miércoles, 18 de septiembre de 2019

SANTA ISABEL DEL PAJARITO


Un tercio de la caminata ha sido bajo la furia del sol, abriendo y cerrando puertas de golpe y de alambre de púas, flanqueado por el canto de chicharras gigantes, el polvo que dejan atrás los que van adelantados y la sombra chirre de laurelitos y palos de agua. El sendero, una alfombra polvosa que no resiste huellas, pero indulgente con mis botas, me deja apreciar colinas y valles en las que el pasto Retana fulgura al viento con vacas ensimismadas en su deguste sin prestarles atención a mis pasos.

El paisaje poco a poco va cambiando. El camino se cubre por la sombra de grandes árboles, tan grandes que solamente diez hombres con sus brazos extendidos pueden abrazarlos, y una exuberante vegetación pintada en diversas tonalidades por lianas, heliconias y palmeritas de montaña. Aparecen riachuelos en las hondonadas con nubes de zancudos que hacen fiesta de piquetes con mi cuerpo hasta que logro subir a la larga cresta de un cerro desde donde observo la majestuosidad de un bosque de almendros, anidados en sus copas por lapas verdes que me dan la bienvenida con su canto.

La luz de la tarde se despide en la copa de los árboles. El azul de montaña cubre el sendero y el chillar inquieto de los monos congos, junto con el revoloteo de las aves, anuncian la llegada de la noche montañosa. Después de una colina, al caminar por un valle pastoso, entre cuatro hileras de alambre de púas extendidas en el horizonte, surge la luna llena. Es increíble lo maravilloso que se muestra en la montaña y la claridad que brinda para guiar tus pasos. Media hora más de camino y los adelantados se comunican a gritos con los habitantes de las primeras casas de madera que conforman la comarca. Desde San Ramón, pasando primero en vehículo por La Unión, un recorrido de cinco horas me ha llevado hasta Santa Isabel del Pajarito.

En el corredor de una casa de madera están los adelantados (Giovanny, Héctor, Arosman y Lucas) con sus mochilas en el suelo, termo y parte de la carga esperando al resto del grupo (Antenor, Marvin y un baqueano). Cuando subo las gradas noto que ya han tendido sus hamacas entre los pilares y alfajillas que soportan el techo de zinc. El dueño de la vivienda, hermano de Antenor, un hombre pequeño de mirada profunda, nos da la bienvenida.

Dentro, la sala está iluminada por candiles, al fondo hay tres habitaciones y desde la cocina, una extensión hacia la derecha de la sala, se difunde el aroma de comida, el calor del fuego y las voces de mujeres. Me acomodo en una banca, me quito las botas y de la mochila tomo mis chinelas. Cuelgo la hamaca en la sala. Me asomo a la cocina, saludo a tres mujeres y veo la exuberancia del agasajo que nos tienen preparado alrededor del fogón: yuca cocida, quequisque y malanga, frijoles cocidos, un perol lleno de arroz blanco, un queso en su pana y carne de res en el asador. Las mujeres sirven la mesa e invitan a ocuparla. Ceno con el apetito provocado por la caminata, incitado por el dueño de la casa: “coman, coman, ¡Julita traiga más, sin pena, sin pena, coman, un traguito, eso, eso, un traguito de cususa para calentarse!”, hasta que el hambre, la suma de todos los hambres, es zaceado.

En el corredor el grupo de los adelantados conversa con la barriga llena y el corazón contento, cada quien desde su hamaca. Frente a ellos se ve la claridad que la luna llena le imprime a la plazuela y, a unos treinta metros de distancia, una piara compuesta de unos veinte cerdos amontonados unos sobre otros, forman casi un círculo como el que acompaña a la luna. Lucas dice que además de llena viene repleta de agua, que ya está comenzando a salir la cosecha de frijoles de Apante a lo que Arosman riposta recordándole que por la mañana hay que reunir a los campesinos para enseñarles a hacer el Aparato A y cómo usarlo para que saquen las curvas a nivel y así no acaben los suelos de esta linda montaña. Estás oyendo Giovanny, ese es un tema importante, la entrevista para la radio debe girar alrededor del medio ambiente y su protección, aquí estamos en la zona de amortiguamiento de la Reserva Indio – Maíz, dice Héctor a lo que Giovanny le contesta que él sabe cuál es su trabajo, que dejen de hablar pendejadas porque está cansado, con frío y ya se quiere dormir.

Estoy cansado, le digo al grupo y entro a la sala. Antenor conversa con su hermano, bajan la voz y la mirada profunda del campesino me alerta sobre su desconfianza, un rasgo vital para la sobrevivencia en la montaña. Les digo que voy a dormir, que me disculpen. Nosotros también, dice Antenor y desde más allá del corredor, desde la plazuela, se escucha el gruñido de los cerdos que crece en intensidad a medida que se acercan a la casa, se meten debajo del tambo en desbandada haciendo un alboroto que aumenta bajo nuestros pies por el choque entre la manada allí abajo. El hombre de la mirada profunda corre a la puerta, sale al corredor, mira hacia más allá de la plazuela y grita: ¡un tigre!, ¡un tigre!, ¡por allí anda un tigre! Desde uno de los cuartos la Julita sale corriendo con un rifle en sus manos y se lo entrega al hombre, lo toma, manipula y hace varios disparos al aire. Repentinamente los adelantados han entrado a la sala en carrera con sus mochilas y hamacas y comienzan a buscar como colgarlas. El alboroto se ha calmado con los disparos, el corredor está vació así como la plazuela que sigue iluminada por la luna. Luego de la desbandada de los cerdos nos hemos reído y Marvin comienza a contar la historia del Oso-Caballo, un animal que camina en dos patas y que se come a las vacas, que según él azota toda esa montaña y la Reserva Indio – Maíz, pero Lucas lo manda a callar porque aquí no andamos creyendo cuentos de caminos, dormité ya, le dice.

