viernes, 15 de junio de 2012

SUS MEMORIAS ME ACOMPAÑAN

Hace un año escribí EL FSLN ESTÁ DE DUELO EN NUEVA GUINEA y, desde entonces, sus memorias me acompañan, surgen inesperadamente en los momentos cotidianos. Y hoy, luego de un año, a petición de sus hijos y en honor a ellos, acudo junto a todos ustedes para recordarlos, para que el entusiasmo que tuvieron en vida, el compromiso irrenunciable de construir un mundo justo y solidario junto a los pobres y excluidos, sea renovado y enriquecido, renunciando a prebendas, al desencanto, a la miopía empalagosa que nubla el futuro, a la arrogancia que margina y el oportunismo miserable que tanto daño han causado en la lucha por lograrlo.

Ronald Hill A.
15/06/2012
Acto de conmemoración en Nueva Guinea.

lunes, 11 de junio de 2012

EL TRENCITO DE LA ALEGRIA

En el muro de concreto pintado de blanco que resguarda los tanques de la ESSO, en la bifurcación de la carretera que conduce hacia la aduana a la derecha y a la planta procesadora de mariscos por la izquierda, estaban apiñados, pegaditos uno con el otro. Dos de ellos, recostados en el muro, bajo la sombra de los inmensos tanques de hierro que almacenaban combustible, miraban hacia el muelle de los barcos camaroneros. En lo alto del primer tanque, al culminar la escalera, se leía en un rótulo que diario cambiaba de cifra: “1350 días sin accidentes”. En cuclillas, dos volvían la mirada hacia la planta procesadora y al taller de mecánica de don Chon Benavidez.

    Ya se hizo tarde, nunca vino y estoy rendido —dijo Rafael al levantarse y estirar las piernas sin despegar la mirada de la planta.
    Tené calma, no debe de tardar —respondió Charol despegándose del muro y dándole un palmazo en la cabeza a Noel, el menor de ellos.
    ¡Deja de joder al chavalo! —expresó Chico, empujándolo hacia un lado. — Si no se están quietos nos va a descubrir  monsieur Millet —agregó y todos volvieron a calmarse.

Llevaban media hora de estar en el lugar. Rafael y Noel llegaron primero por el lado del muelle de la aduana, mientras que Charol y Chico, luego de encontrarse frente a la capilla de la iglesia católica, caminaron hacia el callejón de piedras que separaba las casas de Miss Murtley y doña Chepita. Charol hizo el intento de buscar a Glenn, pero cuando se dirigía a su casa Miss Murtley desde el corredor, le gritó: “No molestar a Glenn, estar practicando con el guitar” y siguieron caminando. Estaban al lado de la oficina del time keeper cuando los vieron bajar por el camino lleno de surcos provocados por la correntada de agua que bajaba desde la loma donde vivía el Coronel alma de niño. “Te fijas, aparecieron”, expresó Noel con alegría y al juntarse se trasladaron al muro.

    ¡Allá viene, allá viene! —gritó Charol.
    Tenés ojos de tijereta —dijo Rafael.
    Se siente la venida por los rieles —agregó Noel.
    Cálmense, cálmense, tenemos que estar ojo al cristo —volvió a insistir Chico.

Desde que salía del muelle de los barcos camaroneros, distante a un kilometro y medio de donde estaban, el trencito se notaba entre el manglar espeso que cubría ambos lados de la vía. Al lado izquierdo del camino, pegado al suampo, estaban ubicados los rieles que rechinaban al avanzar sobre ellos como culebreándose con calma en el trayecto. Un motor de diesel ubicado en el vagón del conductor lo arrastraba con otros siete en forma de U cargados de mariscos. Pintado totalmente de blanco, a excepción de las ruedas, el trencito que estaban esperando había sido importado desde Panamá por la empresa Casa Cruz luego que sirviera, decían los adultos, en la construcción del canal. Al acercarse escucharon impacientes el “tuc, tuc, tuc” provocado por el motor y el chillido de las ruedas brincando sobre los rieles que descansaban en durmientes de Cortez pintados con aceite quemado para que duraran toda la vida. Frente a ellos, a unos quince metros, giró hacia la planta y Pinolillo, el conductor, les hizo señas con la mano izquierda indicándoles que lo esperaran.

