Sueños del Caribe es un blog sobre la Costa Caribe y el sureste de Nicaragua. Lo componen relatos, crónicas, personajes, poesía y otros temas.
viernes, 27 de septiembre de 2019
EL MUELLE DE LOS PESCADORES
miércoles, 18 de septiembre de 2019
SANTA ISABEL DEL PAJARITO
Un tercio de la caminata ha sido bajo la furia del sol, abriendo y cerrando puertas de golpe y de alambre de púas, flanqueado por el canto de chicharras gigantes, el polvo que dejan atrás los que van adelantados y la sombra chirre de laurelitos y palos de agua. El sendero, una alfombra polvosa que no resiste huellas, pero indulgente con mis botas, me deja apreciar colinas y valles en las que el pasto Retana fulgura al viento con vacas ensimismadas en su deguste sin prestarles atención a mis pasos.
17 de Septiembre 2019
lunes, 2 de septiembre de 2019
EL AVIÓN AMARILLO Y LA LLUVIA DE CARAMELOS
Un chavalo, protegido del sol por una gorra, vestido con pantalón
corto de color azul y una camiseta blanca, camina con sus botitas de burro
sobre un tramo de carretera de macadán en dirección a la pista de aterrizaje.
Frente a él, cruzando la pista, se levanta un promontorio rocoso y
rojizo con escasa vegetación, donde pastorea un rebaño de cabras. Al llegar a
la pista, a su derecha y distante, un corte del terreno en forma de V se abre
hacia el mar, y más allá observa el oleaje reventando en la línea de playa de
la isla del Venado. Por encima del corte, el bosque es denso y, siguiendo el
curso de una ladera, desaparece en el fondo de una ensenada donde se mezclan
las aguas de la bahía con las del mar.
Va en dirección a la casa pintada de rosado que hace funciones de
terminal. En lo alto de un palo, observa el tubo rojo de tela, abierto en dos
lados, que se levanta paralelo al terreno, dando bandazos, con la abertura más
estrecha apuntando hacia el oeste.
Escucha el rugir
de un motor que irrumpe en el aire y corre hacia la casa rosada con toda la
fuerza y velocidad que sus piernas pueden dar. En el promontorio, las cabras se
alejan al galope buscando refugio, y ve el avión Douglas DC-3 color amarillo
volando sobre la pista, que bate las alas como una mariposa en señal de saludo.
Vuelve la mirada hacia la izquierda, hacia el sector de la loma del faro, y
observa un grupo de chavalos que corren hacia la casa, y otro que se aproxima
desde el sector de La Colonia. Busca en lo alto al avión; no lo ve, pero
escucha el sonido del motor al lado del bosque, que se torna más leve en el
fondo de la ensenada. Los dos grupos de chavalos se aproximan corriendo a la
casa rosada.
“No nos esperaste”, dice un chavalo cabezón que tiene el pelo
chirizo.
“Te adelantaste”, dice otro, un chavalo flaco de piernas largas.
El chavalo no responde, no les presta atención. Está pendiente del
avión; solo sonríe mientras los dos grupos se aglomeran frente a la casa
rosada, de donde han salido dos hombres que se dirigen a la pista. Desde el
sector de La Colonia llega un jeep verde seguido por un tractor que lleva
acoplado un tráiler.
El chavalo corre detrás de los dos hombres. Llega a la pista, mira hacia el corte en V que se abre al mar y observa a lo lejos el avión amarillo que comienza a descender, planeando suavemente, sin escuchar el ruido del motor por la fuerza contraria del viento. Está maravillado; no puede creerlo, pero ahora sí, así como viene, suspendido en el aire, casi sin moverse, espléndido y majestuoso por el contraste que hace el color amarillo con el cielo azul y blanco caribeño, como si estuviera a la espera de que sus manitos lo atrapen para jugar con él todos los días en el patio de su casa.
