viernes, 16 de marzo de 2018

EL CINE RENITH DE EL BLUFF



En los primeros años de la década de los años 70 se construyó el cine RENITH de El Bluff. Ubicado en la bajada de la capilla de la iglesia católica, en dirección al campo de béisbol, el edificio era un galerón de madera a dos aguas, forrado por láminas de zinc y orientado de Norte a Sur. Su parte frontal estaba dividida en dos áreas, una para la boletería y otra para venta de chiverías y, el área de acceso era un pasillo que conducía a luneta y palco.

En el palco los espectadores eran acogidos por bancas de madera con respaldar, mientras que las de luneta eran sencillas, bancas peladas. Detrás del palco quedaba la cabina de proyección y, entre el palco y luneta, un desnivel bien marcado separaba ambos espacios de tal forma que los chavalos más irredentos no pudieran escalarlo para pasarse al palco. De igual manera el precio de los boletos eran diferenciados. En el fondo, varias láminas de plywood pintadas en blanco hacían de pantalla, la casa de doña Marianita, la mamá del Cabe y el Flaco García, quedaba pegada a la pared sur del cine.

La construcción del cine se hizo mediante una empresa que conformó mi papá con Elías Jureidini. En esos años se me encomendaban varias tareas en función de ello. Una de las primeras fue la de escribir los carteles de las películas. En un pizarrón escribía con tiza la fecha y hora, el nombre de la película, los actores principales, si era a technicolor y cinemascope y/o en blanco y negro. Hacía tres carteles, uno se ubicaba en el corredor de la casa de doña Juana Angulo, propiamente frente a la subida de las gradas del cuartel de los guardias, otro en la casa de don José Sanles, al pie de la ventecita de la Machú y el otro en el frontis del cine. Era algo más o menos así:

CINE RENITH
Hoy, sábado 14 de Agosto
Gran Estreno a las 7:00 p.m.
CLEOPATRA
Con Elizabeth Taylor y Richard Burton
En technicolor y cinemascope
Entrada: Palco 5 córdobas y luneta 3.
¡No te la pierdas!

Todos los días había función menos los martes. Los lunes se pasaba la mejor película de la semana anterior. Los rollos de películas llegaban los martes desde Managua en el avión de La Nica.

Recuerdo que cuando preparaba el cartel en la casa de doña Juana Angulo, los trabajadores de la agencia aduanera de don Pedro Joaquín Bustamante, entre ellos Zoilo Carrasco, Jimmy Wilson y Pablo Alvarez, siempre estaban pendientes de las películas que se anunciaban, y al cometer un error ortográfico estaban listos para corregirme. “No jodas Catracho, se te olvidó ponerle el acento al sábado”, decía Zoilo y todos se carcajeaban. Hacían parte de la mañana conmigo, mientras sus inmensas máquinas de escribir con las que preparaban las pólizas de importación y exportación tenían unos minutos de silencio. Otro que estaba pendiente era Kalilita. “Ya sabes, por poner ese rótulo aquí, mi entrada es gratis”, decía.

Antes de comenzar la función, la gente se aglomeraba frente al cine, frente a la capilla de la iglesia católica y en la cancha donde jugábamos basquetbol y volibol. Para ambientar la espera del público se ponía música en un tocadiscos que inundaba los alrededores mediante un megáfono adaptado. La gente llegaba a pedir la música de su preferencia, para dedicársela a alguna chavala de la que estaban enamorados o porque simplemente estaba de moda. Cinco minutos antes de las siete de la noche sonaba la canción El Borriquito de Peret, “el borriquito es como tú, turururuu, que no sabe ni la u, yo sé más que tú”, que daba el aviso del inicio de la película y la gente comenzaba a inundar el cine.

