martes, 30 de abril de 2024

UN ACTO DE TERNURA Y VALENTÍA

 



Los bordes de la carretera hacia Juigalpa se muestran

cubiertos de vainas de guanacastes, impregnándolos

de una tonalidad marrón en contraste con el hormigón asfaltico.

 

La luz temprana de la mañana avanza suavemente

sobre la copa de los arboles y el pasto seco de los potreros.

Robles y malinches florecen en las fincas del trayecto.

 

El ganado volverá con las lluvias

mientras los caballos pastan alegres por el rocío

y así pasarán todo el día, solos y felices.

 

Otra vez en casa, ella canta canciones de cuna,

“los cochinitos y los elefantes”, llena la sala de ternura

al ritmo de la mecedora, mientras Thiago balbucea alegre.

 

La madre no olvida, vuelve una vez más

a cantar, a dar calor y alegría, y me acerco a ella

contagiado por su ternura, llenándome de gozo, una vez más.

 

Thiago está en mis brazos, en mis piernas, y le hablo

achiquitando la voz, le hago cosquillas, no deja de sonreír,

se empuja y mueve su cabecita tratando de levantarla.

 

Estoy en una mecedora en horas de la madrugada,

canto las mismas canciones a mis hijos, les doy su pacha,

y me duermo al llegar a los quince elefantes. ¡Papá, los elefantes!

 

Es un acto de valentía, de gozo al sentir la tierna piel.

Me doy cuenta de que no hay nada como esa ternura,

y que, si volviera al pasado, cantaría toda la vida.

 

Cae la tarde, los árboles a mi espalda pierden su luz.

El tránsito se torna lento y los ojos de los caballos

que pastan brillan con la luz de los vehículos.

 

Ella va a mi lado. Su silencio dice lo dichosa que está.

Lleva un halo de ternura, el mismo que tuvo al acurrucar

y cantarles a sus hijos, a sus nietos y ahora a su sobrino segundo.

 

 

28 de abril de 2024.

Foto Internet.


martes, 23 de abril de 2024

LA EMPRENDEDORA QUE VENDE ALIMENTOS EN LAS CALLES DE NUEVA GUINEA

 


Me encuentro frente al negocio de Daniel Cabrera. Estoy haciendo los mandados de la casa, pero lo visito para conocer su estado de salud. “No está”, dijo una muchacha. “Anda en Bluefields, ya sabe, en lo de la hemodiálisis”, agregó.

Doy la vuelta y el sol está radiante sobre la calle que lleva hacia el Pali. Allí ha surgido un nuevo mercadito en Nueva Guinea, con negocios de todo tipo: frutas y verduras, abarroterías, farmacias, venta de carne, queso y crema, pollos enteros y en piezas, ropa y calzado, sorbetes, la tienda Amazona y muchos otros que son ambulantes. Entre estos está el Pelón con su camioncito donde ofrece frutas frescas en trozos empacadas, papayas, sandías y ceviches, y otros que ofrecen artículos para decorar el vehículo. Y también se observan varios mendigos que se ubican frente a la entrada del Pali. 

El tránsito de vehículos, por momentos, se torna pesado: se escucha el motor de las motos, de las camionetas, taxis, gritos de los vendedores, risas y silbidos.

Bajo la sombra que da el alero del negocio del hijo de Daniel Cabrera, Javier, se encuentra una mujer ofreciendo alimentos que lleva en un carretoncito. Todo lo que ofrece está cubierto con un mantel y dentro de un termo.

A esta mujer la he visto toda la vida por las calles vendiendo con su carretoncito. Me acerco a ella para conversar sobre su actividad económica, su pequeño negocio, su emprendimiento.

Se llama Jesenia Castro, tiene 49 años de edad y desde hace 25 años se gana la vida vendiendo alimentos en las calles de Nueva Guinea.

—¿Qué es lo que comenzó vendiendo?

