martes, 4 de enero de 2011

EL CANTO DE LA MONTAÑA

Sus pasos veloces no permiten que lo deje atrás en la distancia. Corre ágilmente evitando troncos, asegurando las pisadas sobre piedras lamosas en la ribera del río, sin hacer más ruido que el salpicar del agua. Carga en sus espaldas una aljaba de cuero de venado con treinta flechas. Al acercarse, su padre le indica con las manos que aminore el paso y guarde silencio. Se aproxima a paso lento. Kandler, su padre, se encuentra en un recodo del río sobre un grueso tronco. Con señas le muestra un manatí que descansa bajo la sombra de la exuberante vegetación. Con pericia y en absoluto silencio, Kandler toma el arco que lleva cruzado en su espalda y le pide una flecha de cinco pies de largo; la acomoda en la cabuya, extiende con fuerza la flecha en el arco y la clava en la cabeza del manatí. Se escucha un rugido de dolor y el chapaleteo de las aguas. Inmediatamente vuelve a tomar otra flecha y la clava en el dorso; se zambulle en el río, lo atrapa y clava repetidas veces en el cuerpo un cuchillo de madera dura, pulida con pedernal. El agua se torna roja. La cacería del día ha sido productiva, igual que la lección aprendida por Sebastian.
Con un silbido agudo, Kandler avisa al resto del grupo de cazadores para que le ayuden a sacar la presa del agua. Poco a poco salen de la espesura de la montaña cinco miembros de la tribu. Son Ulwas, cazadores perennes, en búsqueda de su sustento desde que sale el sol hasta que oscurece. Su territorio de caza es alrededor de la laguna de Bluefields. La tribu está formada por treinta hombres, setenta mujeres y niños. Cae la tarde y deben reagruparse. Caminan en fila hacia su lugar de descanso. Kandler, el jefe, va adelante seguido por el resto de cazadores, las mujeres más atrás cargan utensilios y las presas del día y, no muy lejos de ellas, marchan los niños. Sebastian camina con ellos, recién ha cumplido los doce años.
Luego de tres horas de marcha silenciosa llegan a un ceibal, sitio definido para pernoctar en la densa selva de bosque húmedo tropical. Se agrupan alrededor de los gigantescos árboles en busca de refugio. Mientras su padre, junto a otros cazadores, procede a desmembrar a los animales cazados durante el día, Sebastian busca a su madre para ayudarle con la carga. Kesha se encuentra agotada y él lo sabe. Ayuda a bajar de sus hombros y espaldas calabazas, cuchillos y cujarees fabricados con arcilla puesta al fuego por ella. En el centro del ceibal dos cazadores ayudados por otros niños proceden a hacer fuego; uno de ellos frota un palito contra una tabla en cuyo centro hay un hoyito, manteniendo constante la fricción, mientras el otro deja caer yesca en el centro, recolectada por los niños en los alrededores. Segundos después el fuego cobra vida y proceden a encender una fogata.
Kesha, junto a las otras mujeres del grupo, procede a asar la carne de las presas capturadas durante el día sin adobarlas. Cada una de ellas lleva la porción correspondiente de la familia, atravesada por pedazos de madera rolliza de fuerte consistencia y la colocan en la fogata. Los hombres se juntan poco a poco en un círculo alrededor de la fogata y beben de sus calabazas una bebida alcohólica, intoxicante, hecha de plátanos maduros rancios que las mujeres machacan en hojas de trooly o quequisque mezclados con agua. Los niños se acercan al círculo y juegan corriendo y gritando. Sebastian se considera ya un hombre y ha abandonado esos juegos; ayuda a Kesha en la labor del asado y lleva a su padre pedazos de carne en la medida que se van asando. Los hombres comen hambrientos sin más utensilios que sus fuertes manos, y bajo el efecto de la bebida cantan y gritan hasta quedar exhaustos. Comparten los productos de la caza. Cansados de las marchas y los esfuerzos de la cacería pronto duermen. Cuatro centinelas hacen turno durante la noche y mantienen la fogata ardiendo para ahuyentar a las bestias de la montaña. Sebastian se acurruca en su madre y duerme junto a ella.

II

Al despertar con los primeros rayos del sol, el cantar de las aves y el chillido de los monos y congos que se desplazan en manadas por las copas de los árboles, los hombres se preparan para iniciar nuevamente la caminata en busca de presas de caza. Kandler revisa su arco, tensa la cabuya y dedica un tiempo a fabricar flechas; en una caña recta engasta una pieza de madera dura escindida, en la que ensarta una hoja de pedernal afilado amarrado al fuste con silk grass. Sebastian, a su lado, observa con atención el arte de su padre. Kesha levanta del suelo sus utensilios y elabora vestimenta para la familia con las que cubren sus partes íntimas. Ella y otras mujeres del grupo, durante las marchas de cacería, recolectan corteza de tuno, un árbol de la misma familia del caucho y el níspero; una vez desprendida, la secan y aporrean hasta que adquiere la consistencia de tela de la que cortan pequeños pedazos que se enrollan en la cintura, dejando caer los extremos para cubrirse.
            Kandler es de mediana estatura, con cuerpo bien proporcionado, robusto y fuerte. Su pelo es lacio, negro y lo lleva largo cayendo sobre sus hombros. Kesha es hermosa, de caderas anchas y piernas robustas. Sus ojos son negros, brillantes y achinados, en forma de almendra. La piel de ambos es cobriza. Kesha toma hollín de la fogata y de un bolso achiote, se acerca a Kandler y pinta su cutis de rojo y negro, mientras él la pinta toda de negro. Todas las mañanas antes de partir se repite esta ceremonia entre las parejas de la tribu.
            El sukia de la tribu se prepara a hacer su ritual. Toda la tribu presta atención en silencio. Clava una vara gruesa en el suelo, la atrapa en el centro con sus manos, gira alrededor de ella y al concluir vuelve a girar en dirección contraria. Después de cada giro suelta la vara, extiende sus manos hacia arriba en dirección a las copas de los árboles y pide gritando a los espíritus de la montaña que le indiquen el rumbo que debe seguir la tribu para lograr una buena caza.
            Durante el ritual se escuchan lamentos de dolor, dolor de parto. Una de las mujeres del grupo va a parir. El resto de mujeres corre hacia ella. Se sienta en el suelo. El compañero de la parturienta corta una vara gruesa y se la entrega a dos mujeres que la sostienen a lo largo sobre sus hombros. La mujer se levanta del suelo y se cuelga con fuerzas de la vara iniciando así su labor de parto, un parto natural y sin dolor. El resto de la tribu, hombres y mujeres, se sientan alrededor en espera del nacimiento. Nace una bella niña. Inmediatamente todos se levantan y caminan hacia la ribera del río más cercano. La recién parida entra al río a nadar por un largo rato mientras las otras mujeres lavan a la niña. Al concluir su lavatorio, la madre se une al resto del grupo y amarra a la bebé en su cadera, cargándola así hasta que logre caminar.
            Cuando la madre le entrega la criatura al padre para cargarla en sus brazos por primera vez, este tiene listas un par de tablillas que aplica contra el cráneo, sujetadas con fuerza mediante cuerdas de henequén que va acercando en la medida que la frente se aplasta. Este proceso de deformación culmina cuando comienzan a caminar, quedando la parte superior de la cabeza aplastada. Por ello, sus peores enemigos, los misquitos les llaman “laltantas” y los españoles “chatos”.
            Debido a que el sukia no concluyó exitosamente su acto ceremonial, Kandler inicia la marcha de la tribu tomando la delantera y husmea el aire a su alrededor en busca de indicios que le indiquen la dirección donde se encuentran los animales para obtener una buena caza. Mal augurio, piensa el sukia.

