sábado, 15 de febrero de 2020

LA SELENA


A la Selena la amenazaron de muerte y tuve que trasladarla a vivir a mi casa. Vivía en la oficina donde trabajaba y, con una cadena puesta en su collar de cuero, se mantenía en un frondoso árbol de Acacia mangium que marcaba como poste el área del terreno.

Era alegre y juguetona. Siempre que llegaba por las mañanas le daba bananos o cualquier otra fruta de temporada. Era una mona grande, mona araña, y no sé o no me acuerdo por qué se llamaba Selena. Creo que era su nombre desde mucho tiempo antes de que me la regalaran.

Le encantaba que mis compañeros de trabajo la llevaran a pasear por las calles de Nueva Guinea. A veces la montaban en la parrilla de las motocicletas y se iba quietecita a vagar por la calle central, el mercado, el parque y hasta en la pista de aterrizaje que en ese entonces era funcional. Cada tres días por semana aterrizaba la avioneta Cessna Grand Caravan de La Costeña. Era un espectáculo ver el aterrizaje, a veces la nave tenía que dar varias vueltas por el cielo de la ciudad para que los encargados en tierra, entre ellos José Tomás Bucardo y Carlos Vindel, pudieran sacar a los chachos, caballos, bueyes y gente despistada que en esos momentos se encontraban en la pista.

A veces el chofer de la camioneta la subía a la tina, asegurada con la cadena al igual que en las motos, y la Selena se acomodaba encima de la cabina con la cola enrollada en la baranda protectora del vidrio trasero. Iba alegrísima, dando chillidos sin volver a ver a nadie en su paseo. A la Selena le encantaba que la brisa fresca le acariciara la cara.

Después, el problema era bajarla de la moto o de la camioneta porque se enojaba y armaba grandes berrinches como un zipote malcriado. Hasta que se le ofrecía algo de comer se bajaba, comía de todo, frutas, meneítos, pan y cualquier chivería de esas que le encantan a los chavalos, y que se compraban en la pulpería de Salomón que quedaba al otro lado de la calle, propiamente frente al árbol de Acacia.

Cuando se soltaba de la cadena, con mucha frecuencia lo hacía, entraba en la oficina e iba directo a tomar las sandalias o los zapatos de alguna de las compañeras que se los había quitado para estar más cómoda en su escritorio o en la sala de reuniones. Los tomaba y salía corriendo con su larga cola prensil hacia el árbol y la mujer detrás de ella dando gritos. Y para que los regresara tenía que recibir su premio.

Rápidamente se hizo amiga de los chavalos y chavalas que pasaban por la calle en dirección al colegio. Desde mi despacho escuchaba los gritos, las risas y el alboroto que hacían cuando jugaban con la Selena en una sola algarabía.

Los chavalos le daban de comer de todo, pero algunos le tiraban palos y piedras. Entonces la Selena se enojaba, se ponía histérica dando unos chillidos escandalosos de arrechura. Los chavalos la jochaban, ella se subía al árbol, le ofrecían comida y al bajar se la retiraban, la engañaban. La Selena se encachimbaba, y con sus dos manos y su larga cola, comenzó a quitarles la mochila que cargaban con sus útiles escolares. Las abría, sacaba todos los cuadernos y lápices, los mordía, los desbarataba y los tiraba en pedazos al suelo. Después dejaba caer la mochila toda rota. Mientras hacía todo eso, los dueños de la mochilas gritaban como enloquecidos y los otros se reían a grandes carcajadas.

Una mañana un hombre llegó enojado diciendo que si esa mona seguía jodiendo a los zipotes, él la iba a matar.  Por eso la llevé a vivir a mi casa.

Le construí una caseta sobre tres alfajillas de cinco varas de largo enterradas en V. La caseta tenía piso de madera y techo de zinc, forrada en tres lados, con una abertura frontal por la que entraba a dormir.

Entre los árboles de Acacia tendí un alambre acerado que inserté en una argolla de bronce. De esa argolla se sujetaba la cadena que se prensaba en su collar de cuello. Así la Selena se desplazaba libremente entre los árboles. Allí vivía tranquila y siempre la sacaba a pasear, en moto o en camioneta, por el pueblo.

Un día Emilce me llamó por teléfono al trabajo, su voz estaba alterada y nerviosa. “La Selena se soltó, corrió al restaurante jalado la cadena y entró a la cocina. Al verla, las cocineras salieron desesperadas al patio y la mona hizo un festín de mal gusto con todo lo que se encontraba: plátanos, tomates, chayotes, frutas, ollas con carne, con arroz, con frijoles, todo, todo, hizo zanganadas. Vení o manda a alguien que la agarre”, dijo.

La Selena no se dejaba agarrar de las mujeres, sólo de los hombres. Además le tenían miedo cuando la miraban enfurecida y pelar sus colmillos. Así que la mona agarró esa maña y Emilce no se la aguantó. A veces yo llegaba, a veces Ronalito y a veces Marvin, el Machín. “Vení Selena mi amor, vení, vámonos para tu casa”, le decía dándole la mano hasta que la aceptaba y la regresaba a los árboles y si no, si no hacía caso, le daba una Rojita y así accedía.
     
Los clientes del restaurante jugaban con la Selena. No sé quién, pero alguien le enseño a beber cerveza. No le gustaba la Toña, sólo la Victoria. Cuando le ofrecían una Victoria la Selena se ponía feliz, chillaba encantada sin aún saborearla. Al darle la cerveza helada, la tomaba con una mano, se echaba en el suelo, con las manos agarraba el cuello de la botella y con las patas el fondo o base y se la empinaba.

La Selena era la mona más feliz del mundo cuando bebía cerveza, se escuchaban sus chillidos como si estuviera riéndose, movía de lado a lado la larga cola, gozando al babearse todo el cuello y la panza con la espuma. Se bebía una sin descanso, hasta el fondo de una sola toma, sin respirar como hacen muchos bebedores panzones que conozco.

Una vez un cliente, un extranjero, con un acento de sureño, quizás chileno o argentino, disfrutaba con su novia en el restaurante y al escuchar los chillidos de la Selena se aproximaron a ella. La Selena se enamoró del sureño. Cuando el hombre se acercó le pasó a la novia la cámara fotográfica para que le tomara fotos y la Selena se lució: le enrolló la cola en el brazo, le pasó la mano por el cuello y se acurrucaba en la mejilla del hombre dándole besos y apretándolo. Esa fue la mejor sesión fotográfica del sureño.

