martes, 14 de abril de 2015

EL COMERCIANTE


En 1990 se metió de lleno a los negocios; lo conocí en un camión IFA, viajando a una de las colonias en que revendía los productos que compraba en Cholutequita. En aquella ocasión me mostró el cartón que le entregaron en la oficina de Administración de Rentas de Juigalpa donde decía que era comerciante; con resistol, él le había pegado su foto.

En esos años estaba joven, lleno de vida; hacia amistades fácilmente por ser atento y, la mayor parte de las veces, generoso. Por ello y por la escasez de productos en esa época de postguerra, su clientela le era fiel: lo atendían con mucho esmero, en las comunidades que abastecía con botas de hule, baterías para foco y abundancia de chiverías, lo esperaban con el desayuno calientito por las mañanas.

De todas las colonias que visitaba no le gustaba Providencia, pero le encantaba La Unión, decía que de todas era la única comunidad de Nueva Guinea que en el futuro tendría más progreso que cualquier otra por sus pobladores amables y unidos. Estuvo en todas las colonias, las conocía todas, negocios hizo en ellas y lo vio todo: pobreza, escasez, olvido y la lucha de su gente. Después de realizar sus ventas compraba granos de cacao, queso, frijoles, jengibre, raicilla y cerdos para venderlos en Estelí, Masaya y Managua. Odiaba Providencia, algo había allí que nunca le gustó, pero no lo dijo.

Una tarde llegó a mi oficina y me pidió un aventón hacia Juigalpa. Era verano, propiamente el mes de abril de 1997; fue la primera vez que recorrí el camino El Triunfo–El Almendro–Pájaro Negro para trasladarme a Juigalpa. Él era de Chontales. En aquel viaje me di cuenta que todavía era tímido. Durante la guerra, sus compañeros militares le habían hecho cosas poco agradables, pero de eso habló poco. A pesar de lo que sucedía en el país seguía creyendo en la Revolución. “Patria o muerte, venceremos”, era su consigna. Cuando llegamos a El Almendro me pidió que me detuviera unos minutos frente al parque. “Es por negocios”, dijo cuando se bajó de la camioneta.

Por el retrovisor lo observé hablando con tres hombres que estaban de pie al lado de unos camiones parqueados en un costado del parque; otros cargaban los camiones con sacos de queso que levantaban del andén, dejando una mancha húmeda que emblanquecía ese trecho del parque.

—    Y vos, ¿cómo ves las cosas en Nueva Guinea? —preguntó cuando volvió.
—    Nada bien —respondí.
—    Pero se va a componer, será mejor —dijo. Tienen de todo, es el único lugar donde se puede prosperar. Es el punto de inicio de un nuevo comienzo.

No dije nada. En el trayecto le hablé de los negocios que podía hacer en el sector de Providencia y más allá de Cerro Bonito, buscando Puerto Príncipe, navegando por el río Chiquito hasta la desembocadura de río Punta Gorda en el mar Caribe.

—    No —me respondió—, Providencia no me gusta.

En el empalme de Lóvago pidió que me detuviera. Se bajó y dijo que allí esperaría un vehículo que lo llevaría a Santo Tomás. En una hoja de papel escribí la dirección de un primo y otros conocidos que viven en esa ciudad helada y famosa por sus quesillos. Me agradeció por lo que había hecho y nos despedimos. A él le gustaba Nueva Guinea: el verdor permanente de sus paisajes, la neblina de sus amaneceres y el espíritu emprendedor de su gente lo cautivaban.

No lo volví a ver por muchos años pero seguía haciendo negocios. Escuchaba las viñetas de sus comerciales por la radio Manantial y me di cuenta de lo mucho que había prosperado: poseía una distribuidora de productos básicos, farmacias veterinarias, fincas, camiones ganaderos y varias casas de alquiler en la ciudad. En el Octavo Festival de Música Campesina lo volví a ver; ya no era el mismo, los años habían terminado con su timidez. “Me encanta Nueva Guinea”, dijo con su aliento etílico luego de saludarnos, acercándose a mi oído.
 
Lo último que supe de él fue veinticinco años después de aquella vez que lo conocí en el camión IFA. En la ruta entre Providencia y Punta Gorda lo asaltaron, dos mochilas llenas de dólares le fueron robadas y su cuerpo mutilado fue encontrado flotando río abajo. Recordé que no le gustaba Providencia y también que nunca dijo por qué.


Ronald Hill A.
Lunes, 13 de abril de 2015

viernes, 10 de abril de 2015

LYGUA MAIRIN (LIWA MAIREN)(La Sirena del Río)


Desde hace unos 4 años atrás, durante un viaje de trabajo a Waspam escuché sobre la Lygua Mairin, sobre las apariciones a los habitantes de las comunidades en las riveras del Río Coco.


