lunes, 1 de abril de 2013

LA CASA MÁS BELLA DE UTILA


Rodney comenzó a relatarlo en el corredor del antiguo Cabildo Municipal de Utila. Hace muchos años allí se reunían por las tardes y yo acompañaba al grupo. El sol ardiente parpadeaba al ritmo ondulante de las hojas de los árboles de almendro plantados en el parque y al caer en el horizonte, luego de sus charlas, regresaban a casa. Pero esa tarde, después de escucharlo, el orgullo nutrido de historias cotidianas y remembranzas coloniales, los mantuvo alejados por varios días. La gente que transitaba por la calle principal lo notó; todos preguntaban por ellos ante la ausencia de los gritos y carcajadas del grupo.

Sus conversaciones giraban alrededor del mar, el mar que los nutría con su riqueza, el mar que los llevó a las costas de la isla como olas después de la tempestad. Entre limitaciones y penurias, de generación en generación, construyeron su próspero modo de vida, acompañados por la vegetación en las montañas y rodeados del arrecife más bello de las islas de la bahía de Honduras: lagunas arriba y abajo, un archipiélago de cayos al oeste con playas de arena blanca y aguas color turquesa, una calma bahía protectora de cayucos, barcos y sus casas, construidas frente a calles revestidas de grava color nácar.

Pregunté por la mejor casa de Utila y los miembros del grupo se volvieron a ver. Sus voces discordantes, con un acento cantadito al hablar el inglés creole de las islas, se confundieron entre nubes de opiniones. Para los más viejos, Kaziar y Estern, las de estilo victoriano, construidas de madera a dos pisos, con barandas y swing en los corredores de arriba y abajo, ventanas de madera y vidrio protegidas con celosías, pintadas de blanco impecable con ribetes verdes, eran las mejores de la isla; la historia esplendorosa materializada de su pasado. Para otros, los más jóvenes, los que se iban por temporadas a trabajar surcando los siete mares como marinos y lograban comprar un terreno para construir su vivienda, la modernidad se imponía. Entre ellos, John y Scott, opinaban que las más bellas eran las construidas de madera sobre pivotes de tubos plásticos de doce pulgadas de diámetro rellenados de concreto, con largas escalinatas para acceder al corredor frontal, machihembradas de pino, cielo raso de yeso moldeado al antojo, techo impermeable de tablillas, sala espaciosa, habitaciones a ambos lados del pasillo con baños propios y la cocina en el fondo, explayada sobre una plazoleta de madera con vista al mar. No había acuerdo entre el pasado y el presente.

Me había quedado pensativo explorando las casas que eran ejemplo, como intruso que entra a descubrirlas por sus ventanas en noche de luna llena. “¿Y para ti cuál es la mejor?”, le preguntó John a Rodney; todos los del grupo quedaron esperando respuesta. “Queda aquí cerca, en dirección a la tienda de Mister Anderson, frente al viejo pozo de la casa de la anciana que tiraba bacinillas repletas de mierda y orines cuando pasabas por su patio”, dijo. Volvieron la mirada al lugar indicado y, al notarlo, al materializarla en sus mentes, se quedaron viendo y explotaron en carcajadas. “¿Cómo puedes decir eso?”, cuestionó Scott. “Esa era la casa  más fea de Utila”, agregó John. Kaziar y Estern intercambiaron miradas, pero fue Kaziar quien lo incitó a que argumentara sus razones y comenzó a relatarlo.

Esa casa que ustedes conocieron, con sus paredes de madera mohosa y devorada por el tiempo, con el techo de zinc oxidado que se despegaba ante la mínima brisa, con los cimientos de los lados sin piso, paredes ni techo repuesto, con piezas de madera faltantes en las gradas, era la casa más bella de Utila. La habitó un matrimonio feliz que en sus años mozos procrearon dos niñas preciosas. No tenían siete años cuando sus padres murieron en un accidente aéreo y quedaron huérfanas al cuido de sus familiares. Crecieron en el infortunio, en el dolor de la ausencia de sus padres y, sin que eso bastara, el huracán Fifí se llevó todo, sólo quedaron ellas. Con sus manos, removiendo escombros, tabla tras tabla, clavo tras clavo, volvieron a levantarla. En la pubertad, la mayor de ellas, trajo dos bellas niñas al mundo y las crió como había crecido, sola.

