domingo, 4 de septiembre de 2022

A USTED SER INEXISTENTE

 


Mensajes cortos, demoledores.

Cuatro frases, reveladoras.

Telegramas sueltos, insospechables.

Nada extenso, cartas inexistentes.

 

Se acabó el camino.

Ya no hay agua.

Haga caso, vuelva mañana,

Despídase, regrésese a casa. 

¡Adiós chelita!, chaparra odiosa.

Incesante voz, de ella.

Pan ni frijoles hay,

Ni leche, ni café. 

Vieras, ya no regresa.

Siempre bebió de todo.

Aguarrás, ácido, cerveza, ron.

Sentenciado siguió y siguió.

Que lo entierren parado. 

Cero aguas, cero guaros.

Se acabó el martirio.

Ella dejará de sufrir.

Alístate para el camino.

Que en paz descanses.

Ningún daño seguirás haciendo.

La humanidad será mejor.

Fuera gris, bienvenido azul.

Y allí, viéndote estoy.

Vas de viaje, tristemente.

Los diplomas que acumulaste

con polillas se pudrirán.

La chelita suspira hondamente.

¡Adiós mi chaparra odiosa!

 

El cielo se cerró.

Tierra sobre casa nueva.

Allí vivirás mucho mejor.

Descanse usted ser inexistente.

 

Domingo, 4 de septiembre de 2022.

Foto Propia.

 

domingo, 28 de agosto de 2022

EL CAPITÁN

 

Desde la ventana del segundo piso de la casa,  observaba los barcos que entraban por la barra. Era una mañana lluviosa con fuertes vientos que azotaban desde el noreste. La capitanía del puerto había dado aviso a la flota pesquera para que se refugiara debido a la tormenta que se avecinaba.

Las ramas del inmenso árbol de laurel, cercano a la casa, eran sacudidas por rachas de viento y los cables que sostenían la antena de televisión rechinaban contra el tubo como si intentaran liberarse.

Antes del mediodía, los primeros barcos comenzaron a aparecer. Se notaba claramente el mástil y las plumas, luego la caseta, moviéndose de lado a lado, de babor a estribor. Desaparecían de la vista por unos segundos, únicamente quedaba una estela de espumas, bajaban a los pies y subían a la cresta de las olas, avanzando en la mar agitada por el viento en su contra hasta que cruzaban la barra. Minutos después, aparecía otro barco, y así, poco a poco, la flota completa entraba a la bahía, pasando al lado del casco hundido del Jamaica y asegurando las amarras en el muelle de los barcos pesqueros.

Ese año fue de buena faena y el progreso se notaba en el puerto de El Bluff.

El muelle fue ampliado en sus costados con postes y tablones nuevos, impregnados totalmente de un material oscuro que los volvía inmune a lo salobre del mar y a la vida marina que se adhería a ellos. Los trabajadores de la empresa que vivían en Bluefields, estrenaron un nuevo barco de transporte, mucho más cómodo y más veloz en atravesar la bahía. El trencito de la alegría dejó sus labores y fue reemplazado por modernos camiones de transporte que movían la carga entre el muelle y las instalaciones de la empresa. Se inauguró un astillero que le brindaba mantenimiento a los barcos de la empresa y a particulares. La red eléctrica domiciliar del puerto se amplió a todas las viviendas, fuesen o no de empleados de la empresa y, por todos lados, se construían casas y florecían cantinas. El empleo era casi pleno, tanto en el mar como en el puerto; los trabajadores por cuenta propia eran contratados en sus diferentes quehaceres y una gran parte de los empleados de la empresa Booth eran mujeres, principalmente en la línea de producción.

El capitán entró a la casa, gritaba de alegría llamando a sus hijos y los niños corrieron a su encuentro. Los levantó, les dio abrazos y besos. Su barba tupida de varios días hacia cosquillas en sus mejillas. A los dos varones los bajó de sus brazos, pero a su hija, mi muñeca le decía, la sostuvo en brazos aún después de besar a su bella esposa. Era una familia joven, ellos dos y sus tres hijos, y vivían en la casa de dos pisos que para ellos había construido.

Aun cuando la tormenta desapareció en la noche, los barcos no zarparon al día siguiente. Descargaron la captura de los días que habían faenado y así, poco a poco, volvían a la mar.

El capitán iba por las mañanas al barco, revisaba el cuarto de máquinas, la descarga de camarones, el abastecimiento de combustible y hielo, y viajaba a Bluefields a realizar el pedido de las provisiones en el almacén de William Woo, el hombre más adinerado de la ciudad en esa época. El Sr. Woo lo atendía con esmero —sí capitán Hill, no se preocupe, usted tiene su pedido asegurado, decía con su acento chino—, y al día siguiente lo enviaba en botes pos pos hasta el barco camaronero.

Mientras tanto, visitaba a sus amigos y los mejores restaurantes de la ciudad, el Chez Marcel, el Galaxy y otros de esa época. El hombre de mar necesita divertirse lo más que pueda mientras se encuentra en tierra, decía y cumplía ese aforismo heredado de sus familiares marinos.

Al capitán también le gustaba compartir su tiempo en tierra con la familia y sus amistades. Por ello organizaba viajes a las lagunas de El Bluff en su jeep Land Rover. Preparaba el mejor rondón de caracoles en la playa porque era un gran cocinero; llevaba todo los ingredientes necesarios y la leche de coco lista para verterla en el perol. Mientras el rondón se cocinaba, servía tragos a sus amigos y sostenían conversaciones alegres, se carcajeaban a lo grande mientras los niños se bañan en la laguna cuidados por sus madres.

