Sueños del Caribe es un blog sobre la Costa Caribe y el sureste de Nicaragua. Lo componen relatos, crónicas, personajes, poesía y otros temas.
lunes, 1 de junio de 2015
sábado, 30 de mayo de 2015
LO DULCE QUE SOÑÉ
Hoy temprano su aroma inhalé
como de niño del tuyo disfruté.
Mientras tallos con azucenas florecidos corté,
la vida a tu lado recordé.
Para inmortalizar lo dulce que a tu lado soñé
mi sala con ellas en un jarrón adorné
En mi piel llevo tu ternura
nunca se despega por locuras.
Portador de tus ojos soy
blanco, negro, todo veo con abertura.
Aunque a mi lado no estés
la imaginación tuya es mía.
Escucho tu risa, tu voz llamado
repito siempre, no tardare madre mía.
30/05/2015
sábado, 23 de mayo de 2015
BRUJITAS, BRUJAS Y BRUJERIAS
Las brujitas son mi vida,
siempre alrededor.
Crecí viéndolas,
crecer, florecer, embellecer
el andén de mi puerto.
Pétalos blancos,
rojos y rosados.
Cuando llovía,
sus bulbos emergían de la tierra.
Al encontrarse la gente sonreía
deseándose mejor día.
Al pedazo de andén,
entre la esquina de Miss Lilian
y la casa de mi abuela Manuela,
lo vestían de colores.
Acogían pasos,
sus aromas acompañaban el trayecto,
al caminante embrujaban
vaivén al viento del oeste.
De brujas no digamos.
No es cuento,
es inimaginable lo que hacen
entre brujas y brujos,
resulta la brujería.
Brujitas, brujas y brujería.
martes, 12 de mayo de 2015
EL PATÍBULO DE BLUEFIELDS
En
este sitio se colgaba y decapitaba a los condenados por traición y otros
delitos, usado tanto por los piratas ingleses como por el rey mosco (Este pozo
es una representación del mito).
La
representación está ubicada en la esquina noroeste del Parque Reyes.
domingo, 3 de mayo de 2015
AL OTRO LADO DEL CERRO ABERDEEN
El lanchón atracó en la ribera
derecha del río Escondido y los gritos despertaron a Jack; dormía en una hamaca
colgada en la parte posterior del segundo piso de la cabina del capitán. Desde allí,
entre cabezas y cuernos, observó la caía del sol sobre las quietas aguas del
río y cómo se desvanecían las luces de ciudad Rama a medida que navegábamos río
abajo. Era su primer viaje en un lanchón por el río y la también la primera vez
que asumía la responsabilidad de comprar ganado bajo encargo de su padre para engordarlo en una
finca ubicada al otro lado del cerro Aberdeen de Bluefields.
— Hemos
llegado a Mahogany —dijo Stubbs observándolo a través de una pequeña ventanilla
de la cabina.
Dos marineros lacustres sostenían
las cuerdas; soltándolas poco a poco bajaban la rampla de proa, trataban de
asentarla con firmeza en la orilla y cuando lo hicieron las amarraron de dos inmensos árboles de Teca. El lanchón quedó atracado de frente, en un recodo de la
desembocadura del río Mahogany en el Escondido.
— Según
la lista, aquí cargaremos veinte —respondió Jack.
La espesura de la neblina aún no se
disipaba sobre las aguas verduzcas del río y los marinos se trasladaron a la
cabina montándose sobre las reglas de madera que, como corral flotante, resguardaban
el ganado embarcado la tarde anterior en el muelle de El Rama.
— Oye,
Jack —dijo uno de ellos—, ¡a desayunar!
— Mientras
esperamos es lo único que podemos hacer —dijo Stubbs.
— En
el termo tengo café —respondió Jack.
