martes, 14 de septiembre de 2010

RELEER LA REALIDAD PARA VENCER EL MIEDO EN EL CARIBE

Asesinatos, balacera en la vía pública, robos a plena luz del día, periodistas acosados por funcionarios corruptos y elementos vinculados al narcotráfico y al narcomenudeo, proliferación de expendios de drogas que invaden las aulas de clases, son ejemplos de la ola de violencia que se vive en Bluefields. En el pasado, no muy lejano, miembros de la Policía Nacional fueron asesinados en su propio cuartel. Si la delincuencia ha atentado  contra la institución que debe darnos seguridad, ¿qué nos depara en el futuro? ¿Será que prevalecerá “la cultura del miedo” en la Región?

El pueblo está viviendo inmerso en el terror y el miedo. La seguridad ciudadana se ha perdido. El miedo es lo último que debe prevalecer ante esta situación. El miedo hace que los ciudadanos, los barrios, las comunidades, las organizaciones no gubernamentales, las instituciones del Estado y la misma cooperación internacional dejen de creer que es posible salir de la realidad en que vive el Caribe Nicaragüense: pobreza, exclusión, corrupción, explotación irracional de los recursos naturales, narcoactividad y delincuencia.

Es urgente que el Estado preste atención a la Costa, pero debe hacerlo con una perspectiva diferente, porque la realidad costeña ha cambiado en los últimos años. El Gobierno y sus instituciones, las mismas ONG´s, las universidades de la costa, la cooperación internacional junto con el pueblo costeño, sus comunidades, sus líderes comunitarios, los ciudadanos de a pie de la costa, debemos “liberarnos” en el sentido de tomar conciencia de que no tenemos limitaciones para superar esta crisis, vencer la apatía, el desinterés, la incredulidad y combatir, más ahora que antes, la ignorancia.

Para vencer el miedo que prevalece es necesario partir de la realidad cotidiana del pueblo caribeño, porque es en ella que se puede descubrir la verdadera intencionalidad de los ciudadanos. Es necesario encontrar las verdaderas aspiraciones que dan sentido al actuar y reconocer que somos sujetos activos con propuestas que muchas veces no se toman en cuenta en la definición de las políticas que promueve el Gobierno Central, el Gobierno Regional y el Consejo Regional Autónomo y que contribuyen en gran medida a la situación real no deseada que se vive en la Costa.

Es ahora que debe tener mayor sentido el proceso autonómico de la Costa Caribe Nicaragüense. Ese proceso autonómico es de la gente, de los ciudadanos. No es de los partidos políticos,  no es de los concejales regionales; es de la gente y sus comunidades. Ha llegado la hora de que sean ellos lo que redescubran su realidad y adquieran conciencia de que no están limitados para vencer la delincuencia, la pobreza, la exclusión y a la misma narcoactividad que ha desfigurado el entramado social solidario del caribeño. Es necesario sentar bases y frenar la corrupción de los funcionarios con el castigo que se merecen, igual que los delincuentes.

La reflexión sobre esa triste realidad debe darse en todos los niveles; en las iglesias, independientemente de la fe que profesan, los pastores tienen un gran reto. Las universidades del Caribe, desde el aula y en las comunidades, deben contribuir a redescubrir los verdaderos valores del caribe y releer la realidad con la activa participación  de los jóvenes que son las nuevas generaciones que regirán los destinos de la Región. Las ONG´s y la Cooperación Internacional deben abrirse cada vez más para ver esa nueva realidad desde la propia óptica de las comunidades y que su labor responda a las aspiraciones del pueblo costeño para combatir esos males que tienen mayor prioridad que un edificio o el llamado “apoyo institucional” que brindan a gobiernos regionales corruptos.  Es necesario que todos hagamos una nueva lectura de la realidad costeña.

No basta sólo con redescubrirla. Es necesario el diálogo constructivo entre los actores y sujetos sociales del Caribe para poder adquirir compromisos mutuos apegados a las aspiraciones de todos para vencer la “cultura del miedo”, construir metas y alternativas de ellas y poder así alcanzar el caribe soñado por todos. De lo contrario, la batalla se habrá perdido.