III

Al presentir el lugar de caza, el grupo camina siempre en fila sin cruzar palabras, sin hacer el menor ruido, ya que el éxito de la misma exige silencio y mucha atención ante los diferentes sonidos de la selva. Kandler encabeza la marcha; busca rastros y huellas para perseguir a la posible presa. Atrás, distantes a unos doscientos metros, tres cazadores enseñan a los jóvenes del grupo, entre ellos Sebastian, el uso del arco, principal diversión con la que ejercitan el uso de sus armas. Usan arcos pequeños con flechas ligeras que disparan a aves del tamaño de un ganso llamadas “quams” y “curassoes”, son de la misma especie, pero de sexo y color diferentes. En el bosque abundan las aves pero estas son las preferidas de la tribu por el exquisito sabor de su carne. Si logran derribar una de estas se les permite comerlas como premio a sus destrezas y avances en el arte de la caza.
            Kandler no presta atención a estas prácticas, busca a su paso indicios de animales. Se desespera cuando siente más fuertes los rayos del sol bajo la espesa montaña. Continúa caminando y buscando. De pronto detiene la marcha. Se arrodilla a inspeccionar una huella, es de un venado y por el tamaño deduce que es de un macho adulto. Mira a su alrededor y descubre otras menos profundas. Con un silbido avisa al resto de cazadores y las muestra. Les indica que se separen en tres grupos; dos a los extremos y él al centro. Las mujeres y los niños marchan detrás de Kandler. Cuando el sol se encuentra en el cenit, Kandler observa a unos cuarenta metros de distancia al macho de largos cuernos en forma de racimos y una hembra con dos crías. Acomoda con maestría una flecha de tres pies en el arco y dispara con fuerza. La flecha vuela abriendo brecha entre el viento y el silencio del bosque. Se clava en el cuello de macho emitiendo un bramido de dolor, corriendo veloz y desesperadamente junto a la hembra y las crías sin detenerse. Kandler avisa al resto de grupo que corre hacia él, se reencuentran y luego siguen a la manada tratando de rodearla. En su huída los venados se lanzan al río buscando como fugarse nadando. Al llegar a la ribera, Kandler y seis cazadores se zambullen en las limpias aguas. Son excelentes nadadores, alcanzan a los venados, se enderezan y lanzan sus flechas como si estuvieran en tierra firme. La caza ha sido exitosa. Agotados por el esfuerzo, son ayudados por cuatro cazadores que se meten al río para ayudarles a sacar a los venados.
            Se encuentran en esa tarea cuando, de pronto, escuchan un fuerte grito, un grito de alerta por parte el sukia. Ha visto a lo lejos cinco largas canoas que se dirigen a esa parte del río. Son misquitos, sus enemigos que viven en el litoral y hacen incursiones en la selva. Son más de treinta y van armados con armas de fuego. La tribu los conoce muy bien. Apresuradamente toman sus presas y desaparecen en la espesura de la selva. En ocasiones anteriores habían atrapado a veinte miembros de otro grupo de los Ulwas, luego de entablar un combate desigual por la superioridad en número y armas de guerra. Por eso huyen, les temen y no los enfrentan. Cuando atrapan a los Ulwas los venden como esclavos a comerciantes jamaiquinos que llegan a Bluefields.
            El grupo se adentra silencioso y velozmente en la inmensidad del bosque. Se dirigen hacia el territorio cercano de otro grupo de su misma tribu con el fin de darles la alarma. Kandler nunca incursiona en territorios ocupados por otros, solamente en casos de urgencias. El territorio de caza está definido por las normas de los Ulwas y lo recorren cazando de manera rotativa, según el tamaño de los grupos, evitando la sobreexplotación.

IV

Al caer la noche incursionan en el territorio de Masker. Su grupo está formado por quince cazadores, treinta mujeres y cincuenta niños. Es un grupo joven y debido a ello su área de caza no incluye los ríos y sus riquezas; cazan solamente en la selva. Kandler lanza gritos al aire indicando que ha entrado a territorio ajeno. Cuando la luna destella su brillo bajo la copa de los árboles, el grupo de Masker los rodea creando un cerco a su alrededor. Ambos jefes se acercan, golpean sus pechos con los codos y juntan sus cabezas en señal de saludo y bienvenida. El resto de los miembros de ambos grupos están atentos y luego del saludo de sus jefes gritan de alegría.
            Caminan juntos hacia el refugio de Masker, cada grupo en fila detrás de sus jefes. Al llegar hacen la fogata. Ambos jefes y sus principales cazadores, junto a los sukias, se agrupan en círculo alrededor del fuego. Las mujeres hacen el asado y atienden a los suyos. Comparten sus comidas en hermandad. El grupo de Masker brinda carne de wari y conejos, mientras el de Kandler aporta carne de venado y tortuga. La montaña está de fiesta, beben de sus calabazas pasándolas de manos en manos mientras los niños corren felices alrededor del fuego cantando. Conversan sobre las incursiones de los misquitos, la cantidad de cazadores que han atrapado y definen estrategias para evitarlos conjuntamente.
Kesha comparte con Yanina, la mujer de Masker. Le presenta a Sebastian y Yanina presenta a Kamira, su hija. Ambos son de la misma edad, jóvenes que pronto deberán tener pareja. Sebastian la observa con brillo en sus ojos, es hermosa, lleva el pelo lacio hasta la cintura y los pezones florecen en sus pechos. Kamira se muestra tímida y Sebastian torpe. Ambas los toman de la mano y se dirigen a la fogata. Se acercan con ellos agarrados de la mano frente a Kandler y Masker. Es un indicio de compromiso. Los dos jefes se levantan, cada cual mira a su mujer, vuelven a ver a sus hijos y ríen a carcajadas dándose golpes en los pechos. Lo festejan y brincan de alegría porque sus tribus se unirán adquiriendo mayor fuerza y dominio de territorio. Acuerdan que Sebastian debe estar preparado en las próximas veinticuatro lunas llenas para participar en el Asang – Lauwana juntos a otros jóvenes para ganarse el derecho a Karima y convertirse en guerrero. Embriagados y felices duermen junto al calor de la fogata.

