lunes, 20 de septiembre de 2010

GANADEROS GORDOS, CAMPESINOS FLACOS Y BOSQUES RALOS

La ganadería es una de las actividades económicas agropecuarias más importantes del país. La practican miles de pequeños, medianos y grandes productores en diferentes regiones. Tiene más de cuatrocientos años de ser una actividad productiva y, desde que fue introducida por los colonizadores españoles, su sistema de producción ha variado muy poco.

Hace cincuenta años irrumpió el “auge ganadero” caracterizado como la tercera fase de inserción del país en el mercado mundial, lo que consolidó el actual “modelo agroexportador” ante la demanda creciente de carne por los países ricos, principalmente los Estados Unidos de Norteamérica. Dicho auge se manifestó en un incremento de la producción de carne del 377 por ciento entre el periodo de 1950 y 1978, superior al del café, azúcar y de granos básicos en el mismo lapso.

Este acelerado repunte de la actividad agropecuaria fue producto de la expansión del área de cultivo y, en la ganadería, de la incorporación de nuevas tierras en pastizales con patrones tecnológicos extensivos. Ante la apertura de nuevos caminos y carreteras en la región central y producto del proceso de diferenciación campesina, llamado “vías de desarrollo campesino”, diferentes tipos se asentaron en amplios territorios vírgenes de bosque húmedo tropical en el este de país, dando lugar al proceso de colonización de la frontera agrícola.

Carne en Canal
Estos campesinos asentados en la “nueva frontera agrícola” son los que sustentan la actividad ganadera. Por su lejanía, marginación y exclusión de políticas públicas, son presa fácil de una cadena compleja de intermediación ganadera. Para lograr la reproducción de su sistema productivo deben vender sus productos, en este caso los terneros y novillos, a “arreadores de montaña”, los que a su vez los venden a acopiadores de puertos de montaña y éstos a acopiadores de los grandes ganaderos que los repastan o engordan en sus extensas fincas para, al final, después de entre cuatro y seis meses, venderlos a los mataderos industriales o exportarlos a México, Guatemala, Honduras, El Salvador y últimamente a Venezuela. En el caso de la leche, elaboran quesos de manera artesanal, los que siguen más o menos la misma dinámica de intermediación.

Los niveles de productividad a nivel nacional son bajos. La tasa de parición es del 45 por ciento, mientras que el intervalo entre partos es mayor a los dieciocho meses; la producción de leche por vaca por día es de 3.8 litros, los novillos alcanzan el peso deseado para el sacrificio, entre 380 y 400 kilogramos, a los tres y medio o cuatro años.

Estos índices son producto de la baja inversión, concentrándose en tierra, mano de obra y ganado. Mejoras en la actividad, tales como combinación de gramíneas con leguminosas, sales minerales, prácticas sanitarias adecuadas, infraestructura para el manejo, higiene del ordeño e inseminación artificial para el desarrollo genético son mínimas, aunque frecuentes en las fincas de los ganaderos grandes, los que representan menos del veinte por ciento del total de productores dedicados a la actividad, vinculados a la exportación, financiamiento, tecnología y a los grupos de poder.

El ganadero de montaña, “el finquero” ubicado en la nueva frontera agrícola, obtiene índices de productividad bajísimos que inciden, por el gran numero de ellos, en la media nacional. Radica en la finca y sus condiciones de vida son extremas porque no accede a los principales servicios básicos, financiamiento ni asistencia técnica. Su lógica de producción y los resultados económicos de la actividad se basan principalmente en el trabajo familiar, ganado y el capital natural: la montaña. Una vez que logra acumular capital compra tierras al campesino pobre para expandir su finca, mientras que éste se adentra cada vez en la selva sobreviviendo de granos básicos mediante la tala, roza y quema del bosque.


