viernes, 14 de diciembre de 2012

LOS DESEOS NAVIDEÑOS


Así es, todos deseamos algo para navidad. En la medida que transcurre el tiempo nuestros anhelos se tornan complejos como la propia vida. Atrás van quedando las cartas al Niño Dios en la que pedimos nuestros juguetes preferidos, ya no son carritos, metralletas, muñecas Barbie, ni pelotas de futbol. No. Ahora es el PlayStation y una buena dosis de juegos, una serie de maravillas tecnológicas que entretienen a los chavalos sin que logren derramar una sola gota de sudor en la comodidad del sofá de la sala o en la cama de la habitación.

Los mayorcitos ya no piden la bicicleta último modelo, la pelota FIFA, el bate, la pelota y el guante de beisbol mucho menos los guantes de boxeo. Quieren el IPhone, una mini laptop, acceso a internet 24 hours at day para pasársela “conectado” con sus amigos. La ilusión del viaje a Disney World se les olvidó porque a diario lo viven.

A los dieciocho años quieren una motocicleta, aunque sea una Yailing, argumentando que así son más puntuales en el colegio pero en realidad la necesitan para pasear a la jaña y escurrirse en cómodos lugares lejos de la vista de sus padres. Y así, velozmente y sin precauciones, nos hacen abuelos a edad temprana si es que sus restos no quedaron esparcidos por el asfalto.

Si superaron esa etapa, si siguen vivos, quieren sacarse la lotería para pagar las deudas que han contraído porque, al estar acostumbrados a la vida fácil y los salarios hambrientos que reciben, si es que él y ella tienen empleo, se encuentran hasta el cuello de jaranas. El aguinaldo, el de verdad, no el Toledo, ni dos días les aguanta.

Y en ese estado, con sutileza recurren a nosotros. “Que le vas a regalar a los nietos”, dice ella. ¿Cómo? ¿Y a mí quién me va a regalar algo? “Hace tu cartita al Niño Dios, tal vez te perdona todos tus pecados”, responde al dar la vuelta y alejarse. Y me deja pensando en los deseos en esta etapa de mi vida. Honestamente lo que deseo es inalcanzable, un overhall es demasiado caro.

martes, 11 de diciembre de 2012

MANIFIESTO DEL TIGRE DE PUNTA GORDA


Los resultados de cultivar
los conocimientos humanos.
Un campesino sin tierra
no puede sacar utilidad de una ciudad
De igual forma, una ciudad sin profesión
no puede sacarle valores al campo
porque ambos se pueden amar
pero no arrebatarse lo de cada quien.

Alfonso Núñez. Alias "El Tigre".
El dinero hace la paz
con la palabra dame y yo te doy.
Ahora ofrecen productos contaminados
por uso de químicos.
Es trágico para la vida de quien sea.
Por eso el orgullo del campesino
debe ser ofrecer buena cosa
y el del ciudadano deberá ser
pagar bien por lo que consuma.


El santuario del Tigre.






Alfonso Núñez
Alias “El Tigre”
Comunidad Polo de Desarrollo
Punta Gorda, Bluefields.
Fotos: Jörg Mauelshagen.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

THERE’S NO TORTILLAS


Jörg,  un amigo alemán que vivió muchos años en Honduras —aún no pierde el acento, ese “Vos” fuerte al hablar— y radicado en Tucson, Arizona, salió hacia la montaña del sureste de Nueva Guinea con el fin de visitar a varios productores que están entusiasmados con la producción orgánica y evaluar el estado de los cultivos.

Partió en un taxi a las tres de la mañana hacia la parada del mercado municipal y viajó hasta la última colonia en un IFA. De allí agarró “la lechera” y se bajó en un río donde lo esperaban con bestias.  Hizo el viaje en cuatro días, uno de ida y otro de retorno. “También caminé en el lodazal, subiendo y bajando cerros”, dijo al regresar. De inmediato, por experiencia propia, comprendí que no aguantó el roce constante de la albarda en sus nalgas y por eso decidió hundirse con sus botas de hule nuevecitas en los hoyos del camino batido por las patas de las bestias.