Le gustaba cazar. Por las tardes salía con su rifle calibre 22 de mira telescópica en dirección al bosque situado a un lado de la Colonia. Llevaba bananos o cocos secos de cebo y, después de colocarlos en el sitio escogido, se subía a un árbol. Desde allí sonaba un pito que hacía con sus propias manos para atraer la presa. Cuando regresaba a casa, cargaba dos o tres guardatinajas que el mismo cocinaba en un caldillo delicioso.

A él se le señala de haberles puesto indirectamente los nombres a las cantinas de las hermanas Watts, ya que fue él quien les suministró directamente las Roconolas marca AMI. A Miss Pet le instaló la roconola una tarde cuando faltaban 5 minutos para las cuatro en su reloj, y a Miss Lilian, un rato después, cuando faltaban 15 minutos, o sea un cuarto para las cinco.

Cuando comenzó el relajo de las Roconolas con el alto volumen, todos preguntaban con curiosidad de transeúntes por el andén.

—¿Miss Lilian, a qué horas le instalaron la roconola?

—Hill me dijo que faltar un cuarto para las cinco cuando me la poner, respondía la tetónica señora.

 Y luego la misma pregunta a Miss Pet y la consabida respuesta:

—Hill ponérmela cuando faltar cinco para las cuatro, refiriéndose claro está, a la instalación de la roconola, no hay que pensar mal.

Recuerdo que siempre me llevaba a contar las monedas que extraía de las Roconolas y me indicada que las acomodara en ristras de 10 monedas de veinticinco centavos sobre la mesa: me quedaba maravillado al ver tantas monedas juntas y a él contarlas.

Visitaba a sus amigos. Iba a la cantina de Miss Lilian, pero le encantaba la casa de don Octavio Gómez y doña Juana Angulo. Allí era bienvenido, se encontraba con sus amigos, compartían tragos, reían a carcajadas al escuchar las guayolas de Tapalwás y saludaba a todos los que pasaban por el andén.

Una tarde doña Juana Angulo salió al frente de su casa, después de terminar sus quehaceres del hogar y del horno, y se acercó al lado de un árbol de almendras plantado por ella misma. El capitán la siguió y junto a ella lo fotografiaron para el recuerdo, con la bahía y la línea de vegetación de la playa del El Tortuguero de fondo.

El capitán volvía a casa contento y amoroso. Dormía desde tempranas horas y, acostado en la cama, se le notaba en su pierna derecha la cicatriz redonda causada por un pez espada que se clavo en ella, luego de caer de las redes, aleteando con furia en la cubierta del barco. Al día siguiente se despedía una vez más porque debía regresar a la mar.

En la tarde, desde la ventana, se observaban los barcos que partían desde el muelle, uno tras otro, en busca de la barra. Nuevamente volvían a navegar en el oleaje, ahora calmo, girando a la izquierda después de cruzar el canal, desapareciendo detrás del promontorio sur del puerto donde un plantel moderno fabricaba barcos de fibra de vidrio.

Por las noches, desde la esquina de Miss Lilian se notaban las luces parpadeantes de los barcos que navegaban de sur a norte y viceversa, y daba la impresión de estar frente a una ciudad flotante en movimiento. Desde allí, me imaginaba al capitán Hill, a mi padre, en sus quehaceres, en la cabina timoneando el barco, sus gestos, su voz, hablando en inglés al comunicarse por radio, el seguimiento que hacía en la cubierta cuando se preparaban para lanzar y después levantar las redes, y maniobrar la nave: la forma en que se ganaba los pesos en el mar.

Luego de disfrutar el espectáculo, me despedía de él porque además de mi papá era mi mejor amigo. Le deseaba una buena faena y se lo encomendaba al Señor cuando rezaba con mi madre y mis hermanosVolvíamos a la cotidianeidad, a cruzar la bahía para ir a clases y esperábamos ansiosos su regreso a casa.

Un día como hoy, 28 de agosto de 1999, hace 23 años, falleció en un accidente aéreo y escribí un amigo para siempre. Siempre está presente en mis pensamientos, en mi alma y en mi corazón. 

 

domingo, 28 de agosto de 2022
Foto propia: El Capitán.

domingo, 21 de agosto de 2022

DESDE LA NIEBLA PROFUNDA



Que se vayan los zopilotes, que desaparezcan

de las calles y caminos, de los corredores de las casas,

que sus gruñidos y siseos callen para siempre,

zopilote bañado en aguas negras, lárgate con tu aleteo.

Que vengan otras aves, que remplacen su figura oscura,

llevando regocijo a nuestras vidas.

Que el carpintero tamborilee y tamborilee a su antojo

en un tronco de cedro con sus alas blanquinegras

y su mechón rojo hasta saciarse con redobles de alegría.

Que nos deleite con su canto el cenzontle, que imite

sonidos milenarios con su plumaje cubierto de chocolate.

Dejemos que cante la paloma, que nos arrulle con sus

sonidos roncos, guturales, suspiros que emergen desde su interior

como enamorados al besarse.

Que los parques se llenen de aves multicolores,

y desde la niebla profunda del río, entre las líneas de su curso eterno,

surja la vida fecunda y trasparente que nos congregue

a celebrar el nuevo día. 