La ganadería ha entrado en una nueva fase de crecimiento. Entre los años 2000 y 2009, las exportaciones de carne, medidas en millones de dólares a precios FOB, tuvieron un incremento del 341 por ciento según datos del Banco Central. Todos ganan en la actividad, unos más que otros, con costos elevados para el país. Tener ganado es sinónimo de ganancia. Mientras no se fomente e incluya a los ganaderos de frontera agrícola, a los finqueros, en programas de mejora ganadera que logren estabilizarlos en su finca actual y elevar sus índices de productividad, seremos espectadores de mayores conflictos sangrientos por la tierra en territorios indígenas del caribe y del pastoreo de ganado en las Reservas Indio - Maíz y Bosawas, lo que será referencia del fracaso del sistema ganadero actual y de quienes obtienen mayor riqueza del mismo.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
hillron@hotmail.com
Miércoles, 15 de septiembre de 2010

viernes, 17 de septiembre de 2010

EL PRIMER HAZ DE LUZ DESPUES DEL ROCIO

Sus labios se buscan; ansiosos, como despistados con el paso del tiempo, se encuentran. El beso es corto, se miran y vuelven a besarse redescubriendo la dulzura añorada. Los cuerpos tiemblan, danzan y se rozan con frenesí como la primera vez. La sangre fluye hirviendo, palpitan con desesperación los corazones. La ropa se esparce alrededor de la cama y los cuerpos se sienten, se rozan y acarician. La pasión invade la habitación, los suspiros se convierten en la música que sus cuerpos siguen y enloquecen. Las manos se juntan, se enlazan por segundos, se abandonan para explorarse y reconocerse, acarician hasta el sudor que emanan y se dan cuenta: han cambiado mucho. Ella expone su sexo como una flor con el primer haz de luz después del rocío. Él humedece sus labios con el néctar, saborea la miel que vierte hasta embriagarse y ella acaricia con sutileza su hombría, la estimula cada vez más y sus sentidos se elevan al infinito por el delirio del amor.

De pronto, ella lo separa bruscamente. Se levanta de la cama con el pretexto de apagar la luz, único testigo que invade la intimidad. Enciende un cigarrillo, inhala profundamente y exhala con fuerza el humo. Lo observa como a un extraño tendido en su cama, camina pensativa dando vueltas como queriendo escapar del momento.

─ ¡Es una locura, perdóname pero no estoy segura! ─dijo moviendo la cabeza con gesto de falta. ¡No es posible que después de tantos años de no vernos, así de pronto, me acueste y haga el amor con vos! ─ concluyó inhalando con desesperación el humo.

Él se levanta. Camina hacia ella. Trata de abrazarla pero lo rechaza. Intenta tomar su mano y la niega. Se siente herido, rechazado, derrotado. Ella vuelve a la cama, toma la sábana y cubre su cuerpo. La observa pensativo, no sabe que decir. Piensa en los momentos anteriores, en la conversación que tuvieron en el bar, en la cita que acordaron por teléfono y no logra descubrir ningún detalle para que lo rechace ahora, justo en el momento en que volverían a amarse.

Se acerca a la cama, toma su ropa y se viste. Ella le da la espalda, no sabe qué decir, qué hacer. Intenta nuevamente tomar su mano. No se la niega y se las estrechan. Ella se levanta envuelta por la sábana y camina cabizbaja hacia él. Se abrazan con fuerza, como amigos. Se separaran y sus miradas se encuentran. Ríen a carcajadas como en aquello años de juventud, encienden un cigarrillo y fuman con placer. Conversan, recuperan juntos sus recuerdos. Amanece, antes de salir el sol se despiden como novios después de su primera cita.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
17 de septiembre de 2010.



martes, 14 de septiembre de 2010

RELEER LA REALIDAD PARA VENCER EL MIEDO EN EL CARIBE

Asesinatos, balacera en la vía pública, robos a plena luz del día, periodistas acosados por funcionarios corruptos y elementos vinculados al narcotráfico y al narcomenudeo, proliferación de expendios de drogas que invaden las aulas de clases, son ejemplos de la ola de violencia que se vive en Bluefields. En el pasado, no muy lejano, miembros de la Policía Nacional fueron asesinados en su propio cuartel. Si la delincuencia ha atentado  contra la institución que debe darnos seguridad, ¿qué nos depara en el futuro? ¿Será que prevalecerá “la cultura del miedo” en la Región?

El pueblo está viviendo inmerso en el terror y el miedo. La seguridad ciudadana se ha perdido. El miedo es lo último que debe prevalecer ante esta situación. El miedo hace que los ciudadanos, los barrios, las comunidades, las organizaciones no gubernamentales, las instituciones del Estado y la misma cooperación internacional dejen de creer que es posible salir de la realidad en que vive el Caribe Nicaragüense: pobreza, exclusión, corrupción, explotación irracional de los recursos naturales, narcoactividad y delincuencia.

