miércoles, 15 de junio de 2011

EL FSLN ESTÁ DE DUELO EN NUEVA GUINEA

Escribía cuando sonó el timbre del teléfono. Era Aster, mí hijo. Por lo general no llama, nos visita por las mañanas. ¿Qué pasó?, le pregunté. “Hubo un accidente, se murió el Machín y Rosales”, contestó. Dejé de escribir. Minutos después llamó Ronald Jr. “Ya te distes cuenta, se murió el Machín”, dijo.

Marvin González González, llamado con cariño “el Machín” por su baja estatura, trabajó como conductor de Ayuda en Acción por diez años. Se convirtió en un amigo inseparable, donde yo iba estaba a mí lado. Aun, cuando viajaba a Laguna de Perlas o Kukra Hill, por el río me acompañaba. En la casa lo mirábamos como un miembro más de la familia, querido por todos. Mi nieto Alex, cuando comenzó a hablar, una de sus primeras palabras fue “Machín”.

En los frecuentes viajes que hacia a Managua también se convirtió en amigo de mis amigos. De Mariano, de Tilo, de el Pollo, de Jimmy, de todos. Cuando nos encontrábamos en un lugar de costeños o en cualquier restaurante, Marvin ocupaba una silla más. Nunca le dí trato distante como hacen muchos con los conductores, nunca lo dejé esperándome en la camioneta mientras disfrutaba con mis amistades. Nunca se sentó en una mesa que no fuera la que yo ocupaba. En los hoteles siempre ocupaba una habitación al lado de la mía. Nunca le puso peros al trabajo. Si tenía que salir de madrugada a Rivas u Ocotal siempre acudía puntual. Excelente conductor, siempre estaba atento al vehículo. Cualquier ruido extraño que detectaba en la camioneta provocaba insistencia de su parte para el chequeo. “Nunca se sabe”, decía. “Este es mi machete”.

Cuando viví por muchos años solitario en Nueva Guinea, antes de que mí mujer se trasladara con los chavalos, alquile una casa al lado de la suya. Se cruzaba el patio cuando descubría que había llegado, siempre estaba atento. En esos tiempos, bebíamos guaro junto con otros que también vivían solos en Nueva Guinea y los viernes nos trasladábamos a Juigalpa. Para no aburrirnos, todas las semanas se inventaban fiestas “de traje” y en mi ausencia estaba pendiente de la casa.

En una ocasión, al cruzarse de noche la pista de aterrizaje en busca de su casa, lo golpearon hasta dejarlo inconsciente. Cuando me di cuenta salimos disparados al hospital a verlo con otros del trabajo, entre ellos la Dra. Viñet Roses, una española que nos apoyaba en controlar un brote de Leishmaniasis y el Dr. Rigo Sampson, el “doctor de los pobres”. Estaba postrado en una camilla y al verme se levantó y dijo: “estoy bien, ya estoy listo” y cayó desmayado. Lo trasladamos de emergencia al hospital de Juigalpa con una herida profunda en el occipital.

Al cerrar el proyecto impulsado por Ayuda en Acción, en el año 2007, se trasladó a trabajar a Matiguas. Luego de unos meses regresó a Nueva Guinea y comenzó a trabajar en el Comité Departamental del FSLN como conductor de “Payo”, Rafael Rosales. Siempre daba una vuelta visitándolos y en broma le dije una vez a Payo “ideay, sólo falta que me contrates para que el equipo de Ayuda en Acción esté completo” porque junto a Marvin también trabajaban en el Comité, Wilfredo Jirón e Hilario Amador, quienes fueron promotores sociales en el proyecto.

Un día de estos, hace dos semanas, Marvin me llamó por teléfono y con entusiasmo me dijo: “te he recomendado para que manejes un proyecto de cacao que van a impulsar en Nueva Guinea, sólo vos podes manejar eso”. Gracias por acordarte de mí, le dije. “Para eso son los broders”, contestó.

El accidente ocurrió hoy por la mañana. Antes de salir al empalme de la Curva, en la bajada de la Coneja, impactaron contra una rastra. Falleció con sus manos sosteniendo el timón de la camioneta junto a Rafael Rosales y Paula Valle.

Dos amigos se han ido. Así es la vida, nadie es eterno como dice la canción. Se me han adelantado. Tengo que asistir a la vela para acompañar a sus familiares en estos momentos de dolor. Tres militantes se han ido. El FSLN está de duelo en Nueva Guinea.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Miércoles, 15 de junio de 2011

martes, 14 de junio de 2011

EL PUENTE COLGANTE SOBRE EL RÍO PUNTA GORDA

El puente colgante sobre el río Punta Gorda permite el paso de miles campesinos originarios de las comunidades del sur de Nueva Guinea que salen a la colonia La Fonseca. El impacto de dicho puente ha sido notorio en lo que a movilización y comercialización de los productos campesinos se refiere. Antes de su construcción debían cargar los productos en pequeños botes y cruzar ambas riberas sorteando las caudalosos aguas en el periodo lluvioso para evitar todo tipo de accidentes. El río es uno de los más caudalosos de Nueva Guinea y forma parte de las tres principales cuencas hidrográficas del territorio con el río Rama y río Plata.