21 de agosto de 2022.

Foto Propia.

sábado, 13 de agosto de 2022

MADRE DE FRIJOLES


“¡María Teresa, esconde la porra de frijoles!”, gritó doña Juana Angulo al verme, después de retirar la cadena y abrir el portón de madera sellado con láminas de zinc oxidadas.

Le di un abrazo y un beso en la mejilla con ternura, como a una madre. Con el bastón me indicó que pasara adelante.

Tomé su mano, observé su fino cabello cano, su mirada octogenaria tras los lentes y sentí el ritmo de sus endebles pasos. Con mi ayuda y un impulso infantil subió un peldaño, entramos a la casa y, al acomodarse exhausta en la mecedora, se quejó del dolor reumático en sus rodillas.

Me invitó a sentarme en la pequeña sala comedor y sus recuerdos se escaparon comprimiendo el espacio.

La brisa proveniente de la playa del Tortuguero refrescaba el amplio corredor de la casa, sin cercos ni barreras. El único obstáculo ante la mirada era el techo rojo de la aduana. Frente a las gradas de acceso al muelle dominaba el paso de lugareños, el subir y bajar de los guardias, de marinos eufóricos acompañados de mujeres alegres hacia los barcos mercantes, de chamberos, borrachos y desocupados. Descubría el plato del día de las familias del puerto que se abastecían de carne y verduras frescas en el mercadito de doña Bernarda Peña, ubicado al bajar las gradas, detrás del cuartel de la guardia.

Expectante disfrutaba las conversaciones mentirosas, las guayolas de Tapalwas, el pedir insistente del trago de guarón de Masayita, su carpintero preferido, sin descuidar el ladrido de los perros que alertaban de intrusos en el patio trasero robándoles sus apreciados “sugar mango”. Al escucharlos tomaba el rifle calibre veintidós guardado en el mostrador de la sala, salía al patio y disparaba ahuyentándolos.

“Una vez le disparé a Charol, le di en el sombrerito de media ala y gritó ¡Ay, don Octavio ya me mató!, cayó desmayado del susto y nunca más desaparecieron las gallinas ni los mangos porque los mantenía a raya”, dijo a carcajadas.

En la sala, Don Octavio, su marido, llenaba el ambiente con su presencia. Alto y delgado, vestía siempre pulcro, camisa manga larga almidonada y pantalón color caqui. Le llamaban “el Coronel” por su apariencia y seriedad. Atendía a los clientes que hacían gestiones en busca de timbres y permisos para matanza de cerdos en su agencia fiscal, instalada en el mismo salón donde vendía guaro lija.

Por las mañanas sus clientes asiduos eran Leónidas, Felipe Man, Victoriano y el Africano, todos chamberos del muelle. En cada subida con la carga por las veinticinco gradas, descansaban, entraban al salón, se tomaban un trago doble y salían apresurados a escupir. De tanto subir y bajar, antes del mediodía estaban borrachos. El Africano era el único que poseía carreta para transportar la carga, llamada “salgo cuando quiero”, porque borracho, zarandeándose con la mirada perdida frente a la casa, eso gritaba a los que pasaban a su lado.

Al medio día el salón se llenaba de oficinistas de la aduana, agentes aduaneros, estibadores y guardias con rango que se tomaban una cuartita de guaro servida con boquita de pájaro. Era un ambiente festivo sin importar ocupación, raza, clase social y, menos aún, la militancia política porque entre ellos se llamaban “camaradas”. Cuando saciaban su sed etílica, don Octavio cerraba el negocio, tomaba un trago doble de whisky para la buena digestión, almorzaba con estilo de realeza y hacía la obligada siesta.

Ella procedía a revivir el fuego del horno ancestral, amasaba la harina y horneaba pupusas, rosquetes, pudines, pan simple y tostado, que terminaban degustándose en las travesías de los barcos mercantes por el caribe.

Por las tardes, salía al corredor y se acomodaba en la misma mecedora donde ahora se quejaba de sus dolores de rodilla. Escuchaba el incesante sonido de las máquinas de escribir mecánicas, proveniente de la agencia aduanera de don Pedro Joaquín Bustamante, situada al lado izquierdo de la casa; observando el diligente recorrido de los empleados hacia las oficinas del Coronel Alejandro Peters, administrador de la aduana, ansiosos por finalizar pólizas, manifiestos, remisiones y recibos de todo tipo de mercancías que los barcos cargaban y descargaban en las inmensas bodegas.

Jimmy Wilson, fumador empedernido, salía al corredor expulsando bocanadas de humo de cigarrillos importados, atento ante las diligencias de los empleados y del paso coqueto por el andén de su amada Morcley.

Al lado derecho del corredor, alquilaban una casa a la oficina de telégrafos. Observaba a Frank, el telegrafista, atender al público que llevaba en un papelito sus mensajes y luego los convertía en puntos, rayas y puntos, para transmitir saludos, felicitaciones, pésames, buenas y malas nuevas. Era un hombre extraño y solitario que de noche escuchaba tangos en una radio y reía a carcajadas, imaginándose en un salón lujoso bailando con alguna “Che”.

Pregunté por el ambiente nocturno y observé incomodidad en sus gestos.