Ronald Hill A.
hillron@hotmail.com
Nueva Guinea, RAAS.
Domingo, 12 de septiembre de 2010

domingo, 12 de septiembre de 2010

REENCUENTRO CON UN BLOFEÑO

Fue una visita por invitación después de varios meses de estar en contacto por Internet. No dudé en ningún momento en aceptarla. Hoy llego, le dije, como a las seis de la tarde. El tiempo ha sido el responsable de cambiar su figura, son 53 años los que tengo, me dijo. Yo 47 pronto, contesté. Su casa es agradable; en su oficina y en la sala el ambiente es caribeño y se refleja en casi todo: los cuadros, los planos, las fotos de familia y, principalmente, en sus añoranzas y planes de futuro para el caribe nicaragüense. Su cabello está canoso y lo lleva cortado por la peineta numero tres de una máquina para ello. Desde el primer instante fuimos al grano, comenzamos a hablar sobre el Bluff y la pesca porque conoce mucho de este tema, no por ser marino, sino por haber estado vinculado con personas que contribuyeron mucho en el desarrollo del sector pesquero, tanto en el país como en el exterior.

Su imagen grabada en mi mente, desde los años de juventud, fue borrada con este encuentro. Nunca olvidaba la travesía que hacíamos entre Bluefields y El Bluff, en el barco de su padre, llamado Lesbia en honor a su hermana menor. Este era uno de los más rápidos en hacer la travesía en la bahía y todos tratábamos de estar puntual a la hora de su salida para retornar a nuestras casas. Los amigos y compañeros de clases, varones principalmente, preferíamos viajar sobre la caseta a unos dos metros de la proa para apreciar la naturaleza y disfrutar de la fresca brisa de la bahía. En uno de tantos recorridos, con la bahía calma, con sus aguas azules en la que nos acompañaban delfines y “aguas malas”, como le llamábamos a las medusas de mar, él con su novia viajaban en la popa; ella sentada sobre la caseta del barco haciendo piruetas de amor en la travesía, besos, caricias y todo lo que una pareja de enamorados, como ellos, puede hacer. Nuestra mirada era de reojo sin que sospecharan que, como todos los chavalos, estábamos atentos a su romance. Esa ha sido una de las imágenes que me quedaron grabadas. Pero existen otras no tan agradables.

Su padre fue Coronel de la Guardia Nacional, originario de Masaya y de apellido Brenes. El coronel Brenes, querido y apreciado por todos los habitantes, mestizos, negros, misquitos y extranjeros, de El Bluff. Por muchos años ocupó el cargo de jefe de la guardia y de los guardacostas. Cuando fue retirado de las filas de la guardia nacional sucedió un incidente que devino en un gran escándalo en la vida de todos. Realmente no sé a profundidad cuál fue la razón, pero tuve la oportunidad de ver a una familia entera desafiando a la mismísima guardia nacional. Desde su padre y sus hermanos, todos contra la guardia, en su misma base, aquella en que el coronel Brenes por muchos años fue el máximo jefe.

Nunca fue parte del círculo de mis amigos por la diferencia de edad. Su hermano Juan fue mas cercano por la edad y porque juntos practicábamos y participamos en la liga de béisbol amateur en Bluefields con el equipo San José, del Cristóbal Colon, y de el Bluff, los Capitanes y los Diablos. A pesar de ello nos hemos reencontrado nuevamente. El encuentro ha sido provocado por la situación caótica que se vive en la Costa Caribe, ese pedazo de tierra que nos vio nacer y crecer.

Oscar y Brenda
Todo en él gira alrededor de los problemas de la Costa. Su esposa, Brenda, es la misma que iba en aquella travesía en el barco haciendo piruetas de amor al vaivén de las olas, en aquellos años de juventud. Por deseos de hacer mucho por la costa ambos se han involucrado en la vida tormentosa de la política nacional. De ideología liberal, tienen grandes ambiciones por hacer cosas en beneficio del pueblo costeño. Su proyecto personal es construir un hotel en el puerto de El Bluff que brinde facilidades a los turistas nacionales y extranjeros aprovechando la belleza natural del lugar. Él es Oscar Brenes, conocido por todos los blofeños como “el zorro”.

Al terminar la visita me presentó a amigos de su esposa, liberales constitucionalistas de Chontales, que la esperaban. Fue el mismo día en que la Juez Juana Méndez envió a la cárcel modelo a Arnoldo Alemán.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.

jueves, 9 de septiembre de 2010

EL PARQUE REYES: NUESTRO REINO

Los grandes y centenarios árboles de caoba están con pocas ramas, sin hojas. Sus troncos quedan heridos de muerte; esparcidos a su alrededor hay hojas de zinc, pedazos de madera, ramas trituradas, un mar de escombros. El kiosco y el edificio del Colón muestran su estructura y cimientos, nada más. Un niño camina despacio en sus andenes, esquiva las ruinas, observa a su alrededor, se detiene y llora desesperado al pie del busto de José Santos Zelaya, único testigo de la mortal embestida.

