martes, 2 de diciembre de 2014

EL ANCIANO CON SOMBRERO DE PAJA (“He luchado toda la vida”)

A las once de la mañana pocos clientes concurren al mercadito campesino que se instala todos los viernes frente a la acera de la Alcaldía. Recorro cuatro toldos en busca de naranjelas para hacer fresco con ellas; al llegar al final de la hilera un anciano de cabello blanco, cubierto con un sombrero de paja, saborea un nacatamal en el borde de una mesa.

Dos hombres conocidos están sentados a la orilla del toldo que delimita el espacio que queda libre para que circulen los vehículos en doble vía. Desde allí, el punto más elevado de la calle, observo que las mesas también están ralas de productos.  Al fondo, en dirección a la Alcaldía, más de diez motocicletas están parqueadas con sus llantas delanteras pegadas a la cuneta. “Vino muy tarde”, dijo una de las mujeres que siempre vende plátanos y guineos, “el lunes puede encontrar, los de los Ángeles siempre traen”, agregó.

Regresé la mirada hacia el anciano y noté que se limpiaba la boca con un pañuelo. Le pedí permiso para tomarle una foto con mi teléfono. Sin decir palabras se alejó un poco de la mesa, guardó su pañuelo y se quitó el sombrero. “Con sombrero va a quedar más elegante”, le dije y se lo volvió a poner.

    ¿Cómo se llama usted? —pregunto dándole la mano.

Las voces de las mujeres que ofrecen sus productos, las de las que se acercan a los toldos preguntando por los precios, los hombres que platican al lado y el sonido de un vehículo que pasa pitando, no permiten que me escuche con claridad. Me acerco casi pegándome a su oído para preguntarle nuevamente.

    Cesario Betancourt Pérez —responde con su voz cansada pero firme.
    ¿Qué edad tiene?
    Yo tengo… ochenta y… seis años.
    ¿En qué año vino a Nueva Guinea?
    Me vine para acá en 1972.
    ¿De dónde es originario?
    De Honduras, de San Marcos de Colón, pero me vine porque mi papá fue casado con una señora llamada Isabel Pérez, originaria de Pueblo Nuevo. Así fue que llegué a León.
    Entonces, se vino para acá y compró finca.
    ¡No, no le voy a mentir hermano, me la regalaron!
    ¿Quién?
    En los tiempos cuando estaba Tacho Somoza, Tacho me la regaló. Entraban camiones a las Marías, la comarca donde yo vivía, y los hombres nos decían que a los que se vinieran para Nueva Guinea les iban a dar tierra; “les vamos a hacer su casa, van a tener todo y ya no van a seguir siendo esclavo de los ricos”. Mi esposa andaba en una oferta en Matiguás pero yo les dije “me voy, sin tamales pero me voy”.
    Y se vino. ¿En avión?
    Sí, en avión, allí donde era la pista me apearon.

Miro hacia donde señala y un avión Hércules de la fuerza aérea Panameña está estacionado en el extremo este de la pista; otro sobrevuela los alrededores en el cielo azul de abril, a la espera de que se disuelva el tumulto de gente para aterrizar. Los campesinos recién llegados caminan desorientados, aferrados a sus bultos y sacos mientras los trabajadores del IAN gritan dando orientaciones para que hagan fila y se dirijan hacia una caseta donde registran sus datos.

    ¿Vino solo o con su esposa?
    Con mi esposa.
    Y después, ¿para donde lo mandaron?
    Después, allí nos daban provisiones, un saco de pan, manteca y todo, estábamos muy alegre porque eso no lo teníamos, éramos pobrecitos, yo vivía a la orilla de un río. Todos los días me tenía que levantar a las tres de la mañana para ir a trabajar en los algodonales.
    ¿Y entonces, donde le dieron la parcela?
    Allá, cerca de la colonia Rubén Darío.
    ¿Cuánto le dieron?
    Me dieron 50 manzanas.
    ¿Y allí permaneció por mucho tiempo?
     Sí, en esa época se abrieron los créditos para criar chanchos que nos daba el banco, pero le hice una solicitud para ganado y me dieron dos vacas paridas, una bestia y un macho. Mire, con esas dos vacas paridas yo hice veinte. Cuando la guerra de los años ochenta eso era lo que tenía. Estaba bien, tenía mi carreta, mis tres pares de bueyes, mis bestias para andar y viajaba tranquilo a la finca porque yo vivía en La Esperanza; me iba montado siete kilómetros por el camino a la Rubén Darío.

