miércoles, 11 de julio de 2012

LOS CHINOS EN LA COSTA CARIBE DE NICARAGUA

Chinos reunidos frente a su club social (Bluefields, 1930).
Los chinos llegaron por primera vez a la Costa Caribe de Nicaragua en la última parte del siglo diecinueve; la mayoría de ellos se establecieron en ciudades como Bluefields, Laguna de Perlas, El Rama, La Cruz de Río Grande, Waspam y Puerto Cabezas. Tres factores incidieron en el proceso de inmigración china: el descubrimiento de oro en California en 1848, la construcción del ferrocarril transcontinental en Estados Unidos de Norteamérica entre 1865 y 1869, y la construcción del ferrocarril interoceánico de Panamá entre 1850 y 1855. Los principales motivos que provocaron la emigración de los chinos fueron una serie de guerras (guerra del opio de China con Inglaterra entre 1838-1842), rebeliones y desórdenes civiles, así como inundaciones, hambrunas y sequías que hacían difícil la vida en China.

Según Eddie Kühl Arauz, en su libro “Nicaragua: Historia de Inmigrantes”, al recibir la noticia sobre el descubrimiento del oro en California, muchos chinos de la provincia Cantonesa de Kuangtung viajaron en grupos de amigos de la misma villa a Hong Kong donde se embarcaron hacia California. “La mayor parte de ellos pedían dinero prestado a sus familiares o agencia para el viaje con el acuerdo de pagarse una vez estando en California. Les llamaban “coolies” por el hecho de llegar con este tipo de contrato de trabajo. Desde 1849 empiezan a llegar chinos a California atraídos por las minas y los trabajos anexos ligados a la extracción de oro. En 1852 llegan los primeros 195 contratistas de mano de obra china a Hawái, quienes enganchan a más de 20,000 chinos que llevan a California. En 1865 la compañía de ferrocarril Central Pacific Co., empieza a engancharlos para la construcción del tramo entre Santa Fe y San Francisco que fue completado en 1869”.

La construcción del ferrocarril de Panamá se inició en 1850 y el primer tren de pasajeros recorrió más de la longitud total el 28 de enero de 1855; su infraestructura fue vital para la construcción del canal de Panamá a través de una ruta paralela medio siglo después. Los obreros que trabajaron en la obra provenían de Estados Unidos, Europa, China, las Antillas, incluyendo algunos esclavos africanos.

La ruta de tránsito de los chinos hacia la costa Caribe de Nicaragua fue desde California hasta Nueva Orleans por tren y de allí se embarcaban en ferry bananeros con destino al puerto de El Bluff. Muchos llegaron directamente desde Jamaica y otros, después de asentarse temporalmente en Greytown, se trasladaron a Bluefields. La entrada por la costa Caribe era mucho más fácil porque había menos controles migratorios. “En la costa Caribe nicaragüense, el Gobernador General Duarte, por decreto # 31 del 4 de junio de 1895 basado en el articulo 17 de la Constitución de 1893, prohibió el desembarque de inmigrantes chinos en la llamada Costa Atlántica. Posteriormente encontraron maneras como evadir esta medida pagando cuotas por su entrada al país” (Kühl, 2007). En su libro Oral History of Bluefields, Hugo Sujo Wilson señala: “Algunos de los ancianos de Bluefields todavía recuerdan cómo solían traer a los chinos de contrabando. Afirman que algunos de los chinos vinieron en barriles y que a veces hasta los lanzaban al mar cuando había posibilidad de que el barco fuera registrado por personas inconvenientes”.

En 1925 solicitan naturalización el señor Wah Kan Sin, residente en Bluefields, y el señor Juan Ow, residente en la Cruz de Río Grande. En Prinzapolka vivían Willy Lam, casado con María Herrera, y Francisco Onsang, casado con Judith Mendoza (Kühl, 2007).  Después de llegar y establecerse se involucraron en casi todo lo que generaba dinero: exportación, importación, venta al por mayor, venta al por menor, restaurantes, bares, lavanderías, fábricas de ropa, fábrica de jabón, estudios fotográficos, fábricas de confites, fábricas de galletas, transporte y juegos de azar. Fueron los primeros en introducir a Bluefields la mini lotería, conocida hoy con el nombre de “duqui” (Sujo, 1998).

En 1938 el cónsul chino era Zeenag Teh Ing. Ese mismo año, sólo en Bluefields habían 30 negocios chinos (Kühl, 2007). En los días florecientes del predominio comercial chino en Bluefields, la gente mayor todavía recuerda las grandes celebraciones públicas anuales del Kuomintang, el partido republicano fundado por el Dr. Sun Yat-sen el 11 de octubre de 1912. En esas ocasiones repartían en la sede de su club paquetes de dulces a todos los niños que asistían al evento, desplegaban una impresionante cantidad de fuegos artificiales y hacían que un dragón artificial se tragara a una dama, lo que era impresionante para todos los espectadores. Desde los días en que prácticamente todo el centro comercial de Bluefields pertenecía a los chinos, todas las tiendas permanecían abiertas de noche hasta las ocho de lunes a viernes y hasta las nueve los sábados. En aquellos días, la ciudad presentaba un aspecto alegre con todas las luces de las tiendas y las calles atestadas de gente: algunos comprando y otros paseando. La esquina de Wing Sang era la más popular de noche, allí se reunían los hombres para chismear y ponerse al día de las noticias (Sujo, 1998).

Las primeras generaciones de chinos formaban un grupo cerrado; no se mezclaban mucho con la población local. Como inmigrantes en tierra extraña, eran muy unidos; toda disputa era arreglada entre ellos mismos, nunca acudían a las autoridades locales por asuntos relacionados con uno de sus paisanos. Los chinos más viejos, después de establecerse, y cuando tenían la posibilidad económica, mandaban a la China a traer a sus esposas que habían dejado atrás o pedían esposas por correo. Esto se hacía, entre otras cosas, enviando retratos de sí mismos junto con sus pedidos. Pero algunos de los más pragmáticos simplemente se unieron con una de las mujeres locales, con o sin matrimonio. La mayoría de la generación más joven, tanto hombres como mujeres, comenzaron a casarse con personas de la localidad, a veces aun en contra de la voluntad de sus padres (Sujo, 1998). Siendo la mayor parte de los inmigrantes varones, muchos de ellos encontraron en las atractivas mujeres nicaragüenses la pareja ideal para compartir su dedicación al trabajo, al estudio y a la familia;  una de las razones por las cuales la raza china reproduce uno de los mestizajes más interesantes de Nicaragua. 

