martes, 16 de junio de 2015

SÓLO EN NUEVA GUINEA (I)


“No dilatan ni cinco minutos. Se aparecen los pirucas, escogen las mejores, las pelan y  hacen rodajas para pasar el trago con ellas”, dijo Moncho Jarquín desde la esquina de su tienda cuando vio que le tomé foto al basurero lleno de piñas. “Se tiran su piñita colada”, le contesté.

“Varios piñeros (productores de piña variedad MD2, llamada piña dorada) las tiran al campo para que se incorporen al suelo, otros las hacen en trozos y se las dan a las lombrices para hacer lombrihumus (orín que desechan las lombrices en la descomposición de la materia orgánica), pero la mayoría se las da a las vacas, no solo las golpeadas sino que también las buenas, pequeñas y grandes, cuando el precio se les viene al suelo por la abundancia, por la sobreproducción”, dijo Mauricio Mendoza cuando le conté el asunto.

Con ellas, aunque estén golpeadas, en otros pueblos hacen arroz con piña, empanadas rellenas de piña, pastel de piña y hasta chicha. No se desperdician tanto como en Nueva Guinea porque todos los productores cosechan en la misma época y no existe capacidad de procesamiento, conservación y transformación para elaborar con ellas productos como zumos, néctares, pulpa y jalea, mucho menos empacar rodajas en latas. Es lo mismo de siempre, quizás en el futuro las cosas cambien para mejorar.

   

martes, 9 de junio de 2015

LAS PIPAS DE AGUA DE JUIGALPA (Galvanizadas en la Memoria)




He visto varias carretas cargando una pipa en la que se distribuye agua por las calles de Juigalpa, la misma imagen en diferentes colores. “¿Por qué pintas esa imagen?”, le pregunté a Julio Madrigal al sentarme a su lado, luego de saludar a Carlos Medrano, entre centenares de voces murmurando en la calle, frente a la  casa de familia Guerra Gallardo.

Julio Madrigal me cuenta: "esas pipas eran de mi padre Juan Castilla Tablada, él me dejó una foto que aún conservo y si hago bulla se desbarata. Decidí pintarlas para dar a conocer cómo se distribuía el agua en Juigalpa. Él tenía varias pipas, había una roja, una verde y otra azul, por eso las he pintado en varios colores”.

    ¿Y en diferentes calles?

Las calles de Juigalpa se parecen, sus casas esquineras son grandes, de adobe y teja, con el mismo diseño arquitectónico. Cuando la gente mira el cuadro provoca la discusión entre los juigalpinos: unos dicen que es la esquina de donde fulano, otros de donde zutano, pero realmente la esquina es por donde doña Teresita Pantoja, es decir allá donde vivía Tapa Chiche, la esquina de don Aníbal Cruz. Metían la pipa de retroceso para el lado de donde la Tersa Urbina, allí antes era un guindo y le ponían una cuña. La foto fue tomada en esa esquina, eso me lo comentó Alejandro Castilla, mi hermano, uno de los que va montado. Entonces, como todas las esquinas son parecidas, da la impresión de que se ha paseado por toda la ciudad.

    ¡Esa es una imagen que te quedó grabada desde chavalo!

Así es. Conozco todo el procedimiento, desde el pozo, cómo se parqueaba la pipa, cómo se trasegaba el agua del pozo a la pipa, todo eso me quedó galvanizado en la memoria y le puse alas porque ahora hay pipas en Europa, en Estados Unidos, en Sur América y en Cuba.

    ¿Cómo es que las pintas?

En tela con técnica mixta, la base va curada con cola, los polos de la lona, acrílico especial y luego una mezcla de óleo, es un técnica mixta. He pintado como unas doscientas pipas.

Observo que Carlos Guerra sale de la casa. Me disculpo y camino hacia él esquivando los pies de los estudiantes que están sentados en sillas blancas y han llenado la calle. Nos apretamos las manos, le doy condolencias por la muerte de María Elena y nos abrazamos. Los periodistas lo rodean, me despido y regreso donde Julio.

    Julio, esa pipa también está pintada en el parque de Palo Solo.

