Sueños del Caribe es un blog sobre la Costa Caribe y el sureste de Nicaragua. Lo componen relatos, crónicas, personajes, poesía y otros temas.
martes, 6 de enero de 2015
CON SU CARGAMENTO PARA LA CIUDAD
Sale
loco de contento con su cargamento
para la ciudad, para la ciudad.
Lleva
en su pensamiento todo un mundo lleno
de felicidad, Ay, de felicidad.
Piensa remediar su situación
del hogar que es toda su ilusión. Sí.
Y alegre,
el jibarito va, pensando así
diciendo así, cantando así por el camino:
"Si yo vendo la carga, mi Dios querido,
un traje a mi viejita voy a comprar."
Y alegre
también su yegua va
al presentir que aquel cantar
es todo un himno de alegría.
Y en eso le sorprende la luz del DÍA.
Y llegan al mercado de la ciudad.
Pasa
la mañana entera sin que nadie quiera
su carga comprar, ay, su carga comprar.
Todo,
todo esta desierto, y el pueblo esta lleno
de necesidad, ay, de necesidad.
Se oye este lamento por doquier
de mi desdichada Borinquen. Sí.
Y triste,
el jibarito va pensando así,
diciendo así, llorando así por el camino:
"¿Qué será de Borinquen mi dios querido?
¿Qué será de mis hijos y de mi hogar?"
Oh Borinquen!
La tierra del Edén,
la que al cantar, el gran Gautier
llamo la perla de los mares.
Ahora que tu te mueres con tus pesares,
déjame que te cante yo también.
miércoles, 31 de diciembre de 2014
DESPEDIDA DEL AÑO 2014 AL MEDIODÍA (Con tonada del Ave María del Ángelus)
Son las doce del
día y no puedo terminar este año sin despedirme y brindarles mis deseos para el
año 2015.
Este año que
finaliza ha sido genial. Incursioné en el mundo de la fotografía y he captado
con mis cámaras varios momentos espectaculares, inolvidables, únicos. La
libertad, la autonomía, la independencia y los deseos de vivir la vida
intensamente, sin cadenas que esclavizan, me han permitido hacerte parte de
muchos de ellos.
He seguido
escribiendo tal como hoy lo hago. Al revisar me doy cuenta que he
compartido con ustedes un total de 65 escritos, incluyendo vídeos, poemas y fotografías.
Han sido 5.4 publicaciones en promedio por mes en mi blog, tu blog Sueños del Caribe.
La dicha y
felicidad me ha acompañado dándome la vida nuevos nietos, María Fernanda, mi
nieta menor y espero cosechar más, muchos más. Francisco se volvió a casar,
Kalinga lo hechizó con sus dones norteños y Aster logró, luego de dejar de
beber guaro, construir su casa, además de graduarse en la Universidad.
De la salud no
me quejo, dejé de fumar. Pero hay dolor y debo convivir con él, y cuando a ella algo le duele, le
doy su sobadita, nos damos nuestra sobadita.
Hay amigos y
amigas que se han ido, se me han adelantado. Ellos y ellas, Martín Bermúdez, Juanita Allen, Juan Ramón Acosta y otros, siempre estarán a mi lado, no los ignoro, están conmigo.
Me despedí de San Martín, Filmore McDonalds Banks, en su casa, en su cama, en
su lecho de agonía: “San Martín, soy yo, Ronald Hill, el catracho, tu compañero de equipo, al que siempre salías corriendo a relevarlo cuando no encontraba el plato, el
que fue testigo de tus hazañas como uno de los mejores pícheres de El Bluff y
Bluefields”, le dije al oído. Inmediatamente abrió los ojos, balbuceó, parpadeó
y le apreté la mano. “Te reconoció”, dijo su hermano, John Banks.
Sigo extrañando,
y por eso busco y lo seguiré haciendo, a las amistades de por vida, el aroma caribeño, el sabor a coco y
lo salobre del mar, pero no me quejo del verdor del trópico húmedo del que me
enamoré por segunda vez. La gente trabajadora, solidaria y cristiana, además de
sus paisajes, es el tesoro más grande que tiene Nueva Guinea y, como siempre lo he hecho, seguiré estando al lado de este pueblo trabajador que se merece un
futuro mejor, futuro que ha construido con las uñas frente a la adversidad y
que se prepara para celebrar los 50 años de su fundación el próximo 5 de marzo
del 2015.