En Bluefields, algunos miembros de la comunidad china llegaron a ser bien conocidos y populares por motivos especiales. Había un chino llamado Chow Wing Sing que acuñaba sus propias monedas, según Luis M. Chong (2011). También estaba el Sr. John Fong, llamado “Jack” por sus amigos de la ciudad, quien era una atleta multifacético: jugaba baloncesto, balompié, tenis, voleibol y, cuando estaba demasiado viejo para ello, patrocinaba diferentes equipos. Otro personaje era Pim Poy,  tenía un pequeño restaurante, vendía comida muy buena y barata. Tres chinos que eran “verdaderos agricultores”, abastecían con una gran variedad de  verduras de calidad a la ciudad: Mantalón que vivía en Old Bank, así como Chow Ping y Cua Ho que vivían en Punta Fría (Sujo, 1998).

Los jóvenes de esa época se burlaban de los chinos haciéndolos pasar momentos desagradables; se burlaban de su manera de vestir, su manera de comer y de hablar, se mofaban de ellos y hacían toda clase de travesuras, hacían cualquier cosa para enojarlos, porque para ellos la cosa más divertida era oír a los chinos maldecir y pronunciar algunas de las obscenidades locales (Sujo, 1998).

¿Cuál es el legado que la inmigración de los chinos dejó en la Costa Caribe de Nicaragua? Contribuyeron en el abanico multicolor del mestizaje, enriqueciendo con su sangre la multietnicidad y pluriculturalidad de la costa Caribe. Enriquecieron los aromas y sabores de la comida caribeña, lo que perdura para el deguste de las nuevas generaciones. Trajeron ilusiones y sueños que convirtieron en realidad a pesar de la adversidad y nos sirven de ejemplo de que con esmero, disciplina y dedicación se puede salir adelante. Es por ellos que cuando te relacionas con un descendiente de aquellos primeros chinos de apellidos Lau, Sujo, Chang, Cheng, Woo, Siu, Kuan, Chow, Chiong, Wong, Samqui, San-Cam y otros, se puede ver el orgullo en sus rostros.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Domingo, 08 de julio de 2012

domingo, 8 de julio de 2012

LA LAGUNA DE HIDALGO

Hace unos cuatro meses, al fin, un módulo de construcción de caminos raspó el tramo de carretera entre Nueva Guinea y el banco de material llamado Tierra Blanca. De allí extraen miles de metros cúbicos de material selecto para reparar caminos y calles del casco urbano de Nueva Guinea.

Al raspar el tramo, el operario de la motoniveladora selló la entrada de una alcantarilla ubicada a unos 300 metros de la ciudad, (sias caballo, diría Kevin) propiamente frente a la parcela del Sr. Hidalgo donde entra el agua que proviene de su propiedad. Con las lluvias de los últimos días se ha formado una laguna en la parcela del Sr. Hidalgo y el agua se desborda sobre la carretera. Con el paso de los camiones volquetes de la alcaldía, los camiones ganaderos y los IFA el tramo se verá afectado y ya no digamos los problemas de salud que se pueden presentar por el estancamiento de las aguas.

Ni el Sr. Hidalgo, ni el Sr. Palacios, dueño de la parcela donde tiene salida el agua, se han preocupado por plantear esta problemática. Aquí les dejo estas fotos para ver si la alcaldía de Nueva Guinea resuelve el problema, porque el MTI, bien gracias.



Domingo, lluvioso.
08/07/2012

Ronald Hill A.

jueves, 5 de julio de 2012

LA GONGOLONA

El segundo camino que hicieron los fundadores entre la Guinea Vieja y Nueva Guinea salía propiamente frente a un inmenso árbol de Ceiba, el más grande de la entonces colonia. “Una mañana, al salir al claro del camino, vi una gallina de monte grande llamada Gongolona, color azul, pintada, sin cola, echada entre las inmensas gambas de la Ceiba. Al vernos salió volando, le tiré el machete y le saqué plumales nada más, no la maté, se me fue”, recuerda Donald Ríos Obando, uno de los primeros diecisiete colonos que fundaron Nueva Guinea. Desde entonces a ese lugar le llamaron “La Gongolona”.
           
A inicios de la colonización en Nueva Guinea había diversos tipos de aves, entre ellas pavones, gallinas de monte y Gongolona (Crypturellus soui), todas comestibles. La Gongolona pertenece a la familia de las Tinamidae por lo que se les llama Tinamúes. Pertenece al clado (rama del árbol filogenético) de las ratites (Ratitae). A diferencia de otras ratites, los tinamúes pueden volar, aunque en general no son fuertes voladoras. Todas las ratites evolucionaron de las prehistóricas aves voladoras y los tinamúes son los parientes vivos más cercanos de ellas. La palabra Crypturellus soui  es un diminutivo de Crypturus, (género de otro tinamú), proviene del griego kruptus que significa escondida y hace alusión a la cola muy corta que queda cubierta o escondida por las plumas que cubren la cola. El epíteto soui, es el nombre que le daban los indígenas y se refiere a la vocalización del ave.
           
“El primer muerto que tuvimos fue Migdonio Amador. Estaba limpiando el monte en la parcela de don Eleazar Marenco para la siembra de postrera y cortó a una culebra barba amarilla por la mitad, pero un pedazo se le fue. Dejó una burra de monte, se emburró y regresó por la tarde para terminar el trabajo. La mitad de la barba amarilla, la parte de la cabeza, estaba allí y le picó arribita del ojo del pie. En esos tiempos no se usaban botas de hule sino que unos zapatos que llamábamos “burrones”, eran de cuero con tachuelas en la suela. Don Eleazar lo llevó al salto del río el Zapote, al “vivero” y allí murió. Nos pusimos a pensar en dónde lo íbamos a enterrar y nos acordamos del lugar donde vimos a la Gongolona. Allí lo enterramos, a la orilla del camino y desde entonces así se llama el cementerio general de Nueva Guinea”, explica Donald.

