sábado, 11 de febrero de 2023

EN EL CORAZÓN DE LA ISLA DEL MAR

 



El camión lechero pasa velozmente,

el  IFA rebosa de gente hasta en los costados,

pichingas se sacuden al trote del caballo,

estudiantes colorean el camino de azul y blanco,

motocicletas veloces los aventajan.

Afuera hace frío por la niebla,

húmeda y brillante está la grama.

Amanece en Nueva Guinea.

 

Pero yo estaré en la isla del mar Caribe,

en el corazón de la isla del mar,

donde las olas revientan en el arrecife,

explayándose en los cocoteros.

En el patio las gallinas cacarean, el gallo canta,

los cachorros juegan en la hojarasca de naranja y mango,

y Web, mi viejo amigo, grita, grita y grita,

los pescadores zarpan a la mar y no lo escuchan,

cansado, gira y desaparece por el camino de arena blanca.

Saboreo el café colombiano hecho al estilo cubano

y los barcos se alejan en nueva faena.

Allí estoy, allí en la isla del mar, colmado de su calor.

Allí estoy, disfrutando el amanecer.

 

El galopar de los cascos se acerca,

la lechera pasa velozmente,

bajo estrellas durmientes

y rayas rojizas atravesando el cielo.

El hombre con su carreta de bueyes

saluda y dice adiós tarareando 

la misma vieja y triste canción.

Es un nuevo amanecer en Nueva Guinea.

 

Pero yo estaré en su corazón, en la isla del mar,

donde se vive y ama como en ningún otro lugar.

 

10/02/2023

Foto: Arpillera de Nydia Taylor.


sábado, 4 de febrero de 2023

SOLEDAD

 



Soledad viaja cerca y lejos,

su presencia silenciosa como una estrella.

Con un brillo siempre luminoso,

viaja en la oscuridad de la noche.



Su frío abraza a los valientes,

quienes buscan refugio de su cueva diaria.

Pero la soledad también trae consuelo,

un refugio para mi y para ti.



Su belleza reside dentro de cada alma,

brillando sin lugar al que ir.

No temas el camino.



4/02/2023
Foto: Fenómenos de Sergio Orozco Carazo.





miércoles, 18 de enero de 2023

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: REYNALDO Y SU CARRETÓN


En varias ocasiones lo he visto montado en su carretón por las calles de Nueva Guinea. Siempre va cargado, trasladando productos entre las diferentes zonas o barrios de la ciudad. Es su nueva forma de vida, su emprendimiento, desde que recortaron personal en una empresa que lo contrataba para cuidar antenas de comunicación.

Es Reynaldo Sánchez Jirón, un hombre mayor, pero se conserva con energía y fuerzas suficientes para dedicarse al acarreo con su carretón jalado por un caballo. Su domicilio está ubicado en la zona 6. 

“Tengo más de 10 años de trabajar en esta actividad, desde que me despidieron me dedico a esto y sigo adelante”, dice Reynaldo.

Ha tenido varios caballos. Menciona sus nombres con orgullo, sin pensarlo mucho, porque es consciente de que el trabajo conjunto con el animal es lo que le ha permitido salir adelante.

“Uno se llamaba Zanate, otro Capirote porque lo compré en una finca llena de esos árboles, luego tuve una yegua, una buena yegua llamada la Chana que me dejó una cría, una hembrita que le puse la Chiripa porque pensé que se me iba a morir, después tuve al Choto que tuve que amansar. Ahora tengo a este que se llama el Grano, cuando lo compré el pobrecito parecía una mazorca de maíz mal desgranada, con un pelotero de garrapatas por todas partes, lo recuperé y ahora tiene 8 años”.

¿Cuántos viaje hace por día, más o menos?

“Hago siete viajes. Ya la gente me conoce y me llama a mi número de teléfono, el 89083529. Me llaman personas particulares, de algunas abarroterías para trasladar productos a sus clientes, también de empresas para que traslade televisores, cocinas, lavadoras, muebles y hasta camas. Está maderita la llevo hasta la zona siete. Así paso el día, a veces me llaman de las colonias cercanas para trasladar de todo, hasta pizarras de las escuelas”.

¿Qué es lo más importante en este trabajo?

“El animal, amigo, el animal, porque sin caballo no hay acarreo. Estoy pendiente de sus cascos, de su lomo, que no esté chimado, que se mantengan sanos porque un animal enfermo no rinde. No los obligo al sobreesfuerzo, no; los hago trabajar sin sofocación, sin prisa. Gasto lo necesario en su alimentación, compro maíz que se lo doy molido con el concentrado y pasto, y también que no le falte agua limpia, esa es la vida”.