En esa ocasión, durante la visita al Hospital de Waspam, vi a un joven sentado en una banca esperando consulta, cubierto (de pies a cabeza) con una sabana blanca. Le pregunté a una trabajadora del hospital sobre aquel extraño comportamiento del joven enfermo, - Y me contestó: ha doctor es que seguro vio a la lygua en el río y lo enfermó. Me sorprendió mucho el término, ya que en mi experiencia como médico nunca había escuchado sobre alguna bacteria, virus o parásito que produjera esa extraña enfermedad. Ese día por la falta de tiempo no pude curiosear más sobre esa rara enfermedad.


Hace unos meses (4 años después) volví a visitar aquel municipio del caribe norte, famoso por su cultura miskita y sus bellos paisajes del Coco (el río). Está vez después de terminar mi visita de trabajo me puse a conversar con algunos pobladores sobre la famosa Lygua Mairin y esto me dijeron: “Doctor es que cuando los pescadores van de noche al río, alguno de ellos ven a la sirena y si ella se enamora del pescador, lo hechiza con mal de amor”…Y pregunte- como es? que cuentan los que la han visto?- Ha doctor ella (la sirena) toma la forma de la mujer que el pescador ama y así lo enamora hasta enfermarlo! - Y que le da al hombre, que síntomas tiene?.- La señora me respondió: Bueno les da mucha calentura hasta que tiemblan como convulsiones, ganas de vomitar, y pueden hasta morirse. Al hombre tiene que verlo el curandero y tiene que andar tapado, porque la vista las personas lo puede enfermar más, y si es la vista de las mujeres hasta lo puede matar. En ese momento comprendí por qué el extraño comportamiento de aquel joven que estaba sentado en el hospital.


Luego se acerco otra señora y me contó algo más increíble, una experiencia propia: 
-Fíjese doctor que una vez estábamos lavando a la orilla del río y a unos cuantos pies estaba una muchacha bañándose y de repente escuchamos un grito, como pidiendo auxilio, cuando volteamos a ver, a la muchacha la iba arrastrando algo hacia lo hondo del río, corrimos y la agarramos, pero no se veía nada en el agua; de pronto algo la empujo hacia arriba…la levanto como a 1 metro y la soltó! La muchacha no podía hablar, la sacudimos y sólo miramos que respiraba como que se estaba muriendo, y una de las amigas vio una marca, un morado en forma de mano en la pantorrilla. Entonces pregunté;- Y no es que la Lygua Mairin es una sirena (femenina)? Y entonces la señora me contestó – Doctor es que la sirena, puede enamorarse de un hombre o una mujer, o sea si se enamora a un hombre se vuelve mujer (adopta la forma), y si se enamora a una mujer toma forma de hombre…


Bueno hay mas historias sobre la famosa Sirena del Río o en idioma miskito Lygua Mairin, lo que resulta ser es que no discrimina a hombres o mujeres y a los que ataca o enamora, los enferma y que solo el curandero los/as puede curar.


Mito o realidad, no lo sé. Sólo me gustaría ir por todo el Río Coco a ver si me encuentro a la Lygua Mairin.

Tomado de: Los Viajes del Doc
 http://eldocnica.tumblr.com/post/97242799919/lygua-mairin-mito-o-realidad
Twitter: @elDocNica

martes, 24 de marzo de 2015

EL FINAL DE CIERTAS COSAS


Antes, El Bluff era un puerto de pescadores y estibadores. Todos sus habitantes se sorprendían al ver las inmensas palas de las hélices de los barcos mercantes salpicando las aguas azules de su bahía. Al atardecer, en esas mismas aguas, admiraban el paisaje entre las islas de Miss Lilian, la isla del Venado y la barra con barcos camaroneros que partían hacia altamar en una faena más. Pero un año los barcos mercantes dejaron de hacer espuma en la bahía y la flota pesquera se oxidó aferrada a su muelle. La inmensa bodega de la aduana quedó vacía, los estibadores sin trabajo permanente y su muelle se convirtió en un desierto vigilado por guardias nerviosos que limitan el paso. La flota pesquera y la planta procesadora de mariscos quedó abandonada, sus pescadores deambulaban alucinados por el andén y los barcos que un día les garantizaban su sustento fueron desmantelados para ser vendidos como chatarra: trozaban con grandes sierras eléctricas las máquinas, mástiles y el casco de los barcos para cargar con ayuda de los estibadores grandes planas que se perdían con ellos al entrar al río Escondido, llevándose todo lo que había hecho de El Bluff un puerto próspero de pescadores.

Las bodegas, las oficinas, los cuartos fríos, la fábrica de hielo, los tanques de almacenamiento de agua y la línea de procesamiento de mariscos quedaron abandonados en medio de la planicie que conduce a lo que fue su pista de aterrizaje.

Veinte años después no quedaba nada de la empresa procesadora de mariscos, excepto los cimientos de concreto ennegrecidos que Jack y Katty vieron al caminar hacia la antigua pista, en dirección a las pequeñas lagunas que flanquean sus lados para pescar.

—    Aún quedan las ruinas, Jack —dijo Katty.

