domingo, 5 de diciembre de 2010

VACACIONES PARA LA ETERNIDAD

Salimos de vacaciones para celebrar la Semana Santa del año 1977. Unos días de descanso y ausencia de la Universidad Centroamericana, del constante cambio de pabellones, aulas y profesores; de manifestaciones y protestas contra la dictadura; de ojos enrojecidos por gases lacrimógenos y añoranzas por nuestro terruño. Días antes habíamos hecho los preparativos del viaje; Mariano, Fernando, Noel, David, Jimmy y Tilo, asignándose cada quien lo que aportaría para hacerlo placentero hasta El Rama, un trayecto de más de siete horas en el bus expreso que salía de la COTRAN y llegaba justo a tiempo para abordar el barco Bluefields Express y llevarnos a Bluefields, por el majestuoso Río Escondido.

Desde que nos encontramos en la parada de buses el ambiente se volvió festivo. Al hacer inventario de lo acordado, el viaje se mostraba espectacular: un termo con hielo, botellas de ron, cervezas, gaseosas, embutidos, galletas de soda, sándwich, pan, vasos descartables y rostros felices. Uno de ellos, no recuerdo cuál, llevaba bien cuidada una bolsita de plástico con yerba aromática, esa que dicen que relaja y da risas.

Navegando por el río, la fiesta no esperó la llegada a Bluefields. El Bluefields Express se convirtió en un crucero donde se entonaron canciones acompañadas por guitarras, en un bar a la intemperie de primera clase, donde afloraban los gestos de solidaridad evitando vasos vacíos de hielo y ron, abrazos con otros amigos que nos encontrábamos y la búsqueda de opciones para el interminable disfrute de las vacaciones. En esa búsqueda, les dije que el martes el barco de mi padre saldría para Corn Island y que regresaría el sábado. Sin dudarlo, casi todos se apuntaron a pasar en la isla los días santos y la voz se fue regando por todos los rincones del barco, fluyendo con el viento, hasta perderse por las entrañas de los naranjales vestidos de amarillo en las riberas del río. Al llegar a Bluefields la fiesta se extendió hasta el GG, amenizada por el grupo Gama.

Al día siguiente viajé a El Bluff, a la casa de mis padres, quienes con anticipación tenían hechos los preparativos para el viaje a la isla, donde nos esperaban mi tío Simeón y su familia. Pasaron los días y con ellos llegó la noticia de que mi prima pasaría las vacaciones en El Bluff. Una relación de primos había transitado clandestina hasta el entusiasmo de un amor de adolescentes, amor a escondidas, motivado por la soledad vivida en una ciudad de locura, llena en días de semana, vacía los sábados y domingos, al desplazarse la gente hacia todos los rincones del país, en búsqueda de la paz y tranquilidad que sólo los pueblos brindan.

Los ánimos del viaje a la isla fueron decayendo y el día lunes ya había tomado la decisión de quedarme para pasar con ella la semana. Mis padres no entendían cómo era posible que me quedara solo. Ella llegaría el martes y ese día me encontraba en una total indecisión. La visita de Jimmy y Mariano fue suficiente para convencerme que perdería lo mejor de las vacaciones y salí corriendo a la habitación, compartida con mi hermano, en el segundo piso de la casa, a llenar mi mochila de manera apresurada mientras el barco esperaba atracado en el muelle de la aduana. Al salir al muelle me encontré con ella y mi irrefutable excusa fue que mis padres no permitían que me quedara solo. Nos vemos al regreso, le dije.

II

Al llegar, el barco estaba repleto de gente que viajaba al raid. Mis amigos y amigas me saludaron con entusiasmo y mi padre dijo: “al fin te convencieron, levantá la lista de la gente para ir a pedir el zarpe, se nos hace tarde”. Eran como las diez de la mañana. Comencé a levantar la lista de las personas enumerándolos en orden creciente en un recorrido por la proa, la popa, babor y estribor. Todos, casi todos, conocidos. Junto a Marta Bolaños iba una mujer que mis ojos buscaban con insistencia y me di cuenta que era amiga de mis amigos y amigas, conocida por todos; los desconocidos éramos ella y yo. Quien será, por qué no la conozco, de dónde es, me preguntaba.

Al acercarme para anotarla en la lista, la observé como se admira una obra de arte. Alta, calculé que le llevaba dos centímetros de altura; cabello corto cubierto con un pañuelo como gitana; ojos color café, limpios y brillantes, en los que me vi; labios bien definidos, color natural con una ligera elevación en las comisuras superiores bajo una nariz perfecta; dos camanances bien definidos acompañaban su sonrisa; aretes redondos, grandes, colgados de los lóbulos de sus orejas; blusa corta delatando unos pechos medianos, turgentes, firmes y mostrando un abdomen sutil con un ombligo redondo que hizo sentirme en el centro del firmamento. Un short cortito mostraba sus largas piernas de atleta, caderas perfectas, unas nalgas luminosas, casi redondas como una boya que indica el camino en el mar; pequeños pies calzados con tenis. Su piel, cubierta de una fina capa de aceite de coco, mostraba la inclemencia del sol veraniego, dándole una tonalidad rosácea y brillante, desprendiendo del cuerpo un aroma que invitaba a saborearla.

Al dar su nombre lo escribí con una “s” y con cierta coquetería me corrigió diciéndome: “se escribe con c”. “Disculpe, ya lo corrijo”, le dije, mientras lo borraba manchándolo con fuerza y volví a escribirlo en mayúsculas, sin prisa, calmado, olvidándome en ese instante de los que faltaban en la lista, ante su mirada expectante. Al ver su nombre bien escrito y sobresaliendo entre los otros, nuestras miradas se encontraron en un instante que duró una eternidad y me dijo sonriente: “gracias, así se escribe”, para luego preguntar: “por qué levantas lista de las personas”. “Es un requisito para todos los barcos que salen a altamar por cualquier accidente”, le dije. Continúe en mi tarea mirándola de manera esquiva hasta completar el listado, una hora después. Mis amigos, dos de ellos, la cortejaban y colmaban de atenciones, convertidos en fieras sedientas de aventura en la semana santa. Contra ellos pierdo, pensé.

Una hora después de haber pasado la barra de El Bluff, navegábamos en dirección este, rumbo a Corn Island. Los ánimos de casi todos comenzaron a decaer ante el embate insistente de las olas, provocando movimientos frontales al abrirse paso con la proa, cayendo como en un abismo, para luego levantarse y ser embestido nuevamente a babor; ladeándose y, sin estabilizarse totalmente, volvía al movimiento inicial. Ese constante movimiento provocó el mareo de muchos que comenzaron a vomitar. Desde la ventana de la cocina la observaba y me dí cuenta que Marta iba mareada. Salí en su búsqueda para ofrecerle mi camarote, abriéndome paso entre personas sentadas, acostadas y regadas por la cubierta. Al llegar, le dije: “Martita, dame la mano, te voy a llevar a mi camarote para que duermas un rato”. En su rostro descubrí la angustia, el temor al mar y se quedó expectante de mi gesto, solitaria, mareada, sin atenciones ni conversaciones, porque mis amigos, los que al inicio la llenaban de agasajos, también iban mareados. Se les acabó el encanto, pensé. 


Cuatro horas después, el Miss Indiana atracaba en el muelle municipal ubicado en Brig Bay. Fueron desembarcando uno por uno, huyendo aturdidos de los efectos causados por la travesía. Al salir ella, le brindé mi mano para sujetarse, sentí que se aferró con ternura y fuerza a la vez y, al estar segura en el muelle, tuve la impresión que trató de jalarme para acompañarla. En el muelle se aglomeraron, cada quien buscando sus maletas, aún mareados; me despedí de los amigos porque íbamos hacia Sally Peaches donde vivía mi tío Simeón. “Por la noche nos vemos en la fiesta”, les grité al tomar el barco su nuevo rumbo y noté que me observaba.


III

Toda la familia acudió a la fiesta. Al llegar al Muy Muy nos acomodamos en una mesa amplia, en una esquina del salón principal, frente a la entrada del mismo. Mis amigos y amigas todavía no llegaban. Estaba inquieto, esperándolos, pero más impaciente por verla de nuevo. El ambiente comenzó a llenarse, la fiesta había iniciado con el ritmo animoso de la música caribeña. Poco a poco aparecieron y, sin preguntar por ella, mis ojos la buscaban sin encontrarla. Al vernos en la mesa, se acercaban para saludar a mi padre, y al resto de la familia. Unos minutos después me uní a ellos.

En su búsqueda me asomé al corredor del local. Estaba sentada en el muro y el cortejo de los insistentes, principalmente Jimmy y Tilo, continuaba. Al observarla, reconocí una camiseta blanca con el eslogan “I love Puerto Rico”, con el love representado por un corazón rojo al lado izquierdo, precisamente donde está ubicado. Jimmy se la había prestado y ella la llevaba puesta sin darse cuenta que era mía. La observé sin que lo notara y descubrí a una bella mujer que reía ante las ocurrencias de ellos. Ahora no cubría su cabello, pero siempre vestía con un short cortito, de tenis y la camiseta. Ese aditivo hizo que la percibiera como una diosa del mar, atrayéndome como una ola. Me acerqué a saludarlos y ella dejó de reír. Jimmy apresurado me apartó del grupo y dijo: “Cuidado le vas a decir que esa camiseta es tuya”. “No te preocupes, no tengo por qué”, le respondí y regrese al salón del baile.

La fiesta estaba amena, las parejas bailaban en un ambiente repleto. El ritmo de la música soca, calipso, reggae y soul no podía desperdiciarlo y salí en busca de mis amigas, olvidándome de ella, para invitarlas a bailar. Contra ellos no puedo, pensaba, son más galanes. Baile con Martita, con Sandra y otras que se escapan del rincón de los recuerdos, mientras ellos competían por bailar con ella. Bailaba y regresaba a la mesa familiar observándola en la distancia.