V   

El adiestramiento intenso de Sebastian es el foco de atención de Kandler. Se apoya de sus mejores cazadores y está pendiente de la caza para el sustento del grupo. Su hijo debe estar preparado para convertirse en un verdadero guerrero y resistir la prueba ganándose en ella a Kamira como mujer. La esperanza del grupo descansa en él.
            Cada día, al amanecer, Kandler, luego de asignar a los cazadores la ruta de caza definida por el sukia, inicia el entrenamiento de Sebastian. Las primeras doce lunas llenas le enseña con firmeza a nadar, pescar y cazar.
            Sebastian se sumerge en los ríos y nada de una ribera a otra con velocidad de pez, hasta que su padre le indica que ha concluido. Al ver iguanas nadadoras y tortugas, bucea hasta que emerge con ellas en sus manos. Poco a poco va adquiriendo la resistencia deseada. En la caza ya no dispara flechas a aves, ahora su padre y los cazadores le enseñan a construir arcos y flechas de diversos tamaños según la presa. Al encontrar rastros de presas grandes como wari, danto, puma y venados es el primero en perseguirlos y disparar hacia ellos. En el caso del wari, los cazadores rodean la manada y Sebastian debe clavar sus flechas en el macho dominante para disminuir su furia y reducir las feroces embestidas. Al clavar sus flechas en el puma, por lo general este sube rugiendo a los árboles y Sebastian debe subir al árbol más próximo para derribarlo con dos disparos seguidos. Todas las presas grandes, además de cazadas deben ser cargadas en sus hombros durante las marchas hasta el refugio nocturno. Sus espaldas, piernas y hombros se tornan cada vez más musculosos adquiriendo la fuerza deseada. La pesca consiste en clavar flechas pequeñas en variedad de peces a un ritmo y velocidad de segundos, con lo cual adquiere agudeza en reflejos, mirada calculadora y agilidad en sus manos.
            La siguiente etapa del adiestramiento no es menos importante. Sebastian debe subir altos árboles en busca nidos de aves que contienen huevos; correr detrás de conejos y guardatinajas para atraparlos antes de que se refugien en sus hoyos. En esas largas y veloces corridas Sebastian debe soportar, sin mostrar indicios de dolor, espinas que se clavas en las plantas de sus pies así como golpes que recibe de troncos y piedras. Con el paso de las lunas llenas se ha convertido en un joven fuerte, veloz, con sus sentidos en estado permanente de alerta ante cualquier sonido y movimiento del bosque.
            En las noches acompaña a su padre y los cazadores alrededor de la fogata, escucha sus historias y anécdotas. Kandler no le permite ingerir la bebida que despierta el espíritu, aún no se ha ganado ese privilegio. Kesha lo continúa acurrucando en su rezago y sana sus heridas con el apoyo del sukia, quien posee las habilidades heredadas de sus ancestros para ello. Cuando un cazador es picado por una serpiente, hace fuego y recolecta hierbas convirtiéndolas en pequeñas pelotas, las calienta para luego exponerlas alrededor de la mordida y todo el cuerpo, mientras canta con un susurro de lamento. Frota y frota susurrando el lamento hasta que la inflamación disminuye y la herida es sanada.

VI

Con la última luna llena, Sebastian está listo para participar en el Asang – Lauwana, la sobrevivencia del más fuerte. Kandler y Kesha le explican en qué consiste la prueba y le dan ánimos para que resista. Sebastian escucha atentamente y asegura que no defraudará a su tribu, que desea ganarse a Kamira, convertirse en un cazador guerrero y poder unir a ambos grupos para asegurar su sobrevivencia.
Marchan como siempre hacia un lugar secreto de la montaña, previo acuerdo entre los cuatro grupos que participarán. Cuando Kandler llega, Masker ya se encuentra en el sitio con su grupo. Esperan a otros dos grupos que participaran en el evento. Al reunirse, los jefes definen el número de participantes. Mientras ellos están reunidos, el resto de los hombres abren un claro en la espesa selva de forma rectangular; lo limpian, dejándolo sin piedras ni troncos, midiéndolo en pasos largos con una dimensión aproximada de una hectárea. Otros construyen chozas con techo de paja a los lados del claro abierto en la que los jefes pernoctarán los tres días que durará el evento. Al concluir hacen una inmensa fogata y celebran hasta embriagarse. Sebastian se acerca a Kamira y la observa más hermosa, más mujer, mientras ella lo observa más musculoso y escucha su voz más ronca. Sebastian promete pasar todas las pruebas y ella le corresponde diciéndole que ha soñado con ese momento.
Al amanecer, luego de los rituales acostumbrados, los diferentes grupos se acercan a los lados del rectángulo. Nadie puede entrar en él, solamente los competidores que entran de dos en dos. En su primera contienda Sebastian se muestra animado, seguro. La competencia consiste en mostrar las destrezas con el arco y la flecha. En el centro, un cazador lleva una jaula de madera con aves. Suelta la primera, emprende vuelo y Sebastian dispara velozmente derribándola. Se escucha un rugido, como un canto de la montaña, por los gritos de los miembros de los diferentes grupos. La contienda finaliza con seis vencedores y dos que han fallado no continuarán en el evento.
Al siguiente día la competencia consiste en mostrar la velocidad de los participantes. De igual forma, un cazador entra con una jaula que contiene conejos y se dirige a uno de los extremos. Atrapa uno. Los competidores están atentos. Lo suelta y sale corriendo. Sebastian corre velozmente detrás del animal que se desplaza despavorido por los gritos. Su contrincante avanza a su ritmo, Sebastian lo observa de reojo pero se concentra en los movimientos del conejo tratando de adivinar su desplazamiento, sabe a la perfección que luego de correr en línea recta hará un giro a la izquierda, calcula el tiempo y repentinamente, al hacer el giro, lo atrapa por las patas traseras al tirarse de cabeza al suelo. La montaña vuelve a cantar. Al concluir el día, cuatro pasan a la última prueba.
Al despertar, Sebastian se muestra nervioso. Kandler le da ánimos, le dice que todos sus ancestros han concluido victoriosos, que debe soportar hasta el final la última prueba, al grado extremo de morir en ella pero nunca rendirse. Sebastian mira a Karima y esta levanta la mano en señal de buenos deseos. Kesha lo abraza y besa su frente.
Los cuatro jefes entran primero al rectángulo. Luego entran los competidores, uno de cada grupo. El sukia mayor, el más viejo, entra después. Todos sin excepción guardan absoluto silencio afuera. Cada jefe toma de la mano a su aspirante, este al siguiente jefe y así hasta formar un círculo alrededor del sukia mayor, quien toma en sus manos sangre de una calabaza y mancha con ella los pechos y espaldas de los competidores. Al concluir, los jefes gritan al cielo y la multitud también. Todos abandonan el sitio, solamente queda Sebastian y su contrincante. La prueba es de resistencia a los golpes y al dolor.
Sebastian avanza al centro, se agacha apoyando sus manos sobre las rodillas, exponiendo su espalda y grita “yañ al yañ” (“yo soy hombre”), mientras el otro responde “añ bik al yañ” (“yo también”) y comienza a golpear la espalda con sus nudillos, con toda la fuerza que emana de su cuerpo. Sebastian comienza a tambalearse poniendo sus manos en el suelo, pero resiste gritando “yañ al yañ” y vuelve a su posición inicial. Su contrincante continúa golpeándolo y gritando. En esos momentos de intenso dolor su mente vaga por el bosque, se siente un puma, un danto, un cocodrilo, un ave y piensa en Kandler, en su pueblo, en Karima. Al agotarse su contrincante de dar tantos golpes, la espalda de Sebastian está enrojecida y emana sangre. Se levanta adolorido, buscar la mirada de su padre, no la encuentra, solamente la de Karima quien le sonríe. Su adversario adopta ahora la posición para recibir los golpes de Sebastian. El puma que lleva dentro da zarpazos, en danto pisotea, el cocodrilo se mueve veloz y el ave grita “yañ al yañ”, mientras el otro responde “añ bik al yañ”. Su mente se nubla, su fuerza se incrementa y en uno de sus golpes quiebra el omoplato izquierdo del oponente, desprendiéndosele la clavícula y el húmero emanando sangre. El oponente cae derrotado, no vuelve a gritar. Sebastian lo ha vencido. Adolorido en su espalda y puños levanta los brazos en señal de victoria. La montaña emite su canto de alegría. Busca a su padre, lo observa levantando su arco en señal de victoria y regocijo.
Luego los siguientes oponentes entablan su prueba. Kesha y el sukia atienden a Sebastian. Su estado no es grave, solamente tiene moretones en su espalda y dolor. El sukia aplica en ella brebajes de yerbas para aliviarlo. Luego que los otros luchadores concluyen, es llevado al centro del rectángulo. El Asang – Lauwana tiene dos ganadores. La prueba ha concluido. Kandler se acerca, toma su arco y aljaba y se la entrega a Sebastian. Masker se dirige al centro con Kamira tomada de la mano. Llega hasta Sebastian y se la entrega juntando sus manos. Kamira toma hollín y achiote que lleva en un bolso y le pinta la cara de rojo y negro mientras que Sebastian pinta la de ella de negro. La ceremonia significa que desde ese momento son pareja para siempre. Todos gritan, brincan de alegría y la montaña festeja.


