lunes, 2 de diciembre de 2019

TUYO HASTA LA MUERTE



Dos hombres están de pie sobre una balsa flotante, hecha de barriles unidos por palets de madera, que está amarrada a un muelle. El de la izquierda es White Bush y el de la derecha Gustavo Cadenas. Los dos usan pantalones flojos, anchos de piernas y de paletones. Cadenas usa la camisa por dentro con sus mangas enrolladas mientras que White Bush la lleva suelta.

Detrás de ellos está el barco llamado Vaisson del cual son marineros. White Bush se sostiene del grueso mecate que amarra la popa del barco al muelle mientras que Gustavo tiene en su mano izquierda una cámara fotográfica. Del barco se nota la barandilla de popa, una escalera que lleva a la cubierta y tres grandes ventiladores. El nivel de flotación está alto lo que indica que el barco no está cargado.

A la izquierda, más allá del Vaisson, aparece una plataforma con una estructura de lo que parece ser una grúa. Frente a ellos, la grama de playa está crecida en el muelle donde se notan palets de madera y barriles. Al fondo, más allá de los barriles, se observan borrosos varios mástiles.

¿Por qué están en la balsa? Tal vez acababan de terminar alguna tarea como pintar o piquetear el casco del barco. Quizás bajaron al muelle para visitar el puerto y le pidieron a alguien que les tomara la foto en esa posición para que saliera el barco en segundo plano.

¿En qué muelle fue tomada la foto? Parece el muelle de El Bluff pero en el puerto nunca existió una grúa de carga como la que aparece en la foto, por lo que es más seguro que fue tomada en otro lugar, en otro país.

Basta ya de especulaciones porque allí están ellos, White Bush y Gustavo Cadenas, cuando eran jóvenes, cuando eran marinos del Vaisson y ambos casados con dos hermanas, White Bush con Ofelia, mi mamá, y Gustavo Cadenas con Magdalena, mi tía.

En el reverso hay una dedicatoria escrita en posición vertical:

“Para
Ofelia.
Tuyo hasta
la muerte.
Besos
de su
esposo
White”.
 16/5/55.

Y cumplió. Cumplió su promesa porque la siguió amando aún después de la muerte. Cada día, cada semana, cada mes y cada año del aniversario de su muerte, la lloraba como un niño desesperado. “Mi vieja, mi vieja, cuanta falta me haces, mi amor, llévame, llévame que quiero estar con vos”, decía con lágrimas corriendo por sus mejillas como las que corren en este instante por las mías…



viernes, 22 de noviembre de 2019

UN PARAGUAS COLORIDO



A lo lejos, en dirección hacia el oriente, se escuchaba el avance de la lluvia entre la copa de los árboles y, a los lados, la tierra barrosa permanecía húmeda. El aroma de fertilidad se infiltraba en el piso embaldosado, entre los pilares de madera rolliza y las mesas hechas con discos de troncos, mezclándose con el de la carne que se asaba al lado del bar. Episcias florecidas caían de maceteras adheridas en lo alto de los pilares y, en sus bases, cipreses y robelianas daban la bienvenida a los visitantes, difuminando el color gris de la carretera que brillaba frente al salón.
 
El sonido de la lluvia sobre el techo de zinc creció en intensidad hasta transformarse en un diiish ensordecedor. Un bus que viajaba en dirección hacia Managua, con el vidrio rotulado “Expreso de Bluefields”, se parqueó frente al comedor chorreando agua. Los pasajeros bajaron de prisa, tapaban sus cabezas con las manos corriendo hacía el salón y, al estar en resguardo de la lluvia, sacudían sus cuerpos.

Una mujer joven, morena, que cargaba un bolso de viaje y se cubría con un paraguas colorido, fue la última en entrar. Se detuvo en una de las mesas, cerró el paraguas, lo acomodó al lado del bolso, se sentó de frente al salón y observó el entorno. Los pasajeros se dispersaron entre la zona del bar y la cocina, los mostradores de comida, el asador de carnes y los servicios sanitarios.

Tomó el teléfono para hacer una llamada. Se levantó y caminó en los alrededores de la mesa, sin ir más allá del sitio que ocupaba. Sus ojos eran color café claros. El cabello negro lo llevaba en trenzas que caían en sus hombros imperiosos, cubiertas por una boina amarilla. No era alta, pero la lycra negra que llevaba puesta resaltaba su figura de reloj de arena: abdomen reducido, cadera vasta, nalgas circulares y piernas rollizas propias de una veinteañera. Bajo una camiseta color mamón, sus pechos serpenteaban al ritmo de los pasos que daba. Se movía con inquietud entre las mesas cercanas, como si no concretizaba una llamada urgente.

Los pasajeros comenzaron a tomar su desayuno. La lluvia cedió en su ímpetu, las gotas caían suavemente. Se mezclaron los sonidos —tenedores y cuchillos tocando platos, el motor encendido del bus estacionado, la música de los televisores y el murmullo de los comensales— con el aroma de los alimentos y la tierra húmeda. En ese ambiente, la joven morena caminó hacia la barra del bar, conversó con una mesera y regresó siempre con el teléfono pegado a su oído, escuchando y volviendo a marcar.

—    Su café —dijo la mesera al ponerlo en la mesa.
—    Gracias —respondió la morena —. No puedo conectar una llamada —agregó.
—    La señal es mala, debe salir a la orilla de la carretera —sugirió la mesera.
—    ¡Oh, gracias! Me urge comunicarme.

La mesera regresó al lado de la barra y la morena tomó su bolso de viaje, caminó hacia la carretera y abrió el paraguas. Los otros pasajeros comenzaron a abordar el bus para seguir el viaje hacia Managua luego de veinte minutos, el tiempo que tardaba la parada en el comedor. La morena sobresalía entre la gente que entraba de prisa al bus, conversando por teléfono, con el bolso a sus pies, el teléfono en una mano y el paraguas abierto en la otra. Un hombre se acercó a ella. Intercambiaron palabras pero seguía con la llamada al teléfono. El hombre subió de prisa, la puerta se cerró, el motor aceleró y de un arrancón el bus continuó en su recorrido.

La mujer terminó la llamada y quedó solitaria en la carretera. El verdor de los arbustos detrás de ella se notaba con intensidad. Regresó a la mesa del comedor donde había dejado el café. La lluvia había cesado y el salón del comedor ahora estaba solitario, en silencio. La mesera se acercó a la mesa.

—    ¿La dejó el bus?
—    Tuve una emergencia —dijo—. Esperare el próximo —agregó con una sonrisa en el rostro.
—    ¿El de Bluefields o de Managua?
—    El de Bluefields.
—    No tarda, ya debe estar por llegar. ¿Necesita algo más?
—    No, gracias. Sos muy amable y guapa —dijo la mujer morena y ambas sonrieron.

Tomaba su café con calma pero con la atención puesta en la carretera. El sol comenzaba a salir entre las nubes grises, la humedad del suelo se vaporizaba y el ambiente entraba en calor. Del lado de la cocina se escuchaba que lavaban platos y cubiertos mientras en el salón las meseras limpiaban mesas, sacudían sillas y barrían el piso embaldosado. En el asador volvían a poner carnes y los exhibidores eran rellenados de los distintos alimentos que ofrecían.