Es un mural que fue pintado por Ricardo Gómez. Él fue mi alumno cuando comencé a dar clases de dibujo y pintura en lo que es hoy La Asunción, antes la escuela José Aníbal; allí comenzamos con María Ramos a impartir los primeros talleres a raíz de la Revolución donde acudió Ricardo, un morenito, a dar sus trazos iniciales. Ahora es un gran escultor y pintor nacional que da clases en la Escuela de Bellas Artes. Él la pintó, pero no lleva los detalles que tenían las Pipas de mi papá.

    ¿La pintaste sin pensar que podrían regresar esas condiciones de distribución de agua por el despale, la ganadería extensiva y el cambio climático global?

Cuando uno pinta quiere dar a conocer algo que pasó, porque es una pena que ahora no hay ni una pipa para tenerla en un museo. Aquí en Chontales el oro se trasladaba desde La Libertad a Puerto Díaz en carretas. Don Juan Manuel González, el músico acordeonista, era el jefe de todas las carretas. Ahora no hay ni una carreta y ni una pipa. A lo mejor volvemos a eso porque en algunas comarcas no hay agua, por ejemplo en Piedras Grandes, pero en la ciudad hay las 24 horas del día por un gran proyecto que hicieron los coreanos para abastecernos desde el lago de Nicaragua.

    ¿Sonaban una campana avisando que pasaba la pipa?

No, sólo gritaban “la agua, la agua, última vez que paso”. La gente abría sus puertas, entraban y llenaban el tanque o la pila

    ¿A qué precio vendían el cántaro de agua?

    A quince centavos, ¿verdad, Carlos? —dice Julio preguntandole a Carlos Medrano.
  Veinticinco centavos, era equivalente a una lata —responde Carlos.
    El cántaro era de bronce como esos cantaritos de oro que hacen para pendientes —dice Julio.
    Hay que aclarar una situación —dice Carlos —habían otro dueños de pipas: Agustín Castilla Solís, Pablo Urbina, Antonio Urbina, llamado “Toño Pipero”, y Juan Castilla, el papá de Julio.
    Don Arturo Tablada, mi tío abuelo, mi abuelo se llamaba Nicolás Tablada, le dio a su sobrino, mi papá, dos pipas para que trabajara; fue desarrollando la microempresa y como era rentable los otros se metieron y hasta hicieron un pozo al lado del suyo —explica Julio.

    ¿Por todo eso es que pintas las pipas?

Las llevo galvanizadas en la memoria, como decía Neruda.

Veo el reloj, se hace tarde. Le agradezco a Julio la oportunidad de entrevistarlo. Observo que comienzan a sacar las ofrendas florales de la casa. Me despido y quedamos de vernos en la catedral donde se hará la misa de cuerpo presente de María Elena. Camino hacia la esquina de Palo Solo e imagino en estos tiempos a las pipas abasteciendo de agua a los juigalpinos.

Juigalpa, Chontales.
3/6/2015.

viernes, 5 de junio de 2015

EL ÚLTIMO IGUALTIL (En el día del Medio Ambiente)





Me bajé del jeep para revisar una llanta y escuché el sonido del golpe seco y continuo. Crucé caminando la carretera que conduce a La Libertad, Chontales. Un hombre estaba con un hacha derribando un árbol de Igualtil (Genipa americana L.), llamado también Tapa Culo. Daba cinco hachazos al lado derecho y cinco al izquierdo hasta que lo derribó. Al caer el tronco no se desprendió y le tomé la foto cuando lo separaba en dos. Con hacha, ¿y las motosierras?, pensé.

“Aquí, en estos llanos ya no se escuchan, la gente se vuela los palos con hacha y cuando de leña se trata, se suben con serrucho a cortar las ramas gruesas”, dijo Julio Duarte cuando le mostré la foto en su finca La Heredad ubicada en la comarca El Quebrantadero de Juigalpa.

“Al menos aquí le tienen miedo a las autoridades pero en otros lados arrasan con los bosques y todo el mundo se hace de la vista gorda”, le respondí. “Ese era el último Igualtil de estos lados”, respondió.

sábado, 30 de mayo de 2015

LO DULCE QUE SOÑÉ


Hoy temprano su aroma inhalé
como de niño del tuyo disfruté.
Mientras tallos con azucenas florecidos corté,
la vida a tu lado recordé.
Para inmortalizar lo dulce que a tu lado soñé
mi sala con ellas en un jarrón adorné

En mi piel llevo tu ternura
nunca se despega por locuras.
Portador de tus ojos soy
blanco, negro, todo veo con abertura.

