
sonido del agua del salto del río el Zapote reventando en las piedras.
Estábamos
tranquilos con nuestras mujeres, a las seis de la tarde ya estábamos apagando
el candil carretero y nos poníamos a jugar con nuestra mujercita, que bonito,
que confianza, no hay como una mujer feliz, tranquila. Por ese amor, por el
amor en la montaña que tuvimos no le importaba estar descalza, lo importante
para ella era que tenía a su lado al hombre que quería a como ella lo deseaba.
Y nosotros felices, allí con nuestra prenda adorada, nuestras mujeres.
A lo menos yo,
mi señora tuvo diez niños, de ellos seis están vivos y cuatro muertos. Cuando
vine a esta selva sólo un hijo tenía, don Marcos Alvir sólo dos tenía, la Paulita
y Arsenio, después aparecen como cinco, cada año uno, pues. Don Toño Rugama
como de 14 a 15 hijos.
La selva fue
para nosotros de gran provecho, fue una cuna para sobrevivir en el amor, con
amor, con cariño, con esperanza porque había vida. No importaba si no teníamos buenos
zapatos, ni ropa pero había vida, teníamos pescado, jabalí, el venado, la
guardatinaja y los pavones para alimentarnos junto con nuestras mujeres con la
comida natural que Dios le ha dado al hombre en la selva.
Muchos hombres,
aunque usted no lo crea, todavía hoy no besan a sus mujeres, pero en esos años
todos aprendimos a besarlas porque los besos en la montaña son más dulces. En
los pueblos besábamos a otras pero a la nuestra nunca, pero aquí nos llenamos
de dulzura, era una miel. Lo lindo es que se relacionó el amor con la selva, el
hombre y la mujer fusionados en esta montaña.
En el parque
central de Nueva Guinea hay un Monumento de la Paz. En ese Monumento de la Paz
aparece el nombre de varios personajes de Nueva Guinea y, entre ellos, el suyo,
Arsenio Alvir Castellón. Quiero que nos comparta ahora, en conmemoración del 50
aniversario de fundación de Nueva Guinea, su historia de trabajo para conseguir la paz en el municipio. Cuéntenos Arsenio, hermano, reverendo, ¿Cómo vino usted a Nueva Guinea?
Arsenio (AAC):
Mi papá, uno de los fundadores de Nueva Guinea, vino con mi mamá. Es de los 17
primeros fundadores y mi mamá fue la primera mujer que vino, yo allí venía de
cuatro años. Recuerdo haber llegado allí al Zapote a pescar todo el día.
Ronald (R): ¿Cómo se
llamaba su papá?
AAC: Se llamaba
Marcos Alvir Nativo y mi mamá Hercilia Castellón.
R: ¿De dónde
eran originarios?
AAC: Nosotros
venimos de Pueblo Nuevo, Estelí, porque mi papá pertenecía a la iglesia
Bautista de Somoto y el pastor era don Miguel Torres, el que trajo al grupo de
campesinos a Nueva Guinea.
R: Se conocieron
allá.
AAC: Si, él era
miembro de la iglesia de don Miguel Torres, mi papá y mi mamá.
R: Entonces
usted chavalo aquí vio todo el proceso de desarrollo cuando comenzaron a
construir la colonia, las colonias, el IAN, todo eso.
Arsenio Alvir Castellón
AAC: Todo, todo.
Tuve la oportunidad de viajar. Bueno, primero viajé de Nueva Guinea a La
Gateada porque me enfermé pequeño y mi papá se tiró una semana cargándome para
sacarme a La Gateada. Dilató una semana porque yo no podía caminar, tenía
problemas en el hígado, no caminaba del dolor. El me cargó una semana, se le
inflamaron los hombros y mi hermanita caminó la semana, era menor, pero como
iba buena, ella caminó hasta La Gateada a pie con mi mamá. Así mi papá me llevó
hasta Managua a las oficinas del IAN y allí me atendieron tranquilo, le daban
dormida a mi papá y oportunidad en el día de trabajar para ganar dinero y
vivir.
R: ¿Y se curó?
AAC: Me curé
para siempre. Si, gracias a Dios.