Es urgente que el Estado preste atención a la Costa, pero debe hacerlo con una perspectiva diferente, porque la realidad costeña ha cambiado en los últimos años. El Gobierno y sus instituciones, las mismas ONG´s, las universidades de la costa, la cooperación internacional junto con el pueblo costeño, sus comunidades, sus líderes comunitarios, los ciudadanos de a pie de la costa, debemos “liberarnos” en el sentido de tomar conciencia de que no tenemos limitaciones para superar esta crisis, vencer la apatía, el desinterés, la incredulidad y combatir, más ahora que antes, la ignorancia.

Para vencer el miedo que prevalece es necesario partir de la realidad cotidiana del pueblo caribeño, porque es en ella que se puede descubrir la verdadera intencionalidad de los ciudadanos. Es necesario encontrar las verdaderas aspiraciones que dan sentido al actuar y reconocer que somos sujetos activos con propuestas que muchas veces no se toman en cuenta en la definición de las políticas que promueve el Gobierno Central, el Gobierno Regional y el Consejo Regional Autónomo y que contribuyen en gran medida a la situación real no deseada que se vive en la Costa.

Es ahora que debe tener mayor sentido el proceso autonómico de la Costa Caribe Nicaragüense. Ese proceso autonómico es de la gente, de los ciudadanos. No es de los partidos políticos,  no es de los concejales regionales; es de la gente y sus comunidades. Ha llegado la hora de que sean ellos lo que redescubran su realidad y adquieran conciencia de que no están limitados para vencer la delincuencia, la pobreza, la exclusión y a la misma narcoactividad que ha desfigurado el entramado social solidario del caribeño. Es necesario sentar bases y frenar la corrupción de los funcionarios con el castigo que se merecen, igual que los delincuentes.

La reflexión sobre esa triste realidad debe darse en todos los niveles; en las iglesias, independientemente de la fe que profesan, los pastores tienen un gran reto. Las universidades del Caribe, desde el aula y en las comunidades, deben contribuir a redescubrir los verdaderos valores del caribe y releer la realidad con la activa participación  de los jóvenes que son las nuevas generaciones que regirán los destinos de la Región. Las ONG´s y la Cooperación Internacional deben abrirse cada vez más para ver esa nueva realidad desde la propia óptica de las comunidades y que su labor responda a las aspiraciones del pueblo costeño para combatir esos males que tienen mayor prioridad que un edificio o el llamado “apoyo institucional” que brindan a gobiernos regionales corruptos.  Es necesario que todos hagamos una nueva lectura de la realidad costeña.

No basta sólo con redescubrirla. Es necesario el diálogo constructivo entre los actores y sujetos sociales del Caribe para poder adquirir compromisos mutuos apegados a las aspiraciones de todos para vencer la “cultura del miedo”, construir metas y alternativas de ellas y poder así alcanzar el caribe soñado por todos. De lo contrario, la batalla se habrá perdido.



Ronald Hill A.
hillron@hotmail.com
Nueva Guinea, RAAS.
Domingo, 12 de septiembre de 2010

domingo, 12 de septiembre de 2010

REENCUENTRO CON UN BLOFEÑO

Fue una visita por invitación después de varios meses de estar en contacto por Internet. No dudé en ningún momento en aceptarla. Hoy llego, le dije, como a las seis de la tarde. El tiempo ha sido el responsable de cambiar su figura, son 53 años los que tengo, me dijo. Yo 47 pronto, contesté. Su casa es agradable; en su oficina y en la sala el ambiente es caribeño y se refleja en casi todo: los cuadros, los planos, las fotos de familia y, principalmente, en sus añoranzas y planes de futuro para el caribe nicaragüense. Su cabello está canoso y lo lleva cortado por la peineta numero tres de una máquina para ello. Desde el primer instante fuimos al grano, comenzamos a hablar sobre el Bluff y la pesca porque conoce mucho de este tema, no por ser marino, sino por haber estado vinculado con personas que contribuyeron mucho en el desarrollo del sector pesquero, tanto en el país como en el exterior.