El teléfono de la mujer sonó con intensidad. Contestó la llamada de inmediato y corrió hacia el lado de la carretera haciendo movimientos con sus manos. Un bus se estacionó al lado del comedor. Los pasajeros comenzaron a bajar y ella los miraba atenta. Entre ellos una mujer salió corriendo hacia ella, se abrazaron y besaron.

Regresaron a la mesa tomadas de la mano. La amiga de la morena, una mujer de pelo liso, vestida de falda y blusa blanca, cargaba una mochila y se notaba sonriente. La morena se dirigió hacia la barra del bar. Habló con la mesera y, al regresar a la mesa, le acarició los hombros. La mujer del cabello liso respondió a la caricia con un rápido movimiento de cuello que puso en contacto sus mejillas con las manos. Sentadas se observaban con un brillo intenso de sus ojos.

El ambiente del salón se volvió eufórico con el caminar y las voces de los pasajeros, los que después de veinte minutos, volvieron al bus que continuó en su ruta hacia Managua. Después que partió, un taxi se estacionó en el parqueo.

—    Ese es su taxi —dijo la mesera dirigiéndose a la mujer morena.
—    Gracias, sos un amor —respondió.

La morena del paraguas colorido y su amiga lo abordaron, giró en dirección hacia algún lugar de la ciudad de Nueva Guinea y el silencio se apoderó por unos instantes del comedor.

19 de noviembre.
Managua, Nicaragua.
Foto: Internet.


lunes, 11 de noviembre de 2019

EL FANTASMA TIENE COMPAÑÍA



Ayer vi a Julio, también lo vi hace ocho meses y hace un año. La amistad entre nosotros se ha forjado con el tiempo a través de su arte, siempre lo he buscado para que repare o construya muebles de madera que se han necesitado en mi casa a lo largo de los años.

Hace un año, después de cotizar el valor de un mueble de cocina con sus gavetas y armarios con varios carpinteros, Julio me hizo la mejor oferta y nos arreglamos. Julio siempre ha sido conversador, en esa ocasión, dijo que antes, cuando promovía el béisbol infantil, todo mundo lo buscaba y visitaba. Ahora son pocos los que se acuerdan de uno, dijo y noté que renqueaba de su pie izquierdo. Es el azúcar, respondió cuando le pregunté. Cuídate, le dije y dijo que sí, que se cuidaba pero hermano vieras lo difícil que es estar alimentándose a base de verduritas, cosas simples, poca sal, poco dulce, uno no se aguanta las ganas de comer lo que más le gusta. Me mostró la pierna y la vi de reojo, un golpe que se transformó en una llaga y luego en un dolor de cabeza permanente para Julio.

Con él anduve en el jeep dando a hacer las piezas de vidrio para el mueble en una vidriería. Noté que renqueaba cada vez más y que era poco el tiempo en que se podía mantener de pie. Cuando terminó de construir el mueble mandó a su hijo a instalarlo y el chavalo me dijo que su papá se sentía mal por lo del pie.

Hace ocho meses me di cuenta que a Julio le habían amputado la pierna. La llaga, el azúcar, me dije y lo visité. Estaba sentado en una silla en el corredor de su casa, viendo hacia la calle, hacia el extremo oriental de lo que fue la antigua pista de aterrizaje de Nueva Guinea. Julio estaba allí sin una pierna, sin su pierna izquierda, incompleto, casi postrado pero al verme sonrió, su cara se iluminó y me ofreció un asiento. Aquí estoy, ya no aguantaba ese dolor de todos los días, dijo.

Lo llevaron al hospital a una curación de la llaga pero ya no se podía, estaba en estado de descomposición, con gangrena. Lo trasladaron al hospital de Juigalpa y de allí salió sin una pierna, era necesaria la amputación porque si no perdería la vida. Mientras estuvo hospitalizado, se organizó un hablatón en Radio Manantial para apoyarlo. La gente de Nueva Guinea, siempre solidaria, aportó 15,000 córdobas para su recuperación.

Hasta los niños llegaban a dejar monedas, dijo Julio sonriente. Tenés que cuidarte más que antes, le dije y traté de animarlo.

Por unos instantes me puse en su lugar y me di cuenta de lo doloroso, física y emocionalmente, que es dejar de tener una pierna, una pierna que te ha apoyado todos los días de tu vida y que de pronto deja de estar allí, deja de apoyarte pero la seguís sintiendo en su lugar, sentís picazón, seguís sintiendo dolor, está presente como un fantasma que siempre llega a visitarte. Me di cuenta que Julio, a pesar de su sonrisa, tenía una gran angustia y desesperación.

Tenés que ponerte una prótesis, tenés que volver a caminar, no te desanimes Julio, le dije, pero Julio me miraba sonriente como si estuviera pensando: “sí hermano, todos me dicen lo mismo, no quisiera verte en mi lugar, estarías llorando de rabia por lo sucedido, sin poder salir a la calle como lo hacías todos los días, sin poder barrer la acera, sin poder cepillar una tabla, sin poder sacar a los perros ni a cagar, y me das consejos, si supieras cómo es esto que me está pasando, estoy desbaratado, ya no soy el mismo, ahora dependo de otros hasta para poder levantarme de la cama, para ponerme el pantalón, esos a los que les he cortado la pierna izquierda como a mí me lo hicieron, estoy jodido, antes, hace mucho tiempo, corría de home a primera en segundos, sí, es cierto, pero con el paso de los años apenas trotaba porque te vas haciendo viejo, el cuerpo te abandona, y de aquí al mercado me llevaba un mundo para llegar y regresar, saludando al que me encontraba en la calle”.

Aquí estoy, así me vas encontrar en este corredor viendo a los que pasan para saludarlos sin poder trabajar, ahora es mi hijo el que mira el taller, ya sabes, cualquier cosa que necesites nos buscas. Por supuesto, claro que si Julio, pero busca la prótesis, en estos tiempos es menos complicado conseguir una, le dije al despedirme.

Ayer vi a Julio y me sorprendió. Llegué a cancelarle un par me muebles de cocina que me hicieron en su taller y, al entrar lo vi de pie, lijando una tabla. Vi, siempre de reojo, su pierna izquierda y calzaba tenis. Su rostro me pareció más joven, lo vi más corpulento, con su estado de ánimo de siempre, hablador, risueño. Hace unos cinco meses la hice de madera con mis propias manos, solamente el cuchumbo, donde engarza en el muñón es de fibra de vidrio, dijo con orgullo.

Julio es un campeón, me dije y lo imaginé haciendo su pierna de palo, de madera, tomándose las medidas, ideándola, buscando cómo, haciendo pruebas, cometiendo errores hasta tenerla lista y ponérsela, probarla, ajustándola, dar el primer paso con una gran sonrisa aunque el fantasma siga allí pero ahora tiene compañía. Hasta hoy no he tenido problemas, dijo y quedamos en que me va a componer el comedor que usamos en mi casa desde hace más de veinte años para que esté como nuevo para la navidad. Luego nos despedimos.