No queda nada. Las inscripciones, los nombres de los novios dentro de un corazón grabado en los troncos de los árboles, las manchas en las paredes, los rótulos, las bancas, los columpios, los resbaladeros y las plantas ornamentales han desaparecido; se escaparon, volaron como prófugos en estampida incitados por el huracán.

El tiempo pasa. Los viejos árboles se recuperan y cobran vida. Las tardes de calor extremo se tornan placenteras bajo sus sombras, los niños juegan, corren y gritan de alegría. Las noches de luna llena provocan que novios y amantes apresurados lo visiten, se acurruquen, disfruten y empapen el ambiente con su romance. Otros, en una de sus esquinas, se reúnen alrededor de una guitarra y entonan canciones melancólicas de amor, anhelos, luchas y esperanzas.

Los amigos de lo ajeno, los borrachos, los drogadictos, los homosexuales y los que venden su cuerpo, patti, vigorón, pejibaye y drogas también acuden a el. Los políticos, los de antes y de hoy, han discursado y realizado actos proselitistas aprovechando su amplitud y atractivo. Eventos culturales de diversa índole han sido acogidos en él, desde desfiles, conciertos, bailes, comparsas, circos, hípicos y hasta barreras para montar toros. Las fiestas de Mayo, las de San Jerónimo, las fiestas patronales en honor a la Virgen del Rosario, el aniversario de Bluefields y la Semana de la Autonomía se celebran en ese espacio que es de todos.

Foto: Kenny Siu.
En las noches de bruma, heladas y solitarias, aparenta estar vacío. Si agudizas tus sentidos te darás cuenta que no es así. Lo recorren otros, los ausentes, los que un día lo disfrutaron como tú y yo. Regresan a nuestro reino, vuelan a su alrededor, suben a sus árboles, se mecen en sus columpios, se reencuentran y acomodan en el kiosco, en sus muros y bancas para comentar historias de vida y volver a vivirlas. Antes del amanecer lo abandonan, vuelven al sueño eterno.

Niños, jóvenes y adultos regresan y vuelve a cobrar vida. Los árboles florecen y riegan como gotas de lluvia sus semillas. La vida sigue y él estará siempre para que la disfrutemos. Lo necesitamos, es nuestro único lugar de esparcimiento y sana recreación. Hay que mimarlo, defenderlo y embellecerlo cada día. Es el parque Reyes y todos tenemos en él nuestro reino.

Ronald Hill A.

La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Miércoles, 08 de septiembre de 2010

domingo, 5 de septiembre de 2010

DE REGRESO EN BLUEFIELDS

Foto cortesía de Kenny Siu

Nos encontramos en la calle central; teníamos muchos años de no vernos y el saludo fue efusivo: nos miramos esquivos, nos reconocimos, nos dimos un apretón de manos y un abrazo fuerte. Habíamos estudiado en el Colón y jugado base ball en el mismo equipo. De entrada me invitó a tomarnos unas cervezas y acepté. Éramos cuatro, él y otros dos de sus amigos.

—Voy a estar quince días —dijo Steven. Cuando estoy en el barco, sólo pienso en regresar, me hace falta la familia, los amigos, mi gente. 

Nos acomodarnos en una mesa esquinera. Uno de sus amigos pidió cerveza para todos. Estaban bien heladas. Afuera el calor era insoportable, calor caribeño.

—Cuéntame qué haces —preguntó al mismo tiempo que se empinaba la botella. Hizo una llamada por teléfono, habló con uno de sus amigos indicándole el sitio donde nos encontrábamos. Noté el poco interés en la respuesta y dudé en contestarle.
 
—Compro mariscos en Bluefields y los vendo en Nueva Guinea —dije. Me miró sin prestar atención y volvió a llamar por teléfono. Llamaba a otro amigo con el mismo fin. Terminó la llamada y le dijo a uno de sus amigos que pidiera más cervezas. Esperé un comentario de su parte, no hubo.
 
Aparecieron cuatro personas. Uno de ellos había conversado con él en la primera llamada, los otros tres eran amigos del amigo de Steven. Los saludó de la misma manera como lo hizo conmigo y, sin terminar, pidió más cervezas. Dos de ellos eran conocidos: habíamos estudiado juntos en el San José y siempre que nos saludábamos en la calle me pedían dinero. Steven pidió la cuenta y pagó. Se hacía tarde, iban a ser las once de la mañana. Me disculpé aduciendo prisa por comprar los mariscos y al despedirme aparecieron otros seis amigos de él. El ceremonial se repitió.
 