    ¡Ya se asomó, se asomó! —dijo Charol y volvieron a ver hacia la planta.

Vestía pantalones y chaqueta de lino blanco adornada con botones y cadenas de plata que recortaban las mangas. El trenzado de las partes visibles de la camiseta, igual que los puños y el cuello, estaban cosido en la chaqueta. La corbata de nylon blanco la usaba en pre-nudo y el chaleco de nylon brumoso tenía botones del mismo color. Un sombrero con amplias bandas coincidía con la tela del chaleco y con las zapatillas en la punta, exceptuando la franja de cuero negro en la parte del talón y la leontina de oro que sostenía el reloj de bolsillo.

    ¡Es él!, ¡es monsieur Millet! —murmuró en voz alta Noel y se volvieron a apretujar.

La apariencia de dandy de Millet cubría su verdadera personalidad que ni su esposa, una francesita bella y de modales refinados, al tomarse de su brazo podía solaparla. Los black creoles de Bluefields que laboraban en la planta procesadora lo odiaban porque se decía que provenía de una familia dueña de plantaciones de caña de azúcar en Haití donde habían esclavizado a más de doscientos negros y, además, por el maltrato que les daba. “Mils de pute, se rendre au travail”, les gritaba enojado cuando los encontraba sin trabajar y, a los que despedía, no les cancelaba sus prestaciones sociales ni les permitía que entraran en las instalaciones de la planta a reclamar sus derechos. Ese carácter y su apariencia lo convertían en un demonio temido, a tal grado que los trabajadores despedidos, con el apoyo de OPROCO, organizaron una marcha por las principales calles de Bluefields en la que cargaban varios ataúdes y gritaban enardecidos: “Doña Ley se murió”, “Aquí va doña Ley”. Por ello estaban en alerta, evitando que los descubriera pegaditos al muro.

Luego de estacionarse en el área de proceso, los operadores ladeaban los vagones del trencito para hacer la descarga de mariscos y el del conductor lo cambiaban de posición de tal forma que de la parte frontal pasaba a la posterior para regresar vacío hacia el muelle donde volvían a hacer la maniobra. Era toda una novedad en el puerto de El Bluff y los cuatro salieron disparados detrás de él una vez que Pinolillo les hizo la señal.

Corrían como gacelas, calculando que cada zancada coincidiera en los durmientes, sin empujarse pero gritándole  “¡Apúrate!, ¡Apúrate que nos deja!”, al que iba en la delantera. Se tomaban del borde del último vagón y de un sólo brinco se subían, uno tras el otro, hasta quedar amontonados, pegando gritos de alegría al ritmo de los movimientos que los sacudía. Pinolillo, chavalo como ellos, aceleraba el motor a su máxima velocidad, diez kilómetros por hora y, repentinamente, lo frenaba para que sus cuerpos rodaran dentro del vagón, volviendo a aumentar la velocidad mientras ellos le gritaban “¡Dale!, ¡Dale más!” hasta llegar al muelle en ese jueguito con el trencito.

Se bajaron exhaustos del vagón y los cuatro se despidieron de Pinolillo. Caminaron por la costa en dirección hacia la Carbonera y doblaron por la ensenada. Brincaban contentos al avanzar sobre los troncos de madera que se arpillaban en el manglar al ritmo de la marea y salieron felices en la carretera, cerca del muelle de la Texaco. Sus rostros brillaban de dicha por el viaje en el trencito y por haber evitado que monsieur Millet los descubriera.

Ronald Hill A.
Miércoles, 06 de junio de 2012

jueves, 7 de junio de 2012

ENTREVISTA EN UN TRANQUE A PRODUCTOR DEL MOVIMIENTO CERO LECHE, CERO CARNE

Hoy amanecieron varios tranques del movimiento de productores "Cero Leche, Cero Carne" en diferentes zonas del país (Empalme de Lóvago, Empalme de la Curva, La Gateada de Chontales, Empalme del Triunfo y Pájaro Negro de Río San Juan y Empalme de El Verdun en Nueva Guinea). Demandan precio justo por la leche y el ganado.