A las cinco de la mañana he despertado. Salimos al corredor, no veo ningún cerdo, y caminamos hacia la plazuela en dirección a una quebrada para bañarnos. La neblina cubre todos los cerros de los alrededores y me doy cuenta que estamos en una planicie atravesada de oeste a este por una quebrada de aguas claras y frías que baja con rapidez desde lo alto de uno de los cerros. Al pie de unas rocas, entre troncos secos que cruzan el curso del agua, nos bañamos y Héctor comienza a bromear con Marvin porque se le caído el jabón y tiene que agacharse para recogerlo.

Luego del desayuno nos dirigimos hacia la capilla de la comarca. Caminamos menos de media hora y desde varios puntos de la montaña se escuchan gritos de saludos entre campesinos y nuestro grupo. En un claro del bosque se ve la capilla, varias casitas en sus alrededores y los campesinos que han bajado al punto del encuentro. A los visitantes nos hacen presidir la reunión. Un delegado de la palabra da agradecimientos y bendiciones por nuestra llegada y dice que bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados y de allí agarra el hilo de sus planteamientos uno de los líderes de la comunidad para plantear las principales demanda de la población: los problemas que enfrentamos son muchos, desde el mal estado de la trocha entre La Unión y San Ramón que nos dificulta sacar los productos, el financiamiento que por todos lados nos han negado, llevamos años de años de estar quebrándonos las espaldas para al menos sobrevivir, se nos enferman los chigüines, salimos desesperados con los picados de culebras, necesitamos hacer buenos pozos para tener agua bebible y más cosas hermanos, pero llegamos a caer en cuenta y bien meditado por todos que lo más indicado son unos novillitos y unas vaquitas para prosperar en esta montaña.

Lucas toma la palabra y se tira su retahíla sobre el programa de campesino a campesino secundado por Arosman, explica en que consiste el aparato A, vamos a hacer la práctica, lo van a construir con sus propias manos en cuanto terminemos para que ustedes conserven los suelos y salven estas montañas, miren el ejemplo de destrucción en las colonias de Nueva Guinea, una barbaridad que no tiene perdón de Dios. Y otro líder toma la palabra, pide aplausos y dice que para ver el majestuoso arco iris es necesario empaparnos en la lluvia, esa que aquí no nos falta, así que confiando en que los amigos que nos honran con su visita sabrán ayudarnos una vez que regresen a Nueva Guinea, ayuda que esperamos con nuestros corazones rotos pero llenos de esperanzas.

Frente a la capilla me llama la atención una casita de madera pequeña, de unos cuatro metros cuadrados, y me dirijo a ella. Desde la ventana veo un hombre que está adentro, sentado en un banco, frente a una mesa y atrás tiene un anaquel de madera con algunos medicamentos. Es el local donde tienen el botiquín de medicamentos de la comarca. Tenemos pocos medicamentos, lo básico para primeros auxilios ante una herida, aspirinas, para la diarrea, pero nos hace falta de todo y con urgencia debemos conseguir suero antiofídico porque abundan las terciopelo y barba amarilla, dice el responsable. ¿Y la partera? Con ella llevamos el control de las mujeres embarazadas, dice, toma un cuaderno, revisa y se pone a sacar la cuenta.

A mi izquierda veo a un grupo de campesinos que sostienen un aparato A. Lo han construido y se muestran orgullosos. Ahora sí, con estos aparatos vamos a hacer curvas a nivel y obras de conservación para que no se nos laven lo suelos, dijo uno de ellos. Y para que vean que somos agradecidos les vamos a prestar las bestias para que se vayan montados, yo me voy con ustedes para regresarlas, dijo otro. Nos despedimos con choque de manos y emprendemos el retorno.

Semanas después vi al hombre pequeño de mirada profunda en Nueva Guinea. Me comentó que andaba retirando un crédito de novillos a nombre del grupo de productores de Santa Isabel del Pajarito. ¿Cómo van los trabajos de conservación de suelos?, pregunté. Es difícil, respondió, alejándose.

17 de Septiembre 2019

lunes, 2 de septiembre de 2019

EL AVIÓN AMARILLO Y LA LLUVIA DE CARAMELOS



Un chavalo, protegido del sol por una gorra, vestido con pantalón corto de color azul y una camiseta blanca, camina con sus botitas de burro sobre un tramo de carretera de macadán en dirección a la pista de aterrizaje.

Frente a él, cruzando la pista, se levanta un promontorio rocoso y rojizo con escasa vegetación, donde pastorea un rebaño de cabras. Al llegar a la pista, a su derecha y distante, un corte del terreno en forma de V se abre hacia el mar, y más allá observa el oleaje reventando en la línea de playa de la isla del Venado. Por encima del corte, el bosque es denso y, siguiendo el curso de una ladera, desaparece en el fondo de una ensenada donde se mezclan las aguas de la bahía con las del mar.

Va en dirección a la casa pintada de rosado que hace funciones de terminal. En lo alto de un palo, observa el tubo rojo de tela, abierto en dos lados, que se levanta paralelo al terreno, dando bandazos, con la abertura más estrecha apuntando hacia el oeste.

Ha caminado desde su casa, pasando por los tanques de la Texaco, el comedor de las Chinitas, el taller de don Chon Benavidez, los tanques de la ESSO y la planta de la Booth. Desde allí, recorrió el tramo de carretera hasta llegar a las casas de La Colonia y un desvío que desemboca en la pista.