Julio Amador es un luchador, no se da por vencido, su prótesis no le ha chimado ni ha sangrado, pero es necesario que use una profesional con todas las de ley, porque una mala prótesis es como una llanta ponchada, no llegará muy lejos a menos que la cambie, y una de esas cuesta como unos dos mil dólares. Ahora me doy cuenta que en nuestro país es difícil conseguir una prótesis, pero también estoy más convencido que una persona como Julio merece una nueva oportunidad de vivir y vale la pena ayudarle.

10 de Noviembre de 2019.

Foto: Internet.

martes, 29 de octubre de 2019

GLADSTÓN

Personaje popular de la ciudad
alto, flaco, negro y feo.
Un negro trabajador
un personaje famoso del pueblo
dulzura del paladar
dulzura de toditos los niños
de esta hermosa ciudad.

Por las calles y los colegios
se escucha su alegre pregón:
helados, bolis, galletas
que va cargando siempre Gladstón
en sus callosos hombros
y en un termo rojo con blanco.
En el termo lleva los boli y los helados
porque las galletas en una bolsa
en sus manos toscas van.

Aunque Gladstón es tan feo
tan flaco y tan negro
los niños lo ven tan bello
pues ninguno le tiene temor
y a la hora del recreo
van como abejas al panal.
Por favor Gladstón:
un boli para mi,
para ella una galleta y un helado para él.

Paciencia niños, paciencia
que para todos tengo
que para toditos hay.

Escucha
allí va Gladstón con su bendito pregón:
bolis, helados, galletas
helados, bolis, galletas.



Autora: Lesbia Gonzalez Fornos.


lunes, 21 de octubre de 2019

A NOSOTROS NADIE NOS VE


Viven en la misma ciudad, uno en el barrio Nueva York y el otro en Pointeen, amigos de siempre, de toda la vida, compañeros de estudios, desde el preescolar hasta secundaria. Uno se hizo soldador y el otro relojero. Luego de muchísimos años sin verse, Joseph, el soldador, invitó a James a desayunar. Ese día, antes de misa, James se deshizo de todos sus achaques de viejo y, bien bañado y perfumado, con su ropa dominguera, se presentó en la casa de Joseph.

Joseph lo esperaba en el corredor. Se abrazaron, se reconocieron porque estaban canosos y panzones,  y platicaron en la sala hasta que Doroty, la esposa de Joseph, los invitó a ocupar la mesa del comedor. Desayunaron huevos revueltos con tomate, cebolla y chiltoma, pringaditos con pimienta, pan de coco calientito, recién salido del horno, untado de jalea fresca de guayaba montera hecha por las manos laboriosas de Doroty y café de palo.

Luego del desayuno volvieron a la sala. En el aire, desde una iglesia cercana llegaban aleluyas y salmos. Doroty se disculpó y partió hacia ella. Se volvieron a reconocer como amigos de siempre, recordaron los juegos de infancia, sus viajes al Pool, a la poza del diablo, sus jalencias en el obelisco y en las pilas de Martinuz y a sus amigos de esos años, sin dejar pasar el conteo de los que ya se fueron de este mundo.

Joseph tomó de su librero el libro Bluefields en la Sangre, le señaló el poema Boga de Lesbia González Fornos y mostró sus dotes de declamador:

Boga el remero en el río
boga sin descansar
tiembla de hambre y de frío
tiembla de tanto pensar
piensa en el rancho
en la madre, en su mujer
y en los niños.

Tiembla de hambre, de frío
y de la absoluta miseria
en que se encuentra sumido.

Boga el remero en el río
mientras una mueca de sonrisa
en su hermoso rostro asoma.
Con furia y con fuerza impulsa los remos
mientras el cayuco avanza lento
¡qué alegría! ¡qué contentos!
todos lo están esperando.

Pero pobre el pobre remero
porque boga el cayuco en el río
completamente vacío.
La red, tan solo sin nada la red
pues hoy no pudo nada pescar.

Pobre el pobre remero
tiembla de hambre y de frío
de rabia y de impotencia incluso
el cayuco está vacío
también su estomago lo está.

Boga el remero en el río
boga sin descansar
lágrimas de dolor ruedan
ruedan por sus mejillas.
Chilló la golondrina
vuela la mariposa
y en la corriente del río
una lágrima hermosa se pierde.

James lo aplaudió con admiración por los altibajos, pausas y cadencia de su voz, la expresión corporal, principalmente de sus manos, y el entusiasmo de su viejo amigo.

Luego, una rareza en ellos, después de muchos años, hablaron de política. Hicieron una radiografía de sus vidas y se dieron cuenta que ninguno de ellos había participado en el Movimiento Liberal Costeño ni en la lucha contra la dictadura Somocista, muchos menos en la Insurrección Final, ni en la Cruzada Nacional de Alfabetización, ni en la Vigilancia Revolucionaria, ni en los Cortes de Caña, tampoco en ninguna Marcha de Repudio al Imperialismo Yanqui, no formaron parte de las Milicias ni dieron el Servicio Militar Obligatorio menos el Patriótico, nunca fueron a ninguna Plaza a celebrar el triunfo de la Revolución, ni a Concentraciones en el parque Reyes, a ninguna Reunión de los CDS habían asistido, no hicieron Fila para conseguir comida en los Centros de Abastecimiento, ni habían pedido un Aval al Secretario Político, jamás gritaron Consignas mucho menos Marchar en las calles de la ciudad para celebrar la Autonomía ni en las protestas de los Azul y Blanco. Al final, sacaron la cuenta, no habían participado en ningún evento importante, para bien o no, de tantos años jodida pero rejodidamente difíciles.

Dos personas insignificantes, uno relojero y el otro soldador, habían transitado durante cuarenta años por los linderos de la Revolución y las Nuevas Victorias, posición que no respondía a ninguna ideología, ya sea contestataria o de indiferencia hepática-biliar, sino a causas muchos menos visibles: la Historia jamás los tuvo en cuenta. Ellos tampoco a Ella, demás está decirlo.

—    ¿Cómo pudimos? —se preguntó Joseph.

—    Sencillo, bredá: a nosotros nadie nos ve —respondió James.

Luego se despidieron, primero con un abrazo y palmadas efusivas, prometiéndose que volverían a encontrarse para seguir rememorando sus vivencias antes de morir, luego con adioses de manos hasta que James desapareció en una esquina, porque de allí para allá siguen siendo invisibles en la maraña de la ciudad.


20 de Octubre de 2019

Foto de Ronald Hill: Hombre remando en su canoa.

martes, 15 de octubre de 2019

DOS BLACK CREOLE EN UNA ESQUINA DE NUEVA GUINEA



Esperaba que mi mujer terminara las compras, al lado de los carritos, en la acera del Pali. Al frente y a la derecha existen varios tramos que venden frutas y verduras, prácticamente de todo lo que no se encuentra en el super. Un nuevo mercadito ha florecido desde hace poco tiempo, pero los precios de los productos son mayores que los del mercado municipal. Todo es más costoso, pero la comodidad de los compradores, evitándose el viaje al mercado, los ha mantenido y promovido. El concepto de comodidad es poderoso, en un viaje te llevas todo para tu casa.