Mientras conversaba con Reynaldo, su teléfono sonó varias veces. Siempre respondiendo que va cerca, que está por llegar con la carga, que ahorita no, más tarde puedo, y así, hablando con sus clientes.

“Ya ve como me llaman, pero a veces tengo que decirles que hasta mañana porque trabajo desde las 7 de mañana hasta las 4 de la tarde. No trabajo más noche porque la luz de los carros afecta a la bestia”.

Los caballos son principalmente animales diurnos, sin embargo, pastan de noche, lo cual sugiere que tienen algo de visión nocturna. Sus ojos son sensibles a la luz débil, por lo cual ven relativamente bien al anochecer, pero no tienen la habilidad de ajustarse rápidamente a la oscuridad.

¿Cómo lo tratan los conductores de vehículos cuando va por las calles de Nueva Guinea?

Hasta el momento bastante bien, pero hay algunos, jóvenes, sobre todo, que son mal educados, que andan desesperados manejando y me gritan que me aparte, que los estoy atrasando, que los caballos deben andar en potreros y no en las calles, y cosas así, pero son los menos. Me lleno de paciencia, no les digo nada y siempre espero mi turno, mi momento para avanzar, doblar por una calle o cruzar las avenidas.

En la alcaldía municipal tengo inscrito mi fierro, ese es prácticamente mi sticker de rodamiento, mi calcomanía para circular por las calles.

Volvió a sonar el teléfono 89083529, ya estoy cerca, dijo don Reynaldo y nos despedimos.

Movió las riendas, le habló al caballo y siguió avanzando en su recorrido.

 

21 de enero de 2023.
Foto Propia.

domingo, 15 de enero de 2023

COTTON TREE Y SU BRIGADA COMUNITARIA CONTRA INCENDIOS

 


Hombres expectantes, chavalos y mujeres con su teléfono móvil grabando el incendio que consumió tres casas en el barrio Punta Fría o Cotton Tree, un gentío aglomerándose a medida que el fuego avanza y consume una casa de madera, sirenas de bomberos irrumpen en la calle que te lleva al Four Brothers y la gente grita desesperada. Muchos huyen del lugar, es natural ante las amenazas que enfrentamos y ponen en riesgo nuestras vidas, pero otros, muchos de ellos deciden enfrentar el fuego que amenaza con avanzar más allá y consumir las viviendas de la cuadra.

Son hombres del barrio, la mayoría, como es de esperarse en Cotton Tree son black creoles, que toman la iniciativa. Comienzan a sacar baldes y cubetas para llenarlas de agua de la cañería, ¡gracias a Dios hay agua!, y se organizan en una fila por la que van trasegando las cubetas medio llenas de agua para tirarlas en la casa que arde, en los restos de madera que arde, madera chamuscada, entre las llamas ardientes, en el rojo vivo, ese color que va expandiéndose, llamas que se elevan y son visibles desde cinco cuadras a la redonda y sus voces fuertes, sus gritos, en ese inglés creole tan nuestro, se toman la escena, no hay gritos en español, en spaniard como dicen ellos, no, son las voces y los gritos del barrio organizado, la gente organizada frente a la necesidad de salvar vidas y viviendas y así van cubetas con agua en la cadena, de mano en mano, mientras otras regresan vacías a una, dos, tres casas, otras las llenan de un pozo, todos, casas y pozo a la orilla de la calle y en ese alboroto sobresale la voz de Neyda Dixón, con su cámara que transmite en vivo, hablando y gritando en ingles creole, le grita a los niños, les dice que se aparten, que busquen un lugar seguro, va grabando y sigue gritándole a los hombres que ayuden, que dejen de ser simple espectadores ante el siniestro que ya ha consumido tres casas de madera y amenaza con avanzar hacia otra. Pregunta qué pasa con los bomberos que han extendido la manguera desde hace rato pero no funciona la bomba de la cisterna, no pueden bombear agua mientras el fuego avanza, son simples espectadores, bomberos uniformados con traje, casco y botas para combatir el fuego pero ahora, allí, están inertes, sin poder hacer nada, mientras que la gente de la vivienda amenazada, la casa vecina de las consumidas, comienzan a sacar sus cosas, sus muebles, sus roperos, su refrigeradora, y en una esquina del techo, en un alero comienza a salir humo, el fuego se ha cruzado, va a consumirla también, pero siguen los hombres del barrio tirando agua con baldes desde todos lados, desde el pozo donde sacar agua se hace lentamente por la falta de un mecate y Neyda lo grita, ¡consigan un mecate para sacar agua del pozo!, y enfoca a una mujer joven que está en la fila de los pasadores de baldes de agua, es un ejemplo, la única mujer que está activa con su manos y cuerpo ayudando a combatir el fuego, y alguien llega con el mecate, se lo pasan al hombre que está en el brocal del pozo. De tres lugares salen baldes de agua y su tirada se focaliza ahora en la casa de concreto que está próxima a quemarse, son baldadas de agua se riegan en el techo, al lado de la calle, otros entran a la casa y siguen tirando agua.