Su imagen grabada en mi mente, desde los años de juventud, fue borrada con este encuentro. Nunca olvidaba la travesía que hacíamos entre Bluefields y El Bluff, en el barco de su padre, llamado Lesbia en honor a su hermana menor. Este era uno de los más rápidos en hacer la travesía en la bahía y todos tratábamos de estar puntual a la hora de su salida para retornar a nuestras casas. Los amigos y compañeros de clases, varones principalmente, preferíamos viajar sobre la caseta a unos dos metros de la proa para apreciar la naturaleza y disfrutar de la fresca brisa de la bahía. En uno de tantos recorridos, con la bahía calma, con sus aguas azules en la que nos acompañaban delfines y “aguas malas”, como le llamábamos a las medusas de mar, él con su novia viajaban en la popa; ella sentada sobre la caseta del barco haciendo piruetas de amor en la travesía, besos, caricias y todo lo que una pareja de enamorados, como ellos, puede hacer. Nuestra mirada era de reojo sin que sospecharan que, como todos los chavalos, estábamos atentos a su romance. Esa ha sido una de las imágenes que me quedaron grabadas. Pero existen otras no tan agradables.

Su padre fue Coronel de la Guardia Nacional, originario de Masaya y de apellido Brenes. El coronel Brenes, querido y apreciado por todos los habitantes, mestizos, negros, misquitos y extranjeros, de El Bluff. Por muchos años ocupó el cargo de jefe de la guardia y de los guardacostas. Cuando fue retirado de las filas de la guardia nacional sucedió un incidente que devino en un gran escándalo en la vida de todos. Realmente no sé a profundidad cuál fue la razón, pero tuve la oportunidad de ver a una familia entera desafiando a la mismísima guardia nacional. Desde su padre y sus hermanos, todos contra la guardia, en su misma base, aquella en que el coronel Brenes por muchos años fue el máximo jefe.

Nunca fue parte del círculo de mis amigos por la diferencia de edad. Su hermano Juan fue mas cercano por la edad y porque juntos practicábamos y participamos en la liga de béisbol amateur en Bluefields con el equipo San José, del Cristóbal Colon, y de el Bluff, los Capitanes y los Diablos. A pesar de ello nos hemos reencontrado nuevamente. El encuentro ha sido provocado por la situación caótica que se vive en la Costa Caribe, ese pedazo de tierra que nos vio nacer y crecer.

Oscar y Brenda
Todo en él gira alrededor de los problemas de la Costa. Su esposa, Brenda, es la misma que iba en aquella travesía en el barco haciendo piruetas de amor al vaivén de las olas, en aquellos años de juventud. Por deseos de hacer mucho por la costa ambos se han involucrado en la vida tormentosa de la política nacional. De ideología liberal, tienen grandes ambiciones por hacer cosas en beneficio del pueblo costeño. Su proyecto personal es construir un hotel en el puerto de El Bluff que brinde facilidades a los turistas nacionales y extranjeros aprovechando la belleza natural del lugar. Él es Oscar Brenes, conocido por todos los blofeños como “el zorro”.

Al terminar la visita me presentó a amigos de su esposa, liberales constitucionalistas de Chontales, que la esperaban. Fue el mismo día en que la Juez Juana Méndez envió a la cárcel modelo a Arnoldo Alemán.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.

jueves, 9 de septiembre de 2010

EL PARQUE REYES: NUESTRO REINO

Los grandes y centenarios árboles de caoba están con pocas ramas, sin hojas. Sus troncos quedan heridos de muerte; esparcidos a su alrededor hay hojas de zinc, pedazos de madera, ramas trituradas, un mar de escombros. El kiosco y el edificio del Colón muestran su estructura y cimientos, nada más. Un niño camina despacio en sus andenes, esquiva las ruinas, observa a su alrededor, se detiene y llora desesperado al pie del busto de José Santos Zelaya, único testigo de la mortal embestida.

No queda nada. Las inscripciones, los nombres de los novios dentro de un corazón grabado en los troncos de los árboles, las manchas en las paredes, los rótulos, las bancas, los columpios, los resbaladeros y las plantas ornamentales han desaparecido; se escaparon, volaron como prófugos en estampida incitados por el huracán.