Volví la mirada hacia la esquina, al lado del parqueo, frente al predio baldío, y vi a una mujer black creole con una camiseta amarilla que se protegía del sol con una gorra y usaba lentes oscuros, igual que la licra que llevaba puesta. En sus manos cargaba varias bolsas de plástico vacías. A su lado, sentado en una silla de plástico estaba su acompañante, un black creole alto y barrigón. De la rama de un árbol de Pino, podado bajo los alambres del tendido eléctrico, colgaba una pesa de reloj. A un lado de ellos, a sus pies, sin estropear la circulación de las personas por la acera, dos termos grandes y, al fondo, los techos oxidados de las casas que bajan en pendiente hasta el corral de piedra y más allá, al levantar la mirada, el verdor revitalizante de la cordillera de Yolaina.

Seguí pendiente de los carritos, viendo el movimiento de la gente en su esmero de compras y taxis que se aglomeran buscando pasajeros, convirtiendo la circulación en esa cuadra en un infierno para los conductores desprevenidos que manifiestan su mal humor con gritos y pitazos.

¡Hi Mister!, dijo en inglés.

Vi en su rosto una sonrisa blanca transparente; una mujer black creole joven, amistosa, hermosa sin exageraciones.

¿Vienen de Bluefields?, pregunté en mi inglés con acento creole.

No Mister, de Pearl Lagoon.

Le dije que conocía Laguna de Perlas y todas las comunidades de la cuenca, desde Raitipura hasta Tasbapounie, que tengo a varios amigos allí, entre ellos a Wesley Williams, Fred Uldrich, Evenor Rodríguez, llamado El Cangrejo, a René y Pedro Ordoñez, y a todos los Sambola de La Fe, Brown Bank, Orinoco y más allá.

¿Cómo?, preguntó.

Nací en Bluefields y dejé el ombligo en El Bluff.

Vendemos mariscos, dijo.

Y cómo les va, pregunté.

Mister, a la gente de Nueva Guinea le gustan los mariscos, no andan regateando el precio, ven el producto y si les gusta lo compran, si andan en camioneta y no tienen en que llevarlo a su finca les damos bolsas con un poco de hielo y se van contentos. Hasta ahora nos ha ido bien, nos gusta Nueva Guinea, dijo.

¿Cada cuánto tiempo vienen a vender?

No Mister, vivimos aquí, alquilamos un lugar y nos mandan el producto, dijo y regresó a la esquina, a su punto, porque varias personas eran atendidas por el hombre.

Al concluir las compras en los tramos, cargamos el taxi y se detuvo en la esquina, frente al puesto de la mujer quien se mostró atenta al vernos bajar del taxi y sin dudarlo nos mostró el contenido de los termos.

¿Sólo tienen camarones?

Sí Mister, los parguitos y las colas amarillas junto con las jaibas se acabaron. A la gente de aquí le encanta comer mariscos, respondió la mujer siempre atenta.

Se ven buenos, llevemos dos libras, dijo mi mujer sin regatear el precio porque le pareció que no eran ni muy pequeños ni muy grandes.

Deme una libra más, dije cuando el hombre alto y barrigón entregaba la bolsa.

Antes de despedirme les dije que deben ofertar filetes de róbalo y corvina, trozos de macarela, que los estaría visitando. Me lo agradecieron y les di mis deseos de prosperidad.

Ese día almorzamos camarones en salsa, arroz, tajadas fritas de guineo cuadrado y ensalada. No sé por qué pero los sentí deliciosos, mi mujer los prepara en su punto, pero agregado a eso, estaban frescos porque ahora el viaje de Laguna de Perlas hasta Nueva Guinea se hace en menos tiempo y no digamos desde Bluefields, una hora, hora y media en vehículo particular sin mucha prisa.

Atrás quedaron aquellos años en que conseguir mariscos era una odisea: comprarlos en Bluefields, empacarlos en un termo, pagar impuestos en el muelle, pagar pasaje por la carga además del boleto en la panga y soportar el chequeo en El Rama como que estuvieras entrando a otro país, todo eso se acabó, es parte del pasado.

Ahora tenemos, además de los que vienen a vender desde Bluefields cargando sus termos en motocicleta, en taxi o vehículo particular con tanta prisa que te quieren reventar con precios altos sin dar rebajas, a estos dos black creole en una esquina de Nueva Guinea, al alcance de la mano, que te atienden con esmero, mezclándose con el gentío que transita en esa cuadra en un intercambio pluricultural, black creoles haciendo negocios con gente orgullosa de origen campesino, dos acentos distintos, el deje campechano de los nuevaguinellenses en parloteo con el acento fuerte, extravagante, alegre de los black creoles y, que si no te pones a pensar no te das cuenta que eso es uno de los mayores logros de la integración de la que tanto he escrito y se escucha decir en ciertos ámbitos.

La libra que quedó la voy a preparar en ceviche, como un antojito para más tarde, dijo mi hija cuando terminamos de almorzar.

Esa frase me ha confirmado los que pensaba mientras estábamos almorzando y creo firmemente que hay que compartir unas recetas al aire para que la comida caribeña se difunda, se deguste y forme parte, hasta los huesos y el alma, de la población de Nueva Guinea.


15 de Octubre de 2019

Foto: Ronald Hill desde Casa Uldrich, Pearl Lagoon.


martes, 8 de octubre de 2019

¡STICK-UP, STICK-UP!



Zamba Larga se ubicó debajo del árbol de naranja agria. Desde el fuste hasta la casa de doña Gloria Meñaca, una casita vieja de madera cuya fachada daba frente al andén del puerto, dio tres pasos. Sus pasos eran extensos por las piernas largas y, por ser tan largas como las de una jirafa, le llamaban Zamba Larga. Entre el árbol de naranja agria y la pared lateral de la casa existía un espacio de tierra de unos seis metros de distancia que los vecinos y transeúntes lo usaban como pasillo para subir hacia la loma del puerto o sencillamente visitar la ventecita de doña Rosa Emilia para comprar pan simple recién horneado, panes dulces o una media de guarón. Zamba Larga se detuvo en el centro.

“De aquí para allá lo hacemos”, dijo señalando hacia el andén. Desde ese punto, a su izquierda miraba a todos los que aparecían por el lado de la cantina de Miss Pet y, a la derecha, los que avanzaban al pasar por la casa del coronel Brenes y la entrada a la cantina llamada La Cabaña. De frente, una casita de madera pegada al otro lado del andén le tapaba la vista de la playa del Tortuguero pero escuchaba el retumbo de las olas y sentía la brisa marina que le procuraban una tarde placentera.

“Yo lo hago, yo lo hago”, respondió Cámara Lenta.

Ni Charol ni Zamba Larga ripostaron. Era su derecho, estaba en el patio de su casa y podía hacer lo que se le antojara. No iban a discutir por una babosada, no estaban allí para eso.