En una de esas piezas de baile, estando todos cerca, se dio un cambio de ritmo junto a un cambio provocado de parejas y me encontré frente a ella. Tilo se convirtió en pareja de otra y yo de ella. Mi corazón comenzó a palpitar como el de un atleta en una carrera de cuatrocientos metros, mis piernas comenzaron a temblar como las de un boxeador a punto de caer noqueado, pero en un segundo me recupere. Comenzó a sonar una canción soul y le pregunté: “quieres bailar esta pieza lenta” y sin responder nuestros cuerpos se buscaron, mis manos rodearon su cintura, las suyas se colgaron de mis hombros, nuestras mejillas se juntaron y sentí el palpitar de nuestros corazones; sus movimientos lentos, acoplados a los míos, no dejaron desplazarnos más allá de dos ladrillos. Con atrevimiento, antes que terminara la canción, tome su mano derecha con mi mano izquierda y la bajé a la altura de sus caderas, apretándosela para que comprendiera que no deseaba que se alejara de mí.

Al terminar la canción tardamos en separarnos y nuestras miradas se volvieron a encontrar hipnotizadas, pérdidas entre ellas como náufragos observando el horizonte; nuestras manos continuaban juntas, aferradas, deseando que no terminara ese instante, cuando los galanes apresuradamente volvieron a buscarla para seguir bailando con ella. “No, les dijo, estoy bailando con él” y se alejaron. “Me encanta tu camiseta, te ves preciosa” le dije. “No es mía, respondió, me la prestó uno de tus amigos porque no soportaba el ardor en la piel”. “Te la regalo, desde este momento es tuya, yo se la presté”, le dije, incrédula me quedó viendo y sonreímos juntos por primera vez.

Desde ese instante continuamos bailando por el resto de la noche, ante las miradas celosas de los pretendientes, de complicidad de mis amigas, sus amigas y curiosidad de la mesa familiar.

Al concluir la fiesta, caminamos juntos hasta el sitio donde mis amigos y amigas, ahora nuestros amigos, habían instalado varias casas de campaña. Ella también allí se alojaba. En el camino me dijo que era de Juigalpa, que vivía una cuadra antes de llegar a Palo Solo, en la calle del mismo nombre. Le comenté que había estado por seis meses en Juigalpa estudiando en el liceo agrícola, que frecuentaba su calle, su barrio y el parque del mismo nombre, mencionando a varios amigos que también eran sus amigos. Me dijo que vivía en Managua, en el reparto Las Mercedes, en la misma casa donde vivía Marta, con Erika y Sandra. “No es posible, no puede ser, siempre las visito y nunca te había visto”, le dije. Los fines de semana, junto a los amigos, acudíamos a fiestas que las hermanas Dipp organizaban en el mismo reparto y nunca la vi. En una ocasión, Sandra y Anahuac Ibarra me invitaron a acompañarlos a su casa porque debían inyectar a una amiga que estaba enferma. Entraron a la habitación mientras los esperaba en la sala y al salir me dijeron que ya estaba mejor. Era ella.


Nos despedimos al llegar a las casas de campaña, ubicadas en North End, como viejos amigos y quedamos en vernos al día siguiente en el mismo local donde la descubrí esplendida, bella, contenta y segura, vistiendo la camiseta que ahora le pertenecía,  igual que mis deseos por estar a su lado.


IV

El día amaneció con un sol radiante, cielo despejado con poco viento, azul intenso como el mar que aparentaba ser un espejo resplandeciente. El tío Simeón organizó un día en la playa, cerca de su casa en Sally Peaches, un día en familia.  Para la ocasión, junto a mi padre, preparaban un rondón de caracoles. Siempre sostuvieron que el rondón debe hacerse por hombres en la playa para quedar exquisito, para darle el toque mágico, como debe ser, así que las mujeres no intervinieron.

Lo primero que hicieron fue macerar sobre una piedra el molusco para luego cortarlo en trozos grandes. Entre golpes y moluscos macerados, los tragos y cervezas florecían. Mientras ellos estaban en eso, ayudamos a mi madre y tía Twila a encender una fogata, a pelar plátanos, bananos, yuca, quequisque y fruta de pan. La leche de coco ya estaba preparada en una porra; seis cocos fueron pelados, licuados en trozos para luego ser colados y extraer su mágica y espesa leche. De igual manera, una ensalada fría de camarones, langostas y papas en trozos con mayonesa había sido preparada con antelación y reposaba en una pana plástica a la espera de que el apetito la descubriera.

Insistentes, me solicitaban rellenar sus vasos con hielo y ron. Comenzaron a bromear preguntando por ella, como si supieran que a cada instante su visión regresaba cautivándome cada vez más. Los evité y tomé la máscara, las patas de rana y el tubo para dirigirme a snorkeling en los arrecifes de coral por más de una hora, estimando el tiempo para que el rondón estuviera listo. Al bajar a los arrecifes observé peces multicolores, azules, amarillos, verdes, rojos; las estrellas de mar, los corales de cerebro, de cuerno de ciervo, en forma de abanico; langostas, camarones, tortugas, caracoles y varias mantarrayas. En cada una de esas maravillosas especies que observaba, mis pensamientos regresaban a ella, la imaginaba como una seductora sirena de mar esperándome en algún punto del inmenso arrecife; buscándola transcurrió el tiempo hasta que, en una de las salidas a tomar aire, observé que desde la playa me llamaban.

Varios de mis amigos, entre ellos Mariano, Fernando y Jimmy, habían llegado a acompañarnos en ese ambiente festivo a orillas de la playa de arenas blancas, bajo la sombra de cocoteros donde se observaba en el horizonte Little Corn Island. Luego de unas cuantas cervezas y de degustar el exquisito rondón era inevitable que preguntara por ella. “Está con las muchachas, pensamos que ibas a llegar a buscarla”, dijeron. Pasamos juntos a Simeón y mi padre conversando, riendo a carcajadas de sus anécdotas y bromas, hasta que la tarde nos sorprendió. Se despidieron y regresamos a la casa. Extenuado dormí y al despertar eran las siete de la noche.

De prisa tome una ducha y camine junto a mi hermano Tony hasta llegar al Muy Muy. Llegamos una hora después y la fiesta recién iniciaba. Al entrar, la observé y me dirigí seguro hacia ella. Luego de los saludos comenzamos a bailar. Los amigos galanes dejaron de cortejarla, sabían que me estaba esperando, que ambos deseábamos estar juntos, iniciando un romance frutal.

Después de bailar varias piezas, el ambiente nos agobiaba, mucha gente para los dos. La invite a caminar por las calles de arena y tomados de la mano conversamos. Al cruzar por un sendero oscuro, antes de llegar al claro de la pista de aterrizaje, nos dimos el primer beso. Un beso que cautivó mis sueños y, al concluir, desprendió la ilusión del amor, un amor en vacaciones, en una isla paradisíaca, un amor en la flor de la adolescencia. Continuamos caminando sin rumbo, entre pláticas nos besábamos una y otra vez sin importarnos las miradas inquisidoras de los que pasaban a nuestro lado.

Una luna casi llena resplandecía en la playa. En una ensenada nos sentamos sobre un tronco a admirarla. Ella y yo, juntos, solitarios, con la compañía de la luna y el sonido de las mansas olas que reventaban frente a nosotros, como invitándonos a sumergirnos en ellas, provocaron que me desnudara sin pedirle permiso, sin inhibiciones ante su admiración y me adentré en el mar. La invité a acompañarme, ella no acudió al instante, pero minutos después se desprendió de todo y llegó a mi lado. Nos besamos intensamente con abrazos enloquecidos, de frente, de lado, de espaldas y me sumergí en las aguas cristalinas a tocar su sombra, a recuperarla del fondo del mar, demostrándole que ahora era mía, como un pirata lleno de orgullo después de obtener un botín deseado.

No soportó el agua salada y volvimos a la playa, al mismo tronco. Al rodar por la arena, su espalda, piernas y brazos le ardían tanto que no resistía mis besos y caricias. No estaba acostumbrada al mar, era una sirena de ríos y lagunas de agua dulce.  “Vámonos, quiero darme una ducha para quitarme esta arena, no la aguanto”, dijo y caminamos hasta llegar a las casas de campaña. Me llevó a su rincón, salió a ducharse y regresó ante la mirada suspicaz de otras parejas y amigos que compartían esa casa improvisada. Me acurruqué a su lado, nos besamos hasta dejar de hacerlo por el dolor dulce de los labios y dormí hasta el amanecer abrazado a ella. Al despertar, nos despedimos y le dije que regresaría más tarde.

V

Mi madre pasó preocupada toda la noche por la ausencia. Al llegar a la casa y sermonearme, mi padre salio al auxilio. “Desayuno y me voy donde mis amigos, vamos a caminar alrededor de la isla, vamos a darle la vuelta” les dije. “Pasen al regreso por aquí para que almuercen, van a tardar más de cinco horas”, dijo mi padre. Regresé a ella dos horas después y, junto a varios de los amigos y amigas, comenzamos a caminar, saliendo por Brig Bay, para darle la vuelta a la isla.

Tomados de la mano, hicimos la travesía. Pasamos Waula Point y apreciamos la belleza de la arena blanca y aguas de diversas tonalidades de la playa que en un tiempo fue de Somoza, donde su esposa en esos días pasaba las vacaciones. Descubrimos Quinn Hill, al no poder caminar a orillas del mar en Bluff Point por los inmensos farallones de piedra. Bordeamos desde arriba esa punta de la isla viendo en el horizonte la inmensidad del mar. Por varias horas Quinn Hill nos acompaño a la izquierda del camino, hasta que salimos a una inmensa y larga playa, tal como su nombre lo indica: Long Bay. Luego aparecieron casas, señal que llegábamos a South End. Al estar en ese punto, recordaba lo que mi padre decía: “no bebas agua en South End, el agua de esos pozos convierte a los hombres en maricones” y lo decía en broma, se lo gritaba a sus amigos de esa parte de la isla que reían a carcajadas ante su ocurrencia. Nos detuvimos en un pequeño rancho, unos tomaron gaseosas, otros cerveza y a la izquierda sobresalía Mount Pleassant. Continuamos caminando y apreciamos la colina Little Hill y en el horizonte Little Corn Island, señal que estábamos cerca de Sally Peaches.