R: Así lo veo,
sano todavía hermano. Entonces, hablando del tema de su nombre en el monumento
de la Paz que está en el parque central, cuénteme porque aparece usted en ese
monumento, usted es reverendo, pastor de la iglesia Bautista.
AAC: Por dos cosas
digo yo, o talvez por tres. Una es que ya en ese tiempo, en los años ochenta,
yo trabajaba en el CEPAD (Consejo Evangélico Pro-Alianza Denominacional), aquí
era el director de la oficina en Nueva Guinea, también era pastor, pastoreaba,
tuve varias iglesias a mi cargo, San Antonio, Rio Plata, Los Ángeles y otras
comunidades. Y entonces eso, y otra cosa era que también tenía la oportunidad
de comunicarme con otros pastores y se dio la situación del Servicio Militar
Patriótico (SMP) y entonces la gente andaba corriendo, las mamás corrían para
allá y para acá, la verdad es que no se les resolvía ningún problema porque
ellos corrían a las oficinas de los militares y allí se cerraban las puertas,
no había nada que hacer.
R: Ellos los
buscaban a ustedes.
AAC: Entonces
allí nosotros, nos buscó alguna familia y empezamos a hablar por algunas
personas que verdaderamente no podían ir al SMP según el acuerdo que el
gobierno había hecho y había que alguien gestionara el cumplimiento de esos
acuerdos, hijos únicos, en el marco de la edad, varias cosas y así nosotros
reclamábamos, así empezamos a trabajar con la comunidad. Ya después nos
organizamos un grupito de pastores.
R: Pero ese
trabajo por la paz durante esa etapa del SMP, ¿todos los pastores lo apoyaban?
AAC: No, no,
eran poquitos, eran poquitos.
R: ¿Por qué no
se involucraban todos?
AAC: Después de
gestionar un poco el trabajo con la gente del servicio, se nos vino entonces,
se nos acumuló el trabajo ya con gente presa. Empezaron a caer los presos, el
gobierno empezó a echar preso a los campesinos, a los sospechosos del pueblo,
etcétera. Allí ya la población nos invadió pidiendo ayuda, entonces tuvimos que
buscar un grupo más grande de pastores. Pero allí chocamos cuando los pastores
no querían trabajar por la paz.
R: ¿Por qué?
AAC: Porque dice
la palabra del Señor que es necesario que haya guerra para que venga el fin, y
si nosotros trabajábamos por la paz desactivábamos la guerra y entonces nunca
iba a venir el fin, y el fin era la venida del Señor. Muchos pastores creían en
eso, pero es algo absurdo porque el Señor nos hizo el llamado que
bienaventurados los que trabajáramos por la paz, incluso íbamos a ser llamados
hijos de Dios y también herederos de la Tierra. Es un privilegio ser pacifista,
hemos sido llamados para ser pacifistas todos los cristianos, más sin embargo
había esa oposición, costó que se rompiera, muchos no aceptaron pero la mayoría
sí.
R: Se
involucraron a trabajar y cuéntenos cómo es que surgen las Comisiones de Paz,
¿a raíz de eso?
AAC: A raíz de
eso ya vamos trabajando pero no tenemos nombre de Comisión de Paz. Sin nombre,
quizás la gente decía Arsenio, vamos donde Arsenio, vamos donde el otro pastor
que trabaja con Arsenio. Pero ya después, cuando el gobierno formó la Comisión
Nacional de Reconciliación, a finales de 1985, allí estaba metido como
honorario el doctor Gustavo Adolfo Parajón, un pastor bautista, el reverendo
Gustavo Parajón, lo conocíamos muy bien, él nos acompañó en todo ese proceso
anterior, entonces nosotros a partir de allí nos pusimos el nombre de
Comisiones de Paz.
R: A partir de
la relación con la Comisión Nacional de Paz y Reconciliación.
AAC: Y
gestionamos entonces que viniera la Comisión Nacional de Reconciliación para
que se reuniera con nosotros, pero como la presidía el cardenal Miguel Obando y
Bravo, me imagino que su agenda era muy grande, nunca tuvo tiempo para venir a
Nueva Guinea a conocer el trabajo, a ayudarnos. El único que venía cada mes era
el doctor Parajón. A raíz de allí fue tan importante el trabajo que fue
necesario hacer Comisiones de Paz en todito el municipio de Nueva Guinea.
