domingo, 15 de enero de 2023

COTTON TREE Y SU BRIGADA COMUNITARIA CONTRA INCENDIOS

 


Hombres expectantes, chavalos y mujeres con su teléfono móvil grabando el incendio que consumió tres casas en el barrio Punta Fría o Cotton Tree, un gentío aglomerándose a medida que el fuego avanza y consume una casa de madera, sirenas de bomberos irrumpen en la calle que te lleva al Four Brothers y la gente grita desesperada. Muchos huyen del lugar, es natural ante las amenazas que enfrentamos y ponen en riesgo nuestras vidas, pero otros, muchos de ellos deciden enfrentar el fuego que amenaza con avanzar más allá y consumir las viviendas de la cuadra.

Son hombres del barrio, la mayoría, como es de esperarse en Cotton Tree son black creoles, que toman la iniciativa. Comienzan a sacar baldes y cubetas para llenarlas de agua de la cañería, ¡gracias a Dios hay agua!, y se organizan en una fila por la que van trasegando las cubetas medio llenas de agua para tirarlas en la casa que arde, en los restos de madera que arde, madera chamuscada, entre las llamas ardientes, en el rojo vivo, ese color que va expandiéndose, llamas que se elevan y son visibles desde cinco cuadras a la redonda y sus voces fuertes, sus gritos, en ese inglés creole tan nuestro, se toman la escena, no hay gritos en español, en spaniard como dicen ellos, no, son las voces y los gritos del barrio organizado, la gente organizada frente a la necesidad de salvar vidas y viviendas y así van cubetas con agua en la cadena, de mano en mano, mientras otras regresan vacías a una, dos, tres casas, otras las llenan de un pozo, todos, casas y pozo a la orilla de la calle y en ese alboroto sobresale la voz de Neyda Dixón, con su cámara que transmite en vivo, hablando y gritando en ingles creole, le grita a los niños, les dice que se aparten, que busquen un lugar seguro, va grabando y sigue gritándole a los hombres que ayuden, que dejen de ser simple espectadores ante el siniestro que ya ha consumido tres casas de madera y amenaza con avanzar hacia otra. Pregunta qué pasa con los bomberos que han extendido la manguera desde hace rato pero no funciona la bomba de la cisterna, no pueden bombear agua mientras el fuego avanza, son simples espectadores, bomberos uniformados con traje, casco y botas para combatir el fuego pero ahora, allí, están inertes, sin poder hacer nada, mientras que la gente de la vivienda amenazada, la casa vecina de las consumidas, comienzan a sacar sus cosas, sus muebles, sus roperos, su refrigeradora, y en una esquina del techo, en un alero comienza a salir humo, el fuego se ha cruzado, va a consumirla también, pero siguen los hombres del barrio tirando agua con baldes desde todos lados, desde el pozo donde sacar agua se hace lentamente por la falta de un mecate y Neyda lo grita, ¡consigan un mecate para sacar agua del pozo!, y enfoca a una mujer joven que está en la fila de los pasadores de baldes de agua, es un ejemplo, la única mujer que está activa con su manos y cuerpo ayudando a combatir el fuego, y alguien llega con el mecate, se lo pasan al hombre que está en el brocal del pozo. De tres lugares salen baldes de agua y su tirada se focaliza ahora en la casa de concreto que está próxima a quemarse, son baldadas de agua se riegan en el techo, al lado de la calle, otros entran a la casa y siguen tirando agua.

La policía ha llegado a la escena, hacen un cordón frente a la gente que se aglomera en la acera, también ha llegado otra cisterna de los bomberos, alguien grita que ya funciona la bomba de la cisterna, dos bomberos comienzan a irrigar de agua las casas consumidas, alguien grita que le tiren agua a la casa que se ve amenazada por el fuego y hacia allá dirigen el agua a presión.

Tres casas de madera consumidas y una de concreto parcialmente afectada, no pasó a más, ¡thanks to the lord! La gente del barrio de Cotton Tree son los héroes de Bluefields en este día, los hombres vestidos con pantalón corto, camisetas desmangadas y chinelas, con cabello tipo rasta, los mismo que emplearon sus fuerzas, sus voces y sus gritos para organizar inesperadamente su propia brigada contra incendios y frenar el fuego que amenazaba su gente, su barrio, su comunidad. Son ejemplo vivo de que, ante las amenazas, mientras unos huyen, otros nos unimos para enfrentar la adversidad. Son ejemplo para los otros barrios de la ciudad, ejemplo para Nicaragua.

Y también, hay que decirlo, el periodismo ciudadano, desde su propia trinchera, más allá de la cámara que graba, tiene el poder y la fuerza para influir y contribuir a organizar a la población para combatir las amenazas que enfrentan, así como lo observé en vivo a través de la voz e imágenes de Neyda Dixon en Noticias de Bluefields.

Felicitaciones al pueblo de Cotton Tree y a su brigada comunitaria contra incendios, también a Neyda por su poder de convocatoria y excelente cobertura.

 

Domingo, 15 de enero de 2023.
Foto: Noticias de Bluefields.

domingo, 8 de enero de 2023

LLUVIA, MI COMPAÑERA

 


Monstruos, uno para el otro,

se apoderaron de mí sin intentos de partir:

un grito de soledad, soledad en el corazón,

y la lluvia furiosa inundando el bosque.

 

No pienses al ver el sol brillar en pisos de baldosas

y paredes de concreto, que evitan el paso del viento,

que soy feliz con ellos, una lumbrera ardiente.

Lejos del calor interno, de mis deseos y causas.