En ese recorrido, sin separar nuestras manos, por muy tosco que fuera el camino, descubrimos la belleza de Corn Island y, a la vez, nos conocimos más. Le conté mi vida y preguntó por mi prima. “No es nada serio, es una locura” le dije. Me habló de su hijo, del accidente automovilístico que tuvo junto a su marido donde había fallecido. Con mis besos trate de calmar su pena, demostrarle que había encontrado un nuevo amor, un amor cristalino como las aguas de la isla y que crecía a cada instante, en cada paso a su lado, como las profundidades del mar que aumentan al adentrarse en él.


Al llegar a la casa del tío Simeón nos estaban esperando. Desde que mi padre la vio a mi lado, descubrió que estaba enamorado y la familia entera la acogió como que la hubiesen conocido toda la vida. Almorzamos juntos y las atenciones hacia ella se volvieron exquisitas, festivas, ante las miradas atónitas de mis amigas y amigos. Al caer la tarde regresaron a las casas de campaña, previo acuerdo que nos miraríamos todos, ella, los amigos y amigas, junto a mi familia, en la fiesta del Muy Muy.


VI

En la fiesta la esperábamos. Al llegar, le ofrecí un lugar y nos acompañó. Compartió con toda la familia. Bailó con mi padre y con el tío Simeón. Los amigos y amigas también acudían a la mesa y se retiraban a bailar. Necesitábamos estar solos y volvimos a caminar. Entre abrazos y besos apasionados me dijo: “esta es la penúltima noche juntos”. “Esta relación puede durar toda la vida si quieres” le dije. “No, es una relación de vacaciones y con ellas se termina”, respondió. Ante mi insistencia, dijo que una relación la esperaba. “A vos te espera tu prima”, dijo. Amanecí los días siguientes a su lado en la casa de campaña, disfrutamos cada uno de los minutos restantes, sabiendo que ese amor terminaría con las vacaciones. Estaba conciente de que, por mi corta edad, no estaba preparado para ella, ni para provocar una ruptura en su relación.

El día sábado, al finalizar las vacaciones, el barco no zarpaba del muelle porque ella no llegaba. Los amigos y amigas, bromeaban porque sabían que la espera era por ella. Al llegar, mi padre le ofreció un sitio en la cabina. Los amigos le decían que ahora regresaba siendo dueña de un barco pesquero. El viaje de regreso fue placentero, sin oleaje intenso porque navegábamos a favor de las olas. Mi padre le mostró el arte de la navegación, le cedió el timón del barco y con temor ella lo tomó por unos minutos y me dio la impresión que sintió la libertad en sus manos. La invité a la proa para que admirara los delfines que nadaban junto al barco y los peces voladores que salían elevándose en cada ola que reventaba en su avance, un trayecto, un camino que no deseaba que llegara a su final.

Al llegar al muelle de El Bluff y salir todos del barco, nos despedimos. “Se acabó, hasta aquí llegaron las vacaciones” me dijo. “Allá te están esperando” agregó. Volví la mirada y allí estaba ella, mi prima, esperándome. Quién le dijo que era ella, no lo sé, pero la señaló. Abordó una panga y partió hacia Bluefields.

La tarde transcurrió con mi prima en la loma del faro bajo la sombra de unos cocoteros. Desde ese punto, el más elevado de El Bluff, en el horizonte limpio y claro, observaba a lo lejos Mount Pleasant, el punto más alto de Corn Island y mis recuerdos se trasladaron hacia la isla; reviví cada minuto, cada segundo a su lado desde el mismo instante que la miré en el viaje hacia la isla. “Qué tienes, qué te pasa, preguntó mi prima”. “Te noto ausente” agregó. “Nada, no tengo nada, pienso en que debo regresar a Managua, a la universidad”, le dije y la acompañe de regreso al muelle para que tomara una panga hacia Bluefields.

Al día siguiente, un domingo, viajé hacia El Rama en una panga junto a mi hermano. Al pasar cerca de McPit, el barco Bluefields Express iba lleno de gente. Allí debe venir ella, pensé. Al llegar a El Rama esperamos la llegada del barco en el Hotel Amy. Nos encontramos en ese hotel, nos saludamos y le dije que tenía un raid con unos amigos con espacio para ella. “Ya se acabaron las vacaciones, llévate a tu prima” me dijo con tono de enojo y se alejó de mi lado.


No comprendí su enfado hasta que mis amigos me contaron los motivos. En Bluefields, la noche anterior, las hermanas de mi prima, mis primas, al darse cuenta de nuestro amor en Corn Island, la acosaron, la insultaron y tuvieron que intervenir a su favor. Ahora sí la perdí, se acabó, pensé. Abordé el automóvil del amigo que me daba raid, partí solo y desilusionado hacia Managua.


VII

La Universidad volvió a llenar mi tiempo. Los amigos me daban bromas, preguntaban por ella, decían que la buscara, que así son las mujeres, se hacen las difíciles y es todo lo contrario. Tiene una relación y nada tengo que ofrecerle, pensaba. Con el paso de los días y las semanas no podía olvidarla. “Vamos pues, acompáñame, vamos a buscarla” le dije a Jimmy. Llegamos anocheciendo y no estaba. Marta dijo que no había llegado de su trabajo. “Te fijas, no hubiéramos venido a buscarla”, le dije. Ella fue clara, siempre dijo la verdad, nunca mintió, las vacaciones habían terminado y con ellas la relación, tiene otro amor, pensaba.

Busqué a Annie Cooper y nos mirábamos diario en la universidad. A veces salíamos juntos a los pueblos en fines de semana, íbamos al cine y sus besos ya no eran los mismos. En ocasiones, Rafael llegaba a buscarme para pasar los fines de semana en diferentes playas del Pacifico y siempre salía con mis amigos de la Costa. Nunca pude borrarla de mi mente ni sacarla de mi corazón.

Un día, después de varias semanas; vacío y desesperado, acudí en su búsqueda. Al llegar sin anunciarme, atendía la visita de otro. Me decepcioné tanto que, después de saludar y verla junto a él, me despedí a lo inmediato. Salí de la casa huyendo y, al caminar hacia la parada de buses, escuché mi nombre. Regresé la mirada y era ella quien me llamaba. “Se acabó, he terminado con él”, me dijo. Desde entonces nunca dejé de visitarla. Una noche, la casa estaba vacía para los dos. Hicimos el amor por primera vez y nunca dejamos de amarnos. Las vacaciones se volvieron para siempre, para la eternidad.

Siempre que da su nombre y lo escriben con “s” en vez de “c”, nuestras miradas se buscan con complicidad; ahora que está ausente, la cama y la casa vacía, ahora que los pájaros dejaron de cantar por su ausencia, he recuperado de los recuerdos una parte de la historia de nuestro amor para que no se pierda con el tiempo, para que cuando sea yo el ausente, ella, mi mujer, Emilce, se las lea, se las cuente a nuestros nietos.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Viernes, 03 de diciembre de 2010




lunes, 29 de noviembre de 2010

VOLVAMOS A SOÑAR


Foto: Flick/nicacatra/©
Los sueños son solo eso, dicen muchos. De qué sirve soñar, si al despertar nos enfrentamos a una realidad que perturba lo más profundo de nuestro ser, dislocando nuestros sentidos hasta convertirnos en seres humanos indiferentes a casi todo lo que ocurre a nuestro alrededor, argumentan otros. Se refieren a ellos considerándolos únicamente como la actividad anímica del durmiente durante el estado de reposo.

Algunos dicen que soñar es cosa de niñas y niños. Construyen castillos de fantasía y el tiempo se encarga de destruirlos, al tener conciencia de las normas y reglas que los adultos hemos tejido para que se sujeten a ellas. Los soñadores son sólo eso, soñadores que puedes ver por todos lados, con vidas contrarias a las imaginadas, truncadas por ser impertinentes, desperdiciadas por un sueño inalcanzable, señalan otros.

¿Soñar despierto? Imposible. Nuestro tiempo no podemos desperdiciarlo en irrealidades. La vida agitada, abrumadora, donde actuamos como depredadores de nuestra propia especie, compitiendo contra todo y todos por espacio, empleo, dinero y reconocimientos, sin importar los daños que podamos ocasionar en nuestra frenética marcha de ambición y sobrevivencia; no podemos darnos el lujo de desperdiciar nuestro tiempo en quimeras.

La utopía dejó de ser colectiva y, sin darnos cuenta, se apropiaron de ella, es propiedad privada y los que la atesoran marcan las pautas con la intención de que actuemos sin ilusión propia. La convirtieron en partidos políticos, en poderes perversos del Estado, en campañas de propaganda electorera, en pintas grabadas en las paredes, en mensajes enlatados, vomitados miles de veces por los medios de comunicación para adormecernos; en cuentas bancarias a nombre de testaferros, en empresas que surgieron de la nada con efectos nefastos, manifestados en un pueblo hambriento; en niños que deambulan por las calles mendigando, en ingenieros sin ingenio, doctores vende brebajes contra todos los males, maestros sin vocación, profesionales sin empleo, en sexo que se oferta en las calles bajo la luz de los rótulos que reflejan brillantes sus eslogan y marcas.

Tratan de quitarnos hasta lo más íntimo, la posibilidad de soñar un mundo diferente. Debes pensar como ellos, tener sus mismos sueños aunque estés despierto, acompañarlos en sus marchas, en la promoción de sus nuevos productos, en sus batallas de garrotes y piedras, en sus restituciones de todo, arrogantes ante el derecho ajeno, porque de lo contrario no encuentras trabajo en sus instituciones ni empresas, y si lo tienes y no lo haces, caes nuevamente en la bruta y cruel realidad: desesperación, hambre y pérdida de autoestima. ¿Soñar con esa realidad?  Imposible, no más pesadillas.

Pero es posible cambiar la realidad, si todos, juntos a la vez, soñamos más allá de lo que a nuestro alrededor nos agobia; es cuestión de concentración, focalizarnos en lo deseado, en buscar el momento oportuno, el impulso necesario para convertirlos en realidad. Después de casi cinco décadas soñamos lo increíble y terminamos con una de las dictaduras más nefastas de Latinoamérica, ante la admiración del mundo entero; un día, luego de varios años de guerra entre hermanos, soñamos con la paz y la logramos.