La conocí cuando las niñas tenían la edad de ellas al perder a sus padres. Vine a la isla como náufrago que busca reposo y paz después de largos años a la deriva. Fue una tarde cuando todo comenzó, una tarde similar a ésta. Jugábamos volleyball combinado entre chicas y chicos en un terreno baldío ubicado frente a la caseta de la antigua planta eléctrica, siempre éramos los mismos, pero repentinamente ella apareció, quería jugar y se incorporó a mi equipo. Quedé maravillado cuando vi su destreza al hacer los remates; era alta, esbelta y ágil como gaviota que picotea sardinas en la cresta de las olas. Desde ese instante, siempre esperaba que ella acudiera al juego por las tardes, para que siguiera quemándoles las manos a las jóvenes del equipo contrario.

Una noche, después de bajar de Mamey Lane y dirigirme hacia el cine de Mister Archie, al pasar frente a la casa, la vi sentada en las gradas y me acerqué a ella para conversar. La colmé de elogios por su destreza y me reveló la historia que ustedes conocen. Creció nuestra amistad, siempre jugábamos volleyball y acudía a las gradas. Pero una noche no estaba allí y, sin percatarme, traspasé el umbral  de la puerta llena de hendijas. Estaba en el fondo de la casa, preparaba la cena para sus niñas, su hermana no estaba: al sentir mi presencia en la sala, al verme, sus ojos color miel brillaron. Me invitó a cenar pescado frito con tortillas de harina y comenzó a llover. Cerró puertas y ventanas, pero el viento entraba por los orificios de las paredes. Corrió a una habitación y apartó hacia un lado la cama. Tomó todos los recipientes que tuvo al alcance y los colocó debajo de los hoyos del zinc, acurrucó a sus niñas en el viejo sofá de la sala y me senté frente a ella en un banco de madera.

La tormenta no cedía, ni yo dejaba de verla y escuchar las canciones de amor maternal que cantaba en inglés para calmar a las niñas mientras el viento y la lluvia azotaban con fuerza  la casa. Las niñas se durmieron y colocó sobre el mosquitero de la cama en que dormían un trozo de plástico. La tormenta duró toda la noche y me dormí a su lado, sintiendo el calor de su cuerpo en el sofá lleno de huecos. Cuando aclaró el día desperté, su hermana dormía al lado de las niñas. Al despedirme y darle la mano, dijo: “Aquí siempre serás bienvenido, mi casa es tu casa”.

Ahora sólo quedan los cimientos de madera descubiertos allí donde estaba, pero para mí sigue siendo la mejor casa, la más bella. La casa de dos mujeres que crecieron solas, que le sonrieron a la adversidad, que fueron criticadas por todos en las calles e iglesias, la casa de las mujeres a las que nadie se atrevió a decir “aquí están mis manos para ayudarles, mucho menos llevarles una tabla o una lámina de zinc”.

Todos se volvieron a ver, no hicieron más comentarios, se retiraron en silencio hacia sus casas. Ya anochecía y me quedaba con la inquietud de conocer la casa más bella de Utila. “Muéstramela”, le dije a Rodney. Caminamos hacia el sitio indicado en su relato. Frente a los carcomidos cimientos de madera, con ojos nostálgicos, dijo: “Aquí vivió una dulce mujer, la de la casa más bella de Utila”.

Martes, 26 de marzo de 2013


jueves, 28 de marzo de 2013

TORTA DE AYOTE


Un día de estos mi mujer hizo una Torta de Ayote. Le obsequié una rebanada a un amigo y, al día siguiente, me dijo: “Quedó maravillosa, una delicia”.  Días después me obsequió varios ayotes cosechados en su finca y ella le preparó dos tortas. El Ayote es conocido como calabaza y su nombre científico es Cucurbita argyrosperma. Por lo general se consume como un ingrediente más en diversos tipos de sopa o en miel. Aquí te doy la receta para que hagas tu Torta de Ayote.

INGREDIENTES:

5 libras de Ayote.
1 libra de harina.
3 libras de azúcar.
1 lata mediana de leche evaporada.
1 barra de margarina.
2 tazas de leche de coco.
1 cucharada de nuez moscada rayada.
1 cucharadita de sal.