Tanto amor cansa y cuando ya era hora de dejar de sacar más fotos, la Selena no soltaba al hombre. La novia intentó quitárselo pero la Selena se puso furiosa y comenzó a chillar pelando los colmillos. El hombre se reía, seguro por darle celos a la novia, pero cuando sintió la fuerza de la Selena cambió de colores, dio varios gritos y tuve que salir en su auxilio.

¿Cómo? Ya sabes, con paciencia y una Victoria bien helada en mis manos. Desde que vio la cerveza se desprendió del sureño y subió a la caseta a tomársela. Con una cerveza bastaba para que la Selena se pusiera hasta el 7 Eleven. Doblaba su cabecita y daba leves chillidos como si estuviera riéndose, con un aire como de hipo entre chillidos, hasta que se quedaba dormida.

Cuando volvía por las noches de mis viajes de trabajo, noches de niebla densa y helada, llamaba a la Selena y desde su caseta daba chillidos de saludos sin asomar la cabeza. Por la mañana le daba de comer y jugaba con ella un rato. En uno de esos regresos, la llamé y respondió con un chillido suave, como sin ganas de hacerlo. Por la mañana la llamé y bajó de su caseta. Tenía un golpe en la cabeza. El día anterior se había soltado, hizo fiesta en la cocina, pero Emilce la calmó dándole con una piedra. “No había quién la agarrara, busca que hacer con esa mona que ya no la aguanto”, dijo.

Un día regresé de trabajar de Pearl Lagoon.  En esos años viajaba a El Rama, tomaba una panga hacia Bluefields, dormía allí y al día siguiente abordaba otra panga para Laguna. Un viaje cansado pero placentero, tanto de ida como de regreso. Era bastante tarde, la llamé y no escuché su chillido de bienvenida. Por la mañana la llamé y no me contestó, la busqué y no estaba. Desapareció la Selena para siempre. Emilce no podía con ella y la regaló.

Meses después, al anochecer, un chavalo se apareció cargando un saco de bramante.

“Le vendo un monito”, dijo.

Un monito, respondí.

“Sí, sí, pero está chiquito y tiene que cuidarlo bien”, respondió.

Medio vi en la oscuridad dentro del saco y vi retorcerse al monito, escuché un quejido leve, de un monito chiquito que estaba allí adentro.

¿Cuánto?, pregunté después de pensar que la casa de la Selena estaba vacía y que allí podía tener al monito.

“Ciento cincuenta córdobas”, respondió.

Está caro, pensé. En ese entonces ciento cincuenta córdobas era una montón de plata y costaba hacerlos. Además está chiquito el monito, seguí pensando pero me decidí y lo compré. Lo voy a criar, me dije.

Le pagué al chavalo y le pedí al vigilante, no me acuerdo si era José o Nando, que le pusiera la cadena y lo subiera a la caseta. Esa noche recordé a la Selena, todas sus diabluras y la vi montada en la camioneta vagando por las calles de Nueva Guinea. Me dormí feliz porque iba a criar al monito.

Me desperté temprano y vi al vigilante preocupadísimo.

¿Qué pasó?, le pregunté.

“Ese animal no es mono”, dijo.

¿Cómo que no es mono?

“No es como la Selena, es un Mono Congo, toda la noche pasó pegando gritos y me desveló”, respondió.

Vi al monito, en efecto, era un monito pero Mono Congo. “Ve que chavalo más bandido ese que me lo vendió”, pensé. Le quitamos la cadena del cuello. Poco a poco, entre las ramas de los árboles, el monito Congo se fue desplazando hasta que lo perdí de vista.

Desde entonces no he tenido otra mona. La Selena es inolvidable por su alegría al jugar con los chavalos, su gusto de sentir la brisa en su cara al pasear montada en moto o camioneta, sus chillidos al llegar a casa por la noche, sus arrechuras y las que le daba a Emilce al entrar a la cocina del restaurante y, mucho menos olvidar, que le encantaba tomarse una cerveza Victoria.

14 de Febrero de 2020
Foto: Emilce con la Selena.

viernes, 7 de febrero de 2020

EL VIEJO DETRÁS DE LA BARANDA


El viejo detrás de la baranda de concreto se sostiene de ella para estar de pie. A veces sonríe, otras veces se encuentra ensimismado. Siempre saluda a los que pasan caminando por el andén y recibe con alegría las pocas visitas que tiene, invitándolos a sentarse en una mecedora de junco en el corredor que protege la baranda. Está atento cuando ve cruzar frente a su casa a los barcos que entran y salen del puerto, hasta que deja de verlos al atracar en el muelle, entrar al río Escondido o cruzar la barra en dirección a alta mar. No se pierde un día claro y soleado porque espera el atardecer que pinta de color naranja acaramelado la bahía y su rostro.

Es de estatura mediana. Su cabello cano lo peina hacia atrás con brillantina. Su piel es de color café claro, mestiza y un poco flácida. Su rostro muestra las arrugas del tiempo, pero siempre está limpio, sin barba ni bigote. Sus ojos son pequeños, de color café oscuro; el izquierdo es más pequeño que el derecho, pero ambos reflejan cierta tristeza. Su nariz se desplaza un poco a la derecha y uno de sus orificios nasales es más ovalado que el otro. Sus cejas son bien pobladas y las pestañas de sus ojos son tan largas que, al verlo, dan la impresión de que le dificultan ver. De su cuello cuelga una cadena de oro y en su dedo anular derecho aún lleva el anillo de matrimonio.

Está bien vestido y lleva con él la moda de hace muchos años. Siempre está limpio y nunca desentona con su atuendo. Usualmente lleva puestos pantalones de color negro, gris o caqui de paletones, planchados con almidón, y sus camisas preferidas, de color blanco, que usa por dentro, mostrando su alto talle a la altura del ombligo. De su faja negra o café, según la ocasión, cuelga la cadena de su reloj, que guarda en la bolsa derecha del pantalón. Calza botines negros ortopédicos desde el día en que una caída inesperada le provocó una fractura compuesta en la pierna izquierda.