Escucha el rugir de un motor que irrumpe en el aire y corre hacia la casa rosada con toda la fuerza y velocidad que sus piernas pueden dar. En el promontorio, las cabras se alejan al galope buscando refugio, y ve el avión Douglas DC-3 color amarillo volando sobre la pista, que bate las alas como una mariposa en señal de saludo. Vuelve la mirada hacia la izquierda, hacia el sector de la loma del faro, y observa un grupo de chavalos que corren hacia la casa, y otro que se aproxima desde el sector de La Colonia. Busca en lo alto al avión; no lo ve, pero escucha el sonido del motor al lado del bosque, que se torna más leve en el fondo de la ensenada. Los dos grupos de chavalos se aproximan corriendo a la casa rosada.

“No nos esperaste”, dice un chavalo cabezón que tiene el pelo chirizo.

“Te adelantaste”, dice otro, un chavalo flaco de piernas largas.

El chavalo no responde, no les presta atención. Está pendiente del avión; solo sonríe mientras los dos grupos se aglomeran frente a la casa rosada, de donde han salido dos hombres que se dirigen a la pista. Desde el sector de La Colonia llega un jeep verde seguido por un tractor que lleva acoplado un tráiler.

El chavalo corre detrás de los dos hombres. Llega a la pista, mira hacia el corte en V que se abre al mar y observa a lo lejos el avión amarillo que comienza a descender, planeando suavemente, sin escuchar el ruido del motor por la fuerza contraria del viento. Está maravillado; no puede creerlo, pero ahora sí, así como viene, suspendido en el aire, casi sin moverse, espléndido y majestuoso por el contraste que hace el color amarillo con el cielo azul y blanco caribeño, como si estuviera a la espera de que sus manitos lo atrapen para jugar con él todos los días en el patio de su casa.

Se da cuenta de que es cierto y cae en ello; ahora sí, lo ve y siente los golpes de su corazoncito palpitante. Brinca, brinca de emoción, grita, grita con todas sus fuerzas para que lo escuchen en toda la bolita del mundo: “¡Allí viene, allí viene!”, y corre, corre de regreso al grupo compuesto por unos veinte chavalos. Se tira encima del cabezón con el pelo chirizo como si se tirara a nadar en la bahía, lo abraza, da saltos, lo suelta y hace lo mismo con el flaco de piernas largas, y nota que todos lo hacen; todos se abrazan, brincan y gritan emocionados.

El avión toca la pista y el estruendo de los motores lo saca del trance en que se encuentra. Lo ve pasar a mil por segundo; ahora sí lo oye entre los gritos y la algarabía, siente que tiembla la tierra; la fuerza y el peso del avión lo zangolotean, impresionado, lo sigue con la mirada extasiada. Nota la efervescencia del calor que desprenden los motores y que rebota en el asfalto al hacer la maniobra de giro frente a la loma del faro, con el azul del mar como telón de fondo.

“Alístate”, le dice el chavalo cabezón.

Se han calmado, pero están atentos; sus sentidos en alerta.

El avión amarillo se acerca frente a la casa rosada y se apagan los motores. Los dos hombres aseguran el tren de aterrizaje y el que conduce el jeep verde —usa camisa sin mangas, lleva barba en forma de pera, un habano en los labios y le dicen el Diablo— se acerca al avión. Se abre la puerta cercana a la cola. El hombre del habano conversa con dos miembros de la tripulación, saluda al piloto, quien desde la ventanilla de la cabina habla con él en inglés y les hace señales para que se acerquen.

Los chavalos se agrupan frente a la puerta formando una U. Desde el avión se escucha el movimiento de bolsas y cajas de cartón. Uno de los tripulantes se asoma a la puerta, rompe una bolsa de caramelos y la lanza sobre ellos. El grupo se avalancha sobre la puerta; la U ha desaparecido, ahora es un molote que tiene la mirada fija en los caramelos y los brazos abiertos a la espera de que caigan al suelo, mientras el otro tripulante tira sobre ellos una bolsa de chocolates. La lluvia de caramelos y chocolates sigue cayendo y cayendo. Como en una piñata, gritan y se dan empujones en el suelo, cada cual recoge con ambas manos lo más que pueda, llenando las bolsas de sus pantalones y, al lograrlo, se quitan la camisa formando un saquito para llenarlo.

La algarabía dura varios minutos. Se alejan poco a poco del avión, pendientes de lo que el otro ha podido recoger, mientras los hombres han colocado la escalera en la puerta para descargar y cargar.

“Vos agarraste más que todos”, dice el chavalo flaco de piernas largas, dirigiéndose al cabezón.

“Qué va a ser, mirá el montón que lleva aquél”, le contesta el cabezón, señalando a uno del grupo que regresa a sus casas por el lado del faro, mientras ellos se dirigen al tramo de La Colonia.

“Así debería de llover todos los días”, dice el chavalo de gorra, y los tres ríen a carcajadas, desapareciendo de la pista.

 

1 de Septiembre de 2019

Foto de Morgan Bartlett.






domingo, 4 de agosto de 2019

EL HOMBRE DEL ROSTRO TRISTE



El hombre se detuvo junto a mi asiento y levantó apenas una mano.

—¿Me permite?

Tenía los labios apretados y la mirada fija más allá de mi hombro. Deslizó su cuerpo corpulento entre los asientos y se acomodó junto a la ventana. Al sentarse, el bus se estremeció y su hombro rozó el mío.

Eran las ocho y diez de la mañana. Afuera, una lluvia fina oscurecía el pavimento frente al comedor La Choza, en Nueva Guinea. Los últimos pasajeros regresaban de prisa, algunos con vasos de café y bolsas de pan en las manos.

El ayudante cerró la puerta corrediza. El motor rugió y el bus expreso hacia Managua volvió a la carretera.