 

Camino mejor por el sendero sobre piedras,

lavo mis heridas con la lluvia, lluvia curativa.

Mi corazón palpita con menos dolor

cubierto de frío en el bosque, lejos de la sensatez.

 

Siempre hay que elegir, ¿cuál es tú elección?

La soledad, o la soledad y la lluvia del bosque.

 

8 de enero 2023.

Foto Propia.

sábado, 31 de diciembre de 2022

LA ÚLTIMA NOCHE

 



Cada vez más al suroeste cae el sol,

y sus rayos parpadean entre las ramas

como invitado descendiendo a descansar en ellas.

Lo observo caer y la oscuridad llega lentamente.

 

En este instante pienso en lo lejos que he llegado,

y que hablar de la última noche del mes de diciembre

es como decir que la hierba húmeda es persistente,

sigue allí, creciendo bajo el tronco de un árbol frondoso.

 

Surge de una enorme necesidad por la forma

en que la luz se despide, por lo que nos podemos decir

los unos a los otros, por las cosas que nos guardamos

como el que esconde eternamente algo robado.

 

Y es espectacular, el crepúsculo cubriendo todo tan suavemente.

Quisiera creer que lo importante en este mundo ya pasó.

Nada termina hoy, todo seguirá igual.

Seguirá ocurriendo para siempre: una respiración y luego otra.

 

La forma en que la luz cae sobre las hojas lisas

y brillantes del árbol de caoba,

que se yergue orgulloso al lado del cerco de alambre,

es algo digno de contemplar.

 

31 de diciembre de 2022.

Foto propia.

lunes, 26 de diciembre de 2022

PERSONAJES DEL AÑO 2022


Es este quizás el ultimo escrito del año 2022 y forma parte de los más de treinta que he logrado, pero antes de que cambiemos el calendario, quiero señalar algunas características y anécdotas de los personajes que aparecen en ellos.

Este año, Tapalwás es uno de los personajes relevantes de mis escritos, don Abraham Rodríguez, que en paz descanse, iluminado por la eternidad del creador. A Tapalwás lo escuchaba siendo un niño. Sus palabras, como murmullos llegaban a mis oídos, aún en la inocencia de los 8 años, atento a esa corriente de palabras que empleaba para contar sus guayolas, a sus poses de narrador empedernido —todo lo narrado era una festín que se notaba en el brillo de sus ojos, dramatizando los acontecimientos, imponiendo emoción e intriga— que cautivaba a sus oyentes en cualquier lugar o escenario donde la ocasión lo llevaba, bien en el muelle de la aduana, en los corredores del plantel de la Booth, en la esquina de la iglesia católica y, en su preferido, la casa de doña Juana Angulo, desde la cual observaba desde el corredor a los viajeros que bajaban y subían las 25 gradas del cuartel de la guardia y, además, tenía a su disposición los barriles de guaro lija que distribuía, como agente fiscal, don Octavio Gómez, y saboreaba con agrado en compañía de Victoriano, Masayita o el Africano.

En múltiples ocasiones visitaba su vivienda por la amistad con sus hijos, principalmente con Germán, llamado con cariño el Osito (QEPD), y sus hijas, ya mayores, eran hermosas y amorosas. En su hogar, el Tapalwás guayolero se transformaba en un señor serio y discreto bajo la mirada atenta de doña Panchita, su esposa. Allí miraba el balde donde tiraba sus escupitajos de tabaco y abajo, en la orilla de la bahía frente a la playa de El Tortuguero, atracado al pie del barranco, su bote de canalete.

Allí está Tapalwás, en Volando sobre Piedras, en Un buen Cazador y en El mejor reloj del mundo. Así como protagoniza esos escritos lo vi, escuché y admiré. Te brindo la oportunidad nuevamente para que lo conozcas, que lo escuches, que lo acompañes en ese puerto de El Bluff que hace muchos, pero muchísimos años, dejó de brillar y vive en mis recuerdos.

No pueden faltar los Neoguineanos. La gente que vive y trabaja en este vasto territorio de Nueva Guinea. Gente polifacética, gente aguerrida, emprendedora y capaz de mover y cambiar las condiciones socio-económicas cuando se lo proponen a su gusto y antojo. Y lo digo porque lo he vivido, he transitado por estas condiciones desde el año 1986, primera vez que la visité, donde el aguacero, el lodazal y la neblina me embelesaron después de vivir en el trópico seco de Juigalpa por muchísimos años. Fue como volver a mi Costa Caribe, a Bluefields, a El Bluff, donde llovía todo el año y vivía empapado caminando por el andén, en las travesías en botes pos pos hacía Bluefields todas las mañanas, en las calles de Bluefields en el trayecto a clases y a la salida, cobijándome bajo el alero de los corredores de las casas de sus principales calles.

La Nueva Guinea de esos años, del inicio de la década de los años 90, inauguraba una nueva etapa en su desarrollo con personajes que venían de una guerra entre familias, pero ansiosos de dejar atrás los estragos causados por las balas, las bombas y las bayonetas para reconstruir su tierra prodigiosa, necesitada de su respeto porque sufrió del despale indiscriminado, de caminos para llegar al último de sus rincones con proyectos que transformaran esa realidad que los excluía y marginaba de las bondades de la paz. Personajes que hoy pintan canas, que viven en sus parcelas cultivando la tierra que genera una riqueza tan diversa en distintas épocas del año —granos básicos, raíces y tubérculos, musáceas, cacao, café, piña, leche, queso, carne, frutales de diversos tipos—, y que aún hoy, dos décadas después de inaugurar el siglo XXI, padecen los mismos males de siempre: pobreza, marginación y exclusión, como si estuvieran malditos en su propia tierra, siendo expoliados por los mismos de siempre: los comerciantes, acopiadores, prestamistas y banqueros. Es tanto el grado de desencanto vivido que sus hijos, los herederos de "la luz en la selva" y el futuro soñado, han tenido que emigrar en busca de mejores perspectivas y ellos, sus padres y abuelos, miran hacia la montaña que repoblaron con nostalgia en sus ojos y preguntándose: ¿Para qué tanta lucha?