PROCEDIMIENTO:

Cortar el ayote, sacarle toda la pulpa y separar las semillas. Lo pones a cocer y luego, en una pana de tamaño mediano, le agregas el resto de los ingredientes mientras lo vas batiendo. Cuando la mezcla está uniforme lo pones en el sartén y lo metes al horno a una temperatura de 180 grados centígrados.  El tiempo de duración depende del horno, pero en promedio con una hora y media basta. No te confíes, tenés que estarlo probando con un tenedor. Cuando mires que esta doradito y sientas un aroma exquisito es seña que ya está.

¡Anímate!, ¡hace la Torta de Ayote! Te va a encantar. Aprovecha las Semana Santa para endulzarle el paladar a la familia. 

martes, 26 de marzo de 2013

EL DIARIO DE LUISA (2)


Martes, 26 de marzo de 2013

Todo ha terminado, aunque para mí es el inicio. El futuro que me espera es incierto, ¿hasta cuándo podré sanar las heridas? Espero con ansias despertar liberada sin esta manía de las malditas pastillas, sin ahogarme hasta desfallecer entre latas y botellas de cerveza, sin despertar aturdida, sin percibir su aroma en la almohada, su figura grabada a mi lado. Es un largo camino, pero al final… al final... ¿qué? No quiero regresar a lo mismo… no puedo ceder a mis impulsos: una mirada, una sonrisa, una caricia de manos… debo controlarme. ¡No más salidas desenfrenadas! ¡No responderé nunca más sus mensajes seductores! La tentación siempre ha sido mi mayor enemiga.

7:00 a.m. Lo digo y se cumple: dos llamadas al salir de la ducha. Primero Diyenia, con su frescura de siempre, dándome ánimos, carcajeándose; al escucharla pareciera estar a mi lado, ¿se ríe de mí?... “¿Qué pasó loca?, la gira es a Bluefields por la carretera, nos vamos el jueves y regresamos el domingo, alista la tanga que vamos de cacería, tenés que probar la leche de coco, ¡jajaja!, anímate”. Segundos después, Zahaira, al menos ella con su dulzura me pregunta “¿cómo amaneciste?, ¿ya desayunaste?”, pero vuelve a lo mismo, a tentarme, a provocarme: “¿qué vas a hacer?, nosotros nos vamos a la finca, vinieron mis primos de Costa Rica, Julián te va a encantar, es un amor, un caramelo, lástima que seamos primos, si te parece lo llevo por la tarde a tu casa para que lo conozcas, ¡anímate!”.

Animarme, anímate, eso nada más. Una sonrisa, una mirada esquiva y vuelvo a lo mismo. Tengo que controlarme. Si pudiera gritar mis penas, un consejo neutro me vendría como anillo al dedo.

viernes, 22 de marzo de 2013

UNA PARTÍCULA DE POLVO EN EL UNIVERSO


Sé que lo recuerdas vagamente, pero si te esfuerzas y te concentras puedes recorrer las profundidades de tu mente, apartando imágenes que te distraen, enfocándote como cuando lo haces para conducir de noche bajo la lluvia o con neblina densa.

Si lo logras, te darás cuenta y tendrás las respuestas para explicarte ese estado que te mantiene en sosiego, distante, enojado, explosivo; descubrirás que la decisión fue tuya, de nadie más. Es difícil admitirlo, siempre has buscado culpables, pero ¡basta!, debes enfrentarlo, nadie más que vos te llevó a estas circunstancias; ni ella, tu madre.

Tu madre que te acurrucaba en sus brazos, susurrándote palabras de ternura, pendiente de tu llanto cuando te sentías incómodo en la cuna por un ruido que desconocías y corría desesperada a tu lado dejando sus quehaceres porque eras lo más importante del mundo; al verla con tus ojitos chispeantes de alegría, le regalabas una sonrisa, balbuceabas cosas inexplicables que sólo ella comprendía y se llenaba de dicha. Ella te enseñó a hablar de poquito en poquito; un día dijiste “ma..ma” y sus ojos se llenaron de lágrimas porque comprendió que el vínculo crecía, se intensificaba en el mundo exterior que, con esmero y según sus posibilidades, había construido para vos.