¿Podemos encontrar en estos tiempos algo que nos unifique alrededor de un mismo sueño? Algo que esté por encima de defender la soberanía nacional, de lo cotidiano apremiante, de necesidades individuales insatisfechas; de partidos políticos que nos dividen como un cerco de espinas y al cruzarlo hiere y marca para siempre; mayor que la acumulación desesperada de riqueza; mayor al ejercicio del poder, que termina con quienes lo ejercen en un estado esquizofrénico, vacíos y arrinconados en los libros de historias mal contadas; algo que durante miles de años, en su búsqueda, la humanidad ha derramado sangre, derribado murallas y reventado cadenas; algo que no tiene precio, pero sí valor, un valor propio del ser humano, humanizador: el libre albedrío, la libertad. ¡Por supuesto que sí! Por ello vale la pena soñar. ¡Volvamos a soñar y reinventemos la utopía para convertirla en realidad!

 
Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
hillron@hotmail.com
Sábado, 27 de noviembre de 2010

jueves, 25 de noviembre de 2010

LA NUEVA GENERACION DE FUNDADORES

El primero de marzo de 1965, diecisiete campesinos pobres, que vivían en chozas de paja ubicadas en callejones de fincas en Carazo y Somoto, se encontraron en el Empalme de San Benito para iniciar la aventura de colonización más importante en la historia moderna de Nicaragua. Estos campesinos, entre ellos dos mujeres, motivados por el reverendo Miguel Torres, quien les había dicho que en la zona de Zelaya existían tierras libres, estaban convencidos de que allí encontrarían lo que buscaban y, además, que serían los pioneros de la fundación del primer pueblo de evangélicos en Nicaragua.

Junto al reverendo y varios funcionarios del entonces Instituto Agrario de Nicaragua (IAN), emprendieron camino hacia el corazón de la jungla, guiados por el pastor Uriel Gómez y Benito Luna, quien había sido un experto raicero y hulero de la zona. Avanzaron hasta donde llegaron los vehículos y después por un extenso trecho de cincuenta y dos kilómetros que sólo era transitable a pie, abriéndose paso al filo del machete.

Luego de cinco días de caminata, el 5 de marzo de 1965, llegaron a una inmensa zona boscosa. Encontraron un verdadero paraíso, el “Edén” del trópico húmedo. Toda la riqueza de la naturaleza fue descubierta y aprovechada por estos pioneros. Una montaña con diversidad de bosques primarios que alojaba múltiples especies de animales, atravesada por ríos y quebradas de aguas claras que les brindaban todo lo necesario para vivir. Fue así que iniciaron a construir sus primeras casas con techo de suita y paredes de tambor rajado; recolectaban frutos, pescaban y cazaban animales para sobrevivir en un mundo diferente a las secas e infértiles tierras de donde salieron.

Ese es el inicio de una historia sobre la que muchos han escrito; algunos apegados a la verdad y otros con exagerada imaginación elevando a niveles de epopeya los hechos, y de héroes y benefactores de las generaciones actuales a esos hombres de carne y hueso que buscaron y lograron mejorar sus vidas al llegar a “su luz en la selva”. Incluso, los que forman parte de la tercera generación de esos primeros diecisiete y otros que cada vez incrementan la lista, quisieran que los habitantes y autoridades de Nueva Guinea les rindan tributo celestial haciéndose merecedores, en muchos casos, de prebendas ya saldadas.

Con el IAN y el posterior Proyecto de Colonización Rigoberto Cabezas (PRICA), a esos “fundadores” se les entregó lo establecido en su momento: una hectárea de tierra para construir su vivienda y desarrollar economía de patio, criar gallinas y cerdos. Además, se les concedió una parcela de cincuenta hectáreas alrededor de la colonia de Nueva Guinea para cultivarla, facilitándoseles el apoyo necesario. Con el correr de los años, muchos de ellos, por diferentes motivos, se fueron deshaciendo de sus parcelas, bien por herencia o por venta ante la demanda creciente de tierras. La hectárea de tierra otorgada en el actual casco urbano también fue fraccionada, vendiéndose en lotes a pobladores necesitados de terreno para construir su vivienda o heredándola a sus familiares. Producto de ello, hoy se erige en esos antiguos lotes la cabecera municipal de Nueva Guinea.

En conmemoración de aquel hecho se celebra la fundación de Nueva Guinea cada 5 de marzo y los pocos fundadores que quedan, junto a los nuevos, hacen un desfile pomposo con carrozas por las principales calles de la ciudad. Su lucha es incesante y muchas de sus demandas han quedado obsoletas con el paso del tiempo.

La nueva generación de fundadores debería enfilar sus banderas de lucha contra la corrupción de organizaciones civiles donde sus “líderes” forman parte, ejercer presión sobre los gobiernos municipales para convertir las calles, lodosas en invierno y polvorientas en verano, en dignas de una ciudad; en la demanda justa contra los deficientes y encarecidos servicios de agua potable y energía eléctrica; por un mejor transporte colectivo hacia las comunidades rurales; en denuncia y clamor de justicia por la violación de niñas y niños; contra los altos índices de violencia doméstica donde el macho campesino se ensaña en la mujer; en la conservación y recuperación del bosque húmedo tropical y en la búsqueda del bien común que los nuevos tiempos exigen. Sus ancestros, osados y emprendedores, regresarían a encabezar sus demandas, obtendrían nuevos triunfos, unirían diversas voces y descansarían en paz.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Viernes, 19 de noviembre de 2010

domingo, 21 de noviembre de 2010

ZELAYA CENTRAL: UN RETO AL PROCESO AUTONOMICO

Una de las zonas más ricas de la RAAS está conformada por los municipios de El Rama, Muelle de los Bueyes, El Ayote y Nueva Guinea. La riqueza se materializa en la actividad económica y en su población, la mayoría mestizos que han emigrado desde los años cincuenta hacia esta zona del país. Siempre fueron parte del departamento de Zelaya, vigente de 1930 a 1987 cuando se aprobó el Estatuto de Autonomía de la Regiones Autónomas de la Costa Atlántica de Nicaragua. Durante el período 1982 a 1987 formaron parte de la Zona Especial II y pasaron a llamarse Zelaya Central por las autoridades nacionales y de la Región V.

La lógica de esta nomenclatura territorial fue forzada principalmente por ser escenario de guerra con amplia base de apoyo y sustento de la Resistencia, además de la gran dispersión territorial, la cultura campesina, la distancia e incapacidad de ser atendidas por la Zona Especial II cuya cabecera era Bluefields. Resultaba más lógica su atención desde Juigalpa, sede la Región V.

Al ser aprobado el Estatuto de la Autonomía, en 1987, se estableció en el título VI, artículo 42, que “las zonas que se encuentran actualmente bajo otra jurisdicción se incorporarán a su respectiva Región Autónoma a medida que las circunstancias lo permitan y que éstas sean definidas y determinadas por la Región Autónoma respectiva en coordinación con el Gobierno Central”.

Desde que se aprobó el Estatuto de la Autonomía hasta la fecha han transcurrido 23 años y tal parece que no se han dado las circunstancias para que los municipios de la zona llamada Zelaya Central se incorporen a la RAAS, lo que ha generado diferentes propuestas de separación.

En 1996 se presentó en la Asamblea Nacional la iniciativa para constituir el departamento 17 del país llamado Departamento de Zelaya Central, lo que no tuvo, por parte del Ejecutivo y la Asamblea Nacional la aceptación debida y hoy duerme en los archivos de la Comisión de Defensa y Gobernación.

Recientemente se ha resucitado dicha propuesta con el nombre de Sub-Región de Zelaya Central aglutinando a los mismos municipios y se argumenta para su creación la falta de atención por parte de la RAAS, la cultura mestiza y campesina de su población, el potencial productivo de los mismos. Y descaradamente los políticos de estos municipios juegan con sentimientos xenófobos aduciendo que “los negros no nos pueden gobernar porque no piensan como nosotros, que no comemos rondón ni coco, son haraganes y corruptos". 

Esta nueva propuesta ha transitado hasta culminar con la ambición de ciertos diputados de la RAAS de crear una Tercera Región Autónoma de la RAAS llamada Región Autónoma de Zelaya Central, aduciendo los mismos planteamientos para obtener su reelección.

La autonomía es política, como establece su Reglamento, y esto implica la facultad de elegir a sus propias autoridades mediante el voto universal, igual, directo, libre y secreto. A la igualdad ante la ley se le suma la igualdad de oportunidades. Se asume que para que las personas tengan capacidad real de elección e intervención en igualdad de condiciones no basta con afirmarlo formalmente, hay que generar sus condiciones de posibilidad. El Consejo Regional las puede crear estableciendo una resolución, por mayoría plena de sus miembros, que permita a estos municipios tener consejeros que pueden ser nombrados directamente por los consejos municipales, bien a los mismos concejales o los que el gobierno municipal determine con la participación activa de la sociedad civil de cada municipio. Los costes de inserción de éstos pueden ser asumidos por los gobiernos municipales de manera transitoria. La representación en el Consejo Regional de la RAAS ya no sería únicamente por grupos étnicos sino también por territorios, es decir que de los 45 concejales al menos ocho de ellos serían representantes de los municipios de El Rama, Nueva Guinea, Muelle de los Bueyes y El Ayote, nombrando al menos a dos cada uno.

El Consejo Regional de la RAAS, los gobiernos municipales y el Gobierno Central deben lograr acuerdos y elaborar una propuesta para que en las próximas elecciones de autoridades regionales se logre concretar una elección con la participación activa de todos los ciudadanos, en el marco de la Ley Electoral, la cual debe ser reformada para tal efecto. Solamente así se lograría la integración real de estos municipios y la RAAS sería fortalecida en lo territorial, político, social y económico propiciando mayores espacios para desarrollar un buen gobierno y la gobernabilidad democrática que los ciudadanos aspiramos, por el futuro de las nuevas generaciones.
http://hillron.mediashare.com/?selectedalbum=hillron492589

Ronald Hill A.
La Colina
hillron@hotmail.com
Nueva Guinea, RAAS

jueves, 18 de noviembre de 2010

EL AGUA DE ENACAL Y LA DE LOS FRIJOLES

Ayer llovió a eso de las cuatro de la tarde. Don Benito había llegado de visita minutos antes. Me sorprendió, tenía rato de no verlo, igual que el sonido de las gotas de agua sobre el techo de zinc. Hace más de veinte días que no llovía y, muy temprano en la mañana, decidí abrir la llave del medidor de agua de ENACAL para regar las plantas frente a mi casa. Que descanse el pozo, pensé. La tierra ya presenta grietas, síntomas de sequía.