El resto es
rutina, decepciones, desencantos y planes sin cumplir que los seres humanos
siempre retomamos y seguimos luchando por hacerlos realidad. Por ellos, por esos sueños es que seguimos respirando cada mañana al levantarnos, deseo que a todos y todas se les hagan realidad en el 2015. Deseo
que los problemas cotidianos no se conviertan en barreras insuperables en su
caminar, les deseo salud, mucha salud, paz y armonía en su alrededor. ¡Feliz
2015!
lunes, 22 de diciembre de 2014
BAILE DE SOMBRAS
Ella dibujó su alma en mi cuerpo con la pintura roja de
su lápiz labial durante la noche, y al amanecer, se despidió desde la puerta número
dos del aeropuerto sembrado de estatuas negras.
Tengo planes, planes para los dos, dijo con sus frágiles
brazos sobre mi pecho y sus largas piernas adheridas a las mías, tratando
de posponer el momento inevitable.
Las cosas van a cambiar, agregó susurrando mi mejilla con su aliento rosa, puede suceder en cualquier lugar pero... no te
imaginas como quisiera verte en Bilwi, caminar de tu mano en el muelle con
nuestras sombras bailando al ritmo del oleaje del mar Caribe, compartir la isla solitaria que tengo escondida con vos, mirar el brillo de la luna en tus
ojos cuando se levanta sobre la bahía de Bluefields, bailarte al ritmo de tambores garífunas en la grama de
Orinoco y manchar el cielo azul con la intensidad de nuestras pasiones.
Me di cuenta que todo era un consuelo, que después de morir en sus brazos, de transitar entre la muerte y la vida a su lado, ella descubrió el dolor que sentía por su partida. Y por eso le dije que me arrepentía de haber llegado tarde a su vida, esa vida de mujer intuitiva y con convicción, libre y alegre, con deseos de vivirla intensamente para mantenerse reluciente y jovial a sus casi treinta años, casi por cumplirlos. Si yo pudiera… dije y selló con su mano mi boca. Tus sueños son los míos, no compliquemos el inicio de algo que estoy segura sucederá, agregó y se levanto de la cama.
El trayecto al aeropuerto fue vacío e interminable como las calles trasnochadas de Managua, sólo nuestras manos se encontraban aferradas unas a la otra. Cuando salí del taxi para abrir la puerta, la vi bajar con el brillo de libertad que descubrí al conocerla y me sentí dichoso de ser parte de su vida.
Avanzó sobre la alfombra gris de los pesares, nos vemos el próximo año murmuró desde la distancia y con sus manos dijo adiós, borrando las huellas de lo que ahora es parte de mi pasado.
Me di cuenta que todo era un consuelo, que después de morir en sus brazos, de transitar entre la muerte y la vida a su lado, ella descubrió el dolor que sentía por su partida. Y por eso le dije que me arrepentía de haber llegado tarde a su vida, esa vida de mujer intuitiva y con convicción, libre y alegre, con deseos de vivirla intensamente para mantenerse reluciente y jovial a sus casi treinta años, casi por cumplirlos. Si yo pudiera… dije y selló con su mano mi boca. Tus sueños son los míos, no compliquemos el inicio de algo que estoy segura sucederá, agregó y se levanto de la cama.
El trayecto al aeropuerto fue vacío e interminable como las calles trasnochadas de Managua, sólo nuestras manos se encontraban aferradas unas a la otra. Cuando salí del taxi para abrir la puerta, la vi bajar con el brillo de libertad que descubrí al conocerla y me sentí dichoso de ser parte de su vida.
Avanzó sobre la alfombra gris de los pesares, nos vemos el próximo año murmuró desde la distancia y con sus manos dijo adiós, borrando las huellas de lo que ahora es parte de mi pasado.
jueves, 18 de diciembre de 2014
UNA MANCHA DE TROMPOS
Nos juntábamos siempre para jugar hasta aburrirnos, disfrutábamos los diferentes juegos de temporadas: una mancha de trompos, haciendo piso y “revoluta” en el juego de chibolas, elevando barriletes y cometas desde la plazoleta del parque de la loma, aprovechando los vientos de noviembre y diciembre para mandar telegramas al cielo con nuestros deseos, hasta las carreras de bicicletas en el tramo de carretera entre el muelle de la Texaco y el comedor de las Chinitas. Siempre éramos los mismos: Kalilita, el Tanquecito, el Guerri, el Sapo, Richard, Alonso, la Melá, Martín, el Cabe, el Flaco y el Zorro Juan.