VII

La marcha la encabeza Sebastian. El grupo esta formado por cien cazadores, ciento cincuenta mujeres e igual numero de niños. Dominan un territorio que se expande desde la laguna de Bluefields hasta Wawashang. Viven a la defensiva evitando el combate contra los misquitos que portan armas de guerra. Los restos de Kandler, Masker, Kesha y Yanira descansan en paz, sus espíritus los acompañan en sus largas marchas de caza.
Sebastian es un fuerte guerrero y hábil cazador. Su pelo lacio hasta los hombros muestra canas. Sus hijos, el mayor de ellos, lo acompaña en la marcha. Se llama como su abuelo, Kandler. Kamira le ha dado otros dos hijos, una bella joven y un varón que tiene doce años. Sus ritos y costumbres son los mismos. Los peligros son mayores y se mantienen en estado permanente de alerta ante cualquier susurro del viento.
Con el paso del tiempo han abandonado la costumbre de poner tablillas en la cabeza de los recién nacidos para evitar ser reconocidos por sus enemigos. A pesar de ello, el acoso es permanente y deciden realizar como siempre el último Asang – Lauwana para que los vencedores formen nuevos grupos, grupos menores para su sobrevivencia.
Siglos después, luego de la cacería insistente por parte de los misquitos para esclavizarlos, los Ulwas tuvieron que emigrar hacia otros territorios. En la actualidad se les considera parte de los Sumos y un grupo pequeño de ellos vive en Karawala, una comunidad de mil setecientos habitantes que hablan el Ulwa y recrean sus tradiciones. Uno de sus habitantes más viejo, llamado Kandler, sueña que un día su idioma Ulwa sea la principal herramienta de educación de los niños en la escuela de la comunidad para que vuelvan a cantar en la montaña como sus ancestros.



Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
31 de diciembre de 2010

viernes, 31 de diciembre de 2010

¡FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO!



Sencillo decirlo, pero esas palabras contienen un gran significado para nosotros, seres de carne y hueso. Por la felicidad luchamos siempre, todos y todas queremos ser felices y que nuestra existencia sea prospera. La búsqueda es incesante.

Somos felices de distintas maneras. Es un estado que muchas veces no logramos describirlo porque se manifiesta de formas diversas. Encontrar el amor que hemos buscado, la pareja ideal nos hace felices, más cuando nuestros sentimientos son correspondidos y nos vemos en esa persona tal como somos, la amamos, nos ama; la deseamos, nos desea. El amor es parte importante de la felicidad, si no tenemos amor no podemos decir que somos felices. Muchos han perdido el amor del ser amado, lo buscan sin cesar y pocas veces lo vuelven a encontrar tal como lo vivieron con anterioridad.

Para otros la felicidad se obtiene con satisfactores materiales tales como tener el auto soñado, la computadora de última generación, la vestimenta de moda, el teléfono inteligente, en fin, el consumo masivo de productos que el mercado se encarga que nuestros sentidos los deseen a tal grado que nos volvemos consumistas. Ese tipo de felicidad no es duradera porque el mismo mercado se encarga de terminar con ella al ofrecernos en segundos algo diferente, algo nuevo, algo mejor, y caemos en sus trampas.

La prosperidad está íntimamente relacionada con la felicidad. Ver crecer sanos y fuertes a nuestros hijos e hijas, formar un hogar en nuestra casa propia, tener un trabajo digno bien remunerado, subir en la escala de valores dentro de la empresa u organización a la que pertenecemos, ver crecer nuestra empresa y negocios, cumplir nuestras metas y objetivos sean cual sean, son aspectos que valoramos como signos de prosperidad.

Todo lo anterior es válido, son parte de las aspiraciones del ser humano.

Mis deseos, los deseos de Sueños del Caribe, para ustedes son que tengan una feliz navidad y un próspero año nuevo.

