martes, 23 de octubre de 2012

A PRAUD BLACK MAN FROM OLD BANK


That afternoon I walked to the point of Old Bank. I remember the anxiety I felt at finding myself there again breathing the cool breeze from the bay, admiring the landscape with ships crossing the channel from Schooner Kay, the coconuts palms flirting with the rhythm of the wind and in the distance my longed port. Walking back down the street, now built with reinforced concrete, I stopped to greet two older gentlemen were sitting on the porch of the house. “Hello, I said, my name is Ron Hill, Im from El Bluff”.

They looked at me suspiciously and I began to speak in English. I asked about his family, if they were natives of the place, if they were born there and stared at me strangely. "Hey Jim, he wants to know about our family” said the one that appeared to be greater, the more lightly built, about 65 years old. “Tell him Charles, we have nothing to hide”, replied Jim, who had white hair. Charles looked thoughtful for a moment and began doubtfully talking. Were born and raised in this neighborhood, one of the oldest neighborhoods in Bluefields. “Thanks to the Lord”, added Jim. “Your mom too”, I ask. “Listen, he wants to know of our mother”, said Charles.

At that time seen again and their eyes fixed on me, deep eyes, of those who seek to discover the claims, the thoughts of others. Okay, I said, let's talk about the neighborhood but Charles interrupted me. My mother was tall, stocky and was always well aware of us, gave us many tips when performing the household chores. When she was cooking, boy, the food was special, I can still smell flavorings of the dishes, rice and beans made ​​with coconut milk, the turtle stew, chops fried breadfruit that we cut from the trees in the neighborhood, uploading them to the highest point, the Caribbean-style breaded shrimp, fish soup, bone-in meat stew. All the prepared meals with firewood, in those days there was no stove, we collected trunks on the beach that we put out to dry on the stones and when Dad returned from fishing in his boat paddles we descended the slope running to help load the fish and shrimp. Your dad was a fisherman, I asked. He asked for our mother and now wants to know about Dad, said Charles. Tell us frankly what you want to know, said Jim.

Honestly I've always wondered about the rain of stones that fell to one when he visited the neighborhood in the evenings. Saw each other again, but this time they laughed out loud. To protect us from strangers, protect our neighborhood, our private homes, our way of life, our children, our girls, our roots, just for that, explained Jim. But that did not do so in Beholdeen or Pointeen, I expressed. Boy, do not compare us with those people, we are different, and we are black, but different black people. We protect our community, we are proud of it. Im a proud black man from Old Bank, cannot see it, said Jim.

It was getting late, would be six in the afternoon, and now I understand why they threw stones at strangers in Old Bank. I said goodbye to them shaking hands thick and wrinkled. You can walk calmy, said Charles, nobody will throw stones at you and they continued laughing.

Tuesday, October 23, 2012

miércoles, 17 de octubre de 2012

LA LOCA LLORA POR SU NIÑA

¿Y mi niña?, ¡mi niña!, fueron las expresiones que recordaron de Lucrecia en la sala de maternidad y se dieron cuenta que no estaba del todo loca. Es normal que una mujer, después del parto, desee tener a su bebé en brazos, acurrucarlo, amamantarlo, bañarlo, vestirlo y vivir ese intercambio químico - biológico que los une para siempre. Lucrecia lloraba sentada en la camilla, un llanto desgarrador cuando despertó y no encontró a la niña. Es el cuarto bebé que le quitan porque padece de trastornos psicológicos, la consideran loca. Su dolor se ha incrementado desde la primera vez, nunca antes ha llorado tanto ni ha dado declaraciones a los medios de comunicación. “Cuando desperté ya no estaba”, “no debí quedarme dormida”, dijo a los periodistas. Las autoridades de salud avalaron que funcionaros de MIFAMILIA irrumpieran en la sala de maternidad y se la quitaran. Lucrecia sigue llorando por su niña pero dicen que está loca. ¿Por qué no la esterilizaron después del primer parto? La locura invade muchas mentes, todos tenemos momentos de locura, la creatividad más resplandeciente casi siempre proviene de ellos. La loca llora por su niña, los médicos son culpables de negligencias pero en muchos casos no reciben castigo, practican el poder y dominio sobre los seres humanos.