Las veces que lo veo, está sentado en el corredor con la mirada fija en el horizonte. Así lo encuentro cada vez que paso por el andén y lo saludo. Evita moverse de un lado a otro porque, aunque se apoya en un andarivel, el impulso que realiza para levantar el peso de su cuerpo le causa dolor. Sufre en silencio por ello y por otras causas.

 Un día que pasé por su casa y me asomé al corredor por sobre la baranda, lo vi sentado en la mecedora con la mirada perdida y lágrimas en sus mejillas.

¿Por qué llora? pregunté.

Por nada y por todo, respondió, y con un pañuelo se secó las lágrimas. Por nada, porque la nada me hace extrañar mi niñez, mis padres, la juventud, mis hermanos y mis amigos. Por todo, porque lo que he perdido, y ahora me doy cuenta, ha sido lo más valioso que he tenido a mi lado: mi esposa, que en paz descansa, y mis hijos, que se han ido. Por la salud que he perdido, por la soledad que me embriaga en esta casa que construí para ellos y por lo injusto que siempre perdura en el mundo.

Lloro porque no puedo caminar por la playa, reventando espuma con mis pasos; porque no puedo salir al patio y rastrillar las hojas secas que se desprenden de los árboles, ni arreglar el desorden ordenado en mi bodega de viejos cachivaches. Mucho menos puedo jalar agua del pozo que, con tanto esmero, he conservado pura con el paso de los años. Lloro porque perdí mil oportunidades de pedirle perdón a mis seres amados por las faltas cometidas, por el tiempo desperdiciado en fantasías irrealizables, porque el tiempo ablanda soberbios corazones y este encierro me consume como al cuerpo el fuego de una hoguera. Lloro para aliviar mis pesares, porque el peor sufrimiento que tiene un hombre es el dolor que ahoga en su corazón y se convierte en un fantasma enloquecido que ha quedado atrapado eternamente en la profundidad de una cueva oscura.

Tras una larga pausa, se meció unos instantes y dijo: se hace tarde, debo ir al baño.

El viejo jaló su pierna fracturada con ambas manos. Al tenerla en la misma posición que la sana, tomó el sostenedor del andarivel. Con un impulso, se suspendió y quedó mirando, como hechizado, por encima de la baranda el sol que caía en el horizonte. La mecedora que ocupaba seguía balanceándose, como si estuviera ocupada por un ser invisible. Levantó unos centímetros el andarivel y, a la distancia de un paso, lo volvió a colocar con firmeza en el piso. Dio un paso con la pierna sana y arrastró la enferma hasta igualarlo y, así, poco a poco, paso sano, paso enfermo, el viejo detrás de la baranda entró encorvado a la sala de su casa minutos después de que el sol se desvanecía y él desaparecía en sus aposentos.

Desde allí, desde la sala aún iluminada por el moribundo sol, estoy casi seguro de que escuché su voz diciendo: “Mañana, regresa mañana.” Bajé al sector del muelle de las pangas y caminé en dirección al parque, pasando por los tanques de la Esso. En el trayecto, me imaginé a mi abuelo Felipe como en sus mejores años, lleno de vida y sonriente, libre de pesares y movimientos, acompañándome en la caminata por el antiguo puerto de El Bluff.



Jueves, 6 de febrero de 2020.
Foto: Felipe Alvarez.

miércoles, 22 de enero de 2020

CAMBIO DE RUTA: CALLES Y VIEJOS



Al ver hacia el Este pensé que llovería pero cuando el sol se asomó entre nubes grises comencé a caminar. Salí a la bocacalle del complejo judicial y vi a doña Damaris sonreírme al palmear la masa de las tortillas que vende al lado de su puesto de venta de verduras; últimamente vende Apio en bolsas para que lo cultives en tu patio.

Más adelante me fijé en una de las casas más viejas de Nueva Guinea y me di cuenta que ahora está deshabitada, en ruinas, y por ello es muy probable que un día de estos se derrumba con un viento fuerte del noreste ya que está ubicada frente a la antigua pista, en uno de los puntos más elevados de la ciudad.

No vi a Alan Forbes sólo a doña Rita y nos saludamos. A Alan siempre, casi siempre lo veo frente a su casa, barriendo o recogiendo la basura de la acera y cuneta, ahora casi no lo veo fumar, dice que está dejando el vicio pero doña Rita me hace señas de que no, que siempre se escapa al balcón del segundo piso a ver el movimiento que hay en la pista (cruce de personas, chavalos jugando béisbol y fútbol, animales pastoreando entre ellos los bueyes de Payin y los caballos de Huete, camiones y buses parqueados, entre otras cosas) y a fumarse su cigarrito.

Al pasar por donde era el Bombazo doblé hacia el lado del hospital, en dirección al río El Zapote. Al bajar la pendiente vi al Dr. Cuevas sentado en el corredor de su casa. Casi no podía verlo porque frente a él había un cerro de tierra que dificulta el paso de los transeúntes hacia su clínica. Nos saludamos y le hice señas preguntando sobre el cerro de tierra. “Tengo meses de estar así”, dijo. Nadie resuelve este problema, lo he planteado en la alcaldía y nada, agregó y seguí en mi caminata pensando en que prácticamente lo tienen trancado. Los grandes tumultos de tierra que fueron extraídos al romper la calle para mejorar el sistema de agua potable se acumulan hasta llegar al hospital. La calle, una de las más importantes de la ciudad, por el acceso al hospital, la entrada y salida de vehículos hacia las colonias y en busca de la carretera a Bluefields, se encuentra abandonada.

Casi frente al hospital un bus que hace la ruta entre Nueva Guinea y Bluefields se encontraba parqueado porque otros vehículos que circulaban hacia el norte, hacia el sector del mercado, no cedían el paso. El sonido de los pitos mantenía en alerta a una mujer que montaba un caballo y jalaba a otro que también llevaba carga hacia el sector del mercado. Hasta que el bus logró pasar la mujer siguió cabalgando con la tensión dibujada en su rostro.