Por las noches todo quedaba en silencio, lo único que escuchaba era el alboroto de los estibadores en el muelle que trabajaban hasta la madrugada. A eso de las ocho de la noche, atendía a los marinos que regresaban con las mujeres alegres, se tomaban un par de tragos y salían en una romería de cantinas, comenzando por Miss Lilian, Miss Pett, la Pachanga, la Cabaña, el Hípico, hasta dejarlas borrachas en su casa, el nido de putas de la Shirley, el Vietnam. ¿Te acuerdas del Vietnam?

“Estoy cansada, ayúdame a levantarme”, dijo.

Le pregunté por qué había llamado a María Teresa al verme.

“¡Ideay, no te acuerdas de nada!, ¡se te olvidó el Vietnam y ahora de las noches que venías hambriento con Pancho a beberte el primer hervor de la porra de frijoles!”, respondió.

Me vi entrando en su cocina. Pancho caminaba con pasos de gatos y destapaba la porra de frijoles sin hacer ruidos. Con cucharones soperos servía en tazones de china y los rellenaba con arroz blanco. En un plato aparte ponía los bananos cocidos y los chiles de cabro que partía en cuatro trozos. Aún percibo el aroma de la sopa y el picor del chile, pero la cocina hace muchos años dejó de existir, el huracán se la llevó. Cuando hablo con sus hijos, con Kalilita, la Tere o Rosa Linda, siempre me dicen hermano de frijoles.

“A ver, ayúdame, voy a descansar. Cuando salgas pone bien la cadena, no vaya a ser que se metan los fuma piedra. Anda da tu vuelta, seguí el camino y si ves las cosas mejor que antes me pasas contando para darme cuenta”, dijo.

¿Y el rifle veintidós?, pregunté.

“Míralo, allí está, todavía le tienen miedo”, dijo acostándose en la cama.

Me despedí besando su frente. Recorrí el camino. No quedaba nada del esplendor de El Bluff de aquellos años. No volví a pasar por la casa de doña Juana Angulo, pero me sentí contento por volver a verla una vez más.

 

12/08/2022

Foto: Con doña Juana Angulo, tomada por María Teresa.

domingo, 31 de julio de 2022

UN POEMA EN LA ARENA

 


Temprano por la mañana.

Un viaje inesperado.

Jeep, carretera, hotel,

panga, bahía, arena.

 

Sentado en el alto tetraedro,

unidos por miles forman un brazo,

tetrápodos cerrando una herida,

recuperando la playa del mar.

 

Una pareja corre tambaleante en la arena,

sonríe contra el viento y las olas.

En su alrededor picotean gaviotas

y pelícanos en bandadas cruzan la escena.

 

Una mototaxi roja se aproxima,

inaudible deja atrás el verdor de la loma del faro.

Se ralentiza en la arena profunda

y los tetrápodos frenan su avance.

 

Allí viene una familia de cinco.

Tres niños corren a los arbustos.

El hombre va tras ellos con un balde de plástico.

Mamá sacude su falda, quejándose un poco.

 

El viento del noreste desprende

palmas del techo de los ranchos

y el oleaje socava sus cimientos

ayudado por negociantes de arena.

 

Los niños saborean icacos.

Papá carga el cubo de plástico.

Mamá sonríe y dice adiós.

Caminan festejando sus pasos.

 

La pareja en madera de balsa se explaya.

Cabello negro largo y rizado el de ella.

Segura y sonriente, enamorada,

entre los hombros del él.

 

Caminantes van al norte y vuelven al sur.

Cuerpos cansados, raída y sucia la ropa.

Esperanzas en sus pasos y ojos gatunos.

Bendiciones empacadas buscan al ir y venir.

 

Sentado con los pies al aire,

el viento en la espalda y el rugir del oleaje.

La marea arrastra la puesta del sol.

Gruesas y gordas nubes lo cubren de chocolate.

 

Los niños corren, gritan en la arena.

Los enamorados se besan.

El oleaje se calma.

Los caminantes desaparecen.

 

En el hotel frente a la cabaña,

todo se nubla, estoy cansado.

Entro a la cama, en calma busco

un poema en la arena.

 

 

sábado, 30 de julio de 2022.

Foto propia.

domingo, 24 de julio de 2022

EL MEJOR RELOJ DEL MUNDO


Tener un buen reloj siempre ha sido un deseo de los jóvenes, y en el puerto de El Bluff, los ostentaban, a tal grado que hacían competencia para lucirlos en una época que nunca volverá. En cada viaje de los barcos mercantes como el Cubahama, Mar Freeze, Red Diamond, Don Alberto o Mary Nicole, muchos esperaban su reloj nuevo de las mejores marcas: Timex, Bulova, Zenith, Seiko y Zodiac.

En el muelle se miraban ansiosos, esperando la llegada de los barcos y a sus amigos que eran marinos mercantes. Ropa, jeans y camisetas, y zapatos, además de relojes, eran los encargos más frecuentes de los jóvenes. Se pedían según catálogo que los marinos traían de las tiendas de los puertos donde atracaban: Tampa, Brownsville, Corpus Christi y Nueva Orleans. Así, desde la comodidad de casa, decidían el tipo de artículos y modelos que querían y, dos o tres semanas después, estrenaban.