En su mochila cargaba galletas de
soda, chorizos enlatados, una libreta para apuntes de pasta negriblanca, un lapicero,
un capote y el termo. Luego de bachillerase en el Colón se trasladó a estudiar
agronomía al liceo de Juigalpa pero no le gustó el llano seco, el polvazal ni
el intenso calor. Añoraba el mar, la brisa marina y a sus padres. “No aguanté
ni seis meses”, me dijo al anochecer desde la hamaca en que durmió. Ahora Jack
apoyaba a su padre en lo que requería; no podía ni debía estar ocioso, tenía
que hacer algo además de entretenerse jugando béisbol con sus amigos en el
equipo Los Diablos de El Bluff.
— ¡Ya
vienen! —expresó Stubbs señalando hacia un claro existente en el denso follaje
del bosque.
— Tengo
que escoger los mejores —dijo Jack.
— ¿Cómo?
—preguntó uno de los marinos—, son muchos.
— Separando
al escogido para que los montados lo arreen sobre la rampla; cuando suba y
avance hay que cruzar las reglas para que no se regrese —explicó Stubbs.
— Me
faltan veinte, ¿todavía alcanzan?
— Sí
—contestó Stubbs.
Jack bajó a la orilla del río, se
subió a un tronco y desde ahí, luego de dialogar con el responsable del arreo,
escogió los veinte animales; valoraba el estado de carnes, la altura, la
apariencia de la edad y la ausencia de parásitos externos como tórsalos y
garrapatas. Dos horas después, al concluir la selección y completar el embarque,
un grupo de diez novillos quedaron descartados. De la mochila sacó su librera,
escribió en una hoja y se la entregó al hombre.
— Dígale
a Míster Hodgson que lo esperamos pasado mañana en Bluefields —le dijo al
despedirse.
Los marinos soltaron las amarras
despidiéndose con alegría de los montados y Stubbs encendió el motor poniéndolo
en reversa; al retroceder tuvo que maniobrar con rapidez porque dos pangas
rápidas se desplazaban río arriba y se sintió el peso de la carga balanceándolo
hacia la derecha. Una vez en su curso río abajo noté un giro largo y acentuado
en forma de U inversa para continuar navegando hacia Bluefields. Pasamos
Krisbila y más adelante la desembocadura del río Kama; a partir de ese punto el río se hizo cada vez
más ancho hasta pasar por Schooney Cay y desembocar en la bahía de Bluefields.
Al norte de la punta de Old Bank,
cerca del Sawmill o el aserrío llamado BLUMCO, Stubbs tuvo que esperar que el
barco María Rosa terminara de alinear la madera que jalaba hacia los rieles que
se adentraban en la bahía para luego ser procesada en el inmenso edificio.
— Llegamos
con buen tiempo —dijo Stubbs con su rostro afrocaribeño reluciendo de
satisfacción cuando atracó en la ensenada.
— Son
las dos de la tarde —agregó Jack luego de constatar, desde la baranda de
estribor donde estaba sentado, la hora en su reloj Timex.
— Allá
viene el jefe —dijo uno de los marinos.
Era el padre de Jack que se
aproximaba con otros tres hombres montados a caballo. Volví a ver a Jack y se
encontraba descolgando su hamaca. Los marinos bajaron otra vez la rampla y
comenzaron a gritar para que el lote de cuarenta animales abandonara la
embarcación. Al salir a tierra, tres de ellos doblaron sus patas delanteras y
cayeron al suelo, estaban entumidos por permanecer veinte horas en una sola
posición durante el viaje desde ciudad Rama. Alfonso, el mandador de la finca del
padre de Jack, un tipo corpulento, de bigote y barrigón, los separó del resto
del lote golpeándoles el lomo con el sombrero como todo diestro campisto
chontaleño. Mientras Alfonso estaba en ello, Stubbs, Jack y su padre
conversaban; el padre de Jack lo abrazaba con su brazo derecho y lo noté feliz.