Logramos tener 1200 pacifistas. Yo recuerdo al delegado de la iglesia católica
de San Antonio, cuando la comunidad lo nombró como pacifista él dijo: “¿cuál es
mi seguro?, si me pasa algo, quien responde por mi familia”. Alguna gente tenía
miedo, pedía seguridad, pero la única seguridad que nosotros teníamos era que
éramos bienaventurados.
R: Pero en si el
trabajo de la Comisión de Paz, ya constituida la Comisión Nacional de Paz y
Reconciliación y ustedes que adquieren ese nombre, ¿en qué consistía?, además
de mediar en los casos de los que echaban presos y los chavalos que se iban al
Servicio Militar, ¿ya tenían grupos armados aquí en la zona y se involucraron
en las comunidades para que se desarmaran?
AAC: Era grande
el trabajo de la Comisión de Paz. Uno era tener el valor para dialogar con el
gobierno, y fuimos dichosos y bienaventurados que el gobierno Sandinista, estoy
hablando de las estructuras, delegado departamental, el ministro Agustín Lara
de Juigalpa, los secretarios políticos de Nueva Guinea, los jefes militares, se
reunían con nosotros para escuchar todos los abusos que se cometían en todas
las zonas con la gente que talvez nada tenían que ver en el asunto e incluso
con los familiares, etcétera. Entonces teníamos ese diálogo abierto y una de
las cosas importantes es que nos cumplían, mejoraban los acuerdos y lo mismo
hacíamos después con la contra. Nos reuníamos con los jefes de la contra para
también exigir el no abuso, no andar asesinando a la gente sólo porque lo
denunciaban, secuestrando a las personas, incluso llegamos a un acuerdo que no
pelearan en las colonias, que si iban a pelear que se agarraran en los
potreros, en las lomas, donde sea, pero no en los pueblos. La contra y los
sandinistas ayudaron a todo eso.
Era un trabajo
incómodo, difícil, porque como la contra no nos mataba a los comisionados de
paz, a ningún comisionado de paz mató la contra, entonces los sandinistas
decían estos majes son contras y como los sandinistas no nos echaron preso a
ningún comisionado de paz ni nos mataron, entonces los contras decías estos
majes son sandinistas. Era bien difícil, era bien difícil el trabajo de
nosotros. Recuerdo cuando se desarmó la contra en Yolaina, el comandante dijo
“ahora Señor te pido perdón por haber creído que los comisionados de paz eran
sandinistas”, en Yolaina, en el acto central el jefe de la contra pidió perdón
a Dios por pensar mal de nosotros.
R: Entonces se
terminó la guerra, pasamos esa etapa de guerra y llegamos a la época de los
noventa. ¿Considera usted que realmente con todos los acuerdos de la
reconciliación, la desmovilización, con todo eso, alcanzamos la paz en Nueva
Guinea, en la década de los noventa, la década del 2010? ¿Cree usted que la
alcanzamos?
AAC: Pero antes
de eso, ese monumento que está en el parque, en ese monumento hay 1,115
fusiles, allí abajo, enterrados.
R: Es como el
monumento de la paz que lo botaron en Managua.
AAC: Si, pero
allí tenemos 1,115 AK y también unos RPG7, como tres RPG7 que hay enterrados
allí. Hicimos una fosa, llantas, se le pegaron fuego para que se quemaran, se
cortaron. Allí están enterrados. Por eso es que después hemos hecho el
monumento poquito a poco, un monumento sencillo porque la Comisión de Paz nunca
tuvo dinero, el gobierno nunca le ayudó.
Yo recuerdo que
cuando estaba doña Violeta, vino el asistente de doña Violeta, el yerno,
Antonio Lacayo, vino doña Violeta por primera vez y le preparó una entrevista
con la Comisión de Paz y le dijo a Baquedano: ¿tenés dinero para apoyar a la
Comisión de Paz?, Baquedano era el Alcalde, no dice Baquedano, estos merecen
ayuda, entonces dice, nosotros le vamos a dar, llegue el día tal a Managua,
vamos a entregar una ayuda a la Comisión de Paz. Entonces la Comisión de Paz,
que yo la encabezaba, nos vamos para Managua con Leonel Martínez que era el
delegado de la iglesia católica a recibir un presupuesto especial para la
Comisión de Paz. Nosotros gastamos 830 córdobas en ese viaje a Managua y cuando
nos recibieron allá en la Presidencia, fuimos a tesorería, allí estaba el gran
cheque, así grandotote el cheque, 620 pesos.