La construcción de dicho puente fue posible por la cooperación de la embajada de Dinamarca mediante el proyecto de apoyo al sector transporte PAST-DANIDA de la RAAS. El costo de la obra fue de 2.5 millones de córdobas de los cuales las comunidades beneficiarias aportaron 64 mil córdobas. La municipalidad de Nueva Guinea estuvo a cargo de la coordinación del proyecto.

Aquí les dejo el vídeo. Un antes y un después que se hizo el puente con campesinos transitando por el.








Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
13 de junio de 2011.

viernes, 10 de junio de 2011

LA MARCHA POR LA DIGNIDAD Y LA ESPERANZA

En el año 2004 escribí el artículo “Narcoactividad contra la Institucionalidad”, como respuesta al enfoque, aun persistente, de que en la Costa Caribe existe una “cultura narco” en la que los pobladores de las comunidades se confabulan con los narcotraficantes brindando apoyo con la logística necesaria y que la droga recuperada en las costas ha influido en un mayor consumo, tráfico interno y en el lavado de dinero por la fragilidad del sistema bancario. En ese contexto, utilicé como ejemplos a un joven caribeño, a un policía, a un juez administrador de justicia y a un banquero, para resaltar lo atractivo que resulta el negocio de las drogas.
           
Decía que a un joven de la costa Caribe nicaragüense estudiar no le resulta atractivo. Estudiar para qué, se cuestionan, si luego de nada sirve el título porque no consigue trabajo y si lo encuentra le pagan un salario que no cubre sus necesidades. Resulta más fácil ir a la playa a buscar un paquete de cocaína y después venderla: así resuelve las cosas de su familia. Para un policía que recibe un salario miserable resulta atractivo hacerse de la “vista gorda” ante una actividad delictiva en la que puede recibir una mordida, equivalente a más de 100 veces su salario. Para un administrador, un juez, aparte de las presiones y consecuencias que puede tener para él y su familia dictar una sentencia que castigue a un narcotraficante, se ve inmerso en una situación extremadamente difícil en la que existe un mundo de intereses y si no tiene la convicción, el carácter y la seguridad necesaria, éstos regresan nuevamente a las calles para continuar en su actividad. Para el banquero, que maneja constantemente la fórmula del capitalismo, es atractivo que ingresen en sus arcas varios millones de dólares para aumentar su liquidez y ganancias sin pensar en muchos requisitos.
           
Y las instituciones, ¿qué pasa en ellas?, me preguntaba. Son éstas las que con su actuar deben dar el valor y la fuerza necesaria a los ciudadanos: pescadores, jóvenes, miembros de la Policía, administradores de justicia y banqueros. Debe existir una institucionalidad fuerte, con principios y valores que estén por encima de cualquier obstáculo para cumplir con ellos.
           
Foto: Jesús Salgado.
La marcha realizada en Bluefields el día miércoles 8 de marzo, convocada por la sociedad civil, ha demostrado que los caribeños están hartos de seguir siendo estigmatizados como “drogadictos” y la ciudad como “cuna de delincuentes”. De igual manera, fue un total apoyo al combate frontal contra el narcomenudeo, las mafias organizadas y la gestión del comisionado Zambrana como jefe policial de la RAAS. A pesar de ello, fue relevado de su cargo y trasladado hacia Managua.
           
La Policía Nacional tiene un gran reto en Bluefields: mantener el prestigio recuperado en los últimos ocho meses luego de escándalos y muertes de agentes que entregaron sus vidas al ser asesinados por sicarios en su propio cuartel. Hoy más que nunca debe fortalecerse en esa dicha ciudad caribeña, sostener sus principios y valores en lo más alto y a cualquier costo, inclusive, si es necesario, depurando sus filas.
           
Nuestro país es catalogado como el más seguro de Centroamérica. En cada comparecencia, en cada acto público lo escuchamos. Los ciudadanos de Bluefields se han movilizado, han dejado constancia que no tolerarán más a los expendedores de drogas que envenenan a sus hijos en las aulas de clases y en los barrios. Han alzado su voz contra la delincuencia organizada, contra el tráfico de influencias, el enriquecimiento ilícito y demandan mayor seguridad ciudadana.
           
Ahora le corresponde su turno a las instituciones. La marcha de la dignidad y la esperanza es su fortaleza en la ciudad de Bluefields. Juntos, de la mano, podrán frenar esos males que, como un cáncer, si no se corrige acabará con la vida y esperanzas de todos. De lo contrario, deberán asumir las consecuencias.



Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Jueves, 09 de junio de 2011

jueves, 9 de junio de 2011

¡CÓMO, CÓMO! … ¿DIME POR QUÉ?

Como todos los miércoles, llegué a las once de la mañana a la barbería Central de Nueva Guinea. Un minuto después me acomodé en la vieja silla de barbero. Llegaron dos clientes y comenzaron a platicar, a cuestionarlo todo.

¡Qué barbaridad, ya no vamos a comer carne!, dijo un señor de unos 45 años que vive en la zona cinco. ¿Ya oíste el pleito que se tienen los matarifes con el alcalde?, le preguntó al barbero. Metí la cuchara y pregunté ¿Por qué pelean?