Cámara Lenta tomó con sus manos de gigante un machete filoso, se acercó a Zamba Larga, se agachó mostrando su espaldota pelada porque siempre andaba sin camisa o la andaba mal abotonada enseñando la tilila, le hizo punta a un pedazo de palo y lo sembró con el tacón en el lugar que ocupaba Zamba Larga. Charol se acercó al punto sonriendo, solamente se le miraban los dientes de marfil en su semblante de mañoso y le entregó una cuerda de nylon negro. Zamba Larga dio un paso hacia el frente y marcó el punto con la punta de sus zapatos. Cámara Lenta amarró la cuerda de nylon al palo y así, en cuclillas, dio cuatro pasos pesados como los de un gigante hasta el lugar marcado; amarró el machete con el nylon y giró, siempre de cuclillas, marcando el círculo que ocuparían para jugar.

“Te quedó exacto”, dijo Charol enseñando sus dientazos, un destello bajo la sombra del naranjo.

Zamba Larga se sentó, ladeándose en una piedra, para apreciar mejor la sonrisa de satisfacción dibujada en los grandes labios de la boca de Cámara Lenta.

“Estamos listos”, dijo Cámara Lenta.


A media mañana los vieron caminar en dirección hacia el muelle de los barcos pesqueros y uno de ellos cargaba un machete. Estaban reunidos frente a la iglesia de El Bluff, pegados al muro de la escuela y a la sombra del árbol de Zapote, sin hacer nada más que piropear a las mujeres que pasaban frente a ellos. Cámara Lenta cargaba el machete. Al caer la tarde, Zamba Larga dijo que la idea había sido de él, de Cámara Lenta, pero ya era demasiado tarde.

Bajaron en dirección al campo de béisbol y doblaron a la derecha, ingresando al callejón ubicado entre las casa de doña Chepita y la casa de Miss Myrtle, pasaron echando un ojo por el Vietnam y vieron a las putas de Shirley Sambola descansando en camisón y en chinelas, caramelearon a la Panameña, la hija del Tico, que se pintaba las uñas en el corredor de su casa mostrando bajo un shorcito sus hermosas piernas, avanzaron por la bajada quebradiza que corre lateral al muro de los tanques de la Esso y desembocaron en las tres esquinas que formaban la oficina del time keeper de la Booth, el tramo de carretera hacia el muelle y el taller de don Chon Benavidez. Allí se detuvieron unos instantes.

“Hay que darle filo”, dijo Cámara Lenta blandiendo el machete con su manota.

¿Dónde Don Chon?, preguntó Charol. Allí yo no voy, agregó.

“Tengo cinco pesos”, dijo Zamba Larga y acompañó a Cámara Lenta mientras Charol cruzó la carretera para esperarlos en los restos carcomidos del avión de combate de la II Guerra Mundial que un barco pesquero había levantado con sus redes en alta mar.

Entraron al taller cuando cruzaron el portón de malla metálica. Yo los atendí, dijo el hermano de don Chon Benavidez al día siguiente. Me encontraba haciendo una soldadura, uno de ellos me tocó la espalda y al verlos les dije que me esperaran. Era una tontera lo que querían pero dejé de ocuparme para darle filo al machete que andaban. Después siguieron su camino al dar la vuelta por el taller en dirección a la carretera.

Se juntaron nuevamente y caminaron al lado izquierdo de la carretera, sobre los durmientes en que descansaban los rieles, en dirección al muelle de los barcos pesqueros. Yo me los encontré, dijo Mau Mau, hasta me dijeron que los acompañara, pero como llevaba para mi casa una bolsa de camarones que me regalaron en un barco no les hice caso, pero me llamó la atención el machete refiludo que llevaba Cámara Lenta, tan filudo que brillaba desde lejos.

Pasaron por las casas de la cuartería de la Booth, un chorizo de casas de madera ubicadas a lo largo de la carretera consistente en una pequeña sala y una división que hacía las veces de cocina y, detrás de ellas, una letrina escondida entre el manglar, que eran ocupadas por trabajadores foráneos de El Bluff y de Bluefields, entre ellos conductores, carpinteros, soldadores, albañiles y maestros de obras.

Atrás habían dejado la cuartería cuando se encontraron con el trencito de la alegría. Desde que salía del muelle de los barcos pesqueros, el trencito se notaba entre el manglar espeso que cubría ambos lados de la vía. Los rieles rechinaban al avanzar sobre ellos, culebreándose con calma en el trayecto. Un motor de diésel ubicado en el vagón del piloto arrastraba otros siete en forma de U cargados de mariscos. Pintado totalmente de blanco, a excepción de las ruedas, el trencito había sido importado desde Panamá por la empresa Casa Cruz luego que sirviera en la construcción del canal. El “tuc, tuc, tuc” provocado por el motor se escuchaba desde lejos y el chillido de las ruedas brincando sobre los rieles que descansaban en durmientes de Cortez pintados con aceite quemado para que duraran toda la vida. Me hicieron parada pero no pude montarlos porque iba para la planta cargado de camarones, dijo Pinolillo quien lo piloteaba.

Sí señor, yo me los encontré al salir del muelle, dijo Seferina Woody, llamada La Cumbia, su nombre de combate desde Corinto hasta Cabo Gracias a Dios. Venía de hacer un mandadito en un barco, usted me entiende, ¿verdad?, y ellos me comenzaron a molestar, a decirme cosas como que hermoso culo tenés, que rico lo movés, y… sí, sí, ya entendimos, siga contándonos sobre ellos por favor. Sí señor, la cosa es que como no les hice caso para nada, el más molestón era el negrito que le dicen Charol, hasta quería que me metiera con él al manglar, imagínese usted, yo allí en el mero monte con el culo, perdón, y los pies mojados por el suampo, además, la verdad es que me puse nerviosa al ver semerendo machete que andaba uno de ellos y los deje haciéndome muecas de vulgaridades que usted no quiere escuchar. Comencé a caminar rápido y cuando volvía a ver hacia atrás, ya no estaban.

Eran como las once de la mañana y estaban platicando con La Cumbia, dijo Kakabila. Ella siguió caminando y los tres se metieron al manglar por un caminito que queda pegado al portón del muelle. ¿Qué van a hacer allí esos vagos?, me pregunté y me detuve. “Tac, tac, tac”, escuchaba desde la carretera y miraba que las hojas de un palo de mangle se movían y, de pronto, “bongón” caía. Escuché caer tres palos y luego siguieron haciendo el “tac, tac, tac”. Seguí mi camino y cuando llegué a la cuartería volví a ver atrás. Salían del manglar cargando cada uno un largo varejón de mangle.

Yo los encontré en la parte trasera del patio de la casa de doña Gloria Meñaca, la mamá de Cámara Lenta, dijo Tachita. Subieron a la loma por la parte del Vietnam, pasaron por la venta de doña Rosa Emilia, saludaron al Patito, el hijo de doña Rosa Emilia que estaba rastrillando el patio. Bajo la sombra de un palo de Mango estaban Victoriano, Masayita y el Africano saboreando una media de guarón con boquitas de mango celeque. No se detuvieron, con los varejones de mangle iban apurados y bajaron hasta la casa. Allí pelaron los varejones, hicieron estacas de tres pies cada una y luego se pusieron a sacarles punta con el machete filoso hasta dejar una punta bien afilada o una punta bien puntada. Todo el patio estaba lleno de cáscara y astillas de mangle pero doña Gloria Meñaca le llamó la atención a Cámara Lenta por el basural; rapidito recogieron la basura entre los tres y la tiraron en el fondo del patio, cerca de una letrina destartalada. Me quedé con ellos para ver la apuesta.