Con mi hermano Tony nos turnábamos para recibir los boletos de entrada. Se preparaban con cartulinas de distintos colores firmadas para diferenciar las de palco y las de luneta, pero nuestros amigos, los broderes, los de la gallada, siempre entraban gratis: estiraban la mano sin nada en ella y recibíamos el boleto invisible. Otros en cambio comenzaron a falsificar las entradas. Enviaban a uno de su grupo a comprar boletos, cortaban con tijeras los pedazos del mismo tamaño y falsificaban la firma. Al contar los boletos y el valor de los ingresos se llegó a notar la diferencia, por ello desde entonces los boletos fueron firmados y sellados.

Los Blofeños se divertían en el cine. Sus películas preferidas eran las de cowboys, de terror, de guerra, de marcianos y amorosas. Y, por supuesto, las mexicanas eran las que más les gustaban. Muchos llegaban al cine a platicar, a verse, a pasar el rato, otros en el plan serio de ver la película, pero los más nefastos ponían chicles en las bancas, le tiraban cosas a la cabeza de los que estaban delante de ellos, razón por la cual se armaron varios pleitos a tal grado que se encendían las luces y se detenía la película para calmar los ánimos. Los mayorcitos iban al cine a cortejar a las chavalas; se sentaban a su lado, se acercaban escurridizos apenas se apagaban las luces, le tomaban la mano, le tocaban las piernas, la abrazaban y trataban de besarla. A una muchacha, no recuerdo su nombre, la apodaron “La Cómoda” porque Federico Chapop insistía en que se sentara a su lado y ella le respondió: “no, no, gracias, aquí estoy cómoda”.

Henry Pineda fue el operador de los dos proyectores de películas por muchos años. En ocasiones se cortaban las películas y cuando ocurría la gente pegaba gritos, silbaba y le daba golpes a las láminas de zinc formando un escándalo, mientras Pineda se esforzaba en arreglarla. Muchas veces se presentó con sus tragos entre pecho y espalda, todo hiposo, y mal pegaba la cinta, escamoteándose varias escenas. En otras, confundía los rollos y se perdía la secuencia de la película porque proyectaba el final por la mitad. Los alaridos de la gente no se hacían esperar y cuando se dormía lo despertaban por el escándalo que armaban. En los momentos culminantes de las películas, esos de mayor tensión, desde afuera del cine, desde la calle, varios desalmados tiraban enormes piedras contra las láminas de zinc o les daban garrotazos provocando, primero un susto colectivo y posteriormente grandes risotadas en los espectadores.

En varias ocasiones se organizaron veladas de boxeo en el cine. Chingorro vs. Zamba Larga, El Guerri vs. Mau Mau, y así entre varios que se habían enemistado y frente al público que pagaba la entrada, se agarraban a guantazos.

El cine fue un espacio de entretenimiento para los habitantes de El Bluff. Varios años después hice un viaje de vacaciones desde Managua donde me encontraba estudiando y encontré que el área de luneta del cine se había convertido en una fábrica de nasas, nasas de madera para la captura de langosta, y en el área de boletería y venta de chiverías funcionaba una carnicería.

No recuerdo por qué dejó de funcionar el cine RENITH. Quizás fue debido al costo del traslado de las películas o simplemente dejó de ser rentable, talvez fue porque las empresas distribuidoras de películas fueron desapareciendo por la influencia de la televisión, las películas en Betamax y en VHS.

Después del huracán Juana regresé al puerto. No encontré ni los cimientos del cine, solamente el recuerdo de la algarabía de la gente dentro del cine, sus gritos y alaridos cuando se cortaba la película. Eso fue lo que quedó del RENITH. ¿Qué por qué ese nombre de RENITH? Varias semanas antes de la inauguración se organizó un concurso que consistía en acertar el nombre del cine y el que lo hiciera tendría entrada gratis por un año. La gente participó con entusiasmo y se recibían sobres cerrados de la persona que participaba con el nombre del cine. Entre estos nombres figuraban Hollywood, El Bluff, Ofelia, Espectacular, Mágico, Estrella, pero solamente Lesbia Brenes, hija del coronel Brenes, atinó. Y resulta que RENITH es el acrónimo de los nombres Ronald, Elías, Norma, Indiana, Tony, Hill,