R: Le quedaron
debiendo.
AAC: Perdimos,
perdimos nosotros. Nunca nos ayudaron los del gobierno. Qué barbaridad,
¿verdad?
R: Por la Paz
hermano que hay que trabajar y hay que trabajar serio, por eso le pregunto si
usted considera que si alcanzamos la paz en la década de los 90 y del 2000 al
2010.
AAC: Bueno,
después del desarme de la contra y todo esto, los comisionados de paz siempre
quedaron en las comunidades resolviendo algunos casos porque la gente creía en
ellos, incluso por decirte algo, servían como juez, si se moría el señor de la
finca ellos servían como juez para hacer las reparticiones justas, entonces en
las comunidades quedaron, todavía hay muchos miembros de las comisiones de Paz
que están intermediando en el desarrollo, en la paz de las comunidades, pero no
hay.
R: Muchos se han
involucrado como facilitadores judiciales también.
ACC: Si, pero no
hay la paz que se desea.
R: ¿Por qué no
hay esa paz?
ACC: Porque
tenemos la pobreza, los ricos aprovechándose siempre más y estrangulando al
pobre, a veces el gobierno pone oídos sordos a las peticiones de la gente. No
hay crédito a veces para ayudarle a la gente de parte del gobierno para que
ellos puedan resolver sus propios problemas. Siempre hay conflictos, las
tierras, un poco de cosas que se necesita superar para lograr la paz.
R: Mientras
existan injusticias dicen que nunca va a haber paz, ¿será cierto eso?
ACC: Sí y además
nosotros ahora estamos promoviendo la paz hacia otra escala también, antes solo
promovíamos la paz de no matarte y los derechos humanos, ahora estamos
promoviendo la paz desde el punto de vista de paz con la naturaleza, paz con la
tierra, paz con todo lo que es el ambiente.
R: Esa es la
cultura de Paz.
ACC: Estamos
ahora promoviendo la cultura de Paz, más general.
R: Usted que ha
sido fundador de Nueva Guinea, esa trayectoria suya, cómo valora desde ese
trabajo suyo de pastor de la iglesia evangélica, de reverendo y de trabajador
activo, reconocido por la paz en Nueva Guinea, ¿Cómo valora estos 50 años?
AAC: Yo miré
como se formaron las colonias, recuerdo cuando iba a Nuevo León a ver a mi familia
que vino, ya después para lo del Cerro Negro vino a ubicarse a Nuevo león, yo
me tiraba casi todo el día para llegar por aquellos lodazales. Me acuerdo que a
un primo mío se le pegó un macho y no lo pudieron sacar, tuvieron que sacarlo
en pedazos para no estorbar el camino. Entonces, ha como era antes a ahora, a
la gran puchica, cambió totalmente, estamos desarrollados y creo que mejor que
algunos pueblos que tiene 100 años, muchísimo mejor, aquí hallas de todo.
R: ¿Cómo ve a
Nueva Guinea alrededor del tema de la paz después de 50 años?
AAC: Bueno,
totalmente cambiado porque 50 años atrás vivíamos una paz total, las familias
se ayudaban unas a otras. Había un tirador oficial que cazaba y la carne la
tendían a asolear y toda la comunidad comían de la caza, ahora no, ahora es
totalmente diferente. Cincuenta años después hay personas caminando en la calle
pidiendo el bocado de comida, hay gente robándote lo que tenés, entonces es
totalmente diferente.
R: Esa
diferencia implica que aquí se debe trabajar más, seguir esa trayectoria de
trabajo por la paz para lograr una verdadera cultura de paz en Nueva Guinea.