A la Gongolona la cazaban con disparos de rifles calibre 22 o las atrapaban con trampas; hacían jaulas de madera donde colocaban cebo de arroz o maíz, con un pedazo de cabuya o un buen bejuco, llegaban y tropezaban quedando adentro. También había palomas pequeñas de color blanco y las comunes. Esas aves ya no se encuentran en la zona, solamente en la reserva biológica “Indio–Maíz”.

“Después de ése siguieron muriendo chavalos, principalmente de diarrea y enfermedades propias de la montaña. Venía el doctor Parajón, por allá, cada seis meses, a vacunar y nos traía medicina. También había un practicante que era guardia que nos daba medicamentos, sobretodo para la malaria. Don Miguel Torres nos enseñó que la cáscara o corteza del arbusto llamado “hombre grande” es bueno para la malaria, aunque bien amarga. También había bastante raicilla o ipecacuana que se usaba para la diarrea, pero por muy amarga no se le daba a los chavalitos”, explica Donald.

En 1967 murió la primera mujer que fue enterrada en La Gongolona. “Era mi esposa, murió de parto, se llamaba Irma Palma Hernández”, recuerda Donald con nostalgia. Con la llegada de nuevos colonos los difuntos se fueron incrementando, algunas mujeres morían de parto o al dar a luz. Para tiempos de la guerra, la Gongolona fue muy visitada. “Se llenó para la guerra, a veces enterrábamos a ocho o más de once. En una emboscada entre San Antonio y San Martín, en un lugar llamado El Infiernito, en una vuelta entre cerros, mataron a once trabajadores de EFOCFASA y los enterramos en la Gongolona. También recuerdo que mataron a otros ocho en una emboscada en el campamento de la misma empresa, allí donde se llama ahora Puerto Príncipe”, agrega.
           
Por la misma mortandad que se dio en tiempos de la guerra no se respetó el ordenamiento de La Gongolona, quedó desordenado. “Habíamos hecho andenes y callecitas, pero la gente no les hizo caso. Por eso es que ahora, cuando entras al cementerio, tenés que caminar sobre las tumbas”, explica Donald.
           
Para Donald Ríos Obando, ex alcalde de Nueva Guinea, La Gongolona debe ordenarse para seguir utilizándose. “Hay lugar todavía pero debe ordenarse, aún demoler varias casas, porque han hecho construcciones muy grandes que ocupan demasiado espacio. Es necesario construir hacia arriba, hacer las bóvedas sobre los familiares que están enterrados. La Gongolona no tiene cerco perimetral y el de alambre de púas está caído en varias partes. Cuando fui alcalde construimos el muro de entrada, en el frente, al lado de la carretera, pero debimos hacerlo todo”, recuerda Donald.
           
Con la guerra muchos perdieron a sus familiares, de ambos bandos, los enterraron allí, vendieron sus parcelas y se fueron para otros lados. Nadie llega a verlos, están abandonados en La Gongolona. Según Freddie Altamirano, director de servicios municipales de la alcaldía, existen más de 1300 personas enterradas y en el día de los muertos solamente un veinte por ciento, unas 300 personas, acuden a visitar a sus familiares, les llevan flores y medio arreglan las tumbas. Ante la problemática existente en la Gongolona, la municipalidad ha construido otro cementerio en la zona número siete del casco urbano llamado “Monte de los Olivos”, en el que existen 546 lotes ocupados y 25 reservados.
           
La Gongolona, esa ave maravillosa, queda en el recuerdo de los primeros colonos de Nueva Guinea, pero los familiares de los sepultados en el cementerio que lleva su nombre, con el paso de los años, los han olvidado por diversas causas. Como tributo a los primeros colonizadores y al ave extinguida en el municipio, el gobierno local debería mejorar el cementerio general mediante ordenamiento, obras de infraestructura y ornato para que ambos, ave y sepultados, perduren en la memoria.

Ronald Hill A.
La Colina, Nueva Guinea.
RAAS
Martes, 03 de julio de 2012

jueves, 28 de junio de 2012

Y VOS, ¿TENÉS GARANTÍA?

No te preocupes si no la tienes, somos varias centenas de millones los que estamos en la misma situación. Desde que venimos a este mundo, desde el momento que damos nuestro primer grito, debemos lidiar contra la adversidad aunque nos pongan todas las vacunas existentes.

Crecemos en diferentes ambientes; además de los genes que heredemos de nuestro padre y madre, los cromosomas X y Y, el entorno en que nos desarrollamos nos marca para siempre. Ese entorno ha sido creado por otras personas mediante sus ideas, sus sueños, sus deseos, sus vicios, sus rencores, sus conflictos, sus mañas, sus empresas y sus leyes.

Nos envían al colegio para que nos eduquemos, es decir, para que nos eduquen en el marco de una realidad predominante que responde a intereses ajenos a los que debemos adecuarnos para vivir en “sociedad”. Los que tenemos la posibilidad vamos a la universidad, cursamos una carrera y desde temprano debemos trabajar. Muchos descubren el amor en esa etapa y adquieren compromisos con esperanza en el incierto futuro.

El trabajo nos absorbe y por él dejamos las cosas importantes. Nos damos cuenta que debemos tener una casa y todo lo necesario: desde la cama hasta los electrodomésticos. “Tenemos que ahorrar”, asumimos el compromiso con nuestra pareja y pasamos la mitad de la vida haciéndolo, hasta que nos damos cuenta que solamente con un crédito hipotecario podremos lograrlo. “En veinte años será tuya” y nos vemos a futuro envejecidos. Acudimos alegres al crédito fácil, “la cédula basta” y nos enjaranamos. Se te jode la computadora, el televisor y cuando reclamas la garantía te regresan lo mismo pero refaccionado, se te vuelve a joder y en un “dime que te diré” salís perdiendo: te han estafado.