17/10/2012

martes, 16 de octubre de 2012

LAS GABACHERAS


Las encontré sentadas en sillas de plástico, cerquita una a la otra y a la pared del corredor de la glorieta de la iglesia. Estaban calladitas, con las piernas cruzadas y la mirada fija en la cúspide ondeante de la cordillera, pero cuando la mujer pasó por la calle rompieron el silencio.

    Todos los días pasa a esta hora —dijo la mayor sin quitarle la mirada y estiró las piernas —. No se despega a las chavalitas —agregó.
    Le lleva la comida —añadió la menor, la más delgada de ellas, señalando la bolsa que cargaba.
    Es gabachera —expresó la de edad mediana, una treintañera de sonrisa maliciosa.
    ¡Gabachera!, ¿qué es eso? —preguntó la mayor, mirando a las dos con desconcierto.
    Gabachera, de gavach, que habla mal. A la bolsa del plástico le llaman gabacha o se refiere a la bata que usan en los hospitales—dije, pero no me prestaron atención.

“Hace tres años se vino con el marido de Costa Rica”, comenzó a relatar la de mediana edad, acomodada en el centro de las otras dos. “Tenían tres años de estar allá, les iba bien, los dos trabajaban, ella en un restaurante y el de albañil, pero en una borrachera el hombre la penquió por celos, sólo porque llegó dos horas después de la acostumbrada. Desde entonces ella se quería venir con las dos chavalitas pero él no la dejó, lo perdonó porque le prometió que le haría casa a su nombre, esa que queda allá dando la vuelta”.

    ¿Para adonde va? —preguntó la mayor levantando los hombros, dibujando un semicírculo con las dos manos.
    Para la estación de Policía —explicó la menor, la flaca.
    ¿Por qué? —volvió a preguntar la más vieja.

“Iba a construir casas a las Colonias”, continuó explicando la treintañera, “allá se estaba la semana para no gastar en el pasaje y ella se quedaba solita en la casa. Después de mediodía iba a dejar a las chavalitas donde su mamá, cuando salían del colegio, en la zona tres. Otro la visitaba por las tardes, volviéndose socio del albañil en la cama, en la cocina y en la sala, sin poner nada, sin obligaciones despilfarraba la ganancia que el pobre trataba de ahorrar con el pasaje. Una tarde regresó sin avisarle y los encontró disfrutando. Casi la mata, la arrastró por toda la casa mientras el socio se tiró por la ventana, atravesando las cercas de los vecinos”.

    Esa misma tarde puso la denuncia y amaneció preso —concluyó la treintañera.
    ¿El socio? —preguntó la mayor.
    ¡No!, ¡el albañil! —aclaró la treintañera.
    ¡Ve qué lindo! —agregó la flaca palmeando sus manos.

“Dice que está arrepentida, mírenla, camina con los ojitos tristes, sin dar la mirada, la mamá no quiere cuidarle más a las chavalitas y para remate la corrieron del trabajo. Cuando llega a dejarle la comida, los policías se burlan de ella, de toditas las que han echado presos a los hombres por esa nueva ley contra la violencia que aprobaron. Les dicen “las gabacheras”, un día de estos tiene audiencia y la pobre le va a pedir al juez que lo perdone porque no halla qué hacer”, concluyó la treintañera.

    Ve qué pendejas que son. Gracias diosito lindo que el mío hace rato lo enterré porque el desgraciado se hubiera muerto de hambre en la cárcel —dijo la mayor levantando la mirada hacia el techo con el rostro enrojecido.
    Pobrecito —expreso la flaca cruzando los brazos —. Mínimo le caen ocho años.
    Vos no hables. También fuiste “gabachera”. Andabas llorando y dale gracias a Dios que hasta después aprobaron esa ley —intimó a la flaca la treintañera.
    Nada tenés que decirme vos —respondió la flaca, levantándose de la silla. Le aguantas de todo a ese querido que te has echado —agregó.
    Le aguanto todo, todo lo que me da, hasta los sopapos, pero soy incapaz de andar lloriqueando en el barrio por un desgraciado, mucho menos de arrepentirme de lo que hago —explicó la treintañera.
    Debería de vender la casa, con esos realitos puede poner un negocio o regresar a Costa Rica —agregó la cincuentona y se quedó pensativa.
    Cálmate ya, allá viene tu marido —dijo la treintañera volviendo a ver a la flaca, señalándolo con los labios.