—¿Usted es de Bluefields? —pregunté.

El hombre tardó en responder.

—Sí.

No apartó la mirada de la ventanilla empañada.

—¿A qué hora salieron?

Giró el rostro hacia mí. Tenía la piel morena, las facciones finas, los ojos café claro y unas manos grandes y arrugadas, apoyadas sobre la cabecera del asiento de enfrente.

—Antes de las seis.

Asentí.

—Siempre trato de tomar ese bus cuando viajo a Managua.

Volvió a mirar hacia afuera. Detrás del vidrio corrían árboles mojados, cercas de alambre y casas dispersas. El olor a ropa húmeda, café y diésel se mezclaba dentro del bus.

Saqué la tableta de mi mochila, pero la música ranchera y el traqueteo de la carrocería no me dejaron leer.

Poco después, los frenos rechinaron y el bus se detuvo. Subió un vendedor con bolsitas de maní tostado cubierto de azúcar. El hombre de al lado tomó una semilla, se la llevó a la boca y pidió una bolsa.

La abrió con cuidado. Masticó despacio y mantuvo la vista en la carretera.

En Juigalpa bajamos durante la parada de quince minutos. Lo vi frente al local Los Caracoles Negros, tomando una gaseosa con pan dulce. De pie parecía más alto, casi de seis pies, aunque caminaba un poco encorvado.

Fue el primero en regresar al bus.

Cuando retomamos la carretera, levantó la mano para llamar al ayudante.

—Recuerde que voy a bajarme en el aeropuerto.

—¿Viaja a Estados Unidos? —pregunté.

—A Miami. Primero a Fort Lauderdale. Allí me esperan.

—¿Su familia?

—Mis hijos.

Hizo una pausa.

—En Bluefields solo me queda uno.

—¿Hace mucho que vive allá?

—Cuarenta y dos años.

Una sonrisa breve apareció en sus labios y se desvaneció.

—¿Qué le parece Bluefields ahora?

Entrelazó las manos. Durante unos segundos solo se escucharon el motor y la música que llegaba desde la parte delantera.

—Es otra ciudad —dijo al fin—. Hay mucha gente de afuera buscando cómo sobrevivir. La gente tiene miedo. Vive encerrada, con las ventanas cubiertas de hierro.

Miró de nuevo la carretera.

—Como en una jaula.

Guardamos silencio.

—Yo soy de El Bluff —le dije—, aunque desde hace veintitrés años vivo en Nueva Guinea.

Giró la cabeza de inmediato.

—¿De El Bluff?

—Sí.

Le dije mi nombre.

Me observó con detenimiento. Sus ojos recorrieron mi rostro como si buscaran en él algún parecido.

—Yo trabajé en el muelle de El Bluff cuando era joven —dijo—. Era estibador.

Enderezó un poco la espalda.

—Cuando estaba chavalo recuerdo una vieja casa de madera, casi enfrente de la agencia aduanera de don Octavio Bustamante. Allí cocinaban para los estibadores. Al pasar, se sentía el olor de la comida creole.

El hombre sonrió.

—¡Oh, sí! Los cuques eran verdaderos cocineros. Nos trataban bien. Hacían pan y preparaban comida caliente.

Movió las manos mientras hablaba.

—A veces trabajábamos hasta tarde, descargando un barco mientras otros esperaban anclados en la bahía. Un hombre no puede hacer ese trabajo con el estómago vacío.

—Mi abuelo materno era Felipe Álvarez. Trabajó casi toda su vida como jefe de la bodega de la aduana. ¿Lo recuerda?

La sonrisa desapareció, pero siguió mirándome con atención.

—Claro que sí. Lo conocí muy bien. Estaba pendiente de nuestro trabajo. Él y los agentes aduaneros nos indicaban dónde colocar la mercadería.

Hizo una pausa.

—También tocaba la campana.

—La campana de entrada y salida.

—Esa misma.

Uno de los pasajeros abrió una ventanilla. Entró una ráfaga de aire fresco con olor a tierra mojada. El hombre respiró hondo.

Busqué en mi teléfono una fotografía antigua del muelle de El Bluff. Había sido tomada en los años cuarenta.

—Mire.

Acercó el rostro a la pantalla.

—Ese era el edificio de la aduana —dijo antes de que yo señalara nada—. Todavía no tenía el segundo piso.

Rozó la pantalla con la punta del dedo.

—Y allí atracaban los vapores.

Sus ojos se movieron hacia el fondo de la imagen.

—Esa es la isla del Venado. Más allá, Half Way Cay. Y aquel cerro es Aberdeen.

 Sonrió sin apartar la vista.

—Es el mismo muelle.

—Entonces conoció a mi tío Felipe, el cajero de la aduana.

—Sí. También a Jorge y a Pablo.

—Eran mis tíos.

Me devolvió el teléfono con cuidado.

—A tu mamá la conocí cuando era jovencita. Después se casó con tu papá, Mr. Hill.

Me quedé mirándolo.

—¿También conoció a mi papá?

—Sí. Fui marino en uno de sus barcos camaroneros.

La comisura de sus labios se levantó apenas.

—Siempre estaba hablando y haciendo bromas a la tripulación.

Bajé la vista hacia la pantalla apagada del teléfono.

—Ellos fallecieron. Están sepultados en Utila, una isla de Honduras. Juntos, como siempre estuvieron.

Mr. McElroy bajó la mirada y apretó la bolsa de maní entre las manos.

—El Bluff de esa época no volverá —dijo.

Se quedó callado unos segundos.

—Pobre gente. Tanta pobreza.

Durante un rato ninguno habló. Las llantas golpeaban las uniones de la carretera con un ritmo seco y constante.