Nos despiden del trabajo, cierran la empresa porque fracasó, porque el jefe o la jefa “me tenía entre ceja y ceja”, porque no soy militante, porque no soy sapo y miles de por qué. El mundo se te viene encima, la mujer ya no te aguanta, “sólo vivís bebiendo guaro con tus amigotes”, te deja de querer, ya no es la misma, te abandonan aunque estén a tu lado y, en la mayoría de los casos, un día te das cuenta que se fue con el que menos esperabas. ¡$#()?/&%!

Piensas en los amigos, “fulano me puede ayudar, mengano me va a dar la mano” y te inventas fantasías que se desvanecen cuando los buscas. Por sobrevivir te metes a cualquier cosa, a vender de todo, hasta los zapatos y la ropa que ahora no te queda. “Ni modo, me tengo que ir”, te pones a pensar en tus hermanos, tíos y primos, aquellos que se fueron para la yunai o a la tica y alzas vuelo de la forma que puedas. ¡Malditos!, “me sacan el unto”, “ya me quiero ir”, te seguís quejando. Desde allá vivís añorando el gallo pinto, el bacanal con los broderes, la samotana, el tululu y el crab soup. Y si te fue bien, si lograste juntar unas cuantas lapas verdes, construís castillos en el aire: “ahora sí, voy a comprar un terrenito para hacerme la casita”, “voy a poner un negocito”, “una finquita, eso es, para tener una vaquitas” y, mientras decides venirte, desde allá buscas ayuda para ir avanzando pero al final te salen dando vuelta. Para remate, cuando apareces enmaletado, tenés que estar ojo al Cristo porque en el desaduanaje hacen brujerías: de cien artículos sólo te vinieron cuarenta.

Cuando estás en las últimas, cuando has envejecido, cuando nadie te quiere dar pegue por “viejo zorro”, cuando ya no aguantas, vuelves a sacar cuentas y te pones a pensar en la jubilación, si es que has cotizado las famosas setecientas cincuenta semanas; no te hagas ilusiones porque ni esas tienen garantía. Y si se murió tu abuela o tu papá sin testar y estás pensando en que puedes reclamar algo, no te entusiasmes mucho porque puede ser que ya tenga otro dueño.

Nada en la vida tiene garantía, nada es seguro; ni la casa, ni los electrodomésticos, ni los realitos que depositaste en el Banco, ni el juramento para toda la vida. “Seguro lo comido”, así que disfrútala mientas puedas porque, así como venimos, así nos vamos.

Ronald Hill A.
La Colina
Domingo, 03 de junio de 2012

lunes, 25 de junio de 2012

LAS PREFERIDAS DEL PUERTO

Al abordar la panga lo reconocí inmediatamente a pesar del tiempo transcurrido. “Hola, te acuerdas de mi”, le dije y entablamos conversación. Desde muy joven, a los diecinueve años, Felipe se trasladó a vivir a los Estados Unidos con sus padres, y ahora, a la edad de sesenta y cinco años, regresa como turista.

“Voy a visitar viejas amistades”, dijo en el trayecto, gritándome al oído por el rugir del motor de setenta y cinco caballos de fuerza. Vi que admiraba como cuando niño la costa de la bahía, Half Way Cay, la isla del Venado y la de Miss Lilian. Descubrí en su antebrazo derecho el tatuaje de una mujer desnuda dando la espalda, acostada sobre una toalla en la que cae su larga cabellera negra, y, al darse cuenta, lo cubre bajando las mangas de su camisa.

Desembarcamos en el muelle de El Bluff y comenzó a llover. Resguardándonos en la caseta me pidió que lo acompañara en su recorrido. “Creo que es por aquí, debemos caminar a la derecha”, dijo al abandonar el andén. Subimos por una ladera resbaladiza, agarrándonos de pequeños arbustos y raíces para no caer. Volví a percibir el aroma exuberante de la humedad arraigada en el suelo, el canto de las loras, que por gracia divina sobreviven a la hambruna, y las casas de madera en hileras, una detrás de otra, devoradas por el tiempo.

Toca la puerta, llama su nombre; no hay respuesta. Insiste y desde el fondo de la casita escucho un grito: “¡¿quién me busca?!” Con cierto temor, Felipe contesta y dice su nombre. No responde, pero el ruido de los pasos delata su presencia. Escucho que quita la aldaba, su esfuerzo al levantar la tranca y, al empujar la puerta de un tirón, Felipe se retira porque abre hacia afuera.

Lleva puesto un camisón celeste emblanquecido por las lavadas, calza chinelas de gancho y se sostiene de la tranca. Su cabello, el que aún le queda, se muestra cano, gris y blanco, cenizo. Su mirada es golpeada por la luz que entra a través del rectángulo de la puerta. “No has perdido el brillo coqueto de tus ojos”, dice Felipe. Lo observa de pies a cabeza, buscándolo en los pliegues guardados de su memoria, y luego de unos segundos sonríe. “Entrá papacito, te sigo esperando”, responde al tomarlo con su mano arrugada y atraerlo hacia la pequeña sala. “Y vos, pasá también” dice al verme en la puerta. “Abrí la ventana, que entre aire y luz que quiero verte en la claridad”, le indica a Felipe. “Siéntate aquí a mi lado y vos arrimá aquel banco”, agrega al sentarse en una mecedora.

“Me he dado cuenta que te va muy bien en la yunai. Hasta ahora te acuerdas de mí, ni una postal enviaste, menos una cartita, sos un ingrato pero no te guardo rencor, no tengo por qué. Te agradezco el gesto de visitarme aunque ahora no vas a disfrutarme como en aquellos tiempos. Mírame como estoy, la vida se acaba, el tiempo nos destroza, pero no quiero ponerme sentimental, menos con vos que tanto cariño te di. Quién iba a decir que después de tanto tiempo, no dudes en detenerme si me equivoco, porque hasta olvidadiza estoy, más de cuarenta años desde la última noche que apareciste, así como ahora, golpeando desesperado la puerta, te ibas a parecer tanto a tu padre, el gringo dueño de barcos pesqueros, nunca te imagine así, cómo pasa el tiempo, se nos escapa sin darnos cuenta”.