Después de los saludos me habló del problema de agua que andaba resolviendo en ENACAL. Sin gastar mucha agua cobran demasiado y ya he hecho varios reclamos, dijo sacando de la bolsa de la camisa tres recibos de agua. Mírelos, me dijo. Los revisé y en efecto aparece una deuda de más de tres mil córdobas. Y como resolvió el problema, le pregunté. Pues me bajaron la deuda hasta seiscientos córdobas y con un plazo para pagarla de tres meses, dijo con decepción en su cara. Para no estar en este problema y salir ya de esto, tuve que aceptarlo, agregó. Debe estar pendiente del medidor y del que llega a medirlo, le dije. Si uno se descuida le ponen la cantidad que quieren. Además, cierre la llave después que se ha ido el agua y cuando vuelven a bombear, al día siguiente, ábrala una media hora después. Porqué, me preguntó. En el sistema de agua potable, en los tubos de la red de distribución, no tienen instalados filtros por donde escape el aire y cuando bombean agua de los tanques, lo primero que pasa por el medidor es un chorro increíble de aire y el medidor lo mide como agua, le dije. Ve hombre, es cierto, en la mañana se escucha el zumbido de aire antes que llegue el agua, dijo con ánimos, como quien dice ya no me van a seguir jodiendo.

Mientras platicábamos llovía. Una lluviecita babosa, pendeja, pero refrescó la tarde y la noche se puso agradable. Le ofrecí una taza de café y me bebí un té de manzanilla. Mucho café estoy tomando y el estómago se comienza a resentir, el doctor me mandó a tomar una capsulas dos veces al día y Magnun cuatro veces, dos cucharadas por la mañana y dos por la tarde, le explique.

Los frijoleros deben de estar alegre, le dije. Si amigo, ojalá que sea una buena señal, debe ser el cambio de la luna, dijo. Son como unas 30 mil manzanas de frijol las que se siembran en esta época de apante en Nueva Guinea con las que se cosechan unos 360 mil quintales. Todos los campesinos tienen ya preparada la tierra, están a la espera de esta agua, ya era hora que cayera, dijo. La cosecha sale entre febrero y abril. De ella dependen miles de familias que se dedican a este cultivo y muchas de ellas se asientan en la zona exclusivamente en esta época del año, ayudando a familiares, alquilando tierras o trabajando a media con otro. El problema de siempre es que llueve mucho al momento del arranque y secado perdiéndose la cosecha o sino llueve bastante al inicio y luego se pierden las lluvias con cosechas malas, dijo con sabiduría campesina.

Pero si les va bien se echan los billetes, le dije. Sí, eso sí, a como está el precio ahorita se chinean, dijo. Como es la vida, yo ando preocupado por el recibo de ENACAL, que al final es una tontera, que tal que estuviera con la tierra preparada para sembrar frijoles, siembra que me daría para comer una buena parte del año, pagar deudas y que no lloviera, dijo levantando la cabeza y arrugando el ceño. No estuviéramos platicando de esto, le dije. Por eso yo siempre siembro sólo para la comida, lo que me gusta es el ganado, nunca se pierde. Lo bueno de la agricultura es que se necesita poca tierra, en poquito se trabaja, pero es muy riesgosa, dijo.

Sonó su teléfono celular y luego de hablar varios minutos, se despidió diciéndome “salúdeme a la doña cuando hable por teléfono con ella a la yunai”. Al montarse en su jeep, gritó: ¡Mañana abro la llave del agua después que pase la tormenta de aire!

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Miércoles, 17 de noviembre de 2010

martes, 16 de noviembre de 2010

LA IMAGEN DE LA COSTA CARIBE DE NICARAGUA

Cuerpos sin vida flotando en las turbias aguas del río, confundidos con canastos de alimentos, tanques de gas butano y animales. Decenas de personas alrededor del muelle, en pangas y botes de canalete, tratando de auxiliar a los pasajeros que nunca llegaron a su destino previsto. Esa fue la imagen de la tragedia del Promar 59 en El Rama. Fue una más de las tantas que se viven a diario en las Regiones Autónomas de la Costa Caribe Nicaragüense. Son cientos de imágenes de tragedias las que el pueblo caribeño de Nicaragua ha vivido a lo largo de la historia. Muchas de ellas nunca vistas por el resto del país sino hasta los últimos años con el desarrollo de las comunicaciones y los medios de información.

Recordar tantas de esas imágenes no es nada grato pero perduran en lo más profundo de nuestras mentes. Los cuerpos de miembros de la Policía Nacional asesinados en su propio cuartel, crimen que aún hoy día no se esclarece; el asesinato de Francisco García Valle en su propia casa de habitación por supuestos sicarios; miles de casas desbaratadas y dispersas después del paso de huracán Juana por Bluefields: el éxodo de miles de familias miskitas hacia Honduras huyendo de su tierra por temor a perder la vida ante el conflicto armado que azotó y casi extermina a uno de los principales grupos étnicos del país; hambruna en las riberas del río Coco por ataque de ratas a los cultivos; jóvenes flacos y amarillos que deambulan por las calles como zombis realizando actos delincuenciales motivados por el consumo de cocaína o piedras de crack; pescadores de cultura milenaria convertidos en pescadores de la droga que los narcotraficantes abandonan en alta mar; carreteras en pésimo estado con promesas anuales de ser reparadas y las que al ser transitadas, por el viajero frecuente entre Managua y Bilwi, el tiempo le parece interminable; matanza entre hermanos por el derecho a la tierra; bosques preciosos arrasados por mafias bien organizadas de madereros; miles de buzos que mueren producto del síndrome de la descompresión; gobiernos regionales electos por la voluntad popular que traicionan los principios de la autonomía y a su sufrido pueblo con actos de corrupción e ineficiencia en la administración pública y más, mucho más.

En el IV Simposio Internacional de la Autonomía celebrado en el mes de septiembre del año 2004 se organizó una mesa temática en la que se abordó el tema de la “imagen de la Costa Caribe”. Diversos argumentos de los participantes insistían en que los medios de comunicación venden la imagen negativa de la Costa Caribe, la noticia sensacionalista y el amarillismo. El pronunciamiento de la mesa señala enfáticamente que “los medios nacionales difunden una imagen intolerable sobre los pueblos indígenas y comunidades étnicas de la Costa Caribe nicaragüense”, y es válido, porque al hacer un balance entre imágenes gratas y cautivadoras que contribuyan a la promoción del desarrollo del Caribe nicaragüense y las de la tragedia, la balanza se inclina hacia estas últimas.

¿Quién tiene la responsabilidad de crear la imagen que se desea transmitir de la Costa Caribe nicaragüense, esa imagen que los costeños deseamos? Desde mi perspectiva la imagen no se puede crear únicamente desde la costa, la responsabilidad es de todos. Del Gobierno Central adoptando una posición real, sincera y comprometida con el proceso autonómico y la aplicación de las leyes que del mismo se derivan, de las instituciones del Estado cumpliendo de manera eficiente con sus deberes en beneficio de los habitantes del Caribe, de los miembros de los Gobiernos Regionales cumpliendo fielmente el juramento que hacen al asumir sus cargos, de los alcaldes y sus concejales cumpliendo sus deberes y obligaciones con austeridad, eficiencia y entusiasmo, de la cooperación internacional apoyando proyectos que surgen de las propias comunidades y, por último, de los costeños asumiendo con responsabilidad la ciudadanía para participar activamente en la construcción, con hechos cotidianos que dispersos se van juntando, de la imagen deseada.

El reto es inmenso, tenemos la posibilidad y responsabilidad de crearla para difundirla por encima de la tragedia.

Ronald Hill Álvarez
La Colina
Nueva Guinea, RAAS. Nicaragua.
Publicado en La Prensa el 4/02/06

viernes, 12 de noviembre de 2010

EL CALLEJON OLVIDADO

I

¡Pasajeros del vuelo 453 de American Airlines con destino a la ciudad de Miami, por favor pasar a chequeo en la sala de migración! ¡Se les recuerda llevar a mano su pasaporte y boleto de embarque! ¡Este es el primer llamado! Esa voz de mujer, oculta tras los altoparlantes, sosegadora de angustias, hace que Joseph Norton se levante, abandone los pensamientos nostálgicos y se dirija a una vida nueva, a la aventura esperada por años, al trabajo de navegante. Ha logrado su sueño de ser un ship out man.

Se encuentra solitario, sus familiares están reunidos en Bluefields, tan anhelantes como él. Minutos antes ha conversado con su madre por teléfono. Le ha dicho que siempre se encomiende a Dios, que estará en sus plegarias y que nunca olvide su gente, sus raíces y su historia. Por su parte, Benjamín, su padre, le ha dicho: “no te preocupes, cuidaré a tus hermanos menores y a tu madre, disfruta el trabajo, descubrirás el mundo, la vida es corta y pronto volveremos a estar juntos, no tienes nada de qué avergonzarte, debes ser fuerte y evitar problemas”. Al abordar el avión y acomodarse en la sección 24C su ansiedad disminuye. Está nervioso, es su primer vuelo. Al elevarse la aeronave, sus recuerdos retroceden en el tiempo, vuelan hacia su barrio y al callejón donde ha crecido.

— ¿Vas a llamarme por teléfono? —pregunta Ivy con lágrimas que transitan amargas por sus mejillas.
— ¡Sí, mi amor, no habrá un día en que deje de hacerlo! —responde Joseph al mismo instante que se levanta de la cama en busca de su ropa. La observa frágil, dolida por la despedida.
— ¡Prometo esperarte toda la vida si es necesario! ¡Nada ni nadie podrá evitar que te siga amando! ¡Mi amor es sólo tuyo y para siempre! —concluye Ivy mientras Joseph se acerca a ella, toma su mano y le pone un anillo de compromiso en el dedo anular izquierdo.
— ¡Mi amor, mi vida!, ¡siempre he esperado este momento! —dice Ivy y se aferra a él como una niña con el corazón palpitante de emoción, con la alegría que le brinda la confirmación del anillo. Lo conoce bien, desde que eran niños y jugaban por todos los rincones del callejón de Beholden. Está segura que cumplirá la promesa.

