Se le ha llamado economía campesina a la práctica que realizan millones de unidades de producción familiares que a través de la misma logran el sustento de la familia, en contraposición a la llamada economía empresarial debido a la lógica de producción diferente. Para unos lo principal es alcanzar el sustento de la familia y para otros la tasa máxima de ganancia al hacer el cálculo económico entre egresos e ingresos. Por todas partes se escucha decir que la base de la producción agropecuaria en nuestro país descansa en los pequeños y medianos productores. Se nos ilustra con ejemplos en cuanto a su aporte de la producción de maíz, frijol, arroz, café, ganado de carne y producción de leche, producción de cerdos, etc. Es una realidad innegable.
Estos agricultores, los pequeños productores y medianos, tienen un espacio físico bien demarcado que muchos le llaman finca o parcela. En ese espacio de tierra, variable según las diferentes zonas del país, combinan sus activos. Entre ellos el más importante es la mano de obra, principalmente la familiar, así como la tierra, los implementos y los conocimientos prácticos adquiridos. En esa combinación, se prioriza aquello que le permita obtener los productos necesarios para satisfacer la necesidad básica más importante: la alimentación de la familia.
En estos tiempos, el relevo generacional, sucesión o herencia de la unidad de producción se está realizando entre hombres de la tercera edad y entre adultos mayores, lo que no permite que los jóvenes puedan tener acceso a la tierra y mucho menos a emprender actividades económicas porque no son sujetos de crédito, no acceden a servicios de asistencia técnica porque no son los responsables de la parcela, etc. situación que es más agravante aún en el caso de las jóvenes.
Los planes, programas y proyectos de desarrollo dirigidos al sector rural deben considerar esta realidad porque de lo contrario se seguirá perdiendo todo el esfuerzo que los jóvenes han hecho para alcanzar un nivel de educación mayor al de sus padres, el esfuerzo de la propia familia y del propio Estado. Se debe promover e incentivar el relevo generacional como un proceso gradual, de tal forma que los jóvenes, con mayor nivel educativo, contribuyan al enriquecimiento del agro y del país.