“Esos fueron los tiempos dorados en este puerto. Los tiempos de la Booth, de los barcos mercantes, de la abundancia porque de todo había, hasta los burdeles eran necesarios para calmar las penas de los marinos que regresaban forrados de billetes y rabiosos por refugiarse en los brazos de una mujer después de pasar un mes en altamar añorando el Vietnam, el Dragón de Oro y a nosotras, las preferidas de todos ellos: la Chepa, la Chabela, la Pasito Corto, la Diablo Rojo, a la Marta, la Casimira, la Yegua Blanca, a todas nosotras que tan bien los tratábamos, todo lo que querían se les consentía”.

“Te fijás, me he adelantado, la memoria se me escurre porque antes de nosotras, la preferida de todos los guardias en días de pago, los de aquí y de Bluefields, y los chavalos de esa cosecha, entre los que recuerdo a Pinolillo, Charol, el Zancudo, Chico, Noel y el Negro Palancón, ¿sabías que al pobre Negro lo mataron en el mercado Oriental, lo sabías?, tan bello el negrito, bien dotado el bandido, la que calmaba sus andanzas era la María Cutuna que apareció aquí por los años cuarenta desde Granada. Vivía en la casa del Mandador, allá abajo, detrás del cementerio a orilla de la bahía entre guayabales, cerca del suampo. Prendía un candil, sintonizaba radios colombianas porque le encantaban los vallenatos y la pobre se enzepolaba para ganarse el día a la edad de setenta años, sin poder moverse; pero era escandalosa, hacía un tremendo alboroto para entusiasmarlos por cinco pesos”.

“En esa época las cantinas famosas eran las de Miss Lilian y Miss Pet, no eran burdeles legítimos sino que tenían sus cuartitos de desahogo que mantenían bien limpitos unas guapas cornaileñas, ojos verdes y morenas, que atendían a los clientes de los barcos mercantes, alemanes, franceses, noruegos, gringos, de todos lados que pasaban por aquí. Ya sé que esa mirada tuya no es de sorpresa, nunca te ha cambiado. Qué lástima, te fuiste pichón, lleno de vida. Aunque no lo creas, nunca olvido aquella semana santa que pasamos en uno de los ranchos que instalaban en la playa; vos haciéndote el rogado, llegabas a la mesa y te escapabas con tus amigos, pero apenas se iban, cuando la playa quedaba desolada con sólo Blofeños la fiesta comenzaba”.

Hace una pausa, se inclina con esfuerzo y estira su mano hacia Philip.

“Déjame que te toque ese bigote canoso que tenés, discúlpame, pero esos recuerdos del pasado me ponen espumosa, me ablandan el corazón, me tiemblan las piernas con sólo pensar en la dicha de haberte tenido aquí pegadito a mi cuerpo, este cuerpo que ahora miras inútil, envejecido por los años, te hacia subir al cielo, te babeabas en mis pechos ahora vencidos, estas nalgas ahora escurridas te volvían loco cuando te cabalgaba como potro arisco y estos labios marchitos bebieron la miel de tu cuerpo hasta rendirte de gozo. Dame un segundo, ya regreso”.

Se levanta y entra a la habitación. Felipe me mira desconcertado.
 
 “Aquí tengo esta foto, estoy en el Vietnam, las dos que están a mi lado son amigas que viajaron conmigo desde Corinto. Te acuerdas de ellas, tenés que acordarte, siempre estábamos juntas, éramos inseparables. El Vietnam, qué ocurrencia tuvo la Shirley de ponerle ese nombre al burdel, la misma guerra, la guerra entre hombre y mujeres, entre las mujeres de los maridos escapados y nosotras como que fuéramos culpables de la carencia de mañas para enloquecerlos, de no permitirles sus juegos de fantasía”.

“¿Estás sorprendido?, ¡pero si vos lo sabes!, los grandes señores de aquí y de Bluefields eran nuestra clientela exclusiva. Aparecían en grupos, medio borrachos, envalentonados y el esmero de la Shirley por atenderlos era tal que cerraba las puertas, se iba para donde su Bato y nos dejaba solas para que todo lo disponible fuera de ellos. Amos y señores del putal, pero después, santos sin mancha, sólo quedaba el reguero que hacían. Imagínate, todos en bolas, a media luz con la roconola en alto, unos chineando, otros sentados en la barra, tocándonos, bebiendo, fumando, dos con una, una con dos, ni los cuartuchos ocupaban, allí nomás donde todos miraban sin perturbarse, sin molestar, sin miedo porque no eran desalmados, se divertían, un pasatiempo que tanto necesitaban así como nosotras el dinero de ellos para sobrevivir. A los bochincheros, los chivos fijados, una vez los corría la Shirley y no los volvía a dejar que pusieran un pie en su Vietnam. Era cumplida, todos los viernes nos llevaba en procesión a Bluefields para que pasáramos revisión en la sanidad. Ahora todo ha cambiado, los hombres no tiene para pagar un polvo, los pobres están sin trabajo, andan pidiendo para drogarse, la piedra no deja que se les pare, mientras yo muero entre la sombra de estos árboles de mango”.

“¡Te veo inquieto!, ¿no te gusta que hable de eso?”

“Debo irme, vamos hacia el muelle de los barcos camaroneros, luego tomaré unas fotos del parque de la loma y caminaremos hacia la playa. Ha sido un placer verte, tus recuerdos me hacen volver a vivir esos años que tanto añoras”, dice Felipe. 