    Por los precios —dijo al sentarse en una silla de plástico.
    Son salvajes — dijo el barbero—. Pasaron cinco años comprando ganado barato, vendiéndonos la carne al mismo precio, sin bajarle el precio —agregó mientras llenaba mis cachetes de espuma.
    Es normal —dije. Cuando sube el precio del ganado, sube el de la carne.

Llegaron otros clientes. El barbero les ofreció sentarse para evitar que se le fueran a la barbería de al lado. Ya eran cuatro en espera y todos estaban pendientes de la conversación.

    No amigo. Que se jodan —respondió el señor de la zona cinco. En cinco años compraron carne barata y la vendieron carísima. ¿Por qué no le bajaron el precio en esa época?
    Se la dan de vivos —dijo el barbero.
    ¿Por qué en ese entonces el alcalde no los obligó a bajarle el precio? —pregunté.
    El alcalde estaba estrenando la silla —dijo el señor de la zona cinco—. Ahora no lo engañan —agregó.
    No es pendejo —dijo el barbero. Anda con el cuento de gato que se quiere reelegir de alcalde. ¿Qué le parece cuñado? —preguntó.
    Es el mejor alcalde que hemos tenido en Nueva Guinea —respondí.
    Esa es propaganda de ellos —dijo el barbero. Se gastan los impuestos en ellos mismos, son más de ciento cincuenta los trabajadores de la alcaldía —agregó y sentí la fuerza de la navaja en el cuello.
    No se enoje cuñado, chiva con la navaja —le dije.
    Es el que más progreso ha traído a Nueva Guinea —dijo el señor de la zona cinco—. Mire la hermosa calle que ha hecho, hasta con rotonda, la de los cuatro evangelios —agregó.

Escuché la voz de don Víctor y levanté un poco la cabeza, pendiente de los movimientos de la navaja. Desde la acera saludó, “¡ideay ingeniero, lo he estado esperando!”, dijo y agregó, “lo de las calles es otro cuento”.

    Me acuerdo cuando Baquedano adoquinó la calle central y, con el apoyo del Proyecto Español, aprovechó para adoquinar de aquí hasta la alcaldía, una cuadra —dijo.
    Despuecito de la guerra —dijo el barbero.
    Nueva Guinea debería de tener todas sus calles adoquinadas—dijo Víctor.
    Enchapas en oro —respondí. El barbero pasaba, relajado, la brocha entalcada por mi cara. El señor de la zona cinco se levantó de la silla al ver que terminaba conmigo.
    No, amigo —dijo de pie. El alcalde prioriza los caminos rurales, prioriza el campo para que saquen la producción los campesinos.
    Cuentos, nada más —dijo Víctor. Por donde usted vaya, los caminos están desastrosos. San José, La Fonseca, Naciones, la Unión, San Francisco, donde vaya son semerendos pedreros y espere el invierno, charcales, hoyoncones son los que quedan.
    ¿Y el equipo?, ¿Qué hacen con él?—pregunté al levantarme. 
    Ya no sabe cuñado —dijo el barbero—. Los vinagretes.
    El único remedio de estos males es que se levante la gente —dijo Víctor mientras el señor de la zona cinco le indicaba al barbero cómo quería el corte de cabello.
    Ahora es con el voto —dijo el señor de la zona cinco.

De pronto todos callaron. Uno de los buses que viajan a Managua no lograba dar la vuelta, saliendo por el juzgado. En el primer intento dio la impresión de montarse en la cuneta y embestir la barbería. “Ideay jodido, vas a meterlo a que lo rasure”, gritó el barbero. En el tercer intento logró virar y siguió la conversación.

    Se acuerda cuando pusimos quietos a todos los contrabandistas de madera —dijo Víctor. Esa Comisión del Medio Ambiente tenía fuerza, éramos más de cincuenta. Ahora sólo en cuentos se van. Mire usted, en Los Ángeles se reunieron todos y en nada quedaron. Los mismos despaladores piden policías para cuidar la fuente de agua.
    Y eso que han gastado platales en ese río, El Zapote —dijo el barbero.
    ¿Por qué nunca funciona la reforestación de ese río? —pregunté.
    Por lo de siempre —dijo Víctor. Cada quien hala por su lado. Los campesinos quieren todo chiche, todo regalado, no se quieren joder y los que manejan la plata compran palos caros que al final no crecen ni dan frutos. No visitan la cuenca, no hay seguimiento del trabajo. Hasta que se seque el río y nos muramos de sed van a entender.
    El alcalde ha hecho mucho por el medio ambiente —dijo el señor de la zona cinco.
    ¿Y con el otro medio, qué ha hecho? —preguntó Víctor y todos se pusieron a reír.

Me despedí de ellos. Quedé con Víctor de vernos un día de estos para platicar de su juventud en Nueva Guinea, hace unos cuarenta y cinco años. Bajé por las pedregosas calles hasta salir a la de los cuatro evangelios y pasé por la gasolinera. Me encontré a Charrasca y nos tomamos unas heladas en la gasolinera de los Panaderos. Estaba haciendo un calor sofocante, no han entrado las lluvias.