Aquí les dejo este vídeo donde el productor Rodney Alvarez nos explica las razones y lo que pretenden alcanzar con esta medida. Dale click





OJOS VERDES

Como las rosas tiernecitas de un rosal
como las perlas y brillantes de un tesoro
son tus ojos, verdes como la naturaleza
linda belleza vegetal.


Ojos verdes que me hechizan
que me embelesan toda la vida
ojos verdes como el mar yo los quiero para mi
no me dejen de mirar porque me puedo morir.


Si yo pudiera arrancarte de tu faz
esos ojitos y en un cofre de tesoros
en una isla junto a mi vida
allí quedarían en esa isla que tiene el mar.


Ojos verdes que me hechizan
que me embelesan toda la vida
ojos verdes como el mar yo los quiero para mi
no me dejen de mirar porque me puedo morir.

lunes, 4 de junio de 2012

¡OBEAH-ME!, ¡SONTÍNEAME!

“Obeah” (Obi, OBEA u Obia) es un término utilizado en el Caribe para referirse a la magia popular, hechicería, brujería y las prácticas religiosas derivadas de África Occidental, especialmente del pueblo Igbo. Es similar a otras religiones como Palo, Vudú, Santería, Rootwork  y se asocia con la mala suerte. Fue traída a Nicaragua por los esclavos africanos, pero no es una práctica religiosa sino una manera de realizar maravillas por medio de fuerzas misteriosas.

En su libro, Oral History of Bluefields, Hugo Sujo Wilson nos brinda un capítulo completo sobre la práctica de Obeah en dicha ciudad: “para algunos es una especie de ciencia oculta, para otros es magia. Esa es la razón por la cual al Obeah man o brujo lo llaman a veces science man (hombre de ciencia). Entre la gente de habla española, el Obeah llegó a llamarse sontín (something) porque cuando el cliente consultaba con el Obeah man, después que este escuchaba el caso, le decía en inglés “I am going to give you something”  (voy a darte algo).

El profesor Sujo habla únicamente del Obeah man pero existen Obeah women (brujas) que también predicen el futuro y elaboran encantamientos, entre estos, cito a Sujo, “ahuyentando a un hombre o una mujer; prosperando en el trabajo y los negocios; causando el fracaso de un enemigo en el trabajo y los negocios; curando una enfermedad misteriosa e incurable por otros medios; causándole a un enemigo alguna enfermedad incurable y misteriosa; poniendo un espíritu o fantasma en la casa de alguien, o sacándolo de allí; “arreglando” a los caballos para que ganen las carreras; “arreglando” a los jugadores de baseball para que ganara su equipo; “arreglando” a un tahúr para que siempre ganara; colocando sapos y tortugas dentro del estómago de las personas, o sacándolos de allí” y agrego, pintando a una persona o haciéndole un conjuro.

¿Cómo operan los brujos y las brujas, los Obeah man y Obeah women? De diferentes formas, pero siempre de manera misteriosa. Hacen ritos, ceremonias y se surten de diferentes materiales. “En algunos de los asuntos con espíritus y fantasmas, entraban al cementerio desnudos a media noche para decir o hacer ciertas cosas. Para curar o causar ciertas enfermedades, enterraban o desenterraban, en la oscuridad de la noche, pequeñas botellas y otros objetos misteriosos. En materia de amor usaban pedazos de nidos de golondrina, conocida localmente como macúa, así como pociones y baños misteriosos. Para obtener resultados en otras actividades usaban murciélagos, gatos negros, tierra de sepultura y agua que había sido usada para bañar a un muerto. En algunos casos leían capítulos del libro de los Salmos de la Biblia cristiana”, señala Sujo.

A continuación te dejo algunas prácticas sobre Obeah realizadas en Bluefields según el profesor Sujo:

Cómo deshacerse de una persona:

Si alrededor tuyo hay una persona que te estorba, que no te gusta o te está causando problemas, puedes deshacerte de ella si haces lo siguiente: escribe el nombre de la persona en un pedazo de papel, envuélvelo en un pedazo de tela negra, marca una cruz roja sobre la tela y mételo dentro de una botella pequeña. Luego vete a un arroyo, llama el nombre de la persona y tira la botella dentro de la corriente de agua, sin volver a ver hacia atrás. Eso hará que la persona se vaya y no regrese jamás.