Aunque a mi lado no estés
la imaginación tuya es mía.
Escucho tu risa, tu voz llamado
repito siempre, no tardare madre mía.

30/05/2015

sábado, 23 de mayo de 2015

BRUJITAS, BRUJAS Y BRUJERIAS



Las brujitas son mi vida,
siempre alrededor.
Crecí viéndolas,
crecer, florecer, embellecer
el andén de mi puerto.
Pétalos blancos,
rojos y rosados.

Cuando llovía,
sus bulbos emergían de la tierra.
Al encontrarse la gente sonreía
deseándose mejor día.

Al pedazo de andén,
entre la esquina de Miss Lilian
y la casa de mi abuela Manuela,
lo vestían de colores.

Acogían pasos,
sus aromas acompañaban el trayecto,
al caminante embrujaban
vaivén al viento del oeste.

De brujas no digamos.
No es cuento,
es inimaginable lo que hacen
entre brujas y brujos,
resulta la brujería.


Brujitas, brujas y brujería.

martes, 12 de mayo de 2015

EL PATÍBULO DE BLUEFIELDS



En este sitio se colgaba y decapitaba a los condenados por traición y otros delitos, usado tanto por los piratas ingleses como por el rey mosco (Este pozo es una representación del mito).

La representación está ubicada en la esquina noroeste del Parque Reyes.

domingo, 3 de mayo de 2015

AL OTRO LADO DEL CERRO ABERDEEN


El lanchón atracó en la ribera derecha del río Escondido y los gritos despertaron a Jack; dormía en una hamaca colgada en la parte posterior del segundo piso de la cabina del capitán. Desde allí, entre cabezas y cuernos, observó la caía del sol sobre las quietas aguas del río y cómo se desvanecían las luces de ciudad Rama a medida que navegábamos río abajo. Era su primer viaje en un lanchón por el río y la también la primera vez que asumía la responsabilidad de comprar ganado bajo encargo de su padre para engordarlo en una finca ubicada al otro lado del cerro Aberdeen de Bluefields.

    Hemos llegado a Mahogany —dijo Stubbs observándolo a través de una pequeña ventanilla de la cabina.

Dos marineros lacustres sostenían las cuerdas; soltándolas poco a poco bajaban la rampla de proa, trataban de asentarla con firmeza en la orilla y cuando lo hicieron las amarraron de dos inmensos árboles de Teca. El lanchón quedó atracado de frente, en un recodo de la desembocadura del río Mahogany en el Escondido.

    Según la lista, aquí cargaremos veinte —respondió Jack.

La espesura de la neblina aún no se disipaba sobre las aguas verduzcas del río y los marinos se trasladaron a la cabina montándose sobre las reglas de madera que, como corral flotante, resguardaban el ganado embarcado la tarde anterior en el muelle de El Rama.

    Oye, Jack —dijo uno de ellos—, ¡a desayunar!
    Mientras esperamos es lo único que podemos hacer —dijo Stubbs.
    En el termo tengo café —respondió Jack.

En su mochila cargaba galletas de soda, chorizos enlatados, una libreta para apuntes de pasta negriblanca, un lapicero, un capote y el termo. Luego de bachillerase en el Colón se trasladó a estudiar agronomía al liceo de Juigalpa pero no le gustó el llano seco, el polvazal ni el intenso calor. Añoraba el mar, la brisa marina y a sus padres. “No aguanté ni seis meses”, me dijo al anochecer desde la hamaca en que durmió. Ahora Jack apoyaba a su padre en lo que requería; no podía ni debía estar ocioso, tenía que hacer algo además de entretenerse jugando béisbol con sus amigos en el equipo Los Diablos de El Bluff.

    ¡Ya vienen! —expresó Stubbs señalando hacia un claro existente en el denso follaje del bosque.
    Tengo que escoger los mejores —dijo Jack.
    ¿Cómo? —preguntó uno de los marinos—, son muchos.
    Separando al escogido para que los montados lo arreen sobre la rampla; cuando suba y avance hay que cruzar las reglas para que no se regrese —explicó Stubbs.
    Me faltan veinte, ¿todavía alcanzan?
    Sí —contestó Stubbs.