“Sólo tengo sembradas dos manzanas de frijol rojo, ¿y vos?”, pregunta el hombre de gorra y bigote que está sentado a la orilla del tubo que sostiene el toldo. “Una para la comida y para no volver a perder”, contesta el otro, el que está al lado de la vía. “Se acabaron los tiempos de las grandes frijoleras, ya es demasiado lo que se pierde cada año”, agrega el de bigote. “A diez pesos cada uno”, dice la mujer de la venta de nacatamales, sosteniendo en su mano derecha un hermoso tamal que muestra a una señora que husmea en su mesa.

    Y cuénteme, ¿cómo pasó esos tiempos de guerra?, le pregunto a don Cesario.
     ¡Ahhh!, ¡todos mis animales se los robaron, se los comieron! Llegaban unos y otros, los de la contra y los del ejército. “Nos vas a dar una vaca, un ternero”, me decían; qué iba a hacer, se los comían. Un día vengo de la parcela y al bajar un caño me salió la contra. “Es cierto que vos tenés un hijo que es artillero, que anda con los sandinistas”, me dijeron. No tengo hijo que anda con ellos, es un nieto. Vos sabes que los hijos cuando están hombres deciden lo que van a hacer, ya no hacen caso, les dije. Me metieron al monte, me investigaron todo, uno de ellos me quería llevar, otro me amenazaba con una pistola, pero otro que era conocido, porque yo le había hecho un favor, les dijo que no me hicieran nada. Mire cómo son las cosas: me soltaron.
    ¿Y después?, ¿se salió de la finca?
    Sí, amigo. Tuve miedo, mal vendí todo y logré comprar una casita en la zona 5 donde vivo ahora.

El hombre de bigote dejó de hablar sobre los cultivos y su parcela, se volteó hacia el lado de la mesa donde estaba sentado el anciano y se metió en la plática. “Eso es lo que les va a pasar a los campesinos que viven en la ruta del canal si no se organizan, si cada uno negocia por su cuenta con los chinos no volverán a comprar lo que ahora tienen en esos lados de Punta Gorda”, dijo. El otro se quedó pensativo mirando al anciano. La mujer se acercó y con sutileza retiró el plato donde quedaban las hojas del nacatamal que se había comido.

    ¿Y su señora?

Dos empleados de la Alcaldía se montaron en sus motocicletas, se pusieron los cascos, las encendieron de una patada, giraron a la izquierda, maniobraron con rapidez pasando pegadito a los hombres que estaban a la orilla del toldo y el ruido de los motores se dejó de escuchar hasta que doblaron a la derecha, perdiéndose por la calle central.

    Ya murió, pero mire, yo he luchado toda la vida. Quisiera que llegara a mi casita, quiero que me visite, de la esquina de Rubén Darío a la media cuadra estoy yo, pegado a Alberto Blandón.
    Está bien, amigo, un día de estos llego.

La vida del campesino es dura, lo han marginado y explotado históricamente, pensé al llegar a casa. Han sido golpeados triplemente. A unos, Somoza les dio hacha, calabaza y miel, y a otros, los desalojó de sus tierras; en los años ochenta fueron evacuados por la guerra perdiendo todo, otros se involucraron en el conflicto armado por la fuerza y, para remate, el huracán Juana con sus bosques acabó. Hoy, esos mismos campesinos que retornaron a sus tierras para comenzar de nuevo, una vez finalizada la guerra en 1990, sus mujeres, sus hijos y nietos, ven el futuro incierto por los planes de construir  un canal interoceánico que los mantiene en zozobra. ¿Volverán a ser golpeados?, sigo preguntándome.



30/11/2014

martes, 25 de noviembre de 2014

¡PU…PA!, ¡PU…PA!, ¿VA A LLEVAR TORTILLAS?




Para Lidia López el día comienza con el alba, antes que el sol nos regale sus primeros rayos de luz. Todos los días se levanta a las 4:30 a.m. y se dirige al pequeño tramo del mercado municipal donde, junto a dos compañeras, hace tortillas para lograr el sustento de su familia.

A las 5:30 de la mañana me encontraba en la terminal de buses, luego de caminar desde mi casa en busca de un radiante amanecer, y escuché en la distancia un sonido ronco, seco y  continuo. Como sabueso atravesé el laberinto de tramos, aún sucios por el trajín del día anterior, escuchándolo cada vez más cerca y, al girar a la derecha en dirección a los tramos de comidas, las vi y escuché clarito el ¡pu...pa!, ¡pu...pa! de las manos que palmean la masa para elaborar las tortillas.