Siempre regresamos a Bluefields por diversos motivos. La mayoría por nuestra familia, que nos espera en tiempo de vacaciones después de pasar largos meses en el barco, en el trabajo que hacemos en otro país, o simplemente por regresar para semana santa, las fiestas de mayo, los desfiles de septiembre o para Navidad. Volvemos con entusiasmo, con alegría, con ganas de reencontrarnos con la familia y amistades, con la música, el sabor de nuestra comida, el olor de nuestra ciudad, sus calles, sus esquinas, su parque, sus callejones, la brisa de su bahía.
 
El tiempo se nos hace corto y, cuando nos damos cuenta, debemos retornar, a veces sin realizar muchas de las cosas que habíamos pensado previo al viaje. Muchos, como Steven, se la pasan celebrando con sus amigos y los amigos de sus amigos; no se dan cuenta que Bluefields y su gente ha cambiado por múltiples razones. Regresemos a Bluefields con otra mirada y redescubrámoslo.
 
Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.

jueves, 2 de septiembre de 2010

LOS CONSEJEROS DE LA AUTONOMÍA

A partir de 1990 se eligen, cada cuatro años, noventa consejeros regionales en las Regiones Autónomas de la Costa Caribe de Nicaragua, en el marco de los estatutos de la Autonomía y la Ley Electoral. Estos consejeros son los hombres y mujeres que rigen, en ese lapso de tiempo, el desarrollo del proceso autonómico que se vive en la Costa Caribe de Nicaragua, junto con los diputados propietarios de las Regiones Autónomas, tres en el caso de la RAAN y dos en el caso de la RAAS.

El estatuto de la Autonomía establece que, para ser consejero, es necesario “haber nacido en la Costa Atlántica, o ser hijo de padre o madre nacidos en la Región; haber cumplido veintiún años de edad; estar en pleno goce de sus derechos civiles y políticos, así como haber residido en la respectiva Región por lo menos un año inmediato anterior a las elecciones; los nicaragüenses de otras regiones deberán haber residido en la respectiva Región Autónoma al menos cinco años consecutivos inmediatamente anteriores a la elección”.

Los aspirantes a consejeros regionales pueden ser muchos, pero les corresponde a los partidos políticos su selección y presentación ante el Consejo Supremo Electoral, quien señala el cargo de elección para el cual se les nomina. Los criterios que utilizan para seleccionar a los candidatos son, entre otros, la militancia política y el reconocimiento y liderazgo que tiene en su circunscripción, factor clave para movilizar votos a su favor. También es importante la representatividad de los diferentes grupos étnicos: misquitos, creoles, sumos, garífonos, ramas y mestizos, por lo que el primer candidato de toda lista propuesta debe ser de estos grupos en las zonas donde son mayoría.

Previo a la selección de candidatos por los partidos, se genera un proceso interesante en el actuar de los previamente identificados para optar al cargo. Estos “potenciales consejeros” hacen de todo por lograr su inclusión en la lista, principalmente con los “jefes políticos” del partido que los bendecirán para ello, porque están conscientes que deben pasar la prueba, la “sacadera de manteca”, ya que son muchos los que aspiran. Así, se tornan en militantes dóciles, pasan días y noches en la casa de su partido porque allí es donde se ultiman los detalles, se mueven las fichas como en un juego de ajedrez y están atentos a ello.

Cuando logran quedar formalmente incluidos en la lista y arranca la campaña electoral, cambian su actuar para lograr los votos que los llevará a tan codiciado cargo. Visitan a sus vecinos, su circunscripción, saludan a todos los que se encuentran en su camino, acuden al culto, no importando la religión que profesan, ninguna actividad pública se escapa de su presencia, realizan promesas de beneficios para su gente, aman a las niñas y los niños, se convierten en los nuevos redentores de su pueblo. Si pertenece a uno de los partidos Nacionales que están en la contienda, el candidato permite que los líderes, los de Managua, se roben su campaña, su fiesta, su espectáculo, su momento, tratando así de ganarse la confianza; se hacen los desapercibidos porque son visionarios y saben que lo mejor está por llegar.

