lunes, 4 de julio de 2011

EN EL DIA INTERNACIONAL DEL COOPERATIVISMO

El sábado 2 de julio se celebró en Nueva Guinea el Primer Congreso Nacional Cooperativo en ocasión del Día Internacional del Cooperativismo. A eso de las diez de la mañana decidí ir a dar una vuelta para ver el ambiente. El acto se realizó en el polideportivo y había más de mil personas reunidas.

Comencé a tomar fotos y dos amigos, al verme, se levantaron de sus sillas para saludarme. “Ando solo, los de mi cooperativa no quisieron venir, se quedaron en Acoyapa”, dijo Agustín. “¿Hoy es el día internacional o nacional de las cooperativas?”, pregunté. “Internacional, se celebra en todo el mundo”, respondió Pablo. “Parece un mitin de campaña”, dije al escuchar las canciones que la simbolizan. “En las cooperativas hay de todo, sandinistas, liberales, conservadores, contras y hasta somocistas”, dijo Agustín. “Trabajadores, honrados, solidarios así como atenidos, bandidos y haraganes”, agregó Pablo. “¿Y el himno del cooperativismo?, ¿por qué no lo ponen?”, pregunté. “Pregúntale al que ameniza. De seguro se les olvidó”, dijo Agustín volviendo a ver al que hablaba en el micrófono.

Pablo se encontró con otros amigos y se los presentó a Agustín. Aproveché para despedirme y seguir tomando fotos. Me regresé a la casa antes que comenzara el acto y por la tarde le pregunte a Cristóbal cómo había estado. “Buenísimo, habló Hallesleven. Pero lo de mayor impacto fue lo que dijo un liberal que ahora apoya al gobierno”, dijo.

Las cooperativas han existido en Nicaragua desde los tiempos de José Santos Zelaya, quien introdujo al país las ideas del cooperativismo. En 1914 se funda la primera cooperativa de consumo y Augusto C. Sandino promueve cooperativas agrícolas en el río Coco, entre 1930 y 1934. En 1960 se fundan las primeras cooperativas de ahorro y crédito con el apoyo de Estados Unidos, a través de la Alianza para el Progreso. En 1971 el gobierno de Somoza promulgó la Ley General de Cooperativas, lo que permitió que FUNDE promoviera la organización de cooperativas de distinto tipo (transporte, ahorro, consumo, etcétera.). Hasta el año 1979, había inscritas 634 de distintos tipos, de las cuales solamente funcionaban 88.

Después del triunfo de la Revolución Popular Sandinista (1979-1989) se formaron 2174 cooperativas. De ellas, 1685 eran agropecuarias, 58 de ahorro y crédito, y 73 de servicios. Además, el gobierno promulgó la Ley de Cooperativas Agropecuarias y Agroindustriales (Ley 84).
           
En el año 1990 se constituye la Federación Nacional de Cooperativas Agropecuarias y Agroindustriales (FENACOOP, R.L.) y, en año 2004, se aprueba la nueva Ley General de Cooperativas (Ley 499) en la que se plantea la creación del Instituto de Fomento Cooperativo (INFOCOOP). Se estima que en la actualidad existen más de mil cooperativas legalmente constituidas.

Las cooperativas, las empresas cooperativas, tienen varios retos y debilidades. Los hay internos, relacionados con la carencia de capital, poco dinamismo comercial, débil gestión y participación de sus miembros, así como en la integración con organizaciones de segundo o tercer grado. Todos esos problemas, vistos desde fuera y con perspectivas estrechas, conducen a veces a juicios descalificadores, tales como “ineficiencia”, “burocratismo” y “sectarismo”.

En el curso de su desarrollo histórico, el cooperativismo ha definido un conjunto de principios y valores que rigen su funcionamiento y estructura. Las formulaciones de tales principios han sido varias, pero coinciden en lo esencial; la más difundida es aquella que se conoce como “Principios de Rochdale” que, en síntesis, postula lo siguiente: un hombre-un voto, libre incorporación de nuevos socios, interés limitado de capital, distribución prorrata sobre las operaciones, educación cooperativa y, uno de los más manoseados, neutralidad política y religiosa.