    ¿Cuándo vas a Bluefields? —preguntó.
    No tengo planes por ahora —respondí.
    Está chiva la cosa por esos lados —dijo.
    ¿Por qué?
    Corrieron a Zambrana, tu brother. Los ratones corrieron al gato, seguirán en fiesta —dijo riéndose
    Y las ratas también —le dije.

Corte de energía, otro día seguimos con esto. A cada rato los hay, ayer pasamos siete horas sin energía. En el parqueo de la gasolinera, ya a medio gas, me encontré al Chele de Dissur y platicamos del asunto.

    En Nueva Guinea deberían de tener al menos tres brigadas para estos casos —le dije. Tienen que venir desde El Rama a resolver las fallas.
    Hermanito, vieras las llantas de la camioneta cómo las ando, en el mero alambre.
    Pedí cambio de llantas, cómo vas a andar resolviendo los problemas de esa manera —dije.
    El jefe, primo, el jefe. Tengo más de tres meses de estarlas pidiendo —dijo.

Ahora sí, se descargó la batería. Nos vemos.



Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Jueves, 9 de marzo de 2011.

martes, 7 de junio de 2011

SUSTO EN CUERO, BOTÍN DE GUERRA


A las tres de la tarde escuchó su novela preferida, “Chucho el Roto”. “¡La historia de un hombre que protegió a los pobres y luchó contra la injusticia!, —silbidos leves prolongados—, con la presentación del galán cantante cinematográfico Manuel López Ochoa en el papel de Chucho el Roto, el hombre será menos triste si conoce la sonrisa y el apoyo de un amigo —música subliminal de piano y violín—. ¡Chucho el Roto, con la primer actriz Amparo Garrino interpretando a Matilde de Brizac!”.
           
Una hora después, al terminar el capítulo del día, llamó al chavalero. “Alístense, es hora de ir a la capilla, hoy comienza la novena del Sagrado Corazón de Jesús”, les dijo. “Pero mamá, mire cómo está de nublando, va a llover”, dijo Fausto. Salió al corredor del frente de la casa y, entre las inmóviles ramas del centenario árbol de Laurel de la India, observó el cielo oscuro. “Esta vez no se la pierden, así que se van directo”, les dijo y caminaron juntos, llenando el andén en su recorrido para asistir al novenario en el otro extremo del puerto. “Lloverá por la noche”, pensó y salió al patio a meter la ropa que secaba colgada en mecates sostenidos por una vara; la amontonó en una tina y sintió un repentino escalofrío subiéndole por el cuerpo. Caminó de prisa, cargando la ropa hacia la parte posterior, subió las gradas de la cocina y se sentó a observar la partida de los barcos camaroneros hacia la barra. Tomó su novenario del Corazón de Jesús y solitaria comenzó a orar. “Oh, Jesús mío, que dijiste En verdad os digo, pedid y obtendréis, buscad y encontrareis, llama y os abrirán. He ahí por que yo llamo, yo busco, yo pido la gracia: protege de las tempestades a los marinos en su faena, Señor, y a nosotros de los efectos del vendaval que se nos viene encima”.
           
Al concluir, tomó un balde con diez libras de maíz y bajó nuevamente las gradas. El cielo gris y los relámpagos destellantes sobre la costa del Tortuguero anunciaban la tormenta. Apresurada vació el balde en un comedero de concreto construido por Santiago, su marido, ubicado debajo del lavandero de la cocina. Tres cerdos criollos se acercaron, husmearon nerviosos y se alejaron chillando hacia el patio, eludiendo el tambo de la casa. “Estos chanchos están locos”, pensó al sentir las primeras gotas de lluvia. “Va a llover y es buen riendazo, si dejo el maíz se lo lleva la corriente”, pensó y lo recogió bajo la lluvia.

    ¡Ideay, mamá!, ¿no es que iba a ponerse a zurcir ropa? —preguntó Matilde al regresar del novenario y verla con el balde de maíz.
   No hija, me puse a recoger el maíz —contestó Rosa—. Avanzó y acomodó el balde contiguo al fogonero.
    ¿Y por qué lo recogió? —pregunto Guillermo.
    Los chanchos no lo quisieron, hijo —respondió y se sentó en una silla del comedor.
    ¿Y qué le pasó a los chanchos? —preguntó Ramón.
    No sé, hijo. Salieron espantados, chillando. ¿Y los otros, ya vinieron? —preguntó cansada.
    Sí, sólo hace falta mi papá —dijo Fausto.
    No debe tardar, ya van a dar las cinco y media —respondió Rosa. Pónganse a preparar la cena —le indicó a Matilde y Socorro.

Encendió dos lámparas de keroseno; acomodó una en la cocina y otra en la sala. A las seis de la tarde la familia compartió la cena en el comedor de la cocina. Los fuertes truenos y la rayería destellante interferían la señal de radio, transmitiéndose a través del aparato. La lluvia se intensificaba; enormes gotas acompañadas por las semillas del árbol de laurel provocaban un agudo y constante golpe sobre el techo zinc, similar al de finas piedras. Luego de cenar, Ramón y Felipe acomodaron baldes bajo las goteras, mientras Matilde y Socorro aseguraban las ventanas de las habitaciones. Santiago se asomó en la puerta posterior y descubrió la intensidad de la lluvia al ver correr el agua como en un arroyo, precipitándose sobre la carretera y la bahía. “Es un vendaval”, pensó y cerró la puerta.