Se da cuenta de que es cierto y cae en ello;
ahora sí, lo ve y siente los golpes de su corazoncito palpitante. Brinca,
brinca de emoción, grita, grita con todas sus fuerzas para que lo escuchen en
toda la bolita del mundo: “¡Allí viene, allí viene!”, y corre, corre de regreso
al grupo compuesto por unos veinte chavalos. Se tira encima del cabezón con el
pelo chirizo como si se tirara a nadar en la bahía, lo abraza, da saltos, lo suelta
y hace lo mismo con el flaco de piernas largas, y nota que todos lo hacen;
todos se abrazan, brincan y gritan emocionados.
El avión toca la
pista y el estruendo de los motores lo saca del trance en que se encuentra. Lo
ve pasar a mil por segundo; ahora sí lo oye entre los gritos y la algarabía,
siente que tiembla la tierra; la fuerza y el peso del avión lo zangolotean,
impresionado, lo sigue con la mirada extasiada. Nota la efervescencia del calor
que desprenden los motores y que rebota en el asfalto al hacer la maniobra de
giro frente a la loma del faro, con el azul del mar como telón de fondo.
“Alístate”, le dice el chavalo cabezón.
Se han calmado, pero están atentos; sus sentidos en alerta.
El avión
amarillo se acerca frente a la casa rosada y se apagan los motores. Los dos
hombres aseguran el tren de aterrizaje y el que conduce el jeep verde —usa
camisa sin mangas, lleva barba en forma de pera, un habano en los labios y le dicen el Diablo— se acerca al avión. Se abre la puerta cercana a la cola. El
hombre del habano conversa con dos miembros de la tripulación, saluda al
piloto, quien desde la ventanilla de la cabina habla con él en inglés y les
hace señales para que se acerquen.
Los chavalos se
agrupan frente a la puerta formando una U. Desde el avión se escucha el
movimiento de bolsas y cajas de cartón. Uno de los tripulantes se asoma a la
puerta, rompe una bolsa de caramelos y la lanza sobre ellos. El grupo se
avalancha sobre la puerta; la U ha desaparecido, ahora es un molote que tiene
la mirada fija en los caramelos y los brazos abiertos a la espera de que caigan
al suelo, mientras el otro tripulante tira sobre ellos una bolsa de chocolates.
La lluvia de caramelos y chocolates sigue cayendo y cayendo. Como en una
piñata, gritan y se dan empujones en el suelo, cada cual recoge con ambas manos
lo más que pueda, llenando las bolsas de sus pantalones y, al lograrlo, se
quitan la camisa formando un saquito para llenarlo.
La algarabía
dura varios minutos. Se alejan poco a poco del avión, pendientes de lo que el
otro ha podido recoger, mientras los hombres han colocado la escalera en la
puerta para descargar y cargar.
“Vos agarraste más que
todos”, dice el chavalo flaco de piernas largas, dirigiéndose al cabezón.
“Qué va a ser, mirá el montón que lleva aquél”, le contesta el cabezón, señalando a uno del grupo que regresa a sus casas por el lado del faro, mientras ellos se dirigen al tramo de La Colonia.
“Así debería de llover todos los días”, dice el chavalo de gorra, y los tres
ríen a carcajadas, desapareciendo de la pista.
1 de Septiembre de 2019
Foto de Morgan Bartlett.
domingo, 4 de agosto de 2019
EL HOMBRE DEL ROSTRO TRISTE
El hombre se detuvo junto a mi asiento y levantó apenas una mano.
—¿Me permite?
Tenía los labios apretados y la
mirada fija más allá de mi hombro. Deslizó su cuerpo corpulento entre los
asientos y se acomodó junto a la ventana. Al sentarse, el bus se estremeció y
su hombro rozó el mío.
Eran las ocho y diez de la
mañana. Afuera, una lluvia fina oscurecía el pavimento frente al comedor La
Choza, en Nueva Guinea. Los últimos pasajeros regresaban de prisa, algunos con
vasos de café y bolsas de pan en las manos.
El ayudante cerró la puerta
corrediza. El motor rugió y el bus expreso hacia Managua volvió a la carretera.
—¿Usted es de Bluefields?
—pregunté.
El hombre tardó en responder.
—Sí.
No apartó la mirada de la
ventanilla empañada.
—¿A qué hora salieron?