Ahora me detengo frente a la capilla de la iglesia católica, en la pequeña explanada de la escuela de El Bluff, y miro hacia el sitio donde estaba ubicado el cine RENITH, el cine de El Bluff. Escucho la canción de El Borriquito llamándome, un haz luminoso inunda la pantalla en technicolor y cinemascope, escucho los gritos de la gente y, como si la película se cortara, vuelvo a la realidad. El silencio se expande, la calle actual está vacía, la gente y los amigos de entonces se han ido para no volver. La misma realidad, la misma película de siempre, repetida en diferentes lugares donde la pobreza y la desesperanza se viven a diario.

Viernes, 8 de Marzo de 2018.


lunes, 5 de marzo de 2018

NUEVA GUINEA: FLUJO DE ESPERANZA




Nueva Guinea,

abundancia de árboles, ríos y praderas,

suficiente para sustentar una familia,

como lo probaron los fundadores

y miles que anhelaban un pedazo de tierra.

 

Un lugar donde los Ulwas y los huleros

confiaron en la madera y el agua,

en un juego salvaje y floreciente,

marcado por huellas, cascos, pezuñas y alas.

 

Pradera donde la hierba crece

más alta que un hombre,

nutrida por el calor, el frío, la lluvia y la sequía,

sostenida por raíces de hondura inimaginable.

 

Hoy, vidas y raíces se han alterado;

asentamientos, concentración de tierras,

monocultivo y ganadería nos empujan

hacia el sureste, camino al litoral.

 

El prado del Caribe central fue arado,

sus suelos han dado abundancia,

han nacido colonias, parcelas y fincas

que sostienen miles de familias.

 

Aquí, en los senderos de las fincas,

se tocan historias de vida,

semillas que respiran azul y verde,

que escuchan la música del insecto, la hoja, el pájaro,

el eco del puente sobre el arroyo que fluye y nos une.

 

Nos conecta con el pasado,

donde meditamos inmersos en el flujo de la esperanza,

en la adversidad, la alegría y la tristeza de esta tierra,

donde tantos deambularon y quedaron hechizados al pasar.


5 de marzo
58 aniversario  
Foto propia.



martes, 27 de febrero de 2018

LAS PRIMERAS FIESTAS DE NUEVA GUINEA



En los primeros años de la fundación de Nueva Guinea, todos los colonos hacían la fiesta el mero día del 5 de Marzo.

Desde Managua venía gente del gobierno a celebrar con los colonos, entre ellos: el doctor Rodolfo Mejía Ubilla, presidente del IAN (Instituto Agrario de Nicaragua); don Oscar Montes, subdirector del IAN; ingeniero Arpidio Tijerino, encargado de la carretera; ingeniero Padilla Cubas, supervisor; ingeniero Pompilio Baca, encargado de ganadería; ingeniero Saravia, encargado de cooperativismo y el doctor Arturo Parajón, presidente de la comunidad Bautista y médico del hospital Bautista.

Se hacían grandes comelonas ese día, los evangélicos iban a rendir cultos y los colonos católicos hacían fiestas de montaderas de toros, cada colono daba su toro y hacían las barreras de caña de bambú al igual que el palco. Para poder entrar al palco se pagaban 2 córdobas y el fondo que se reunía era para pagar a los chicheros, a los toreros y para comprar los galones de cususa. El resto de la barrera era bastante abierto para que miraran la montadera los que no podían pagar la entrada.

Se organizaba una junta directiva de fiesta. Ramiro Luna era el presidente de la fiesta; Pablo Urbina el presidente de los toros; Santiago Leiva era el encargado de los campistos; Emérito Arroliga y Felipe Arroliga eran los encargados de traer los toros y controlarlos dentro de la barrera. Carlos López se destacó como el mejor campisto y Julio Leiva como el mejor montado.