Jack bajó a la orilla del río, se subió a un tronco y desde ahí, luego de dialogar con el responsable del arreo, escogió los veinte animales; valoraba el estado de carnes, la altura, la apariencia de la edad y la ausencia de parásitos externos como tórsalos y garrapatas. Dos horas después, al concluir la selección y completar el embarque, un grupo de diez novillos quedaron descartados. De la mochila sacó su librera, escribió en una hoja y se la entregó al hombre.

    Dígale a Míster Hodgson que lo esperamos pasado mañana en Bluefields —le dijo al despedirse.

Los marinos soltaron las amarras despidiéndose con alegría de los montados y Stubbs encendió el motor poniéndolo en reversa; al retroceder tuvo que maniobrar con rapidez porque dos pangas rápidas se desplazaban río arriba y se sintió el peso de la carga balanceándolo hacia la derecha. Una vez en su curso río abajo noté un giro largo y acentuado en forma de U inversa para continuar navegando hacia Bluefields. Pasamos Krisbila y más adelante la desembocadura del río Kama;  a partir de ese punto el río se hizo cada vez más ancho hasta pasar por Schooney Cay y desembocar en la bahía de Bluefields.

Al norte de la punta de Old Bank, cerca del Sawmill o el aserrío llamado BLUMCO, Stubbs tuvo que esperar que el barco María Rosa terminara de alinear la madera que jalaba hacia los rieles que se adentraban en la bahía para luego ser procesada en el inmenso edificio.

    Llegamos con buen tiempo —dijo Stubbs con su rostro afrocaribeño reluciendo de satisfacción cuando atracó en la ensenada.
    Son las dos de la tarde —agregó Jack luego de constatar, desde la baranda de estribor donde estaba sentado, la hora en su reloj Timex.
    Allá viene el jefe —dijo uno de los marinos.

Era el padre de Jack que se aproximaba con otros tres hombres montados a caballo. Volví a ver a Jack y se encontraba descolgando su hamaca. Los marinos bajaron otra vez la rampla y comenzaron a gritar para que el lote de cuarenta animales abandonara la embarcación. Al salir a tierra, tres de ellos doblaron sus patas delanteras y cayeron al suelo, estaban entumidos por permanecer veinte horas en una sola posición durante el viaje desde ciudad Rama. Alfonso, el mandador de la finca del padre de Jack, un tipo corpulento, de bigote y barrigón, los separó del resto del lote golpeándoles el lomo con el sombrero como todo diestro campisto chontaleño. Mientras Alfonso estaba en ello, Stubbs, Jack y su padre conversaban; el padre de Jack lo abrazaba con su brazo derecho y lo noté feliz.

Media hora después caminé al lado de Jack detrás de los montados que arreaban el ganado por el camino de tierra que conduce al Pool. Al iniciar la marcha se notaban pequeñas casas de madera y techo de zinc, pero a medida que avanzábamos se tornaron de madera rolliza y techo de palma, sobresalían junto a los árboles de almendro derribados con los que hacían carbón para abastecer a la ciudad de tan apreciado bien por sus pobladores mestizos y black creoles. Poco a poco comenzamos a ascender en una acentuada pendiente con abundante vegetación a sus lados que impedía penetrar los rayos del sol, el camino se tornó en un sendero de tierra barrosa, oscuro y húmedo, donde las nubes de zancudos zumbaban a mí alrededor.

    Falta poco —dijo Jack.
    Después de aquel claro cruzamos la falda del cerro —agregó el padre de Jack que montaba atento de nuestra marcha.

Minutos después comenzamos a descender. Alfonso y los otros hombres no apuraban el arreo debido a la presencia de peñascos a ambos lados de la bajada. Al salir al claro noté la inmensa llanura existente al otro lado del cerro Aberdeen; a la izquierda se mostraba esplendoroso, cubierto de una densa y abundante vegetación.

    Desde el parque de la loma de El Bluff se ve azul  —dijo Jack.
    Por eso la ciudad se llama Campos Azules —agregó el padre de Jack sonriendo al volver su mirada.