Tampoco él, tu padre. Tu padre que te hablaba con su ronca voz y, para semejarse a la de ella, para no confundirte, para complacerte, te decía las cosas en diminutivo, achiquilladas; cuando te levantaba de la cuna sentías la fuerza de sus brazos por la sacudida que te daba al apartar el mosquitero. Por su tacto, fuerza y voz, comprendiste que era diferente a ella y poco a poco notaste que se ausentaba; te dejaba solo con ella, pero tras cada regreso intuitivamente te diste cuenta que era tu padre porque que ella te lo susurraba, hasta que un día dijiste “pa…pa”; los dos se convirtieron en los seres más dichosos de este mundo y vos en el ser más querido. 

Así, poco a poco, fuiste creciendo. Te convertiste en el centro del firmamento para tus padres, tus abuelos, tus tíos y tías. Los buenos vecinos visitaban a tu madre para conocerte. Ella te protegía, evitaba que te vieran así, indefenso, frágil por el mal de ojo que pudieran darte; para impedirlo te puso una pulserita en la muñeca con ojales rojos y negros. Cuando diste los primeros pasos, ellos te tomaban de la mano al estar gateando, te acordás cuando lo hacías, te enseñaron a gatear porque vos lo hacías de nalga y aprendiste que era con las manos y las rodillas. Repentinamente, te dejaron solo y caminaste tambaleándote, caíste una y otra vez hasta que lo lograste; un día corriste comenzando a hacer zanganadas, derribando todo a tu alcance, mientras ellos alardeaban sobre lo inteligente, inquieto y ágil que eras. 

Quizás fue un poco más tarde, en la escuela o en el barrio, cuando te diste cuenta que no eras el centro del firmamento, que habían otras estrellas que brillaban a tu lado, que eras uno más del conjunto, una partícula de polvo que comenzaba a levantarse con el viento. Llegaste a la Secundaria, te enamoraste locamente, te emborrachaste de nostalgia, mirabas la vida con ojos de soberano al que todos deben rendirse a sus pies. Allí fue cuando todo comenzó: la primera desilusión, el primer fracaso; añoraste la cuna llorando y balbuceando como en esos primeros años. 

Todo el mundo a tu alrededor se desmoronó cuando te fuiste lejos abandonado el nido como ave peregrina; ahora que lo recuerdas te llenas de nostalgia. Añoras todo, a tus padres, tus coquetos abuelos, a tus hermanos de vez en cuando porque no han sanado las heridas del pasado, a tu barrio de la infancia. Cuando miras las fotografías que nadie te regaló, esas que son parte de tu herencia, suspiras derramando lágrimas al verte ante el espejo, escudriñando rasgos de ellos en tu rostro envejecido por el rencor de la soledad aunque ella, tu compañera, trate de llenarte con amor y compañía. 

No eres capaz de confesarlo, lo rehúyes, lo digieres sin decírselo a nadie y explotas desquitándote con todo, con el maldito trabajo, con la situación de tu pueblo; no haces nada más que escupir llamaradas de odio que poco a poco te van destruyendo. Lo haces sin razón, sin causa. Te vas identificando con otros semejantes que se han confundido en el camino porque tomaron el sendero equivocado, ese que te ha llevado a maldecirlo todo, a no encontrar el sosiego porque muy dentro de vos sabes que sos culpable. Por eso vivís pendiente de todo lo que pasa, tirando piedras destructivas, escondiendo la mano como los cobardes: sos incapaz de proponer sin tratar de sacar ventaja y el mundo alrededor se achica como el de los náufragos al sacar el agua del barco azotado por la tormenta. 

No vale la pena morir de esa manera. Entra en las profundidades de tu ser, descubrí las causas y lograrás superarlo porque te darás cuenta de que al final no eres más que una partícula de polvo en el universo. Si lo haces, trata de volver a gatear, si caes estoy seguro que te volverás a levantar diferente.

21 de Marzo de 2013.

miércoles, 20 de marzo de 2013

MI CASA NO ES MÍA


Llevaba semanas diciéndolo, susurrándolo a mi alrededor como gotas de agua al caer sobre  las orquídeas en el verano, repentinamente se cansó, quizás pensó que debía convencerme de otra manera y una mañana dijo: “yo pongo la pintura, ya”. Hacía dos años había pintado la casa y, cada seis meses, lavado el cielo raso y las paredes exteriores por el moho que se acumula en estas condiciones de extrema humedad. 