En ese tiempo nadie pagaba impuestos, todas las mujeres vendían con alegría sopa de gallina y nacatamales. No existía alcalde en esos primeros años, solamente un Consejo Agrario y un administrador quienes eran las máximas autoridades de la comunidad. Con la división política administrativa se nombran los alcaldes mediante los procesos electorales con lo que la cultura y tradición de la algarabía que antes se hacía se van perdiendo de forma paulatina; la actividad de las fiestas de aniversario de fundación se sigue celebrando el 5 de marzo pero se han vuelto mercantilistas, puros negocios y los colonos no son tomados en cuenta.

Fuente: Manuscritos de Víctor Ríos Obando, fundador de Nueva Guinea.

sábado, 24 de febrero de 2018

LA CHAMPA INCONCLUSA


La carretera de macadán hacia Nueva Guinea partía en dos la finca Mokorón que albergaba a cincuenta familias evacuadas desde las profundidades de la montaña y, donde antes predominaba el verdor de los pastos, el plástico negro sobresalía desde la distancia. Mi labor consistía en realizar una inspección de los asentamientos porque en los medios internacionales eran denunciados como campos de concentración.

A tempranas horas sostuve una reunión con el responsable del asentamiento. Me facilitó los nombres y apellidos de los evacuados, el nombre de sus comunidades de origen y los bienes que habían logrado salvar; unos tenían cerdos y gallinas, otros unas pocas vacas pero la mayoría llegó sin nada más que su propia vida. Luego hice el inventario de los alimentos y enseres domésticos que tenían para garantizarles alimentación así como sus requerimientos para tres meses y, al concluir, salí a constatar las condiciones en que se encontraban las familias.

Los hombres y las mujeres estaban atareados; armaban la estructura de las champas con madera rolliza, clavándola hasta formar dos triángulos unidos de sus ángulos superiores por largos troncos que enlazaban con otros de menor tamaño de sus lados laterales para cubrirlos con el plástico negro. En el recorrido encontré a un anciano sentado en un tronco frente a una champa inconclusa.

—¿De dónde viene?
—De El Delirio —respondió con una sonrisa.

Era su comarca, su lugar, su hogar y por sólo el hecho de nombrarlo su rostro se iluminó. Simplemente por eso.

—Estaba cuidando cerdos —explicó.
—¿Cerdos? —pregunté sin ponerle mucha atención porque la labor de los otros me atraía.
—Sí, los engordaba con yuca y guineos. Fui el último en salir de El Delirio.

Me fijé en su barba larga y cabello blanco, sus ojos eran azules como los de un norteño, sus cejas gruesas y plomizas, calzaba botas de guardia y vestía de jeans con camisa manga larga.

—¿Qué tipo de cerdos?
—De varios —dijo acariciándose la barba con su mano izquierda—. Tuve que dejarlos en la parcela.

Observaba a los hombres de los lados afanados en la construcción de las champas con ayuda de las mujeres. El responsable del asentamiento estaba a mi lado. Al fondo, en lo alto de un cerro, los milicianos hacían excavaciones para atrincherarse de día y noche en sus horas de posta.

—La contra nos anda merodeando —dijo el responsable cuando notó que los observaba.

Debía dormir esa noche en el asentamiento y partir al día siguiente hacia otro ubicado cerca de Nueva Guinea.

—¿Cuántos cerdos eran? —pregunté.
—Nueve, tres curros y seis chapiollos, de esos que son picudos y no se sabe qué sangre tienen —contestó mirando fijamente al responsable.
—¿Y tuvo que dejarlos en la parcela?
—Sí, por la artillería, por los cohetes que caían haciendo grandes huecos el teniente me dijo que no había tiempo, que debía apurarme para alcanzar el camión.

Los niños y las niñas corrían en los alrededores, jugaban y gritaban en ese mundo gris que los mantenía a salvo.

—¿Y no tiene familia? —le pregunté mientras observaba a cinco campesinos que arreaban varias vacas en dirección contraria al cerro donde estaban los milicianos.
—No —dijo —, a nadie, soy sólo, mi patrona ya falleció.
—¿Y qué bando le gusta?
—Ninguno, no me interesa la política, vea a lo que nos han llevado. He andado largos caminos, tengo setenta años y creo que ya no puedo seguir más.
—¿Y la champa?, ¿cuándo la termina?
—Ellos me van a ayudar cuando se desocupen —dijo señalando a los vecinos.