Giró el rostro hacia mí. Tenía la
piel morena, las facciones finas, los ojos café claro y unas manos grandes y
arrugadas, apoyadas sobre la cabecera del asiento de enfrente.
—Antes de las seis.
Asentí.
—Siempre trato de tomar ese bus
cuando viajo a Managua.
Volvió a mirar hacia afuera.
Detrás del vidrio corrían árboles mojados, cercas de alambre y casas dispersas.
El olor a ropa húmeda, café y diésel se mezclaba dentro del bus.
Saqué la tableta de mi mochila,
pero la música ranchera y el traqueteo de la carrocería no me dejaron leer.
Poco después, los frenos
rechinaron y el bus se detuvo. Subió un vendedor con bolsitas de maní tostado
cubierto de azúcar. El hombre de al lado tomó una semilla, se la llevó a la
boca y pidió una bolsa.
La abrió con cuidado. Masticó
despacio y mantuvo la vista en la carretera.
En Juigalpa bajamos durante la
parada de quince minutos. Lo vi frente al local Los Caracoles Negros, tomando
una gaseosa con pan dulce. De pie parecía más alto, casi de seis pies, aunque
caminaba un poco encorvado.
Fue el primero en regresar al
bus.
Cuando retomamos la carretera,
levantó la mano para llamar al ayudante.
—Recuerde que voy a bajarme en el
aeropuerto.
—¿Viaja a Estados Unidos?
—pregunté.
—A Miami. Primero a Fort
Lauderdale. Allí me esperan.
—¿Su familia?
—Mis hijos.
Hizo una pausa.
—En Bluefields solo me queda uno.
—¿Hace mucho que vive allá?
—Cuarenta y dos años.
Una sonrisa breve apareció en sus
labios y se desvaneció.
—¿Qué le parece Bluefields ahora?
Entrelazó las manos. Durante unos
segundos solo se escucharon el motor y la música que llegaba desde la parte
delantera.
—Es otra ciudad —dijo al fin—.
Hay mucha gente de afuera buscando cómo sobrevivir. La gente tiene miedo. Vive
encerrada, con las ventanas cubiertas de hierro.
Miró de nuevo la carretera.
—Como en una jaula.
Guardamos silencio.
—Yo soy de El Bluff —le dije—,
aunque desde hace veintitrés años vivo en Nueva Guinea.
Giró la cabeza de inmediato.
—¿De El Bluff?
—Sí.
Le dije mi nombre.
Me observó con detenimiento. Sus
ojos recorrieron mi rostro como si buscaran en él algún parecido.
—Yo trabajé en el muelle de El
Bluff cuando era joven —dijo—. Era estibador.
Enderezó un poco la espalda.
—Cuando estaba chavalo recuerdo
una vieja casa de madera, casi enfrente de la agencia aduanera de don Octavio
Bustamante. Allí cocinaban para los estibadores. Al pasar, se sentía el olor de
la comida creole.
El hombre sonrió.
—¡Oh, sí! Los cuques eran
verdaderos cocineros. Nos trataban bien. Hacían pan y preparaban comida
caliente.
Movió las manos mientras hablaba.
—A veces trabajábamos hasta
tarde, descargando un barco mientras otros esperaban anclados en la bahía. Un
hombre no puede hacer ese trabajo con el estómago vacío.
—Mi abuelo materno era Felipe
Álvarez. Trabajó casi toda su vida como jefe de la bodega de la aduana. ¿Lo
recuerda?
La sonrisa desapareció, pero
siguió mirándome con atención.
—Claro que sí. Lo conocí muy
bien. Estaba pendiente de nuestro trabajo. Él y los agentes aduaneros nos
indicaban dónde colocar la mercadería.
Hizo una pausa.
—También tocaba la campana.
—La campana de entrada y salida.
—Esa misma.
Uno de los pasajeros abrió una
ventanilla. Entró una ráfaga de aire fresco con olor a tierra mojada. El hombre
respiró hondo.
Busqué en mi teléfono una
fotografía antigua del muelle de El Bluff. Había sido tomada en los años
cuarenta.
—Mire.
Acercó el rostro a la pantalla.