En nuestro país, todo parece indicar que el movimiento cooperativo tiene las energías internas y prerrogativas de ley necesarias para superar sus problemas y limitaciones. La vía es la renovación, tanto organizativa como intelectual, cuyo hilo conductor es la búsqueda constante de mayor unidad entre la teoría y la práctica, con el fin de alcanzar una mayor articulación entre sus dimensiones económicas, sociales, culturales y políticas.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 03 de julio de 2011

jueves, 30 de junio de 2011

CONFUSION EN LA RED

La agregué como amiga en esa red social donde nos volvemos a encontrar con nuestros amigos de niñez y juventud, con antiguos compañeros de trabajo, con amigos y amigas de nuestros amigos, amigos “virtuales”, como se les llama. Su nombre me pareció conocido y compartimos sesenta amigos. Me llegó su petición de amistad y de inmediato me fui a su perfil; recorrí sus fotos y sus gustos.

“Una amiga más”, pensé. Con el correr de las semanas coincidimos en el chat y tomé la iniciativa de saludarla.

    Hola, ¿cómo estás? —escribí y di enter.

Pasaron los minutos y no contestaba. “Una mal educada más”, pensé y entré a los diferentes grupos a echar un vistazo en busca de algo novedoso. En Noticias de Bluefields leí sobre el acontecer de esa ciudad. En ello estaba cuando “pluump”, sonó la compu.

    Hola, mi amor —escribió.
    Hola guapa —respondí.

Eso de “mi amor” me puso inquieto, como atolondrado. Igual a un niño travieso a punto de cometer una fechoría bajé el volumen para reducir el “pluump”, por si las moscas.

    Sos un gran bandido, me dejaste esperando toda la noche —respondió.
    ¿Cuándo?, no puede ser, nunca te haría eso —escribí inquieto.
    Seguro que tu mujercita no te dejó salir.
    No digas eso —contesté.
    Es una mal educada, vieras lo que dice de mí —escribió.

“Debe estar confundida”, pensé. “Con alguien me confunde”, pero decidí seguir la conversación. Nuevamente el “pluump”, menos escandaloso.

    Quiero verte, no sabes lo mucho que añoro tu aroma.
    Es el desodorante.
    No, mi amor. Ese olorcito tuyo no se me pierde, lo estoy sintiendo en el aire.
    Como tan así. Estás exagerando.
    Esa mezcla de tabaco y colonia me eleva por los cielos, mi amor.
    Umm, creo que estás confundida.
    Tus besos, tus caricias, eso es lo que me tiene confundida.

Excitante estaba el chat. Ya iba por el quinto cigarrillo, cuando de pronto entró mi hijo Ronald a la oficina. “Ajá, estas chateado”, dijo. “Esta jaña está confundida”, respondí.  Se acercó para ver con quién chateaba y me dijo: “Papá, estás en mi página de perfil”. “Ideay, ya te he dicho que no uses mi computadora”, respondí. Inmediatamente salí de su página, entré a mi perfil y ella seguía conectada.

“Voy a seguir chateando con ella”, pensé y comencé nuevamente.

    ¡Hola, guapa!, ¿sigues allí?
    Hola, Don Ronald, ¿Cómo amanece?
    Bien gracias y vos.
    Aquí, en el trabajo, me saluda a su esposa, tengo que irme. Adiós.

Los cinco minutos de ese chat equivocado me dejaron pensando en las confusiones que se cometen diario. Por ello mi hijo se compró una mini laptop y yo le puse contraseña a la mía. Si usted se conecta en un ciber café, cierre su perfil y no permita que se guarde su contraseña. Siempre la busco, ¡cómo quisiera que continuara confundida!


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Jueves, 30 de junio de 2011 

lunes, 27 de junio de 2011

¡IDEAY HOMBRE!, ¿QUÉ ESTÁS ESPERANDO?