Me despedí del anciano y seguí recorriendo el asentamiento. Por la noche se realizó una reunión con los representantes de cada comunidad evacuada para conocer la problemática que enfrentaban. Dormí en una hamaca colgada en el corredor de la casa hacienda y a las tres de la mañana me despertó el sonido de las ráfagas de los fusiles que escuchaba en los alrededores, más allá del cerro.

Cuando aclaró el día me dijeron que no había bajas que lamentar, pero al recorrer el asentamiento constaté que el anciano de barba blanca y cabello largo había desaparecido con las dos familias que estaban ubicadas a los lados de su champa. “Se fue con la contra, lo vinieron a buscar”, dijo el responsable cuando pregunté por él.

Era un día soleado, el resplandor del sol sobre la copa de los árboles se filtraba a ambos lados de la carretera y, en el trayecto hacia “El Níspero”, no dejaba de pensar en la suerte del anciano y sus nueve cerdos.


jueves, 15 de febrero de 2018

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: PAYÍN, EL ARADOR.


Crecí en el Valle El Edén de Ticuantepe, libre como las criaturas del campo, dice José Efraín Martínez Fonseca, conocido popularmente como Payín. Se encuentra a un lado de camino con su yunta de bueyes y he salido a su encuentro. Mi mamá se llamaba Soledad Fonseca, originaria de Ticuantepe. Embarazada viajó a San Rafael del Sur donde trabajaba mi papá, José Tomás Martínez Morales, y allí nací, agrega al preguntarle por sus orígenes.

Desde chavalo anduve de guiador con mi tío Eudijes Martínez, nunca fui a la escuela porque no me pusieron a estudiar. Viajaba a Managua guiando a los bueyes de una carreta que cargábamos con leña, repollos, guineos y tomates para venderlos en el mercado. En ese tiempo no se cultivaba piña en Ticuantepe y el gancho de camino de Santo Domingo era puro zanjones; pasábamos a la orilla de la iglesia y nos costaba coronar una subida de barrizales pero nos ayudábamos emparejando varias yuntas de bueyes.

¿Cómo se trasladó a vivir a Nueva Guinea?, pregunto al acariciarle la frente a uno de los bueyes.

Mire, yo trabajaba con Rodolfo Mejía Ubilla, el que era director del IAN (Instituto Agrario de Nicaragua), en su finca ubicada en Barrio Nuevo, cerca de Sabana Grande. Él era muy amigo de mi familia y cuando repartieron la Borgoña, le pedí un pedacito de tierra. Espérate, vamos a ver cómo hacemos, me dijo. Luego, con el paso del tiempo, se apareció y nos dijo que tenía un buen lugar para nosotros. Vine en 1965, con el segundo grupo, junto a mi mamá, un cuñado llamado Samuria, su mujer y tres chavalos, uno mío y dos de él. Mi mujer no me acompaño, se quedó allá.

Le ofrezco un refresco y le digo que me acompañe. Les da órdenes a los bueyes, se quedan inmóviles pero no deja las varas. Nos sentamos en el corredor, le sirvo jugo de guanábana y lo saborea sin prisa. A la orilla de un pilar ha acomodado las varas.

Hice carriles al lado de lo que don Miguel Torres llamada la Reserva, por todo ese lado —señala hacia el oeste y suroeste— hasta llegar a lo que hoy es la colonia Los Ángeles, fueron más de 20 parcelas de 50 hectáreas las que dejé encarriladas, responde luego de preguntarle sobre las primeras cosas que hizo al llegar y seguí preguntándole sobre el después.