Felipe Álvarez, llamado con cariño Felipito, el cajero de la aduana de El Bluff, estuvo a lo largo del año en mis pensamientos hasta que lo vi jalando agua, con aquella calma y parsimonia que lo caracterizaba, en el pozo de la casa de mi abuelo Felipe, en la casa de su propiedad ubicada frente al inmenso árbol de Laurel de la India y en su casa de habitación construida por el legendario ingeniero de la aduana don Juan Lacayo y cedida para su familia. Felipito, un hombre respetuoso, honrado al tal extremo de negarle el acceso a la caja fuerte a los guerrilleros sandinistas triunfantes en 1979 que lo amenazaron de muerte con tal de llevarse el botín.

Un hombre íntegro, amable y servicial que dedicó su vida al servicio público como cajero sin hacerle falta, nunca en su vida, diez centavos al arquear la caja. Felipito, el papá de Rafael, Dora Luz, José Manuel y Javier, llamado con cariño El Tanquecito, otro de mis grandes personajes de la época en que el puerto fue un lugar soñado. Tanquecito, le dije hace unos días que me visitó junto con mi otro primo Edwin Cadenas, sos mi héroe, sí, siempre lo fuiste. ¿Por qué?, preguntó. Porque los Reyes Magos te trajeron una bicicleta —a todos los chavalos de El Bluff de esa época los regalos se los traía Santa, pero los Reyes solamente al Tanquecito—, y mientras los otros, Kalilita, Juan Brenes, los Acosta, Benavidez y varios más, hacían competencias de bicicleta en el tramo de carretera entre el muelle de la Texaco y el comedor de la Chinitas, un día me la prestaste y comencé a andar volando al viento por el andén, lleno de dicha y felicidad hasta que después me compraron una bicicleta qué llamábamos “vaca” que tenía llantas gruesas y frenos traseros. Siempre fuiste y seguirás siendo mi héroe, volví a decirle y nos abrazamos.

El mujer mío, como dice un amigo que forma parte de los hombres afortunados, es y seguirá siendo, a pesar de todos los desacuerdos y peleas de parejas de toda la vida, una de mis personajes a la mano. Y poco a poco he logrado ir construyendo ese mundo juigalpino y chontaleño en que vivió, entre las sombras de sus recuerdos en una habitación gigante que durante el día desaparecían las tijeras de lona, al lado de sus abuelos y tíos(as). A pesar de tantos años, 45 años después,  sigue siendo la misma de siempre, terca y una leona de cuando sus hijos se trata.

Y Emiljamary, mi hija, que regresó a ser feliz nuevamente cuando se vino a vivir a mi casa, de quién respiro todos los días la dulzura de su corazón y de los dulces que prepara, llamados dulces para el corazón convertida en una creadora de felicidad; colmó mi casa, su casa, con su alegría y su risa, y me llena de dicha con los abrazos que me brinda cuando corro a su lado por las mañanas apenas despierta. Mi niña, mi corazón.

Inolvidable mi madre de frijoles, doña Juana Angulo. Octogenaria hoy, luchadora de toda la vida. La mamá de Kalilita, uno de los personajes de mis escritos, con el que crecí siendo amigos, peleándonos, volviendo a darnos la mano y ahora en esta etapa de la vida nos recordamos de esos tiempos que he ido plasmando desde hace muchos años. Doña Juana Angulo, su casa, su sala, su cocina, el mostrador donde don Octavio administraba el guaro lija y ella sus panes, sus pupusas que horneaba y viajaban por todo el mar Caribe y que mi papá las pedía en vos alta: ¡quiero una pupusa! Luego se reía a carcajadas y las degustaba, quién no si eran una delicia, sentado en la inmensa sala donde nunca fue permitido que ninguna persona que se echara su cachimbazo escupiera en el piso de madera pulido, sino que eran invitados a salir al corredor. Sus recuerdos, sus nostalgias, están allí para siempre, imborrable el rifle calibre 22 que dominaba con tanta destreza que ningún amigo de lo ajeno se atrevía a entrar en su patio para robarse sus sugar mango.

En los olores y sabores de semana santa regreso a la casa de la abuela Manuela. Al patio, alrededor de una mesa de madera donde muelen el maíz para después elaborar las cosas de horno, rosquillas, hojaldras; las risas; los gritos; el fogón en el suelo donde ponían a hervir los nacatamales especiales que la tía Magdalena les daba ese toque tan genuino que por ello los llamaban los nacatamales especiales de la tía Magda; ni el almíbar que preparaba la abuela Manuela con productos todos recolectados del patio; los pescados secos que el tío Gustavo arponeaba en el muelle de la Texaco y que desde el lunes pasaban secándose al sol en el tendedero de ropa para que estuvieran listos ese viernes y preparar el delicioso arroz con pescado que la abuela Manuela hacía con esmero al estilo hondureño, su tierra de origen.