—¿Conoció a Mr. Allen?

Levantó el rostro.

—Por supuesto. El watchman. Siempre estaba cerca cuando cargábamos o descargábamos. También recuerdo a Bortey, Pilito, Chaguito Bermúdez, Juan Ramón Acosta…

Frunció el ceño.

—Hay otros nombres que ahora se me escapan.

—Si menciono a todos los que recuerdo, estoy seguro de que también los conoció.

Se carcajeó.

La risa le sacudió los hombros y varias personas voltearon a mirarnos. Él siguió riendo hasta pasarse una mano por los ojos.

El bus avanzaba por San Benito cuando el ayudante se acercó a cobrarme el pasaje.

—¿A qué hora sale su avión?

—A las nueve de la noche.

—Va a esperar bastante.

Se encogió de hombros.

—Tiempo es lo que tengo.

—Discúlpeme, ¿cuál es su nombre?

—Mr. McElroy.

No dijo su nombre de pila.

Al llegar a la entrada del aeropuerto, el bus se detuvo con un gemido de frenos. Me levanté para darle paso.

Mr. McElroy dobló la bolsa vacía de maní y la guardó en el bolsillo de su camisa. Después tomó su pequeña maleta y descendió con lentitud.

—Buen viaje —le dije.

Desde el último peldaño volvió el rostro y levantó la mano. Sonreía.

Lo vi cruzar la calle con sus pasos cortos y pesados. La pequeña maleta golpeaba contra su pierna. Al llegar al portón del aeropuerto se perdió entre la gente.

El bus arrancó. En la pantalla de mi teléfono seguía abierta la fotografía del viejo muelle.




Domingo, 4 de agosto de 2019.

viernes, 15 de marzo de 2019

CAMINATA DE FELICIDAD



“El domingo vamos a irnos de caminata”, le dije a mis nietas, Daniela y María Fernanda, al regresar a casa después de hacer mi caminata vespertina de todos los días (entre 4 y 5:30 p.m.). Mostraron entusiasmo y White Bush se unió al plan. Al día siguiente, sábado, no dejaban de recordarme que íbamos a hacer la caminata el domingo, y al llegar el día, antes de la hora, Emiljamary y ellos estaban listos.

Caminamos desde las 3:45 hasta las 5:30 p.m.

Aquí les dejo las fotos.


El camino

Sol, mucho sol
Alegría
Llegamos

Los protagonistas: Daniela, María Fernanda, White Bush y Emiljamary.

Compartiendo galletas
Mamá, ya no aguanto

jueves, 21 de febrero de 2019

BACKTOWRITE CON GIFITI Y ACEITE DE HÍGADO DE BACALAO


Si sos uno de los lectores que insisten y preguntan por qué he dejado de escribir, tomo conciencia de ello y descubro que han transcurrido varios meses desde la última vez que lo hice. Meses horribles, meses de tristeza. Agradezco por estar pendientes, por alimentar el reto maravilloso de vencer la página en blanco, por motivar la chispa de la pasión que se siente al escribir.

Como recalentamiento te voy a contar algo que, si somos contemporáneos, estoy seguro que te lo dieron a probar, y desde esa primera vez no quisiste probarlo nunca más. Me refiero al aceite de hígado de bacalao y algo nuevo que he probado en estos últimos meses, Gifiti.

Platicaba con un viejo amigo de origen alemán sobre la situación de su finca. Hablamos del estado de la carretera: pésima señor, increíble, increíble señor. Dijo que el verano estaba entrando, el invierno se aleja, la neblina de la mañana es una cortina gris que humedece los pastos y vuelve invisible al ganado que pastorea en los alrededores de la casa, los aleros gotean las plantas del jardín, el amanecer se torna agradable hasta que a las nueve de la mañana calienta el sol. Observo el atardecer sentado en una mecedora desde el corredor, no hay otro lugar mejor, no he visto otro igual señor, increíble, increíble. Con un trago de ron se aprecia mejor, dije. Oh señor, no me diga, no me diga, siempre tengo un poquito, contestó y me ofreció un vaso y hielo para que me sirviera un trago de gran reserva. No puedo acompañarlo, estoy tomando pastillas para desparasitarme, le dije y frunció el ceño. Beba un poquito de coca cola por favor, puede ponerle soda también, eso no le va a hacer daño, señor. Lo hice, le agregué bastante hielo y la soda neutralizó el sabor dulce.

Tomó de la bolsa de su camisa un puro marca Casa de Alegría elaborado en Estelí. Lo cortó en dos porciones con un cortapuros y con un encendedor de alta presión lo encendió. Inhaló profundamente el humo. La mesa y los alrededores se llenaron  del aroma suave y dulce del tabaco. Tome señor, tome está mitad, dijo ofreciéndome la otra mitad del puro. Gracias, pero dejé de fumar hace cinco meses. No me diga, no me diga, increíble señor. ¿Ha probado el Gifiti?, pregunté. ¿Qué cosa señor? ¿Qué cosa? Gifiti, un licor hecho por las Garífunas, respondí y le pedí al mesero que nos mostrara una botella. Nunca, dijo al tomar la botella en sus manos. Lo bueno está en sus ingredientes, dije. ¿Qué cosa? ¿Qué cosa? Tomé la botella y leí en voz alta la etiqueta: licor reposado en plantas medicinales, incluyendo Cuculmeca, Hombre Grande, Quina, Uña de Gato. ¡No me diga, no me diga, señor! Yo he comprado de algunas de esas plantas en la clínica del Japón de Managua, he oído esos nombres, me gusta, mucho me gusta, sí señor, dijo el viejo amigo alemán y apuró el vaso con un trago profundo, chupó el puro, exhaló el humo y degusté el aroma mezclado de tabaco y ron.