Mientras caminaba, Jack miró a su izquierda, hacia el portón que daba acceso a la línea de procesamiento de mariscos.

—    Allí está  —expresó.
—    ¿Te acordás cuando entrabas a los cuartos fríos? —preguntó Katty.
—    Sí, recuerdo.
—    Parece un cementerio desordenado de pilas, rodos y bandas —opinó ella.

Él no expresó nada. Caminaron hasta perder de vista los restos de la planta, siguiendo el camino sinuoso que lleva a la antigua colonia, un tiempo habitada por empleados de alto nivel de la empresa de mariscos. Por el trayecto, a la derecha fueron apareciendo pequeñas casas donde antes solamente palmeras y matorrales poblaban la planicie pantanosa, cubiertas por la frescura de la vegetación del promontorio que se erige frente a ellas.

—    Más ruinas, Katty —dijo Jack señalando las bases de cemento sobre las que erigían las casas de madera prefabricadas, importadas en piezas.
—    Para el recuerdo —dijo Katty y les tomó una foto con la cámara de su teléfono.

Cuando culminaron la cuesta salieron al claro de la pista. A izquierda y derecha, el azul intenso del cielo sobresalía sobre el color gris de la pista y los matorrales que crecen a sus lados. Se detuvieron a tomar agua de una botella que cargaba Jack en su mochila. El calor del mediodía se notaba en la cara de la muchacha.

—    ¿Qué es ese ruido? —preguntó Katty.

Era un sonido constante y fino que provenía del otro lado de la pista. Al cruzarla observaron varias champas de plástico negro alrededor de una laguna de aguas verde, lamosa y estancada.

—   Son mujeres —dijo Jack al verlas con mazos en sus manos picando piedras debajo de las champas.
—    Mirá, mirá, son cerros de piedrín —agregó Katty, señalando los alrededores de las champas y a lo largo de la pista en dirección al mar.

Jack se detuvo en la laguna del lado izquierdo y entraron a una champa abandonada ubicada en la orilla. De su mochila sacó las pequeñas cañas de pescar, las desplegó y colocó los engañadores de colores vistosos.

—    No tardan en picar, vamos a sacar unos hermosos guapotes —dijo Jack.
—    Eso espero —respondió Katty, absorta en la caña.

El ruido de las piedras al ser reventadas no la distraía, ni siquiera quería hablar. Le gustaba muchísimo pescar con él. Jack tiró el engañador en dirección al centro de la laguna. Antes acudían a pescar en esas lagunas y en poco tiempo los peces comenzaban a picar; el tiempo transcurrió sin que lo hicieran. Al principio Katty estaba tranquila, pero luego comenzó a probar en distintas direcciones, imitando a Jack.

—    ¿Qué te pasa, Jack?
—    No sé —contestó mientras enrollaba la cuerda.

La tarde caía y la intensidad del sol había disminuido del mismo modo que la frecuencia del sonido provocado por las mujeres. Katty buscó su bolso, sacó varios sándwiches y le ofreció uno a Jack.

—    No tengo hambre —dijo Jack.
—    Dale, Jack, come uno.

Comieron sin cruzar palabras, observando las cuerdas y el reflejo de los matorrales en el agua.

—    Vos tenés la culpa, si no te hubieras marchado…
—    Ya lo sé, siempre te lo he dicho, no pude evitarlo. Es tiempo que lo superes —dijo Katty.
—    Para vos es fácil olvidar, siempre olvidas —dijo Jack.
—    ¡Ah!, ¡ya basta, Jack!, ¡te lo ruego! ¡No sigas con lo mismo de siempre, por favor!
—    No puedo.
—    Vamos, decimé la verdad.

Jack miró hacia la loma y observó el brillo del faro provocado por los rayos del sol al caer la tarde.

—    Ya no me divierte nada.

Ella lo miró fijamente, sin decir una sola palabra. Jack continuó:

—    Me siento vacío, todo lo bueno ha desaparecido de mí. No sé, Katty. No sé qué decirte.
—    ¿Ni siquiera el amor te divierte? —pregunto Katty.
—    No.

Ella se puso de pie, tomó su bolso y se alejó caminando por el camino que los había llevado hasta esa laguna de aguas sin vida. Una motoneta salió a la pista, Katty la detuvo y desapareció montada en ella.

Jack se quedó allí por un buen rato. Acostado en el suelo observaba los colores del cielo al atardecer; Javier apareció por el lado de las casas que se apiñan alrededor del camino que conduce al mar. Él escuchó sus pasos pero continuó sin moverse.

—    ¿Y Katty?, ¿qué sucedió? —preguntó.
—    Nada, no pasó nada.
—    ¿Pelearon?

Jack se incorporó sin contestar y ambos se dirigieron hacia el mar. Al llegar se sentó en un tronco, observaba sus pies pisando las algas que expulsaban las olas mientras a su espalda el sol caía más allá de la isla del Venado.