A la espera del Cubahama se encontraban varios chavalos del puerto, entre ellos Kalilita y Pilón, desde las 9 de la mañana de un día sábado. Los acompañaban el Sapo, Zamba Larga y Mario Tachita. Estaban arrimados a la pared de la bodega de la aduana, sentados en tablones de caoba apilados para luego ser subidos por los estibadores a las bodegas de los barcos. Conversaban amenamente y reían porque pronto tendrían sus encargos.

Desde la bodega de la aduana, con sus pasos de gigante y caminar corneto, don Abraham Rodríguez, alías Tapalwás, llamado así con cariño por los habitantes del puerto, se acercó a ellos con su mirada pícara y una amplia sonrisa.

—Allí viene Tapalwás —dijo Kalilita y ladeó la cabeza indicando la dirección por la que se acercaba don Abraham—. Se ve sonriente, de seguro anda con sus cachimbazos.

Mario Tachita, Zamba Larga, Pilón y El Sapo volvieron sus miradas hacia don Abraham que los saludaba de manos en la distancia. Iba vestido de pantalón ancho, color café, almidonado, de ruedo volteado y recogiéndose sobre las botas puntas de ala que calzaba. Su camisa era de mangas largas de color celeste cielo y se notaban las mangas de la camisola blanca que usaba por dentro.

—¡Hola muchachos! —saludó Tapalwás.

—¡Hola don Tapalwás! —respondieron al unísono.

Entre ellos se cruzaban miradas de complicidad, pero tanto les habían inculcado sus familiares que a los mayores se les debía respeto, que le dieron la bienvenida con agrado. Si se hubiese tratado de otra persona que no deseaban tenerla a su lado, con seguridad sus modales serían grotescos, pero se trataba de Tapalwás.

—Un pajarito cantor me pasó soplando que por aquí esperan barco —dijo Tapalwás—. Se recogió el pantalón y se sentó en un tablón de caoba.

—¿Usted también espera barco? —preguntó Pilón.

—No, no, ya tengo suficientes cosas en mi vida —respondió Tapalwás después de sentirse cómodo y escrutar con la mirada los pensamientos de los cinco. —¿Qué les traen? —.

Se miraron indecisos, pero El Sapo, Mario Tachita y Zamba Larga se levantaron de los tablones para estirar las piernas. Desde allí observaban los barcos pos pos provenientes de Bluefields que maniobraban para atracar en el muelle y el ir y venir de pangas con las estelas de espumas que desprendían de sus motores fuera de borda en las aguas limpias de la bahía en esa mañana soleada de verano.

—A mí me traen un par de zapatos, pero a Kalilita y a ellos un reloj —dijo Pilón.

—¡Sos un gran tapudo! —dijo Kalilita.

—No te enojes, no vale la pena enojarse —dijo Tapalwás. —Lo que sucede de día y de noche, aun cuando sea a escondidas, en este lugar siempre se sabe, y como de reloj se trata, les voy a contar algo que me sucedió hace muchos, pero muchos años —.

—Apenas va saliendo el práctico, así que tenemos tiempo de sobra hasta que atraque el Cubahama —dijo Mario Tachita.

—Cuéntele pues —dijo El Sapo.

—Tíreselo —dijo Kalilita.

El Sapo, Zamba Larga y Mario Tachita volvieron a ocupar sus lugares en los tablones apilados en la pared de la bodega de la aduana haciendo un semicírculo alrededor de Tapalwás.

—Me sucedió hace muchos, pero muchos años —dijo Tapalwás. Imagínense que yo tenía más o menos la edad de este muchachito de doña Juanita, de Panchito, de Kalilita como le llaman ustedes —. El único que se carcajeó fue Zamba Larga. Los otros se mostraban serios frente a Kalilita y miraban hacia otro lado como que no era con ellos.

“Fue allá al lado del río Kurinwas, en la inmensa montaña de esos años. Me encontraba allí porque me enviaron de la empresa bananera y mi misión era visitar unas tierras para que después las inspeccionaran los ingenieros gringos. Iba a recorrer el camino y regresarme al tercer día. Las aguas del río estaban limpias, aguas zarcas, y todo el caudal estaba cubierto de vegetación. En la montaña, aunque en esos tiempos existían grandes árboles y los rayos del sol no irrumpían hasta el suelo, hacía mucho calor, un calor húmedo y sofocante. Así que, al ver las aguas zarcas, decidí darme un baño para refrescarme”.

—¿Qué tiene que ver el agua del río con un reloj? —preguntó el Sapo. Los otros murmuraron entre ellos, confirmando así que la pregunta era pertinente.

“Ya verán, ya verán. Yo andaba un reloj de pulsera, de los primeros que salieron y sustituyeron a los de cadenas que me lo había regalado mi abuelo. Por el mucho aprecio y cariño que le tenía, al reloj y a la memoria de mi abuelo, me lo quité y lo coloqué al lado de la ropa, encima de una ramita de un arbusto, después de desnudarme para refrescarme en el torrente de agua limpia. No crean que soy muy dado a desnudarme en cualquier lado, no, no, soy muy tímido para eso, pero como el calor era sofocante, y después de observar para todos lados desde la orilla del río, sin ver un alma, pues me dije, aquí sólo el de arriba está mirándome, me desnudé, entré en el agua, un agua que era una frescura, y nadé hacia una poza redonda en la que se derramaba el río desde lo alto en una cascada. Sentí una paz y una tranquilidad al nadar y escuchar el agua de la cascada que me encontré muy relajado, flotando en esas aguas tan limpias que no me di cuenta del tiempo que pasaba. Es que una cosa es contárselo a ustedes y otra es vivirlo, pero bueno, la cosa es que me sentía como en el paraíso, claro que para estar completamente pleno me hacía falta una Eva, pero la mía estaba lejos en ese momento, ya saben, aquí en el Bluff, mi querida Panchita”.