El monumento. Nueva Guinea.
La asamblea comenzó a las diez de la mañana. Al llegar a la escuelita de la comunidad pocos esperaban, pero minutos después aparecieron en oleadas, mujeres, niños y niñas, jóvenes, adultos y viejos. Don Fernando y don Melvin, líderes comunitarios, en un inicio se mostraban inquietos, pero luego de media hora conversaban sonrientes con Anselmo al ver que sus vecinos atiborraban la escuelita.

Días antes, Fernando y Melvin, acudieron a la oficina. Fueron atendidos por Anselmo y, al concluir la reunión, pasaron visitándome. “Cuidadito no llega a la reunión con la comunidad”, dijeron y se marcharon. Luego apareció Anselmo confirmando la reunión. “Vamos a ir a Río Plata, la gente quiere que nos reunamos con ellos”, dijo preocupado.

Nos hicieron pasar frente al grupo. Eran unas cien personas y muchos de ellos se quedaron de pie, alrededor de las paredes de madera mohosas, devoradas por las insaciables larvas de polilla. Los rayos de sol iluminaban tenuemente el aula como intrusos, colándose a través de los orificios de las láminas de zinc oxidado. Me dio la impresión que el piso de madera no resistiría el peso de tanta gente reunida; don Melvin dio las palabras de bienvenida y seguidamente el pastor de una de las iglesias elevó oraciones al cielo pidiendo por su comunidad, por la mejora de su escuela, por las familias, por una paz duradera, dando gracias por nuestra presencia en su comunidad, por un día más de vida. Tras cada petición, la mayoría de los presentes respondían con alabanzas y aplausos.

Luego habló don Fernando. “Somos una de las comunidades más pobres y, hasta hoy, no hemos visto, desde hace casi un año, los beneficios”, dijo volviendo a ver a Anselmo. Volví la mirada hacia él como todos. Su rostro enrojecido, sus manos inquietas y sus labios comprimidos bajo su denso bigote delataban inconformidad. Estaba acostumbrado a no ser increpado, a hablar con propiedad frente a los campesinos desde su posición de líder organizador de cooperativas y productores, sin debatir sus decisiones. Su mirada se clavaba fija en el umbral de la puerta como buscando argumentos. Su idea central y única se basaba en apoyar a la gente con microcréditos para resolver la problemática de las comunidades. “Con el crédito producirán y con las ganancias podrán mejorar las condiciones de la familia y la comunidad”, decía.

Eran tiempos de posguerra. Comenzaba la década de 1990 y miles de familias retornaban a sus comunidades, luego de abandonarlas por temor a perder sus vidas en una guerra entre hermanos. Los repatriados llegaban por miles provenientes de Costa Rica para comenzar de nuevo. La desmovilización de los contras había comenzado al igual que miles soldados del Ejercito Popular Sandinista. Los caminos se encontraban abandonados, intransitables igual que ahora; la producción agrícola y el ganado eran inexistentes, la montaña estaba devastada por el paso furioso del huracán Juana, las casas, igual que la infraestructura escolar y sanitaria, estaban en ruinas. Iniciaba un nuevo gobierno y la gente mostraba sonrisas de esperanza, aliviados por el fin de los combates, de los estruendos provocados por los obuses, del constante aleteo de helicópteros vomitando fuego en combate, de ráfagas de balas y trazadoras destellantes al caer la noche y de enterrar a sus parientes e hijos. Las heridas entre sandinistas y contras aún no sanaban, la reconciliación apenas comenzaba. Las instituciones del Estado volvían a funcionar con las uñas, sin mucho que ofrecer. La desconfianza recorría las calles, los barrios, colonias y comarcas.

Al hablar Anselmo, les dijo que su papel como cooperativista y organizador de los campesinos era apoyarlos con la producción. Los invitaba a afiliarse a su organización, por medio de la cual gestionaría recursos. Estaba convencido que eran culpables de la derrota electoral y que no merecían ser apoyados. No lograba asimilar la derrota mediante los votos ni el cambio en su rol de líder campesino, acostumbrado a organizar cooperativas en tiempos de guerra, bajo las balas.