Mostró fotos de la travesía, los cultivos visitados, los campesinos y sus casas. “Ve vos, hay un montón de monos Congos”, dijo. “Todo el día pasan aullando en las ramas de los grandes árboles”. “Mirá vos, que linda casa, de puro coyote”, dijo al mostrarme la foto de la vivienda de uno de los campesinos que visitó. “¿Y la gente?, es tranquila, ¿verdad?”, dije. “Sí, pero al inicio tímida”, respondió y me mostró la cantimplora donde guarda una pachita de aluminio. “Luego de unos traguitos de ron, entramos en confianza”, agregó carcajeándose. En varias fotos apareció un gallo grande y rojo. “Ese gallo me despertaba tempranito todas las mañanas” dijo.

En esa plática estábamos mientras el revisaba sus correos en la laptop.  ¿Y la comida?, pregunté. “Buena vos, comida campesina, pero bien”. Luego de un rato agregó: “Ve vos, esa gente no come tortillas, sólo yuca y guineo”. “Es la época, apenas comienzan a sembrarlo”, respondí y recordó sus tiempos en Tucson como animador de un show radial en una radio comunitaria. Seleccionó unas 600 canciones y me las obsequió. “There´s no tortillas”, dijo y le dio play a la canción de Lalo Guerrero, un chicano de Tucson. Al día siguiente, a la hora del desayuno, pidió tortillas. “There´s no tortillas. Se acabaron anoche”, respondí y le puse la canción que las añora.

Aquí les dejo este vídeo de añoranza por las tortillas.




lunes, 3 de diciembre de 2012

LA DESNUTRICIÓN INFANTIL EN BLUEFIELDS


Con el objetivo de conocer el estado nutricional de niños y niñas menores de 12 años en la ciudad de Bluefields y las comunidades Kukra River, Punta Gorda y Rama Cay, la ONG española IGNELIA en coordinación con el Ministerio de Salud realizó en el año 2010 un estudio descriptivo en 3,187 niños equivalentes al 20% del universo (15,760) según el Censo Nacional del año 2005.

La información de la población infantil de Bluefields y las comunidades se obtuvo del Programa de Inmunizaciones en las Unidades de Salud a donde acuden los niños con sus madres. En las comunidades se visitó a los hogares y escuelas. Se formaron grupos focales con un mínimo de diez madres de niños en edades sujetas de estudio. Para tomar el peso de los niños menores de 2 años se utilizó una balanza de lactante previamente calibrada, y en los niños mayores se utilizó balanza de pie, ambas graduadas en kilogramos. Una vez recolectados los datos, se realizó la valoración nutricional de cada niño, calculada a través de la relación entre peso, edad y sexo.

El estudio revela que el 20.23% de los niños y niñas menores de 12 años de la ciudad de Bluefields y sus comunidades presentan algún grado de déficit nutricional, lo cual es el doble de lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) encontró en el año 2005 en el territorio nacional en los menores de 5 años. En relación a resultados obtenidos por el Programa Mundial de Alimentos en la Región Autónoma del Atlántico Sur en el 2005 (7.2%), se observa un incremento del  13.03% en el nivel de desnutrición infantil.

De la muestra total, el 48.66% fueron niñas (1,551) y el 51.33% niños (1,636). Según grupos etarios, los más afectados son los mayores de 5 años con 36.5% de peso inferior al normal. Según sexo, las niñas son las más afectadas con el 22.24% mientras que los niños presentaron el 18.33%.

Se estudió un total de 1.756 niños y niñas en las comunidades de Bluefields (55%) y 1.431 en la ciudad (45%), resultando más afectados los niños en las comunidades porque las condiciones higiénicas, de alimentación, acceso a la educación y a las unidades de salud son mucho más difíciles en el campo.

Los datos obtenidos con los grupos focales en la ciudad de Bluefields revelan que todos los días consumen arroz, frijoles, pan y plátano; 2 a 3 veces por semana carne o pollo, frutas muy poco y vegetales con poca frecuencia; el pescado 2 a 3 veces al mes. En las comunidades consumen arroz, maíz y frijoles diario; esporádicamente huevos y derivados de la leche; dos a tres veces al mes algún tipo de carne y aproximadamente dos veces a la semana pescado (en las comunidades que quedan a la orilla del mar). La duración de la lactancia materna en las comunidades dura cuatro meses en promedio mientras que en la ciudad entre dos y tres meses.

El bajo nivel de ingreso, el alto costo de los alimentos por el factor transporte y el escaso consumo de frutas, verduras, hortalizas y productos lácteos son factores que inciden en el estado nutricional de los niños y niñas de Bluefields y sus comunidades.