Los cerros de tierra desaparecieron y seguí en mi caminata. Al llegar a las cantinas del Zapote gire hacia el corral de piedra y subí hacia el PALI. “¿Por qué del hospital hacia arriba hay cerros de tierra acumulados en la calle y del hospital hacía abajo no? ¿Habrán terminado de meter los tubos en ese trecho?”, pensaba y me encontré subiendo la pendiente con el corazón acelerado. Esa es una de las pendientes más elevadas que hay en las calles de Nueva Guinea. Cerca de su casa me encontré a Donald Ríos. Estaba esperando las tortillas para el desayuno. “Ya no voy a la finca, ahora descanso”, dijo y seguí subiendo hasta salir a la calle del PALI.  Luego doble a la izquierda y coroné la pendiente al llegar a la casa de mi amigo Julio Amador, el hombre cuyo fantasma tiene compañía.

Ahora, por dónde agarro, pensé y seguí caminando en la cuadra del extremo este de la antigua pista de aterrizaje, en dirección a la Policía. Allí me encontré con Alejandro Albuquerque. “Me ganaste, dijo el pelón, esta lluvia no me deja salir”. Yo tenía cinco días y hasta hoy vi el sol, no es ganga salir a caminar y mojarse, peligroso una gripe mal pegada, menos en estos tiempos, le dije. “Sí, más ahora que estas poniéndote viejo”, respondió. Lo evito le dije y seguí mi camino.

Las mujeres del mercadito campesino comenzaban a arreglar sus puestos de venta y las que hacen güirilas ya las tenían en el fuego. Cruce la rotonda de Sandino, la vulcanizadora y la Fifi preparaba un gran caldero en el fuego. ¿De qué vas a hacer la sopa?, pregunté. “De cola con médula, seso y todas la verduras que te imagines”, dijo alegre y recordé la buenas sopas que prepara, sopas de pura vida como dicen los tiquillos.

Y es que el tema de la vejez siguió en el camino. Un chavalo que trabaja en el INSS estaba pendiente de la fila que hacían los señores de la tercera edad en Banpro. “Haciendo ejercicio”, dijo al verme. Sí, para durar muchos años más y seguir firmándole el acta de fe de vida”, le dije. Al cruzar la calle vi de espalda a un señor que caminaba apoyándose en un bastón y un chavalo lo tomaba del brazo. Al alcanzarlo vi que era don Wilfredo Murillo, un viejo carpintero de Nueva Guinea. Me detuve a conversar con él.

Don Wil, me alegra verlo. ¿Cómo está?

“Así como me ve, con este bastón”, dijo con la mirada fija en mí.

¿Y la carpintería? Tenía que preguntarle sobre la carpintería porque recuerdo que hizo todas las puertas de mi casa de Cedro Real y mochetas de Coyote que aún, con el paso de los años, siguen como recién hechas, sin perder su brillo y fineza.

“Eso se acabó hace años. La madera está carísima, los materiales por los cielos y la gente no quiere pagar lo que vale un buen trabajo”, dijo.

Se perdió la tradición, su hijo no siguió sus pasos en la carpintería, dije.

“Este chavalo es mi nieto, es mi heredero, este va a heredarme todo, hasta lo sandinista”, dijo Don Wilfredo.

Le di cinco vueltas al parque y regresé por la calle central. Valió la pena el cambio de ruta porque me encontré con amigos que tenía mucho tiempo de no ver y con la calle del hospital destrozada, la calle que más prioridad debería de tener en su reparación y mantenimiento, pensé al llegar a casa.

22/01/2020

miércoles, 8 de enero de 2020

PALACIO DEL CAFÉ


Terminé mi siesta del mediodía –siempre la hago pero me sentía cansado porque he reiniciado mis caminatas mañaneras después de varios meses de inactividad– y me dispuse a ver las noticias en la tele. De pronto ella se acercó empaquetada, perfumada y sosteniendo su cartera de mano.

“Nos vemos más tarde”, dijo.

¿Para dónde vas?

“A la calle”

¿A la calle?

Que alegre, pensé, empaquetada y va para la calle sin querer decirme nada.

“Me quiero tomar una limonada con hierbabuena de las que preparan en el Palacio del Café. Voy con Ronald Tadashi”, dijo.

¡Invítame!

“Andá poneté los zapatos y nos vamos”, dijo.

Nos subimos al Suzuki Samurai. Ronald Tadashi iba bien portadito en el asiento de atrás, a él lo había invitado antes que a mí por supuesto, y pasamos viendo una calle nueva que han abierto.

“Ve que bonitas esas casas”, dijo.

También han abierto un nuevo bar, allí está, mirá, le dije.

“Qué barbaridad, una calle nueva y no pueden darle mantenimiento a la que va para para el lado de  donde vivimos, no por nosotros, sino por las más de cincuenta casas que hay ahora, y otra cantina", dijo.

La alcaldesa dice que ya pronto van a reparar todas las calles. La cantina es un nuevo emprendimiento en tiempos de crisis, dije. No respondió, solamente se puso a reír.

Llegamos al Palacio del Café. No había terminado de cerrar las puertas del jeep cuando Ronald Tadashi se disponía a subir las gradas hacia el segundo piso. Pensé en las escaleras y en las estadísticas de accidentes por caídas. La mayor parte de los accidentes por caías se dan en los primeros tres escalones, tanto de subida como de bajada, pero es al bajar cuando las caías son más peligrosas. Si no te da tiempo de reaccionar, de agarrarte, son casi mortales en la medida de que son más elevadas y de mayor pendiente. La escalera de acceso al Palacio del Café es de madera con soporte metálico, en forma de zigzag con pasamos y un área de descanso.

Al subirlas llegamos al balcón del local que dispone de unas seis mesas, dos de ellas estaban ocupadas, más una barra en la que te podés sentar en unas sillas altas y mirar el movimiento de la calle, hacia la eskimería y al parque central. Ella sin dudarlo le tomó la mano a Ronald Tadashi y entró al centro del local.

Se dirigió a una mesa ubicada a la izquierda, en un rincón. El local es pequeño, hay unas cinco mesas y frente a ellas un exhibidor de pasteles, jugos, agua y una barra de madera. En las paredes cuelgan cuadros que son tazas humeantes de café. Detrás de la barra lo habitual: refrigerador, cafeteras, licuadoras y otros electrodomésticos. A la derecha, al fondo hay un servicio sanitario. Entre este espacio y el balcón, hay ventanales de vidrio por lo que no te sentís comprimido y a ello contribuye mucho el aire acondicionado. Los aromas de pasteles, licuados, alimentos y café, hacen que te sientas en un ambiente acogedor.