Para motivarlo a probar el Gifiti llamé a Manuel, un amigo que fue convencido por el garífuna promotor del ron para que se tomara un trago tres veces al día, por la mañana antes de desayunar, antes del almuerzo y antes de dormir, y se lo presenté al alemán. Sí, dijo Manuel, me tomé tres botellitas y desde la primera noté el cambio, me daba mucha hambre, me calentó el cuerpo y ahora ya no tengo dolor en la espalda ni en los huesos, me siento mejor porque antes de dolía todo. ¡No me diga, no me diga! Yo voy a llevar tres botellitas y las probaré cuando esté en mi casa, dijo el alemán y pidió las tres botellas.
  
Señor, escúcheme, escúcheme señor, voy a decirle algo increíble, increíble. El viejo amigo alemán se mostró entusiasmado. Aquí en mi finca, un hombre y una mujer joven, tienen una hija pequeña, muy niña, de tres o cuatro años. Ellos viven en una de las viviendas de la finca y un día ellos contaron que la niña estaba muy enferma, con muchos dolores que de tan fuertes no podía ni siquiera dormir. El hombre con su mujer han gastado mucho dinero, miles de billetes buscando como curar a la niña con doctores y medicamentos, mucho dinero para ellos que son pobres, hasta el hospital Metropolitano de Managua la han llevado sin poder hacer nada por ella. Increíble señor, imagina usted a la mamá de esa niña, sufre mucho también ella. En Managua el doctor dijo que no podía hacer nada, que podían aliviar el dolor pero no curarla de artritis reumatoide. El papá me llevó a verla, ¡horrible! señor, la niña en un rincón de la cama quejándose, sus manos inflamadas, rodillas y brazos, ¡horrible, horrible señor!  En Managua yo le conté a mi hermano y pasó el tiempo. Un día de viaje de regreso a la finca mi hermano me entregó una botella de medicina con un papel donde escribía como deben usarla para dársela a la niña. Meses después el papá de la niña me dijo que le diera muchas gracias a mi hermano por la medicina porque la niña estaba mucho, mucho mejor, que ya no se quejaba del dolor y que podía dormir por las noches. Volvió al puro y al ron el viejo amigo alemán y me dejó intrigado.

¿Qué medicina le dieron a la niña?, pregunté. ¡Increíble, señor, increíble! Era aceite de un pez, ¿cómo se llama? Mi mamá nos reunía a mí con mis hermanos en la mesa y nos daba una cucharadita de ese aceite con unas gotitas de limón como vitamina. Era horrible pero teníamos que tomarlo. Bacalao, a mí también me lo daban, dije. ¡Eso, eso mismo señor, bacalao! Eso fue lo que curó a la niña, increíble señor, increíble. Luego seguimos conversando y me despedí diciéndole que esperaba su impresión del Gifiti la próxima vez que nos viéramos y que buscaría el aceite de hígado de bacalao.

Dos semanas después nos encontramos. ¿Le gustó el Gifiti?, pregunté. Oh sí señor, increíble, increíble, muy bueno, me calienta todo el cuerpo. Y a usted señor, ¿cómo le fue con el aceite de bacalao?, preguntó. Fui a Managua y le conté a un viejo amigo lo maravilloso que resulta ser el aceite de bacalao, la historia sobre la niña y se interesó tanto que él también iba a comprar. Su asistente, una chavala muy atenta y cordial, investigó que en una farmacia de productos naturales llamada La Naturaleza podía encontrar el aceite de hígado de bacalao. Señor, señor, allí es donde compro hierbas para mi té, increíble, desde hace muchos años visito ese lugar, dijo entusiasmado el viejo amigo alemán. Resulta que fui con mi amigo y encontramos el aceite de hígado de bacalao, seguí platicándole. Al ver mi amigo la botellita de aceite y leer la etiqueta que señala que su uso es oral y la dosis, dependiendo si es para niños de 1 a 5 años, de 5 a 12 y adultos y niños mayores de 12 años, me quedó viendo como decepcionado y dijo: ¡Ideay, yo creía que iba a frotarle todo el cuerpo a mi mujer con este aceite pero resulta que es bebido! No paré de reírme por la inventiva imaginación de mi amigo, al final compramos el aceite y otras yerbas para los males que en esta edad nos aquejan. El viejo amigo alemán entendió la intención del viejo amigo de Managua y se carcajeó. ¡Increíble señor, increíble, se imagina usted si su amigo de Managua también tomara Gifiti!

Qué diría el viejo amigo alemán si se diera cuenta que conozco a varias mujeres que se toman todos los días un trago de Gifiti por la mañana y otro por la noche, pensé luego de despedirnos y verlo partir en La Pasajera. 

#Backtowrite
Miércoles, 20 de febrero de 2019

jueves, 5 de abril de 2018

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: EL HOMBRE CON MÁS SUERTE DE NUEVA GUINEA


Tenía más de doce años de trabajar en San Rafael del Sur como ayudante en una vulcanizadora. Su jefe le dijo que su hermano, Vicente, necesitaba con urgencia un ayudante para reparar llantas en Nueva Guinea. Sin pensarla dos veces se decidió. “Me voy para allá, le ayudo a tu hermano y me regreso después de quince días”, le dijo Pablo Emilio Guerrero. Pasó por Diriamba dándoles la noticia a sus familiares y el 10 de agosto de 1978 se bajó del bus en Nueva Guinea.
          
Regresó a  buscar a su mujer, Salvadora Ortega Reyes, y volvió para quedarse definitivamente. “Me gustó. Había más trabajo que descanso, poca diversión y era bastante sano. En esa época llovía trece meses al año, no habían adoquines, ni luz eléctrica, ni agua potable. Pocas casas tenían energía eléctrica: el hospital le vendía luz a don Jesús Valle, el dueño de la única gasolinera existente, y el banco le suministraba a las casas de la ciudadela”, recuerda Pablo Guerrero.
          