La policía ha llegado a la escena, hacen un cordón frente a la gente que se aglomera en la acera, también ha llegado otra cisterna de los bomberos, alguien grita que ya funciona la bomba de la cisterna, dos bomberos comienzan a irrigar de agua las casas consumidas, alguien grita que le tiren agua a la casa que se ve amenazada por el fuego y hacia allá dirigen el agua a presión.

Tres casas de madera consumidas y una de concreto parcialmente afectada, no pasó a más, ¡thanks to the lord! La gente del barrio de Cotton Tree son los héroes de Bluefields en este día, los hombres vestidos con pantalón corto, camisetas desmangadas y chinelas, con cabello tipo rasta, los mismo que emplearon sus fuerzas, sus voces y sus gritos para organizar inesperadamente su propia brigada contra incendios y frenar el fuego que amenazaba su gente, su barrio, su comunidad. Son ejemplo vivo de que, ante las amenazas, mientras unos huyen, otros nos unimos para enfrentar la adversidad. Son ejemplo para los otros barrios de la ciudad, ejemplo para Nicaragua.

Y también, hay que decirlo, el periodismo ciudadano, desde su propia trinchera, más allá de la cámara que graba, tiene el poder y la fuerza para influir y contribuir a organizar a la población para combatir las amenazas que enfrentan, así como lo observé en vivo a través de la voz e imágenes de Neyda Dixon en Noticias de Bluefields.

Felicitaciones al pueblo de Cotton Tree y a su brigada comunitaria contra incendios, también a Neyda por su poder de convocatoria y excelente cobertura.

 

Domingo, 15 de enero de 2023.
Foto: Noticias de Bluefields.

domingo, 8 de enero de 2023

LLUVIA, MI COMPAÑERA

 


Monstruos, uno para el otro,

se apoderaron de mí sin intentos de partir:

un grito de soledad, soledad en el corazón,

y la lluvia furiosa inundando el bosque.

 

No pienses al ver el sol brillar en pisos de baldosas

y paredes de concreto, que evitan el paso del viento,

que soy feliz con ellos, una lumbrera ardiente.

Lejos del calor interno, de mis deseos y causas.

 

Camino mejor por el sendero sobre piedras,

lavo mis heridas con la lluvia, lluvia curativa.

Mi corazón palpita con menos dolor

cubierto de frío en el bosque, lejos de la sensatez.

 

Siempre hay que elegir, ¿cuál es tú elección?

La soledad, o la soledad y la lluvia del bosque.

 

8 de enero 2023.

Foto Propia.

sábado, 31 de diciembre de 2022

LA ÚLTIMA NOCHE

 



Cada vez más al suroeste cae el sol,

y sus rayos parpadean entre las ramas

como invitado descendiendo a descansar en ellas.

Lo observo caer y la oscuridad llega lentamente.

 

En este instante pienso en lo lejos que he llegado,

y que hablar de la última noche del mes de diciembre

es como decir que la hierba húmeda es persistente,

sigue allí, creciendo bajo el tronco de un árbol frondoso.

 

Surge de una enorme necesidad por la forma

en que la luz se despide, por lo que nos podemos decir

los unos a los otros, por las cosas que nos guardamos

como el que esconde eternamente algo robado.

 

Y es espectacular, el crepúsculo cubriendo todo tan suavemente.

Quisiera creer que lo importante en este mundo ya pasó.

Nada termina hoy, todo seguirá igual.

Seguirá ocurriendo para siempre: una respiración y luego otra.

 

La forma en que la luz cae sobre las hojas lisas

y brillantes del árbol de caoba,

que se yergue orgulloso al lado del cerco de alambre,

es algo digno de contemplar.