La alegría giraba alrededor de la mesa engalanada para la ocasión: manteles, platos, cubiertos, vasos, todo esmeradamente colocados con precisión, como se hacía todos los viernes santos. Todos sus sentidos activados percibían el aroma del maíz transformado, el hervor del perol de nacatamales, el arroz con pescado bañado con una salsa espesa secreta de la abuela, el dulce del almíbar. Todos ocupaban su lugar definido en la gran mesa redonda de madera inhalando el aroma de tierra mojada bajo sus pies después de ser regada con baldadas de agua para bajar la temperatura a la sombra del árbol de mango, y ahora todos se han ido.

¿De dónde obtuvieron tanta riqueza? ¿Cómo?, le pregunto al Tanquecito luego de mostrarle la foto que hoy uso como portada de este escrito. Se queda pensativo y me dice de la madera, sí, de la extracción de madera en el llamado hoy Caribe Norte cuando existían grandes empresas madereras que exportaban hacia el norte y otros lugares dándole contratos a pequeños empresarios. Felipe, mi abuelo materno, originario de Granada, se trasladó a vivir a Waspán y allí desarrollo sus habilidades en el negocio de la madera, dándole frutos suficientes para crear y desarrollar la familia con mi abuela Manuela y de la que hoy sobrevivimos varios primos.

A los estibadores de ganado fue como si los hubiese soñado. Hombres fuertes, altos, de brazos fornidos, espaldas anchas y manos callosas. Black creoles de los barrios negros de Bluefields que viajaban a El Bluff en lanchones, una cuadrilla de hombres seleccionados para una labor riesgosa, agotadora y violenta: desembarcar de lanchones y embarcar toros, novillos y vacas en barcos mercantes que navegaban por el caribe. Allí están observándolos desde el techo de la aduana Kalilita, Mario Tachita, Zamba Larga, Pilón y, desde el balcón del segundo piso de la aduana, el coronel Alejandro Peters que sale y entra para vivir los momentos más emocionantes de la labor de los estibadores de ganado.

A el hombre del bastón lo encontré en mis caminatas mañaneras por el parque central de Nueva Guinea recogiendo botellas. Nunca lo había mirado, pero en cada vuelta que daba me fui fijando en los detalles: el tipo de bastón, su forma de caminar, su rostro, su piel maltratada por los años y el rincón de una casa cercana donde dormía para levantarse a las cuatro de la mañana a recoger botellas de plástico o de vidrio para luego venderlas en los centros de acopio. Un hombre golpeado por la vida pero que sigue luchando a diario para sobrevivir en este mundo hostil como miles de seres humanos golpeados por la injusticia, la marginación y la explotación.

El hombre que vi una madrugada caminando en baby doll por las calles cercanas al mercado municipal de Nueva Guinea es sin duda uno de los personajes más sofisticados de este año. No lo conocí en su momento ni por muchos años, hasta que un día sin querer me di cuenta de su identidad que mantengo bajo las llaves de los secretos. Siempre que nos vemos nos saludamos, sin el saber que yo sé, ahora que su cabello y su bigote se han puesto canosos.

Y, por último, mi personaje más querido, mi padre White Bush Hill Bush, el capitán. El hombre que nunca me abandonó, el que siempre estuvo a mi lado en los momentos más difíciles, el que nunca intentó sustituir mis esfuerzos con su capacidad de amarme, sino que dejó que me valiera por mi mismo, después de darme todas las oportunidades para que adquiriera las herramientas que me llevaron a recorrer el camino. El hombre de mar, el navegante, el capitán, el marino, un hombre alegre, encantador, amigo de mis amigos, y que para estas épocas del año, lo añoro como el niño que llora ante la ausencia de un ser amado.

 

Domingo, 25 de diciembre de 2022.

Foto propia: Familia Álvarez. 

domingo, 11 de diciembre de 2022

AL OTRO LADO DEL PUENTE

 


La brisa provenía del noreste y las olas rompían en las rocas de la costa. El camino de grava se inundaba, los baches crecían hasta rebalsarse y luego se vaciaban en la playa. Desde el puente de madera se miraba que el horizonte se teñía de nubes grises, los árboles del manglar se estremecían y las olas de la laguna buscaban la bahía.

Acostado en los tablones del puente, con las manos al aire, sostenía una fina cuerda de nylon que hacía girar con un diminuto anzuelo en el extremo. De frente, donde las aguas se mezclan, observaba el faro que previene a las embarcaciones de el arrecife y, más allá, en poniente, la silueta de los Cayos. Abajo, el anzuelo giraba sobre un cardumen de sardinas plateadas que capturaba para utilizarlas de carnada en la pesca que haría por la tarde en el muelle municipal.

La técnica la había adquirido poco a poco. Era sencillo, pero requería de mucha práctica: estar atento al mordisco de las sardinas y jalar velozmente la cuerda al sentirlo. La sardina que picaba no se podía ver entre tantas que giraban en sincronía como si se tratara de un único organismo, pero al jalarla salía del agua destellando el color plateado de su cuerpo y sus ojos me miraban fijamente a pesar de los giros que daba hasta caer en los tablones. Sus agallas palpitaban desesperadamente y daba coletazos laterales hasta que la tomaba de la cabeza, le quitaba el anzuelo y la tiraba en un pote viejo.

Un cayuco entró en la laguna, pasó debajo del puente y el cardumen desapareció. Luego volvía la calma y nuevamente las sardinas. Atrapaba una y otra, hasta que repentinamente comenzó a llover. La brisa del noreste se tornó en una lluvia copiosa, intensa, con truenos y relámpagos, y corrí a guarecerme en una casa de madera ubicada al otro lado del puente. Allí, en el corredor, escampé la lluvia que duró más de media hora.