Desde el fondo del pequeño tramo salió Jerónimo Duarte, el corresponsal de La Prensa, y me sorprendí. “Me quedé esperando las fotos de la marcha contra el canal”, me dijo. “Se me perdió el papelito donde anotaste tu dirección de correo”, le contesté. “Pero ahora andas una camarita, ¿y la grandota?”, dijo al ver la cámara compacta que tenía en la mano. Noté que las mujeres estaban pendientes de la plática pero sin detenerse en sus labores. “Una de estas tenés que comprar”, respondí y le mostré las diferentes funciones de la cámara compacta Sony Cyber-shot y, para que la viera en acción, le pedí permiso a Nidia para fotografiarla. “Una sonrisa, una sonrisa”, le pedí y zas la foto. “Una de esas voy a buscar”, dijo y se despidió alejándose del tramo.

Le mostré su foto a Lidia y luego a su compañera Adilia. Entre tres mujeres hacen 1800 tortillas al día que las venden a un córdoba por unidad. De un quintal de maíz elaboran la masa para hacerlas. Noté que no había humo en el ambiente, no usan leña por el efecto nocivo del mismo para la salud, tampoco usan comal sino que emplean una cocina industrial que tiene una plancha de acero en uno de sus extremos donde echan las tortillas, y en el otro, quemadores para preparar diversos alimentos.

“¿Usted sólo echa las tortillas?”, le pregunté a Lidia. “No, que va, nos turnamos entre las tres”, agregó Adilia. “Cuando llego a mi casa, no quiero tocar nada de nada, no aguanto las manos, que tal si lo hiciera solita”, dijo Lidia. “Es la necesidad, los compromisos que una tiene los que nos obligan a penquiarnos muy de mañanita”, dijo Adilia sin dejar de hacer el singular ¡pu…pa!, ¡pu…pa!, al golpear con la palma de sus manos el motetito de masa para una tortilla que ya tiene medido por su expertis.

Vi hacia el lado izquierdo y noté que llovía. “Ahora me voy a mojar”, les dije. “Va a llevar tortillas”, me respondieron en coro. “Otro día porque no ando ni un peso”, respondí. “Ah, pues me trae la foto”, agregó Lidia y me retiré buscando la salida por el Monumento, pensando en el gran esfuerzo que hacen estas mujeres para sustentar a sus familias, sin perder la autoestima y la alegría de vivir la vida a pesar de las múltiples desavenencias que todos, desde diferentes realidades, enfrentamos.

Ya voy a imprimir la foto de Lidia y Nidia para entregársela y decirles esto que escribo para  que las conozcas, para que te des cuenta de su esfuerzo.

martes, 18 de noviembre de 2014

SIN CARRETA NI CARRUAJE



Rueda la rueda,
girando por los caminos,
jalado la carreta y el carruaje.
Una cargando alimentos para cuerpos,
leche en la pichinga, y el otro,
almas; decepciones, esperanzas, pasiones y alegrías.

Inseparables en el paisaje,
yacen por el tiempo corroídas.
Sin carreta ni carruaje
de alimentos y almas desproveídas.

¡Contempla!, ¡contempla a la rueda y la pichinga!
Ejemplos del andar por la vida,
abandonadas como piezas de museo,
esperando que el invencible tiempo las extinga.


Ronald Hill A.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

ADVOCACIÓN CANALERA


Platicaba con Payín y la Julita en su pulpería y noté el arbolito de Laurel plantado en la acera, frente al monumento que los Juigalpinos han levantado para honrar la memoria de Gregorio Aguilar Barea, en la propia bocacalle que da acceso al Instituto “Josefa Toledo de Aguerrí”. El medio barril ubicado a un lado de su tronco estaba vacío, pero su copa podada florecía artificialmente con bolsas y botellas de plástico, mientras los estudiantes circulaban en sus alrededores. No me contuve y le tomé la foto para mostrársela a Payín y la Julita. Sonrieron por unos instantes pero poco a poco la desilusión se fue apoderando de sus cansados rostros.  “Qué barbaridad”, dijo la Julita y siguió atendiendo a los estudiantes que compraban chiverías.