Cómo hacer que un hombre deje a una mujer:

Si un hombre tiene una mujer a quien quiere dejar pero no tiene la fuerza de voluntad, esto es lo que se debe hacer: comprar una camisola nueva y ponérsela; ponerse un saco y hacer ejercicio hasta sudar. Luego debe exprimir el sudor de la camisola dentro de un guacal nuevo, agregarle un pequeño trago de ron y bebérselo todo. Debe quemar la camisola y sentarse encima de ella mientras todavía está echando humo. Finalmente debe enterrar las cenizas. Eso tiene que hacerlo dos veces en el mes. Cumpliendo todo esto logrará olvidarla, pero mientras se encuentra bajo este tratamiento no debe comer nada de la mujer.

Cómo retener a un hombre:

Si una mujer quiere conservar a un hombre sólo para ella, por el tiempo que ella desee y hacerlo incapaz de dejarla, esto es lo que se debe hacer: mezclar en una bebida del hombre un poco de agua en que ella se ha bañado. Otra manera consiste en lavar la ropa íntima del hombre y enterrar el agua en un hoyo en el suelo debajo del dormitorio de ambos.

Hay muchas otras maneras para enloquecer a un hombre; si te encanta rezar, te recomiendo que leas “el conjuro”, pero la forma más real y practica lo leí en la novela: “La Isla Bajo el Mar” de Isabel Allende que tiene como fondo histórico la lucha de los negros en Haití por su liberación de la esclavitud. Aquí te dejo un fragmento del capitulo "el huevo de paloma":

 “…quiso levantarla en brazos para conducirla al lecho, que podía ver en la habitación contigua, pero Violette no le dio tiempo; sus manos de odalisca abrieron la bata de las garzas y bajaron las calzas, sus opulentas caderas culebrearon encima de él sabiamente hasta que se ensartó en su miembro pétreo con un hondo suspiro de alegría. Étienne Relais sintió que se sumergía en un pantano de deleite, sin memoria ni voluntad. Cerró los ojos, besando esa boca suculenta, saboreando el olor de mango, mientras recorría con sus callosas manos de soldado la suavidad imposible de esa piel y la abundante riqueza de esos cabellos. Se hundió en ella, abandonándose al calor, el sabor y el olor de esa joven… En pocos minutos estalló como un adolescente atolondrado, con un chorro espasmódico y un grito de frustración por no haberle dado placer a ella, porque deseaba, más que nada en su vida enamorarla… Relais no supo cuánto rato estuvieron así abrazados, hasta que volvió a respirar con normalidad y se despejó un poco la densa bruma que lo envolvía, entonces se dio cuenta de que todavía estaba dentro de ella, bien sujeto por esos músculos elásticos que lo masajeaban rítmicamente, apretando, soltando. Alcanzó a preguntarse cómo había aprendido esa niña aquellas artes de avezada cortesana antes de perderse nuevamente en el magma del deseo y la confusión de un amor instantáneo…. Loula restringió los gastos y subió la tarifa de su ama y cuanto más caro cobraba, más exclusivos se consideraban sus favores. Se encargó de inflar la fama de Viollete con una estrategia de rumores: decía que su ama podía mantener a un hombre dentro de ella toda la noche o resucitar la energía del más cansado doce veces seguidas, lo había aprendido de una mora y se ejercitaba con un huevo de paloma, salía de compras, iba al teatro y a las peleas de gallo con el huevo en su lugar secreto sin quebrarlo ni dejarlo caer”.

Ya ves pues, hay distintas maneras para que hagas tus ejercicios. ¡Obeah-me!, ¡Sontíneame!


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Miércoles, 30 de mayo de 2012

jueves, 31 de mayo de 2012

CERO LECHE, CERO CARNE

“Cero leche, cero carne” es el eslogan que emplean los pequeños y medianos productores de Chontales, “Zelaya Central” y Río San Juan en su lucha por alcanzar mejores precios de la leche y el ganado frente a los acopiadores, industria láctea y cárnica del país. Es una lucha entre productores e industria mediana y grande, una lucha histórica, una lucha por la sobrevivencia.