Lo toma nuevamente de la mano y Felipe le da un beso en la frente. Salgo de la sala, bajo las dos gradas y cuando Felipe se dispone a hacerlo ella le dice: “Te olvidaste”. Saca su cartera, toma veinte dólares y al intentar que los agarre lo queda viendo sorprendida. “Mi preferida”, eso es lo que me decías cuando salías mareado guindo abajo.

martes, 19 de junio de 2012

LA CASA DE PAPÚ

No era corpulento ni alto pero tenía grandes entradas en su frente y una mirada de paz. Hablaba bajito, pausado, y caminaba cabizbajo como meditando en los senderos recorridos del tiempo. Cuando joven, Ernest Simeón Hill, llamado “Papú” por sus nietos, salía de su casa por las mañanas con un sombrero de paja, vestido con camisa manga larga para abordar su cayuco “Juanita” y dirigirse hacia Jack Neal, una parte de la costa al sureste de la isla de Utila que era de su propiedad. Allí cultivaba cocos, bananos, mangos y aguacates. El cayuco de Papú fue el primero de la isla que navegó impulsado por un motor estacionario. Atrapaba tortugas con redes y recolectaba sus huevos escarbando en la arena. También tenia una gran puntería, desde la punta del cayuco le disparaba a los barracudas sin errar un sólo tiro. Cuando regresaba por las tarde siempre llevaba a casa sus cosechas y presas, las que vendía en el pueblo.

Papú contrajo matrimonio con Hazel Eldean Bush cuando tenía veintiún años y ella quince. La ceremonia del casamiento se realizó en la iglesia Metodista de Utila el día domingo 4 de febrero de 1912. En plena juventud se amaron como pajaritos enloquecidos de amor revoloteando entre flores bajo el ardiente sol del caribe hondureño y formaron una familia compuesta de diez hijos: Zola, Molly, Hazel, Ernest Simeón Jr., Kenton Chetwood, Natalie, Vilma Gwen, White Bush, Clifton Gideon y Henry Bush. A casi todos los conocí en la casa de Papú, menos a Molly porque murió en 1919 cuando tenía cuatro años.

La casa de Papú era de madera y tambo, un tambo alto. Allí, debajo de la casa, Papú acomodaba sus productos, las tortugas volteadas con el caparazón sobre el suelo y con unas tablillas debajo de sus cabezas para que descansaran. En ese lugar jugaba parte de la mañana entre la grava, arena de mar y conchas de caracoles. En el centro del tambo, Papú guardaba sus herramientas en una bodega. Al lado izquierdo había una bomba manual oxidada bajo las ramas frondosas de un árbol de mamón. Años atrás, con esa bomba sacaban agua de un pozo y la almacenaban en un gran tanque de madera sostenida a su alrededor por láminas de hierro, pero fue abandonada cuando el pozo se secó. Desde allí escuchaba los pasos de la abuela Hazel en sus tareas cotidianas.

Un caminito de grava, desde la esquina del terreno de Papú, ubicado al doblar a la derecha up on the Hill y a la izquierda hacia el cementerio, recorriendo hacia el norte el sendero arenoso de Mamy Lane en dirección a Jericó, conducía hacia las empinadas gradas de su casa. En la esquina había un inmenso árbol de mango mechudo cuyos frutos saboreaba por las mañanas. Contiguo a la ventana de la primera habitación del ala izquierda de la casa de Papú, había un árbol de Jamaica Apple, moradas de tan rojas, dulces, y todo el suelo a su alrededor era rojo. El lado derecho del patio era un jardín de frutas: había árboles de aguacate que daban unos frutos carnosos y cremosos con una semilla pequeñita, un árbol de mango Bombay cuyos frutos eran del tamaño de una fruta de pan, otro de Golden mango y uno de Sugar mango. La abuela Hazel los cuidaba con esmero y preparaba una exquisita jalea de mango que me daba a saborear con pan de coco.

Cuando los visitábamos mis hermanos y yo, nos alojaban en la primera habitación del ala izquierda de la casa. La habitación de Papú estaba pegada al corredor de la cocina, contiguo a la del árbol de Jamaica Apple. A la hora del almuerzo, la abuela Hazel nos llamaba: “el comida estar listo, venir a comer”, nos decía en español y, al concluir decía sonriendo: “barriga lleno, corazón estar contento”. El corredor de la cocina era la sala de estar, el corazón de la casa de Papú, siempre estaba fresco, por ello colgaban hamacas y junto a la baranda había una banca con respaldar donde los adultos descansaban. La cocina no era muy grande pero tenía un anexo donde lavaban los trastes bajo la frescura de un árbol de aguacate y al lado izquierdo había un baño. El área de lavar trastes, al lado derecho de la cocina, tenía unas gradas que daban acceso a un gran pozo, cubierto desde el delantal hasta el brocal, con piedras azules brillantes. A ese pozo llegaba Mayoo a halar agua para su casa que quedaba detrás de la de Papú y la trasladaba en sus caballos, así como Kaiza que vivía un poco más hacia la colina bajo unos grandes árboles de mamey y otros vecinos de Mamy Lane.

Los ojos de abuela Hazel eran redondos y azules como el cielo, y su cabello fino y blanco como el algodón. Su voz alegre mantenía el orden en la casa. En el patio cultivaba diversos tipos de flores que florecían durante todo el año. Cuando me miraba triste porque añoraba a mis padres, decía: “poor little thing” y me acurrucaba en su pecho acariciándome la cabeza, pero cuando no hacía caso o cometía una travesura, sus ojos brillaban como el sol sobre el mar. Papú no decía nada, solo sonreía. Cuando surgía un problema en la familia ella siempre estaba atenta: una herida, un clavo en el talón del pie, un anzuelo encarnado en la mano, un dolor de garganta o una gripe, con amabilidad y dulzura todo lo resolvía. Si debía visitar la casa de sus hijos e hijas por las noches para socorrer a sus nietos, tomaba su flash light y se dirigía con pasos seguros y el alma en sus manos para llenarlos de caricias y besos.  Papú era el menor de sus cinco hermanos, cuatro mujeres y un varón, mientras que la abuela Hazel tuvo cuatro hermanos de los cuales uno era varón, Henry, el menor. A la casa de Papú llegaba la hermana de la abuela Hazel, Indiana, quien era idéntica a ella pero menos alta y le llamábamos “tía Indiana”. En el pasillo de la casa de Papú, en la pared derecha pintada de blanco, había una foto colgada en la pared de Mary Flynn, la mamá de abuela Hazel, bella y con la misma mirada.