Una vez que son electos, aun cuando solamente el cuarenta por ciento de los electores acuden a depositar su voto, muchos de ellos celebran con bombos y platillos, entran en un estado de gloria, saben que se encuentran cerca de las mieles del poder. Las ansias invaden sus sentidos, su mente divaga, recorre senderos políticos y económicos insospechados. Junto a otros electos de su mismo partido, cuando alcanzan casi la mayoría de escaños para hacer gobierno, buscan por diferentes medios ser los preferidos para ostentar los cargos de la junta directiva del consejo Regional y, más aún, para ser nombrado coordinador regional o gobernador, cargo compatible con el de representante del presidente de la República en su región. Cabildean, conspiran, buscan cualquier pretexto, cualquier desliz para desprestigiar a sus más cercanos competidores y se hunden en graves conflictos que marcarán su gestión.

Los que han quedado en minoría y no pueden hacer gobierno, se convierten en los carroñeros de la fiesta, coquetean con los ganadores, hacen contacto con los jefes políticos de los partidos en mayoría y, sin ningún pudor, se ofrecen como mercancía barata a cambio de ciertas prebendas porque su voto es clave para formar gobierno.

El momento culminante llega cuando el Consejo Supremo Electoral los convoca a través de los partidos para la entrega de credenciales, preside la toma de promesa de ley y posesión del cargo. En el mismo acto solemne se procede a elegir la junta directiva del Consejo Regional Autónomo y al coordinador regional. Es en este instante cuando quedan al descubierto las ambiciones, el desencanto, el carácter, el compromiso y las fisuras de los nuevos consejeros. Muchos abandonan su partido y cambian de bancada desfigurando la correlación de fuerzas y agudizándose los conflictos de poder.

Las contradicciones, los conflictos y los escándalos que se hacen públicos, no se dan por concepciones diferentes sobre la profundización del desarrollo autonómico, ni mucho menos por la definición de estrategias regionales para promover el desarrollo económico regional. Los consejeros acarrean en sus hombros y conciencias esos males desde su inicio, desde que aparecen en la lista de nominados y se olvidan de la utopía, de su función principal, de la lucha histórica del pueblo costeño por alcanzar su desarrollo. El interés que predomina es el aprovechamiento del cargo en su beneficio por encima de todo lo demás.

¿Tendremos algún día consejeros diferentes? Por supuesto que sí; cuando las nuevas conciencias, las nuevas generaciones instruidas en las universidades del Caribe, constituidas para formar los recursos humanos que demanda el proceso autonómico, se involucren para hacer una gestión innovadora en la que prevalezca la autonomía política y se elimine para siempre el predominio de los intereses partidistas nacionales sobre los regionales. Sí, cuando se haga la revolución autonómica y se deje de pensar que la revolución es la autonomía.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Miércoles, 01 de septiembre de 2010.

sábado, 28 de agosto de 2010

UN AMIGO PARA SIEMPRE

Caminamos hasta el final del andén, donde el mar abraza la ensenada. Observamos juntos los últimos rayos del sol de aquella tarde de verano. Con un gesto que aún siento en mis hombros, pasó su brazo derecho sobre mí y, con una sonrisa que guardo en mi memoria, dijo: “Tu voz ha cambiado, estás dejando de ser un niño”. El cambio llegó como un susurro en el tiempo, casi imperceptible. Se convirtió en mi amigo eterno, en el amigo de mis amigos, esos que nunca se desvanecen en el olvido. Cuando me reencuentro con ellos, su presencia vuelve a nosotros en cada conversación, como si nunca se hubiera ido.

Foto de familia tomada por Frank Feurtado Hill.

Desde mi niñez, me guio con ternura a descubrir mis raíces. Con esmero, siempre me llevó al lado de sus padres: mis abuelos, tíos y primos. Al verlo junto a ellos, notaba cómo su carácter se transformaba: era amigo de todos en la isla, querido por todos, sin distinción. En especial, con los afrodescendientes, con quienes siempre encontraba un tema para conversar, una idea para debatir, una broma para compartir. Me enseñó cómo se ganan los pesos en tierra y en el mar. Sin embargo, nunca quiso que siguiera sus pasos de marino porque, según él, era una vida dura, y el corazón no debía perderse entre olas.

Con el tiempo, nuestras vidas tomaron caminos distintos. Alcé vuelo, y él se aseguró de que mis alas fueran lo suficientemente fuertes para soportar el viaje. Siempre estuvo pendiente de la travesía y, en los momentos más oscuros, iluminó mi sendero, especialmente cuando la ruta se tornaba difícil. Yo regresaba, y de vez en cuando, él me encontraba en el recorrido para darme aliento, renovar mis fuerzas y animarme a seguir. Conoció a todos sus nietos y los disfrutó tanto como le fue posible.