La producción agropecuaria está regulada por las estaciones del año y por ello las variaciones del precio se conocen precisamente como “estacionales”. El pico del precio mínimo se da en la época de mayor producción, puesto que, a su vez, es el de mayor oferta.  A partir de ese momento comienza a ascender hasta llegar a la pre-época de la nueva producción en que la curva estacional del precio alcanza su pico de máxima. A partir de entonces comienza a descender en la medida que aumenta la afluencia al mercado de la nueva producción. En el momento en que ésta llega a su máximo, el nivel del precio alcanza su nivel mínimo y luego nuevamente empieza a ascender dando comienzo a un nuevo ciclo estacional.
            
Históricamente, los productores han sido castigados una vez que se da “el golpe de leche” mediante la caída de los precios de sus productos. La industria reduce el precio al inicio del periodo lluvioso por la sobreoferta de productos que se da con la recuperación de los pastos en las fincas. Consideran que los costos de producción de los productores se reducen porque no deben continuar suplementando el hato con concentrado, melaza ni forraje picado. De igual manera, muchos productores ven castigada la calidad de su producto que en el periodo seco es A y en el periodo lluvioso se torna en C.
           
Los pequeños y medianos ganaderos siempre han estado en desventaja debido a que no pueden almacenar sus productos, no pueden conservarlos como sucede con los granos básicos y, debido a ello, no pueden modificar la curva estacional de precios. Pero pueden incidir en la mejora del nivel de precios presionando a la industria nacional y al mismo gobierno para que defina políticas públicas que los beneficien, tal como lo ha hecho con la industria. Eso es lo que pretenden los productores del movimiento “Cero leche, cero carne” al anunciar el paro de la entrega de leche a los acopiadores (salvadoreños y hondureños), la industria láctea nacional y ganado a los mataderos industriales.
            
El Estado, a través de sus instituciones que atienden el sector agropecuario, debería establecer un sistema de seguimiento y monitoreo de los costos de producción en diferentes estratos de productores de las distintas zonas productivas del país con el fin de establecer márgenes de precios que sirvan de referencia para regular el precio. De igual manera debe tomar en cuenta la correlación existente entre el precio interno y el del mercado internacional para ejercer su función de regulador porque, tanto el queso como la carne, se exportan.
           
En materia económica, en nuestro país predomina la coyuntura sobre lo estratégico a excepción de lo que dictan los organismos internacionales en torno a la macroeconomía. Veremos tranques, paro de transporte de productos y daños económicos porque la industria tiene suficiente leche en polvo para utilizarla enriquecida y continuar ofertando leche,  igual  los mataderos que importan ganado en pie para sacrificarlo.
            
Este movimiento de productores debe ser el inicio, una oportunidad para que el Estado escuche sus propuestas y resuelva sus demandas, aun cuando sea a través del precio político, el precio que mejor maneja y para que se organicen, se integren horizontales y verticalmente alrededor de sus productos.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
hillron@hotmail.com
Jueves, 31 de Mayo de 2012

martes, 29 de mayo de 2012

LA COLORADILLA DE TITO SON CUAY



Tito Son Cuay era aficionado a la caza, un gran cazador conocido por todos en El Rama; era armero y con el cañón de fusiles viejos construía verjas para proteger las casas. Los guardias siempre acudían a su casa para vendérselos, igual que algunos campesinos asentados en las riveras de los ríos Rama, Siquia, Mico y el Escondido. El Rama siempre fue un punto estratégico para desarrollar guerras y desde allí zarparon hacia Bluefields muchos guerreristas, por lo que nunca le faltaron cañones. Los “rameños” le pusieron ese apodo, “Tito Son Cuay”, porque siempre caminaba cantando el son de un pájaro: fui, fuii, fuiii, fuiiii.
           