Salí a la acera y me encontré con Héctor, el padrecito. Luego de saludarlo le pregunté por su viejo. “Está en casa”, dijo. “Para allá voy”, respondí al despedirnos. Cuando escuchó mi voz desde afuera, desde las verjas, salió a abrirlas y no saludamos como siempre, con un fuerte apretón de manos. “Así me mantengo, encerrado para protegerme de la banda de la bulla y los incendiarios”, dijo y me ofreció una silla.

El día anterior pasé por la imprenta de Santo Tomás y aproveché para conversar con su propietario sobre el costo del librito que siempre tengo en mente y, para convencerme, me mostró como seis recién elaborados, la mayor parte de ellos de personas conocidas de Chontales. Entre ellos uno de Héctor Molina Pérez. Al tenerlo en mis manos y darle una hojeada, pensé: “Al fin, el libro de toda su vida” y lo celebré por ver su empeño materializado. Ahora que estaba allí, visitándolo y conversando en la comodidad de su casa, el no hacía alarde de su obra, sino que nos referíamos a la familia y él a sus permanentes problemas de salud.

“Voy a cenar, movámonos al comedor”, dijo y la mujer que lo acompaña en sus años de viudez nos recibió atentamente en la mesa. “Un vasito de agua”, para mí le respondí cuando me preguntó si quería tomar algo. “El es un amigo de siempre, desde los tiempos de la universidad”, le dijo a la mujer. “Vi tu libro”, le dije y dejó de masticar por unos instantes con la mirada sobresaliendo encima de sus lentes. “El de los gallos”, respondió con el semblante lleno de orgullo. Se levantó de la mesa y regresó con el libro y un afiche con la imagen de varios gallos. Terminó de cenar y buscó un lapicero. “Para Ronald Hill, siempre amigos. Octubre 2014”, escribió y lo firmó.

Nuevamente en la sala, entró a su habitación y me entregó 18 páginas sueltas con 17 poemas que ha escrito, entre otros de su autoría. Léelos, si te gusta alguno de ellos puedes publicarlos en tu blog”, dijo. “El poema Canción del bosque para una mujer de ojos verdes lo he leído siempre que vengo a verte”, le dije y su semblante oscureció. Es el poema dedicado a su esposa, María Odilly. “Hay otros, unos calientitos, pero muchos de aquí no les entienden”, dijo y agregó, “uno dedicado al canal de los chinos”.


I
España buscaba un paso a la mar del sur
Y llegar a las especierías
Pedrarias se apoderó de Nicaragua
Los ingleses inventaron al rey mosco
Se apoderaron de la mosquitia
Vanderbilt y Walker se apoderaron de la ruta de tránsito
Walker asaltó el país
Roosevelt tomó Panamá
Colombia se atragantó el Caribe

II
China es una cultura milenaria e enigmática
Como un gran panal
Melificado por el Yuan

III
Allí los billetes no nacen en las ramas de los arboles
Sino en la mano de los chinos
China es un país diligente
Sus habitantes han aprendido a encender el sol y apagar la luna
Surcar canales y torcer los ríos

IV
Cuando Wang Jing y sus tambochas
Hayan creado el megasurco
Seremos el ombligo del mundo
y
Lo celebraremos en versos de Han Yu
En una gala con pato a la Pekin
Regada con huangjiu
Y música de Ling Lu

VI
Y la historia de Nicaragua será otra
Y el rostro del mundo será distinto.


Héctor Molina
10/10/2014

martes, 4 de noviembre de 2014

EL GALLEGO



Salí al patio frontal de la casa y escuché crujir las hojas secas de Caoba en la grama. Lo vi correr velozmente y se subió a un  árbol de Caña Fístula. Lo observé con detenimiento y vi sus grandes crestas: un Gallego macho, adulto. Pasó toda la mañana tomando sol, por la tarde se bajó, trasladándose al tronco de una Palmera donde pude fotografiarlo completo. Una hembra corrió entre unos arbustos y se bajó del tronco como un rayo para perseguirla.

El Gallego, basilisco verde o basilisco de doble cresta (Basiliscus plumifrons) es una especie de lagarto nativo de América, a excepción de Angloamérica (EU y Canadá), y gran parte de América del Sur (Argentina, Chile, Bolivia, Uruguay, etc.). Su hábitat natural abarca desde México a Ecuador. En ciertas zonas de México es conocido como tequereque o "teterete"

Los basiliscos verdes son omnívoros y se alimentan de insectos, pequeños mamíferos como roedores, e incluso algunas especies más pequeñas de lagartos. Su dieta incluye también frutos y flores. Entre sus predadores más frecuentes se encuentran las aves de presa, las zarigüeyas y las serpientes.