Después que Cámara Lenta dijo que estaban listos, jugaron a la cara o sol con una moneda para definir quienes jugaban de primero. Entre Zamba Larga y Charol rifaron la suerte de su turno porque Cámara Lenta estaba en su patio y tenía derecho a jugar con el que ganara de los dos para escoger al campeón.

“Cara”, dijo Charol.

“Ni modo, Sol”, respondió Zamba Larga.

Para evitar discusiones por marrullas, acordaron que Cámara Lenta tirara la moneda de a peso y la colocó en la palmota de su mano izquierda ante le mirada expectante de los dos. La tomó con su mano derecha y con los dedotes índice y pulgar la suspendió en el aire de un solo envión. La moneda dio vueltas, vueltas y vueltas hasta alcanzar la altura de las ramas del palo de naranja agria y, dando vueltas y vueltas, cayó en el círculo que había hecho.

“Cara”, dijo Cámara Lenta. Perdiste, agregó, dirigiéndose a Zamba Larga.

“Ni modo, después te reviento”, dijo Zamba Larga mirando en Charol la inmensa sonrisa blanca de felicidad.

Del lado de la casa de Pinita, Miss Pet y del coronel Brenes, comenzaron a aparecer varios chavalos que se iban acercando para ver la apuesta, acomodándose un poco más allá de la rueda pero siguiendo su forma. Entre el montón se destacaba El Patito, cargaba una canasta de plástico amarilla con la que lo mandaban a hacer mandados y estaba parado encima de una piedra, recostado al árbol de naranja agria.

Charol escogió su estaca entre el montón, unas quince estacas que tenían apiñadas al lado de la pared de la casa y Zamba Larga hizo lo mismo. Cámara Lenta estaba ansioso y también escogió su estaca, en su mano la estaca parecía un alfiler pero tenía tres pies de largo, tres pulgadas de grosor y dos cuartas de punta, tan puntuda como la punta de un puñal.

"¡Stick-up, stick-up!", gritó Cámara Lenta.

Zamba Larga se acercó al borde del círculo en dos pasos. Tomó la estaca con fuerza, levantó su pierna izquierda, tan alto que casi patea una rama del árbol y con un impulso de lanzador de béisbol la clavó en el centro. Solamente se miraba la cabeza de la estaca, una cuarta salida de la tierra.

Los espectadores gritaron y aplaudieron.

Te va a costar, dijo Zamba Larga dirigiéndose a Charol quien tomó su estaca y haciendo piruetas de cirquero, de un solo impulso tiró su estaca y le arrancó un pedazo a la de Zamba Larga. No había fallado.

 Los gritos y aplausos aumentaron.

"Desguázala", gritó Cámara Lenta mirando con lástima a Zamba Larga.

Charol agarró su estaca y con el machete le volvió a sacar punta, tan puntuda la dejó como la espada de un pez espada. Componer la punta era parte del acuerdo siempre y cuando no pifiara. Corrió desde la pared de la casa hacia el círculo para tomar mayor impulso dispuesto a partir en dos la estaca de Zamba Larga. La lanzó desde el borde pero tuvo un traspié, resbaló y la estaca salió volando hacia la multitud, atravesando el círculo, girando y reventando el aire hasta pegar en el tronco del árbol de naranja agria y revotar directamente en el ojo derecho del Patito.

El Patito se desplomó al instante. Al oír sus gritos, sus lamentos desesperados y verlo con la estaca sangrosa clavada en el ojo, los chavalos salieron en desbandada buscando cada quien su casa.

Por ésta, mirá, te lo juro, yo lo vi, dijo Mario Tachita.

El resto es historia.

En los anales periodísticos de la época, años 60, aparece un reportaje del diario La Prensa, con la foto de Filmore Hodgson, alias Charol, en primera plana, acusado de haberle vaciado el ojo al querido y famoso personaje llamado El Patito, cuando el tal Charol, jugando una bayuncada que llamaban stick-up con Zamba Larga, sobrino de Manuel Granizo, alias Pinita y hermano de una docena de alias Los Pica Pollos, se le zafó la estaca y le vació el ojo al infortunado espectador.

Tan grande fue la conmoción en el puerto por este triste suceso que el Comité Olímpico, reunido en el campo de béisbol, prohibió de por vida el juego del stick-up en todos los patios y terrenos baldíos de El Bluff.

8 de octubre de 2019

viernes, 27 de septiembre de 2019

EL MUELLE DE LOS PESCADORES



Alejandro Arroyo Granizo esperaba al Guerri de cuclillas frente a la casa de Luis Uzcudun. Su espalda descansaba en el cerco de malla y, colocados sobre el andén, la cuerda de nylon enrollada en un pedazo de palo, un tarro con chacalines, un saquito con sus aperos de pesca y una bolsita con panes dulces que había comprado en la ventecita de la Machú y que, desde su posición, miraba de frente.

Allí, Martín, hijo de José Sanles y nieto de la Machú, salía al corredor para correr con panadas de agua a los perros que se aglomeraban frente a la ventana, atraídos por el olor de la carne que colgaba de unos ganchos de hierro y escuchaba los gritos: ¡Elena, Elena, este chavalo no hace caso! Se reía al ver las travesuras del mimado de los Sanles y el corre corre de la Machú detrás del nieto. Escuchó un grito a sus espaldas, ¡joder, joder!, el tirón de la puerta del cerco y vio al renco Luis Uzcudun, así le decían al vasco malhumorado, dar un paso raro, cuasi falso, para tomar el andén. ¡Me cago en la ostia!, ¡busca otro lugar para tus fechorías, anda, anda, vete, vete a la puta madre!, le gritó Uzcudun. Se levantó con el ceño fruncido, se acomodó la gorra, tomó sus cosas y caminó hacia la esquina de Miss Lilian maldiciendo al renco.

Al pasar por la pulpería de Toño Real y doña Carmelita se encontró con Kalilita que salía con una bolsa de compras. ¿Con quién vas?, preguntó Kalilita. Con el Guerri pero ya se retardó, le dijo mostrando el tarro con la carnada. Si querés yo me apunto, voy a dejar esto y llego, dijo Kalilita y caminó apurado hacia su casa mientras se detuvo en la esquina de Miss Lilian.

¿Qué le habrá pasado al Guerri?, se dijo observando hacia todos lados. Desde allí dominaba el trayecto del andén hasta la entrada al segundo piso de la aduana y las gradas del parque de la loma de El Bluff. Abajo, a su derecha, dos guardacostas, el siete y el cinco, estaban atracados en el extremo este del muelle de la aduana donde los guardias tenían su cuartel y con el tiempo pasó a llamarse el muelle de los guardacostas. Más allá, sobre el techo de zinc pintado de rojo y los mástiles de los barcos, navegaban varios pesqueros por el canal en dirección a Pescanica en Schooney Cay. A su espalda sentía el viento marino que le llegaba desde el Tortuguero, escuchaba la música que desprendía la roconola de la cantina de Miss Lilian y el ajetreo de varias parejas que bailaban al ritmo del chachachá haciendo temblar el puente casi colgante de madera que unía la casa con el andén. Bajo el tambo, Míster Herrera, el marido de Miss Lilian, preparaba con paciencia su bote de canaletes y la vela para zarpar hacia la isla de Miss Lilian. Lo festivo de la cantina le dibujó en el rostro una sonrisa de malpensado y le creció aún más cuando vio al Guerri doblar por la cantina de Miss Pet cargando un saquito de bramante en dirección hacia él.