Feliz para que seamos felices, para que tengamos amor que llene totalmente nuestros sentidos y crezca en un nivel superior, pasando del individual al colectivo. Prosperidad para sentirnos orgullosos de nosotros mismos, del esfuerzo materializado en nuestras metas, pero que ello se convierta también en compartir con otros, con aquellos que no lo han logrado por las circunstancias adversas que cada vez son mayores en este mundo consumista, depredador y excluyente.

¡FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO!

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Viernes, 31 de diciembre de 2010

jueves, 30 de diciembre de 2010

CARIBE AMALINCHADO, ESCUCHA

¡Apátridas!, ¡amalinchados!
Su pueblo sufre y se desgarra sin encontrar la luz del sendero
Vomitan odio por sus fauces
Sus etnias los necesitan con premura y son ignoradas
Se alimentan de comida rápida, igual que sus palabras
Su tiempo es vivido a la inversa, contra reloj.

En sus venas la sangre caribe se va secando
Su pueblo la revitaliza en diferentes mezclas
Escuchan a Mozart en habitaciones de ambientes controlados
Palo de Mayo, Tululu, calipso y reggae hacen vibrar a su pueblo bajo el sol y la lluvia.

¡Diálisis para ellos!
Regresen su sangre, no la merecen
Aguas de las putrefactas cloacas
Por sus venas deben circular.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Jueves, 30 de Diciembre de 2010

miércoles, 29 de diciembre de 2010

¿POR QUÉ ESCRIBES?

Muchas veces lo han preguntado. Siempre contesto lo mismo y ahora lo comparto con ustedes.

Escribo para mis amigos. Un día, uno de esos amigos de juventud que se han ido lejos, como arrastrado por un fuerte viento del mes de noviembre, pidió que le contara sobre la situación de mi pueblo, mi querido puerto de El Bluff. Solitario en la habitación de un hotel comencé a escribir y surgió sin esperarlo, fluyendo en imágenes y escenas, un relato con pintura reflejando mis añoranzas, penas y deseos sobre el puerto. Terminó solo, sin apurarlo, sin esperarlo. Se lo envíe y recibí felicitaciones de su parte. Lo volví a vivir, dijo. Un día se lo di a leer a una española compañera de trabajo en Ayuda en Acción y, sin hacer más comentarios, a los días me dijo: “vamos a Kukra Hill a una reunión de trabajo, nos encontramos en la Curva y luego nos vamos a El Bluff”. Caminamos juntos por las calles de El Bluff, le mostré mi puerto, su gente y cada sitio se lo describía como en el escrito, un antes y un después. Luego me envió un correo diciendo que había leído nuevamente y que ahora comprendía perfectamente la situación de mi puerto, dándome ánimos para que siguiera escribiendo. Por eso digo siempre que escribo por y para mis amigos y amigas. La fuente de mis escritos es la vida vivida.

Escribo porque al hacerlo me siento libre. Sí, por eso. Al escribir vivo en un mundo diferente. Me escapo de la realidad. Viajo a diferentes lugares, encuentro gente distinta, a veces buena y a veces mala, gente con sueños lindos, con penas, con odio, con pasión, amor, rencor; gente común y corriente como en la vida real, pero con la diferencia de que a ellos los puedo moldear a mi manera, los puedo convertir en personas felices, en desgraciados, en villanos y héroes. La vida real no me permite hacer eso. Si pudiera hacerlo no escribiría. Mi mujer a veces se enoja y dice “vivís como en la luna” y me rió de sus ocurrencias, pero al concluir un escrito ella es la primera crítica y, si ella no está, se lo leo en voz alta a la muchacha que nos ayuda en la casa, después de decirle deja de hacer lo que estas haciendo y siéntate, escucha y dime si a tus oídos les gusta lo que escuchas. Ambas son críticas, dicen si les gusta o no. La imaginación es mi aliada y casi siempre está de mi lado, nunca me abandona porque la lectura insaciable la atrapa, no la deja escapar.

Escribo porque me gusta. Porque escribir se ha convertido en un hábito. Cuando terminé mis estudios de primaria, al graduarme de sexto grado, mi padre me regaló una máquina de escribir portátil, una de esas pequeñas, mecánica. Por muchos años estuvo a mi lado, pero fue en la universidad que descubrí su utilidad. Luego del triunfo de la revolución, la universidad se convirtió en un caos con los planes de estudios y me encontré con que en un semestre debía llevar doce clases, después que las vacaciones se convirtieron para la eternidad. Iba a clases por la mañana, por la tarde y por la noche. Una resma de papel la dividía en tres partes, dándolas a empastar y me llevaba una de ellas para anotar consecutivamente las clases. Al regresar de cada turno pasaba las clases a máquina con copia en papel carbón y archivaba cada asignatura en un ampo. Si debía investigar me iba a la biblioteca y tomaba apuntes para luego pasarlos en limpio por la máquina de escribir, archivándolo en la asignatura y ampo correspondiente. A la hora de los exámenes me iba a los ampos y les daba una leída. Con la participación en las clases, los apuntes, la ampliación de ellos en la biblioteca y la escritura a máquina de los mismos ya había estudiado. Mis compañeros y compañeras de clases, al darse cuenta del motivo de mis altas notas, corrían siempre tras los apuntes pasados por la máquina de escribir para fotocopiarlos y, cuando eso no les bastaba, llegaban a mi casa a que les explicara, a que les diera la clase en una pizarra que habíamos habilitado en el fondo de la casa, bajo unos árboles de almendro; de esa manera seguía estudiando y escribiendo.

Durante muchos años me convertí en escritor de escritorio. El trabajo me absorbía y fui uno de esos escritores de estrategias, de planes, de programas, proyectos, de informes de seguimiento, de evaluaciones, de rendiciones de cuentas. Lo hacía como siempre, pegado en la realidad, con la terminología exquisita que se usa en los organismos internacionales de cooperación, a tal grado que muchas veces ya no era necesario que los “jefes” lo leyeran porque sabían que todo ello era perfecto, dibujado, pintado y convencedor, con completud, sin faltar ningún detalle.

Escribo todos los días. Muchos piensan que es de un tirón, pero no es así. Surge la idea, escribo un párrafo, lo dejo reposar, lo abandono, regreso a él, continúo, salgo, hago otras cosas, pero un angelito anda en la cabeza dando vueltas y vueltas hasta que termino de escribir. En ese momento sucede algo extraño, me da una sensación mezclada de alegría y tristeza. Alegría porque veo materializado el esfuerzo y tristeza porque no deseaba terminarlo.