Las hembras de esta especie ponen entre 5 y 15 huevos a la vez. Depositan estos huevos en lugares cálidos, arena húmeda o tierra. Demoran entre ocho y diez semanas en incubar, tras lo cual el joven espécimen nace ya como un lagarto totalmente independiente.

Al igual que otros basiliscos, este lagarto tiene la habilidad de correr sobre el agua por escasas distancias, utilizando unas membranas especiales en sus patas que aumentan su superficie de apoyo sobre el agua. En muchos lugares le llaman “Jesucristo” por esa habilidad. No obstante esto, es también un notable nadador, pudiendo estar sumergido por períodos de tiempo superiores a los 30 minutos.

martes, 28 de octubre de 2014

EL GALERÓN DE LOS MACHETEROS (“Sola, siempre sola”)


Me detuve para fotografiar el arco que da acceso a la hacienda de Hato Grande y, al ver la inmensa casa colonial, lo traspasé sin pedir permiso. Caminé hasta el fondo. Al enfocar la casa la vi, solitaria en el inmenso corredor; me acerqué y la saludé.

    ¡Buenos días!
    ¿Anda paseando?
    Sí, voy para Puerto Díaz y entré para fotografiar el arco.
    Si va a subir al cerro le abro el portón, yo tengo la llave.

“La vista debe ser espectacular, pero otro día voy a venir para ver el lago, las islas, el volcán Mombacho de Granada, la isla de Ometepe con sus volcanes y la cordillera de Amerrisque”, pensé.

    No puedo, me esperan en Puerto Díaz, ¿cómo se llama usted?
    Nubia Miriam Guillén.
    ¿Qué edad tiene?
     ¿Yo?, tengo 57 años.
    ¿Y de vivir aquí?
    35 años.
    ¡En Hato Grande! ¿Y cuántos hijos tiene?
    Sólo cuatro; dos que están en Costa Rica, una casada y un soltero.
    ¿Todos nacieron aquí?
    ¡Sí!
    ¿Cuántos años tenía cuando se vino a vivir aquí?
    Vine de 19 años.

Cruza el arco de Hato Grande. Cabello liso, suelto al vaivén del viento, inhala por primera vez el aroma de la hacienda, observa la majestuosidad del cerro con sus ojos zarcos. Una maleta con pocas cosas descansa a sus pies. Su falda va suelta coqueteando con el calor del suelo; su corazón palpita de emoción frente al futuro incierto. Una flor choteada en los llanos de la hacienda señorial.

    ¡Sus ojos son lindos! De seguro tuvo muchos enamorados. ¿Ya tenía hijos cuando llegó?
    ¡No!, todos nacieron aquí, los cuatro.
    ¿Cómo le llaman a esta casona?
    Este era el galerón de los macheteros.
    ¿Cómo?, ¿el galerón de los macheteros?

Observo la inmensa casona, joya viviente de un pasado esplendoroso. El corredor frontal tiene cuatro metros de ancho. El techo es sostenido por diez pilares de madera con dimensiones de 6 x 6 pulgadas de ancho, separados cada 5 metros; son 4.5 metros de alto. En cada pilar descansan las vigas y, entre ellos, 6 piezas de 4 x 4 pulgadas hacen de alfajillas sobre las cuales está clavada la madera que sostiene las tejas de barro. El espacio que se encuentra entre cada pilar delimita diez cubículos a ambos lados del galerón cuyas paredes son de adobe; eran usados para alojar a los macheteros. Escucho murmullos, risas y gritos, el rechinar de limas sostenidas por manos callosas que afilan los machetes por la mañana, el chischil de las espuelas avanzando al ritmo de los pasos en el corredor, pero ella me regresa a su lado.

    Aquí vivían los que hacían el trabajo de campo, campistos y jornaleros, pero yo pasaba en la pista de Hato Grande, allá abajo.
    ¿La pista de aterrizaje?
    Sí, yo tenía una casita que él me había dado, el papá de Roberto, pero como él vendió …
    ¿Cómo se llamaba el papá?
    Don Alberto Rondón, casado con doña Gloria Sacasa. Ellos eran el papá y la mamá de don Roberto, Tito Rondón, Juan Rondón, Nicarina y María Rondón.
    A todos los conoció, en esos tiempos eran chavalos.
    Eran hombres y mujeres, pero jóvenes.
    ¿Venían desde Managua en avión?
    Sí, pero sólo don Roberto piloteaba aviones; tenía un Cessna C47 y un Push Bull.