Mientras miraba como el viento zarandeaba los árboles de las casas del frente, en el otro extremo del camino de grava, escuché un grito: ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, proveniente del fondo del patio de la casa en que me guarecía.

Dejó de llover y con cuerda y carnada caminé entre los charcos de la grava hacia el lado del que provenía la voz. Entre los arboles vi una caseta de madera similar a una letrina, pero estaba cerrada con una cadena y un candado y en la parte superior tenía una ventanilla. De allí provenía la voz y la escuché más fuerte, más desesperada: ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, y me dispuse a asomarme cuando un hombre gritó desde el fondo de la casa, desde una ventana de la cocina, diciendo que me largara de su propiedad, que dejara de andar husmeando en casas ajenas. Y corrí, corrí con miedo hacia el puente, lo subí y seguí corriendo con temor hasta que logré calmarme.

Después de pescar unos peces finos, plateados y chatos llamados Pez de Plata me dirigí a la casa. Abuela los preparó fritos con tajadas de plátano. Luego de la cena me acerqué al abuelo que se mecía en su silla.

“Abuelo, hoy escuché a un hombre gritar”, dije.

“Los hombres siempre gritan”, respondió.

“Este hombre era diferente, abuelo, era distinto”.

“Dígame que tenía de distinto, aquí hay hombres altos y bajos, blancos y negros, que tan distinto era”.

“Abuelo, gritaba desesperado. Lo tenían encerrado en una caseta de madera”.

“Usted logró ver a ese hombre”

“No, otro hombre se asomó por una ventana y dijo que me largara de su propiedad”.

“¿Dónde estaba ese hombre?”.

“En una casa, al otro lado del puente”.

“¿Usted qué hacía allí?”

“Nada, solamente me refugié en la casa por la lluvia y escuché los gritos”.

Abuelo se ladeo y miró hacia la calle en dirección al camino, comprobó que anochecía y volvió a mecerse. La abuela entró a la sala con una lámpara de querosín y la colocó sobre una mesa.

“Está enfermo, padece de demencia o locura, y por ello lo mantienen encerrado. Antes, a ese hombre y otros muchos como él, al igual que a las mujeres, los encadenaban para que no se escaparan a las calles, pero ahora los encierran en ese tipo de celda”, dijo.

“El hombre gritaba: ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!”.

“También tienen sentimientos. Los encierran porque hay gente que les teme, hay otros hombres que los golpean y jóvenes maleducados les tiran piedras. Los familiares no quieren que les hagan daño”.

“Se hace noche”, dijo la abuela.

“Jovencito, es hora de dormir”, dijo el abuelo.

Di las buenas noches. Poco tiempo después llovió a cántaros y el viento sacudía las ramas de los árboles de mango, aguacate, mamones y pera de agua que poblaban el patio. Me quedé dormido pensando en la locura, en que un día podría amanecer con esa enfermedad y sentí mucho temor de encontrarme encerrado.

Al día siguiente, por la tarde, me dirigí al otro lado del puente y me acerqué con cautela a la caseta del hombre encerrado. Percibió mi presencia y comenzó a gritar de la misma manera, con desesperación. Desde las rejillas de madera tiré caramelos y galletas y me alejé corriendo. A varios metros de distancia, al salir al camino de grava, ya no gritaba.

Esa noche no llovió y salió la luna. Acostado pensaba en el hombre que mantenían encerrado, en los rayos de luna que entraban por la rejilla de madera iluminándole el rostro. Lo imaginaba tranquilo, en paz, sin dar gritos desesperados porque su madre abría la caseta y lo acurrucaba como a un niño.

10 de diciembre de 2022.

Foto Propia.

lunes, 7 de noviembre de 2022

DESAYUNO

 

En tu ausencia

he comido de todo

lo que guardas en

el refrigerador.

 

Bananos, papaya,

miel, ciruelas, fresas.

Seguramente las tenías

reservadas para tus desayunos.

 

Ahora suplico me perdones,

si aún puedes, si quieres.

Estoy cansado,

no continuaré haciéndolo.

 

Tienes que saberlo,

estaban deliciosas,

frescas, dulces y frías.

Tan exactamente iguales a vos.

 

6 de noviembre 2022.

Foto: Fresas en el refrigerador.

lunes, 31 de octubre de 2022

EL CAJERO DE LA ADUANA DE EL BLUFF

 

Felipito giró con suavidad y pericia la combinación de la caja fuerte que estaba sobrepuesta en una mesa de su oficina. Era el único cubículo protegido por verjas de hierro, pintadas en color oscuro, cuya base era el mueble de madera que limitaba el paso del público a las oficinas del segundo piso de la aduana.

Desde dos ventanales de la pared de concreto que daban al exterior del edificio, a un lado del acceso principal que comunicaba con el andén del puerto, observaba el paso de los transeúntes y, entre las verjas, a los que entraban o subían por las gradas internas desde la bodega a realizar gestiones con los contadores que revisaban o preparaban documentos de exportación e importación, o simplemente tenían citas con el coronel Alejandro Peters, director general de la aduana.

En su ritual de todos los días, la caja fuerte marcaba el inicio de una nueva jornada de trabajo. En una hoja de varias columnas llevaba el recuento de todo su contenido, desde las monedas de diez centavos hasta billetes de cien córdobas, así como dólares, pólizas pendientes de pago y cheques girados a nombre de la aduana.