El tiempo pasa. Los viejos árboles se recuperan y cobran vida. Las tardes de calor extremo se tornan placenteras bajo sus sombras, los niños juegan, corren y gritan de alegría. Las noches de luna llena provocan que novios y amantes apresurados lo visiten, se acurruquen, disfruten y empapen el ambiente con su romance. Otros, en una de sus esquinas, se reúnen alrededor de una guitarra y entonan canciones melancólicas de amor, anhelos, luchas y esperanzas.

Los amigos de lo ajeno, los borrachos, los drogadictos, los homosexuales y los que venden su cuerpo, patti, vigorón, pejibaye y drogas también acuden a el. Los políticos, los de antes y de hoy, han discursado y realizado actos proselitistas aprovechando su amplitud y atractivo. Eventos culturales de diversa índole han sido acogidos en él, desde desfiles, conciertos, bailes, comparsas, circos, hípicos y hasta barreras para montar toros. Las fiestas de Mayo, las de San Jerónimo, las fiestas patronales en honor a la Virgen del Rosario, el aniversario de Bluefields y la Semana de la Autonomía se celebran en ese espacio que es de todos.

Foto: Kenny Siu.
En las noches de bruma, heladas y solitarias, aparenta estar vacío. Si agudizas tus sentidos te darás cuenta que no es así. Lo recorren otros, los ausentes, los que un día lo disfrutaron como tú y yo. Regresan a nuestro reino, vuelan a su alrededor, suben a sus árboles, se mecen en sus columpios, se reencuentran y acomodan en el kiosco, en sus muros y bancas para comentar historias de vida y volver a vivirlas. Antes del amanecer lo abandonan, vuelven al sueño eterno.

Niños, jóvenes y adultos regresan y vuelve a cobrar vida. Los árboles florecen y riegan como gotas de lluvia sus semillas. La vida sigue y él estará siempre para que la disfrutemos. Lo necesitamos, es nuestro único lugar de esparcimiento y sana recreación. Hay que mimarlo, defenderlo y embellecerlo cada día. Es el parque Reyes y todos tenemos en él nuestro reino.

Ronald Hill A.

La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Miércoles, 08 de septiembre de 2010

domingo, 5 de septiembre de 2010

DE REGRESO EN BLUEFIELDS

Foto cortesía de Kenny Siu

Nos encontramos en la calle central; teníamos muchos años de no vernos y el saludo fue efusivo: nos miramos esquivos, nos reconocimos, nos dimos un apretón de manos y un abrazo fuerte. Habíamos estudiado en el Colón y jugado base ball en el mismo equipo. De entrada me invitó a tomarnos unas cervezas y acepté. Éramos cuatro, él y otros dos de sus amigos.

—Voy a estar quince días —dijo Steven. Cuando estoy en el barco, sólo pienso en regresar, me hace falta la familia, los amigos, mi gente. 

Nos acomodarnos en una mesa esquinera. Uno de sus amigos pidió cerveza para todos. Estaban bien heladas. Afuera el calor era insoportable, calor caribeño.

—Cuéntame qué haces —preguntó al mismo tiempo que se empinaba la botella. Hizo una llamada por teléfono, habló con uno de sus amigos indicándole el sitio donde nos encontrábamos. Noté el poco interés en la respuesta y dudé en contestarle.
 
—Compro mariscos en Bluefields y los vendo en Nueva Guinea —dije. Me miró sin prestar atención y volvió a llamar por teléfono. Llamaba a otro amigo con el mismo fin. Terminó la llamada y le dijo a uno de sus amigos que pidiera más cervezas. Esperé un comentario de su parte, no hubo.
 
Aparecieron cuatro personas. Uno de ellos había conversado con él en la primera llamada, los otros tres eran amigos del amigo de Steven. Los saludó de la misma manera como lo hizo conmigo y, sin terminar, pidió más cervezas. Dos de ellos eran conocidos: habíamos estudiado juntos en el San José y siempre que nos saludábamos en la calle me pedían dinero. Steven pidió la cuenta y pagó. Se hacía tarde, iban a ser las once de la mañana. Me disculpé aduciendo prisa por comprar los mariscos y al despedirme aparecieron otros seis amigos de él. El ceremonial se repitió.
 