Ronald Hill A.
Domingo, 22 de marzo de 2015

viernes, 13 de marzo de 2015

LOS LEGENDARIOS DE OLD BANK EN NUEVA GUINEA

El grupo Los Legendarios del barrio Old Bank de Bluefields danzan en una calle de Nueva Guinea en el marco del primer intercambio cultural entre Nueva Guinea y Bluefields.

Dale click al vídeo:



martes, 3 de marzo de 2015

MUERTE Y AMOR EN LA COLONIZACIÓN DE NUEVA GUINEA

Víctor Rios Obando

LA MUERTE:

La muerte es inevitable, un día todos y todas transitaremos por su sendero, unos más que otros le temen, la respetan porque se aferran a la vida. Conversando con los hermanos Donald y Víctor Rios Obando, primeros fundadores, he logrado recuperar los nombres de las personas fallecidas a principios de la colonización de Nueva Guinea.

1.        Macedonio Amador:
Estaba limpiando el monte en la parcela de don Eleazar Marenco para la siembra de postrera y cortó a una culebra barba amarilla por la mitad, pero un pedazo se le fue. Dejó una burra de monte, se emburró y regresó por la tarde para terminar el trabajo. La mitad de la barba amarilla, la parte de la cabeza, estaba allí y le picó arribita del ojo del pie. En esos tiempos no se usaban botas de hule sino que unos zapatos que llamábamos burrones, eran de cuero con tachuelas en la suela. Don Eleazar lo llevó al salto del río el Zapote, al “vivero” y allí murió. Nos pusimos a pensar en dónde lo íbamos a enterrar y nos acordamos del lugar donde vimos a la Gongolona. Allí lo enterramos, a la orilla del camino y desde entonces así se llama el cementerio general de Nueva Guinea”, dijo Donald Rios Obando.

2.        Irma Palma Hernández
Falleció por causa de un alumbramiento gramatical, el niño se le murió y no pudo dar a luz, se le murió en el vientre. La partera Susana Cardoza, conocida como Mama Chana, con la ayuda de Augusto López y Eliazar Marenco, sacaron al niño en pedazos para salvarle la vida, pero a los cuatro días falleció. “Era la esposa de mi hermano Donald”, cuenta don Víctor Rios Obando.

3.        Víctor Manuel Velásquez:
Murió ahogado en el Río Plata. Andaba en busca de maíz y arroz para siembra pero al tratar de cruzar el río se dio vuelta el bote y se ahogó en la parte más profunda. “Nos avisaron como a las cuatro de la tarde, lo buscamos hasta muy noche pero fue hasta el día siguiente que lo sacamos, se lo estaban comiendo los camarones”, recuerda don Víctor Rios.

4.        Vicente Núñez:
Un colono estaba cortando, tumbando un gran palancón de Rosita. Vicente lo acompañaba, pero al caer el enorme árbol provocó un gigantesco viento que lo ahogó, le quitó la respiración y murió a causa de ese viento.

5.        Carlos Hidalgo:
Los encontraron a la orilla de un inmenso árbol de Almendro. Estaba trabajando en su finca, sembrando arroz. Estaba muerto, con un golpe en la cabeza y en todo el cuerpo.

6.        Gloria Márquez de Mercado:
Murió con su recién nacida a causa de un piquete de culebra.

7.        Herlinda Velásquez:
Murió de un tétano por bañarse con agua helada, amanecida. Ella tenía seis días de haber dado a luz a un niño.

8.        Hernon Barrera:
Estaban socolando la montaña, en un cerro. Sacaron una tuca que rodaba guindo abajo y se lo pasó llevando. Le quebró todo el costillar.

EL AMOR:

“La venida de nosotros a estas montañas fue alegre, pero nos desesperamos por la falta de amor y tuvimos que salir a buscar a las mujeres. Ver la ternura de la selva al amanecer, escuchar el canto de los pájaros con nuestra mujer al lado, es la ternura más grande que hay”, dice Víctor Ríos Obando.

Gozábamos juntos esa alegría, compartíamos un amor tranquilo en la selva porque la mujer se sentía gozosa, se sentía satisfecha sin pensar que el hombre que amaba andaba con otra mujer porque en nuestros pueblos éramos machistas, vagos, nunca le habíamos dado el verdadero valor a la mujer en el amor, pero aquí en la selva se nos pasó la mano. El amor, el cariño, nos calentábamos inmersos en el frío de la madrugada, con el canto de los pájaros, con la luz de la luna, perdidos con el sonido del agua del salto del río el Zapote reventando en las piedras.

Estábamos tranquilos con nuestras mujeres, a las seis de la tarde ya estábamos apagando el candil carretero y nos poníamos a jugar con nuestra mujercita, que bonito, que confianza, no hay como una mujer feliz, tranquila. Por ese amor, por el amor en la montaña que tuvimos no le importaba estar descalza, lo importante para ella era que tenía a su lado al hombre que quería a como ella lo deseaba. Y nosotros felices, allí con nuestra prenda adorada, nuestras mujeres.