Joseph recuerda este momento con dolor por la separación de su novia, amiga y cómplice de penas y sueños. Regresan a su mente los primeros besos que a escondidas se dieron bajo el viejo cocotero plantado en una de las esquinas, testigo de su amor y de la vida tormentosa y desesperada que se filtra desvaneciéndose en el callejón. Su padre le ha dicho que de nada debe avergonzarse y esas palabras inhiben lo más profundo de su existencia.

Se encuentra en la entrada principal del callejón, entre la esquina que lleva a la casa de Stubbs y la calle en dirección a la iglesia San Martín. Aún no cumple los dieciséis años. Asiste a clases en el colegio de Breda Wine por la mañanas y por las tardes ejerce las funciones de enlace entre los asiduos visitantes y extraños que recurren en busca de lo prohibido. Todos lo conocen, es el que media entre la ansiedad y la felicidad, entre la realidad y la fantasía, es la conexión con el mercader de la droga: cocaína, crack y la yerba que exalta sonrisas y pensamientos profundos. Sin él nadie logra lo deseado. Conoce a todos y le es fiel a Zangó, el hombre, el rey del callejón, el mercader invisible.

— ¡Nunca te atrevas llevar a mi casa a una de esas almas en pena! —dice Zangó. Ni que se trate del presidente del consejo regional, ni el alcalde. Ninguna persona puede conocer mi casa.
— No te preocupes, ninguna persona cruzará el callejón en tu búsqueda —le asegura Joseph. Inquieto le pregunta: ¿cómo haces cuando te buscan por las mañanas, cuando estoy en clases?
— Eso no es asunto tuyo. Tu puesto está cubierto por otra persona que no conoces ni debe interesarte —responde el mercader mientras asoma la cabeza a través de la ventana que está contigua al andén principal del callejón.

Zangó es misterioso, cauteloso y desconfiado como una fiera herida. Por las mañanas, mientras Joseph acude a la escuela, Dorothy, una muchacha de quince años que estudia por las tardes, ocupa su puesto. Durante su turno de enlace pasa inadvertida pelando cocos secos con un machete corto y filoso, acomodada en un banco de madera bajo la sombra de un árbol de pera de agua. Ese es su señuelo, pelar cocos, así es identificada por los tránsfugas de la realidad, evasores de penas y por los que se prestan a adquirir el boleto a ello.

Ambos han sido reclutados a través de familiares cercanos necesitados de la misma mercancía y por la carencia del dinero en el hogar familiar. Son los tiempos en que el trabajo ha abandonado Bluefields y únicamente pueden adquirirlo los que se han involucrado en actividades políticas y partidistas. La chamba es escasa y acarrear maletas de turistas en los muelles o salir a pescar a la bahía no alcanza para las necesidades crecientes de las familias. Zangó, de manera cumplida le entrega semanalmente a Joseph un sobre con la suma de mil quinientos córdobas y nunca se le ha ocurrido ni interesado preguntar por la cantidad que recibe Dorothy.

Además del turno que ejercía por las tardes, Joseph se encargaba de la misión más importante asignada por Zangó. En la madrugada de todos los jueves, entre las tres y cuatro de la mañana, después que ha terminado la fiesta en Four Brothers y Sima Club, debe esperar en su puesto de enlace una camioneta Toyota Prado color blanco. A las tres de la mañana en punto, Zangó le entrega un maletín “samsonite” con llave de combinación y al detenerse la camioneta abre la puerta trasera, coloca el maletín al fondo, junto al respaldar del asiento, y retira un saco de bramante con veinte kilogramos de peso. Sin revisar el contenido y mirar la cara de los ocupantes camina de prisa por el callejón hasta la casa de Zangó y lo entrega. Horas antes, el mismo día de todas las semanas, una camioneta Toyota Hilux de color celeste con plomo y luces intermitentes, recorre el barrio ahuyentando a los transeúntes, despejando el camino para consumar la operación; igual al campesino que labra la tierra para luego plantar la semilla que deberá dar sus frutos.

Los fines de semana son los más alegres en la vida de la gente del callejón. Salen de compra, se dirigen al mercado y visitan las principales tiendas de abarrotes. Zangó comparte con sus vecinos una parte de las ganancias de su próspero negocio. Se han convertido en sus cómplices, servidores y guardianes. Es el líder del callejón, la autoridad real, el que dicta lo que debe hacerse y lo prohibido. Antes lo fue Kahló, Janté y Zambá. Todos ellos ocupantes del trono por sucesión, un reinado no mayor a los quince años, una herencia real ganada por la confianza depositada en ellos por los habitantes del callejón, pero consagrada por la mano y el rostro invisible del poder. Ninguno de ellos, reyes sin corona, ostentan su riqueza; todo lo contrario, viven en las penumbras, en la casa de madera y techo de zinc más vieja, la casa que desprende un olor a madera en estado de descomposición por la invasión de las termitas y el pasar de los años sin que sus inquilinos se percaten de ello. El mismo olor que Zangó desprende de su aliento, sudor y orina.

Joseph conoció desde niño las normas establecidas en el callejón. Sin cuestionarse ni preguntar el por qué de ese particular modo de vivir, aceptó con naturalidad el trabajo de enlace, un trabajo de prestigio que garantizaba la continuidad de la vida de ancianos abandonados, de mujeres con hijos sin padres a cargo, de jóvenes drogadictos ambulantes y de hombres maduros sin sueños, esperanzas ni anhelos. También comprendió porque la mercancía de Zangó era la de mejor calidad, garantía de su alta demanda y las razones por las que nunca escaseaba, aun cuando en los titulares de los principales periódicos nacionales y en las radios locales anunciaban grandes decomisos de droga a narcotraficantes en alta mar y quiebres de puestos de venta en otros barrios de la ciudad.

La última madrugada del jueves en su puesto de enlace, al estacionarse la camioneta y depositar el maletín, encontró el saco acostumbrado y una bolsa de papel con un contenido enrollado. Una voz desde la cabina le dijo: “haz lo de siempre, pero no entregues la bolsa a Zangó, quédate con ella y guarda su contenido en una cuenta bancaria a nombre de tu padre para que en tu ausencia cubra los gastos de la familia mientras te acomodas y puedas ayudarle”. Zangó le explico a Joseph esta generosa medida como producto del nivel de estima de los seres invisibles de la camioneta, por su constancia y fidelidad. También le dijo que debía hacer exactamente lo que indicaban, luego de tomar una parte para emprender su viaje. Fue con su padre al banco e hizo la apertura de una cuenta de ahorro por la suma de tres mil dólares.

Nunca probó la droga, ninguna de las extremas, a excepción de un puro de marihuana ocasionalmente. Sus sueños no se lo permitían. Deseaba salir del callejón, dejar esa viciada vida, ver otro mundo. La oportunidad le llegó luego de hacer los trámites en la agencia de reclutamiento de marinos ubicada en su mismo barrio, después de concluir sus estudios de bachillerato. De unos trescientos aspirantes para ser ship out man, fue uno de los cinco elegidos y ahora que volaba hacia Miami en busca de sus sueños, nostálgico por su barrio, por el amor de Ivy y el mismo callejón, se preguntaba si las manos y rostros invisibles de la camioneta de los jueves habían intervenido en su favor.

Sus recuerdos se desvanecieron al escuchar el anuncio de la llegada del vuelo al aeropuerto internacional de Miami. Al salir de aduanas un empleado de la empresa naviera que lo empleaba sostenía una hoja impresa con su nombre: Joseph Norton. Se sintió libre, importante, comprendió que su vida cambiaria para siempre.

II

La empresa Majestic Sea le brindó la oportunidad esperada. Inicialmente tuvo que pasar un curso a bordo de un crucero para especializarse como asistente de camarotes. El dominio del inglés y del español fue una ventaja que supo aprovechar para ganarse el puesto y la confianza de su jefe inmediato. Después de quince días en alta mar firmó su primer contrato por un año con la posibilidad de renovarlo. Una vez firmado llamó entusiasmado a Ivy dándole la noticia y preguntando sobre su familia. Su sueldo básico mensual era de mil quinientos dólares, sin incluir las propinas generosas que los turistas entregan voluntariamente a los empleados que por su esmero se las merecen. En sus viajes como asistente de camarote tenía garantiza la alimentación, el vestuario y una buena cama donde descansar. Ese ambiente limpio y reluciente, con olor a nuevo y ordenado, le parecía un espejismo cuando los recuerdos del callejón regresaban a él.

Siempre fue amistoso con sus compañeros, lo que le permitió ganarse el cariño y respeto de ellos. Estaba a cargo de varios camarotes y suites. En su labor se esforzó al máximo, asegurándose que estuviera siempre en orden, garantizando a los turistas unas vacaciones placenteras. Cambiaba la ropa de cama y limpiaba totalmente las habitaciones y, al concluir su labor, antes de cerrar la puerta, revisaba cada rincón del camarote dos o tres veces. No descuidaba ningún detalle. Si un huésped usaba espejo de mano, lo limpiaba. Si encontraba abierta una computadora portátil, le quitaba el polvo. Esos detalles lo hacían merecedor de jugosas propinas y el primer mes de trabajo logró juntar setecientos dólares.

Además del salario y las propinas, lo que más le gustaba a Joseph del trabajo en el crucero eran los viajes. En su primer año conoció las Bermudas, Cozumel, Gran Caimán, Puerto Rico, República Dominicana, Panamá y varias islas de las antillas menores. En cada uno de estos destinos aprovechaba para salir junto con sus compañeros de trabajo y llamaba a Ivy para contarle las maravillas de esos mundos y recordarle su promesa de amor. Ivy, por su parte, le comentaba la situación de su casa, del barrio y el callejón, así como la confirmación de la transferencia mensual de trescientos dólares que hacia a su nombre para entregárselos a su padre.