Para las manchas muchos preferían
los trompos de Masaya, hechos de
guayacán con puyones gruesos, pero eran caros porque los pintaban con
dibujitos. Otros con su ingenio infantil fabricaban los propios. Richard y
Alonso Allen los hacían de la rama de un árbol de Guayaba con grosor medio; con
un machete filoso daban los primeros cortes para que tomara forma, luego con un
cuchillo hasta moldearle la cabeza y, cuando adquiría el tamaño deseado, lo
raspaban con un pedazo de vidrio hasta que quedaran lisos sus contornos al
tacto de la mano que posteriormente sacaría pecho a la hora de jugarlo en una
mancha. El puyón, el arma destructiva, era el elemento más preciado, además del
tamaño y peso del trompo.
— ¿Por
qué le quitas el puyón si está nuevo? —le pregunté a Kalilita al verlo sentado
en las gradas de su casa, tratando de sacarle el puyón a un trompo de Masaya
con un alicate.
— Para
la hora de los secos, vas a ver cómo voy a desguazarlos —respondió sin dejar de
hacer fuerza, sin dejar de girar el alicate hasta sacarlo.
El mejor puyón era hecho con
clavos de acero; con una lima triangular se afilaba la punta del clavo de dos
pulgadas, se clavaba en la punta del trompo hasta que quedaban expuestos dos
centímetros, luego se le cortaba la cabeza y se afilaba nuevamente hasta que la
punta quedaba como la de una aguja. Los primeros bailes del trompo eran de
prueba, si no estaba sedita, si quedaba
tatarata, se le daban varios toquecitos con el martillo para ajustarlo y volvía
a afilarse.
Vi a Kalilita dar media vuelta
sobre su propio eje al tirar el trompo para bailarlo, ese eje de chaparro que
lo mantiene adherido al suelo con fuerza y con la suerte de vencer a la muerte
en varias ocasiones. Lo recuerdo petrificado, mostrando su perfil izquierdo, su
pelo negro chirizo parado como espinas de erizo de mar, sosteniendo la manila
de nylon adherida por un nudo al dedo medio de su mano derecha que se movía al
vaivén del ritmo de su entusiasmo.
— ¡Te
quedó sedita! — dije al ver al trompo bailar en el suelo, en un sólo punto,
cerca de su casa, bajo la sombra de los árboles de almendro plantados frente a
la agencia aduanera de don Joaquín Bustamante.
Se agachó apurado al pie del
trompo, deslizó la palma de su mano derecha con los dedos índice y medio
abiertos entre el brillante puyón, mientras que con la izquierda sostenía la
manila y con el dedo índice le dio un empujoncito al trompo atrayéndolo hacia
la palma de su mano. Su cara brillaba de alegría, el trompo giraba campante en
la palma de su mano.
— Está
listo para la mancha —dijo.
Frente a la casa de doña
Carmelita, al lado derecho del andén, propiamente al dar la vuelta por la
esquina de la casa de Miss Lilian, frente al muelle de los guardacostas y el
mar azul sobre la playa de El Tortuguero, nos juntábamos a jugar la mancha de
trompos. Todos llevaban los trompos ocultos en la bolsa de sus pantalones y,
luego de acordar el número de secos que recibiría el trompo del perdedor, se
trazaba un círculo en el suelo con un palo y se ponía una moneda en el centro.
Ese punto era la mancha y, una vez definido, salían de las bolsas los
destructivos trompos con sus relucientes puyones de distintos tamaños y
grosores.
Luego de una bailadita de
calentamiento, se definía el número de secos que recibiría el trompo del
perdedor y comenzaba la tiradera de trompos sobre la mancha. El que dejaba su
marca más lejana debía poner su trompo en “la cama”, es decir dentro del centro
del círculo, y comenzaban a llover los puyazos de los otros trompos que lo
arreaban por todo el patio de doña Carmelita hasta llegar a la “recha”, el
límite establecido para la arreada. Si uno de los jugadores fallaba, el dueño
del “encamado” lo levantaba y hacia una cruz con el puyón para que el pifiado
pusiera su trompo. En ese tirar y poner se regresaba al círculo y el trompo que
entraba se hacía merecedor del número de secos acordados.