A lo menos yo, mi señora tuvo diez niños, de ellos seis están vivos y cuatro muertos. Cuando vine a esta selva sólo un hijo tenía, don Marcos Alvir sólo dos tenía, la Paulita y Arsenio, después aparecen como cinco, cada año uno, pues. Don Toño Rugama como de 14 a 15 hijos.

La selva fue para nosotros de gran provecho, fue una cuna para sobrevivir en el amor, con amor, con cariño, con esperanza porque había vida. No importaba si no teníamos buenos zapatos, ni ropa pero había vida, teníamos pescado, jabalí, el venado, la guardatinaja y los pavones para alimentarnos junto con nuestras mujeres con la comida natural que Dios le ha dado al hombre en la selva.

Muchos hombres, aunque usted no lo crea, todavía hoy no besan a sus mujeres, pero en esos años todos aprendimos a besarlas porque los besos en la montaña son más dulces. En los pueblos besábamos a otras pero a la nuestra nunca, pero aquí nos llenamos de dulzura, era una miel. Lo lindo es que se relacionó el amor con la selva, el hombre y la mujer fusionados en esta montaña.

03/03/2015
#50Años

martes, 24 de febrero de 2015

NUEVA GUINEA Y LA CULTURA DE PAZ

En el parque central de Nueva Guinea hay un Monumento de la Paz. En ese Monumento de la Paz aparece el nombre de varios personajes de Nueva Guinea y, entre ellos, el suyo, Arsenio Alvir Castellón. Quiero que nos comparta ahora, en conmemoración del 50 aniversario de fundación de Nueva Guinea, su historia de trabajo para conseguir la paz en el municipio. Cuéntenos Arsenio, hermano, reverendo, ¿Cómo vino usted a Nueva Guinea?

Arsenio (AAC): Mi papá, uno de los fundadores de Nueva Guinea, vino con mi mamá. Es de los 17 primeros fundadores y mi mamá fue la primera mujer que vino, yo allí venía de cuatro años. Recuerdo haber llegado allí al Zapote a pescar todo el día.

Ronald (R): ¿Cómo se llamaba su papá?

AAC: Se llamaba Marcos Alvir Nativo y mi mamá Hercilia Castellón.

R: ¿De dónde eran originarios?

AAC: Nosotros venimos de Pueblo Nuevo, Estelí, porque mi papá pertenecía a la iglesia Bautista de Somoto y el pastor era don Miguel Torres, el que trajo al grupo de campesinos a Nueva Guinea.

R: Se conocieron allá.

AAC: Si, él era miembro de la iglesia de don Miguel Torres, mi papá y mi mamá.

R: Entonces usted chavalo aquí vio todo el proceso de desarrollo cuando comenzaron a construir la colonia, las colonias, el IAN, todo eso.

Arsenio Alvir Castellón
AAC: Todo, todo. Tuve la oportunidad de viajar. Bueno, primero viajé de Nueva Guinea a La Gateada porque me enfermé pequeño y mi papá se tiró una semana cargándome para sacarme a La Gateada. Dilató una semana porque yo no podía caminar, tenía problemas en el hígado, no caminaba del dolor. El me cargó una semana, se le inflamaron los hombros y mi hermanita caminó la semana, era menor, pero como iba buena, ella caminó hasta La Gateada a pie con mi mamá. Así mi papá me llevó hasta Managua a las oficinas del IAN y allí me atendieron tranquilo, le daban dormida a mi papá y oportunidad en el día de trabajar para ganar dinero y vivir.

R: ¿Y se curó?

AAC: Me curé para siempre. Si, gracias a Dios.

R: Así lo veo, sano todavía hermano. Entonces, hablando del tema de su nombre en el monumento de la Paz que está en el parque central, cuénteme porque aparece usted en ese monumento, usted es reverendo, pastor de la iglesia Bautista.

AAC: Por dos cosas digo yo, o talvez por tres. Una es que ya en ese tiempo, en los años ochenta, yo trabajaba en el CEPAD (Consejo Evangélico Pro-Alianza Denominacional), aquí era el director de la oficina en Nueva Guinea, también era pastor, pastoreaba, tuve varias iglesias a mi cargo, San Antonio, Rio Plata, Los Ángeles y otras comunidades. Y entonces eso, y otra cosa era que también tenía la oportunidad de comunicarme con otros pastores y se dio la situación del Servicio Militar Patriótico (SMP) y entonces la gente andaba corriendo, las mamás corrían para allá y para acá, la verdad es que no se les resolvía ningún problema porque ellos corrían a las oficinas de los militares y allí se cerraban las puertas, no había nada que hacer.

R: Ellos los buscaban a ustedes.

AAC: Entonces allí nosotros, nos buscó alguna familia y empezamos a hablar por algunas personas que verdaderamente no podían ir al SMP según el acuerdo que el gobierno había hecho y había que alguien gestionara el cumplimiento de esos acuerdos, hijos únicos, en el marco de la edad, varias cosas y así nosotros reclamábamos, así empezamos a trabajar con la comunidad. Ya después nos organizamos un grupito de pastores.