 

31 de diciembre de 2022.

Foto propia.

lunes, 26 de diciembre de 2022

PERSONAJES DEL AÑO 2022


Es este quizás el ultimo escrito del año 2022 y forma parte de los más de treinta que he logrado, pero antes de que cambiemos el calendario, quiero señalar algunas características y anécdotas de los personajes que aparecen en ellos.

Este año, Tapalwás es uno de los personajes relevantes de mis escritos, don Abraham Rodríguez, que en paz descanse, iluminado por la eternidad del creador. A Tapalwás lo escuchaba siendo un niño. Sus palabras, como murmullos llegaban a mis oídos, aún en la inocencia de los 8 años, atento a esa corriente de palabras que empleaba para contar sus guayolas, a sus poses de narrador empedernido —todo lo narrado era una festín que se notaba en el brillo de sus ojos, dramatizando los acontecimientos, imponiendo emoción e intriga— que cautivaba a sus oyentes en cualquier lugar o escenario donde la ocasión lo llevaba, bien en el muelle de la aduana, en los corredores del plantel de la Booth, en la esquina de la iglesia católica y, en su preferido, la casa de doña Juana Angulo, desde la cual observaba desde el corredor a los viajeros que bajaban y subían las 25 gradas del cuartel de la guardia y, además, tenía a su disposición los barriles de guaro lija que distribuía, como agente fiscal, don Octavio Gómez, y saboreaba con agrado en compañía de Victoriano, Masayita o el Africano.

En múltiples ocasiones visitaba su vivienda por la amistad con sus hijos, principalmente con Germán, llamado con cariño el Osito (QEPD), y sus hijas, ya mayores, eran hermosas y amorosas. En su hogar, el Tapalwás guayolero se transformaba en un señor serio y discreto bajo la mirada atenta de doña Panchita, su esposa. Allí miraba el balde donde tiraba sus escupitajos de tabaco y abajo, en la orilla de la bahía frente a la playa de El Tortuguero, atracado al pie del barranco, su bote de canalete.

Allí está Tapalwás, en Volando sobre Piedras, en Un buen Cazador y en El mejor reloj del mundo. Así como protagoniza esos escritos lo vi, escuché y admiré. Te brindo la oportunidad nuevamente para que lo conozcas, que lo escuches, que lo acompañes en ese puerto de El Bluff que hace muchos, pero muchísimos años, dejó de brillar y vive en mis recuerdos.

No pueden faltar los Neoguineanos. La gente que vive y trabaja en este vasto territorio de Nueva Guinea. Gente polifacética, gente aguerrida, emprendedora y capaz de mover y cambiar las condiciones socio-económicas cuando se lo proponen a su gusto y antojo. Y lo digo porque lo he vivido, he transitado por estas condiciones desde el año 1986, primera vez que la visité, donde el aguacero, el lodazal y la neblina me embelesaron después de vivir en el trópico seco de Juigalpa por muchísimos años. Fue como volver a mi Costa Caribe, a Bluefields, a El Bluff, donde llovía todo el año y vivía empapado caminando por el andén, en las travesías en botes pos pos hacía Bluefields todas las mañanas, en las calles de Bluefields en el trayecto a clases y a la salida, cobijándome bajo el alero de los corredores de las casas de sus principales calles.

La Nueva Guinea de esos años, del inicio de la década de los años 90, inauguraba una nueva etapa en su desarrollo con personajes que venían de una guerra entre familias, pero ansiosos de dejar atrás los estragos causados por las balas, las bombas y las bayonetas para reconstruir su tierra prodigiosa, necesitada de su respeto porque sufrió del despale indiscriminado, de caminos para llegar al último de sus rincones con proyectos que transformaran esa realidad que los excluía y marginaba de las bondades de la paz. Personajes que hoy pintan canas, que viven en sus parcelas cultivando la tierra que genera una riqueza tan diversa en distintas épocas del año —granos básicos, raíces y tubérculos, musáceas, cacao, café, piña, leche, queso, carne, frutales de diversos tipos—, y que aún hoy, dos décadas después de inaugurar el siglo XXI, padecen los mismos males de siempre: pobreza, marginación y exclusión, como si estuvieran malditos en su propia tierra, siendo expoliados por los mismos de siempre: los comerciantes, acopiadores, prestamistas y banqueros. Es tanto el grado de desencanto vivido que sus hijos, los herederos de "la luz en la selva" y el futuro soñado, han tenido que emigrar en busca de mejores perspectivas y ellos, sus padres y abuelos, miran hacia la montaña que repoblaron con nostalgia en sus ojos y preguntándose: ¿Para qué tanta lucha?