El Sistema de Salud en la RAAS tiene grandes retos para frenar y reducir los niveles de desnutrición infantil, entre otros: impulsar un programa de seguimiento a los niños desnutridos, mejorar la toma de medidas antropométricas en las diferentes Unidades de Salud, impartir charlas educativas acerca de lactancia materna y sobre el uso adecuado de los grupos de alimentos que existen en la zona.

Las autoridades Regionales deben agilizar el avance en la construcción de la carretera entre Nueva Guinea y Bluefields con el fin de abaratar el costo de los alimentos y fomentar la economía de patio al igual que granjas avícolas y porcinas.


Ronald Hill A.
Viernes, 30 de noviembre de 2012

miércoles, 28 de noviembre de 2012

LA CANTINA DE MISS LILIAN


Mister Herrera limpiaba el viejo mostrador de la cantina de Miss Lilian con un trapo, girándolo en círculos procuraba sacarle brillo a los tablones de caoba. Escuchó el tambaleo del puente de madera que unía la casa esquinera con el andén, se asomó desde el fondo y vio a dos hombres aproximarse. Encendió la bujía del centro del salón cuando las botas brillantes pisaron el corredor, provocando que las paredes de madera pintadas de amarillo amplificaran el espacio al mezclarse con los rayos del sol que entraban por la puerta. Ingresaron sin saludar, apartaron sillas de la mesa para tres situada frente a la ventana y se sentaron. La noche caía en el puerto, a través de la ventana observaban las luces de los guardacostas atracados en el muelle sobre el oleaje de la bahía y la esquina.

—    ¿Desean algo? —preguntó Herrera al acercarse.
—    ¿Algo cómo qué? —contestó el hombre que daba la espalda.
—     Cerveza, ron o comida —ofreció Herrera.
—    ¿Qué prefieres, Lorenzo?  —preguntó el hombre que estaba sentado junto a la ventana.
—    Una botella de whisky —respondió Lorenzo.
—    No tengo whisky, sólo ron.
—    Tropical, tráenos una botella con ginger ale —solicitó el hombre que miraba hacia el andén.

De una repisa ajustada a la pared del fondo tomó dos vasos de vidrio, dos copas, la botella de ron y los colocó en una bandeja. Se agachó para levantar la botella de ginger ale que guardaba en una cajilla debajo del mostrador y, al hacer el intento de inclinarse, los músculos de su vieja espalda lo traicionaron. “¡Shirley!, ¡Shirley!”, gritó desesperado en dirección a la habitación frontal al salón. Miss Lilian, su mujer, salió de la cocina cuando escuchó los gritos y los hombres se levantaron inquietos, volviendo la mirada. En ese instante, Shirley abrió la puerta y con rápidos pasos señoriales caminó hacia el mostrador. Los hombres clavaron la mirada en Shirley mientras Miss Lilian ayudaba a Herrera; lo tomó de los hombros, lo hizo girar encorvado y lo encaminó hacia la habitación. “¡No haces caso, deja que Shirley atienda a los clientes!”, le dijo al entrar a la habitación contigua a cocina. “¡Atiéndelos!”, dijo en inglés, dirigiéndose a Shirley cuando cerró la puerta.
           
Lorenzo cambió de silla, se sentó frente al otro hombre y miraba hacia el mostrador. Shirley levantó la tapa de un cajón de madera cubierto en su interior por láminas de zinc y con una pana de aluminio sacó hielo triturado. Caminó hacia los hombres con la bandeja en su mano derecha y la pana de hielo en la izquierda.

—    ¡Isidro, mira qué belleza! —expresó Lorenzo al ver los movimientos sensuales de Shirley acercándose. Se quedaron callados, observándola cuando acomodó en la mesa los vasos, las copas, las botellas y el hielo.
—    ¿Desean algo más? —preguntó Shirley.
—    ¿De dónde eres? —respondió Isidro. Vestía pantalón caqui, camiseta blanca y llevaba puesta una gorra. Sus botas negras militares brillaban.
—    De Corn Island, soy sobrina de Miss Lilian.
—    Me encantan tus ojos verdes.
—    El viejo está jodido —interrumpió Lorenzo mientras llenaba las copas con ron.
—    No hace caso, por eso estoy aquí, para atender a los clientes —explicó Shirley sosteniendo su cintura con la mano derecha.
—    Desde hoy seremos tus fieles clientes —dijo Isidro y se tomó un trago —. Eres preciosa —agregó luego de empinarse el vaso con ginger ale y recorrer su figura esbelta con la mirada, desde los pies hasta la cabeza.