En ese momento los jugadores
amarraban el trompo con la misma cuerda de lanzarlo dándole varias vueltas a la
cabeza con uno de los extremos y con el otro al puyón, de tal manera que
quedara balanceado para dar los secos. El perdedor se quedaba calladito, sin
decir nada, solamente observando.
— Le
voy a dar con cariño —dijo Kalilita, volviendo a ver al Guerri.
Se puso de cuclillas frente al
trompo del Guerri, con su mano derecha sostenía los dos extremos de la cuerda y
con la izquierda su trompo, calculando la distancia y el movimiento pendular
para dar los secos. Uno, dos, tres secos y no pudo desguazar el trompo,
solamente dejó los cráteres hechos por el puyón. Se levantó, se acercó al andén
y le dio tres pasadas al puyón sobre el borde de concreto hecho a base de
piedra azul.
— ¡Así
no vamos!, gritó el Guerri.
— El
que pierde tiene que aguantar —respondió Kalilita sin que ninguno de los otros
jugadores protestara.
Volvió a su posición de verdugo,
medio escarbó en el suelo y acomodó con delicadeza el trompo del Guerri.
“Crack” se escuchó cuando dio el cuarto seco y el lado derecho del trompo voló
hacia un lado. Miró hacia arriba buscando los ojos del Guerri y, con la
velocidad de su mirada maliciosa, dio el seco de muerte partiéndolo en dos
tucos.
Unos días después visité a
Kalilita para pedirle que le pusiera a mi trompo un puyón de los que él usaba
para desguazarlos. Lo hizo con pericia y mientras me enseñaba a dar los secos
en un trompo viejo, con el impulso y la pifiada, el puyón terminó incrustado en
el musculo braquiradial de mi brazo izquierdo. Me regaló un poco de guaro lija
del que vendían en su casa para que me echara en el hueco y no se me infestara.
Cuando tengo la dicha de
encontrarme con ellos, con el Cabe, el Tanquecito, el Sapo y la Melá, es tema
obligado conversar sobre esos tiempos de chavalos; para
revivirlos, para que no se me olviden, siempre aprovecho cualquier ocasión para
contarlo y que recuerden esos tiempos felices que vivimos en el puerto.
Martes, 16 de diciembre de 2014
sábado, 13 de diciembre de 2014
MI ÁRBOL, TU ÁRBOL, NUESTRO ÁRBOL
El Madroño es el árbol nacional
de Nicaragua desde 1971. En La Gaceta, Diario Oficial de la República de
Nicaragua, número 194, del viernes 27 de agosto de ese año, aparece reproducido
el Decreto Legislativo No. 1891 por el cual se declara al madroño ÁRBOL
NACIONAL DE NICARAGUA, y se dispone que el Día del Árbol, el último viernes de
junio, sea plantado en parques, plazas, aceras y autopistas de todo el país y
en el patio de cada centro de enseñanza de la Nación. Al momento de su
publicación, el 27 de agosto de 1971, era Presidente de la República el
dictador General Anastasio Somoza Debayle; el texto completo del Decreto es el
siguiente:
SE DECLARA EL MADROÑO
ÁRBOL NACIONAL DE NICARAGUA.
Decreto No. 1891 del 23 de agosto
de 1971
Publicado en La Gaceta Nº 194 del
27 de agosto de 1971
El Presidente de la República, a sus
habitantes,
Sabed:
Que el Congreso ha ordenado lo
siguiente:
La Cámara de Diputados y la
Cámara del Senado de la República de Nicaragua,
Decretan:
Artículo 1. Se declara el Madroño
(Callycophyllum candidissimum) ÁRBOL NACIONAL DE NICARAGUA.
Artículo 2. El Poder Ejecutivo, a
través de los Ministerios de Agricultura y Ganadería y de Educación Pública,
dispondrá que ese árbol sea sembrado en los parques, plazas, aceras y
autopistas de todo el país y para sea plantado, el Día del Árbol, en el patio
de cada Centro de enseñanza.
Artículo 3. Esta Ley empezará a
regir desde su publicación en “La Gaceta”, Diario Oficial.
Dado en el Salón de Sesiones de
la Cámara de Diputados.- Managua, D.N, 9 de agosto de 1971.- Orlando Montenegro
M., D.P.- Francisco Urbina R., D.S.- Adolfo González Baltodano., D.S.