—Nunca he estado con una Eva en una poza —dijo Pilón.

—Ni nunca lo vas a hacer, talvez si llevas a la Casimira —respondió Kalilita y todos se carcajearon.

—Y entonces, ¿qué pasó? —preguntó Mario Tachita.

Tapalwás tomó un puro de su camisa y, con una navaja que llevaba en la bolsa del pantalón, lo cortó en tres partes. Una de ellas la puso en su boca y comenzó a melenquear. Después de escupir a su izquierda y dar un largo suspiro, continuó contando.

“Seguí disfrutando en la poza, nadando hacia la cortina de agua que caía desde la cascada, llegaba cerca y me regresaba y así estuve un gran rato, disfrutando nada más de esa paz y tranquilidad, pero de pronto miré hacia lo alto y vi que una bandada de loras salió alborotada, espantada desde un árbol y sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, y me detuve a observar los alrededores. No vi ni escuché nada, solamente el ruido del agua y las ramas de los árboles en su vaivén natural con el soplo del viento. Seguí nadando, pero ya con cierta desconfianza, en la selva no te podés confiar y me puse al pendiente de todo, eso de que me dé un escalofrío siempre ha sido una mala señal, y de pronto vuelvo a ver hacia lo alto de la cascada y veo un inmenso tigre que me ve desde allí, y ruge fuerte, un poderoso bramido explosivo y profundo, un sonido fuerte, poderoso, forzado a través de la boca abierta”.

Tapalwás hizo una pausa. Inhaló profundamente, retuvo la respiración y exhalo unos segundos después. Se levantó y estiró sus piernas. Miró hacia el lado del muelle de los guardacostas, hacia el portón de la bodega y hacia el sector de las pangas. Dio un escupitajo, esa mezcla de saliva y tabaco que mucha gente buscaba en su casa para usarla en ungüentos curativos, vaciando un balde que él empleaba para acumularlo, y al caer en el piso de concreto, una efímera fumarola se despendio del suelo.

—¡Viste el humo que le sacó al piso del muelle! —dijo Zamba Larga.

—Vale más que los tanques de gasolina están lejos —dijo El Sapo. Si escupe cerca de ellos lo más seguro es que los hace explotar y todos salimos volando.

—Dejen que se estire a sus antojos —dijo Mario Tachita.

—Don Tapalwás, el barco ya debe de estar entrando por la barra —dijo Pilón.

—Sí, sí, ¿qué pasó con el tigre? —preguntó Kalilita.

—Con el tigre me las vi en alitas de cucaracha —volvió al relato Tapalwás y se ubicó nuevamente en el tablón de caoba.

“Ese bramido poderoso detuvo el tiempo. Era un inmenso tigre. No escuchaba el agua que caía ni sentía su frescor, mi respiración se detuvo y sólo oía el rugir del animal. Estaba como en otro mundo. Lo vi viéndome, abriendo esas inmensas fauces, vi claramente sus enormes colmillos y me quedé paralizado mientras el animal daba manotazos en las piedras del borde de la cascada y seguía rugiendo en señal de defensa de su territorio, de su cascada, su río, su montaña. De pronto, como si una decisión tomara, lo vi moverse rápidamente hacia la orilla del río. Entonces recapacité, volví a ser yo mismo y en lo único que pensé fue en salir del agua y correr. Así que nadé hasta la orilla, volví la mirada y lo vi abajo, en la otra orilla encima de un tronco, rugiendo tan fuerte que mis oídos estaban por reventarse. Salí a la orilla y tomé mi ropa, corrí, corrí y corrí sin detenerme, iba desnudo, ni cuenta me di que iba cagado de miedo, y dejé de correr cuando llegué a la casa de una familia campesina”.

—Se le olvidó el reloj —dijo Zamba Larga. Lo dejó en una rama, se acuerda.

“Lo olvidé por el miedo. El campesino me dijo que me vistiera y me dieron refugio. Luego de encerrar sus animales y montar guardia con su escopeta me sentí seguro. Al día siguiente me acompañó hasta un embarcadero, me subí a un bote y llegué dos días después a Laguna de Perlas sin dormir y sin comer, todavía tembloroso. Allí me di cuenta que había dejado mi reloj en esa ramita a la orilla del río”.

—Ya viene el práctico, el Cubahama debe estar entrando por la barra —dijo Pilón.

—Miren, miren, el coronel Peters ya salió al balcón de la aduana —dijo El Sapo. Totalmente vestido con su uniforme color caqui, el coronel estaba pendiente del práctico que se disponía a atracar en la sección del muelle cercana a la de las pangas. Los vio y les hizo un saludo militar. Se pusieron de pie y respondieron con sus manos al saludo del coronel.

—Por usted nos saluda —dijo Zamba Larga dirigiéndose a Tapalwás.

—Lo aprecio mucho —dijo Tapalwás y tiró un escupitajo a su izquierda que derritió un chicle pegado en el concreto.

—Kalilita, te veo desesperado por estrenar reloj —dijo Pilón.