Una puerta de golpe fue abierta por uno de los campistos y el ganado salió libre a una inmensa llanura de pastizales verdes. Sentí la brisa fresca del atardecer en mi rostro, vi el sol iluminando la montaña con sus diferentes tonalidades de verde hasta donde la vista me alcanzaba: verde claro, verde montaña y verde azulado. Cruzamos la llanura y observé la casa de la finca al pie de la caída de un promontorio con su corral de reglas a la izquierda; frente a ella, en la plazuela, varios tablones de madera, tablas y pilares, estaban entrelazados verticalmente secándose al sol. Al llegar los campistos continuaron arreando el ganado hacia la parte posterior de la casa, buscando una quebrada y el río que cruzaba la mayor parte de los potreros. Entramos al corredor, me senté cansado en una banca al lado de Jack mientras su padre se acomodó en una hamaca y Alfonso se dirigió a la cocina.

El bosque del cerro Aberdeen brillaba por la intensidad de los rayos del sol que caía en el fondo de la selva y, en medio del silencio humano, escuché el curso de las aguas corriendo entre troncos caídos, salpicando los tablones de un viejo puente, y las rachas de viento alborotando las copas de los árboles.

    ¿Cómo te sientes, Jack? —preguntó su padre.
    Cansado, desvelado, con ganas de ducharme y dormir en una buena cama —respondió.

Alfonso regresó con una taza de café y se la ofreció al padre de Jack; él se incorporó ligeramente para asirla con su mano, dio un sorbo y volvió a tenderse en la hamaca, puso la taza en el suelo, tomó un cigarrillo de la bolsa de su camisa y, tras encenderlo, inhaló el humo profundamente.

    Quiere dormir en una buena cama —dijo el padre de Jack.
    ¡Y también con una buena hembra!, ¿verdad, Jack? —dijo Alfonso, siguiendo el juego del padre de Jack.

Jack guardó silencio. La noche anterior al viaje por el Escondido nos encontramos en una de las calles de la ciudad, propiamente en la esquina de Erasmo. Luego de saludarnos me dijo que se dirigía a visitar a una amiga en el barrio creole llamado Beholdeen. En el viaje de regreso se mostraba ansioso, con muchos deseos de regresar para verla. Noté que escribía en su libreta sobre ella, como siempre lo hacía cuando estaba ansioso; dijo que esa sería su noche soñada.

    Por una mujer que se quiere, todo se deja —agregó el padre de Jack.
    ¡Hasta una finca! —dijo Alfonso.
    Como vos lo haces —dijo Jack dirigiéndose a Alfonso.
    Que preparen dos caballos para que regresen a Bluefields —ordenó el padre de Jack.

Alfonso le gritó a los campistos que regresaban de arrear los novillos; minutos después se acercaron con dos caballos listos para ser montados.

    Te lo mereces, pero recuerda que para todo hay tiempo, incluso para enloquecerse por una mujer —insistió sobre el tema el padre de Jack.
    Si salen ahorita llegan anocheciendo  —dijo Alfonso.
    Vámonos —dijo Jack al tomar su mochila.
    Dejan los caballos donde Míster Nicholson —escuché decir al padre de Jack cuando montábamos.

Al subir la pendiente rocosa regresé la mirada y vi el rojo acaramelado del atardecer más allá de lo alto del cerro Aberdeen. El trote de los caballos era veloz por las ansias de Jack. Después que pasamos por el Pool, las lámparas de las casitas de madera comenzaron a brillar y, al girar hacia la derecha por un viejo puente de madera, noté las luces de la ciudad.

    Nos vemos otro día —dijo Jack cuando desmontamos en la casa de Míster Nicholson.
    ¿Qué harás mañana? —le pregunté.
    Dormir, dormir todo el día —respondió.

Pasaron varios días y lo volví a encontrar en el muelle de las pangas que viajan a El Bluff: una muchacha alta, delgada y de cabello corto estaba a su lado.

    Te presento a Katty —dijo—, por ella cruzo nadando la bahía si es necesario—.

Después de muchos años volví a transitar por ese camino. El cerro se encuentra talado, varias antenas pueblan su cúspide, en sus faldas han construido un matadero y el basurero municipal; el viejo Pool agoniza contaminado, la extrema pobreza obliga a miles de familias a vivir de las piedras que extraen de las entrañas del cerro para picarlas y vender piedrín, un barrio ha crecido a ambos lados del camino y sus pobladores presionan por la mejoría de los servicios básicos, principalmente calles y andenes. Frente a ese panorama recordé la alegría de Jack apresurando el paso del caballo para cruzar al otro lado del cerro Aberdeen y reencontrarse con su amada.

Nueva Guinea
01/05/2015
Foto cortesía de Kenny Siu.