Al Poder Ejecutivo. Cámara del Senado. Managua, D.N., 16 de
agosto de 1971.- Cornelio H. Hüeck, S.P.- Pablo Rener, S.S.- Eduardo Rivas
Gasteazoro, S.S.
Por Tanto: Ejecútese. Casa Presidencial. Managua, D.N.,
veintitrés de agosto de mil novecientos setenta y uno.- A. SOMOZA, Presidente
de la República.- M. Buitrago Aja, Ministro de la Gobernación.
martes, 2 de diciembre de 2014
EL ANCIANO CON SOMBRERO DE PAJA (“He luchado toda la vida”)
Dos hombres conocidos están sentados
a la orilla del toldo que delimita el espacio que queda libre para que circulen
los vehículos en doble vía. Desde allí, el punto más elevado de la calle,
observo que las mesas también están ralas de productos. Al fondo, en dirección a la Alcaldía, más de
diez motocicletas están parqueadas con sus llantas delanteras pegadas a la
cuneta. “Vino muy tarde”, dijo una de las mujeres que siempre vende plátanos y
guineos, “el lunes puede encontrar, los de los Ángeles siempre traen”, agregó.
Regresé la mirada hacia el anciano y noté que se limpiaba la boca con
un pañuelo. Le pedí permiso para tomarle una foto con mi teléfono. Sin decir
palabras se alejó un poco de la mesa, guardó su pañuelo y se quitó el sombrero.
“Con sombrero va a quedar más elegante”, le dije y se lo volvió a poner.
— ¿Cómo
se llama usted? —pregunto dándole la mano.
Las voces de las mujeres que
ofrecen sus productos, las de las que se acercan a los toldos preguntando por los precios,
los hombres que platican al lado y el sonido de un vehículo que pasa pitando,
no permiten que me escuche con claridad. Me acerco casi pegándome a su oído
para preguntarle nuevamente.
— Cesario
Betancourt Pérez —responde con su voz cansada pero firme.
— ¿Qué
edad tiene?
— Yo
tengo… ochenta y… seis años.
— ¿En
qué año vino a Nueva Guinea?
— Me
vine para acá en 1972.
— ¿De
dónde es originario?
— De
Honduras, de San Marcos de Colón, pero me vine porque mi papá fue casado con
una señora llamada Isabel Pérez, originaria de Pueblo Nuevo. Así fue que llegué
a León.
— Entonces,
se vino para acá y compró finca.
— ¡No,
no le voy a mentir hermano, me la regalaron!
— ¿Quién?
— En
los tiempos cuando estaba Tacho Somoza, Tacho me la regaló. Entraban camiones a
las Marías, la comarca donde yo vivía, y los hombres nos decían que a los que
se vinieran para Nueva Guinea les iban a dar tierra; “les vamos a hacer su
casa, van a tener todo y ya no van a seguir siendo esclavo de los ricos”. Mi
esposa andaba en una oferta en Matiguás pero yo les dije “me voy, sin tamales pero
me voy”.
— Y
se vino. ¿En avión?
— Sí,
en avión, allí donde era la pista me apearon.
Miro hacia donde señala y un avión
Hércules de la fuerza aérea Panameña está estacionado en el extremo este de la
pista; otro sobrevuela los alrededores en el cielo azul de abril, a la espera de
que se disuelva el tumulto de gente para aterrizar. Los campesinos recién
llegados caminan desorientados, aferrados a sus bultos y sacos mientras los trabajadores
del IAN gritan dando orientaciones para que hagan fila y se dirijan hacia una
caseta donde registran sus datos.
— ¿Vino
solo o con su esposa?
— Con
mi esposa.
— Y
después, ¿para donde lo mandaron?
— Después,
allí nos daban provisiones, un saco de pan, manteca y todo, estábamos muy
alegre porque eso no lo teníamos, éramos pobrecitos, yo vivía a la orilla de un
río. Todos los días me tenía que levantar a las tres de la mañana para ir a
trabajar en los algodonales.
— ¿Y
entonces, donde le dieron la parcela?
— Allá,
cerca de la colonia Rubén Darío.
— ¿Cuánto
le dieron?
— Me
dieron 50 manzanas.
— ¿Y
allí permaneció por mucho tiempo?