Comenzó a trabajar con entusiasmo día y noche, ahorrando en el banco lo más que podía y cambió de trabajo. Lo que le favoreció fue el paro nacional. “El paro es peligroso, ya no vamos a seguir trabajando, si acaso hay algo que hacer me van a ayudar mis muchachitos”, le dijo don Jesús Valle, su jefe. Después del triunfo de la revolución se presentó en el Banco Nacional de Desarrollo a retirar los quince mil córdobas que tenía ahorrados pero le hicieron un préstamo por la misma cantidad. Compró una planta eléctrica, unas planchas, una camionada de tucas que las dio a aserrar e hizo un chinamito donde puso el taller. Darío Chamorro le prestó el lugar y comenzó a trabajar. Vendía gaseosas que el camión se las ponía en el taller, la gente de las colonias las llegaba a retirar y así armó su negocio.
           
Siempre ha jugado la lotería. “En una ocasión, estando en Managua, la vende-lotería me pasaba dejando el billete, lo ponía detrás de un espejo, yo lo retiraba y allí dejaba los reales. Ese día, cuando llegue de mañana a retirarlo, una hija de la vendedora me dijo que habían llevado grave a su mamá al hospital y que lo vendieron en una parada de buses. Se lo sacó un busero que le decían Tinajón, se me llevó el billete 5185 con el premio mayor”, recuerda a carcajadas. Siguió jugando y siempre sacaba premios de mil, dos mil y cincuenta mil córdobas.
          
Un día encontró en la gasolinera vieja de Nueva Guinea al vendedor de lotería, le hizo un abanico con los billetes y escogió uno al azar. Le pagó la mitad del valor y lo guardó en una repisa sin saber qué número era. Al día siguiente le pagó la diferencia y siguió en su trabajo. Días después otro vende lotería de Santo Tomás pasó por su taller y le dijo que en Nueva Guinea había caído el premio mayor. “Saqué el billete, se lo enseñé y casi se muere el hombre, no podía ni hablar, ni respirar, ni nada. ¿Qué fue?, le pregunté. ¡Ay hermanito!, ¡te sacaste el billete completo!, me dijo todo desesperado. Agarré el billete y lo volví a poner en la repisa y me gritó: ¡No lo ponga allí!, ¡se le puede perder!, recuerda Pablo.

Fue el 12 de agosto de 1991 cuando la suerte le cambió.  Con el billete premiado número 11402 se sacó noventa y cinco mil dólares. Se dirigió al banco, mostró el billete al gerente y le solicitó que se lo cambiaran. “Me hicieron un recibo y dos días después me mandaron a llamar para entregármelos. ¿Qué va a hacer con los reales?, me preguntaron. Por ahora no necesito comprar nada, les respondí y dejé los reales allí en mi cuentecita. Con calma me puse a pensar en qué podía hacer y comencé a comprar propiedades. Compré el terreno donde estaba antes la Coca Cola en seis mil dólares y ahora me han ofrecido 220 mil dólares; compre aquí donde tengo el taller, mi casa, donde vive mi mamá y una finca de 250 manzanas”, explica con orgullo.
          
La suerte no lo volvió a abandonar. Seis veces se ha sacado premios grandes. Cuando le pregunté cómo es que hace, si se sabe algún “sontín” para sacársela, se puso a reír y respondió: “es cuestión de estar en la jugada, estoy pendiente de los números que caen y no caen. Todo número es bueno antes de jugarlo. A veces me retiro una o dos semanas y después sigo jugando, pero la suerte no es para cualquiera. Enrique, el que vive allí, indica con sus manos en dirección al frente de su casa, se sacó los 20 millones que rifaba la Cruz Roja. No compró nada, solamente una gran mesa donde pasó jugando desmoche y bebiendo guaro hasta que se le acabaron los reales. Una mañana vi a la vendedora de lotería que bajaba las gradas del parque y seguí trabajando. Cuando la busqué ya no estaba, había doblado para el lado de la gasolinera que puso Lolo Rocha y le vendió mi billete a Severiano Lumbí: el enano se sacó el premio mayor y ya ves, por esos realitos lo mataron en su casa, por eso te digo que la suerte no es para cualquiera”.

Pablo Emilio Guerrero siempre sigue jugando la lotería, está pendiente de los números y se entretiene en su taller de vulcanización donde, además de reparar llantas, construye bombas de mecate, fogones y cocinas industriales. Sus hijos, ya mayores, le ayudan y no lo dejan hacer casi nada. ¿En cuánto estima su patrimonio?, le pregunté;  después de hacer cálculos en el aire respondió “creo que tengo más de un millón y medio de dólares”.



martes, 27 de marzo de 2018

BILWASKARMA



Ninguno de los dos conocíamos Bilwaskarma pero sabíamos que ellas, Karen y Melania, lo dijeron esa tarde en el estadio, estudiaban enfermería en esa localidad cercana a Waspán. Los invitamos a Bilwaskarma, dijo Melania con una sonrisa seductora que intercambiaba con Karen. Volví la mirada hacia Glass, ambos llevábamos puesto el uniforme de la selección de béisbol de Bluefields diseñado para los juegos de la serie del Atlántico que se jugaba en Waspan en 1975 ó 1976, no lo recuerdo muy bien pero fue por esos años. Glass no titubeó y, sin consultarme, dijo que llegaríamos a visitarlas antes del juego porque nos tocaba jugar contra Puerto Cabezas al día siguiente por la tarde.