En sus carnosos labios floreció una sonrisa ingenua, su rostro brilló tras el parpadeo de sus finas pestañas dejando al descubierto el color marino de las aguas que disfrutaba en sus primeros años de adolescencia en la isla y se encaminó hacia la habitación de Miss Lilian. Al abrir la puerta vio a Herrera tendido boca abajo en la cama, disfrutando el masaje exótico que Miss Lilian, montada sobre su cadera, le brindaba sosteniendo con firmeza sus desvanecidos y enormes pechos. Sorprendida, cerró la puerta y regresó al mostrador. Escuchó el crujir de la cama y a Miss Lilian decirle a Mister Herrera: “Suck it, suck it”. De la gaveta tomó una moneda de veinticinco centavos y se dirigió a la roconola ubicada en la esquina del mostrador y el salón. Isidro la miraba con ojos encantados. Se levantó de la silla y caminó hacia ella admirándola en la posición encorvada que asumía sobre la roconola, sus gruesas pantorrillas y nalgas caribeñas lo atraían. Lorenzo seguía observando hacia el andén a través de la ventana. La noche se asentaba en el puerto.

—    Qué canción buscas —preguntó Isidro.
—  Ninguna en especial —respondió Shirley inclinada sobre la roconola.
—   Escoge una que alegre el ambiente.
—    ¿Quieres bailar? —preguntó Shirley.
—    No soy bailarín pero con vos lo intentaría.

Shirley escogió la pieza luego de introducir la moneda y el plato circular de discos giró dando vueltas en el interior de la roconola. Al son de trompetas y maracas Shirley se movió al centro del salón halando de la mano a Isidro. Lorenzo miraba sorprendido a Isidro, nunca antes lo había visto bailar, mientras Shirley movía sus hombros y caderas al ritmo del merengue “el sombrero de Gaspar”. Al finalizar la pieza Isidro sudaba y, al quitarse la gorra, mostró su cabeza calva que brillaba mientras Lorenzo reía a carcajadas. Dos semanas después Mister Herrera había sanado de sus dolores de espalda y adquirió el compromiso con Miss Lilian de no seguir atendiendo a los clientes, aseguró que dejaría hacerlo a Shirley.
           
Bajó las gradas empinadas de la cocina lentamente, asegurando ambos pies en cada peldaño con tres sacos en el sobaco, levantó la mirada hacia la playa del Tortuguero, vio el horizonte azul con nubes blancas, la brisa golpeó su rostro y escuchó el retumbo de las olas reventando en la arena. Al pisar tierra roja levantó sus brazos estirando el cuerpo, buscó el canalete y la vela debajo del tambo de la casa evitando pisar el colchón de conchas de coco. Los deslizó suavemente en el bote, acomodó los sacos, subió el pie izquierdo provocando un movimiento inestable, se aferró de los bordes mientras empujaba con el pie derecho dentro del agua y, de un salto tembloroso se sentó en la tabla. Comenzó a remar sin prisa, deslizándose en las aguas hasta ver el muelle de los pescadores a su izquierda. Estiró sus piernas y crujieron, respiró profundamente y tosió, gargajeó y, luego de escupir su brazo, maniobró con el canalete en dirección al del muelle de los guardacostas.
           
¡Adiós Herrera!, gritó uno de los pescadores y él respondió levantado el canalete, moviéndolo sin volver la mirada. Cuando pasó por el muelle de los guardacostas los soldados estaban en formación y arrodillado izó la vela que se infló en un papaloteo por el viento del noreste; navegó velozmente a favor de la corriente y, como en regata, atravesó los barcos fondeados en la bahía, las pangas y pos pos lo esquivaban reduciendo la velocidad mientras los pasajeros le decían adiós con ademanes de manos. Pasó cerca del muelle de la Texaco y repentinamente giró hacia el sureste en dirección a la isla de Miss Lilian, su mujer, hasta desaparecer en la costa oculta frente a la isla del Venado.
           
En la esquina, Shirley se convirtió en la atracción de los guardias y marinos mercantes que atracaban en el puerto, seduciéndolos al bailar “el sombrero de Gaspar” e incrementando la clientela en la cantina de Miss Lilian por muchos años.