— Sí, en esa época se abrieron los créditos para
criar chanchos que nos daba el banco, pero le hice una solicitud para ganado y
me dieron dos vacas paridas, una bestia y un macho. Mire, con esas dos vacas
paridas yo hice veinte. Cuando la guerra de los años ochenta eso era lo que
tenía. Estaba bien, tenía mi carreta, mis tres pares de bueyes, mis bestias
para andar y viajaba tranquilo a la finca porque yo vivía en La Esperanza; me
iba montado siete kilómetros por el camino a la Rubén Darío.
“Sólo tengo sembradas dos
manzanas de frijol rojo, ¿y vos?”, pregunta el hombre de gorra y bigote que
está sentado a la orilla del tubo que sostiene el toldo. “Una para la comida y
para no volver a perder”, contesta el otro, el que está al lado de la vía. “Se
acabaron los tiempos de las grandes frijoleras, ya es demasiado lo que se
pierde cada año”, agrega el de bigote. “A diez pesos cada uno”, dice la mujer
de la venta de nacatamales, sosteniendo en su mano derecha un hermoso tamal que
muestra a una señora que husmea en su mesa.
— Y
cuénteme, ¿cómo pasó esos tiempos de guerra?, le pregunto a don Cesario.
— ¡Ahhh!, ¡todos mis animales se los robaron, se
los comieron! Llegaban unos y otros, los de la contra y los del ejército. “Nos
vas a dar una vaca, un ternero”, me decían; qué iba a hacer, se los comían. Un
día vengo de la parcela y al bajar un caño me salió la contra. “Es cierto que
vos tenés un hijo que es artillero, que anda con los sandinistas”, me dijeron.
No tengo hijo que anda con ellos, es un nieto. Vos sabes que los hijos cuando
están hombres deciden lo que van a hacer, ya no hacen caso, les dije. Me
metieron al monte, me investigaron todo, uno de ellos me quería llevar, otro me
amenazaba con una pistola, pero otro que era conocido, porque yo le había hecho
un favor, les dijo que no me hicieran nada. Mire cómo son las cosas: me
soltaron.
— ¿Y
después?, ¿se salió de la finca?
— Sí,
amigo. Tuve miedo, mal vendí todo y logré comprar una casita en la zona 5 donde
vivo ahora.
El hombre de bigote dejó de
hablar sobre los cultivos y su parcela, se volteó hacia el lado de la mesa
donde estaba sentado el anciano y se metió en la plática. “Eso es lo que les va
a pasar a los campesinos que viven en la ruta del canal si no se organizan, si
cada uno negocia por su cuenta con los chinos no volverán a comprar lo que
ahora tienen en esos lados de Punta Gorda”, dijo. El otro se quedó pensativo
mirando al anciano. La mujer se acercó y con sutileza retiró el plato donde
quedaban las hojas del nacatamal que se había comido.
— ¿Y
su señora?
Dos empleados de la Alcaldía se
montaron en sus motocicletas, se pusieron los cascos, las encendieron de una
patada, giraron a la izquierda, maniobraron con rapidez pasando pegadito a los
hombres que estaban a la orilla del toldo y el ruido de los motores se dejó de
escuchar hasta que doblaron a la derecha, perdiéndose por la calle central.
— Ya
murió, pero mire, yo he luchado toda la vida. Quisiera que llegara a mi casita,
quiero que me visite, de la esquina de Rubén Darío a la media cuadra estoy yo,
pegado a Alberto Blandón.
— Está
bien, amigo, un día de estos llego.
La vida del campesino es dura, lo han marginado y explotado históricamente, pensé al llegar a casa. Han sido
golpeados triplemente. A unos, Somoza les dio hacha, calabaza y miel, y a otros,
los desalojó de sus tierras; en los años ochenta fueron evacuados por la guerra
perdiendo todo, otros se involucraron en el conflicto armado por la fuerza y,
para remate, el huracán Juana con sus bosques acabó. Hoy, esos mismos
campesinos que retornaron a sus tierras para comenzar de nuevo, una vez
finalizada la guerra en 1990, sus mujeres, sus hijos y nietos, ven el futuro
incierto por los planes de construir un
canal interoceánico que los mantiene en zozobra. ¿Volverán a ser golpeados?, sigo preguntándome.
30/11/2014
Etiquetas:
campesinos,
canal interoceánico,
colonización,
conflicto,
cultivos,
desalojo de campesinos,
descampesinización,
lucha por la tierra,
nueva guinea,
proletarización,
punta gorda
martes, 25 de noviembre de 2014
¡PU…PA!, ¡PU…PA!, ¿VA A LLEVAR TORTILLAS?