Media hora después caminé al lado
de Jack detrás de los montados que arreaban el ganado por el camino de tierra
que conduce al Pool. Al iniciar la marcha se notaban pequeñas casas de madera y
techo de zinc, pero a medida que avanzábamos se tornaron de madera rolliza y
techo de palma, sobresalían junto a los árboles de almendro derribados con los
que hacían carbón para abastecer a la ciudad de tan apreciado bien por sus
pobladores mestizos y black creoles. Poco a poco comenzamos a ascender en una
acentuada pendiente con abundante vegetación a sus lados que impedía penetrar los
rayos del sol, el camino se tornó en un sendero de tierra barrosa, oscuro y
húmedo, donde las nubes de zancudos zumbaban a mí alrededor.
— Falta
poco —dijo Jack.
— Después
de aquel claro cruzamos la falda del cerro —agregó el padre de Jack que montaba
atento de nuestra marcha.
Minutos después comenzamos a
descender. Alfonso y los otros hombres no apuraban el arreo debido a la
presencia de peñascos a ambos lados de la bajada. Al salir al claro noté la
inmensa llanura existente al otro lado del cerro Aberdeen; a la izquierda se
mostraba esplendoroso, cubierto de una densa y abundante vegetación.
— Desde
el parque de la loma de El Bluff se ve azul
—dijo Jack.
— Por
eso la ciudad se llama Campos Azules —agregó el padre de Jack sonriendo al
volver su mirada.
Una puerta de golpe fue abierta por
uno de los campistos y el ganado salió libre a una inmensa llanura de
pastizales verdes. Sentí la brisa fresca del atardecer en mi rostro, vi el sol iluminando
la montaña con sus diferentes tonalidades de verde hasta donde la vista me
alcanzaba: verde claro, verde montaña y verde azulado. Cruzamos la llanura y
observé la casa de la finca al pie de la caída de un promontorio con su corral
de reglas a la izquierda; frente a ella, en la plazuela, varios tablones de madera,
tablas y pilares, estaban entrelazados verticalmente secándose al sol. Al
llegar los campistos continuaron arreando el ganado hacia la parte posterior de
la casa, buscando una quebrada y el río que cruzaba la mayor parte de los
potreros. Entramos al corredor, me senté cansado en una banca al lado de Jack
mientras su padre se acomodó en una hamaca y Alfonso se dirigió a la cocina.
El bosque del cerro Aberdeen
brillaba por la intensidad de los rayos del sol que caía en el fondo de la
selva y, en medio del silencio humano, escuché el curso de las aguas corriendo
entre troncos caídos, salpicando los tablones de un viejo puente, y las rachas
de viento alborotando las copas de los árboles.
— ¿Cómo
te sientes, Jack? —preguntó su padre.
— Cansado,
desvelado, con ganas de ducharme y dormir en una buena cama —respondió.
Alfonso regresó con una taza de
café y se la ofreció al padre de Jack; él se incorporó ligeramente para asirla con su mano, dio un sorbo y volvió a tenderse en la hamaca, puso la taza en el
suelo, tomó un cigarrillo de la bolsa de su camisa y, tras encenderlo, inhaló
el humo profundamente.
— Quiere
dormir en una buena cama —dijo el padre de Jack.
— ¡Y
también con una buena hembra!, ¿verdad, Jack? —dijo Alfonso, siguiendo el juego
del padre de Jack.
Jack guardó silencio. La noche
anterior al viaje por el Escondido nos encontramos en una de las calles de la
ciudad, propiamente en la esquina de Erasmo. Luego de saludarnos me dijo que se
dirigía a visitar a una amiga en el barrio creole llamado Beholdeen. En el
viaje de regreso se mostraba ansioso, con muchos deseos de regresar para verla.
Noté que escribía en su libreta sobre ella, como siempre lo hacía cuando estaba
ansioso; dijo que esa sería su noche soñada.
— Por
una mujer que se quiere, todo se deja —agregó el padre de Jack.