Escribo porque quiero cambiar la realidad. ¿Qué razón tendría el hecho de escribir si no se aspira cambiar algo? Antes fue la juventud, después el compromiso por una Nicaragua mejor, luego trabajar junto a los pobres y excluidos por la construcción de un mundo justo en la era de la globalización. Ahora, mi nueva trinchera es escribir. Material acumulado hay a montón. La opinión pública fue el inicio y sigue siendo principalmente sobre la situación de mi amado Caribe Nicaragüense. Los diarios han publicado mis escritos, pero no publican todo, lo hacen según sus intereses. Ahora publicó por mi cuenta. Soy un escritor sin paga, libre, sin ataduras que me ahoguen. Trato de despojarme del yo en el homenaje al usted para llamar su atención y que su mente, sus sentidos, emociones y deseos se conviertan en mis aliados. Y lo seguiré haciendo porque creo que lo mejor esta por venir.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Jueves, 23 de diciembre de 2010

lunes, 27 de diciembre de 2010

EL DUQUI Y LOS JUEGOS DE AZAR EN BLUEFIELDS

Es parte de la ciudad. Ha transitado de generación en generación. Es un juego de azar. Primero llamado “chance” y luego “duqui”. Según Hugo Sujo Wilson, en su libro Historia Oral de Bluefields, “los chinos fueron los primeros en introducir a Bluefields la minilotería conocida hoy como “duqui”; pero no dependían de la lotería nacional o cosa parecida, sino que tenían su propio equipo casero”. Una de las primeras vendedoras de “duqui” fue Marta Hamilton, quien se dedicó a ello desde 1950. Otro que se menciona es Milton Cash. Su auge comenzó en los barrios creoles de Beholden y Old Bank.

Cupones de la lotería local de Bluefields
Su característica principal era escoger un número y anotarse en el cuaderno de la vendedora de la suerte, la creadora de ilusiones. Hoy en día son escasos los cuadernos y para jugar debes comprar un ticket o cupón que casi un centenar de vendedores, la mayoría mujeres, ofertan en las calles de Bluefields.

Este juego de azar está presente en todo el Caribe. Se juega en Belize, las islas de la Bahía en Honduras, el Caribe Nicaragüense, Puerto Limón en Costa Rica y Panamá. En Bluefields se juega tres días a la semana: martes, viernes y domingo. El precio del ticket o cupón varía en precio según el premio; los hay de diez, veinte y cincuenta córdobas. La dueña o “cuponera” tiene un promedio de quince a veinte vendedoras. En la RAAS existe un total de treinta “cuponeras”, de las cuales dos son de Kukra Hill, tres de Laguna de Perlas y quince de Bluefields. Se vende un promedio de treinta mil números en los días de juego.

La “cuponera” es la responsable de pagar el premio que se rifa. Hace mucho tiempo, la rifa se corría con la lotería de Panamá y los jugadores, igual que las vendedoras, escuchaban la radio, pendientes del número ganador. En la actualidad, se juega con la lotería de Costa Rica y están atentos de la televisión tica o a la radio Monumental. En cierto momento apareció una rifa de la Lotería Nacional llamada la Costeñita, pero no duró mucho; algunos dicen que no se juega con la lotería Nacional por desconfianza.

Vendedoras y cuponeras de Bluefields
Como todo juego de azar, el “duqui” es un negocio. Un negocio que atrapa a casi treinta mil jugadores, la mayoría de Bluefields. De igual manera, es un medio, una forma de ganarse la vida por parte de las vendedoras ante la ausencia del empleo productivo. Por la venta de un cupón de cincuenta córdobas, cuyo premio es de mil doscientos dólares, la “cuponera” le entrega a la vendedora el treinta por ciento del valor, es decir quince córdobas. Así, si logra vender cien números, gana mil quinientos córdobas y lo hace tres días a la semana. Muchas de las vendedoras tienen a sus asiduos jugadores que al ganar le entregan una parte del premio en agradecimiento por darle la suerte.

Para muchos, el juego del “duqui” o “cupón” está íntimamente relacionado con la superstición. El profesor Hugo Sujo Wilson señala: “para jugar la pequeña lotería local conocida como “duqui”, cada accidente, cada evento, cada ocasión especial y cada sueño, simbolizan el número ganador. Así que la mayoría de la gente compra sus números de acuerdo con esas creencias”. Los sueños son su fuente de inspiración y los creoles son los más supersticiosos. La compra de determinado número, el número escogido, es el resultado de la interpretación de los sueños, donde miles concurren al libro mediante el que se interpretan. Si se sueña con un color, con una situación determinada, si se tienen pesadillas; cada aspecto corresponde a determinado número. Por ejemplo: si se sueña que estas borracho, el número de la suerte es el catorce; si sueñas con dinero es el treinta y dos; con un muerto es el cuarenta y siete; con un ladrón es el setenta y nueve y con la iglesia es el ochenta y cuatro. Imagínense cuantas personas soñamos. Si todos vamos a comprar el número ganador según la interpretación del sueño, todos nos sacaríamos el premio. ¿Fácil no?, pero la situación es otra.

La realidad es que todos o casi todos juegan en Bluefields. Es una pasión que llevamos en la sangre. Nadie escapa de la tentación de jugar y ganar. En Bluefields alguien decía: “aquí todos juegan, hasta los pastores de las iglesias lo hacen, aún cuando a sus fieles se lo prohíben”. El problema es cuando se convierte en un juego patológico, compulsivo, una enfermedad llamada ludopatía; trastorno que consiste en perder el control de nuestros impulsos ante el juego y nos volvemos adictos. Hay diferentes tipos de juegos, unos dependen de nuestras habilidades (como el béisbol, baloncesto o el fútbol) y aquellos en que el resultado no depende del sujeto, como la ruleta, el bingo, las peleas de gallos, el “duqui” y los florecientes casinos en Bluefields.

Casa de juego en Bluefields. Foto Kenny Siu.
Para la persona que juega, el comportamiento tiene muchas consecuencias agradables que contribuyen a que lo mantenga. Por un lado, la persona cree que va a ganar mucho dinero, y que con este dinero le van a respetar y apreciar más. Si cuando va perdiendo, de repente le toca un premio, vuelve a sentirse bien. Esta ganancia hace que no se fije en todo lo que ha podido perder antes y alimenta su esperanza de obtener nuevos premios, lo que hace que siga jugando. Si la persona se pone a jugar tras una discusión, un mal día, un problema y obtiene un premio que le hace olvidarse del enfado, estar más contento o sentirse mejor, no le importa lo que haya perdido, porque por fin le pasa algo bueno en todo el día. Así, cada vez que se encuentran mal, juega para aliviar estas sensaciones negativas. Cuanto peor se siente más juega, cuanto más juega peor se siente y, en consecuencia, más juega.