Felipe Álvarez, llamado con cariño Felipito, el cajero de la aduana de El Bluff, estuvo a lo largo del año en mis pensamientos hasta que lo vi jalando agua, con aquella calma y parsimonia que lo caracterizaba, en el pozo de la casa de mi abuelo Felipe, en la casa de su propiedad ubicada frente al inmenso árbol de Laurel de la India y en su casa de habitación construida por el legendario ingeniero de la aduana don Juan Lacayo y cedida para su familia. Felipito, un hombre respetuoso, honrado al tal extremo de negarle el acceso a la caja fuerte a los guerrilleros sandinistas triunfantes en 1979 que lo amenazaron de muerte con tal de llevarse el botín.

Un hombre íntegro, amable y servicial que dedicó su vida al servicio público como cajero sin hacerle falta, nunca en su vida, diez centavos al arquear la caja. Felipito, el papá de Rafael, Dora Luz, José Manuel y Javier, llamado con cariño El Tanquecito, otro de mis grandes personajes de la época en que el puerto fue un lugar soñado. Tanquecito, le dije hace unos días que me visitó junto con mi otro primo Edwin Cadenas, sos mi héroe, sí, siempre lo fuiste. ¿Por qué?, preguntó. Porque los Reyes Magos te trajeron una bicicleta —a todos los chavalos de El Bluff de esa época los regalos se los traía Santa, pero los Reyes solamente al Tanquecito—, y mientras los otros, Kalilita, Juan Brenes, los Acosta, Benavidez y varios más, hacían competencias de bicicleta en el tramo de carretera entre el muelle de la Texaco y el comedor de la Chinitas, un día me la prestaste y comencé a andar volando al viento por el andén, lleno de dicha y felicidad hasta que después me compraron una bicicleta qué llamábamos “vaca” que tenía llantas gruesas y frenos traseros. Siempre fuiste y seguirás siendo mi héroe, volví a decirle y nos abrazamos.

El mujer mío, como dice un amigo que forma parte de los hombres afortunados, es y seguirá siendo, a pesar de todos los desacuerdos y peleas de parejas de toda la vida, una de mis personajes a la mano. Y poco a poco he logrado ir construyendo ese mundo juigalpino y chontaleño en que vivió, entre las sombras de sus recuerdos en una habitación gigante que durante el día desaparecían las tijeras de lona, al lado de sus abuelos y tíos(as). A pesar de tantos años, 45 años después,  sigue siendo la misma de siempre, terca y una leona de cuando sus hijos se trata.

Y Emiljamary, mi hija, que regresó a ser feliz nuevamente cuando se vino a vivir a mi casa, de quién respiro todos los días la dulzura de su corazón y de los dulces que prepara, llamados dulces para el corazón convertida en una creadora de felicidad; colmó mi casa, su casa, con su alegría y su risa, y me llena de dicha con los abrazos que me brinda cuando corro a su lado por las mañanas apenas despierta. Mi niña, mi corazón.

Inolvidable mi madre de frijoles, doña Juana Angulo. Octogenaria hoy, luchadora de toda la vida. La mamá de Kalilita, uno de los personajes de mis escritos, con el que crecí siendo amigos, peleándonos, volviendo a darnos la mano y ahora en esta etapa de la vida nos recordamos de esos tiempos que he ido plasmando desde hace muchos años. Doña Juana Angulo, su casa, su sala, su cocina, el mostrador donde don Octavio administraba el guaro lija y ella sus panes, sus pupusas que horneaba y viajaban por todo el mar Caribe y que mi papá las pedía en vos alta: ¡quiero una pupusa! Luego se reía a carcajadas y las degustaba, quién no si eran una delicia, sentado en la inmensa sala donde nunca fue permitido que ninguna persona que se echara su cachimbazo escupiera en el piso de madera pulido, sino que eran invitados a salir al corredor. Sus recuerdos, sus nostalgias, están allí para siempre, imborrable el rifle calibre 22 que dominaba con tanta destreza que ningún amigo de lo ajeno se atrevía a entrar en su patio para robarse sus sugar mango.