En la oficina, días después, a regañadientes aceptó la propuesta de apoyar a la comunidad de Río Plata con la construcción de un preescolar y la reparación de la escuela. En una ocasión visitamos juntos la comunidad para ver los avances del trabajo comunitario. Pocos participaban con trabajo voluntario. “Vamos donde Fernando”, dijo y caminamos en las calles lodosas hasta su casa. Al salir al patio, frente a su casa, le dijo: “¡Ideay hombre!, ¿Qué estás esperando? ¡Nadie trabaja en la comunidad!”. Sorprendido, don Fernando respondió: “están esperando que se les pague los días trabajados, lo que prometiste en tu oficina”.

Él mismo se daba a la tarea de boicotear el trabajo comunitario con diferentes artimañas, a través de los miembros de las comunidades afiliados a su organización. Con el tiempo logró convencerse que se debía apoyar a las comunidades en otras cosas además del crédito, pero era demasiado tarde. Abandonado quedó al descubrir que sus argumentos sobre la necesidad del crédito escondían el clientelismo y el oportunismo, al desembolsarlo a su gusto y antojo entre sus allegados. Al entregarle la carta dirigida al banco con el fin de eliminar su firma de las cuentas, bajó la mirada y, sin expresar palabras, firmó temblando y nos dimos la mano. Amigos y líderes comunitarios, en esos tiempos de posguerra, lo celebraron, “¡ya era hora!, ¿qué estabas esperando?”, dijeron. 


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Jueves, 23 de junio de 2011

miércoles, 22 de junio de 2011

LA DEUDA SOCIAL CON EL CAMPO

Escuchaba por radio hablar sobre el problema que se enfrenta con miles de familias que abandonan el campo y que, al trasladarse a las ciudades, ejercen presión para que se les solucionen sus problemas. “Es un problema de Latinoamérica, de Nicaragua, es de todos, y nunca se podrá resolver por ningún gobierno. Es, como dice la canción, Pobre la María”, dijo el locutor. La gente del campo, los campesinos, principalmente los pobres, salen de sus parcelas y comarcas en busca de mejores condiciones de vida por el eterno abandono en que se encuentran. Siempre han enfrentado altos índices de pobreza, desigualdad, exclusión social y escaso acceso a recursos.

En el campo, los servicios de salud son inadecuados: los campesinos son atendidos por un médico o enfermera ocasionalmente, dos veces al año por medio de las jornadas de vacunación y cuando las brigadas de médicos atienden sus comunidades; el resto del año, padecen un sinnúmero de enfermedades sin poder tratarse. En el campo es donde se presentan los mayores índices de mortalidad materna y desnutrición infantil. Miles de campesinos recurren a curanderos para resolver sus problemas de salud y, al no lograrlo, deben cargar en hamacas a los enfermos, haciendo recorridos de hasta tres días para llegar a la unidad de salud más cercana de su comarca.

La educación en el campo es ineficiente debido a la carencia de infraestructura adecuada y maestros. Las aulas de estudio multigrado, en las que encontramos alumnos que cursan desde tercero hasta sexto grado, son reproductoras de una educación mediocre. Unido a ello, ningún maestro o maestra titulada desea ser trasladado al campo a sufrir junto al campesino sus carencias. Unido a lo anterior, los niños y niñas se incorporan en edad temprana a las labores agrícolas, abandonando las aulas de clase y, en la mayoría de los casos, también a la familia al alcanzar la mayoría de edad, pues van en busca de las oportunidades que faltan en sus localidades y migran a las ciudades o a otros países.

Las condiciones de las viviendas son precarias y se vive con alto nivel de hacinamiento. No tienen acceso al agua potable ni a energía eléctrica. Las mujeres deben recorrer grandes distancias para obtener el vital líquido de quebradas, ríos y ojos de agua. Se consume sin tratamiento básico, con consecuencias negativas en la salud familiar. Miles de familias no tienen la capacidad de adquirir un panel solar por el elevado costo del mismo; se ven obligados a depender del candil y la lámpara para tener un haz de luz en la vivienda.