La flaca se sentó y se quedaron calladitas, mirando a la mujer con las chavalitas que se perdía en la bajada  de la comisaría y al hombre de la flaca que se acercaba. Al doblar la esquina escuché las carcajadas de los cuatro.   

Jueves, 11 de octubre de 2012

martes, 9 de octubre de 2012

LOS ALLEN DE EL BLUFF


Siempre que camino por el andén veo los cimientos de concreto que sostuvieron la casa de madera donde vivían. Los recuerdo sentados en el corredor, en la banca o en el piso, colgando sus pies sobre el alto tambo, observando en los atardeceres el movimiento de barcos en la bahía. Eran tres hermanos: Alonzo, el mayor, Richard y Guillermo, el menor. Crecimos juntos en esa parte del puerto, cerca del muelle de la aduana, a cuatro casas de distancia. Éramos amigos de infancia. Todos los chavalos les llamábamos “los negritos”. “Voy a jugar con los negritos”, decía al pedir permiso y nunca me era negado.

Jugábamos diferentes juegos, principalmente base ball de dos bases en un predio baldío al lado de su casa, cerca de la bajada al entonces muelle de las pangas. Detrás del patio de la casa había un inmenso árbol de hule, le hacían cortes con machete y recolectaban la leche que brotaba en pedazos de cartón, y cuando estaba seca cubrían una semilla de coyol hasta obtener la pelota con la que jugaríamos. No teníamos guantes, pero ellos los hacían de lona de tijeras viejas, cociéndolos con enormes agujas; también tallaban con navajas troncos de guayaba o limón para hacer los bates.

En la temporada de los barriletes, ellos hacían los mejores y más grandes, los que se perdían en las alturas y recibían telegramas dirigidos al cielo con nuestros deseos. Fabricaban barquitos de vela, réplicas exactas de veleros con madera de balsa que hacían competir en regatas de fantasía al lado de la ensenada.

Juntos íbamos a pescar, atrapábamos chacalines para usarlos como carnada entre los restos de un bote salvavidas abandonado al lado de la carretera y nos dirigíamos al muelle de los pescadores, bajando por la esquina imaginaria de Miss Lilian; al regresar, siempre cargaban un racimo de roncadores, palometas y jureles.

Construían rifles de madera con hules gruesos que estiraban sobre el cañón y, con ellos, debajo el frondoso árbol de Guanacaste, esperábamos que aparecieran las palomas y loras para cazarlas. Allí mismo, un poco más arriba, detrás del patio de la casa de mi abuela, subiendo al lado del parque, cortábamos marañones y hacíamos una fogata para asar cashew seed y comerlas.

Cuando los buscaba, siempre fui bienvenido, aunque en pocas ocasiones entré a la casa porque estaban en el corredor. Sentado en la banca, el aroma de la cocina creole de Miss Sara, la mamá de ellos, inundaba el corredor: tajadas de plátano fritas en aceite de coco, Johnny cake, rondón, guabul y ginger beer; degusté con ellos toda una exquisitez. Mister Allen, su papá, trabajaba como vigilante en el muelle de la aduana. Tenían tres hermanas, Anita, Juanita y Margarita, la menor con síndrome de Down.

En las fiestas que se organizaban entre los amigos de ese sector del puerto ellos siempre eran invitados. Después de practicar los primeros pasos de bolero en la sala de la casa de mis abuelos con Melba o Zenaida, mis primas, la primera pieza formal de baile que tuve fue con Anita; llegó a mi lado y me tomó de la mano. “Vení, bailemos, tenés rato de estar viéndome”, dijo y me movió alrededor de la sala como pluma al viento. Era mayor, delgada y alta, mi mejilla descansaba en su pecho y al ritmo de la música escuché los alegres latidos de su orgulloso corazón. De Juanita tengo pocos recuerdos, era la más seria de ellas, pero Margarita era la niña más feliz del puerto, en la loma del parque todos los días de navidad el coronel alma de niño le celebraba su cumpleaños y los chavalos, jóvenes y mayores, acudíamos invitados a su fiesta. “Margarita, está linda la mar”, le decía y sonreía moviendo su cabeza.