R: Pero ese trabajo por la paz durante esa etapa del SMP, ¿todos los pastores lo apoyaban?

AAC: No, no, eran poquitos, eran poquitos.

R: ¿Por qué no se involucraban todos?

AAC: Después de gestionar un poco el trabajo con la gente del servicio, se nos vino entonces, se nos acumuló el trabajo ya con gente presa. Empezaron a caer los presos, el gobierno empezó a echar preso a los campesinos, a los sospechosos del pueblo, etcétera. Allí ya la población nos invadió pidiendo ayuda, entonces tuvimos que buscar un grupo más grande de pastores. Pero allí chocamos cuando los pastores no querían trabajar por la paz.

R: ¿Por qué?

AAC: Porque dice la palabra del Señor que es necesario que haya guerra para que venga el fin, y si nosotros trabajábamos por la paz desactivábamos la guerra y entonces nunca iba a venir el fin, y el fin era la venida del Señor. Muchos pastores creían en eso, pero es algo absurdo porque el Señor nos hizo el llamado que bienaventurados los que trabajáramos por la paz, incluso íbamos a ser llamados hijos de Dios y también herederos de la Tierra. Es un privilegio ser pacifista, hemos sido llamados para ser pacifistas todos los cristianos, más sin embargo había esa oposición, costó que se rompiera, muchos no aceptaron pero la mayoría sí.

R: Se involucraron a trabajar y cuéntenos cómo es que surgen las Comisiones de Paz, ¿a raíz de eso?

AAC: A raíz de eso ya vamos trabajando pero no tenemos nombre de Comisión de Paz. Sin nombre, quizás la gente decía Arsenio, vamos donde Arsenio, vamos donde el otro pastor que trabaja con Arsenio. Pero ya después, cuando el gobierno formó la Comisión Nacional de Reconciliación, a finales de 1985, allí estaba metido como honorario el doctor Gustavo Adolfo Parajón, un pastor bautista, el reverendo Gustavo Parajón, lo conocíamos muy bien, él nos acompañó en todo ese proceso anterior, entonces nosotros a partir de allí nos pusimos el nombre de Comisiones de Paz.

R: A partir de la relación con la Comisión Nacional de Paz y Reconciliación.

AAC: Y gestionamos entonces que viniera la Comisión Nacional de Reconciliación para que se reuniera con nosotros, pero como la presidía el cardenal Miguel Obando y Bravo, me imagino que su agenda era muy grande, nunca tuvo tiempo para venir a Nueva Guinea a conocer el trabajo, a ayudarnos. El único que venía cada mes era el doctor Parajón. A raíz de allí fue tan importante el trabajo que fue necesario hacer Comisiones de Paz en todito el municipio de Nueva Guinea. Logramos tener 1200 pacifistas. Yo recuerdo al delegado de la iglesia católica de San Antonio, cuando la comunidad lo nombró como pacifista él dijo: “¿cuál es mi seguro?, si me pasa algo, quien responde por mi familia”. Alguna gente tenía miedo, pedía seguridad, pero la única seguridad que nosotros teníamos era que éramos bienaventurados.

R: Pero en si el trabajo de la Comisión de Paz, ya constituida la Comisión Nacional de Paz y Reconciliación y ustedes que adquieren ese nombre, ¿en qué consistía?, además de mediar en los casos de los que echaban presos y los chavalos que se iban al Servicio Militar, ¿ya tenían grupos armados aquí en la zona y se involucraron en las comunidades para que se desarmaran?

AAC: Era grande el trabajo de la Comisión de Paz. Uno era tener el valor para dialogar con el gobierno, y fuimos dichosos y bienaventurados que el gobierno Sandinista, estoy hablando de las estructuras, delegado departamental, el ministro Agustín Lara de Juigalpa, los secretarios políticos de Nueva Guinea, los jefes militares, se reunían con nosotros para escuchar todos los abusos que se cometían en todas las zonas con la gente que talvez nada tenían que ver en el asunto e incluso con los familiares, etcétera. Entonces teníamos ese diálogo abierto y una de las cosas importantes es que nos cumplían, mejoraban los acuerdos y lo mismo hacíamos después con la contra. Nos reuníamos con los jefes de la contra para también exigir el no abuso, no andar asesinando a la gente sólo porque lo denunciaban, secuestrando a las personas, incluso llegamos a un acuerdo que no pelearan en las colonias, que si iban a pelear que se agarraran en los potreros, en las lomas, donde sea, pero no en los pueblos. La contra y los sandinistas ayudaron a todo eso.