Los campesinos, la inmensa mayoría de ellos, no acceden a servicios de asistencia técnica e innovación tecnológica, lo que limita sus potencialidades de producción. Los rendimientos productivos por unidad de área cultivada o por unidad animal son bajos por la tecnología tradicional que emplean en sus actividades. No acceden a recursos financieros por las elevadas cargas de la tasa de interés que aplican las organizaciones crediticias, lo que ha provocado un nivel de sobreendeudamiento en el campo. La mayor parte de ellos no son sujetos de crédito por las características propias de la actividad agropecuaria que es catalogada como de alto riesgo. Hasta hoy, los modelos de desarrollo han priorizado a los medianos y grandes productores considerados como los “viables” y con asistencialismo a los pequeños, “los perdedores”.

En el campo se presentan altos índices de violencia y delincuencial. Robos, secuestros, asesinatos y abigeo son parte de una realidad que obliga al campesino a vivir en constante temor y zozobra.

A pesar de estas limitaciones, son ellos los que con su esfuerzo, en las condiciones señaladas, nos garantizan los alimentos para disfrutarlos en nuestra mesa. Granos básicos, raíces y tubérculos, musáceas, frutas y verduras, carne bovina, porcina y aviar son parte de los productos que llegan a nuestros mercados, encarecidos por una endemoniada cadena de intermediación que, sin límites, se aprovecha de las condiciones de marginalidad en que se encuentran.

Cada año escuchamos que nuestra economía crece, que los niveles de producción agropecuaria se incrementarán con relación al ciclo anterior, que tendremos cosechas record, que los niveles de exportación de los principales rubros agropecuarios han crecido y que la generación de divisas proveniente de la actividad agropecuaria aumenta.

Si crecemos cada año, vale la pena preguntarse: ¿por qué no se logra mejorar las condiciones de vida en el campo? Nicaragua acarrea una deuda social con el campo, con miles de campesinos que viven precariamente. Esa deuda social impone prohibiciones injustas, que afectan las capacidades y las necesidades esenciales para el desarrollo personal y familiar. Esa deuda social viola sus derechos consignados en la Constitución Política y, desde el enfoque de derechos, se deben promover programas y proyectos para solventarla. Solamente con ese enfoque, sin exclusión, prebendas y clientelismo político, se logrará brindar oportunidades para desarrollar el campo y reducir el éxodo hacia las ciudades.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Sábado, 18 de junio de 2011

lunes, 20 de junio de 2011

MAR, SIEMPRE MAR

Dando vueltas en la cama sin conciliar el sueño, recorriendo imágenes con el fin de atraparlas, evitando que se desvanezcan de los recuerdos, el majestuoso mar se impone hasta perderme en sus aguas. No es un mar agitado, ni sus fuertes vientos con olas que revientan en la playa calman mis penas y angustias. Es calmo mar, que cambia de color azul turquesa por tonalidades amarillas y naranjas en el atardecer, al esconderse el sol entre las islas de Miss Lilian o los cayos de Utila.
           
A la orilla del mar vine al mundo. Además de mi madre, el mar siempre estuvo a mi lado. La vida de marino de mi padre me obligó a respetarlo. En mis oraciones de niño elevaba plegarias al cielo pidiendo por un mar generoso, abundante, protector, sin tempestades. Surqué sus aguas a edad temprana, disfruté su arena y sus olas en la playa de El Bluff; aprendí a admirar su belleza oculta a simple vista, sumergiéndome en las cristalinas aguas de Utila y Corn Island.
           
Descubrí los placeres de la pesca junto a familiares y amigos de infancia y juventud. En el muelle, al atardecer, junto a Gustavo, mi tío, aprendí la destreza en el uso del arpón, cazando, con el corazón desbocado, los mejores ejemplares en los cardúmenes de róbalo, frente a la casa de mi abuela Manuela, en el viejo muelle de la Texaco. Una fiesta de abrazos y gritos de alegría estallaban tras cada ejemplar atrapado que aleteaba en los tablones del muelle. Con Pablo, mi tío menor, navegando en la barra, cuchareábamos júreles y sábalo real, cuando las aguas estaban tranquilas, luego de cada periodo de fuertes lluvias. Con Pancho y Melá, en el muelle de la esquina de Miss Lilian, pasábamos las tardes en competencia de pesca por lograr los mejores ejemplares de roncadores que terminaban en la cocina de doña Juana Angulo, cubiertos de cebolla y tomate con tajadas de plátano, limón y el infaltable chile de cabro recién cortado del arbusto contiguo a la cocina.
           