Una noche regresó de cazar en las profundidades del río Rama. El cayuco atracó en el muelle y se revelaron sus presas: tres guardatinajas, cinco iguanas y dos venados machos con cuernos rojos de cuatro ramas. “¡Te fue requetebién!”, dijo Luis al iluminarlo con un foco y terminar de amarrar el mecate en el muelle de la Viejitas. “Me agarró la tarde, por eso no me traje al oso caballo”, respondió Tito Son Cuay y, con la ayuda de Luis, comenzó a subir en un carretón de madera sus trofeos de caza. Tito Son Cuay halaba el carretón y Luis lo empujaba en la subida empinada del muelle. Al llegar a la calle se detuvieron a descansar; desde ese punto Tito Son Cuay observó en lo alto de la loma de El Rama el destello de una luz roja. “¡Viste!, ¡Viste!”, expresó si apartar la mirada. “Qué, qué”, preguntó Luis. “Aquella luz roja”, respondió. “Adonde, adonde”, volvió a preguntar buscando la luz. “Se enciende y se apaga”, agregó Tito Son Cuay bajando de su hombro el rifle veintidós con mira telescópica. “¡Ya la vi, allá, allá en lo alto,  pestañea!”, dijo Luis sorprendido señalando hacia la altura.
           
Tito Son Cuay buscaba el destello rojo regulando la mira telescópica entre los matorrales, hojas y troncos de los árboles que se movían al ritmo de las rachas de viento en lo alto de la loma. “Qué es, qué es”, preguntó Luis. “Cállate, cállate, se puede arisquear, estate quieto”, respondió Tito Son Cuay con instinto de cazador. “¡Es enorme!, ¡parece una bola de fuego!, ¡es un animal raro!”, agregó al focalizar la luz y Luis pegó un brinco al escuchar dos disparos seguidos, pegaditos a sus oídos. La luz roja dejó de parpadear y se quedaron en silencio por unos minutos.
           
Luis sintió en la distancia un continuo estremecimiento de la tierra, un sonido ronco. ¿Qué mierda es eso?, ¿un temblor?, ¿un terremoto? El suelo temblaba bajo sus pies. Lo rodeaba un ruido ronco, profundo, que salía de la ladera de la loma de El Rama. A su alrededor, entre sus pies, observó que las piedras de la calle se desprendían, rodaban en la bajada del muelle sumergiéndose en el agua y se dio cuenta de que, inconscientemente, buscando protegerse, se había agarrado del brazo izquierdo de Tito Son Cuay.
           
“Dios mío, qué pasa, qué está pasando”, gritó Tito Son Cuay dejando caer el rifle y observó que el carretón rodaba en la bajada. No escuchó su grito ni su eco porque ese ruido denso, ese rodar loma abajo, se tragaba todos los ruidos. Temblaba de pies a cabeza igual que Luis y el miedo le había embebido las manos de sudor. Observó lo alto de la loma y notó que los árboles no se movían, vio correr desesperados a perros y gatos por la calle, y una luz roja encendida bajando por la ladera que derribaba piedras, arbustos y árboles en dirección a ellos. “Perdóname mis pecados”, “no volveré a matar tus animalitos”, gritó desesperado. Estaban encogidos y a gatas, pegados al suelo, viendo las piedras desprenderse, las casas moverse a sus lados; al levantar la mirada, Tito Son Cuay vio la enorme bola de fuego que hacia impacto en ellos, arrastrándolos calle abajo, rodando hacia el muelle de la Viejitas. Con los ojos cerrados sintió a Luis rodar a su lado, los golpes de sus cuerpos, el contacto de sus botas de hule, sus piernas, brazos y un olor pestilente, sanguinolento, pegajoso, que lo inundaba en su trayecto.
           
Cuando volvió en sí seguía temblando, pero ahora de frío porque estaba empapado de agua, sin moverse,  quieto en la ribera del río al lado del carretón. Vio a Luis a su lado y, por los dolores que sentía al tratar de incorporarse, tenía la impresión que un toro lo había embestido. Pero estaba vivo y tomó a Luis de los brazos para levantarlo. Revisaron sus cuerpos, estaban completos, aunque golpeados. Vieron a su lado una bola roja, inmensa, de más de un metro de diámetro. “Qué es esa mierda”, preguntó Luis sacudiéndose el cuerpo. Los pobladores de El Rama se habían reunido en la subida del muelle de La Viejitas y los chinos Cheng, Siu y Chow bajaron a ayudarles. “Nunca había visto un animal así”, dijo Tito Son Cuay sorprendido. Era redondo, color rojo y sus ocho patas se habían desprendido al rodar. La cabeza tenía dos impactos de bala y el dorso estaba intacto. Los chinos lo palpaban con una varita y chichucheaban entre ellos. “Animal, comelse”, dijo el chino Chow. “Pula calne, hacelse filete en salsa”, agregó el chino Cheng al cortarle un trozo con un machete. “Loja, calne lojita y suave”, expresó el chino Siu al palparla. “Destácenlo y reparten la carne”, dijo Tito Son Cuay y añadió: “no me toquen los venados”.
           