Comencé con atol de trigo, arroz de leche, manjares y comiditas de cinco pesos de esos tiempos: arroz, salpicón, guineo cocido, puré de papa.

—En ese tiempo Nueva Guinea era más pequeña, prácticamente solo era el centro, la alcaldía, el banco, Enitel.

Uhh sí, todo esto que es la calle central hasta el mercado.

—Y ahora, con el crecimiento de la ciudad, ¿por dónde se mueve?

Me muevo por las 10 cuadras del casco histórico de la ciudad, doy la vuelta y cruzo por la rotonda los 4 evangelios hasta la gasolinera.

—¿Y cómo le va? Cuéntenos.

Pues ahorita están bajas las ventas, se han bajado últimamente.

—Pero usted ya tiene su clientela.

Claro que sí, en la policía, en el mercado, en la alcaldía, en las instituciones. La gente me espera con mi venta.

—¿A qué hora, más o menos?

Entre las 10 y las 11 de la mañana, no me fallan.

—¿A qué hora sale de su casa?

Entre las 8:45 y 9:00 de la mañana.

—¿A qué hora termina un día bueno?

Le voy a explicar, son dos ventas las que saco. Por la mañana vendo comida: papas rellenas, empanadas de maduro, pollo rostizado, tajadas con queso y repochetas. Por la tarde vendo postres: atol de trigo, arroz de leche, manjar y repostería, todo eso de la 1:45 a las 5 de la tarde. Siempre hago el mismo recorrido y mis clientes son hombres, mujeres y niños. La gente de las colonias me compran manjares para llevar.

—Con este negocio ha sacado adelante a su familia, a sus hijos. ¿Tiene hijos?

No, no, soy soltera. Vivo con mi mamá, ella tiene 70 años.

—Pero, ¿tiene gente que le ayuda a preparar sus productos?

Si, una sobrina que ha aprendido mucho. Ahorita ella está preparando la venta de la tarde. Para sacar esta venta, la de la mañana, desde la cinco estamos trabajando.

—Me alegro mucho, le digo. Siempre la he visto por las calles con su venta. La felicito mucho y le deseo lo mejor, que todos los días sean buenos para usted.

Ella sonríe. Usted debe conocer a mi mamá, dice. Es doña Coco, la de las Sopas Doña Coco, se acuerda.

—Ah, ya, doña Coco, claro que sí.

Un camión viene rugiendo del lado Norte, pita desde la esquina, se detiene al cruzar la calle. Frente al lugar en que estoy platicando con Jesenia vuelve a detenerse y se escucha el pito de los taxis que no avanzan. Tres hombres se suben al camión que se dirige hacia una colonia, va atiborrado de gente como si de sacos se tratara.

Sigo haciendo mis mandados, pero no dejo de pensar en Jesenia. Una mujer sola que tiene muchos años de andar con su carretoncito por las calles de Nueva Guinea, sin importar el estado del tiempo. Estoy seguro de que fue doña Coco, la de las sopas, su madre, la que le enseñó a preparar los alimentos y ahora ella le ha enseñado a su sobrina. Es el "saber hacer" transmitido en generaciones.

Ese saber hacer es un factor importante para emprender junto con las ganas de trabajar. El convencimiento de que sí se puede, es lo que a Jesenia le ha permitido transitar en el tiempo con su negocio, además de su capacidad organizacional y de gestión, pues es ella la que administra y dirige su microempresa. Planifica en el espacio y el tiempo porque sabe exactamente las horas en que la población demanda sus productos (alimentos fuertes: entre 9 y 11 a.m. y postres por la tarde) y ha trazado sus rutas de venta por las calles, enfocándose en las instituciones y el mercado.