Era un trabajo incómodo, difícil, porque como la contra no nos mataba a los comisionados de paz, a ningún comisionado de paz mató la contra, entonces los sandinistas decían estos majes son contras y como los sandinistas no nos echaron preso a ningún comisionado de paz ni nos mataron, entonces los contras decías estos majes son sandinistas. Era bien difícil, era bien difícil el trabajo de nosotros. Recuerdo cuando se desarmó la contra en Yolaina, el comandante dijo “ahora Señor te pido perdón por haber creído que los comisionados de paz eran sandinistas”, en Yolaina, en el acto central el jefe de la contra pidió perdón a Dios por pensar mal de nosotros.

R: Entonces se terminó la guerra, pasamos esa etapa de guerra y llegamos a la época de los noventa. ¿Considera usted que realmente con todos los acuerdos de la reconciliación, la desmovilización, con todo eso, alcanzamos la paz en Nueva Guinea, en la década de los noventa, la década del 2010? ¿Cree usted que la alcanzamos?

AAC: Pero antes de eso, ese monumento que está en el parque, en ese monumento hay 1,115 fusiles, allí abajo, enterrados.

R: Es como el monumento de la paz que lo botaron en Managua.

AAC: Si, pero allí tenemos 1,115 AK y también unos RPG7, como tres RPG7 que hay enterrados allí. Hicimos una fosa, llantas, se le pegaron fuego para que se quemaran, se cortaron. Allí están enterrados. Por eso es que después hemos hecho el monumento poquito a poco, un monumento sencillo porque la Comisión de Paz nunca tuvo dinero, el gobierno nunca le ayudó.

Yo recuerdo que cuando estaba doña Violeta, vino el asistente de doña Violeta, el yerno, Antonio Lacayo, vino doña Violeta por primera vez y le preparó una entrevista con la Comisión de Paz y le dijo a Baquedano: ¿tenés dinero para apoyar a la Comisión de Paz?, Baquedano era el Alcalde, no dice Baquedano, estos merecen ayuda, entonces dice, nosotros le vamos a dar, llegue el día tal a Managua, vamos a entregar una ayuda a la Comisión de Paz. Entonces la Comisión de Paz, que yo la encabezaba, nos vamos para Managua con Leonel Martínez que era el delegado de la iglesia católica a recibir un presupuesto especial para la Comisión de Paz. Nosotros gastamos 830 córdobas en ese viaje a Managua y cuando nos recibieron allá en la Presidencia, fuimos a tesorería, allí estaba el gran cheque, así grandotote el cheque, 620 pesos.

R: Le quedaron debiendo.

AAC: Perdimos, perdimos nosotros. Nunca nos ayudaron los del gobierno. Qué barbaridad, ¿verdad?

R: Por la Paz hermano que hay que trabajar y hay que trabajar serio, por eso le pregunto si usted considera que si alcanzamos la paz en la década de los 90 y del 2000 al 2010.

AAC: Bueno, después del desarme de la contra y todo esto, los comisionados de paz siempre quedaron en las comunidades resolviendo algunos casos porque la gente creía en ellos, incluso por decirte algo, servían como juez, si se moría el señor de la finca ellos servían como juez para hacer las reparticiones justas, entonces en las comunidades quedaron, todavía hay muchos miembros de las comisiones de Paz que están intermediando en el desarrollo, en la paz de las comunidades, pero no hay.

R: Muchos se han involucrado como facilitadores judiciales también.

ACC: Si, pero no hay la paz que se desea.

R: ¿Por qué no hay esa paz?

ACC: Porque tenemos la pobreza, los ricos aprovechándose siempre más y estrangulando al pobre, a veces el gobierno pone oídos sordos a las peticiones de la gente. No hay crédito a veces para ayudarle a la gente de parte del gobierno para que ellos puedan resolver sus propios problemas. Siempre hay conflictos, las tierras, un poco de cosas que se necesita superar para lograr la paz.

R: Mientras existan injusticias dicen que nunca va a haber paz, ¿será cierto eso?

ACC: Sí y además nosotros ahora estamos promoviendo la paz hacia otra escala también, antes solo promovíamos la paz de no matarte y los derechos humanos, ahora estamos promoviendo la paz desde el punto de vista de paz con la naturaleza, paz con la tierra, paz con todo lo que es el ambiente.

R: Esa es la cultura de Paz.

ACC: Estamos ahora promoviendo la cultura de Paz, más general.

R: Usted que ha sido fundador de Nueva Guinea, esa trayectoria suya, cómo valora desde ese trabajo suyo de pastor de la iglesia evangélica, de reverendo y de trabajador activo, reconocido por la paz en Nueva Guinea, ¿Cómo valora estos 50 años?

AAC: Yo miré como se formaron las colonias, recuerdo cuando iba a Nuevo León a ver a mi familia que vino, ya después para lo del Cerro Negro vino a ubicarse a Nuevo león, yo me tiraba casi todo el día para llegar por aquellos lodazales. Me acuerdo que a un primo mío se le pegó un macho y no lo pudieron sacar, tuvieron que sacarlo en pedazos para no estorbar el camino. Entonces, ha como era antes a ahora, a la gran puchica, cambió totalmente, estamos desarrollados y creo que mejor que algunos pueblos que tiene 100 años, muchísimo mejor, aquí hallas de todo.