Nos atendió la esposa de Marcio Palacios Jr. Me di cuenta en ese instante que ellas habían platicado por la mañana en el supermercado y, bueno, caí en la cuenta de que la conspiración es enorme, todos se dan cuenta menos vos, pero no dije nada, mejor cállate y disfrutá, pensé.

Ella pidió una limonada con hierbabuena, eso era el antojo, y una para Ronald Tadashi además de una hamburguesa con queso para niños. La Sra. Palacios me preguntó que iba a ordenar, sugirió un café, pero dije que solamente una rebanada de pastel de limón.

Un hombre solitario ocupaba la mesa vecina y nos saludamos. Hace muchos años que no nos mirábamos y hablamos de su trabajo, de cómo van las cosas y, contradictoriamente a lo que ocurre, cierre de negocios, apertura de nuevos que duran tres a cuatro meses, señaló que el negocio de la empresa para la que labora ha mejorado sustancialmente, que los pedidos que le hacen de productos han crecido.

Mientras conversábamos sirvieron las limonadas. Ronald Tadashi me dejó probarla y estaba deliciosa. Luego le sirvieron su hamburguesa con queso y papas fritas y le abrí la bolsita de salsa de tomate mientras ella saboreaba la limonada como si nunca la hubiera probado, dándose el gusto que tenía, saciando el antojo. Me sirvieron el pastel de limón y los sentí tan delicioso como el que prepara mi hija.

Seguí conversando con el hombre y explicó que era algo excepcional porque la empresa, una empresa grande a nivel nacional, ha asumido varias marcas que cerraron y se fueron del país. La gama de productos que oferta ha crecido y con ello los pedidos en las diferentes zonas del país que visita.

Luego, Marcio se acercó a la mesa. Nos saludamos y dijo que mis nietas, Daniela y María Fernanda, han visitado varias veces con mi hija el Palacio del Café y que el lugar preferido de ellas es la barra del balcón. La esposa de Marcio me sirvió un vaso de agua con hielo y el pastel de limón desapareció del platillo minutos después.

¿Qué tenés en la cara Ronald Tadashi?, pregunto ella. Tenía la cara llena de salsa de tomate, queso amarillo y mayonesa y reía de satisfecho. Llamé a mi hijo Ronald y dijo que ya llegaba a buscarlo. Lo limpió y nos despedimos de Marcio y su esposa. También del hombre que insinuó que le va mejor que antes en la empresa que trabaja.

Bajamos la escalera y, entre gradas, pensaba en el tiempo agradable que pasamos, en los retos que una pequeña empresa familiar debe enfrentar en época de crisis y, al salir a la calle, ella sonreía con la seguridad de que íbamos a regresar por una limonada de hierbabuena en los próximos días.

07/01/2020

lunes, 30 de diciembre de 2019

UN MOTETE DE ROPA SUCIA



El hombre se mecía placenteramente en el swing que colgaba en el corredor. Tomaba su taza de café bien cargado como todos los días después de retirarse y disfrutar de sus años pasivos. Una brisa placentera le daba en el rostro y los árboles de mango lo protegían del sol que se colaba entre el techo y el alero del corredor de la casa de madera pintada de verde y amarillo.

Miraba de frente hacia las gradas de la escalera que daba acceso al corredor, hacia la grama recién podada y, más allá de la puerta del cerco, a la gente que circulaba por la calle. Desde allí, el hombre gritó mi nombre  y con sus manos hizo señas para que me aproximara.

Lo vi tal como he dicho y entré a su propiedad; un rótulo adherido en la pared de la casa prevenía con cierto sentido de humor a los que se atrevían a traspasarla: “Tenga cuidado, el perro muerde pero el dueño mata”. Abajo, en el piso del tambo, una mujer corpulenta lavaba ropa y se escuchaba su esfuerzo materializado en las costillas de la batea que apoyaba con su abdomen en una enorme tina. El hombre me ofreció una mecedora y me acomodé placenteramente a escucharlo.

He estado pensando, dijo y se quedó callado por unos segundos, en el esfuerzo que esa mujer hace para lavar la ropa, agregó señalando con sus dedos hacia abajo. Alrededor de 1850, las labores de lavandería se menospreciaban hasta tal punto que en las casas grandes se castigaba a los criados con lavar la ropa. Era un trabajo agotador. En muchas casas se lavaba a la semana entre seiscientas a setecientas prendas, toallas y sábanas.

En esa época no había detergente y la ropa tenía que dejarse en remojo en agua jabonosa durante horas, después aporrearse y fregarse con energía, hervirse durante una hora o más, aclararse repetidamente, escurrirse a mano o con la ayuda de un rodillo y sacarse a tender sobre un cerco de palo o varas entretejidas o extenderse sobre la grama para secarla. Y uno de los delitos más comunes en el campo era el robo de la ropa puesta a secar, por lo que siempre tenía que haber alguien vigilando la ropa hasta que se secaba.

El día que se lavaba la ropa tocaba levantarse a las tres de la mañana. En muchas casas que tenían una única criada, se hacía necesario contratar a una lavandera externa para ese día. En otras casas mandaban la ropa a lavarse afuera pero con miedo de que la ropa regresara infestada con alguna terrible enfermedad y tenían mucha incertidumbre debido a que no sabían con la ropa de quién la lavaban.

Ahora, continuó contando, son pocos los que dan a lavar la ropa como nosotros porque en casi todas las casas tienen una lavadora y una secadora de ropa. Pero conozco a una mujer de un amigo que vive por aquí cerca que acumula y acumula grandes cantidades de ropa en toda la casa. Lo descubrí una tarde que fui a visitarlo sin anunciarme y me llevé una de las mayores sorpresas de mi vida.

Desde que puse mis pies en la escalera de unos veinte peldaños inhalé un aroma entre húmedo y rancio, y a medida que subía, una picazón cada vez más intensa afectaba mis fosas nasales a tal grado que estornudé varias veces con el mayor disimulo posible. Al culminar, vi a ambos lados del corredor ropa regada a mi izquierda y a mi derecha: calcetines, pantalones cortos y camisas. Allí, frente a la puerta principal, dudé en continuar avanzando, pero un rumor que provenía desde adentro me motivó a seguir.