— ¡Hasta
una finca! —dijo Alfonso.
— Como
vos lo haces —dijo Jack dirigiéndose a Alfonso.
— Que
preparen dos caballos para que regresen a Bluefields —ordenó el padre de Jack.
Alfonso le gritó a los campistos
que regresaban de arrear los novillos; minutos después se acercaron con dos
caballos listos para ser montados.
— Te
lo mereces, pero recuerda que para todo hay tiempo, incluso para enloquecerse
por una mujer —insistió sobre el tema el padre de Jack.
— Si
salen ahorita llegan anocheciendo —dijo
Alfonso.
— Vámonos
—dijo Jack al tomar su mochila.
— Dejan
los caballos donde Míster Nicholson —escuché decir al padre de Jack cuando montábamos.
Al subir la pendiente rocosa
regresé la mirada y vi el rojo acaramelado del atardecer más allá de lo alto
del cerro Aberdeen. El trote de los caballos era veloz por las ansias de Jack.
Después que pasamos por el Pool, las lámparas de las casitas de madera
comenzaron a brillar y, al girar hacia la derecha por un viejo puente de madera,
noté las luces de la ciudad.
— Nos
vemos otro día —dijo Jack cuando desmontamos en la casa de Míster Nicholson.
— ¿Qué
harás mañana? —le pregunté.
— Dormir,
dormir todo el día —respondió.
Pasaron varios días y lo volví a
encontrar en el muelle de las pangas que viajan a El Bluff: una muchacha alta,
delgada y de cabello corto estaba a su lado.
— Te
presento a Katty —dijo—, por ella cruzo nadando la bahía si es necesario—.
Después de muchos años volví a
transitar por ese camino. El cerro se encuentra talado, varias antenas pueblan
su cúspide, en sus faldas han construido un matadero y el basurero municipal; el
viejo Pool agoniza contaminado, la extrema pobreza obliga a miles de familias a
vivir de las piedras que extraen de las entrañas del cerro para picarlas y
vender piedrín, un barrio ha crecido a ambos lados del camino y sus pobladores
presionan por la mejoría de los servicios básicos, principalmente calles y
andenes. Frente a ese panorama recordé la alegría de Jack apresurando el paso
del caballo para cruzar al otro lado del cerro Aberdeen y reencontrarse con su
amada.
Nueva Guinea
01/05/2015
Foto cortesía de Kenny Siu.
martes, 21 de abril de 2015
LA FRUTA MILAGROSA
Crucé la calle
para dirigirme al taller de Iván Zavala después de comprobar que los chavalos
lavaban adecuadamente el jeep: carrocería, chasis, capota, motor e interiores.
Lo encontré sentado en el kiosco y su hijo sostenía una computadora portátil; chocamos
los puños cómo saludo, noté la grasa y el aceite acumulado por años de trabajo
en sus manos.
—
¿Qué están viendo? —pregunté.
Un camión
Mercedes Benz ubicado frente a ellos tenía levantada la capota del motor y abiertas
las puertas de la cabina. Al fondo, unos cinco metros a la izquierda, bajo la
galera del taller, otros camiones estaban parqueados a la espera de sus manos
expertas. En el suelo de los alrededores sobresalían los resultados de su
incansable labor: manchas de grasa, aceite, trozos de mangueras, pernos y
tornillos sarrosos, perlines, camastros embancados, envases con aceite, rines
de diferentes tamaños, diminutos cortes de láminas de acero de miles formas,
empaques y rodajas de tubos ennegrecidas por la inclemencia del tiempo y el
paso de los años.
—
Desbloquear un diferencial —respondió Iván.
—
¿Cómo se llama esa planta? —pregunté y me dirigí
hacia ella.
José Antonio, su
hijo, cerró la portátil. Ambos se levantaron y me siguieron. Observaba
entusiasmado la planta, nunca antes la había visto. Iván cortó una pequeña baya
roja y extendió su mano.