  ¡Fausto, cierre la puerta de la sala! —dijo Rosa al verlo coser su guante de béisbol bajo la luz de la lámpara en la sala.
  Ve, Santiago —dijo al verlo entrar en la sala—. ¿Por qué no habrán encendido la planta de la aduana?
   Por la rayería, mujer —respondió—. Juan Ramón y Chicho le tienen miedo a las tormentas. Deben estar temblando en la cama —agregó en tono burlesco.
   ¡A la cama nos vamos todos! —dijo Rosa—. Ya saben, hagan sus oraciones para que el Sagrado Corazón de Jesús nos proteja.

Cada uno brindó las buenas noches y se dirigieron a sus habitaciones. Santiago abrió la puerta de la sala y observó la tenue luz de las lámparas encendidas en las casas de doña Manuela, Mercedes y el Coronel. Solamente identificó el ruido de los truenos y el de la corriente que bajaba desde la loma, desbordando sobre el andén, escurriéndose detrás de la oficina de Octavio Bustamante. Cerró la puerta, puso la tranca y encontró a Rosa en la cama con el rosario en sus manos. Durmieron bajo el mosquitero extasiados por el vendaval.
           
Al despertar, se incorporó silenciosa. Con la palma de los pies buscó las chinelas en el piso de madera y sintió la humedad nocturna recorrer su cuerpo. Se acomodó la bata y sobre sus hombros colgó una toalla seca. De puntillas avanzó hacia la puerta y, antes de salir a la sala, al cerrarla con sutileza, vio a Santiago dormir en posición fetal justo en el borde de la cama, pegadito a la pared. Cruzó el umbral divisorio con la cocina y, al levantar la ventana plegadiza del lavandero, descubrió un cielo gris oscuro y una densa niebla que le imposibilitaba alcanzar con la mirada la isla de Miss Lilian. Encendió la radio, bajó el volumen y escuchó la hora: “radio reloj de Costa Rica, las cinco y treinta minutos”.
           
“No han cantado los gallos”, pensó al encender leña en el fogonero. Tomó una porra de aluminio, sacó agua del cántaro, vació en ella una bolsita de café Estrella y, mientras hervía, abrió la puerta de la cocina. Una corriente húmeda la obligó a cruzarse de brazos, bajó la mirada y observó el manso oleaje terroso reventar sobre las piedras azules protectoras de la carretera que bordeaba el patio trasero. El aroma del café hirviendo la invitó a saborearlo en la mesa arrimada a la pared del baño y recordó que los cerdos habían salido espantados, chillando enloquecidos al caer la tarde, abandonando las diez libras de maíz que les había servido en el comedero debajo del tambo. “Milagro que no están cerca del lavandero”, pensó.
           
La radio anunció las seis de la mañana al terminar de preparar el desayuno. Tomó un cajón de madera cubierto con malla donde criaba ocho pollitos y bajó las gradas. Sacó uno a uno los pollos. Las gallinas llegaron corriendo y salieron en desbandada llevándoselos, alejándose del tambo. ¿Qué será, hasta las gallinas se corren?, se preguntó. Se agachó para asomarse hasta el fondo y descubrió un bulto oscuro en la parte frontal de la casa que se desplazaba paralelo al borde del tambo. “Un animal”, pensó y subió de prisa las gradas dirigiéndose a su habitación.

 ¡Santiago, Santiago!, ¡levántate, levántate! —gritó desde la puerta. Santiago seguía en la misma posición. Al escucharla se dio vuelta.
   ¡Qué molestas, no me podés ver acomodado! —dijo estirándose.
   ¡Apúrate hombre! ¡Un animal está debajo del tambo! —dijo insistente al acercarse Fausto.
   Oí a tu mamá, está viendo animales tan de mañana —dijo Santiago.

Al ver que Santiago no le creía, salió al corredor y caminó con temor sobre el piso de madera acompañada por Fausto que, incrédulo y sonriente, la observaba. “Por allí, allí abajo está el animal”, dijo. Santiago salió al corredor al ver su insistencia.

   ¿Y cómo es el animal? —preguntó Santiago, abotonándose la camisa.
   ¡Yo qué sé!, es oscuro como los capotes de los guardias —contestó Rosa sin dejar de mirar el piso.
   ¡Ay mujer!, esos son tus hijos que metieron capotes viejos en el tambo —dijo incrédulo Santiago.

A Rosa le temblaban las manos y con un nudo en la garganta le relató lo que había sucedido con los cerdos y las gallinas. A regañadientes, Santiago bajó las gradas de la cocina y con un flash light alumbró debajo del tambo en la dirección donde Rosa insistía que había visto un animal. Al verlo echado, gritó: ¡es un tigre!, ¡un tigre enorme! Subió las gradas temblando y Rosa apresurada levantó al resto de los chavalos que aún dormían, indicándoles que salieran de la casa mientras Santiago corría despavorido donde el Coronel a darle aviso del tigre. Los chavalos se aglomeraron en el andén frente a la casa y vieron llegar al Coronel sofocado, limpiándose los ojos y empuñando una pistola Browning 9 milímetros en la mano derecha. ¿Dónde está el tigre?, preguntó.
           