Luego de cinco meses de trabajo duro me regresé a buscar al resto de la familia. Vendí mis bueyes y otras cositas que allá tenía pero no me quisieron acompañar, más bien me pidieron reales prestados, unos ocho mil pesos de esos tiempos, para pagármelos cuando se vinieran para acá. Yo andaba 70 pesos en el pantalón, se lo di a lavar a mi hermana pero se le olvidó dármelos. Hice viaje de regreso y una señora me pagó 7 pesos por un trabajo que le hice, con esos realitos me vine. El IAN estaba dando parcelas para ese tiempo. Me dio una de 50 hectáreas al lado de la Pedrera y, en la zona 3, me dieron un solar de una hectárea.

¿Qué hacía en la parcela?

Lo que podía. Sembraba maíz, frijoles, arroz, yuca y guineos. Con lo que vendía me compré una bestia, guarde unos realitos y me fui a buscar a mi mujer. Ya estando conmigo quedó embarazada y uno noche, acostados en la cama, le pasó por la barriga una terciopelo de esas que ya no crecían. Al pasarle la cola por los dedos gritó: ¡la culebra!, y me suspendí para matarla. Poco a poco le fue entrando cabanga por su mamá y eso, más el susto por la terciopelo, hicieron que se regresara.

Se quedó solitario en la montaña, dije.

Por poco tiempo, responde con una sonrisa en su rostro quemado por el sol. Dos veces la fui a buscar, le rogué y le rogué. La segunda vez mi tío me dijo que otro hombre andaba detrás de ella. En esa ocasión me lo dijo claro, no, no, ya no me voy con vos. Qué iba a hacer, me vine y me junté con la Jacinta. Tuvimos 6 hijos, 2 se murieron y me quedaron 4.

Soy un hombre de campo, desde chavalo trabajo con los bueyes, con ellos he sacado madera de la montaña, he desatorado vacas de los charcos y de los suampos, he acarreado leña y he arado los campos. Soy arador.

Cuando me di cuenta llegue a tener 3 yuntas de bueyes. Para entonces araba hasta 100 manzanas en un año, todas las tierras de los alrededores de Nueva Guinea, en San Juan, Jerusalén, El Silencio, la Guinea Vieja, Río Plata, El Verdun, Yolaina, Los Ángeles y hasta en La Gallina. Mire cómo han cambiado las cosas de entonces para acá, este año solamente he arado 8 manzanas porque solo quieren preparar las tierras con tractor. Así es la situación aunque mi trabajo sea más barato. Por una manzana para sembrar frijoles cobro 1200 córdobas, 600 para sembrar yuca y ahorita vengo de rayar media manzana donde me gané 300.

Vivo con la Francisca al lado del Estadio. Acarreo leña para la casa, ya no le vendo al pueblo. El gato, un chavalo que es mi entenado, me ayuda con lo que necesito para poder vivir porque mis hijos, los hijos que me tuvo la Jacinta, me quitaron la parcela y no me dejan poner un pie en mis tierras.

¿Qué edad tiene don Payín?

Voy a ajustar los 85 años según la cédula de identidad, pero mi mamá dice que me asentaron cuando tenía 7 años.

Se ve entero, con mucha energía, le digo. Ya quisiera llegar a su edad, agrego y me observa con mucho cuidado. 

Eso mismo me dicen todos cuando preguntan por mi edad. Así como me ve me la juego siempre, no dejo de trabajar con mis bueyes para tener frijolitos en la casa.

Nos despedimos, tomó las varas, y se dirigió a los bueyes que seguían en la misma posición que quedaron al lado del camino. Les dio instrucciones y comenzaron a moverse al ritmo que él les indica.  Allá va un hombre octogenario, quemado por el sol en el campo que labra, un luchador de toda la vida que resiente la modernización de las labores con maquinaria agrícola que usan en la preparación de las tierras en la próspera Nueva Guinea de estos tiempos y que sustituyen el oficio del arador de la misma forma en que sus hijos lo han desplazado de su parcela, pensé al verlo alejarse con su yunta de bueyes.



15/02/18


jueves, 8 de febrero de 2018

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: Jacoba, la leñadora.