Siempre regresamos a Bluefields por diversos motivos. La mayoría por nuestra familia, que nos espera en tiempo de vacaciones después de pasar largos meses en el barco, en el trabajo que hacemos en otro país, o simplemente por regresar para semana santa, las fiestas de mayo, los desfiles de septiembre o para Navidad. Volvemos con entusiasmo, con alegría, con ganas de reencontrarnos con la familia y amistades, con la música, el sabor de nuestra comida, el olor de nuestra ciudad, sus calles, sus esquinas, su parque, sus callejones, la brisa de su bahía.
 
El tiempo se nos hace corto y, cuando nos damos cuenta, debemos retornar, a veces sin realizar muchas de las cosas que habíamos pensado previo al viaje. Muchos, como Steven, se la pasan celebrando con sus amigos y los amigos de sus amigos; no se dan cuenta que Bluefields y su gente ha cambiado por múltiples razones. Regresemos a Bluefields con otra mirada y redescubrámoslo.
 
Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.

jueves, 2 de septiembre de 2010

LOS CONSEJEROS DE LA AUTONOMÍA

A partir de 1990 se eligen, cada cuatro años, noventa consejeros regionales en las Regiones Autónomas de la Costa Caribe de Nicaragua, en el marco de los estatutos de la Autonomía y la Ley Electoral. Estos consejeros son los hombres y mujeres que rigen, en ese lapso de tiempo, el desarrollo del proceso autonómico que se vive en la Costa Caribe de Nicaragua, junto con los diputados propietarios de las Regiones Autónomas, tres en el caso de la RAAN y dos en el caso de la RAAS.

El estatuto de la Autonomía establece que, para ser consejero, es necesario “haber nacido en la Costa Atlántica, o ser hijo de padre o madre nacidos en la Región; haber cumplido veintiún años de edad; estar en pleno goce de sus derechos civiles y políticos, así como haber residido en la respectiva Región por lo menos un año inmediato anterior a las elecciones; los nicaragüenses de otras regiones deberán haber residido en la respectiva Región Autónoma al menos cinco años consecutivos inmediatamente anteriores a la elección”.

Los aspirantes a consejeros regionales pueden ser muchos, pero les corresponde a los partidos políticos su selección y presentación ante el Consejo Supremo Electoral, quien señala el cargo de elección para el cual se les nomina. Los criterios que utilizan para seleccionar a los candidatos son, entre otros, la militancia política y el reconocimiento y liderazgo que tiene en su circunscripción, factor clave para movilizar votos a su favor. También es importante la representatividad de los diferentes grupos étnicos: misquitos, creoles, sumos, garífonos, ramas y mestizos, por lo que el primer candidato de toda lista propuesta debe ser de estos grupos en las zonas donde son mayoría.

Previo a la selección de candidatos por los partidos, se genera un proceso interesante en el actuar de los previamente identificados para optar al cargo. Estos “potenciales consejeros” hacen de todo por lograr su inclusión en la lista, principalmente con los “jefes políticos” del partido que los bendecirán para ello, porque están conscientes que deben pasar la prueba, la “sacadera de manteca”, ya que son muchos los que aspiran. Así, se tornan en militantes dóciles, pasan días y noches en la casa de su partido porque allí es donde se ultiman los detalles, se mueven las fichas como en un juego de ajedrez y están atentos a ello.

Cuando logran quedar formalmente incluidos en la lista y arranca la campaña electoral, cambian su actuar para lograr los votos que los llevará a tan codiciado cargo. Visitan a sus vecinos, su circunscripción, saludan a todos los que se encuentran en su camino, acuden al culto, no importando la religión que profesan, ninguna actividad pública se escapa de su presencia, realizan promesas de beneficios para su gente, aman a las niñas y los niños, se convierten en los nuevos redentores de su pueblo. Si pertenece a uno de los partidos Nacionales que están en la contienda, el candidato permite que los líderes, los de Managua, se roben su campaña, su fiesta, su espectáculo, su momento, tratando así de ganarse la confianza; se hacen los desapercibidos porque son visionarios y saben que lo mejor está por llegar.

Una vez que son electos, aun cuando solamente el cuarenta por ciento de los electores acuden a depositar su voto, muchos de ellos celebran con bombos y platillos, entran en un estado de gloria, saben que se encuentran cerca de las mieles del poder. Las ansias invaden sus sentidos, su mente divaga, recorre senderos políticos y económicos insospechados. Junto a otros electos de su mismo partido, cuando alcanzan casi la mayoría de escaños para hacer gobierno, buscan por diferentes medios ser los preferidos para ostentar los cargos de la junta directiva del consejo Regional y, más aún, para ser nombrado coordinador regional o gobernador, cargo compatible con el de representante del presidente de la República en su región. Cabildean, conspiran, buscan cualquier pretexto, cualquier desliz para desprestigiar a sus más cercanos competidores y se hunden en graves conflictos que marcarán su gestión.