Desde el andén se escucharon los primeros nueve disparos. Después de los primeros cinco, un tumulto de curiosos, niños, mayores y viejos estaban a la expectativa. De pronto Jorge apareció con su rifle 22 y se dirigió cauteloso detrás de la casa desde donde disparaba el Coronel y se escucharon otros cinco disparos de pistola. ¡Ya está muerto!, dijo al ver a Jorge.
           
Montados sobre las ramas del árbol de laurel, Fausto y Guillermo vieron a Mcrea sacar al tigre. Un tigrillo de un metro de largo y cuarenta centímetros de alto que presentaba solamente un orificio de bala en el cuello. El Coronel le ordenó al Mandador que lo descuartizara. Lo colgaron en la parte alta del tambo de las patas llenas de arena y, con sumo cuidado, le quitó el cuero que entregó al Coronel como botín de guerra.
           
Con el paso de los años, el Coronel cambió de casa, mudándose a la de dos pisos que construyó en el otro extremo del puerto, frente a la cabaña. “Allá va el tigre”, dijo Rosa al verlo pasar por el andén cargando el cuero curtido incrustado en un cuadro de madera.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Lunes, 06 de junio de 2011

jueves, 2 de junio de 2011

ENTREVISTA A SINFOROSO VELASQUEZ, PEQUEÑO PRODUCTOR DE NUEVA GUINEA.

En visita a su parcela, Sinforoso Velásquez nos explica la producción que obtiene y los problemas que enfrenta. En el año 2004 se destacó como el mejor productor de maíz a nivel nacional al obtener un rendimiento promedio de 60 quintales por manzana. El ex-presidente Bolaños le hizo público reconocimiento en Nueva Guinea.

   ¿Y que te dieron de premio? —le pregunté después de la entrevista.
   ¡Una tontera!, una bomba de mochila, un silo y una grabadora —respondió sonriente.

Aquí les dejo el vídeo de la entrevista años después.


Nueva Guinea, RAAS.
Jueves, 02 de junio de 2011

martes, 31 de mayo de 2011

MANOS VACÍAS, MANOS LLENAS


Llega al medio día empujando su carretilla con las compras necesarias. Realiza tres paradas en el recorrido; la última a escasos treinta metros. Suelta la empuñadura, hace medio giro, retrocede dos pasos y se sienta en ella. Su mirada se concentra en los alrededores, no tiene prisa, está cansado. Piensa en la rutina del día, en los posibles visitantes que lo acompañaran para acelerar el consumo de su tiempo en soledad, compartirlo a manos llenas. Su mascota corre alrededor, guau, guau, guau, mueve la cola, se detiene y con sus manos escarba en la arena. “Sí, ya estamos cerca, déjame descansar unos segundos más”, le dice al pastor alemán de cuatro meses. Se reincorpora y con decisión inicia la marcha. La rueda se hunde en la arena seca provocando mayor empuje de sus cansadas piernas y entra el rancho. Se dirige al espacio posterior, abre una pequeña puerta corrediza y baja la carga.
           
Recoge trastes sucios, tenedores, cucharas, vasos, platos y los coloca en una pana plástica. Con un trapo sacude la arena del estante, abre el saco y sin prisa toma uno a uno limones, tomates, chiltomas, cebollas; un litro de aceite, una bolsita de sal, una ristra de tortillitas, media docena de choricitos de Viena, una bolsa de galletas de soda, cuatro medias de extra Lite y diez bolsas de hielo. Los observa, contrasta con la lista del papel arrugado y cuenta los setenta córdobas del cambio. “Todo bien, las compras del día, quizás para la semana, no se sabe”, piensa.
           
El cachorro ladra inquieto. Vuelve la mirada hacia el frente, observa olas reventando en la playa, toma su machete oxidado y sale de prisa al embaldosado cubierto de una densa capa de arena blanca. Lo observa correr a la izquierda, regresa y se echa a sus pies. Tres gaviotas salen volando, una carga en el pico, restos de un cangrejo cubierto de hormigas, pelean entre ellas con sus alas emitiendo chillidos desesperados y se alejan. “Ringo, me asustaste. Buen muchacho”, dice. Levanta la mirada, ladra y sale hacia la playa, las olas revientan, pequeñas aves marinas de paso rápido y nervioso picotean sobre la espuma y juguetea con ellas.
           
Barre la capa de arena sobre el embaldosado y, a medida que avanza, sacude las mesas y sillas de plástico acomodándolas una sobre otra en el bordillo de bambú. Levanta la mirada hacia el inicio de la playa y observa una figura solitaria que avanza a lo lejos. Inquieto, entra al bar, toma el largavistas, limpia con la camiseta los lentes y enfoca la imagen regulándolos. “Es Rush”, dice y continua en su labor. “Una caminata más sobre la costa”, piensa. Escucha el ruido de un motor, mira hacia el puerto en la parte posterior del rancho y observa el avance de una panga. Los enfoca, tres personas con el panguero se acercan a la costa. “La guía del día”, piensa y apresura su labor.
           