Cuando la vi en la distancia, desde el taller de Julio Villachica, pensé que era un chavalo. Llevaba puesta una camisa, pantalón azulón, botas de hule y una gorra. Su figura finita, delgadita, como las astillas que desprende de los troncos al dejar caer el hacha, ¡tac!, ¡tac!, con todas sus fuerzas, las musculares y las que se le desgarran del corazón, cambió cuando me acerque a hablarle.

“Hola, cómo se llama”, pregunté.

Se detuvo, posó sus manos sobre el mango del hacha, un ligero descanso, aire para sus cansados pulmones y respondió con una voz fuerte, ronca y profunda como la labor que realiza: ¡Jacoba!

Es leñadora, así se gana la vida, rajando troncos con un hacha. La tarea que saca al día son cuatrocientas rajas, desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde sin importarle la lluvia ni el sol. La paga que recibe son cien córdobas, “para el arroz y los frijoles”, dijo con orgullo sin parpadear, “pero cuando son troncos de guayaba o de acacia amarilla, como estos, me va mal, sólo saco media tarea”, expresó con cierto desconsuelo y siguió en su labor.

“Es Jacoba, la leñadora”, dijo Julio cuando se lo comenté. “Se la gana a cualquiera de esos que se las dan de huevones, que no les gusta trabajar y que viven de sus padres o de aquellos que prefieren andar de sapos y viviendo como parásitos de los partidos políticos”, agregó.

8/2/18



jueves, 1 de febrero de 2018

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: Recolectora de leña


Una vaca se metió al patio del frente de la casa y corrí a arrearla hacia el camino. “Esas vacas lo tienen entretenido”, dijo, sonriendo, una señora que pasaba en ese instante cargando leña sobre su cabeza.
Señora, ¿de dónde viene?
De allá —respondió—, señalado en dirección al camino que conduce hacia Los Ángeles.
Se llama María Eufemia Rivas Romero y tiene 78 años de edad. Todas las semanas recorre el camino en busca de leña. “Siempre busco unos trocitos para la casa”, dijo siempre sonriente y me quedé viendo los trocitos que son realmente unos trozos gruesos, pesados. Ni doscientas varas los puedo cargar, pensé al verlos.
Doña María Eufemia vive en la zona 6 del casco urbano. “Soy una mujer sola, desde hace cinco años una moto mató a mi marido y desde entonces tengo que arreglármelas sola para salir adelante”.
Al igual que ella siempre veo pasar a muchas mujeres cargando leña que recolectan en el camino, pero ninguna tan mayor, de tan avanzada edad, y sin otra persona que le ayude.
“Salúdeme a su esposa, siempre que paso platico con ella, somos amigas”, dijo y siguió caminando.
Así como Doña María Eufemia, en el campo hay miles de mujeres de avanzada edad que son solas y deben sobrevivir con miles de limitaciones sin tener ayuda alguna. Allí, con la leña, sobre sus hombros, va la gran deuda social que aún, y por muchos años más, esas miles de mujeres seguirán cargando, pensé al verla alejarse.

martes, 30 de enero de 2018

LA LEISHMANIASIS EN NUEVA GUINEA


En el trayecto conversaba con la doctora de Médicos del Mundo, Viñet Roses, sobre las dificultades que enfrentaban para controlar el brote de “lepra de montaña”. Meses antes no me hubiera embarcado en esa pesadilla, pero testimonios desesperados de los campesinos, hombres, mujeres y niños, provocaron la reacción de diferentes iglesias denunciando y planteando la urgente necesidad de que el gobierno local y el Ministerio de Salud actuaran para aliviar el sufrimiento de las familias asentadas en las profundidades de la montaña. Luego de participar en una reunión con ellos, surgió el proyecto de emergencia “control de brote de Leishmaniasis” que planeaba lograrlo en seis meses.