Con el tiempo, se empiezan a asociar determinados sonidos, colores e incluso olores, a las sensaciones placenteras que proporciona el juego. De esta forma, cada vez que el jugador tiene alguna de esas sensaciones, se acuerda del juego y le entran ganas de jugar. Es un círculo vicioso y muchos han dejado su dinero, sus vehículos y hasta sus casas en los casinos de Bluefields, donde un abogado está a la orden para realizar cualquier documento legal que garantice la prenda.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Miércoles, 22 de diciembre de 2010

jueves, 23 de diciembre de 2010

PARA LAS FIESTAS NAVIDEÑAS EN EL BLUFF

En el mes de mayo recibí un correo electrónico donde se preguntaba por mi padre y por otros viejos conocidos de El Bluff. De inmediato contesté. Luego, en agosto, tuve respuesta y, con ansias por saber más, preguntaba por la vida de otras personas. En los primeros días de diciembre, el mismo remitente decía: “Te mandé un cheque ($100) al El Bluff. No ha pasado por mi banco todavía. Favor informarte”. No entiendo, por favor aclárame, le contesté. 


El mismo día respondió: Simplemente, envíe un cheque de regalo para las fiestas navideñas en El Bluff. Con confianza lo mande a nombre del hijo de mi amigo, White B. Hill y con dirección El Bluff. Feliz Navidad y saludos a todos. Si es un cheque para mi agradezco el gesto, el inconveniente es que yo vivo en Nueva Guinea, respondí. Su respuesta fue “Bueno, vamos adelante. Hace tiempo mandé otro cheque a un amigo en Cottentree. El nunca me contestó, pero el cheque fue cobrado en mi banco. Vamos a ver que pasa con este cheque. A los ochenta y cinco años, tengo que hacer algo bueno.  Que buena honda. Lo más seguro es que el cheque regrese a él después que no me encuentren, pensé y, con el paso de los días, me olvidé de ello.

El viernes, 17 de diciembre, caminando por las calles de Bluefields, el cartero llamó mi nombre. “Ando una carta para vos”, dijo. Una carta y con dirección de El Bluff, que raro pensé. De inmediato recordé el intercambio de correos que había tenido. Abrí el sobre y allí estaba el cheque a mi nombre y una nota que decía: “para las fiestas navideñas en El Bluff”.

Fui al banco y tuve que depositarlo en mi cuenta para que se haga efectivo dentro de veinte o treinta días. Hice el retiro de la cantidad recibida de mi cuenta y sin dudarlo viaje a El Bluff. Busque a varios amigos, entre ellos Ramón Bermudez, mi prima Claudia Cadenas y Kira.  Les explique lo del cheque y decidimos celebrarle una fiesta a los niños y niñas con piñatas, paquetes y refresco. Ellos organizaron la convocatoria de cien chavalos escogiéndolos de los diferentes sectores o barrios. Acordamos hacerlo al siguiente día a las tres de la tarde en el parque. Vale la pena hacer un poco más, pensé, así que retire más dinero de mi cuenta ($ 50.00) el sábado por la mañana para qué mayor número de niños y niñas las disfrutaran.

Le comenté al remitente que había recibido el cheque y que íbamos a celebrar las fiestas navideñas en el Bluff sin indicar de lo que se trataba. Asistieron más de 200 niños y niñas. Reventaron tres piñatas repletas de caramelos. Les entregamos 200 paquetes (galletas, bombones, chocolate, etc.) y refresco. Ahora comparto con todos ustedes esta rica experiencia. Luego de ver las fotos escribió diciendo lo siguiente:

Me hace bien al corazón al leer esto y ver todas estas fotos. (No reconozco los lugares). Tengo un mal corazón, pero esto me hace más bien que todos los medicamentos recetados.



Yo pensé que tenían alguna fiesta ya establecida y simplemente estaba contribuyendo. Ahora veo que esto podría equivaler a una cosa cada año con mi contribución anual. Gracias a la contribución de algunos otros, podría convertirse en algo más grande.


Mi nombre es José Martel Arguello y fui Auditor Interno de BOOTH en 1969-70. Yo viví en la Colonia, con mis vecinos: Bartlett, Jureidinis, Wasdins, etc. También tenía mis buenos amigos, capitanes de barcos pesqueros: White B. Hill y José Sanles. Mis buenos amigos de la Booth eran Henry Pineda y Pinolillo. El Coronel Brenes y Peters y el Teniente Sandino también fueron buenos amigos. La gente de la Aduana casi todos.




Me fui a Bluefields después y viví en el barrio Cottontree junto a la antigua Casa de Jureidinis. Fui dueño del antiguo Club Social Bahía. De todos modos, voy hacer un Blog la primera vez que tenga la oportunidad y te enviare los detalles.

La gente de El Bluff y Bluefields hicieron mucho dinero para La BOOTH. Y yo recibí mi parte con un buen sueldo. De este modo puedo devolver un poquito en diferente forma. Vivo en Hawai y tengo 85 anos de edad. Un millón de gracias. Don Pepe”.


Gracias a usted Don Pepe por haber confiado en este su amigo y en desear algo bueno para la gente de El Bluff, un puerto que en un instante pasó del esplendor a la miseria.

Estos son dos vídeos de los niños y niñas quebrando las piñatas:


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Martes, 21 de diciembre de 2010
http://hillron.blogspot.com

martes, 21 de diciembre de 2010

¡ADIOS RAMON, ADIOS PILON!

Como casi todos los viajes, fue sin programarse. Celebraba con mi hijo Aster y un amigo el retorno de los pájaros a cantar. Como a las seis de la tarde sonó el teléfono, una llamada desde Miami dando la noticia de la muerte de Ramón Benavides. Sin dudarlo llamé a Javier Benavides, “el Bena” y lo confirmó: “aun está calientito, mañana lo enterramos”, dijo. “Salgo en la madrugada”, le contesté.

Asistí a su sepelio, compartí esos momentos de dolor por la perdida de un ser querido. Don Chon estaba destrozado por la muerte de su hijo; natural es lo contrario, nosotros debemos enterrar a nuestros padres.

Cuatro meses mayor. Nació el 8 de abril de 1957. Estudió en el colegio San José y en el Instituto Nacional Cristóbal Colón hasta tercer año para luego ingresar al INTECNA a especializarse como tornero y mecánico automotriz. Fue baterista del grupo musical “Don Memo y su Combo” donde se inició incitado por Sergio Watson. En 1985 partió hacia México junto a su hermano Norberto por avión. Estuvo un tiempo en ciudad El Carmen junto a otros conocidos, entre ellos Glen Hunter. De allí salió mojado en un remolcador hacia Austin, Texas. Su hermano Norberto se separó de él y se trasladó a Los Ángeles. Cinco años después se fue a Miami donde trabajó en mecánica automotriz y la “migra” lo detuvo. Procreo dos hijos con Julia Pacheco, Dan y José Ramón. Hace más o menos diez años se separaron por causa de su insaciable consumo de alcohol.