Di varios golpes en la puerta pero no tuve respuesta, así que la empujé y noté que la cerradura no estaba puesta. Abrí y entré a la sala en silencio. Sobre el sofá, los sillones y la mesita de sala había ropa tirada: sábanas y toallas, manteles, mosquiteros, calzones, calzoncillos y otras prendas. Avancé en silencio. Los murmullos se intensificaban, eran palabras de las que no identificaba claramente su significado, pero entre las paredes, el piso y el cielo raso de madera machihembrada, me sentí atraído con una fuerza indescriptible de curiosidad sin importarme ahora el agridulce aroma contenido dentro de la casa.

Avance hacia un pasillo y entre pasos seguí viendo ropa tirada sin distinguir las prendas porque desde una habitación cercana una fuerza de atracción poderosa me mantenía atrapado. Escuché voces intensas en discrepancia, enredadas, y vi sombras en movimiento que se proyectaban desde adentro a través de la puerta. Volví a llamar a mi amigo pero nadie respondía así que me asomé a la habitación.

En el centro, bajo una lámpara encendida, mi amigo estaba acostado desnudo, boca arriba sobre un inmenso motete de ropa sucia, y la mujer, montada sobre él, lo cabalgaba, agarraba las distintas piezas que encontraba a su alrededor a manotazos, y sin detenerse, cada vez con movimientos más intensos y ondulantes de cadera, le restregaba el pecho y la cara con la ropa sucia mientras él la tomaba de la cintura, suspirando como si se le cortara la respiración, balbuceando palabras ensalivadas, ¡enlódame!, ¡lléname!, ¡embadúrname!, ¡chorréame!, ¡babéame!, mientras ella a su vez decía con voz sublime ¡mi sugar daddy!, ¡chancho!, ¡chanchito!, ¡sapo!, ¡sapito!, ¡malito!, ¡asquerosito!, elevándose, sin detenerse un segundo en su afán de restregarle la ropa a manotazos, en un enredo e intensidad de voces peleadas, entusiasmadas cada una a su antojo y ritmo hasta que rendidos y con sus corazones palpitantes se estiraron abrazados y sudorosos entre la ropa sucia.

Tan impresionado estaba que así los dejé. Volví por los mismos pasos en que entré a la casa en silencio, pero no vi ropa sucia regada ni en el pasillo, ni en la sala ni en el corredor y, a medida que bajaba cada una de las gradas de la casa de madera, el ambiente antes húmedo y rancio desapareció con la luz del atardecer.

Varios días después me visitaron. Fue un día de fin de año. Aquí, en este mismo lugar donde estamos, me encontraba sentado. Cuando subieron las gradas los vi bien vestidos, inhale el aroma de los perfumes festivos que llevaban impregnados en sus ropas y cuerpos y me reí en mis adentros de la fuerza poderosa de las apariencias y el poder que connota con ellas la ropa.

Ya terminó, agregó el hombre señalando hacia abajo y vi salir a la mujer corpulenta y sonriente desde el tambo de la casa hacia el patio, en dirección a la puerta del cerco.

Luego me despedí del hombre acordando que lo seguiría visitando. Salí de su propiedad sin dejar de volver a ver el letrero pegado en la pared de la casa y pensé en la primera impresión que debe causar en un desconocido así como en ciertos aspectos de la ropa que pasan desapercibidos: trabajo, dinero, apariencia y diversos usos que le damos, además de vestirnos.

Llegué a mi casa. Recogí en una esquina toda la ropa sucia que iba encontrando en las canastas y formé mi motete para tenerlo listo antes de que finalice el año.


30/12/2019

miércoles, 18 de diciembre de 2019

FUROR POETICUS



Neblina de la mañana al lado y en las colinas, me instalo en una silla. Cierro los ojos inhalando profundamente, reteniendo el aire.

Canta una paloma en el árbol de caoba corazón palpitante uno dos tres cuatro cinco exhalo por la boca Juan Pérez va para Bluefields a Juanperear dice él un güis canta cerquita es el cumpleaños de White Bush diez años cumple y hace poco pesaba siete libras y media siento el contacto de mi cuerpo en la silla mis pies están helados tengo que buscarle una Tablet las sillas las están acomodando sobre las mesas una voz ronca murmura en altibajos anoche la llamé varias veces pensando que le habían robado el teléfono o que algo le había pasado que fresca la mujer se equivocaron se llevaron la Tablet para Nueva Segovia me dijo así nomás me encanta oír a la Hayde esos ojos gatos viéndome en la noche y sus uñas desgarrando mi espalda le decía Johnny el contacto del cuerpo en la silla de abajo arriba tobillo espalda de arriba abajo espalda brazos codo piernas rodillas el piso está helado bum bum bum palpitando con el aire retenido y aliviado al bajar desinflarse el pecho sigue la voz ronca en altibajos la paloma se lamenta el viento pasa por mis pies el güis se fue cuánto tiempo ha pasado varias veces fui por la trocha mientras la construían quedándome pegado en varios lugares pero ahora que la carretera está terminada no he podido ir a Bluefields Juan Pérez a cada rato va eso dice enamorado a esta alturas de una black creole le digo que lo va a matar no hace caso a vos te va a sacar el aire me dice y se ríe la chavala que me pone las agujas y me da masaje estaba de cumpleaños  masajear solo ella dice ese grito que viene de allá a lo lejos es de un campesino que anda arreando vacas buenos días dice Griselda pero no puedo contestarle todavía algo me hace falta es ella no la he llamado todavía la respiración la respiración una burbuja oscura que se transforma en brillante así en calma todo el día quiero estar atrapar los pensamientos retenerlos y mandártelos diario vía furor poeticus como si fuera tan fácil que te llegue eso es lo que vos crees verdad ¿Por qué no sos más objetivo? Pregunta y pregunta tengo que buscar la Tablet de White Bush suena la alarma.