Viajábamos a Bluefields todos los días de semana en el mismo barco para acudir a clases, primero en el colegio San José y después en el Colón. Alonzo era un alumno ejemplar, excelente, siempre estaba en el cuadro de honor por sus notas, todas de cien. Tocaba la guitarra en el corredor y leía, siempre leía. Richard era un excelente deportista, jugamos en el mismo equipo de béisbol, "Los Diablos", igual que Guillermo.

Por las noches nos reuníamos en las gradas de la bajada al muelle de las pangas, frente a su casa. A nuestra izquierda nos acompañaba el resplandor de las luces de Bluefields y en lo alto el cielo estrellado. Conversábamos sobre deportistas famosos, de lo que cada quien quería ser cuando fuera grande, cosas de chavalos y, de vez en cuando, llegaban amigos mayores a beberse una botella de güisqui y a fumar. Cuando nos hacían ofrecimientos, ellos nunca lo aceptaron. 

Ahora, al lado de los cimientos de concreto, con una valla metálica de frente que evita el paso al muelle, trato de recordar el momento preciso en que dejé de llamarles “los negritos”. Probablemente fue cuando nos convertimos en adolescentes, tal vez un día me dijeron que no les llamara así, o quizás fue cuando falleció Mister Allen y lo vi a través de la ventana tendido en el centro de la sala sobre una tijera, todos ellos reunidos alrededor de él, llorando por la pérdida de su padre; entonces, creo, comencé a llamarlos “los Allen”.

El Bluff, 5 de Octubre de 2012.

Nota:

Después de 41 años he vuelto a encontrarme con Alonzo Allen. Me ha visitado en Nueva Guinea con su familia y les he tomado la foto de aparece en este escrito. Le dije que había escrito sobre ellos cuando vivían en El Bluff. Al leerlo se reía y comentamos esa etapa de nuestras vidas. "Gracias, gracias, por recordar esos tiempos", dijo.


martes, 2 de octubre de 2012

CHAVALO EDUCADO


Debes saludar a los mayores con las manos juntas y lavártelas antes de comer. No debes sentarte en la mesa sin camisa, mucho menos eructar. No seas atrevido, tienes que esperar que los mayores se sirvan. Con la mano izquierda se toma el cuchillo y con la derecha el tenedor, debes aprender a cortar la carne, mira, así, en trocitos. ¡Quita los codos de la mesa! Mastica bien la comida sin abrir la boca, no chupes la sopa, no hagas ruido. Cuando hayas terminado, debes pedir permiso para levantarte. Hasta que hayas aprendido te llevare a un restaurante. Ya has crecido y tienes que avisar, no puedes seguir orinándote todo el tiempo. Ve, así sácala y agarra puntería. Tenés que practicar porque estás desbaratando el colchón, pronto te darás cuenta que se usa para otras cosas. ¿Cómo cuales? Cuando crezcas te darás cuenta. Levanta el asiento del inodoro, es sólo para ellas. Primero se pone el zapato izquierdo y después el derecho, no hagas caso de esos que dicen que se levantaron con el pie izquierdo, son puras babosadas. Ya sé que te cuesta mucho amarrarte los cordones, no te desesperes, con calma vas a hacer el lazo. El pantalón debe quedarte flojo y debajo del ombligo, sólo las mujeres andan socaditas. ¿Ya te has fijado, verdad? No me digas que no, veo que los ojos te brillan cuando vienen tus primas. No les des mucha importancia, coquetean con todos, por ahora debes dedicarte a estudiar. No dejes que tus compañeros se burlen de vos por ningún motivo. Aunque sea más grande, agárrate a los vergazos y, si no podes ganarle, patéalo, garrotéalo, apedréalo, no vengas lloriqueando, los hombres no lloran. ¿Y si me echan la vaca? Córrete que después nos desquitamos con tus hermanos mayores. No le tengas miedo al agua, tenés que aprender a nadar, nadar es importante, ¡tírate!, ¡tírate ya! ¿Y los tiburones?, se corren cuando escuchan ruido, los que andan en las calles son más peligrosos. Escucho tu voz ronca, de seguro ya te estás haciendo la paja. Es bueno que te la hagas, vas en buen camino porque a ellas les encanta. ¿Hacerle la paja a uno? ¡Chavalo!, ¡no seas baboso! Tomá estos cien pesos y anda al putal. ¡Me da pena! Vení, te voy a llevar. ¿Te gustó? ¿Cómo se portó? ¡Es bien educado!