Para Lidia López
el día comienza con el alba, antes que el sol nos regale sus primeros rayos de
luz. Todos los días se levanta a las 4:30 a.m. y se dirige al pequeño tramo del
mercado municipal donde, junto a dos compañeras, hace tortillas para lograr el
sustento de su familia.
A las 5:30 de la
mañana me encontraba en la terminal de buses, luego de caminar desde mi casa en
busca de un radiante amanecer, y escuché en la distancia un sonido ronco, seco
y continuo. Como sabueso atravesé el laberinto
de tramos, aún sucios por el trajín del día anterior, escuchándolo cada vez más
cerca y, al girar a la derecha en dirección a los tramos de comidas, las vi y escuché
clarito el ¡pu...pa!, ¡pu...pa! de las manos que palmean la masa para elaborar
las tortillas.
Desde el fondo
del pequeño tramo salió Jerónimo Duarte, el corresponsal de La Prensa, y me
sorprendí. “Me quedé esperando las fotos de la marcha contra el canal”, me
dijo. “Se me perdió el papelito donde anotaste tu dirección de correo”, le
contesté. “Pero ahora andas una camarita, ¿y la grandota?”, dijo al ver la cámara
compacta que tenía en la mano. Noté que las mujeres estaban pendientes de la plática
pero sin detenerse en sus labores. “Una de estas tenés que comprar”, respondí y
le mostré las diferentes funciones de la cámara compacta Sony Cyber-shot y,
para que la viera en acción, le pedí permiso a Nidia para fotografiarla. “Una
sonrisa, una sonrisa”, le pedí y zas la foto. “Una de esas voy a buscar”, dijo
y se despidió alejándose del tramo.
Le mostré su
foto a Lidia y luego a su compañera Adilia. Entre tres mujeres hacen 1800
tortillas al día que las venden a un córdoba por unidad. De un quintal de maíz
elaboran la masa para hacerlas. Noté que no había humo en el ambiente, no usan
leña por el efecto nocivo del mismo para la salud, tampoco usan comal sino que
emplean una cocina industrial que tiene una plancha de acero en uno de sus
extremos donde echan las tortillas, y en el otro, quemadores para preparar diversos
alimentos.
“¿Usted sólo
echa las tortillas?”, le pregunté a Lidia. “No, que va, nos turnamos entre las
tres”, agregó Adilia. “Cuando llego a mi casa, no quiero tocar nada de nada, no
aguanto las manos, que tal si lo hiciera solita”, dijo Lidia. “Es la necesidad,
los compromisos que una tiene los que nos obligan a penquiarnos muy de mañanita”,
dijo Adilia sin dejar de hacer el singular ¡pu…pa!, ¡pu…pa!, al golpear con la
palma de sus manos el motetito de masa para una tortilla que ya tiene medido
por su expertis.
Vi hacia el lado
izquierdo y noté que llovía. “Ahora me voy a mojar”, les dije. “Va a llevar
tortillas”, me respondieron en coro. “Otro día porque no ando ni un peso”,
respondí. “Ah, pues me trae la foto”, agregó Lidia y me retiré buscando la
salida por el Monumento, pensando en el gran esfuerzo que hacen estas
mujeres para sustentar a sus familias, sin perder la autoestima y la alegría de
vivir la vida a pesar de las múltiples desavenencias que todos, desde
diferentes realidades, enfrentamos.
Ya voy a
imprimir la foto de Lidia y Nidia para entregársela y decirles esto que escribo
para que las conozcas, para que te des cuenta de su esfuerzo.
martes, 18 de noviembre de 2014
SIN CARRETA NI CARRUAJE
Rueda la rueda,
girando por los caminos,
jalado la carreta y el carruaje.
Una cargando alimentos para cuerpos,
leche en la pichinga, y el otro,
almas; decepciones, esperanzas, pasiones y alegrías.
Inseparables en el paisaje,
yacen por el tiempo corroídas.
Sin carreta ni carruaje
de alimentos y almas desproveídas.
¡Contempla!, ¡contempla a la rueda y la pichinga!
Ejemplos del andar por la vida,
abandonadas como piezas de museo,
esperando que el invencible tiempo las extinga.
Ronald Hill A.
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