De pronto, como si fuera una ironía del destino, se marchó a su isla. Regresó para comenzar de nuevo y a sus sesenta años, volvió a navegar. Durante aquellos años de euforia, cambios y nuevas esperanzas, en medio de luchas, gritos, guerras, servicio militar y sacrificios en favor de los demás, él seguía a mi lado, aunque a la distancia, a través de llamadas telefónicas. Consciente de los peligros que me rodeaban, nunca perdió su sentido del humor; se reía al saber que ganaba varios millones de córdobas al mes, aunque solo alcanzaran para la comida. A pesar de las adversidades, nunca sugirió que abandonara el país; sabía, con la certeza de quien conoce el corazón, que no lo haría.

Volvimos a estar juntos. Nos reunió en su isla para una fiesta de Navidad y fin de año. Una vez más, la familia se congregó como en los días de nuestra niñez. El momento quedó inmortalizado en las fotografías que capturamos. Se inauguraba una nueva década, mientras los zapatistas sorprendían al mundo con sus acciones y manifiesto, en una época que parecía haber perdido su frescura. Los visité años después y regresó en varias ocasiones; siempre con el mismo fervor, volvía a enamorarse del trópico húmedo.

White Bush Hill y Ofelia Alvarez

Llegó la tragedia y perdió al amor de su vida. Desde entonces, dejó de ser el mismo: no deseaba permanecer en su isla, no podía soportar la soledad, la ausencia, el recuerdo de ella, a pesar de tener a la familia de mi hermana a su lado. Anhelaba escapar lejos. Cada mes, al llegar la fecha del fallecimiento de mi madre, lloraba como un niño y me abrazaba con la misma intensidad de aquel momento en que me dijo que me estaba haciendo hombre. Su vida había perdido todo sentido, y deseaba partir para encontrarse con ella. Al marcharse, me prometió que regresaría para quedarse a vivir conmigo.

Iba a abordar la avioneta para regresar. Al pie de la escalinata, vio bajar de la aeronave a su hermano Simeón. Ambos se sorprendieron al encontrarse. Su hermano insistió en que no se marchara, que tomara el vuelo de la mañana siguiente para pasar juntos esa tarde y noche. No logró convencerlo, y antes de despedirse, como siempre en broma, le dijo: “Como no vas a estar en tu casa, esta noche dormiré con tu mujer”.

Aquí lo esperábamos. Timbró el teléfono y no podía creer lo que decía mi hermana: la avioneta se había precipitado al mar, a unas cuatro millas de la costa. No podía hablar ni moverme; solo pensaba en él intentando salir de la avioneta, nadando como todo hombre de mar. Pasaron las horas, llegó la noche y siempre me decían lo mismo: no sabemos nada, los están buscando.

Salí en su búsqueda y llegué al tercer día. Fui de inmediato donde Simeón. “Vete al hospital, allí está, lo han encontrado”, me dijo mi tía Twila. En la morgue había un gran tumulto: llantos, gritos, los medios persiguiendo la noticia, cámaras por doquier, y de pronto apareció mi tío Henry. “No lo mires, no quiero que lo recuerdes así el resto de tu vida. Ya lo he visto, está intacto, completo, es él”, me dijo. De repente, su cuerpo estaba en un ataúd y partimos al atardecer hacia su isla en un cayuco veloz. Al llegar, nos esperaban: mi hermana Indiana, su marido, mis sobrinas y centenares de sus amigos. Fuimos directo al cementerio.

Simeón y White Bush Hill

Allí, en su sepelio, a campo abierto, al caer la noche, con luces instaladas para la ocasión, el pastor habló mientras comenzaban a bajar su cuerpo junto al de mi madre, para que descansara a su lado. Mis lágrimas corrían sin cesar; no podía evitarlo, lloré como nunca antes había llorado. Había perdido a mi amigo, aquel que siempre estaba cuando más lo necesitabas, y ya no podía abrazarme ni consolarme. Dejó de hacerlo aquel viernes 28 de agosto de 1999.