Ronald Hill A.
26 de Noviembre de 2012.

lunes, 26 de noviembre de 2012

YO CAMPESINO



Con el espeque en la mano
fui hollando los campos
para así asegurarme el pan
del cual ahora
solo de él puede sobrevivir el hombre;
mas en mi trayecto
solo encontré cadáveres:
clandestinos, amontonados, desconocidos.

No puedo cultivar en esos campos,
no puedo sobrevivir con ese pan
que ha sido fertilizado
con la sangre de mis propios hermanos.



Víctor Obando Sancho
Bluefields, 1976.


lunes, 19 de noviembre de 2012

LOS CABALLOS EN BLUEFIELDS


A muchos bluefileños no les gustan los caballos, pero los equinos circulan por las calles de la ciudad; algunos son vagabundos, andan libremente en grupos de dos o tres, y otros halan carretones de “chamberos” que se ganan la vida honestamente. Unos los desprecian porque se cagan en las calles, otros porque estropean la grama y sus jardines, muchos los asocian con los mestizos y los campesinos que viven al oeste de la ciudad, practicando en mero siglo XXI un racismo solapado que nadie se atreve a cuestionar. 

Ese racismo está a la vista, en el ambiente y en los espacios de poder. Para muchos, con la autonomía se ha tratado de borrar la contribución económica, social y cultural que los mestizos han dado al desarrollo de Bluefields. “Hay un acuerdo solapado de hegemonía racial, de los black creole sobre los mestizos hasta en las universidades”, dijo una amiga periodista. “No somos ninguna etnia, no venimos de otro lado, no nos arrojó el mar a las costas”, agregó enfurecida cuando mostré la foto de la manta que los mestizos desplegaron en el acto del XXV aniversario de la autonomía reclamando sus derechos. Pero los caballos no tienen la culpa; la ignorancia es la culpable y, como casi todos los males, tiene cura.

Hace muchos, muchos años, los caballos eran apreciados en Bluefields. “Las carreras de caballos constituían un evento grandioso, especial y popular. Además de las carreras con caballos locales había, a veces,  competencias entre caballos de Corn Island, San Andrés y Bluefields. Los dueños de caballos de carrera eran deportistas bien conocidos, tales como los señores Jack Hawkins, Nicholas Bent, Gussie Wilson, Tim Coe y Jim Bush. Algunos de los caballos más famosos fueron: Top Callon, Lady Alice, Crackerjack, Marcus Garvey, nombrado así en honor del gran caudillo negro” (Oral History of Bluefields. Hugo Sujo Wilson, 1998: 89).

En Bluefields actualmente se practica la equinoterapia que utiliza al caballo como un instrumento natural para la rehabilitación física, psíquica y social a través de la interrelación entre el caballo, el alumno y el terapeuta, teniendo como resultado mejoría, disfrute y aprendizaje. Esto se logra porque el caballo transmite ciertas características a través del lomo y sus movimientos: calor corporal (38°), impulso rítmico (90 a 110 por minuto) que se transmite al cinturón pélvico del paciente y pasa por la columna vertebral hasta la cabeza. Existen dos tipos de equinoterapia: la hipoterapia que se utiliza para personas con disfunciones neuromotoras y sensomotoras, y la monta terapéutica que se aplica a personas con disfunciones sensomotoras, psicomotoras y sociomotoras.

Con mucho esfuerzo, dedicación y entusiasmo, la ONG Entre Aguas colabora con la escuela de educación especial y Los Pipitos de Bluefields en un proyecto que ha iniciado a desarrollar la equinoterapia. Han recibido la donación de dos caballos con sus albardas; uno se llama “Tic tac” y el otro “Rocío”, y son cuidados en el predio del hospital. Ahora esta práctica lleva muchos beneficios a niños y niñas con capacidades diferentes. Así, los caballos son de mucha utilidad y diversión.

En Bluefields las personas deberían de visitar ese proyecto y apoyarlo: vale la pena ver el rostro de los niños y las niñas después de cabalgar. Hay otros, como funcionarios, políticos y racistas, que deberían lazar y montarse en los caballos cholencos que circulan libremente por las calles y dar una paseadita terapéutica por los cinturones de pobreza que acorralan a la ciudad, tal vez así se curan de las disfunciones sociales que padecen por el bien de la ciudad y sus pobladores.

Ronald Hill A.
Domingo, 18 de noviembre de 2012

jueves, 15 de noviembre de 2012

¡DISPAREN!, ¡MÁTENME SI TIENEN HUEVOS!