Abro los ojos, la neblina sigue allí, buenos días le digo a Griselda, me mira de una manera rara.
18/12/19


lunes, 16 de diciembre de 2019

PINCELADAS DE PLATA EN LA BAHÍA



Terminamos de servir la cena. Mis compañeros insistieron muchas veces que querían comer carne con hueso en caldillo. Por ello, Mister Brown me dijo que a los comensales se les debía dar los gustos que apetecen y que viajara a Bluefields muy temprano, luego del desayuno, en un barco pospos a buscar los mejores cortes. Visité a Joshua, un matarife que vivía al lado del puente, y gracias a él preparamos la cena como sabemos hacerla en Old Bank, mi barrio de Bluefields: tres calderos llenos de carne con hueso en caldillo espeso, condimentado con hierbas y pimienta, bananos cocidos y yuca, rice and beans con coco y Johnny Cake para después de la cena.

Regresaron al muelle a trabajar contentos, platicando y bromeando entre ellos por el andén. No hay mayor satisfacción en un cocinero que ver a sus comensales disfrutar de la comida que ha preparado, decía Mr. Brown. Yo también estaba satisfecho y deseaba llegar a ser un día un cocinero importante como él, sin desearle ningún mal a Míster Brown porque me ha dado buen trato, me corrige con mucha paciencia cuando nota que estoy ansioso al cocinar. “Oye Frank, tómalo con calma, es mejor una comida un poco tarde que una mal preparada”, me decía y siempre tuvo razón.

También explicaba que cuando la comida no está en su punto, los comensales buscan tu cara para reprimirte con sus gestos y eso es un fracaso: pierden la confianza en la calidad de lo que cocinas. Hombres fuertes y trabajadores que llegan extenuados después de descargar o cargar un barco se merecen la mejor comida. No es comida presuntuosa, no señor, solamente comida criolla bien preparada, pero caliente, con una ración establecida, ni abundante ni escasa, con un buen trato, en un ambiente de compañerismo, es todo lo que pide un hombre para hacer su trabajo. “Frank, el buen cocinero le da la cara a sus comensales, se pasea entre las mesas, habla con ellos, pregunta sobre la comida, ¿cómo quedó el caldillo?, ¿el rice and beans está blando?, y entre sus preguntas, al verles la cara, va creando en su mente el menú que debe preparar para el día siguiente”, decía sabiamente Mr. Brown.

Después que la cocina quedó limpia, los platos, vasos, cucharas y calderos lavados, limpiamos las mesas, barrimos el piso de tierra de la vieja casa de madera que nos servía de cocina y comedor. Luego mojamos el piso con agua para evitar el polvillo que levantan las rachas de viento al filtrarse por las rendijas de las tablas y alistamos la masa para hornear el pan en la madrugada.

“Bueno, dijo Mister Brown, voy a colgar mi hamaca, es hora que mis viejos huesos se pongan a descansar”. Me quité el gorro hecho de sacos de harina y mi delantal, y salí al patio del frente, rumbo al andén para fumar un cigarrillo.

Pinceladas de plata iluminaban la bahía y, a lo lejos, sobre Half Way Cay, el reflejo de las luces de Bluefields levemente se notaba. El viento me daba en un costado, un viento del Este en el mes de diciembre, con rachas suaves como caricias que me hicieron tomar conciencia de que reina en la noche con la luna.

Todo en mí alrededor estaba en calma. Del lado del muelle, oía el sonido de winches y mástiles de los barcos que subían o bajaban la carga que mis compañeros en su faena acomodaban. Escuchaba sus voces, atrapadas bajo las luces de los barcos, el muelle y la gran bodega de la aduana que llenaban o vaciaban. Por el andén nadie circulaba, ni a mi derecha, hacia la aduana pasando por la oficina de Mister Buzurcón, ni hacia la casa de Don Felipe, el jefe de la bodega que siempre regresaba con mis compañeros al terminar sus labores.

Allí, de cara a la bahía y bajo la sombra de un inmenso árbol de Laurel de la India, encendí mi cigarrillo cubriendo la llama del fósforo con mis manos. Cerré mis ojos, inhalé el humo, llené mis pulmones reteniéndolo con placer pero Susan estaba allí, su voz diciéndome que no era digno de ella, que era demasiado mujer para un simple aprendiz de cocinero, que yo no tenía ambiciones, que dejara de insistir porque tenía mejores pretendientes, que yo era un simple negro que nunca llegaría a ser algo bueno lavando platos y cacerolas, y repentinamente desde la casa de madera vecina, ubicada frente al árbol de Laurel, el llanto de un niño evaporó a Susan con sus desprecios de mi pensamiento.

El niño lloraba, primero como un leve lloriqueo que se escuchaba por los espacios de la casa, desde la habitación y luego en la pequeña sala. Estando allí escuche sus golpecitos en la puerta principal que daba acceso al pequeño corredor que salía al andén. Al fracasar en el intento por abrirla, su llanto se acrecentó, ahora lloraba con dolor, con un llanto nervioso y escuchaba sus movimientos desesperados.

Caminé hacia la casa, deteniéndome frente a las gradas del corredor, siempre bajo la sombra del árbol de Laurel. Entre las tablas miré la tenue luz de una lámpara de kerosene. Escuché su voz llamando con llanto a su hermano que seguía dormido. “Levántate, levántate, tengo miedo”,  decía hasta que lo despertó. Ahora los dos lloraban, era un llanto en concierto, mientras uno dejaba de llorar hasta cansarse, el otro continuaba llorando. Así permanecieron por un rato, luego se calmaron.

Estaba decidido a regresar a dormir cuando los vi salir por la parte trasera de la casa, por la cocina, caminando tomados de la mano hacia la puerta del cerco. Por esa puerta nos permitían entrar al patio para jalar agua del pozo y siempre los miraba jugando en el corredor trasero mientras su mamá estaba en sus quehaceres. Eran ellos, dos hermanos que estaban pequeños, quizás el mayor de cinco años y el menor de tres.

“¡Niños, niños!, ¿qué sucede?”, pregunté al verlos bajo la luz de la luna en el andén, vestidos con sus pijamas.

“Mi mamá no está, mi mamá”, contestó el más grande y comenzó a llorar seguido por el menor.