Siempre está conmigo. Lo llevo en el corazón. En los momentos de angustia y temor, lo busco; nunca me abandona. Regresa a mí, siento su presencia, ilumina mi camino y me da el ánimo necesario para seguir adelante.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Viernes, 27 de agosto de 2010

jueves, 26 de agosto de 2010

LA ECONOMIA CAMPESINA Y EL PROBLEMA GENERACIONAL (RURAL ECONOMY AND THE GENERATIONAL PROBLEM)

Hace unos nueve mil años surge la agricultura como un proceso constante de prueba y error. Se hace arte y ciencia, permite el desarrollo y la evolución de las civilizaciones. Los principales sujetos que se decidan a ella se encuentran dispersos a lo largo del planeta y tienen algo en común: viven de los frutos de la tierra.

Se le ha llamado economía campesina a la práctica que realizan millones de unidades de producción familiares que a través de la misma logran el sustento de la familia, en contraposición a la llamada economía empresarial debido a la lógica de producción diferente. Para unos lo principal es alcanzar el sustento de la familia y para otros la tasa máxima de ganancia al hacer el cálculo económico entre egresos e ingresos. Por todas partes se escucha decir que la base de la producción agropecuaria en nuestro país descansa en los pequeños y medianos productores. Se nos ilustra con ejemplos en cuanto a su aporte de la producción de maíz, frijol, arroz, café, ganado de carne y producción de leche, producción de cerdos, etc. Es una realidad innegable.

Estos agricultores, los pequeños productores y medianos, tienen un espacio físico bien demarcado que muchos le llaman finca o parcela. En ese espacio de tierra, variable según las diferentes zonas del país, combinan sus activos. Entre ellos el más importante es la mano de obra, principalmente la familiar, así como la tierra, los implementos y los conocimientos prácticos adquiridos. En esa combinación, se prioriza aquello que le permita obtener los productos necesarios para satisfacer la necesidad básica más importante: la alimentación de la familia.

En el campo la media de miembros por unidad familiar es alta y popularmente se escucha decir que el campesino tiene “una chorrera de cipotes”. Entre mayor es la cantidad de miembros de la familia mayores esfuerzos debe dedicar (mayor área o diversificar los cultivos) para poder producir lo necesario para alimentarlos así como la intensificación del trabajo aplicado a los cultivos o labores. Cada vez es mayor esta tendencia debido al factor limitante del avance de la frontera agrícola en nuestro país.


Los hijos y las hijas aún siendo niños se incorporan en edad temprana al trabajo en la unidad familiar. En el campo se constituyen familias a edad temprana y es común encontrar a jóvenes en edades que oscilan entre los 17 y 20 años, ya casados y con hijos.


Dependen de la voluntad autoritaria del padre y en la inmensa mayoría de los casos no tienen remuneración por el trabajo que realizan. Deben buscar trabajo fuera de la unidad familiar y en la mayor parte de los casos emigran hacia los centros urbanos en busca de alternativas de empleo o hacia otro país. Esta situación es catastrófica debido a que los jóvenes hoy en día tienen un nivel educativo dos veces mayor que el de sus padres y rápidamente podrían incorporar nuevas tecnologías para la producción, al tener mayores habilidades y destrezas, incrementándose los niveles de producción y productividad en el agro.

El relevo generacional en la unidad de producción familiar se realiza de manera tardía porque existe la tradición en los padres de heredar hasta la muerte, lo que orgullosamente queda plasmado en el dicho popular “hasta que el chancho se muere suelta la manteca”.


En estos tiempos, el relevo generacional, sucesión o herencia de la unidad de producción se está realizando entre hombres de la tercera edad y entre adultos mayores, lo que no permite que los jóvenes puedan tener acceso a la tierra y mucho menos a emprender actividades económicas porque no son sujetos de crédito, no acceden a servicios de asistencia técnica porque no son los responsables de la parcela, etc. situación que es más agravante aún en el caso de las jóvenes.

En la mayoría de los casos, cuando el padre muere y hereda, los hijos se encuentran lejos de la finca desarrollando otras actividades, han creado diferentes redes, hábitos y costumbres y otras formas de capital social, lo que hace que al final vendan la finca a “afuerinos” con otras condiciones socioeconómicas, lo que va desfigurando el entramado social y la comunidad.


Los planes, programas y proyectos de desarrollo dirigidos al sector rural deben considerar esta realidad porque de lo contrario se seguirá perdiendo todo el esfuerzo que los jóvenes han hecho para alcanzar un nivel de educación mayor al de sus padres, el esfuerzo de la propia familia y del propio Estado. Se debe promover e incentivar el relevo generacional como un proceso gradual, de tal forma que los jóvenes, con mayor nivel educativo, contribuyan al enriquecimiento del agro y del país.