—Sólo sos babosadas —dijo Kalilita. Y al fin, ¿perdió el reloj?

“Muchos años después, casi a los veinte años, volví a la misma poza del Kurinwas porque trabajaba con una empresa maderera marcando arboles maduros. Ya no existía la misma vegetación, el agua estaba terrosa, turbia, y corría turbulenta. Recordé al tigre y cansado me recosté en un gran árbol. Pensaba en el susto que me dio el animal cuando escuché el tic, tac de un reloj que salía desde el interior del árbol. Le puse plena atención y lo escuché clarito, era el tic, tac de mi reloj, pero no lo miraba, así que me levanté y seguí el sonido, caminé hacia la orilla del rio y dejé de escucharlo, regresé al árbol y volví a escucharlo, caminé hacia el claro de sus ramas y se perdió el sonido, regresé al árbol y allí estaba el tic, tac de mi reloj. Entonces subí en el tronco y el tic, tac era más claro y más fuerte, subí unos metros más y sonaba más fuerte, seguí subiendo y subiendo, el tic, tac de mi reloj era tan fuerte como el rugido del tigre que vi en la cascada y cuando llegué a la copa del árbol, desde la base de una de las ultimas ramas lo vi, allí estaba, hice un gran esfuerzo para agarrarlo y vi que, aún después de tantos años, tenía la hora y la fecha exacta. Desde entonces lo ando puesto, es este mismo reloj, mírenlo, —recogió la manga de su camisa y lo mostró— no me lo quito para nada porque es el mejor reloj del mundo, mejor que cualquiera de esos que ustedes hoy van a estrenar”.

¡Booo booo!, ¡booo booo!, se escuchó el sonido del Cubahama entrando en la bahía, dirigiéndose al muelle para atracar. Todos se levantaron de los tablones menos Tapalwás. El movimiento de gente en el muelle se intensificó. El personal de la aduana salió al muelle y el coronel Peters al balcón del segundo piso. Los estibadores se alinearon a la espera de las amarras y, desde el lado del sector de las pangas, un grupo de mujeres caminaban contentas hacia el centro del muelle.

—El que me traen es un Timex último modelo —dijo Kalilita.

—El mío es un Seiko 5 —dijo Mario Tachita.

—El mío tiene más de 40 años y sigue funcionando sin atrasarse ni un minuto, ninguno de esos le llega ni a las rodillas —dijo Tapalwás.

—Miren, miren, allí, en la cubierta está nuestro amigo saludándonos —dijo Zamba Larga.

—Nos vemos viejito mentiroso, guayolas son las que nos cuenta, nada más —dijo El Sapo y el grupo se alejó del alero en dirección al centro del muelle para confirmar con una señal del amigo embarcado que les traía sus encargos.

Tapalwás se levantó de tablón y caminó en dirección a la bodega de la aduana, saludó a don Felipe Álvarez y luego buscó las veinticinco gradas que lo llevaban a degustar el mejor guaro lija del puerto de El Bluff, distribuido por don Octavio Gómez. No hizo comentarios sobre el mejor reloj del mundo, y doña Juana Angulo lo notó extraño, sin intentar contar una de sus guayolas. Se despidió y camino por el andén en dirección a su casa donde lo esperaban sus hijos y doña Panchita.

 

22 y 23 de julio de 2022.
De la serie: Las guayolas de Tapalwas.
Foto propia.

sábado, 16 de julio de 2022

ENCERRADOS, PERO ANIMADOS




En las casas de madera sin pintar,

cubiertas por hiedra, líquenes y hongos,

nos reunimos alrededor del fogón

en días ventosos y lluviosos.

 

Calentamos nuestros cuerpos,

calor de leña y sopa por siglos,

caricias, risas y cuentos de abuelos.

Encerrados, pero animados.


Bajo la lluvia intensa somos felices.

Las calles son transformadas en barrizal intransitable,

por el rugir frenético de camiones

y su pitido enloquecedor al ir y venir.


Al escampar el cielo,

el sol lucha contra charcos y encierros.

Abrimos ojos y puertas,

saltando charcos con anhelo.

 

La noche es larga y fría,

tiznada once meses lluviosos,

pero en nuestras casas florecen

la esperanza y alegría

que barrizal y tormentas

nunca nos podrán quitar.



13 de Julio de 2022. 

Foto propia.

domingo, 10 de julio de 2022

EN BABY DOLL POR LAS CALLES DE NUEVA GUINEA

 

Aún no amanecía. La lluvia caía tormentosa desde que bajé del último bus de la noche que me dejó en los alrededores del monumento de Nueva Guinea. Al bajar, busqué los aleros de las casas de madera como resguardo. Llovía intensamente, con ráfagas de viento que se ensañaban en las ramas de un árbol de mango y una llama del bosque. Los plásticos negros de los tramos del mercado papaloteaban, rugiendo con fuerzas sin abandonar la armazón de madera que envolvían. Las calles y sus huellas de pasos humanos y de bestias, buses y camiones, estaban lavadas, convertidas en un barrizal resbaloso.

Al calmarse las ráfagas de viento, la intensidad de la lluvia cedía. No se escuchaban voces, solamente el chischís de la lluvia sobre los techos de zinc. Me cubría con la capucha de la chaqueta que usaba con frecuencia en esos viajes. Desde mi resguardo podía observar las cuatro esquinas del mercado con su monumento en el centro, una gran piedra sostenida por otras en su alrededor, apiladas unas a otras hasta tocar suelo lodoso. En una ojeada vi la chispa de un cigarrillo proveniente del lado de los silos de ENABAS y me dieron ganas de fumar.