Llegaron en una camioneta como a las dos de la tarde, una hora antes de la marcha del domingo. Eran tres policías, una mujer de unos veinte años de edad y dos varones, uno de ellos con uniforme tradicional y el otro vestido de negro. Desde las doce se escuchaban los morterazos, uno detrás del otro, los gritos y alaridos de los manifestantes, y el sonido de la música proveniente del parque central. Se bajaron frente al portón con dos conos rojos que colocaron en el centro de la carretera de todo tiempo, uno en dirección a Nueva Guinea y el otro hacia los Ángeles. Después la camioneta dio la vuelta y regresó a la ciudad.

Las piedras trituradas ardían por el solazo y uno de ellos, el varón con uniforme tradicional, entró por el portón. “Quiero tres gaseosas”, dijo. “Por favor, cuando vengan  para acá, no los detenga, no me los ahuyente”, solicité cuando mi hijo le entregó las gaseosas. “No se preocupe, a los que vienen de los Ángeles es a los que vamos a requisar”, contestó al marcharse en dirección al reten improvisado.

Repentinamente comenzó a lloviznar, entraron al salón corriendo con las botellas vacías; se reclinaron en el bordillo de ladrillos, con la mirada hacia afuera, atentos a los movimientos en la carretera. Observé que los clientes que atendía se mostraron inquietos, todos se volvían a mirarme. Unos minutos después salieron corriendo hacia el reten porque una motocicleta se acercaba proveniente de los Ángeles.

Seguí en mis tareas, pendiente de los clientes. En la distancia, del lado del parque, los morterazos y los gritos se intensificaban cuando dejó de llover. Vi hacia la carretera y cuatro motociclistas discutían con los policías. Serví unas cervezas y, al volver a asomarme, los motociclistas habían dejado las motos y caminaban hacia Nueva Guinea. Miré hacia el lado de los Ángeles y una camioneta de tina con toldo se aproximaba. Le hicieron señas, la detuvieron y bajaron a unas veinte personas. Eran evangélicos que venían de esa comunidad, hombre y mujeres; cuando comenzaron a caminar, el pastor le gritaba al grupo “saquen las biblias”, “muestren las biblias”, mientras la camioneta los pasaba y otros motociclistas giraban, al ver el reten, regresando hacia los Ángeles.

La manifestación de los inconformes por los resultados electorales marchaba por las calles, mientras yo escuchaba morterazos y gritos contra el fraude. Los policías se mostraban nerviosos y cansados a esa hora, eran como las cuatro de la tarde. En el reten improvisado, a ambos lados de la carretera, estaban parqueadas cinco motocicletas, sus conductores siguieron su camino hacia la ciudad a pie porque no mostraron documentos y la mayoría no usaba casco de protección.

Salí al portón cuando los clientes que atendía se marcharon en sus vehículos hacia la ciudad. Un motociclista se aproximaba y el policía con uniforme negro le hizo la señal de detenerse con sus manos. El motociclista se detuvo. El otro policía, el de uniforme tradicional se le acercó mientras la mujer se quedó al lado de la carretera, observándolos. Llevaba casco puesto y la moto tenía los dos espejos laterales. Le pidieron la licencia y la circulación. Los dos policías lo rodearon, anotaron sus datos y le regresaron los documentos. De pronto, la mujer policía les indicó que le pidieran la cédula de identidad. “¡No tengo!, ¡no tengo cédula!”, dijo el motociclista. “¡Quítale la moto!, ¡que la deje parqueada!, gritó la mujer. “¿Qué?, ¡no me pueden quitar la moto por la cédula!”, respondió el motociclista. “¡Quítasela!, ¡quítasela!”, volvió a gritar la mujer mientras el motociclista encendía la moto de una patada. El policía con uniforme negro rápidamente se acercó a la moto agarrándola de la parrilla, pero el motociclista avanzó unos metros y se detuvo. “¡Disparen!, ¡mátenme si tienen huevos!, les gritó volviendo a verlos y aceleró la moto en dirección a Nueva Guinea. Los tres policías se reunieron y lo siguieron con la mirada hasta que se perdió después de la subida, en dirección al bullicio de la marcha.

“¡Viste!, ¡viste!”, le dije a mi hijo. “Es huevón, tiene más huevos que todos esos que andan por las calles”, respondió.

Miércoles, 14 de noviembre de 2012