Los que han quedado en minoría y no pueden hacer gobierno, se convierten en los carroñeros de la fiesta, coquetean con los ganadores, hacen contacto con los jefes políticos de los partidos en mayoría y, sin ningún pudor, se ofrecen como mercancía barata a cambio de ciertas prebendas porque su voto es clave para formar gobierno.

El momento culminante llega cuando el Consejo Supremo Electoral los convoca a través de los partidos para la entrega de credenciales, preside la toma de promesa de ley y posesión del cargo. En el mismo acto solemne se procede a elegir la junta directiva del Consejo Regional Autónomo y al coordinador regional. Es en este instante cuando quedan al descubierto las ambiciones, el desencanto, el carácter, el compromiso y las fisuras de los nuevos consejeros. Muchos abandonan su partido y cambian de bancada desfigurando la correlación de fuerzas y agudizándose los conflictos de poder.

Las contradicciones, los conflictos y los escándalos que se hacen públicos, no se dan por concepciones diferentes sobre la profundización del desarrollo autonómico, ni mucho menos por la definición de estrategias regionales para promover el desarrollo económico regional. Los consejeros acarrean en sus hombros y conciencias esos males desde su inicio, desde que aparecen en la lista de nominados y se olvidan de la utopía, de su función principal, de la lucha histórica del pueblo costeño por alcanzar su desarrollo. El interés que predomina es el aprovechamiento del cargo en su beneficio por encima de todo lo demás.

¿Tendremos algún día consejeros diferentes? Por supuesto que sí; cuando las nuevas conciencias, las nuevas generaciones instruidas en las universidades del Caribe, constituidas para formar los recursos humanos que demanda el proceso autonómico, se involucren para hacer una gestión innovadora en la que prevalezca la autonomía política y se elimine para siempre el predominio de los intereses partidistas nacionales sobre los regionales. Sí, cuando se haga la revolución autonómica y se deje de pensar que la revolución es la autonomía.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Miércoles, 01 de septiembre de 2010.

sábado, 28 de agosto de 2010

UN AMIGO PARA SIEMPRE

Caminamos hasta el final del andén, donde el mar abraza la ensenada. Observamos juntos los últimos rayos del sol de aquella tarde de verano. Con un gesto que aún siento en mis hombros, pasó su brazo derecho sobre mí y, con una sonrisa que guardo en mi memoria, dijo: “Tu voz ha cambiado, estás dejando de ser un niño”. El cambio llegó como un susurro en el tiempo, casi imperceptible. Se convirtió en mi amigo eterno, en el amigo de mis amigos, esos que nunca se desvanecen en el olvido. Cuando me reencuentro con ellos, su presencia vuelve a nosotros en cada conversación, como si nunca se hubiera ido.

Foto de familia tomada por Frank Feurtado Hill.

Desde mi niñez, me guio con ternura a descubrir mis raíces. Con esmero, siempre me llevó al lado de sus padres: mis abuelos, tíos y primos. Al verlo junto a ellos, notaba cómo su carácter se transformaba: era amigo de todos en la isla, querido por todos, sin distinción. En especial, con los afrodescendientes, con quienes siempre encontraba un tema para conversar, una idea para debatir, una broma para compartir. Me enseñó cómo se ganan los pesos en tierra y en el mar. Sin embargo, nunca quiso que siguiera sus pasos de marino porque, según él, era una vida dura, y el corazón no debía perderse entre olas.

Con el tiempo, nuestras vidas tomaron caminos distintos. Alcé vuelo, y él se aseguró de que mis alas fueran lo suficientemente fuertes para soportar el viaje. Siempre estuvo pendiente de la travesía y, en los momentos más oscuros, iluminó mi sendero, especialmente cuando la ruta se tornaba difícil. Yo regresaba, y de vez en cuando, él me encontraba en el recorrido para darme aliento, renovar mis fuerzas y animarme a seguir. Conoció a todos sus nietos y los disfrutó tanto como le fue posible.