Sacó el tesoro en el orden inverso al guardado para su recuento y chequeo, marcando con el símbolo de verificación las casillas de las filas y columnas correspondientes a cada denominación o documentación con lápices de colores diferentes —negro, rojo o azul, según el caso— con calma y parsimonia. Tiró con sus manos suaves y pulcras de la manivela de la maquina sumadora para incorporar los números que ingresó presionando el teclado numérico grande, y observó la cinta de papel registrando las operaciones.

Al terminar volvió a guardarlo y cerró la caja fuerte girando tres veces la cerradura de combinación. Era el único de los empleados de la aduana que conocía de memoria los números y los movimientos que debía hacer, a la izquierda y derecha, para abrirla. El único instante en que la caja fuerte permanecía abierta era el que empleaba para el recuento mañanero.

Felipe Álvarez Alvarado, llamado Felipito por sus amigos para diferenciarlo de su padre Felipe, responsable de la bodega, acudía a su puesto de trabajo antes del horario establecido. Su casa, ubicada en las cercanías de la aduana —fue construida por la aduana y asignada a él y su familia como a otros empleados—, a unos treinta metros de distancia, los que transitaba caminando sobre un andén de bloques acostados que comunicaba con la casa de Juan Ramón Acosta y su familia, quien era mecánico y responsable de la planta eléctrica que brindaba el servicio de energía a las casas de la aduana. Eran casas gemelas, separadas por un espacio de diez metros, ubicadas frente a la aduana y del andén del puerto. Por esa cercanía, Felipe llegaba temprano a su trabajo, primero que los otros empleados, y se encargaba de abrir el candado del portón metálico que corría sobre rieles y daba acceso a las oficinas.

Por las mañanas, antes de acudir a la aduana, jalaba agua del pozo ubicado en un costado de la casa. Ese era su ejercicio, llenar dos o tres tanques de agua y la pileta del baño interior para que no faltara el agua. Se vestía siempre con camisa manga corta y camisola por dentro, pantalón de tela, faja del color de las zapatillas que usaba y llegaba perfumado a sus labores.

Por las tardes, después de las cinco de la tarde, hora en que Felipe, su padre, tocaba una campana de bronce para anunciar el final de la jornada de trabajo, se cambiaba de ropa y jalaba agua de tomar desde un pozo ubicado en una casita de su propiedad cercana a la de sus padres, pero la preferida, la mejor, era el agua del pozo de sus padres, mis abuelos. Esa afición, jalar agua, además de un deber para abastecer de agua a su familia y que la tía Merchú no padeciera de desabastecimiento, fue heredada de mi abuelo Felipe, quien al igual que él, era un incansable jalador de agua en su pozo perforado a mano con un fondo de piedra azul. Ese quehacer diario, el esfuerzo, el ejercicio de sus piernas, brazos y hombros, funcionaba como terapia al estar sólo con sus pensamientos. “Esta es el agua más limpia y más fresca de El Bluff”, decía al cargar los bidones de agua hacia su casa, distante a unos cien metros.

A las doce en punto, luego de las campanadas que tocaba mi abuelo, cerraba bajo llave su cubículo enverjado, el portón de acceso y regresaba a casa para almorzar. Mercedes, su esposa, “la tía Merchú”, lo esperaba con le mesa servida. Cada plato era un agasajo para él y sus hijos: Rafael, José Manuel y Javier. Era un hombre de buen comer y la tía Merchú se esmeraba en prepararle los mejores platillos; obtenía las recetas de revistas, programas radiales y de la TV, en ese entonces en blanco y negro. A esa hora seguía el ritual de todos los días: entraba al baño, el mismo en el que había llenado la pileta de concreto con el agua del pozo, sacaba una pana de agua para lavarse con abundante jabón sus manos pulcras, con toalla de mano se secaba y salía a ocupar su lugar de cabeza de mesa mientras lo esperaban para servirse.

Desde el andén del puerto, al pasar frente a la casa, escuchaba el sonido del contacto de los tenedores, cuchillos y cucharas con los platos de china en que se servían y comían sin escuchar sus voces. Cuando los visitaba, y coincidía con el almuerzo o la cena, era invitado a acompañarlos. Era tan deliciosa la comida que preparaba la tía Merchú que cuando hablaba con mi mamá le decía que había cenado frijolitos, y mamá se reía, respondiendo que en casa no queríamos comerlos.

La despensa de la casa del tío Felipe siempre estaba abastecida con variedad de productos. Muchos de ellos los adquiría en las tiendas de los chinos en Bluefields y otros a través de los barcos mercantes que atracaban en el puerto. Entre estos, jamones, pavos, uvas, peras, manzanas y licores. Después del almuerzo había postre: icacos en miel, pastel de limón, de piña y sorbete elaborado por las propias manos de la tía Merchú en su heladora de madera.

Tío Felipe decía con permiso cuando terminaba de comer, pedía que le pasaran los platos dando las gracias por ello pues era un hombre educado, no por poseer grandes títulos, sino por la forma en que trataban a las personas, con respeto y calidez. Con sus hijos era muy amoroso, nunca vi que los castigara a fajazos o con sus manos, pero cuando hacían travesuras que lo enfadaban y merecían alguna reprimenda, los castigaba. Eran castigos que evitaban que hicieran las cosas que les gustaba hacer como andar en bicicleta, salir a jugar con sus amigos o ver televisión.