AAC: Nos hemos
desarrollado violentamente rápido, pero no se ha trabajado en el tema de la
cultura de la paz, la iglesia ha trabajado poco en eso…
R: Los gobiernos
locales…
ACC: Los
gobiernos, la iglesia sólo para arriba, hay que salvarse, nada de la lucha por
mejorar el sistema. El gobierno no tiene nada en sus programas aquí en Nueva
Guinea y en otras partes para promover la paz. Entonces debemos de promover la
paz.
R: Entonces
usted ve que en futuro de Nueva Guinea, para tener un nivel superior de
desarrollo, se debe promover la cultura de la paz.
AAC: Totalmente,
y con el eje de la cultura de la paz en el aspecto general. La paz con todo el
ambiente, los árboles, la tierra, con lo animales. Incluso, nosotros hemos
estado en comunidades donde la gente ya pide perdón por lo que ha hecho, yo no
sé si irán a tener perdón en el cielo, pero por lo menos la gente ya dice:
“señor, perdóname porque me tiré este bosque que era necesario que allí
estuviera porque era la casa de tantos animales”. La gente está pidiendo
perdón. Los cristianos que ya están trabajando en el marco de la paz, v
avanzando eso y debe seguir promoviéndose, por lo menos las instituciones del
gobierno que tienen para vigilar, lo que hacen es negociar el espacio que ellos
tienen para vigilar que se cumplan con cuidar el medio ambiente, mejor negocian
el espacio, necesitamos personas conscientes que todos necesitamos vivir en
paz, los animales, todos, el medio ambiente y nosotros. Y eso hay que
promoverlo hermano, desde el restaurante para poder comer tranquilamente.
R: Poner música
suave y en las escuelas sobre todo, a nivel de la educación primaria y
secundaria, a nivel de las universidades.
AAC; Así es,
nosotros hemos colaborado con algunas relaciones, al menos con el padre Checho
Alas, un sacerdote salvadoreño que ahora vive en los Estados Unidos y el
trabaja en el marco de la paz dando videoconferencias. La universidad URACCAN
tiene un modulo de educación sobre la paz.
R: ¿Entonces
para usted sin trabajar el tema de la paz no hay desarrollo integral?
AAC: No hay
desarrollo, hay desarrollo pero sólo vemos calles, caminos, puentes, pero
necesitamos ser pacifistas. ¿Pacifistas para quienes? Todos somos llamados a
ser pacifistas, todo cristiano es llamado a ser pacifista, o sea, no es que
nacen los pacifistas, que hay que ir a la universidad para salir de pacifista,
no, es un principio, como cristianos todos nosotros necesitamos, dijo el Señor,
ser miembros de las comisiones de paz, porque él dijo: “Bienaventurados los
pacificadores porque de ellos es el reino de Dios”.
R: ¿Usted se
siente satisfecho por su labor desarrollada a favor de la paz en Nueva Guinea?
AAC: Yo sigo
trabajando por la paz. Me toca contar la experiencia vivida, elaborar algunos
materiales para dar talleres en El Salvador, en México y en algunas iglesias de
los Estados Unidos. Vieras que interesante, un pastor de una iglesia de Estados
Unidos escuchó sobre el trabajo de un pacifista, y al final dice el pastor:
“pero qué difícil es ser pacifista”. Le preguntó a un hermano de Nueva Guinea,
¿por qué usted es comisionado de paz?, ¡porque soy cristiano!, y dice el
reverendo Don Smith de Estados Unido: “pero yo soy el reverendo, soy el pastor
de una iglesia y no tengo el valor de hacer lo que este hombre hace, entonces
quiere decir que no soy cristiano todavía”. Y lloraba, se sentía incomodo
porque no estaba cumpliendo a lo que ha sido llamado. Nosotros como
comisionados de paz hemos podido llegar a varias partes.
R: Transmitiendo
la experiencia vivida en Nueva Guinea.
AAC: Sí, porque
antes sólo se escuchaba lo que escribía Marcus Schupi que escribía sobre los
conceptos de paz. Ahora hay muchos escritos de la historia de la Comisión de
Paz de Nueva Guinea.
R: De la que
usted es protagonista.
AAC: En la que
hemos participado y es un honor que mi nombre esté allí. Por ser pacifista.
R: Muchas
gracias Arsenio y esperamos tener paz duradera en Nueva Guinea.