Por mi abuelo Ernesto, en las diferentes visitas realizadas a la familia en Utila, comprendí que debía reconocer que en mí había una vena marina ancestral. Tres hermanos que salieron de Inglaterra hacia el nuevo mundo en busca de mejores condiciones de vida a finales de 1700, se disgregaron por el Caribe. Una línea de sangre permanece hoy en las Islas Caimán, en Belice, en Nueva Orleans y, la más cercana y conocida, en Utila. Marinos y pescadores la mayoría de ellos, surcaron las aguas del Atlántico, del Caribe y, la nueva generación, al conversar con ellos, indican los océanos en que se encuentran e imaginariamente me traslado a su lado para surcar esos mares.
           
El mar inmenso, inspirador de cuentos titánicos y aventuras, desconocido por muchos, sostuvo por más de tres décadas con su riqueza la economía de la Costa Caribe de Nicaragua, hasta que esos que no lo aprecian abandonaron las esperanzas de recuperar la economía de miles de familias que se sustentan del trabajo en sus aguas, de mestizos y creoles, de misquitos y garifunas, por cuentos de fantasías donde lo extraño priva sobre lo propio, donde las cifras pomposas de la inversión extranjera con muelles para ricos vagabundos llamados “marinas” sustituyen la pesca, un medio de vida milenario de nuestros pueblos y generadora de empleo digno, limpio y sostenible, sabiendo bien llevarlo. ¿Cuántos países no desearán tener la riqueza de nuestro mar? Basta conocer los conflictos marítimos de nuestro país para tener la respuesta.
           
Mar colosal, mar de riquezas y leyendas. Llegará el día que calmes con tus dones las angustias de tu pueblo Caribeño. Seguiré buscándote, caminaré en tus playas, navegaré en tus aguas, escribiré sobre tus pueblos y, al partir, descansaré al lado de los míos cubriéndome de tu arena bajo el cielo azul, disfrutando para siempre la fresca brisa del puerto que me vio nacer. Mar siempre, mar.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 19 de junio de 2011

miércoles, 15 de junio de 2011

EL FSLN ESTÁ DE DUELO EN NUEVA GUINEA

Escribía cuando sonó el timbre del teléfono. Era Aster, mí hijo. Por lo general no llama, nos visita por las mañanas. ¿Qué pasó?, le pregunté. “Hubo un accidente, se murió el Machín y Rosales”, contestó. Dejé de escribir. Minutos después llamó Ronald Jr. “Ya te distes cuenta, se murió el Machín”, dijo.

Marvin González González, llamado con cariño “el Machín” por su baja estatura, trabajó como conductor de Ayuda en Acción por diez años. Se convirtió en un amigo inseparable, donde yo iba estaba a mí lado. Aun, cuando viajaba a Laguna de Perlas o Kukra Hill, por el río me acompañaba. En la casa lo mirábamos como un miembro más de la familia, querido por todos. Mi nieto Alex, cuando comenzó a hablar, una de sus primeras palabras fue “Machín”.

En los frecuentes viajes que hacia a Managua también se convirtió en amigo de mis amigos. De Mariano, de Tilo, de el Pollo, de Jimmy, de todos. Cuando nos encontrábamos en un lugar de costeños o en cualquier restaurante, Marvin ocupaba una silla más. Nunca le dí trato distante como hacen muchos con los conductores, nunca lo dejé esperándome en la camioneta mientras disfrutaba con mis amistades. Nunca se sentó en una mesa que no fuera la que yo ocupaba. En los hoteles siempre ocupaba una habitación al lado de la mía. Nunca le puso peros al trabajo. Si tenía que salir de madrugada a Rivas u Ocotal siempre acudía puntual. Excelente conductor, siempre estaba atento al vehículo. Cualquier ruido extraño que detectaba en la camioneta provocaba insistencia de su parte para el chequeo. “Nunca se sabe”, decía. “Este es mi machete”.