Trasladarse en una avioneta desde Managua a Hato Grande es cruzar la parte occidental del  óvalo del Lago Cocibolca, se aprecia el volcán Mombacho y, conociendo el espíritu jovial y juguetón de Roberto, sobrevuela la costa, se desliza como arriero volador sobre miles de cabezas de ganado que pastan en las llanuras, se eleva sobre la copa de los árboles, gira el ala izquierda para subir sobre el cerro y da la vuelta para tomar posición de aterrizaje sobre la pista de la hacienda más grande de Nicaragua, referente del latifundio oligárquico heredado de la Colonia y del sistema de producción ganadero extensivo.  

    ¿Usted siempre estaba en la pista?
    Siempre estaba en la pista, pidiendo vía para la bajada de noche, a las siete y ocho de la noche, cuando venían los turistas, delegaciones de China, de Japón, Noruega, Holandeses y así.
    Me imagino que aquí eran bien atendidos.
    Yo apuntaba la hora de salida y de entrada.
    Usted llevaba el registro. ¿Quién tiene esos registros?
    Cada mes los llevaba a Aeronáutica Civil.
    ¡Ah, ya!
    Sí. Sola, siempre sola, tenía que ir cada mes.
    Y así se quedó viviendo aquí. ¿Ya tiene nietos?
    Ya tengo esos dos —responde señalando a un niño que sonríe al lado de una puerta.
    ¿Sólo dos nietos?
    Allí, lo está viendo a él.
    Bueno, doña Nubia …
    Yo vivo sola …
    Además de jefa de aeronáutica, ¿qué más hacía?
    En Managua fui del hospital El Retiro, cuando era El Retiro.

Una bandada de pájaros se posó en el árbol de Palo de Hule que se encuentra inclinado hacia la derecha del corredor, inundando el galerón con su canto. El niño se acercó; ella colocó su brazo izquierdo sobre sus hombros, acurrucándolo en su costado izquierdo.

    ¿Allí fue enfermera? ¿Después se vino para acá?
    Sí … después, cuando me … me metí a eso de aeronáutica …
    Enfermera, aeronáutica y ¿qué más?
    En bordado y costura.
    Y ahora abuela.
    ¡Abuela! ¡Vamos para más arriba!
    ¡Qué bueno doña Nubia! ¡Un gusto conocerla! ¡Está bendecida!
    Que le vaya bien.

Vi hacia mi derecha y noté una cruz de madera ubicada al final del corredor del galerón. La observé inmensa, mucho más alta que yo.

    ¿Puedo tomarle una foto a la cruz?
    Sí, no hay problema; es la que se usa en la procesión de Semana Santa. ¡Mire, aquella es la capilla!
    Se ve linda. ¡Adiós!

En Puerto Díaz le comenté a Sergio lo del galerón de los macheteros y le mostré la foto para ver si lograba reconocerla.

    Sí. Sí, es ella. Siempre estaba al lado de la pista, siempre sola —dijo.

De regreso me invadió cierta nostalgia al ver cómo una hacienda señorial, una gran casona y una bella mujer, antes llenos de vigor y gloria, hoy se encuentran abandonados a un pasado que nos atrapa a todos, sin excepción.  




25/10/2014

Nueva Guinea, RACS.

miércoles, 22 de octubre de 2014

EL QUERQUE



Antes de llegar a El Coral me detuve a fotografiar un árbol que es raro, lo han exterminado, es un sobreviviente del despale indiscriminado, el Zapote de Monte. En eso estaba cuando una pareja de Querques (Polyborus plancus audubonii) se posó en una rama. El Querque pertenece a la familia o grupos de las aves rapaces.

Tiene las piernas bastante largas y una cresta. No tiene plumas en la cara y la base del pico es roja. La corona es negra; los lados de la cabeza, el cuello y la garganta son blancos; el resto de las partes de arriba es negro; el pecho es blanco y la barriga es marrón gris. La cintura y la mayor parte de la cola son blancas con una ancha raya negra; volando muestra dibujos blancos en las alas. La cría es casi similar, sólo es más marrón en todo el cuerpo y en las partes de abajo es más rayada.

Es común en  zonas rurales. Es un ave de presa fuerte, cuyo alimento no se limita a la carroña. Usualmente se les ve en parejas o grupos pequeños. Muchas veces se observa estas aves caminando en el suelo. Vuela fuertemente, pero parece no poder mantenerse planeando.