Dos extraños bajan de la panga, toman las mochilas, pagan el pasaje al panguero y se dirigen sin prisa hacia el rancho. Trata de identificarlos, regula los lentes sobre sus rostros sin lograrlo. Ringo ladra a su lado, inquieto, con la cola levantada y el pelaje del dorso erizado. “Calma, Ringo, calma”, le dice. Rush se encuentra cada vez más cerca, carga en sus manos una vara y un machete sostenido en la cintura. Al verlo, descubre los rayos inclementes del sol, nublando su visión por el reflejo radiante en la arena, sin sombra que se anticipe o preceda.  Al aproximarse, el cachorro sale a su encuentro, ladra a su alrededor y lo sigue.

    Hola viejo —dice Rush—. ¿Manos llenas o vacías? —pregunta al sentarse en la banca de la izquierda, recostándose en el bordillo de bambú.
    Por ahora vacías —responde el viejo—. Espero iniciar el día con aquellos que se aproximan —dice señalando a los extraños mientras arregla las sillas alrededor de las mesas.
    Te deseo suerte —dice Rush. Se levanta estirando sus brazos y sale hacia la arena iniciando su marcha hacia las lagunas, en dirección a Caimán Rock.
    Igual, tienes días de pasar con las manos vacías —grita el viejo al terminar de arreglar las sillas.

Rush continúa su camino y grita levantando la vara: ¡Hoy será un buen día!, mientras los extraños entran al rancho, saludan y ordenan dos cervezas. Desde el mostrador los observa tratando de descubrir sus intenciones. “No tienen rasgos de turistas”, piensa. Uno de ellos es más alto, llevan pantalones cortos, camisolas y chinelas de gancho. Al más bajo le cuelga una gruesa cadena de oro del cuello. Han puesto las dos mochilas en el suelo, al lado de las sillas.

    ¿Conociendo la playa? —pregunta el viejo—. La buena temporada ha pasado, durante semana santa vino bastante gente —agrega. Ringo los observa echado en la arena, en el borde del embaldosado.
    Por eso venimos, para disfrutarla sin el bullicio de la gente —dice el más bajo mientras el alto sonríe.
    Estoy arreglando el local, si desean algo me avisan —dice el viejo y se dirige a la cocina.
    Vamos a caminar por la playa, ya regresamos —dice el más alto.
    Bien —responde el viejo—. Aquí los espero.

Los ve alejarse en la misma dirección que camina Rush. Toma los largavista, busca la figura de Rush pero no la encuentra, solamente la hilera de cocoteros que se desvanecen en el horizonte interminable y las olas reventando en la playa bajo el cielo azul. “Va rápido”, piensa. Regresa a sus labores ante la mirada expectante de Ringo. “Tranquilo, no pasa nada”, dice. Al concluir, regresa al frente del rancho y busca a los extraños sin encontrarlos en la playa. Al girar los largavista un poco a la derecha, observa una lancha rápida que sale de la playa, la sigue con atención descubriendo su recorrido paralelo a la costa en dirección a Set Net Point. “Pescadores”, piensa. Se acuesta en la hamaca colgada a un costado mientras Ringo se echa abajo en posición vigilante.
           
Una hora después, Ringo ladra y se despierta levantándose de prisa de la hamaca. Escucha el ruido de un motor, observa una panga que se aproxima en la parte posterior, hacia el muelle. Se levanta, toma los largavista y observa a Rush y los extraños que se aproximan cargando tres bultos. Al llegar, los extraños pagan las cervezas y se dirigen a la panga que los espera con el motor encendido. Rush juguetea con Ringo frente al rancho, tratando de alcanzarlo con la vara.

    ¡Oye, Rush! —grita el viejo al verlo juguetón—. ¿Manos vacías o llenas? —pregunta.
    Llenas —contesta Rush alejándose.

El viejo toma los largavistas y observa a los extraños acomodar las mochilas y el bulto en la panga. Los rayos de sol color naranja que se oculta entre las islas de Miss Lilian lo enceguecen. “Otro día de manos vacías”, piensa al buscar leña para encender una fogata por los insoportables jejenes que lo enloquecen, sus compañeros de noche en la soledad del rancho frente al mar. Vuelve la mirada hacia el faro, la figura de Rush ha desaparecido en el horizonte.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Lunes, 30 de mayo de 2011