—Ese era el edificio de la aduana
—dijo antes de que yo señalara nada—. Todavía no tenía el segundo piso.
Rozó la pantalla con la punta del
dedo.
—Y allí atracaban los vapores.
Sus ojos se movieron hacia el
fondo de la imagen.
—Esa es la isla del Venado. Más allá, Half Way Cay. Y
aquel cerro es Aberdeen.
—Es el mismo muelle.
—Entonces conoció a mi tío
Felipe, el cajero de la aduana.
—Sí. También a Jorge y a Pablo.
—Eran mis tíos.
Me devolvió el teléfono con
cuidado.
—A tu mamá la conocí cuando era
jovencita. Después se casó con tu papá, Mr. Hill.
Me quedé mirándolo.
—¿También conoció a mi papá?
—Sí. Fui marino en uno de sus
barcos camaroneros.
La comisura de sus labios se
levantó apenas.
—Siempre estaba hablando y
haciendo bromas a la tripulación.
Bajé la vista hacia la pantalla
apagada del teléfono.
—Ellos fallecieron. Están
sepultados en Utila, una isla de Honduras. Juntos, como siempre estuvieron.
Mr. McElroy bajó la mirada y
apretó la bolsa de maní entre las manos.
—El Bluff de esa época no volverá
—dijo.
Se quedó callado unos segundos.
—Pobre gente. Tanta pobreza.
Durante un rato ninguno habló.
Las llantas golpeaban las uniones de la carretera con un ritmo seco y
constante.
—¿Conoció a Mr. Allen?
Levantó el rostro.
—Por supuesto. El watchman.
Siempre estaba cerca cuando cargábamos o descargábamos. También recuerdo a
Bortey, Pilito, Chaguito Bermúdez, Juan Ramón Acosta…
Frunció el ceño.
—Hay otros nombres que ahora se
me escapan.
—Si menciono a todos los que
recuerdo, estoy seguro de que también los conoció.
Se carcajeó.
La risa le sacudió los hombros y
varias personas voltearon a mirarnos. Él siguió riendo hasta pasarse una mano
por los ojos.
El bus avanzaba por San Benito
cuando el ayudante se acercó a cobrarme el pasaje.
—¿A qué hora sale su avión?
—A las nueve de la noche.
—Va a esperar bastante.
Se encogió de hombros.
—Tiempo es lo que tengo.
—Discúlpeme, ¿cuál es su nombre?
—Mr. McElroy.
No dijo su nombre de pila.
Al llegar a la entrada del
aeropuerto, el bus se detuvo con un gemido de frenos. Me levanté para darle
paso.
Mr. McElroy dobló la bolsa vacía
de maní y la guardó en el bolsillo de su camisa. Después tomó su pequeña maleta
y descendió con lentitud.
—Buen viaje —le dije.
Desde el último peldaño volvió el rostro y levantó la mano. Sonreía.
Lo vi cruzar la calle con sus
pasos cortos y pesados. La pequeña maleta golpeaba contra su pierna. Al llegar
al portón del aeropuerto se perdió entre la gente.
El bus arrancó. En la pantalla de mi teléfono seguía abierta la fotografía del viejo muelle.
viernes, 15 de marzo de 2019
CAMINATA DE FELICIDAD
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| El camino |
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| Sol, mucho sol |
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| Alegría |
| Llegamos |
| Compartiendo galletas |
| Mamá, ya no aguanto |
jueves, 21 de febrero de 2019
BACKTOWRITE CON GIFITI Y ACEITE DE HÍGADO DE BACALAO
Si sos uno de los lectores que insisten y preguntan por qué he dejado de escribir, tomo conciencia de ello y descubro que han transcurrido varios meses desde la última vez que lo hice. Meses horribles, meses de tristeza. Agradezco por estar pendientes, por alimentar el reto maravilloso de vencer la página en blanco, por motivar la chispa de la pasión que se siente al escribir.
Qué diría el viejo amigo alemán si se diera cuenta que conozco a varias mujeres que se toman todos los días un trago de Gifiti por la mañana y otro por la noche, pensé luego de despedirnos y verlo partir en La Pasajera.