—
¡Chúpala! —dijo con la fruta roja sobresaliendo
entre sus dedos de mecánico.
—
¡Ummm!
—expresé. —Alguna broma me querés hacer —dije alejándome.
—
¡No, hombre, es dulce! —dijo sin apartar su
mano.
Con dudas me
llevé la pequeña baya roja a la boca. La cutícula roja dio paso a un color
verde amarillo y la saboree.
—
Tiene un gusto raro pero no es muy dulce —dije.
—
Espérate, ya vas a ver —expreso. Anda tráele un
limón ácido —le dijo a José Antonio.
El chavalo regresó
con un limón de castilla pelado y se lo entregó a Iván.
—
Me querés vacilar —le dije.
—
Chupa el limón, vas a ser testigo de un milagro
—expresó con una gran sonrisa en su rostro.
Iván y José
Antonio me miraban expectantes ante mi reacción. Lo hice, no sentí su acidez,
al contrario, su sabor era totalmente dulce.
—
¡Está dulce, el limón es dulce!
—
¡Ja, ja, ja, ja! ¡Te fijas!
—
¿Cómo se llama esa fruta?
—
Yo he oído que le dicen la fruta de la dulzura
—respondió Iván.
—
Pero qué raro —dije y corté varias.
—
¿Dónde la conseguiste?
—
En Auxilio Mundial. Cuando trajeron plantas de
diferentes tipos y lugares me la regalaron; tenía como una cuarta de tamaño.
—
Voy a tomarle fotos.
—
Mirá, también podés llevar hijos —dijo señalando
los alrededores de la planta.
Chupé otra baya,
recibí conforme el jeep y llegué a casa con la noticia, hablé de “la fruta
milagrosa”. Era la hora del almuerzo y Emilce había preparado arroz aguado con
pollo y de bastimento guineo cuadrado con una rodaja de queso entero, unos de
mis platos preferidos. El sabor del
arroz aguado era dulce.
El nombre
científico de la planta es Synsepalum
dulcificum o Sideroxylon dulcificum, un arbusto tropical de la familia de
las Sapotaceae. La “fruta milagrosa”
o “baya mágica” es una planta frutal originaria del oeste de África; tiene la
capacidad de volver dulce los alimentos ácidos que se ingieren después de
probarla. Fue dada a conocer en Europa desde comienzos del siglo XVIII, supuestamente
por exploradores franceses.
Se le conoce
como fruta milagrosa debido al
contenido de miraculina en la
pulpa, una glicoproteína que se
enlaza a las papilas gustativas y enmascara completamente los sabores ácidos y
amargos durante un tiempo prolongado, entre 30 y 60 minutos. Esta propiedad le
ha dado cierto prestigio culinario en Japón, Europa y EUA, y ha motivado su
empleo como edulcorante substituto del azúcar en alimentos dietéticos para el
control de la diabetes y la obesidad.
Ya la conoces. Por mi parte,
tengo preparado un pedacito de tierra donde voy a sembrar varias de las
plantitas que se encuentran al pie de la planta madre que tiene Iván en el
terreno de su taller de mecánica. La planta es lenta en cuanto al crecimiento:
a los tres años de plantada produce la primera cosecha y al año da dos. Cuando
coseche te sigo contando.
Ronald Hill A.
20/04/2015
martes, 14 de abril de 2015
EL COMERCIANTE
En 1990 se metió
de lleno a los negocios; lo conocí en un camión IFA, viajando a una de las
colonias en que revendía los productos que compraba en Cholutequita. En aquella
ocasión me mostró el cartón que le entregaron en la oficina de Administración
de Rentas de Juigalpa donde decía que era comerciante; con resistol, él le
había pegado su foto.