Martes, 02 de octubre de 2012

miércoles, 26 de septiembre de 2012

¡ES UNA NIÑA, UNA NIÑA!


Ella lo deseaba, siempre lo había deseado, pero una racha de nacimientos de niñas en el barrio intensificó sus deseos. Al conocer la noticia, visitaba a cada una de las mujeres, la mayoría amigas, y regresaba a la casita del barrio Palo Solo de Juigalpa donde vivíamos con el rostro iluminado. “¡Vieras qué niña tan linda!”, “preciosa, una muñequita bella”, me contaba. Teníamos tres hijos varones y desde el segundo anhelábamos una niña.

Eran tiempos difíciles, tiempos de guerra, de escasez de todo lo imaginable: pasta dental, jabón, pañales y de largas colas para obtener lo básico en el centro de abastecimiento. El salario no cubría nuestras necesidades y me aventuré como docente en el Liceo Agrícola y el Instituto Nacional de Administración Publica para solventar la situación: daba clases por la mañana, regresaba al trabajo donde tenía autorizado ausentarme y por las noches. La rutina era la misma de lunes a viernes. Entre los tres trabajos aseguraba menos de cien dólares y sobrevivíamos. No habían estrenos, pero ella se las ingeniaba: cocía mis camisas, teñía mis blue jeans, cambiaba el elástico de mis calzoncillos, la ropa de los chavalos se heredaba del mayor al menor, pero siempre les comprábamos sus zapatitos burros.

Siempre estaba pendiente de los embarazos de sus amigas. En esos tiempos no había cómo darse cuenta del sexo mediante un ultrasonido, pero recurría a secretos de las abuelas. En la salita de la casa levantaba una cadena sobre la palma de la mano de su amiga embarazada que se movía como péndulo y, según la orientación que tomaba, diagnosticaba el sexo: en dirección a la barriga, mujer y lateral a ella, varón. Los ojos de sus amigas se maravillaban según el deseo y, si no estaban convencidas, volvía a practicar el secreto. También, dependiendo de la forma de la panza les auguraba el sexo: una panza redonda albergaba una niña y una puntiaguda un niño. Nunca fallaba en sus predicciones, la mayoría se marchaban contentas.

“En ésta paridera de mujeres me voy”, dijo una noche por el entusiasmo de ver tantas niñas que nacían. Ella siempre determinó cuándo salir embarazada respetando una diferencia de cuatro a cinco años entre embarazos. Sin entrar en detalles, porque podes imaginártelo, hicimos el amor y, en el momento ansiado, algo se desprendió de mis entrañas recorriendo todo el cuerpo, un torrente eléctrico desgarrador, una mezcla de placer y dolor, un destello prendido en mi frente que nunca antes había experimentado. ¡Estás preñada!”, “¡es una niña!”, le dije con el corazón a punto de reventar. Al describirle por qué de mi certeza, sonrió y dijo “sólo sos mentiras”.

Regresé de dar clases, a eso de las diez de la noche, nueve meses después, mis padres y mi suegra estaban a la espera de otro nacimiento. Ella misma se hizo las pruebas de la cadenita, modelaba con su enorme barriga frente al espejo; siempre dudaba, pero había alistado cosas para una niña con colores neutros y hasta chapitas de oro. Corregía unos exámenes y noté el movimiento de mi suegra y de mi mamá en la casa, un ir y venir desesperado detrás de ella. “Ya es hora”, dijo mi suegra; junto a mi padre nos trasladamos al hospital Asunción donde la ingresaron a la sala de labor y parto sin dejarnos estar a su lado, sólo a mi suegra se lo permitieron. Salimos al exterior del hospital y la espera se hizo interminable. A la una de la mañana nos avisaron que todo había salido bien, pero sin decirnos si era niño o niña.