Son las ganas de salir adelante, tener la idea para emprender, mantener la motivación para la consecución de los objetivos trazados aunque se cometan errores, porque estos se corrigen, se mejora, se perfeccionan y diversifican los productos con el tiempo. Y es a través de tiempo que se logran beneficios económicos y prestigio social, el reconocimiento del emprendimiento por la sociedad. Ahora, muchos programas de gobierno apoyan con medios y recursos diversos emprendimientos, los que cuando inició Jesenia, hace 25 años, no existían.

 

21 de abril de 2024.
Nueva Guinea, RACCS.
Foto Propia.

martes, 16 de abril de 2024

EL CRUCE DE REGRESO A CASA

 


Hay pensamientos y recuerdos que se manifiestan,

con un intenso dolor como herida que se calma en la piel

hasta que regresan con el tiempo, casi siempre.

 

El cielo azul y las aguas calmas de la bahía,

su cruce es el único camino de regreso a casa:

cada lugar donde he amado me ha obligado a irme.

 

Después está la memoria, aún,

que llena de delfines el trayecto, suspiro

brisa marina húmeda, el laurel florecido, espuma en la orilla.

 

¿Cómo se llama el aroma de madre y el tono palpitante del atardecer al llegar?

Bluff, de ti me he alejado de las raíces ahora agonizantes,

de todo lo que llamamos parientes.

 

Déjame recordar lo que había dejado en el poco tiempo que queda:

tu playa y lagunas, tu andén florecido, tus atardeceres,

tu gente y amigos, tu resguardo y noches de calma.

 

¿Alguno de nosotros volverá a ser lo que una vez fuimos?

¿Para cuándo?

Dime y allí estaré.

 

15 de abril de 2024.

Foto propia.


martes, 9 de abril de 2024

UN MUNDO VERDE Y AZUL SE DERRUMBA

 


He estado allí y lo he visto:

árboles, polvo, lodo y la mar.

¿Estarán allí por siempre?

No impondré significados.

 

En Abril, la lluvia es un chisporroteo de alegría

entre las hojas secas que cubren la tierra agrietada.

Luego vendrá con su ímpetu arrollador,

aplausos sonando en las hojas nuevas.

Un proceso eterno que no se detiene, aún.

 

El viento, aliado de la lluvia, empuja el agua

fuera de su curso, desbordando lagunas y ríos,

en dirección hacia la mar donde las aguas se aparean

dando nuevas vidas, vida en abundancia.

 

Desde el muelle pienso en esto.

El río desbordado, el agua saltando

como animal herido y la boca abierta.

El océano, un animal lleno de otros animales.

 

Un zopilote viejo come el espinazo

de un pescado en el borde del muelle,

que apunta en dirección a El Bluff,

tras los picoteos desgarradores, lucha

contra otros más jóvenes que lo acechan

para tomar su turno y devorar lo que queda.

 

Desde la caseta del muelle de las pangas

veo el aleteo de los Cormoranes que en su vuelo

hacen espumas en el agua y cantan de alegría.

El atardecer se manifiesta con un viento sutil.

Entre los pilares de la red eléctrica, testigos silenciosos,

la silueta de los patos se eleva sobre el verdor de los cayos.

 

Una ola, luego otra, revientan en los cimientos del muelle,

en  llantas parachoques, en el basurero de la orilla de la bahía

donde mueren entre la inmundicia que libera hedores tóxicos.

 

En el río seco cae el día. Los pájaros desesperados

se refugian entre las ramas de los árboles pidiendo agua con su canto.

Profundo verano, luego la lluvia.

 

En el borde del muelle respiro profundo.

El oleaje, el aire salado, el graznido de las gaviotas,

el rugir del motor de la panga.

Adiós Bluefields, bye bye Half Way Cay, welcome dice El Bluff.

 

Barcos hundidos, casco y mástiles oxidados.

Cuerpos enjutos, rostros amarillos con ojos tristes.

¿Estarán allí por siempre?

¿Quiénes los abandonaron?

Vamos a la deriva en un mundo

verde y azul que se derrumba.

 

7 de abril de 2024.

Foto propia.