En los olores y sabores de semana santa regreso a la casa de la abuela Manuela. Al patio, alrededor de una mesa de madera donde muelen el maíz para después elaborar las cosas de horno, rosquillas, hojaldras; las risas; los gritos; el fogón en el suelo donde ponían a hervir los nacatamales especiales que la tía Magdalena les daba ese toque tan genuino que por ello los llamaban los nacatamales especiales de la tía Magda; ni el almíbar que preparaba la abuela Manuela con productos todos recolectados del patio; los pescados secos que el tío Gustavo arponeaba en el muelle de la Texaco y que desde el lunes pasaban secándose al sol en el tendedero de ropa para que estuvieran listos ese viernes y preparar el delicioso arroz con pescado que la abuela Manuela hacía con esmero al estilo hondureño, su tierra de origen.

La alegría giraba alrededor de la mesa engalanada para la ocasión: manteles, platos, cubiertos, vasos, todo esmeradamente colocados con precisión, como se hacía todos los viernes santos. Todos sus sentidos activados percibían el aroma del maíz transformado, el hervor del perol de nacatamales, el arroz con pescado bañado con una salsa espesa secreta de la abuela, el dulce del almíbar. Todos ocupaban su lugar definido en la gran mesa redonda de madera inhalando el aroma de tierra mojada bajo sus pies después de ser regada con baldadas de agua para bajar la temperatura a la sombra del árbol de mango, y ahora todos se han ido.

¿De dónde obtuvieron tanta riqueza? ¿Cómo?, le pregunto al Tanquecito luego de mostrarle la foto que hoy uso como portada de este escrito. Se queda pensativo y me dice de la madera, sí, de la extracción de madera en el llamado hoy Caribe Norte cuando existían grandes empresas madereras que exportaban hacia el norte y otros lugares dándole contratos a pequeños empresarios. Felipe, mi abuelo materno, originario de Granada, se trasladó a vivir a Waspán y allí desarrollo sus habilidades en el negocio de la madera, dándole frutos suficientes para crear y desarrollar la familia con mi abuela Manuela y de la que hoy sobrevivimos varios primos.

A los estibadores de ganado fue como si los hubiese soñado. Hombres fuertes, altos, de brazos fornidos, espaldas anchas y manos callosas. Black creoles de los barrios negros de Bluefields que viajaban a El Bluff en lanchones, una cuadrilla de hombres seleccionados para una labor riesgosa, agotadora y violenta: desembarcar de lanchones y embarcar toros, novillos y vacas en barcos mercantes que navegaban por el caribe. Allí están observándolos desde el techo de la aduana Kalilita, Mario Tachita, Zamba Larga, Pilón y, desde el balcón del segundo piso de la aduana, el coronel Alejandro Peters que sale y entra para vivir los momentos más emocionantes de la labor de los estibadores de ganado.

A el hombre del bastón lo encontré en mis caminatas mañaneras por el parque central de Nueva Guinea recogiendo botellas. Nunca lo había mirado, pero en cada vuelta que daba me fui fijando en los detalles: el tipo de bastón, su forma de caminar, su rostro, su piel maltratada por los años y el rincón de una casa cercana donde dormía para levantarse a las cuatro de la mañana a recoger botellas de plástico o de vidrio para luego venderlas en los centros de acopio. Un hombre golpeado por la vida pero que sigue luchando a diario para sobrevivir en este mundo hostil como miles de seres humanos golpeados por la injusticia, la marginación y la explotación.

El hombre que vi una madrugada caminando en baby doll por las calles cercanas al mercado municipal de Nueva Guinea es sin duda uno de los personajes más sofisticados de este año. No lo conocí en su momento ni por muchos años, hasta que un día sin querer me di cuenta de su identidad que mantengo bajo las llaves de los secretos. Siempre que nos vemos nos saludamos, sin el saber que yo sé, ahora que su cabello y su bigote se han puesto canosos.

Y, por último, mi personaje más querido, mi padre White Bush Hill Bush, el capitán. El hombre que nunca me abandonó, el que siempre estuvo a mi lado en los momentos más difíciles, el que nunca intentó sustituir mis esfuerzos con su capacidad de amarme, sino que dejó que me valiera por mi mismo, después de darme todas las oportunidades para que adquiriera las herramientas que me llevaron a recorrer el camino. El hombre de mar, el navegante, el capitán, el marino, un hombre alegre, encantador, amigo de mis amigos, y que para estas épocas del año, lo añoro como el niño que llora ante la ausencia de un ser amado.

 

Domingo, 25 de diciembre de 2022.

Foto propia: Familia Álvarez.