Caminé ansioso por los pasillos iluminados, mi padre iba a mi lado. Cuando salimos al de maternidad vimos en el fondo a mi suegra sosteniendo en sus brazos a una criaturita. El corazón me palpitaba intensamente, más y más cada vez que me acercaba a ella. ¡Otro varón!, dijo mi suegra cuando estábamos frente a ella. Sentí desilusión, un dolor interior convertido en resignación y me disponía a acogerlo en mis brazos cuando mi padre dijo: ¡No fuck, quitémosle el pañal! Mi suegra trató de detenernos dando dos pasos hacía atrás pero era inevitable, mi padre movió hacia un lado el pañal y gritó eufórico: ¡Es una niña, una niña!, y mi suegra sonriendo me la cedió para que la chineara. La apreté con delicadeza en mi pecho, sentí el calor de su frágil cuerpecito, vi el intento que hizo por abrir sus ojitos, acaricie sus mejillas y manitos, noté al fin las chapas en sus tiernas orejitas y respiré lleno de dicha. Cuando llegué a ella, su rostro mostraba la ternura que sentí al tener en brazos a mi hija.

Lunes, 24 de septiembre de 2012

martes, 11 de septiembre de 2012

¡BUENAS!, ¡BUENAS!

Despierto, vuelvo la mirada hacia ella, aparto la colcha suavemente y me incorporo. Con la palma de los pies busco las chinelas, las reúno, las tomo de los ganchos para alzarlas y, con la mano izquierda, levanto lentamente el manojo de llaves que descansa en la mesa de noche.

Observo el amanecer a través del color ámbar de la cortina que cubre la ventana, deposito suavemente las llaves en la bolsa del pantalón corto y, en dirección hacia la puerta de la habitación, giro hacia la derecha evitando estrellarme contra el abanico. Me detengo frente al tocador, el reflejo de la tenue claridad en el espejo es mi guía.

Oprimo las chinelas con el brazo en mi costado izquierdo, tomo el encendedor y la cajetilla de cigarros, los coloco en la bolsa derecha, doy tres pasos sobre el piso de baldosa, tomo la cerradura de la puerta, la giro con cuidado, halo la puerta evitando el crujir de las bisagras, salgo al pasillo y escucho ¡uuummm!; es ella, estirándose placenteramente en su cama.

Calzo las chinelas. En dos pasos estoy frente al lavamos y enciendo la lámpara. El agua está fría, sólo en la ducha tengo agua caliente y, luego de lavarme la cara y cepillarme los dientes, mi primer deseo es tomarme una taza de café humeante. “Otro día”, pienso luego de secarme con la toalla y verme en el espejo.

Camino hacia la sala, observo el gris amanecer a través de los ventanales, abro la puerta y salgo al corredor humedecido por la bruma. Respiro profundamente, en los árboles el canto de los pájaros anuncia el forcejeo de los rayos del sol con la neblina por aclarar el día. Hace frío, bajo las gradas, salgo al porche y camino por el andén hacia la cocina. En lo alto, la cima de la colina dormita cubierta por el manto lóbrego de la mañana.

Froto con la camiseta mis lentes empañados, saco las llaves de la bolsa y abro la puerta de acceso a la cocina. Enciendo las luces, lleno un cuarto de la cafetera con agua y la enchufo en el tomacorriente. Me acompañan el ruido del motor de la refrigeradora, los platos, los vasos, tenedores y cucharas y, sobre un estante de tres secciones, plátanos, papas, chayotes, zanahorias, yuca, quequisque, piñas, bananos y una cabeza de ajo.

Hiervo el agua, llega el momento esperando, la vierto sobre el café y se desprende el aroma que termina de despertarme. Debajo del alero de la cocina, en el salón de restaurante, me siento en una silla, doy dos sorbos de café y enciendo un cigarrillo. Me quedo pensativo viendo cómo aclara el día, el saltar alegre de los pájaros, el movimiento de las hojas provocado por el viento que fluye desde el Este, destilando gotas de agua, y escuchó el aleteo de la Tieta.

Abro la puerta posterior de la cocina. Al verme dice “¡Buenas!, ¡Buenas!”, espera su recompensa. Levanto la ventanilla de la jaula, baja hacia mi mano y, antes de atrapar la rodaja de pan con su pico, vuelve a decir agradecida “¡Buenas!, ¡Buenas!” Una hora después ella llega, entre dormida y despierta, se acomoda en la mecedora mientras le preparo su cafecito; “¡en la taza de la Virgen!”, escucho que me dice.

Regreso a la silla, bebo café, enciendo otro cigarrillo y pienso que este es un buen tema para darles los buenos días. “¿En qué estás pensando?”, me pregunta. “Ya te vas a dar cuenta”, le contestó al dirigirme a mi oficina. Escribo.

Domingo, 9 de agosto de 2012.