R: ¿Cómo ve a Nueva Guinea alrededor del tema de la paz después de 50 años?

AAC: Bueno, totalmente cambiado porque 50 años atrás vivíamos una paz total, las familias se ayudaban unas a otras. Había un tirador oficial que cazaba y la carne la tendían a asolear y toda la comunidad comían de la caza, ahora no, ahora es totalmente diferente. Cincuenta años después hay personas caminando en la calle pidiendo el bocado de comida, hay gente robándote lo que tenés, entonces es totalmente diferente.

R: Esa diferencia implica que aquí se debe trabajar más, seguir esa trayectoria de trabajo por la paz para lograr una verdadera cultura de paz en Nueva Guinea.

AAC: Nos hemos desarrollado violentamente rápido, pero no se ha trabajado en el tema de la cultura de la paz, la iglesia ha trabajado poco en eso…

R: Los gobiernos locales…

ACC: Los gobiernos, la iglesia sólo para arriba, hay que salvarse, nada de la lucha por mejorar el sistema. El gobierno no tiene nada en sus programas aquí en Nueva Guinea y en otras partes para promover la paz. Entonces debemos de promover la paz.

R: Entonces usted ve que en futuro de Nueva Guinea, para tener un nivel superior de desarrollo, se debe promover la cultura de la paz.

AAC: Totalmente, y con el eje de la cultura de la paz en el aspecto general. La paz con todo el ambiente, los árboles, la tierra, con lo animales. Incluso, nosotros hemos estado en comunidades donde la gente ya pide perdón por lo que ha hecho, yo no sé si irán a tener perdón en el cielo, pero por lo menos la gente ya dice: “señor, perdóname porque me tiré este bosque que era necesario que allí estuviera porque era la casa de tantos animales”. La gente está pidiendo perdón. Los cristianos que ya están trabajando en el marco de la paz, v avanzando eso y debe seguir promoviéndose, por lo menos las instituciones del gobierno que tienen para vigilar, lo que hacen es negociar el espacio que ellos tienen para vigilar que se cumplan con cuidar el medio ambiente, mejor negocian el espacio, necesitamos personas conscientes que todos necesitamos vivir en paz, los animales, todos, el medio ambiente y nosotros. Y eso hay que promoverlo hermano, desde el restaurante para poder comer tranquilamente.

R: Poner música suave y en las escuelas sobre todo, a nivel de la educación primaria y secundaria, a nivel de las universidades.

AAC; Así es, nosotros hemos colaborado con algunas relaciones, al menos con el padre Checho Alas, un sacerdote salvadoreño que ahora vive en los Estados Unidos y el trabaja en el marco de la paz dando videoconferencias. La universidad URACCAN tiene un modulo de educación sobre la paz.

R: ¿Entonces para usted sin trabajar el tema de la paz no hay desarrollo integral?

AAC: No hay desarrollo, hay desarrollo pero sólo vemos calles, caminos, puentes, pero necesitamos ser pacifistas. ¿Pacifistas para quienes? Todos somos llamados a ser pacifistas, todo cristiano es llamado a ser pacifista, o sea, no es que nacen los pacifistas, que hay que ir a la universidad para salir de pacifista, no, es un principio, como cristianos todos nosotros necesitamos, dijo el Señor, ser miembros de las comisiones de paz, porque él dijo: “Bienaventurados los pacificadores porque de ellos es el reino de Dios”.

R: ¿Usted se siente satisfecho por su labor desarrollada a favor de la paz en Nueva Guinea?

AAC: Yo sigo trabajando por la paz. Me toca contar la experiencia vivida, elaborar algunos materiales para dar talleres en El Salvador, en México y en algunas iglesias de los Estados Unidos. Vieras que interesante, un pastor de una iglesia de Estados Unidos escuchó sobre el trabajo de un pacifista, y al final dice el pastor: “pero qué difícil es ser pacifista”. Le preguntó a un hermano de Nueva Guinea, ¿por qué usted es comisionado de paz?, ¡porque soy cristiano!, y dice el reverendo Don Smith de Estados Unido: “pero yo soy el reverendo, soy el pastor de una iglesia y no tengo el valor de hacer lo que este hombre hace, entonces quiere decir que no soy cristiano todavía”. Y lloraba, se sentía incomodo porque no estaba cumpliendo a lo que ha sido llamado. Nosotros como comisionados de paz hemos podido llegar a varias partes.

R: Transmitiendo la experiencia vivida en Nueva Guinea.

AAC: Sí, porque antes sólo se escuchaba lo que escribía Marcus Schupi que escribía sobre los conceptos de paz. Ahora hay muchos escritos de la historia de la Comisión de Paz de Nueva Guinea.

R: De la que usted es protagonista.

AAC: En la que hemos participado y es un honor que mi nombre esté allí. Por ser pacifista.

R: Muchas gracias Arsenio y esperamos tener paz duradera en Nueva Guinea.