No sabía qué hacer. Verlos allí, tomados de la mano, llorando me emocionó tanto que me olvidé de mis problemas y de Mr. Brown, el que de seguro ya estaba durmiendo placenteramente. Los niños comenzaron a caminar en dirección a la oficina de Mr. Buzurcón y mi reacción fue cortarles el paso, atajar su camino y, aun cuando lloraban, los tomé de la mano y me dirigí con ellos hacia la casa de Don Felipe.

Entré al corredor que tenía un bordillo de madera cruzada en equis y toqué la puerta dos veces. De inmediato salió una señora y al verme con los niños dio un grito. ¿Qué pasó?, ¿Por qué anda con los niños?, preguntó y los acurrucó en sus piernas. Luego de darle las explicaciones me pidió que la acompañará a la casa de los niños porque sus padres ya estaban por llegar.

Lo niños dejaron de llorar, la señora los acomodó en una cama, les cantó con voz amorosa y al poco tiempo se durmieron. Salió al corredor con una mecedora, preguntó mi nombre, me ofreció un cigarrillo y fumamos. Dijo que era la abuela de los niños, que me agradecía mucho lo que había hecho, que estaba pendiente de los niños pero sin darse cuenta se quedó dormida. Le dije que no tenía nada que agradecer, que yo solo estaba al lado de la casa porque era el ayudante de Mr. Brown, que me fumaba un cigarrillo cuando los vi y que cualquiera hubiera hecho lo mismo sin pensarlo dos veces. “No lo crea Frank, cualquiera no hace lo que usted ha hecho y se lo agradeceré siempre”, me dijo y luego le di las buenas noches porque debía levantarme de madrugada a preparar el desayuno de mis compañeros.

Estábamos metiendo el pan en el horno cuando se lo conté a Mr. Brown. “Bien hecho, hijo, los llevaste a un lugar seguro”, dijo. Guardé mis comentarios y seguí en mis labores pensando en Susan, en sus arrebatos, en su desprecio. Después que servimos el desayuno, el papá de los niños se presentó a la cocina en compañía de Don Felipe a agradecerme lo que había hecho y, en un inglés isleño, cantadito, me dijo que tomara de sus manos mi recompensa. Le dije que no, que hice lo que había hecho sin intención de obtener algo por ello. Que me bastaba su agradecimiento. “Hiciste bien, hijo”, comentó Mr. Brown, “ese hombre nunca te olvidará”.

En una tarde soleada, de esas que derriten el asfalto de las calles, mientras caminaba por la esquina de Wing Sang en Bluefields, el hombre me reconoció. “Ando en busca de un cocinero para el barco del que soy capitán”, me dijo y desde entonces, por más de cincuenta años, comencé a aplicar los consejos de Mr. Brown en alta mar, cocinando al ritmo de las olas para la tripulación de barcos camaroneros, langosteros y mercantes, tiempo en el que Susan desapareció de mis pensamientos y logré conocer y conquistar a Gretta, la mujer de mi vida.

Ahora que camino apoyado por un bastón entre los patios de Old Bank, sin cercos que nos dividan, ha regresado a mí el recuerdo de esa noche de hace muchísimos años. Recuerdo a Mr. Brown, el buen trato que me daba y sus consejos que me facilitaron aprender el difícil arte del cocinero. Veo hacia el corredor de mi casa donde mis bisnietos juegan bajo una estrella navideña que les ilumina el rostro y, en dirección a El Bluff, diviso la salida de la luna que con sus pinceles pinta de plata la bahía.

Ronald Hill A.

12/12/2019 
Foto: Ronald Hill A.

lunes, 9 de diciembre de 2019

LAS COSAS DE JULIANA


Creció con la caricia de la brisa en el rostro, flores silvestres a sus pies, güises y colibríes cantando frente a su ventana y, un poco más allá, el rumor de la cascada en las piedras el río. Conquistaba el mundo a su alrededor y le ayudaba a su mamá: barría la casa, jalaba agua desde la quebrada y cosechaba hortalizas y flores que crecían en el huerto familiar.

Juliana no estaba lista, pero escapó con un hombre que llegaba a vender a la casa todos los jueves. No tenía la edad para hacer esas cosas, apenas comenzaba a estudiar el segundo año de bachillerato en Naciones Unidas, pero el vendedor se la llevó a vivir solita como viven los casados.

Dice estar enamorada pero para mí que no, huyó del terror que le tenía a su padrastro, de la indiferencia de su madre, de sus primos que nunca desperdiciaban oportunidad para meterle mano y tocarle el cuerpo. Ya no soportaba a sus dos medios hermanos mayores que la menospreciaban y siempre reclamaban cosas para ellos: ¡la casa es mía!, ¡las vacas son mías!, ¡la tierra es mía!

Juliana ahora tiene un hombre y una casa; tiene una cama, almohadas y sábanas; un comedor de cuatro sillas, tazas, vasos, platos, cucharones y una refrigeradora, todos de plástico. En la sala tiene muchas otras cosas más en los bultos que el hombre lleva a vender en sus giras semanales.

Está maravillada porque el semanero le da dinero para que compre sus cosas en las tiendas de la calle central y el mercado de Nueva Guinea. Pasa feliz, excepto los días sábados, el día que regresa borracho, enojado y furioso sin querer hablarle. En una ocasión desbarató la puerta del cuarto de una patada, ella nunca olvida sus botas vaqueras atravesadas entre la madera hecha astillas.

Los domingos pasa de lo más amable con ella; no le permite distraerse con el teléfono, ni asomarse por la ventana de madera, sólo quiere estar acostado con ella y no deja que la visiten sus nuevas amigas del barrio. Los lunes que se va, ella respira profundamente y vuelve a sonreír. 

Juliana se balancea por las tardes en una mecedora que tiene en el corredor, así sus vecinos y los que pasan por la calle pueden dar constancia que siempre está en la casa. Observa las cosas que tiene: un espejo dorado frente al que sueña, dos sillones y un televisor Sony inteligente. Le encanta mirar la barandilla de madera pintada todita de blanco, los atardeceres, la lluvia y las avispas florecidas que crecen al pie del cerco de ocho hilos de alambre de púas que dan vuelta a su alrededor como si trataran de enrollarla, pero lo que más admira son las flores del jardín con las que un día hará el ramo de su casamiento.

04/12/2019