En esos años
estaba joven, lleno de vida; hacia amistades fácilmente por ser atento y, la
mayor parte de las veces, generoso. Por ello y por la escasez de productos en
esa época de postguerra, su clientela le era fiel: lo atendían con mucho
esmero, en las comunidades que abastecía con botas de hule, baterías para foco
y abundancia de chiverías, lo esperaban con el desayuno calientito por las mañanas.
De todas las colonias que visitaba no le gustaba Providencia, pero le encantaba La Unión,
decía que de todas era la única comunidad de Nueva Guinea que en el futuro
tendría más progreso que cualquier otra por sus pobladores amables y unidos.
Estuvo en todas las colonias, las conocía todas, negocios hizo en ellas y lo
vio todo: pobreza, escasez, olvido y la lucha de su gente. Después de realizar
sus ventas compraba granos de cacao, queso, frijoles, jengibre, raicilla y
cerdos para venderlos en Estelí, Masaya y Managua. Odiaba Providencia, algo
había allí que nunca le gustó, pero no lo dijo.
Una tarde llegó
a mi oficina y me pidió un aventón hacia Juigalpa. Era verano, propiamente el
mes de abril de 1997; fue la primera vez que recorrí el camino El Triunfo–El
Almendro–Pájaro Negro para trasladarme a Juigalpa. Él era de Chontales. En
aquel viaje me di cuenta que todavía era tímido. Durante la guerra, sus
compañeros militares le habían hecho cosas poco agradables, pero de eso habló
poco. A pesar de lo que sucedía en el país seguía creyendo en la Revolución.
“Patria o muerte, venceremos”, era su consigna. Cuando llegamos a El Almendro
me pidió que me detuviera unos minutos frente al parque. “Es por negocios”,
dijo cuando se bajó de la camioneta.
Por el retrovisor
lo observé hablando con tres hombres que estaban de pie al lado de unos
camiones parqueados en un costado del parque; otros cargaban los camiones con
sacos de queso que levantaban del andén, dejando una mancha húmeda que
emblanquecía ese trecho del parque.
—
Y vos, ¿cómo ves las cosas en Nueva Guinea?
—preguntó cuando volvió.
—
Nada bien —respondí.
—
Pero se va a componer, será mejor —dijo. Tienen
de todo, es el único lugar donde se puede prosperar. Es el punto de inicio de
un nuevo comienzo.
No dije nada. En
el trayecto le hablé de los negocios que podía hacer en el sector de
Providencia y más allá de Cerro Bonito, buscando Puerto Príncipe, navegando por
el río Chiquito hasta la desembocadura de río Punta Gorda en el mar Caribe.
—
No —me respondió—, Providencia no me gusta.
En el empalme de
Lóvago pidió que me detuviera. Se bajó y dijo que allí esperaría un vehículo
que lo llevaría a Santo Tomás. En una hoja de papel escribí la dirección de un
primo y otros conocidos que viven en esa ciudad helada y famosa por sus
quesillos. Me agradeció por lo que había hecho y nos despedimos. A él le
gustaba Nueva Guinea: el verdor permanente de sus paisajes, la neblina de sus
amaneceres y el espíritu emprendedor de su gente lo cautivaban.
No lo volví a
ver por muchos años pero seguía haciendo negocios. Escuchaba las viñetas de sus
comerciales por la radio Manantial y me di cuenta de lo mucho que había
prosperado: poseía una distribuidora de productos básicos, farmacias
veterinarias, fincas, camiones ganaderos y varias casas de alquiler en la
ciudad. En el Octavo Festival de Música Campesina lo volví a ver; ya no era el
mismo, los años habían terminado con su timidez. “Me encanta Nueva Guinea”,
dijo con su aliento etílico luego de saludarnos, acercándose a mi oído.
Lo último que
supe de él fue veinticinco años después de aquella vez que lo conocí en el
camión IFA. En la ruta entre Providencia y Punta Gorda lo asaltaron, dos
mochilas llenas de dólares le fueron robadas y su cuerpo mutilado fue
encontrado flotando río abajo. Recordé que no le gustaba Providencia y también
que nunca dijo por qué.