Ronald Hill
La Colina
Nueva Guinea, RAAS

lunes, 23 de agosto de 2010

CORN ISLAND Y SU FIESTA DE LIBERTAD

Un grupo de seis jóvenes afrodescendientes recolectores de coco observan en el horizonte una embarcación que se acerca cada vez más a la isla. Suben corriendo a Mount Pleasant y distinguen las insignias de la corona británica. Corren de prisa hacia los cuatro puntos cardinales anunciando el arribo de la embarcación. La nave recorre el costado oeste de la isla esquivando los arrecifes. La observan con mayor nitidez desde North End y Brig Bay. Siguen su recorrido desde la costa. Al pasar Waula Point gira hacia el oeste con decisión de tocar tierra. Ancla frente a Southwest Beach. Dos botes de remo llegan a la costa. Llaman a todos los nativos de la isla a reunirse para darles buenas nuevas.

Son más de noventa y se reúnen bajo la sombra de los cocoteros. Se presentan los extraños y Alexander McDonald, superintendente de la República de Honduras Británica, antes Belice y las Islas de la Bahía de Honduras, representante de la reina Victoria de Inglaterra en la Mosquitia y del Rey Misquito, Robert Charles Frederick, lee el edicto real que declara el fin de la esclavitud. Desde hoy son hombres y mujeres libres, dijo al finalizar la lectura el viernes 27 de Agosto de 1841.

Eufóricos, sin meditar aún sobre el significado de la libertad, se abrazan, besan, gritan de alegría, ruedan por el suelo, recuerdan con más claridad sus orígenes, sus ancestros. Se va la nave y no saben que hacer, son libres. Regresan a sus casas contentos a dar la buena nueva. Al caer la tarde se reúnen para celebrar pero como no tienen nada para ello, deciden ir al “swampo” a atrapar cangrejos y recolectar bananos para hacer sopa de cangrejos. Llega la noche y encienden una fogata. Toman la sopa y al ritmo de tambores bailan alrededor del fuego. Sacuden todo el cuerpo, caderas, torso, brazos y piernas, liberando el alma, se reencuentran con sus ancestros y juntos, se escapan, viajan en el tiempo, suben al cielo, encuentran sosiego y paz, liberándose de temores y pesares terrenales que los atormenta desde que fueron comercializados como esclavos. Amanecen extasiados, sudados y se bañan en las aguas cristalinas de la isla. Vuelen en si y descubren incrédulos que son libres. Han celebrado su libertad, la abolición de la esclavitud.

El ritual se repite cada año en Corn Island y los descendientes de los primeros liberados se preparan a lo grande. Sigue siendo el mismo pero con matices diferentes. Se elige a la reina de la isla, Miss Corn Island, entre las más bellas de los diferentes barrios, hay desfile de carrozas, competencias deportivas, juego de boliche, bailes tradicionales y la tradicional Crab Soup, sopa de cangrejos, modernizada con el paso del tiempo, la que se ofrece a los visitantes y participantes.

Esta fiesta, la fiesta de la libertad, comercializada como la fiesta del Cangrejo, es una de las más proyectadas en la Costa Caribe para incentivar y atraer el turismo, nacional e internacional. Por sus bellezas naturales, sus playas de arena blanca y aguas cristalinas en diferentes tonalidades, arrecifes de coral, la amabilidad de los cornaileños, la seguridad, las mejoras en la capacidad de alojamiento y hospedaje, la comida y la música caribeña, el ambiente de paz, los múltiples deportes acuáticos que se practican y los sitios históricos de la época esclavista hacen definitivamente que Corn Island y Little Corn Island sean unos de los mejores destinos turísticos del país.

Distante a 169 años de la abolición de la esclavitud, los retos de los habitantes de estas paradisíacas islas del Caribe, son mayores a los que se enfrentaron aquellos que escucharon el edicto real leído por Alexander McDonald declarándolos libres. Preservar la riqueza de sus mares, conservar sus arrecifes, luchar contra la narcoactividad, recuperar sus sitios históricos, luchar contra la discriminación y el racismo, dentro y fuera de su territorio, y mejorar constantemente los niveles de educación de las nuevas generaciones son algunos de ellos. La abolición de la esclavitud adquiere nuevos sentidos, nuevos retos.

Ronald Hill A.
La Colina.
Nueva Guinea, RAAS
Lunes, 23 de agosto de 2010

Fotografias cortesia de Nydia Taylor y Kenny Siu.