¿Estamos listos?, preguntó despreocupado el Guerri, tratando de identificar a los que bailaban en la cantina.

Desde hace rato te estoy esperando. Kalilita nos va a acompañar, respondió y siguió al Guerri que se adelantó en el descenso.

La bajada hacia el muelle de los pescadores era de tierra roja, se mantenía chirre todo el tiempo por la lluvia y la pendiente, con peldaños hechos por el uso y avanzaban con cuidado de no resbalar bajo un sol de Octubre que calentaba sobre los árboles de Almendra sembrados por doña Juana Angulo frente a su casa. A su derecha vio a la Melá que reparaba una tarraya en las gradas de su casa, un anexo por encima del tambo de la casa de Miss Lilian.

Están picando bastante, en la mañana estuve pescando, le comentó la Melá y notó que el Guerri se perdía a su derecha al doblar la casona del muelle.

Toda su vida había visto esa casona y, como chavalo metido en las pláticas de sus amigos mayores, entre ellos Pinolillo, Chico Brenes, Zamba Larga y el Macho Silvio, escuchó que fue construida por el entusiasmo de unos extranjeros en conjunto con locales para echar a funcionar la primer factoría se mariscos de El Bluff, pero con la llegada de la empresa Casa Cruz en los años 50 el proyecto no prosperó. Por esa razón, aunque nunca se construyó el muelle ni funcionó la empresa, en el puerto todos le llamaban el muelle de los pescadores. Los cimientos de la casona fueron ocupados por diferentes familias que con el tiempo terminaron de construirla poco a poco, cada quien agregando puertas, ventanas, biombos como divisiones internas y parte del techo para hacerla habitable.

Giró por el pasillo del frente de la casona, vio al Guerri de pie en el centro, justo en el borde del murito, un gran corredor de concreto sin techo, donde el oleaje provocado por el viento proveniente de la playa del Tortuguero lo salpicaba.

Pásame la carnada, dijo el Guerri mientras sacaba del saquito su cuerda de nylon, anzuelos de diferentes tamaños y varias barritas de plomo.

Le entregó el tarro, desenrolló una parte de su cuerda, escogió una barrita de plomo y la amarró del extremo de la cuerda y, unas tres cuartas hacia arriba, colocó el anzuelo, un anzuelo mediano propio para atrapar la variedad de peces que predominaban en ese sector de El Bluff: bagres, palometas, roncadores y róbalos.

Escuchó el sonido de la cuerda —jui, jui, jui— que El Guerri hacía girar y girar con la mano derecha por encima de la cabeza para tomar mayor fuerza de impulso y tirarla lo más lejos posible del borde del muelle. Buen lance, se dijo desde el extremo del muelle más cercano al sector de los guardacostas. Hizo su lance y apareció Kalilita cargando un carrete de cuerda negra de nylon, de las que se usaba para hacer redes.

¿Está picando?, preguntó Kalilita y se acomodó en el extremo derecho del muelle.

Es el primer lance que hacemos, respondió El Guerri.

Ustedes son salados, dijo Kalilita al mismo tiempo que tiraba su cuerda.

Sonrió. De reojo los miraba en el borde de la línea del muelle, distantes lo suficiente para que sus cuerdas no se enredaran ni ocurrieran accidentes como los que se daban entre inexpertos, golpes en el cuerpo con el plomo o, peor aún, anzuelos ensartados en los brazos y espaldas. Son prevenidos y duchos a la pesca, pensó al recordar sus andanzas con ellos, desde arponear róbalos iluminados por la luz de las lámparas en las noches de verano bajo el muelle de tablones de la Texaco, cucharear Jacks en una panga de aluminio impulsada por un motor fuera de borda de 9 caballos de fuerza en la barra del puerto y tarrayar con el agua hasta la cintura en la ensenada durante la temporada de chacalines.

El Guerri dio un grito, ¡lo tengo, lo tengo!, que lo sacó de sus pensamientos. Miró la cuerda tensa que se movía en zigzag sobre las olas y la fuerza que hacía con sus brazos al jalarla.

¡Dale cuerda, dale cuerda!, gritó Kalilita.

No hizo caso, jaló y jaló con todas sus fuerza hasta que la cuerda quedó volando al viento, al garete en el oleaje.

¡Se me fue!, gritó El Guerri.

¡Por caballo!, respondió Kalilita.

¡Por querer ser el primero!, le gritó al Guerri. Jaló la cuerda, la enrolló y revisó la carnada mientras el Guerri volvía a colocar pesa y anzuelo a su cuerda.

¡Están salados, ya les dije, están salados!, comentó Kalilita riendo a carcajadas y enrollando la cuerda negra en el carrete para revisar la carnada y volver a lanzarla cerca de la rueda de un barco de vapor que junto a un mástil oxidado yacían en el fondo de la bahía desde antaño pero se dejaban ver con la marea baja o por el reviente de las olas.

¡Cálmate, deja de joder!, ripostó El Guerri con sus ojos gatos furiosos.

Después de hacer su segundo lance los notó calmados, cada quien en lo suyo, guardando silencio a la espera de que picaran los peces. A su izquierda podía observar a los guardias en sus quehaceres: lavando la cubierta de los guardacostas, dándole brillo a los cañones y ametralladoras por el desuso y limpiando el casco de madera para luego volver a pintarlos de un color plomizo. Desde la cocina de la covacha, contiguo a los barcos, escuchaba voces de la tropa que siempre estaba encuartelada limpiando su armamento, haciendo arme y desarme de los fusiles Garand, lustrando sus botas, jugando naipes y dominó, colgados en hamacas o simplemente escuchando radio Atlántico desde la comodidad de sus catres de dos niveles. Desde arriba le llegaban las carcajadas de los danzantes y el traqueteo del piso de madera de la cantina de Miss Lilian y su puente colgante.

En silencio aseguró la cuerda bajo una piedra,  bajó del muelle y caminó hacia la orilla de la bahía; recogió un trozo de tronco de madera de balsa de unas tres cuartas y regresó a su sitio. Tomó una navaja del saquito y comenzó a moldearla con los cortes. Siempre que necesitaba sosegarse hacia lo mismo, cortar la balsa y descubrir, poco a poco, hasta dónde lo llevaban esos cortes guiados por la imaginación, pero atento siempre a la cuerda que sostenía con un lazo en su mano izquierda.

¡Ahora sí, este no se me va!, gritó El Guerri, tirando de la cuerda con velocidad. Mostró con orgullo un hermoso roncador, haciéndole mofas a Kalilita.