Ronald Hill A.
Lunes, 13 de abril de 2015
viernes, 10 de abril de 2015
LYGUA MAIRIN (LIWA MAIREN)(La Sirena del Río)
Desde hace unos 4 años atrás, durante un viaje de trabajo a Waspam
escuché sobre la Lygua Mairin, sobre las apariciones a los habitantes de
las comunidades en las riveras del Río Coco.
En esa ocasión, durante la visita al Hospital de Waspam, vi a un joven sentado en una banca esperando consulta, cubierto
(de pies a cabeza) con una sabana blanca. Le pregunté a una trabajadora
del hospital sobre aquel extraño comportamiento del joven enfermo, - Y
me contestó: ha doctor es que seguro vio a la lygua en el río y lo
enfermó. Me sorprendió mucho el término, ya que en mi experiencia como
médico nunca había escuchado sobre alguna bacteria, virus o parásito que
produjera esa extraña enfermedad. Ese día por la falta de tiempo no
pude curiosear más sobre esa rara enfermedad.
Hace unos meses (4 años después) volví a visitar aquel municipio del
caribe norte, famoso por su cultura miskita y sus bellos paisajes del
Coco (el río). Está vez después de terminar mi visita de trabajo me puse
a conversar con algunos pobladores sobre la famosa Lygua Mairin y esto
me dijeron: “Doctor es que cuando los pescadores van de noche al río, alguno
de ellos ven a la sirena y si ella se enamora del pescador, lo hechiza
con mal de amor”…Y pregunte- como es? que cuentan los que la han visto?- Ha doctor ella (la sirena) toma la forma de la mujer que el pescador ama y así lo enamora hasta enfermarlo! - Y que le da al hombre, que síntomas tiene?.- La señora me respondió: Bueno
les da mucha calentura hasta que tiemblan como convulsiones, ganas de
vomitar, y pueden hasta morirse. Al hombre tiene que verlo el curandero y
tiene que andar tapado, porque la vista las personas lo puede enfermar
más, y si es la vista de las mujeres hasta lo puede matar. En ese momento comprendí por qué el extraño comportamiento de aquel joven que estaba sentado en el hospital.
Luego se acerco otra señora y me contó algo más increíble, una experiencia propia:
-Fíjese
doctor que una vez estábamos lavando a la orilla del río y a unos
cuantos pies estaba una muchacha bañándose y de repente escuchamos un
grito, como pidiendo auxilio, cuando volteamos a ver, a la muchacha la
iba arrastrando algo hacia lo hondo del río, corrimos y la agarramos,
pero no se veía nada en el agua; de pronto algo la empujo hacia
arriba…la levanto como a 1 metro y la soltó! La muchacha no podía
hablar, la sacudimos y sólo miramos que respiraba como que se estaba
muriendo, y una de las amigas vio una marca, un morado en forma de mano
en la pantorrilla. Entonces pregunté;- Y no es que la Lygua Mairin es una sirena (femenina)? Y entonces la señora me contestó – Doctor
es que la sirena, puede enamorarse de un hombre o una mujer, o sea si
se enamora a un hombre se vuelve mujer (adopta la forma), y si se
enamora a una mujer toma forma de hombre…
Bueno hay mas historias sobre la famosa Sirena del Río o en idioma
miskito Lygua Mairin, lo que resulta ser es que no discrimina a hombres o
mujeres y a los que ataca o enamora, los enferma y que solo el
curandero los/as puede curar.
Mito o realidad, no lo sé. Sólo me gustaría ir por todo el Río Coco a ver si me encuentro a la Lygua Mairin.
Tomado de: Los Viajes del Doc
http://eldocnica.tumblr.com/post/97242799919/lygua-mairin-mito-o-realidad
Twitter: @elDocNica
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