Minutos después apareció un alemán que vivía en la ciudad lacustre. Los chinos ya habían fileteado todo el dorso del animal, más de sesenta filetes tenían acomodados en una pana. Al ver la cabeza roja sobre el muelle logró identificar el animal desconocido. “Es un ácaro, es una coloradilla gigante”, dijo con su ronca voz y todos volvieron a verlo. “Tal loco, no sabel nala de alimal”, dijo Chow y cargaron la pana hasta la subida donde repartieron los filetes. Al subir, con los primeros rayos del sol, Tito Son Cuay observó los estragos de la avalancha que iniciaban desde la loma del Rama. “Gracias diosito por salvarme”, dijo. “Que se la harten ellos”, pensó y se dirigió con los venados a su casa.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Domingo, 27 de mayo de 2012

domingo, 27 de mayo de 2012

ERA OTRO PALO DE MAYO

La primera vez que recuerdo haber visto bailar Palo de Mayo fue en El Bluff. Los black creoles de Bluefields que laboraban como estibadores en el muelle de la aduana se instalaban en una casa vieja de madera donde sus cocineros preparaban la comida. Cuando pasaba por allí, caminando en el andén, cerca de la oficina de don Octavio Bustamante, agente aduanero de esos tiempos, el aroma exquisito de sus panes, rice and beans con coco, turtle meat y carne con huesos en caldillo, me atraía hasta su cocina. Y compartían con alegría: “taste this; taste that, ¿you like it?

Ellos eran los que organizaban el baile del Palo de Mayo por las noches. Lo hacían frente a la casa de dos pisos de concreto que ahora ocupa la Naval, donde había una explanada grande bien engramada. Cortaban un árbol o una rama grande y la sembraban en el lado derecho del andén, como que vas para la aduana. Todos los habitantes lo sabían, por la noche se aglomeraban alrededor del palo que con esmero lo adornaban de cintas, popas y otras cosas, creo que hasta botellas de whisky importado, contrabandeado pues. Fue en los tiempos antes de que surgiera los “barbaros del ritmo”, antes de “Mango Gosth”, hace mucho tiempo.

Ellos también eran los músicos, sus instrumentos eran guitarra, una tina con un orificio del que salía un mecate amarrado a un palo era el bajo, una quijada de mula o caballo que le sacaba ritmo al rozar sus dientes, el colador para rayar coco lo empleaban rascándolo con algo pero su sonido se combinaba con los otros y se armaba el baile con la armonía de sus voces que en ingles contaban sucesos, recordaban su historia, su pasado llenos de orgullo.

Si te estás imaginado lo que ves ahora, estás equivocado. Nada que ver, nada de relajo, nada de ese baile de movimientos estrafalarios, nada de pegarse al cuerpo de la mujer, no se dejaban manosear, nada de agarrase de su cintura menos pegársele como macho en celo de las nalgas tratando de penetrarla por atrás con todo y ropa. Para eso otro lado, la cama el mejor sitio. Era otro Palo de Mayo. Era diferente: las parejas bailaban con orgullo y movimientos sensuales, recordando a sus ancestros y mediante el baile, su ritual, dando vueltas alrededor del palo, los recodaban, los convocaban para que les trajeran dicha, felicidad, un mejor porvenir y agradecerles por la vida, la abundancia, la fertilidad, para que les señalaran el camino a seguir y superar sus temores, sus necesidades.

Ahora es otro Palo de Mayo, es una fiesta de todo el mes llamada Mayo Ya donde comparsas, con trajes coloridos de azul, verde, rojo y amarillo, que recorren las calles al sonido de la musica de Palo de Mayo y al fin del mes se efectúa el tululu en un recorrido entre Cotton Tree y Old Bank, haciendo un arco con las manos donde todos se unen sin importar grupos etnicos, posición economica y ideologica, materializando la unidad en la diversidad.




Domingo, 27 de mayo de 2012