Volvió a sonreír cortando la madera, imaginando un velero por la redondez alargada que iba tomando corte tras corte, viruta a viruta: la proa, la popa, la caseta con ventanas a los lados, un mástil, vela mayor, la orza, el timón, la caña de timón, popa, proa, hasta verlo pintado, reluciente, navegándolo en las islas del Caribe, menores y mayores, en un ir y venir interminable. Sintió el alivio de la tarde en su cuerpo y observó el brillo del sol sobre la playa de El Tortuguero y su vegetación, compuesta de mangle rojo, arbustos de icacos y uvas de mar. Arriba, en el cielo y aproximándose al muelle, vio el revoloteo de gaviotas y tijeretas.

¡Pica con fuerza!, ¡es grande!, escuchó gritar a Kalilita que hizo dos tirones para ensartar el anzuelo y la cuerda quedó tensa, sin movimientos bajo el agua y sin ganar un centímetro en sus manos.

¡Está pegada!, ¡te fijas, sos caballo por tirarla cerca de la chatarra!, gritó El Guerri.

¡Nada, nada, sentí el jalón!, respondió Kalilita.

Su cuerda se tensó y dejó de prestarles atención. Tiró a un lado el velero y esperó el siguiente jale con la paciencia que los caracterizaba. El Guerri y Kalilita volvieron a verlo. La línea, la pesa y el anzuelo que había escogido eran los ideales para pescar en el muelle y poder capturar los peces que más picaban. Una mordida más y tiró de manera continua, rápidamente, si resistencia, pero al tenerlo de frente, a unos seis metros del muelle, vio la cuerda moverse en zigzag. Se ha tragado todo el anzuelo, pensó y comenzó a jugarlo. Le dio cuerda, dos, cuatro, seis, ocho metros y cobró de un jalón que hizo con las dos manos. Es grande se dijo al sentir la resistencia. Recogió la cuerda con rapidez ganando todo lo que el largo de sus brazos le permitía y, al tenerlo al pie del muelle, lo levantó con toda su fuerza y lo tiró al piso. Tras los aletazos y colazos de desesperación le quitó el anzuelo y lo calmó de un golpe en la cabeza.

Hermoso róbalo, dijo el Guerri.

Levantó la mirada con una gran sonrisa en el rostro y, más allá del extremo donde se encontraba Kalilita, vio pasar detrás de la casona a míster Herrera que se preparaba para izar vela en su bote de canaletes. Le hizo señas a Kalilita para que lo notara.

¡Míster Herrera, míster Herrera!, ¡por favor despegue mi cuerda!, gritó varias veces Kalilita hasta que el marido de Miss Lilian lo escuchó.

Herrera soltó la vela, la acomodó a lo largo del bote y remó para aproximarse con sumo cuidado al punto donde la rueda del barco de vapor y el mástil reposaban en el fondo de la bahía. Al regresar o salir hacia la isla de Miss Lilian, esos fierros viejos eran sus puntos referentes más importantes para navegar y, para evitarlos, izaba la vela al pasarlos en su viaje de ida y la arriaba cuando se acercaba a ellos de retorno. La corriente y el oleaje le complicaban la maniobra, acercándose despacio, remando para adelantarse, ladeando el bote con el canalete hasta posicionarse lateralmente a la cuerda de Kalilita. Tomó la cuerda, la sacudió con su mano derecha varias veces para despegarla y repentinamente sintió un jalón que le quemó la mano.

¡Dame cuerda, dame cuerda!, gritó míster Herrera.

Kalilita desenrolló lo que más pudo su carrete de cuerda de nylon negro hasta que se le terminó y míster Herrera la aseguró del asiento del bote. Comenzó a jugar con el pez que aún no identificaba dándole cuerda hasta que en un momento la jaló con todas sus fuerzas. Desde el muelle vieron que la cuerda se puso tilinte chorreando agua a lo largo, míster Herrera la soltó y el bote de canaletes comenzó a ser arrastrado por el pez en dirección a la punta del muelle de los guardacostas.

¡Te fijás, te fijás!, ¡no estaba pegada!, gritó Kalilita dando brincos de alegría.

¡Se lo lleva, va de viaje!, respondió El Guerri.

Le indicó a los dos que guardarán las cosas, cuerdas, carnada, sacos, y que siguieran el bote de canaletes de míster Herrera. Kalilita iba adelante, después el Guerri y él atrás. Subieron las gradas de tierra, salieron a la esquina de Miss Lilian velozmente, corrieron hasta las gradas que daban acceso al cuartel de los guardias, llegaron al muelle y desde allí vieron el bote de canaletes de míster Herrera que se desplazaba velozmente a favor de la corriente en dirección a la barra. Corrieron por todo el muelle de la aduana, dando gritos para que los estibadores se dieran cuenta de que Herrera era arrastrado por un pez desconocido y que, por favor, por favor, salgan a rescatarlo porque se lo lleva, se lo lleva a las profundidades del mar.

En el sector del muelle llamado el muelle de las pangas, los pangueros prestaron atención a los gritos de desesperación. Entre el grupo vio a su amigo mayor llamado el Macho Silvio y Kalilita le pidió que por lo que más quiera señor, don Macho, Machito, por la virgencita del Carmen, salga a rescatar a míster Herrera porque lo arrastra un pescado endemoniado, por favor don Macho, sálvelo.

Entre la isla de Miss Lilian y el muelle de los barcos camaroneros de la Booth, el Macho Silvio y otros dos dispuestos a cumplir los ruegos de Kalilita, alcanzaron con una panga el bote de canaletes de míster Herrera y lo arrastraron hasta un pequeño muelle de la ensenada del puerto. Ansioso estaba Kalilita al ver que se acercaban.

¡Algo traen!, dijo El Guerri.

Después de la panga, míster Herrera, ahora dominando el bote, maniobró para atracar. Dentro del bote vieron grandes trozos de pescado.

Era un Mero, un Mero gigante, dijo el Macho Silvio.

¡Te fijás, te fijás!, gritó Kalilita. ¡Yo lo agarré, yo lo agarré!

Debe pesar más de 500 libras, agregó el Macho Silvio.

Kalilita y El Guerri sacaban los trozos del mero entre la sanguaza que casi llenaba el bote de canaletes y él los acomodaba en el pequeño muelle.

Mínimo, tenía más de cuatro metros de largo, dijo Herrera con un machete filoso en sus manos y la ropa ensangrentada. Me costó pero cuando se cansó lo sacamos, agregó.

Le dieron su parte del Mero y zarpó hacia la isla de Miss Lilian al caer el sol en la isla del Venado. El Macho Silvio con sus ayudantes tomaron su parte y dieron la vuelta con el motor rugiendo hacia el muelle de las pangas.

¿Y ahora qué hacemos?, preguntó El Guerri.

Nos dividimos en partes iguales, buscamos en que llevarnos el Mero y regresamos por nuestras cosas, dijo Alejandro Arroyo Granizo.

Los tres se miraron en silencio, se carcajearon y chocaron las manos. En el trayecto por el andén la gente salía de sus casas para curiosear qué era la carga que llevaban sobre los hombros, incrédulos de que en el muelle de los pescadores atraparan semejante Mero.

27/9/19