En la casa de tío Felipe miraba televisión. Era un televisor grande en blanco y negro. En ese televisor vi al Apolo XI llegar a la luna y aprendí que no había aterrizado sino alunizado por la explicación que él nos daba. También vi varias peleas de Alexis Arguello y de Mohammed Ali. Su casa era una casa abierta, en la sala con acomodábamos todos los chavalos, entre primos y amigos, sentados en el suelo, frente al televisor, para ver esos eventos importantes. Era un espacio pequeño pero acogedor. En ella sobresalía una foto de él con José Manuel. Estaban en la esquina de Wing Sang y el fotógrafo los captó desde la calle mientras ellos sonreían en la alta acera. José Manuel podía tener unos diez años de edad y el tío Felipe menos de cuarenta porque aún no mostraba canas en su cabello negro ondulado.

Después de una pequeña siesta regresaba recuperado a sus labores, y la tía Merchú se sentaba en una mecedora de madera a tejer. Ella tejía de todo, desde centros de mesas, joyeros y cubre colchones, muchos de los cuales terminaban como regalos para sus amigas o familiares, y sabía transmitir su arte a chavalas y señoras de esa época.

Muchos chavalos del puerto llegaban a su oficina dando muestras de buen comportamiento para pedirle dinero, en ese entonces monedas de 10 y 25 centavos, para luego visitar la tiende de doña Estercita y Toño Real y gastarlos en empanadas, chicha en botella, leche de burra, bombones y chingongos. Sin una orden del coronel no les daba ni un centavo, ni a sus hijos, Javier y José Manuel, porque para él la honestidad era uno de los principales valores que debía existir en un servidor público, razón por la cual su trabajo como cajero de la aduana fue intachable en los más de 40 años que desempeñó el cargo.

Todos los sábados, después de arquear la caja, retiraba el tesoro que resguardaba y llenaba uno o dos maletines de lona y cuero que cerraba con un candado. Presentaba los documentos al coronel, dándole los detalles pertinentes sin omitir ni un centavo, para su firma, y partía con ellos hacía Bluefields en la panga de la aduana, pilotada por Orlando Lacayo, el panguero oficial, llamado “Chicho” por todos los Blofeños, a efectuar el depósito a nombre de la aduana en el Banco Nacional. Era lo primero que hacía al llegar a la ciudad, luego sus gestiones personales, entre compras y visita a sus amistades. Al final de sus compromisos visitaba a Carlos Chávez Hernández, su amigo de todos los tiempos. Conversaban amenos y tomaban tragos con sus boquitas respectivas. Así, Felipito, culminaba su viaje, en una tertulia agradable.

A las cinco de la tarde regresaba a El Bluff. La tía Merchú, en su larga espera desde el corredor de la casa, divisaba desde la distancia, al cruzar Half Way Cay, la panga de la aduana y no le quitaba la mirada hasta que bajaba su velocidad para atracar en el muelle de las pangas de la aduana, ubicado a un extremo del muelle principal. Desde que miraba su rostro, antes de atracar, dejaba de hacer lo que estuviese haciendo, leyendo revistas o tejiendo, o simplemente conversando con las visitas que la frecuentaban y salía a su encuentro en las graditas ubicadas frente a la planta eléctrica de la aduana y frente a la casa de los Allen.

“Felipe, Felipe, sabes que te hace daño tomar y no haces caso”, decía la tía Merchú.

Felipito mostraba una sonrisa plena, sonrisa de felicidad etílica, mientras ella lo tomaba del brazo y lo jalaba con fuerza para que su tambalear disminuyera, tratando así que no se notara el vaivén de piernas descontroladas en el andén de un metro y medio de ancho. A jalones lo llevaba frente a la casa, a jalones lo hacía subir las gradas hasta el camino de bloques acostados y entraba regañándolo hasta que lo desvestía y acomodaba en la cama matrimonial.  Felipito dormía profundamente su sueño etílico.

Al siguiente día volvía a jalar agua temprano por la mañana y regresaba como nada a sus rutinas en la aduana, sin el horrible malestar que padece el que bebe alcohol etílico hasta embriagarse.

Era miembro de las comitivas que inspeccionaban los barcos mercantes que atracaban en el puerto. Abordaban ante un gentío curioso que se aglomeraba en el muelle, confundiéndose con los estibadores; se escuchaban saludos, gritos de alegría, citas nocturnas, buenas y malas nuevas desde el barco y el muelle, mientras la comitiva subía con el inspector de aduanas encabezándola. La inspección rutinaria se desarrollaba: revisaban manifiestos de carga, documentos de la tripulación y equipaje, el estado sanitario, las bodegas y cubierta, y las normas de seguridad, concluyendo en la cabina del capitán donde eran invitados a degustar platillos para la ocasión y brindar por el feliz arribo y una placentera estancia en el puerto. Bajaban contentos con bolsas llenas de regalías que posteriormente compartían con sus familiares y amistades. Felipito llegaba sonriente a casa después de estas inspecciones y con regalitos para la tía Merchú.

Cuando el coronel Alejandro Peters Vargas fue enviado a retiro y pensionado, lo sucedió en el cargo el coronel Juan Ramón Brenes y Felipito siguió laborando con el mismo esmero y dedicación en su cargo de cajero de la aduana.

En 1979, a pocos días de la caída de Somoza, muchos de los altos funcionarios de Bluefields salieron en estampida con sus familias en barcos, ante la inminente caída de la dictadura, pasando por El Bluff, al igual que los altos mandos de la Guardia Nacional. Felipito, desde el balcón de la aduana, los vio partir. Era un gentío que se aglomeraba en la cubierta de los barcos, diciendo adiós con sus manos y lágrimas en los ojos.