Cuando viví por muchos años solitario en Nueva Guinea, antes de que mí mujer se trasladara con los chavalos, alquile una casa al lado de la suya. Se cruzaba el patio cuando descubría que había llegado, siempre estaba atento. En esos tiempos, bebíamos guaro junto con otros que también vivían solos en Nueva Guinea y los viernes nos trasladábamos a Juigalpa. Para no aburrirnos, todas las semanas se inventaban fiestas “de traje” y en mi ausencia estaba pendiente de la casa.

En una ocasión, al cruzarse de noche la pista de aterrizaje en busca de su casa, lo golpearon hasta dejarlo inconsciente. Cuando me di cuenta salimos disparados al hospital a verlo con otros del trabajo, entre ellos la Dra. Viñet Roses, una española que nos apoyaba en controlar un brote de Leishmaniasis y el Dr. Rigo Sampson, el “doctor de los pobres”. Estaba postrado en una camilla y al verme se levantó y dijo: “estoy bien, ya estoy listo” y cayó desmayado. Lo trasladamos de emergencia al hospital de Juigalpa con una herida profunda en el occipital.

Al cerrar el proyecto impulsado por Ayuda en Acción, en el año 2007, se trasladó a trabajar a Matiguas. Luego de unos meses regresó a Nueva Guinea y comenzó a trabajar en el Comité Departamental del FSLN como conductor de “Payo”, Rafael Rosales. Siempre daba una vuelta visitándolos y en broma le dije una vez a Payo “ideay, sólo falta que me contrates para que el equipo de Ayuda en Acción esté completo” porque junto a Marvin también trabajaban en el Comité, Wilfredo Jirón e Hilario Amador, quienes fueron promotores sociales en el proyecto.

Un día de estos, hace dos semanas, Marvin me llamó por teléfono y con entusiasmo me dijo: “te he recomendado para que manejes un proyecto de cacao que van a impulsar en Nueva Guinea, sólo vos podes manejar eso”. Gracias por acordarte de mí, le dije. “Para eso son los broders”, contestó.

El accidente ocurrió hoy por la mañana. Antes de salir al empalme de la Curva, en la bajada de la Coneja, impactaron contra una rastra. Falleció con sus manos sosteniendo el timón de la camioneta junto a Rafael Rosales y Paula Valle.

Dos amigos se han ido. Así es la vida, nadie es eterno como dice la canción. Se me han adelantado. Tengo que asistir a la vela para acompañar a sus familiares en estos momentos de dolor. Tres militantes se han ido. El FSLN está de duelo en Nueva Guinea.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Miércoles, 15 de junio de 2011

martes, 14 de junio de 2011

EL PUENTE COLGANTE SOBRE EL RÍO PUNTA GORDA

El puente colgante sobre el río Punta Gorda permite el paso de miles campesinos originarios de las comunidades del sur de Nueva Guinea que salen a la colonia La Fonseca. El impacto de dicho puente ha sido notorio en lo que a movilización y comercialización de los productos campesinos se refiere. Antes de su construcción debían cargar los productos en pequeños botes y cruzar ambas riberas sorteando las caudalosos aguas en el periodo lluvioso para evitar todo tipo de accidentes. El río es uno de los más caudalosos de Nueva Guinea y forma parte de las tres principales cuencas hidrográficas del territorio con el río Rama y río Plata.


La construcción de dicho puente fue posible por la cooperación de la embajada de Dinamarca mediante el proyecto de apoyo al sector transporte PAST-DANIDA de la RAAS. El costo de la obra fue de 2.5 millones de córdobas de los cuales las comunidades beneficiarias aportaron 64 mil córdobas. La municipalidad de Nueva Guinea estuvo a cargo de la coordinación del proyecto.

Aquí les dejo el vídeo. Un antes y un después que se hizo el puente con campesinos transitando por el.








Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
13 de junio de 2011.

viernes, 10 de junio de 2011

LA MARCHA POR LA DIGNIDAD Y LA ESPERANZA

En el año 2004 escribí el artículo “Narcoactividad contra la Institucionalidad”, como respuesta al enfoque, aun persistente, de que en la Costa Caribe existe una “cultura narco” en la que los pobladores de las comunidades se confabulan con los narcotraficantes brindando apoyo con la logística necesaria y que la droga recuperada en las costas ha influido en un mayor consumo, tráfico interno y en el lavado de dinero por la fragilidad del sistema bancario. En ese contexto, utilicé como ejemplos a un joven caribeño, a un policía, a un juez administrador de justicia y a un banquero, para resaltar lo atractivo que resulta el negocio de las drogas.
           
Decía que a un joven de la costa Caribe nicaragüense estudiar no le resulta atractivo. Estudiar para qué, se cuestionan, si luego de nada sirve el título porque no consigue trabajo y si lo encuentra le pagan un salario que no cubre sus necesidades. Resulta más fácil ir a la playa a buscar un paquete de cocaína y después venderla: así resuelve las cosas de su familia. Para un policía que recibe un salario miserable resulta atractivo hacerse de la “vista gorda” ante una actividad delictiva en la que puede recibir una mordida, equivalente a más de 100 veces su salario. Para un administrador, un juez, aparte de las presiones y consecuencias que puede tener para él y su familia dictar una sentencia que castigue a un narcotraficante, se ve inmerso en una situación extremadamente difícil en la que existe un mundo de intereses y si no tiene la convicción, el carácter y la seguridad necesaria, éstos regresan nuevamente a las calles para continuar en su actividad. Para el banquero, que maneja constantemente la fórmula del capitalismo, es atractivo que ingresen en sus arcas varios millones de dólares para aumentar su liquidez y ganancias sin pensar en muchos requisitos.
           
Y las instituciones, ¿qué pasa en ellas?, me preguntaba. Son éstas las que con su actuar deben dar el valor y la fuerza necesaria a los ciudadanos: pescadores, jóvenes, miembros de la Policía, administradores de justicia y banqueros. Debe existir una institucionalidad fuerte, con principios y valores que estén por encima de cualquier obstáculo para cumplir con ellos.
           
Foto: Jesús Salgado.
La marcha realizada en Bluefields el día miércoles 8 de marzo, convocada por la sociedad civil, ha demostrado que los caribeños están hartos de seguir siendo estigmatizados como “drogadictos” y la ciudad como “cuna de delincuentes”. De igual manera, fue un total apoyo al combate frontal contra el narcomenudeo, las mafias organizadas y la gestión del comisionado Zambrana como jefe policial de la RAAS. A pesar de ello, fue relevado de su cargo y trasladado hacia Managua.
           
La Policía Nacional tiene un gran reto en Bluefields: mantener el prestigio recuperado en los últimos ocho meses luego de escándalos y muertes de agentes que entregaron sus vidas al ser asesinados por sicarios en su propio cuartel. Hoy más que nunca debe fortalecerse en esa dicha ciudad caribeña, sostener sus principios y valores en lo más alto y a cualquier costo, inclusive, si es necesario, depurando sus filas.
           
Nuestro país es catalogado como el más seguro de Centroamérica. En cada comparecencia, en cada acto público lo escuchamos. Los ciudadanos de Bluefields se han movilizado, han dejado constancia que no tolerarán más a los expendedores de drogas que envenenan a sus hijos en las aulas de clases y en los barrios. Han alzado su voz contra la delincuencia organizada, contra el tráfico de influencias, el enriquecimiento ilícito y demandan mayor seguridad ciudadana.
           
Ahora le corresponde su turno a las instituciones. La marcha de la dignidad y la esperanza es su fortaleza en la ciudad de Bluefields. Juntos, de la mano, podrán frenar esos males que, como un cáncer, si no se corrige acabará con la vida y esperanzas de todos. De lo contrario, deberán asumir las consecuencias.



Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Jueves, 09 de junio de 2011