jueves, 26 de mayo de 2011

VESTIDA DE BLANCO


Esa tarde compartió tragos con sus amigos. Hablaron de sus rutinas, de sus planes, de la situación del país y de Bluefields. Se despidieron temprano por sus apremiantes quehaceres del siguiente día. Iban a dar las nueve y se dirigía al hotel. Al dar la vuelta completa en la rotonda Rubén Darío observó la fiesta en el parqueo. “Es temprano aún”, pensó y giró entrando al estacionamiento.
            Al bajar de la camioneta se encontró en el centro de un concierto musical discordante, donde los ritmos fluían desde las cabinas de los vehículos mezclados con voces eufóricas, risas, carcajadas y motores en marcha abasteciéndose de combustible. Observó parejas enamoradas en la fresca grama frente al parqueo y el movimiento constante de otros que entraban y salían del centro de ventas on the run con cervezas, gaseosas, hamburguesas, pizza y cajitas de pollo. Hizo lo mismo y, al regresar, entró en la cabina, encendió el equipo de sonido dándole play a su CD preferido de Bob Marley. Con la puerta abierta se reclinó en el asiento, tomó un trago de cerveza y la vio pasar a través del cristal. “Será posible, pensó, se parece mucho a ella”.
            Salió de la cabina en espera de su regreso con la cerveza en la mano. Se reclinó en la puerta mientras sus pensamientos, nublados por ella, lo trasladaron a la costa caribe. Se encontró frente a la inmensa casa de madera. Entró por la puerta derecha, recorrió la sala observando las fotos familiares y con su mano izquierda acaricio el teclado del viejo piano. Escuchó risas, caminó hacia la cocina y observó a las mujeres preparando masa para hacer pan simple, dulce y cosas de horno. Giró a la izquierda y subió por las gradas posteriores hacia el segundo piso recorriendo las habitaciones. Se detuvo frente a la que ocupó por muchos años y la vio vacía. Continuó caminando y salió al balcón admirando las insignes palmeras de la ciudad, la bahía en calma bajo el cielo azul y respiró el aroma de la ciudad. Satisfecho regresó al pasillo y bajó por las gradas del frente evitando mirar la habitación que siempre se mantenía cerrada, prohibida por conservar los tesoros de su abuelo. Salió a la calle por la puerta derecha y, en el pequeño andén del puerto, saboreó sus labios, la dulzura de sus besos; sintió temor de sus caricias y ardiente cuerpo. La vio frente a la iglesia vestida de blanco con un ramo de flores en sus manos. Alta, delgada, cabello largo, ojos color miel, labios finos. En su rostro mostraba la alegría mística de los santos camino al cielo.
            Regresó de los recuerdos por las carcajadas delirantes de una pareja de enamorados que se encontraba en el vehiculo contiguo. De pronto la vio pasar nuevamente; cabello corto, pasos largos, cadera inquieta ajustada a los jeans, rellenita, madura, más mujer. En sus manos cargaba dos cervezas. “Es ella, no hay dudas”, pensó. Siguió su andar coqueto y la vio entrar en un sedan blanco. Se tomó la cerveza en dos tragos, se dirigió hacia ella y golpeó la puerta del conductor.

    Disculpe —dijo, agachándose un poco—. ¿Usted es Katalina?
    Sí —respondió extrañada—. Y usted, ¿quién es?
    ¡Rommel! —respondió, alejándose dos pasos de la puerta—.  ¿Me recuerdas?
    ¿Rommel?, ¡Rommel! —dijo y salió del auto—. ¡Cuánto tiempo sin verte!
Sonreían con incertidumbre, sus miradas se encontraban nuevamente como observando un espejismo. Se inspeccionaron incrédulos, Rommel extendió su mano y, al estrechar la de ella, la fuerza del pasado los atrajo, juntando sus cuerpos en un abrazo desbordante de alegría.
            Recuperaron sus recuerdos; caminatas por las calles, encuentros en las esquinas, las fiestas compartidas, las noches de luna llena en el muelle de Matinuz y su romance efímero. Rommel la invitó a una cerveza y entraron al on the run confundiéndose con otras parejas por sus miradas seductoras y sonrisas placenteras, con la complicidad del asombro que los invadía luego de tantos años sin verse. Al salir se detuvieron en la camioneta. Pasaron segundos sin conversar, solamente sonreían.

    ¿Siempre te gusta la canción “vestida de blanco”? —preguntó Katalina—. Recuerdo que me la dedicabas.
    Siempre —respondió Rommel—. Hasta por la radio Atlántico, después que te casaste.
    Me case nuevamente y enviudé. Tengo dos hijos.
    Lo siento mucho —dijo Rommel y la tomó de la mano.
    Espérame, ya regreso —dijo Katalina y se dirigió a su vehículo.

Rommel se daba cuenta que alguien la acompañaba, pero por el entusiasmo del encuentro lo habían olvidado.

    No me entiende —dijo al regresar—. Está enojado, es celoso.

Katalina no había concluido de hablar cuando el tipo pasó caminando de prisa y al alejarse gritó “me las vas a pagar, ya veras”.

    Que pena —dijo Rommel—. Todo por mi culpa.
    No niño, no le pongas mente. Él se lo pierde, es un tonto.

Se despidieron después de media noche. Con el paso del tiempo se hablaban por teléfono y en una ocasión se citaron en la misma gasolinera, cenaron juntos y la volvió a ver vestida de blanco en la habitación del hotel, cambió el traje de novia por un fino “baby doll”.
            En un aniversario de la revolución sandinista la vio en la plaza. Vestía una camiseta color chica con un eslogan alusivo a la celebración, blue jeans ajustados, y un pañuelo rojo y negro colgado en el cuello.

    ¿Y eso? —preguntó sorprendido.
    ¿Te gusta? —respondió Katalina girando como modelo.
    Prefiero verte vestida de blanco —respondió Rommel.
    ¡Mi amor!, ¡el blanco es sólo para vos! — dijo.

Lo tomó de la mano, jalándolo para que la acompañara y se perdieron entre la delirante multitud.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Miércoles, 25 de mayo de 2011