Al concluir el primer año como asistente de camarotes en la naviera Majestic Sea le comunicaron que debía tomar un mes de vacaciones y le extendieron el contrato por tres años renovables. Al regresar a Fort Lauderdale, proveniente de Martinica para tomar sus vacaciones, el boleto de regreso a Bluefields lo esperaba.

III

Ivy fue a su encuentro en el aeropuerto que cambia de nombre según el partido político que ostenta el poder: para los de derecha Las Mercedes y para los cristianos, socialistas y solidarios, Augusto Cesar Sandino. Desde que lo vio a través de los ventanales de vidrio se dio cuenta de lo mucho que había cambiado. Vestía con pantalones jeans color azul, camiseta de cuello color celeste, tenis blanco marca Adidas, chaqueta de cuero color café y sobre su pecho colgaba una gruesa cadena de oro. El cabello lo llevaba bien corto y en su cara sobresalía un exuberante bigote que terminaba afinado en las comisuras labiales. Su cuerpo había cambiado, lo notaba robusto, con varias libras de peso de más y esa nueva apariencia hacia palpitar de entusiasmo su enamorado corazón.

Al salir con sus maletas (tres, más su bolso de mano), Ivy corrió a sus brazos. Se abrazaron, se besaron, dejaban de hacerlo, se miraban a los ojos y volvían a besarse como dos locos enamorados mientras robaban las miradas de otros que esperaban a sus seres queridos sin atreverse a demostrar su amor y cariño como ellos. Tomaron un taxi y se hospedaron en el hotel Camino Real por su cercanía al aeropuerto para partir en el primer vuelo del siguiente día hacia Bluefields.

Se alojaron en la mejor habitación. Al entrar, los besos no cesaron, las caricias, los deseos retenidos y la pasión desbocada, explotaron como un volcán en erupciones múltiples hasta que los cuerpos, vencidos por el agotamiento placentero, dejaron las huellas de su amor en el amplio sofá que amueblaba el ambiente y en las sábanas blancas de la cama king size. Renovados de espíritu salieron al restaurante donde cenaron como enamorados en su primera cita.

— Veo que aún llevas el anillo que te entregué hace más de un año —dice Joseph al acariciar su mano.
— Nunca me lo he quitado. Ha sido mi compañero fiel desde que te fuiste, testigo de mi soledad y confort del recuerdo de tu amor —respondió Ivy acariciándole las mejillas, sintiéndolas rellenas y un poco más abultadas.
— Prepárate, es tiempo que uses uno nuevo, uno definitivo, el que llevaras el resto de tu vida —dice Joseph mientras le muestra dos anillos de oro, anillos de compromiso con sus nombres gravados.
— ¡Joseph, no te entiendo!, ¿qué estas pensando? —pregunta Ivy mirando los anillos.
— Mi amor, nos vamos a casar. Quiero que seas la mujer que me acompañe de por vida, quiero que me des hijos, quiero una nueva vida y solamente con vos la podré alcanzar —responde besando sus labios.
— Pero así, de pronto. Tenemos que planear bien el matrimonio —dice Ivy, aún incrédula y llena de emoción.
— No te preocupes, todo está arreglado. Desde hace quince días hable con Breda Wine por teléfono para que en su iglesia nos casemos. Él ya lo sabe y nos casamos dentro de cinco días.
— ¡Pero Joseph, hay que hacer otros preparativos! No tengo traje de novia, tenemos que invitar a nuestros amigos y familiares —agrega Ivy.
— Todo está arreglado. Traigo tu traje de novia y las tarjetas para los invitados, espero que solamente sean familiares y ciertos amigos.
— ¿Por qué no me lo dijiste por teléfono? —cuestiona Ivy.
— Debes preaparte desde ahora para nuevas sorpresas. Espero sean muchas en nuestra futura vida —dice Joseph con una confianza que rebasaba los límites de la temeridad.

IV

De regreso en Bluefields, Joseph anuncia el matrimonio a su familia y a la de Ivy. Ambas lo celebran con alegría y señal de un mejor porvenir. Visita a Breda Wine y le entrega quinientos dólares para que se encargue de los preparativos de la iglesia. Camina hacia la casa de Zangó y un joven de unos dieciocho años se interpone en su camino. Es el nuevo enlace hacia el rey del callejón. Luego de explicarle sus motivos y al regresar con el visto bueno de Zangó, entra a la vieja casa donde lo espera acostado en una hamaca que cuelga en la sala.

— Has regresado. Como te veo, parece que te ha ido muy bien —dice el rey sin invitarlo a tomar asiento porque no existen, mientras se inclina empujando sus piernas sobre la hamaca.
— ¿Quién es el que ha ocupado mi lugar? —dice Joseph con cierto aire de celos mientras introduce su mano en el bolsillo derecho del pantalón para sacar dinero y dárselo a Zangó.
— No quiero ningún regalo de tu parte. No me debes nada. Al contrario, siempre estaré agradecido por tus servicios de enlace, el mejor que he tenido en estos últimos años. El nuevo enlace se llama Roger y te ha reemplazado desde que te fuiste.
— ¿Y Dorothy?, ¿aún esta a tus servicios? —pregunta Joseph mientras se sienta en el soporte inferior de la ventana de madera que da al callejón.
— Siempre. A ella le he confiado la espera de la camioneta Toyota Prado de los jueves —responde Zangó mientras se levanta de la hamaca. —Es una chavala seria y muy responsable —agrega.
— ¿Y como está el negocio?
— Mucho mejor. La situación ha mejorado. Tengo nueva clientela, las visitas son mas frecuentes. Hay mucha gente refinada que busca la cocaína, gente de las altas esferas sociales de Bluefields. El crack lo consumen los que ya no encuentran el placer del polvo, esos que puedes ver por las calles en estado lamentable, vagabundos que hacen cualquier cosa por drogarse.
— ¿Y vos?, ¿cuenta cómo te ha ido? —pregunta Zangó.

Joseph le explica con entusiasmo el tipo de trabajo que realiza, los lugares que ha conocido, las amistades que ha hecho, la cantidad de dinero que ha ganado en el transcurso del año y su continuidad por la renovación del contrato. Zangó ha regresado a la hamaca y lo escucha atento sin perderse ningún detalle.

— Eso me llena de alegría, se nota en tu rostro lo contento que estás, siempre supe que lo lograrías —dice Zangó cuando Joseph concluye.
— Me casare con Ivy el domingo, he venido a invitarte a la boda. Quiero que asistas.
— Joseph, querido Joseph, sabes muy bien que no podré asistir, mi vida no me lo permite, no puedo frecuentar ni siquiera la iglesia —dice Zangó con cierta pesadez en sus palabras, con un destello de dolor que sale de la profundidad de su ser.
— Pero puedes asistir a la boda civil. Se realizará en casa de Ivy el día jueves —insiste Joseph.
— Lo siento mucho, no podré. Recuerda que es el día del intercambio y debo preparar cuentas. Te deseo la mayor felicidad de este mundo desquiciado. Ivy siempre ha sido una buena muchacha y estoy seguro que serán felices. Ven, acércate, déjame darte un abrazo.

Joseph se acerca. Zangó se levanta de la hamaca y ambos se aferran en un abrazo fuerte y profundo. Es un abrazo de hermanos, del maestro con el aprendiz, del pasado con el futuro. El abrazo del rey en su calabozo y del súbdito libre, liberado de esa vida del callejón que se desvanece, que se erosiona con el paso del tiempo sin dejar huellas. Ese abrazo para Joseph duró una eternidad y el tiempo que permaneció aferrado a Zangó volvió a vivir su pasado, reconoció las caras que buscaban la droga, el ruido de la camioneta de luces intermitentes, el maletín de los jueves y las vidas desperdiciadas de los habitantes del callejón, de los niños, jóvenes, mujeres y de los ancianos. Se sintió lleno de culpa.

— Siempre he tenido la necesidad de saber, siempre me he preguntado si alguien intervino para que se me diera la oportunidad de irme embarcado —dice Joseph mirándolo fijamente a los ojos.
— Lo que está para vos nadie podrá quitarlo de tu camino. Todas las cosas que nos suceden tienen un fin, un propósito y el tuyo ya está definido —dice Zangó con un cierto aire filosófico.
— ¡Contesta mi pregunta! —insiste Joseph.
— El tiempo te dará la respuesta, él se encarga de aclararnos el camino y la mente. No te precipites, disfruta tu nueva vida, ama a Ivy, cría a tus hijos, edúcalos y sácalos de este maldito callejón. Ahora vete, visita a tus amigos, disfruta tu estadía en Bluefields —concluye Zangó.
— Volveré a visitarte, antes que regrese al trabajo —agrega Joseph al despedirse.
— No lo hagas, no debes exponerte más. Es por nuestro bien. Te deseo lo mejor —dice Zangó al verlo bajar las gradas de la casa.

Al caminar por el callejón Joseph medita. Aún siente el abrazo que le dio Zangó y un ardor en el pecho. Su cuerpo está impregnado de su olor. No comprende lo que le dijo, no termina de entenderlo, sus dudas han aumentado. De lo que sí está claro es que debe salir del callejón, abandonar definitivamente el lugar que lo vio nacer, el lugar donde sus ancestros y su familia ha vivido de por vida. Los olores pesados que inhala, la suciedad a su alrededor, los cuerpos drogados tirados en los corredores, los niños que corren desnudos y descalzos, los viejos que languidecen esperando la gracia divina para llevarlos a una vida mejor; son imágenes que se contraponen en espejos de realidades paralelas, entre su vida del callejón y la de olores fragantes, la higiene, lo reluciente, lo ordenado, las sonrisas de satisfacción y la fantasía que se vive en el crucero y los hoteles de descanso donde espera una nueva travesía por el majestuoso caribe.

V

El día domingo, a las nueve y treinta de la mañana, Joseph está listo en su casa, viste de traje con chaleco y corbata adornada por lunares blancos. Aparenta mayor edad. Por su parte, Ivy luce espléndida, reluciente y bella con el vestido de bodas que resalta sus mejores cualidades. Él aún no la ha visto vestida de novia. Joseph se dirige hacia la iglesia con su madrina. Ha escogido certeramente a Dorothy y nadie ha cuestionado su decisión. Al llegar a la iglesia es recibido por los invitados, principalmente familiares y amigos de ambos.