Primero fumigaba con una bomba de mochila llena de agua clorada —eso lo aprendí en Utila o quizás en Bluefields—, luego con una escoba de plástico zambullida en un bidón de agua con detergente restregaba por tramos y con una manguera a presión escurría el cloro y el detergente para, finalmente, secar con toallas viejas. Las paredes y el cielo raso quedaban impecablemente blancos. Con el paso del tiempo la pintura blanca fue cediendo, poniéndose, en ciertas partes, opaca y eso a ella no le gustaba.

Así que me puso “en tres y dos”, comenzamos a pintar la casa. Una semana completa de mover y remover muebles, cuadros, fotografías, cortinas, mesas de noche, ropero, televisores;  paciencia, mucha paciencia porque el muchacho que me ayudaba falló dos veces en su compromiso. Al pintar la sala y el pasillo con pintura de aceite mezclada con el diluyente, el olor era insoportable, desesperante, de día y de noche tenía que dejar las ventanas en pampa.

Al decidir cuál de los cuartos pintar primero, sin dudarlo dijo “el mío”. Viste, el de ella, no dijo el de nosotros, “el de ella”. Pero el cuarto es babosada, la casa es de ella, el control de tele también porque pelea para ver la telenovela y sólo me quedo pensando en los años que pasé trabajando para hacer “mi casa” que ahora resulta siendo de ella. 

Por la noche, después que “su cuarto” fue pintado, le pregunté: ¿dónde vamos a dormir? “En el cuarto de Ronalito”, dijo. Ves, ese sí tiene dueño con nombre y apellido. Al día siguiente pintaron el cuarto de Ronalito y al preguntarle lo mismo respondió: “en el cuarto de Aster”. Te fijas, todos tienen dueño. Y si hubiera seguido preguntando me hubiera dicho: “En el cuarto de Emiljamary”.

Ya terminamos de pintar. Por las tardes, sentados enfrente, bajo la sombra de los árboles de caoba que refrescan estos calores, la veo que de reojo vuelve a ver la casa que luce como nueva, “su casa”. 

domingo, 17 de marzo de 2013

CUMPLEAÑOS DE DANIELA

EL DIARIO DE LUISA


Domingo, 17 de marzo de 2013

115 libras (demasiado flaca, ¿Por qué?).
¡Espinillas en el rostro!
Mesa de Noche (Cigarrillos, cenicero lleno, cinco en la cajetilla y pastillas para dormir… dos. Farmacia, ¡Farmacia!).
Cama (sábanas blancas impecables).
Mesa (latas vacías de cerveza).

7:00 a.m. No lo puedo enfrentar, duele demasiado, ni siquiera en las largas horas que paso en el trabajo dejo de pensar en él, deseo verlo una y otra vez más. ¿Qué diría si me viera así, tan delgada, escurrida? Mejor ni lo pienso. No deseo hacer nada para las vacaciones, sólo quedarme abandonada en la casa, acomodada en el sofá viendo los clásicos de Semana Santa, el sufrimiento desgarrador que me ahoga, con una pana llena de mango, jocote y papaya en almíbar. Debería vestirme de luto para asistir a la iglesia porque ni los ríos ni las playas dejarán que piense en la semilla que sembró en su vientre. Serán unas largas vacaciones en la soledad de mi casa, acompañada por cervezas, iguana con huevos en pinol y  almíbar. Necesito unas libritas de más para enfrentarlo con fuerzas y superarlo cuando comiencen las lluvias como lo hacen en Bluefields con el Palo de Mayo.


viernes, 15 de marzo de 2013

SER ABUELO


Ser abuelo
es recorrer senderos
de múltiples colores.
Ser abuelo
es sanar viejos pesares
de largos derroteros.

Ser abuelo
es llenarte de alegría.
por risas y abrazos.
Ser abuelo
es florecer cada día
cubierto de inocentes gozos.

Ser abuelo
es encontrar la dicha
al final del viaje.
Ser abuelo
es levantar la antorcha
y enfrentar la vida con coraje.

Ser abuelo
es sentir un revoloteo
en el corazón.
Ser abuelo
es levantarse sin razón
demostrando alcahueteo.

Ser abuelo…
Ser abuelo es deacachimba.