Encendí un cigarrillo y exhalé humo húmedo que poco a poco se fue colando en un bombillo que iluminaba los alrededores. Escuché un silbato proveniente de la parada de buses y luego el ruido de un motor que fue encendido. La lluvia había cesado. Desde las cuatro esquinas aparecieron varias personas que caminaban conversando en voz baja como murmullos a escondidas, en dirección a la parada, rumbo al norte del monumento. Son viajeros, pensé y seguí fumando y observando.

Recordé la primera vez que llegué a Nueva Guinea. Corría el año 1986 y eran tiempos de guerra, antes del huracán Juana que devastó comarcas, colonias y casco urbano. Fue una visita corta; acompañaba a una delegación de gobierno que visitaría varias colonias con funcionarios locales. En un santiamén, después de tener una charla con un colectivo de costura de mujeres, me encontré en el campo visitando un área de cultivos, en una intersección de la carretera que no recuerdo propiamente el lugar porque el vehículo giró en varias direcciones, quizás fue en Río Plata, Los Pintos o en el empalme de Yolaina, no estoy seguro, siempre he tenido esa incógnita. Repentinamente, bajo el quicio de una puerta de las casas que miraba de frente, un hombre emergió de un plástico negro que lo cubría totalmente y me sacó de mis pensamientos.

De pie, desperezándose, el hombre miraba hacia todos lados como si recién bajaba de una nave extraterrestre en un planeta extraño. Recogió el plástico hasta doblarlo y colocarlo bajo su sobaco. Comenzó a caminar en dirección al monumento. La tenue luz del bombillo lo fue revelando poco a poco. Sus pasos eran pesados, torpes como los de un gigante que se balancea herido en sus rodillas, cubiertas con tiras de tela. Calzaba botas de guardias desamarradas y al avanzar provocaba un sonido seco con las lengüetas alborotadas. Sostenía su pantalón corto con un mecate y mostraba el pecho tras la camisa mal abotonada. ¡Lola!, ¡Lola!, gritó un caminante y corrió enfurecido tras el hombre, gritando malas palabras y dejé de verlo cuando dobló hacia la parada.

Amanecía. La neblina fue apoderándose de los alrededores y sentí frío. Ese frío mañanero del trópico húmedo te hace tiritar y provoca las ganas de tomar un café acompañado por un cigarrito. Y por ello encendí otro.

Proveniente del oeste, bajando hacia el monumento, vi que un vehículo hacía cambio de luces a la distancia. Es Bertini, pensé. Bertini, un viejo amigo, tenía negocios en varias colonias y me había pedido que lo acompañara a valorar un área de café en el sector de la Esperanza y Nuevo León. Venía viajando desde El Rama y necesitaba saber cuántos quintales cosecharía. Yo haría el muestreo de las plantaciones.

Entre el parpadeo de las luces, Bertini tocó varias veces la bocina del jeep. Vi que esquivó un bulto que salió de la bocacalle de la casa esquinera de Sandoval, se orilló al lado del comedor Paulito y frenó en seco, chorreándose unos metros en el lodazal. Bajó rápidamente del jeep, buscó el bulto esquivado y me acerqué.

Bertini se mostraba nervioso. El motor del jeep estaba al ralentí y humeaba, mezclándose en un círculo de neblina y calor. ¡Es eso!, ¡eso!, dijo Bertini, señalando una figura que bajaba tambaleante en dirección al monumento. Vi, entre la niebla y la primera luz del día, caminar a un hombre. ¡Lo ves!, ¡lo ves!, agregó.

Era un hombre de un mostacho y cejas tupidas, de unos 40 años, de altura mediana, complexión fuerte y pasos pesados, pero por vestimenta llevaba puesto un baby doll de color fresa. Iba vestido únicamente con el baby doll que le quedaba tallado al cuerpo y se tambaleaba. Al pasar a nuestro lado dijo adiós amigos con un deje etílico. En su pecho mostraba bellos tupidos, el largo del baby doll llegaba hasta la parte superior de sus nalgas que eran cubiertas por un calzón fresa en juego con la parte superior del camisón para damas.

No respondimos al adiós, nos quedamos mudos viendo al hombre caminar en baby doll por las calles de Nueva Guinea al amanecer, y dejamos de verlo cuando dobló por el monumento en dirección a la parada de buses. ¡Qué cosa¡, ¡es increíble lo que se puede ver en Nueva Guinea!, dijo Bertini riéndose a carcajadas.

Luego caminamos hacia el monumento y nos tomamos una taza de café con pan untado de mantequilla en un puesto de venta que había instalado una señora al amanecer. Nos reíamos del hombre en baby doll y así pasamos todo el recorrido por la carretera desbaratada que nos llevaba a La Esperanza, preguntándonos quién era ese hombre, si estaba con su amante o en una cantina donde se había emborrachado y lo habían desplumado y vestido con el baby doll, o salía a esas horas de una fiesta de disfraces. Las respuestas a nuestras interrogantes sólo quedaron en quizás o talvez, en nada más, pero la risa que nos provocó verlo embutido en el baby doll nos duró por muchos años.

 

9 de Julio de 2002.Foto de Internet.