Luego de los saludos, caminan hacia el altar donde Breda Wine los espera sonriente con su traje de ceremonia, aparenta tener la conciencia y alma limpia. Ha realizado los preparativos de la boda con un esmero nunca antes visto. La iglesia se encuentra adornada con cortinas nuevas, flores silvestres y ha dado retoques de pintura color pastel a los cuatro costados de su templo. De pie, frente al altar, Joseph se acomoda al lado izquierdo de Dorothy y, tras una espera de diez minutos, se escucha la marcha triunfal de Mendelssohn que anuncia la llegada de Ivy. La comitiva adquiere la forma de un desfile que marcha al ritmo de la música, encabezado por las damas de honor y seguidas por Ivy que lleva sostenido con ambas manos el ramo de flores, mientras su padre sostiene con su mano izquierda su brazo derecho y al caminar ella lleva medio paso adelante. Los pasos de ambos son cortos y juntan los pies tras cada avance hacia el altar.

Todas las miradas se concentran en Ivy quien luce bella, hermosa, radiante de alegría y determinación. Joseph desde el altar la admira, nunca antes la había visto tan bella como en esta ocasión en que sellaran su amor para siempre. Al llegar al altar, el padre de Ivy toma su mano y se la entrega a Joseph quien se encuentra maravillado al verla tan reluciente y le dice: “te entregó a mi hija, luz de mis ojos, corazón de mi corazón y confío en que sabrás honrarla y amarla por siempre”.

Luego que los padrinos se acomodan a ambos lados de los novios, Breda Wine inicia la ceremonia dando la bienvenida. Como bien sabe hacerlo, dirige palabras alentadoras que relajan el ambiente tenso por el que pasan los novios. Procede a la liturgia del evangelio, lee a Tobías 8, 5 - 10 del viejo testamento y luego pasa a la homilía haciéndola bastante informal, aleccionando a los novios sobre el significado del matrimonio. En el interrogatorio ambos asienten, han decidido contraer matrimonio de forma libre, con la voluntad de guardarse fidelidad y cumplir con las distintas obligaciones matrimoniales. Luego procede a desarrollar el consentimiento con la participación de los novios:

— Ivy, ¿quieres ser mi mujer? —pregunta Joseph.
— Sí, quiero, Joseph —responde Ivy.
— Joseph, ¿quieres ser mi marido? —pregunta Ivy.
— Sí, quiero, Ivy — dice Joseph.
— Ivy, yo te recibo como esposa y prometo amarte fielmente durante toda mi vida, todos los días y todas las noches —dice Joseph con emoción.
— Joseph, yo te recibo como esposo y prometo amarte fielmente el resto de mi vida, en los momentos de felicidad y angustias, en la salud y enfermedad, hasta el último de mis días —concluye Ivy con lágrimas de felicidad en sus ojos.

Sellan su compromiso con los anillos y, al ser declarados marido y mujer, se abrazan como la primera vez y besan ansiosos, con un beso que concluye por los extensos aplausos de los participantes en la ceremonia. Al voltearse hacia los invitados, Joseph observa hacia la entrada principal de la iglesia y descubre la camioneta Toyota Prado de los jueves que sale deprisa del parqueo. No le presta mucha atención debido a los saludos, abrazos y deseos de felicidad para ambos por parte de los presentes. Está inquieto pero no permite que esa visión perturbe el momento de felicidad.

La fiesta de la boda se realiza en el segundo piso del hotel South Atlantic numero dos y termina hasta muy entrada la noche. Antes de finalizar la fiesta los novios se trasladan hacia el hotel Oasis donde han decidido pasar tres días con sus noches disfrutando su luna de miel. Al concluir, los invitados quedan satisfechos y recordarán el acontecimiento como uno de los mejores de los últimos años en la ciudad por la exquisitez de la comida, el ambiente bien decorado, la música variada y la felicidad de Ivy y Joseph.

VI

Acude nuevamente a su trabajo de asistente de camarotes. Previo al viaje ha convencido a Ivy que deben abandonar la vida del callejón. Para ello acuerdan buscar un terreno para iniciar la construcción de su casa. Viaja nuevamente a Miami, ahora más confiado que antes y con la determinación de ahorrar para rehacer su vida. Sus recuerdos y nostalgias se concentran en Ivy. Recuerda su luna de miel, revive los tres días de amor y placer compartidos sin inhibiciones, similar a un río que se esparce inundando con su torrente desconsiderado lo que encuentra en su curso.

Al llegar a Miami se dirige en otro vuelo a Fort Lauderdale para zarpar al siguiente día en el mismo barco hacia las Bahamas por cuatro días. Desempeña su labor con mayores ánimos y diario se comunica con Ivy. Al concluir el crucero le informan que a partir de ese momento ha sido asignado a una nueva ruta de viajes y promovido al cargo de supervisor de asistentes de camarotes con un salario mensual de cinco mil doscientos dólares. La vida le ha jugado una buena pasada y recuerda con claridad lo que Zangó le dijo aquella mañana, acostado en la hamaca, cuando lo visitó en su casa del callejón.

Viaja a Hawai. Se embarca en el Rhapsody of the Seas de la empresa de cruceros Royal Caribbean con capacidad de dos mil cuatrocientos pasajeros, doscientos setenta y nueve metros de eslora y velocidad de crucero de veintidós nudos. Un barco lujoso que hace la travesía por las islas de Hawai y culmina en Vancouver, Columbia Británica. Con frecuencia mensual deposita cuatro mil dólares en una cuenta bancaria a su nombre y transfiere siempre trescientos a su padre y el resto a Ivy a través de Western Union. Ivy en una de sus conversaciones telefónicas le comenta que tiene tres meses de embarazo. Joseph se siente el hombre más feliz de la embarcación, lo comunica a sus amigos, compañeros, a su jefe inmediato y celebran sin freno al llegar a Vancouver. Joseph insiste ahora más que antes en abandonar el callejón mientras Ivy le dice que ha buscado diversos terrenos en Bluefields y que en su próximo regreso tendrá que decidirse por uno para construir la casa deseada por ambos.

Durante un año continuo se desempeña en el puesto haciendo el mismo recorrido. Al término del periodo regresa a Bluefields con la ilusión de cargar en sus brazos a su hijo. Un día después de pasar en el barrio, en el callejón, visita diversos terrenos que se ofertan y decide comprar uno en el barrio Loma Fresca, un sitio alejado del centro de la ciudad y de su barrio, en el que se han construido casas modernas, pequeñas mansiones con arquitectura nunca antes vista en Bluefields.

Discute con Ivy porque ha tomado la decisión de salir lo antes posible del callejón. No quiere que su hijo, a quien ha nombrado Samuel, siga en la casa de sus padres. Los siguientes días se hospedan en un hotel, hace los trámites legales para la compra del terreno y busca una vivienda en alquiler para que Ivy y su hijo se trasladen a vivir en ella tras su ausencia. Los padres de ambos resienten la decisión tomada pero al final aceptan los argumentos de Joseph: quiere una nueva vida para su mujer y su hijo. En una visita a Zangó lo felicita y le augura un esplendido porvenir.

VII

Con el paso de los años Joseph continúa embarcado y regresa cada año a Bluefields en sus vacaciones. Cinco años después de haber comprado el terreno en Loma Fresca concluye su casa soñada. Los planos y su diseño se los hizo un arquitecto que conoció en uno de sus viajes y que lo acompaño a Bluefields para inspeccionar el terreno de una manzana. La casa es majestuosa. Es de dos pisos con una fachada parecida a la de la Casa Blanca. En el primer piso tiene un área de recepción, una amplia sala amueblada con todo lo necesario y moderno, una sala con una mesa de billar, a un lado una terraza con un moderno horno para hacer asados, dos baños de lujo y una espléndida cocina. En el piso de arriba seis habitaciones cuentan con aire acondicionado, baños privados con ducha caliente, camas king size, televisores de plasma de treinta y dos pulgadas y en el centro de ellas una amplia sala de estar con un bar exquisitamente surtido. Un pozo artesiano abastece de agua que almacena en dos tanques de cinco mil galones cada uno.

Luego de veinticinco años como jefe de camareros en los cruceros de Royal Caribbean, decide retirarse. Ivy no ha podido darle más hijos. Samuel estudia ingeniería en la Universidad Católica de Managua. En el garaje de su casa hay tres vehículos parqueados. Un Toyota Corolla que utiliza Ivy, una camioneta Mercedes Benz de color blanco cubierta totalmente y una camioneta Ford Explorer que Joseph utiliza en sus salidas por las calles de Bluefields.

Zangó ha transferido el trono. Su reinado ha concluido. Ahora el rey del callejón es Kachá y su enlace de los jueves sigue siendo Dorothy, la madrina de matrimonio de Joseph. Uno de esos jueves de transacción, la camioneta en que debe depositar el maletín y retirar el saco de bramante ha cambiado. Dorothy lo sabe, Kachá se lo ha dicho. Luego de circular la camioneta color celeste con plomo y luces intermitentes ahuyentando a los trasnochados, una camioneta Mercedes Benz color blanco se estaciona, Dorothy deposita el maletín y retira el saco, su peso ha aumentado, ahora es de treinta kilogramos. Escucha una voz en la cabina que la saluda. Su rostro cambia de semblante, deja de estar nerviosa y se siente segura, en confianza porque reconoce la voz, sabe quién es el nuevo suplidor de la mercancía.

Mientras Zangó ha desaparecido del callejón y Joseph ha realizado sus sueños, la vida del callejón se esfuma, se disipa al igual que el humo del crack o la cocaína inhalada mientras el futuro de los niños y los jóvenes es cada vez mas incierto, sin que nadie cuestione y actúe para erradicar el mal deseado por muchos que viven a expensas de generaciones que se pierden en la marginación, la pobreza y las drogas.

Ronald Hill A.
La Colina
hillron@hotmail.com
Miércoles, 10 de noviembre de 2010
Nueva Guinea, RAAS.