En la casa de Papú conocí a todos mis primos y primas que vivían en Utila y a aquellos que en tiempos de vacaciones, desde los Estados Unidos, visitaban la isla. La primera vez que llegue a visitar la casa de Papú fue en una avioneta que aterrizó en la antigua pista de aterrizaje cerca del campo de béisbol. Los Utileños, al verla dar vueltas sobre la isla, acudían alegres a ese lugar. Luego, con el paso de los años, la pista de aterrizaje se trasladó al extremo sureste de la isla, en el sitio conocido como La Punta. Era corta, revestida con grava blanca fina sobre la arena y los fuertes vientos del noreste obligaban a los pilotos a hacer uso de todas sus habilidades al momento de aterrizar.

En La Punta aprendí a nadar; entre la orilla y el arrecife caí en una depresión arenosa, el agua cubrió todo mi cuerpo y repentinamente me encontré nadando. Experimenté una de las mayores dichas en esos años de niñez y luego me tiraba desde el muelle de Mr. Archie con los primos y amigos para zambullirme en las limpias aguas de la isla. En la Punta, antes de llegar al puente de madera que cruza Upper Lagoon y une el pueblo con ese extremo de la isla, vivían mis tíos Henry y Simeón, cada uno con su familia, en casas separadas por un cerco de madera. Por las tardes, con mis primos Crawford, Albert, Billy y Johnny, por ser casi de la misma edad, solíamos atrapar sardinas enormes acostados en los bordes del puente con hilos finos de nylon y anzuelos diminutos que hacíamos girar en círculos sin carnada sobre el cardumen para luego dirigirnos al muelle de Mr. Archie a pescar unos peces finos, plateados y chatos pero deliciosos llamados Silver Fish que llevábamos a la casa de Papú y la abuela Hazel los preparaba fritos con tajadas de plátano. En periodos lluviosos, frente a la casa de mis tíos, los fuertes vientos provocaban que el agua de la laguna inundara un terreno baldío y, con diminutos trozos de madera, hacíamos veleros para competir con Andy y Roby Bush en regatas de fantasía. En época seca, en el mismo espacio, jugábamos futbol y béisbol de dos bases.

Con mis primos conocí diferentes lugares de Utila. Una mañana, visitó la casa de Papú Frank Feurtado con su inseparable cámara fotográfica. Llegaba de vacaciones y me invitó a conocer Pumpkin Hill, el punto más elevado de la isla. Por más de una hora caminamos desde la casa, pasando el campo de béisbol en dirección noreste, por un sendero llano y lodoso bajo la vegetación del bosque. Desde la cumbre observé la belleza de Utila, su vegetación, los pescadores en sus cayucos, las aguas color turquesa que la rodean y, a los lejos, en dirección noreste, la isla de Roatán. Después nos trasladamos a Brandon Hill con el fin de entrar a su cueva; subimos sobre piedras, nos amarramos de una cuerda frente al orificio de entrada y comenzamos a bajar a sus entrañas. En la medida que avanzábamos, los espacios se reducían en aquella concavidad como tratando de evitar que la profanáramos y debíamos arrastrarnos como topo en su madriguera. Con un foco en mano el primo Frank alumbraba el trayecto y, sobre la bóveda color amarillo terroso que nos cubría, adheridos de sus patas en ella, descubrimos miles de murciélagos. Fue la primera y última vez que entré a las entrañas de Brandon Hill.    

Papú masticaba tabaco. Desde los Estados Unidos sus hijos se lo enviaban de diversos sabores y pasaba largas horas en ello, sentado en una mecedora frente a la las gradas, escupiendo en una cubeta que mantenía al lado. Cuando ese tabaco fino se le terminaba compraba puros baratos para masticarlo. Antes de caer el sol, Papú bajaba las gradas y se dirigía hacia el Cabildo ubicado una cuadra al sur de la casa, en el tope de la calle principal arenosa de Utila. Con los años, cuando comenzó a crecerme el bigote y la barba, debía rasurarme: tomaba una brocha de barbero, preparaba espuma con el jabón en una taza y frente a un espejo colgado en el corazón de la casa lo hacia. Papú me observaba con atención y un día dijo: “yo también necesito una afeitada”. Tomé una porra, puse a calentar agua, con un paño caliente froté sus mejillas, cuello y bigote y lo cubrí de espuma. Cuchilla en mano procedí a afeitarlo con el mayor esmero posible tratando de evitar una cortada. Papú nunca se movía y me daba la impresión que hacía una pequeña siesta. Al terminar, lo limpiaba con el paño y frotaba mis manos llenas de colonia en su cara. Luego Papú entraba a su habitación, cambiaba de ropa y se ponía su sombrero de cazador para partir hacia el Cabildo. Sentado en el corredor del Cabildo con sus amigos, entre ellos Mayoo, Pat Flynn, Charles Muñoz, Sherlock Muñoz y otros, conversaban sobre sus aventuras de juventud y los problemas cotidianos de la isla. Cuando las mujeres jóvenes y guapas, las utileñas, pasaban por la calle y con sus ocurrencias y piropos las halagaban, desde la casa se escuchaban las intensas carcajadas de alegría que ellas y el grupo de amigos de Papú emitían con entusiasmo. “Papú, sobre qué habla con sus amigos que las mujeres se ríen a grandes carcajadas”, le pregunté una noche mientras escuchaba sentado en su mecedora la radio de Belice. “Hijo, un día, cuando seas mayor lo sabrás”, respondió.