Cuando miembros de la brigada internacionalista Simón Bolívar llegaron a El Bluff, el Jaque Bazar y brother Ray los recibieron en el muelle de la aduana. Estos dos últimos asignados por el jefe de los insurrectos Dexter Hooker.

“Los jefes me enseñaron cartas firmadas por la comandancia del Frente Sur, estos sí eran grandilocuentes, sobre todo un negrito chaparrito y barbudo con voz de gigante llamado Kalalu”, recuerda Dexter Hooker en sus memorias.

Días después, ya con el triunfo sandinista, se presentaron en la aduana con su atuendo de combatientes guerrilleros.

“Buscamos al administrador”, dijo el barbudo, dirigiéndose a Felipito con sus manos sobre el fusil Fal que colgaba de sus hombros”.

Los compañeros de trabajo estaban presentes en sus puestos, expectantes y nerviosos por la presencia de los guerrilleros y los rumores que se decían por todos los medios, radio y televisión, de que iban a ajusticiar a todos los somocistas, y ellos caían en esa categoría por trabajar en la aduana del puerto.

“El coronel Brenes ha salido del país con su familia”, respondió.

“Como todos los cobardes”, dijo el otro con la mano puesta sobre la empuñadura de la pistola que colgaba de su cinto.

“¿Usted es Felipito, el hombre que maneja los reales?, pregunto el barbudo.

“Si, yo soy”, respondió.

“Abrí la caja fuerte, tenemos órdenes de llevarnos todo el dinero que encontremos para la causa revolucionaria”, dijo el pistolero.

“No puedo hacerlo, sólo con una orden del administrador de aduanas puedo abrirla”, respondió Felipito.

“Déjese de pendejadas, parece que usted no se da cuenta que hay una revolución, y nosotros somos los que ahora mandamos, Abrí la caja fuerte o te llevamos preso a Bluefields”, dijo el del fusil Fal con tono irritado.

Varios de los compañeros de Felipito se acercaron, con temor a los revolucionarios, para hablarle y convencerlo de que abriera la caja fuerte.

“Abrí la puta caja o aquí mismo te pongo tieso”, dijo el de la pistola.

Felipito, pensativo, dio varias vueltas en su cubículo cerrado por verjas de hierro, pensativo, su mente nublada y sus manos temblorosas: nunca antes lo habían amenazado hombres armados. Vio sus rostros de desesperación y odio. Se acercó a la caja fuerte, accionó la llave, hizo los movimientos de la combinación que solo él conocía y abrió la pesada puerta de la caja fuerte.

Al ver la oscuridad de su interior, los dos revolucionarios saltaron sobre el estante de madera que separaba el acceso de los visitantes con los empleados de la aduana y entraron a su cubículo, al cubículo sagrado del cajero de la aduana.

“Saca todo el dinero que tenés allí”, dijo el barbudo del Fal.

“No hay casi nada, talvez unos dos mil córdobas”, respondió Felipito.

Felipito retiró con su característica parsimonia el poco dinero que tenía la caja y se lo mostró a los revolucionarios. Indignados, daban gritos de enojo.

“Hijo de la gran puta, nos estás engañando. Sabemos que aquí hay más de cincuenta mil dólares. Así que de una vez diga dónde está el dinero”, gritó el de la pistola, haciendo ademanes amenazantes con ella.

“Se lo llevaron, se lo llevaron”, dijo uno de los compañeros de Felipito. “Se lo llevaron hace días, el administrador salió embarcado, pero el resto está en el banco”, agregó.

Meses después Felipito Álvarez fue jubilado de la aduana al asumir sus funciones el personal del gobierno revolucionario. Siguió en sus rutinas, dedicó parte de su tiempo a sus nietos y nietas y visitó a su hija Dora Luz en el puerto de Corinto. Sufrió la destrucción de su casa por el huracán Juana y se refugió por unos días en Santo Tomás, Chontales, con la tía Merchú. Poco a poco lograron reconstruir con el apoyo de Hábitat para la humanidad, pero nunca volvió a parecerse a su antigua casa.

“Siempre fue un hombre dulce y tierno”, recuerda su nieta Anielka, pero era mi tía la que nos castigaba.

Le diagnosticaron una hernia en la ingle y fue operado. En su recuperación, pocas semanas después, siguió jalando agua del pozo y nunca curó del todo, razón por la que cayó postrado bajo la atención de la tía Merchú, recuerda Dora Luz.

“Mercedita, tengo ganas de comer un buen nacatamal”, decía.

“No, Felipe, no, te hace daño”, respondía la tía Merchú.

“Ay Mercedita, que tal un chanchito frito, gordito”, volvía con sus antojos.

“Felipe, pareces un niño, sabes que te hace daño”, decía la tía Merchú.

Y así, postrado en cama, el 23 de febrero de 1999, falleció de un infarto en su habitación con la tía Merchú a su lado.

El hombre que dedicó gran parte de su vida al resguardo y manejo de los fondos de la aduana de El Bluff, fondos que ascendían a decenas de miles de dólares en concepto de impuestos por importación y exportación de mercancías, se rindió a la muerte.

Vive en la memoria de sus hijos Dora Luz, José Manuel y Javier y de sus nietos y nietas, de sus sobrinos, así como en la de aquellos que lo conocieron y recuerdan como un hombre honesto, respetuoso, amigable y de buenas costumbres.

 

domingo, 30 de octubre de 2022

Foto: Felipito en el parque de la loma de El Bluff con sus nietos Anielka y Rafael.