Al llegar a Puerto Príncipe nos dirigimos al antiguo puesto de salud, custodiado a su alrededor por troncos de madera caídos y conversamos con el joven médico en servicio social. “Viven lejos, hasta diez horas de viaje en lomo de bestia”, dijo preocupado. La consecución de la meta trazada no avanzaba, el tiempo establecido caducaba. En eso estábamos cuando comenzaron a aparecer las primeras familias para recibir la inyección de glucantime que el proyecto facilitaba, importándola desde Francia.
           
Uno a uno entraban los pacientes a la casita de madera; me acerqué a una señora mayor que esperaba su turno sentada en uno de los troncos. “¿Cuántas ronchas tiene?”, pregunté. “¡Ay, hijo!”, respondió, “¡ya perdí la cuenta!, ¿quiere verlas?”. Se arremangó la camisa y dijo “¿cuéntelas?” Cinco ulceras cutáneas rosáceas entre la mano, el antebrazo y el brazo izquierdo, tres en el derecho y dos en el rostro. Se volteó y mostró la espalda: una, dos, cinco, ocho ronchas como cráteres. “También tengo en el vientre”, dijo. Cuatro más. “Arriba no le muestro, mucho menos más abajo, pero cuente la de las piernas”, expresó levantando la falda sobre sus rodillas. A medida que las contaba imaginé mi piel con llagas en erupción, devorándome, sufriendo sin poder acomodarme en la cama, mientras su mirada palidecía tras cada número que anunciaba. Cuarenta ronchas en total. “No, no me tome fotos”, expresó y entró a recibir la dolorosa inyección intramuscular de las veinte que le hacían falta para completar el tratamiento.
           
Líderes comunitarios y promotores de salud habían realizado el diagnóstico de personas afectadas en más de sesenta comunidades ubicadas al sureste de Nueva Guinea, pertenecientes a Bluefields y Rio San Juan. El proyecto garantizaba el glucantime, capacitación, complemento de viáticos al personal del MINSA que entraba en brigadas a las comunidades a tomar muestras de los afectados mediante frotis en las lesiones para ser remitidas al Centro Nacional de Dermatología, ubicado en Managua, y confirmar la enfermedad en el laboratorio. Los resultados, en su mayoría, eran “falsos positivos” por el tiempo promedio existente entre la toma de la muestra en la montaña y la llegada al laboratorio que oscilaba entre quince y treinta días. “Mírenlas, es lepra de montaña”, decían los afectados cuando el resultado era negativo. Decepcionados regresaban a sus comunidades, tratándose con hierbas, kerosene y hasta ácido de batería.
           
Las reuniones de coordinación con el MINSA se volvieron infructuosas y pesadas por el rígido protocolo establecido para el diagnóstico y tratamiento de la enfermedad. Estábamos empantanados y la gente presionaba. Con la Asociación de Promotores de Salud y Parteras de Nueva Guinea (APROSAPANG) discutíamos, analizábamos la problemática y surgió una nueva propuesta: era preciso dotar a las brigadas de salud con los equipos de laboratorio necesarios y una planta eléctrica para que, con el apoyo de los promotores de salud y líderes comunitarios, diagnosticaran la enfermedad. De igual manera, capacitar a los promotores de salud en la aplicación del tratamiento. Inicialmente, las autoridades de salud se mostraron reacias, acostumbradas a la detección pasiva de afectados en un esquema cerrado: el paciente acude al centro de salud, le toman la muestra, diagnostican y debe regresar a ser tratado si resulta positivo con una inyección diaria en un periodo de veinte a treinta días. En la montaña todo es diferente; debíamos actuar con rapidez y de manera coordinada.
           
Convencidos de que era la única manera de controlar el brote, finalmente el MINSA aprobó la propuesta. Comenzaron a llegar a la oficina del proyecto cajas llenas con miles de ampolletas de glucantime vacías. De los más de dos mil casos identificados por los propios campesinos, mil ochocientos resultaron positivos y, de ellos, más del noventa por ciento se curaron, un año después de contarle las ronchas a la señora. En APROSAPANG todavía guardan con orgullo las ampolletas vacías.