De pronto, como si fuera una ironía del destino, se marchó a su isla. Regresó para comenzar de nuevo y a sus sesenta años, volvió a navegar. Durante aquellos años de euforia, cambios y nuevas esperanzas, en medio de luchas, gritos, guerras, servicio militar y sacrificios en favor de los demás, él seguía a mi lado, aunque a la distancia, a través de llamadas telefónicas. Consciente de los peligros que me rodeaban, nunca perdió su sentido del humor; se reía al saber que ganaba varios millones de córdobas al mes, aunque solo alcanzaran para la comida. A pesar de las adversidades, nunca sugirió que abandonara el país; sabía, con la certeza de quien conoce el corazón, que no lo haría.

Volvimos a estar juntos. Nos reunió en su isla para una fiesta de Navidad y fin de año. Una vez más, la familia se congregó como en los días de nuestra niñez. El momento quedó inmortalizado en las fotografías que capturamos. Se inauguraba una nueva década, mientras los zapatistas sorprendían al mundo con sus acciones y manifiesto, en una época que parecía haber perdido su frescura. Los visité años después y regresó en varias ocasiones; siempre con el mismo fervor, volvía a enamorarse del trópico húmedo.

White Bush Hill y Ofelia Alvarez

Llegó la tragedia y perdió al amor de su vida. Desde entonces, dejó de ser el mismo: no deseaba permanecer en su isla, no podía soportar la soledad, la ausencia, el recuerdo de ella, a pesar de tener a la familia de mi hermana a su lado. Anhelaba escapar lejos. Cada mes, al llegar la fecha del fallecimiento de mi madre, lloraba como un niño y me abrazaba con la misma intensidad de aquel momento en que me dijo que me estaba haciendo hombre. Su vida había perdido todo sentido, y deseaba partir para encontrarse con ella. Al marcharse, me prometió que regresaría para quedarse a vivir conmigo.

Iba a abordar la avioneta para regresar. Al pie de la escalinata, vio bajar de la aeronave a su hermano Simeón. Ambos se sorprendieron al encontrarse. Su hermano insistió en que no se marchara, que tomara el vuelo de la mañana siguiente para pasar juntos esa tarde y noche. No logró convencerlo, y antes de despedirse, como siempre en broma, le dijo: “Como no vas a estar en tu casa, esta noche dormiré con tu mujer”.

Aquí lo esperábamos. Timbró el teléfono y no podía creer lo que decía mi hermana: la avioneta se había precipitado al mar, a unas cuatro millas de la costa. No podía hablar ni moverme; solo pensaba en él intentando salir de la avioneta, nadando como todo hombre de mar. Pasaron las horas, llegó la noche y siempre me decían lo mismo: no sabemos nada, los están buscando.

Salí en su búsqueda y llegué al tercer día. Fui de inmediato donde Simeón. “Vete al hospital, allí está, lo han encontrado”, me dijo mi tía Twila. En la morgue había un gran tumulto: llantos, gritos, los medios persiguiendo la noticia, cámaras por doquier, y de pronto apareció mi tío Henry. “No lo mires, no quiero que lo recuerdes así el resto de tu vida. Ya lo he visto, está intacto, completo, es él”, me dijo. De repente, su cuerpo estaba en un ataúd y partimos al atardecer hacia su isla en un cayuco veloz. Al llegar, nos esperaban: mi hermana Indiana, su marido, mis sobrinas y centenares de sus amigos. Fuimos directo al cementerio.

Simeón y White Bush Hill

Allí, en su sepelio, a campo abierto, al caer la noche, con luces instaladas para la ocasión, el pastor habló mientras comenzaban a bajar su cuerpo junto al de mi madre, para que descansara a su lado. Mis lágrimas corrían sin cesar; no podía evitarlo, lloré como nunca antes había llorado. Había perdido a mi amigo, aquel que siempre estaba cuando más lo necesitabas, y ya no podía abrazarme ni consolarme. Dejó de hacerlo aquel viernes 28 de agosto de 1999.

Siempre está conmigo. Lo llevo en el corazón. En los momentos de angustia y temor, lo busco; nunca me abandona. Regresa a mí, siento su presencia, ilumina mi camino y me da el ánimo necesario para seguir adelante.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Viernes, 27 de agosto de 2010