En junio del presente año, mientras se celebraba la Copa Mundial de Futbol, regresó a El Bluff. Lo volví a ver después de muchos años: parecía un anciano por su mirada, su voz quebrada y caminar lento. Fue hospitalizado en Bluefields producto de una de esas crisis que no intento describir. Nunca siguió las indicaciones del medico. “Un trago más y te mueres”, le dijo. Le brindaron tratamiento y las instrucciones para seguir una dieta estricta. Nada de lo recomendado cumplió.

Su sepelio fue temprano. Uno de los hombres de “ojos amarillos” lloraba al paso de féretro cargado por su gran peso por varios hombres fuertes. Al escuchar los lamentos observe que era “Pelé”. “Ramón, Pilón, mi hermano, mi amigo, porque te fuiste”, decía con lagrimas que corrían por sus mejillas, con voz de dolor. Trate de consolarlo pero su pena era mayor que el sentido de mis palabras. Su amigo y compañero se había marchado para siempre. Le toqué la espalda y seguí caminando detrás del féretro hasta la iglesia.

La ceremonia no duró mucho. Al momento de su sepultura, otros amigos, entre ellos “el Sapo”, también lo lloraban. La familia, sus hermanas, hermanos y sobrinas también lloraban por él. Don Chon, frente a la bóveda, lloraba con el corazón en la mano mientras Javier, “el Bena”, lo abrazaba con lágrimas y fuerza de dolor. Se fue para siempre el 13 de diciembre.

¡Adiós Ramón, Adiós Pilón!

jueves, 16 de diciembre de 2010

NUEVA GUINEA Y BLUEFIELDS: UNIDOS POR SUS ENCANTOS

Dos pueblos de una misma Región, cercanos pero separados por menos de cien kilómetros y una Ley de Autonomía que no reconoce, que excluye al otro. Dos historias diferentes, pero con riquezas que esperan a sus pobladores para ser descubiertas. Nueva Guinea y Bluefields: cercanos pero distantes, como vecinos que no cruzan palabras, donde uno de ellos se muestra receloso por la llegada del otro al asentarse a su lado. Motivos sin valor, infundados, creados por intereses mezquinos.

Bluefields, con su riqueza multiétnica, donde interactúan creoles, misquitos, garifunas, ramas, ulwas y mestizos, soñando con alcanzar la “unidad en la diversidad” bajo la bandera ondeante de la autonomía; puerta de salida a la inmensidad del Caribe a través su bahía que refleja ilusiones y añoranzas de un pasado esplendoroso. Un pueblo alegre que celebra la llegada de las lluvias con su tradicional Palo de Mayo, con una gastronomía exquisita, abundante, vigorosa con sabor a coco y aromas de vida marina. Una ciudad que crece a ritmo acelerado con vida comercial activa, con taxis en forma de zapatos que inundan sus calles al ritmo de narcocorridos, música que desplaza el reggae, el calipso y el soul. Una ciudad transformada en “remesadependiente” donde sus hijos transfieren a las familias el dinero desde diferentes puntos del planeta. El empleo productivo desapareció debido al cierre de varias empresas dedicadas a la exportación de mariscos y ante la ausencia de la llegada de barcos mercantes al puerto de El Bluff.

Nueva Guinea, un pueblo de mestizos, originarios de casi todos los departamentos del país, asentados en 30 colonias y más de 180 comarcas. Un pueblo joven, con menos de cinco décadas, que recrea sus tradiciones y costumbres llevadas por todos. Un pueblo que busca una identidad propia, que la construye cada día. Un pueblo sencillo, trabajador, solidario, que no celebra fiestas patronales dedicadas a virgen o santo alguno, pero que vibra de alegría cada cinco de marzo al conmemorar la fundación de su “luz en la selva”. Un pueblo campesino que labra la tierra y genera mil veces más de lo que necesita para alimentar a sus hijos. Una ciudad activa, creciente, prestadora de servicios que aglutina a la población que vive en colonias y comarcas. Productora de granos básicos, raíces y tubérculos, cacao, café, especies, piña y otros rubros; de leche, quesos y carne, productos de una ganadería que cada vez más se torna amigable con el medio ambiente al aumentar la conciencia ambiental de los productores, tecnificando sus sistemas de producción. Atrás va quedando, por conciencia propia y generada por organismos de cooperación y autoridades, el modelo chontaleño, la “chontalenización” de la ganadería.

Dos pueblos hermanos que deben reconocerse, darse la mano, abrazarse y emprender juntos el andar. Dos hermanos que se necesitan mutuamente. Bluefields demanda históricamente una salida por tierra hacia el resto del país, Nueva Guinea es su puente natural. Una vía terrestre cada vez más cerca de lo posible. Unidos por ella, Bluefields y Nueva Guinea tienen mucho que ofrecerse y ofrecerle al resto del país. Las bellezas de ambos son el verdadero potencial para el desarrollo sostenible a mediano y largo plazo.

Atardecer llegando a Bluefields
Bluefields, centenario, acogedor y embrujador; abre rutas hacia las comunidades de la cuenca de Laguna de Perlas y sus paradisíacos Cayos Perlas; hacia Corn Island, hacia El Bluff, hacia Rama Key, donde los habitantes de Nueva Guinea y el resto del país pueden disfrutar del turismo de arena, sol y playa, de la pesca deportiva, de la cultura étnica, sus ritos y ritmos sensuales; de sus majestuosos paisajes, de amaneceres donde el sol es más inmenso en el horizonte y los atardeceres celestiales.

Salto La Esperanza Nueva Guinea
Nueva Guinea, joven y solidaria, espera con su cultura campesina para mostrar sus sistemas agrícolas y pecuarios, sus prácticas y resultados; sus cerros y montañas, sus ríos y cascadas de aguas claras; sus comunidades al alcance de la mano, sus días rimbombantes de mercado, donde todos concurren como a una feria en las que los habitantes de Bluefields podrían adquirir sus productos a precios solidarios mejorando su economía.

Dos pueblos que se necesitan con urgencia para emprender el crecimiento y desarrollo de la mano. Muchos son los retos y desafíos de los gobiernos municipales, del gobierno Regional y Central a los que se deben sumar las cámaras de turismo. Primordial es convertir en realidad la carretera que los una, mejorar el transporte acuático y terrestre, los caminos de acceso a los sitios más atractivos, la mejora de los servicios básicos y las condiciones de alojamiento, así como la inversión en recursos humanos. Bluefields y Nueva Guinea creciendo juntos a través del turismo, una de las principales vías para generar ingresos económicos, crecimiento social y propiciar el encuentro de ambos pueblos que hasta hoy se dan la espalda.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
hillron@hotmail.com
Domingo, 12 de diciembre de 2010