Papú me llevó a conocer los Cayitos, un archipiélago formado por trece cayos en el extremo suroeste de Utila. Con su cayuco navegaba cerca de la costa que exponía su franja de arena blanca cubierta de una densa vegetación de cocoteros y apreciaba, bajo las aguas cristalinas, la riqueza marina: cardúmenes de peces, delfines, tortugas y el inmenso arrecife que los protege y da vida, así como la diversidad de aves marinas revoloteando en el cielo azul pintado en el horizonte de blancas nubes. Papú tenía parientes en Jewel Cay, el más grande de todos y el único poblado. La gente de los Cayitos son grandes pescadores y cuelgan en varas los pescados salados que luego venden en la costa de Honduras. Papú, luego de visitar a sus parientes, nos llevaba a Water Cay, un cayo con una pequeña bahía de agua transparente color turquesa y arena blanca que recorría en pocos minutos, y podía trasladarme caminando con el agua hasta la cintura a otro Cayo adyacente. Luego de disfrutar de sus aguas y atrapar conchas de caracoles de diversas formas, regresábamos al atardecer con el sol a nuestras espaldas vistiendo de amarillo las tranquilas aguas de la bahía de Utila.

En la adolescencia aprendí a bucear con snorkel y descubrí la vida existente en el majestuoso arrecife de Utila. Frente a la Punta cerca del faro, Rock Point, paralelo a la costa de Blue Bayou iniciando desde la playa de Sandy Bay, Little Bight y en los Cayitos, me sumergía bajo el oleaje imperceptible para admirar ese mundo exótico y multicolor lleno de vida: peces amarillos, rojos, azules, anguilas, barracudas, caracoles de diversos tamaños, tortugas, estrellas, caballitos y helechos de mar de diversas formas, hasta que mis pulmones estaban por reventar para salir soplando el agua del tubo, respirar, nadar en la superficie y volver a bajar.

Por las noches, la abuela Hazel me concedía permiso para salir al centro y Papú decía que regresara antes que se apagaran las luces del pueblo. Una planta eléctrica ubicada en una casita de madera, al lado izquierdo del andén, caminando hacia la tienda de Mr. Archie, se encendía después de las cinco de la tarde y dejaba de funcionar antes de las diez de la noche. Con unas cuantas monedas, one nickel, one dime, one quarter o un “tostón”, salía entusiasmado hacia la casa de Mrs. Decker que tenía en la plata baja un comedor y, al entrar, los aromas de sus panes, pasteles, hamburguesas y chancho con yuca enloquecían mis deseos por degustarlos. También caminaba hasta donde Mr. Archie para comprarle a Mayra, una vendedora noctámbula que se ubicaba en frente de la tienda con una pequeña mesa de madera y varias panas, el delicioso “wishawilly” con yuca y ensalada de repollo con tomate. Ese punto era de encuentro con primos y amigos, entre ellos Danny Muñoz, Ralph Zelaya, Héctor Fúnez, Hoyt Sanders, Web y otros, para entrar al salón del cine, un galerón de madera ubicado al lado izquierdo del muelle, donde proyectaban películas de cowboys, las preferidas en la isla.

Los sábados por la noche visitaba el salón de Mr. Harvey, “el 07”. A ese local, un galerón de paredes y piso de madera con ventanales a los lados y una barra al fondo, las utileñas acudían a bailar. Las piezas musicales que más sonaban eran de country music y las parejas bailaban abrazados dando largos pasos, girando en círculos alrededor del local. Nunca había bailado de esa manera, pero una noche de despedida de año me atreví. Le extendí la mano a una rubia de ojos azules que estaba sentada junto a sus amigas en una de las bancas y, tomados de la mano, me llevó al centro del salón; mis pasos torpes, mis movimientos lentos por la costumbre de bailar pegado en dos ladrillos al ritmo del soul y reggae, poco a poco se fueron acoplando al ritmo de ella y termine bañado en sudor. En la plenitud de la noche, al ritmo de la canción “knock three times” todos se detenían al momento que la letra decía “Oh my darling, knock three times on the ceiling if you want me” golpeando, hombres y mujeres, con toda la fuerza de su pie derecho el piso de madera, estremeciendo el salón de Mr. Harvey como si un terremoto sacudiera la isla.

Al salón de Mr. Harvey no podían entrar los black creoles de Utila. Una noche, sin darme cuenta de ello, le dije a mi amigo Hoyt Sanders: “vamos a la fiesta del 07” y sorprendido respondió: “allí no pueden entrar los negros” y me invitó al salón donde ellos lo hacían: “the bucket of blood”, ubicado en extremo sur de Lozano road y unos metros antes de virar a la izquierda por Rocky Hill road. El ambiente en la “cubeta de sangre”, un salón mucho más pequeño que el 07, era acogedor por la música soul, blues, calipso y reggae que sensualmente bailaban las parejas. Luego que Hoyt me presentó a sus amigas y amigos diciendo “this is the son of White Bush” tuve la impresión de ser bienvenido. Una tarde se lo pregunté a Papú. “Abuelo, por qué los negros no pueden entrar al salón de Mr. Harvey”. Se quedó meditando, masticando su tabaco. “Por puras majaderías”, respondió después de escupir en la cubeta.

Antes de subir al cementerio de Utila, “the garden of memories”, para visitar a mis padres, a Papú y a la abuela Hazel, siempre me detengo en la esquina del terreno donde estaba la casa de Papú. Desde allí regresan los recuerdos, escucho la voz de la abuela Hazel y veo claramente a Papú bajar las gradas con su característico sombrero de cazador, pasa a un lado, y se dirige a reunirse con sus amigos que lo esperan en la antigua casa del Cabildo.

Ronald Hill A.
Sábado, 09 de junio de 2012

viernes, 15 de junio de 2012

SUS MEMORIAS ME ACOMPAÑAN

Hace un año escribí EL FSLN ESTÁ DE DUELO EN NUEVA GUINEA y, desde entonces, sus memorias me acompañan, surgen inesperadamente en los momentos cotidianos. Y hoy, luego de un año, a petición de sus hijos y en honor a ellos, acudo junto a todos ustedes para recordarlos, para que el entusiasmo que tuvieron en vida, el compromiso irrenunciable de construir un mundo justo y solidario junto a los pobres y excluidos, sea renovado y enriquecido, renunciando a prebendas, al desencanto, a la miopía empalagosa que nubla el futuro, a la arrogancia que margina y el oportunismo miserable que tanto daño han causado en la lucha por lograrlo.

Ronald Hill A.
15/06/2012
Acto de conmemoración en Nueva Guinea.