Glass era mayor que yo, unos tres o cuatro años mayor, y más corpulento. Se había conocido con Melania en Bluefields y ella lo miraba con esos ojos color de miel deslumbrados que tiene como tratando de atrapar una estrella fugaz que se desvanece en su recorrido. Por él fue la invitación, y me sentí como un aderezo en el plato principal que habían preparado porque Karen se mostraba un poco distante, nerviosa e indiferente conmigo.

Perfecto, dijo Melania, los estaremos esperando y le dio un beso a Glass. Por la mañana sale un bus de Waspán hacia Bilwaskarma, pueden abordarlo en el parque, el recorrido es corto porque apenas hay diez kilómetros hasta allá. Karen por su parte me extendió la mano, una mano un poco grande para su altura, suave y fría, pero la expresión de sus ojos al tomarla me dejaron pensando que algo misterioso en ella quedaba expuesto al contacto con mi piel.

Y se marcharon, caminaron juntas y nos volvían la mirada con una sonrisa de complicidad. Ahora si, dijo Glass, la partimos. Se van a dar cuenta, Smith se va a dar cuenta y nos van a sancionar, respondí. No te preocupes, el juego es hasta las dos de la tarde, después que desayunemos nos vamos para Bilwaskarma.

El vehículo se detuvo frente a la entrada del hospital – escuela de Bilwaskarma. Al bajar ellas nos estaban esperando. El hospital se encontraba cubierto de un bosque denso de pinares y estaba pintado de color blanco con verde. Caminemos, dijo Melania, y la seguimos. Pensé que nos iban a mostrar el hospital pero en lugar de caminar hacia las instalaciones tomaron un camino arenoso hacia la izquierda del edificio. Sigan caminando sin detenerse, ya los alcanzamos, dijo Melania y, siempre con sus sonrisas cómplices, regresaron al hospital.

Caminamos quizás unos quince minutos y nos detuvimos en un promontorio de grandes rocas, piedras azules regadas, esparcidas en un radio de unos quinientos metros en los alrededores. Glass estaba ansioso y me decía que ahora sí, la partimos, estas chavalas no andan con cuentos. Talvez Melania con vos pero a Karen la veo muy misteriosa, le dije y subí al promontorio de rocas. Desde el borde de una gran roca vi una laguna azul cubierta de árboles de pino, a una altura de unos diez metros desde las rocas que la protegían. Volví la mirada hacia Glass y vi llegar a Melania con Karen. Llevaban puestas sus batas de enfermeras, calzaban chinelas y ambas cargaban bolsos. Desde allí me saludaron y vi a Melania tomar de la mano a Glass, lo jaló hacia otro punto de la laguna mientras Karen se quedaba inerte, sin moverse del lugar. La llamé y subió el promontorio.

Mientras Melania y Glass se acomodaban en una de las piedras, al otro lado de donde me encontraba, Karen llegó a mi lado. Ahora siempre pienso en Karen, dos o tres veces al día, quizás más, talvez diez, siempre vuelve su recuerdo para estos días de semana santa. Al llegar a mi lado dijo, no tardé ni cinco minutos en subir, sí, eso dijo. Nos sentamos en una de las piedras y a su lado la laguna me pareció mucho más bella. Vi a Melania en el otro lado quitándose la bata de enfermera, a Glass quitándose la ropa, y tomados de la mano, se tiraron a la laguna. Karen sonreía, siempre sonreía, sus labios carnosos mostraban al hacerlo su blanquecina dentadura. ¿Cómo es tu vida en el hospital?, le pregunté. Ella no dejaba de mirar a Glass y a Melania que nadaban con sus cuerpos sincronizados en las aguas de la laguna azul.

Es triste, dijo.  Y no sé de donde diablos se me ocurrió decirle, que conmigo la tristeza había llegado a su final, que estaba allí para alegrarla, para hacerle el amor, que quería que fuera mía en ese paraíso norteño caribeño, en esas aguas azules rodeadas de pinos en abundancia. Karen se quedó pensativa, dos, tres, cinco segundos. Se levantó, se quitó la bata blanca, quedó desnuda ante mis ojos. ¡Madre santa, que mujer más hermosa!, me dije. Toda ella, su cuerpo caneloso, su cintura generosa, su vientre tenso, su sexo depilado, sus piernas acentuando su disposición, y su sonrisa, esa sonrisa blanca en esos labios carnosos que me invitaban a descubrir lo desconocido me dejaron ensimismado, mirándola, saboreándola, ella allí con el sol de la mañana a sus espaldas, el verdor de los pinos de fondo, exhorto, soñándola. Primero debes bañarte conmigo, dijo y me libró del ensueño.

Me tendió su mano y la sensación del misterio volvió a atraparme, me jaló y caminamos al borde de una roca. Sin dudarlo, estoy seguro que la laguna era su espacio de diversión preferido, dio un salto que duró toda la eternidad, uno, tres, cinco, siete segundos, hasta que su cuerpo color canela se sumergió en el manto azul de la laguna dejándome expectante de la explosión del agua en espera de verla resurgir con su sonrisa. Uno, tres, cinco, siete segundos, no lo sé, pero tardó más que un orgasmo en volver para invitarme, llamándome con esa misma sonrisa para que me precipitara en ese abismo a descubrir el secreto.

Y viéndola, sensual, con su cuerpo bañado de azul, sus piernas en movimiento esparciendo el agua, di un salto sin dejar de verla. Al contacto con el agua mi cuerpo se cubrió de las gélidas aguas. Al salir del azul profundo ella se me acercó como adivinando que necesitaba el calor de su cuerpo. Madre Santa, que agua más helada, alcancé a decir y mi cuerpo dejó de responder a los intentos de nadar. Ella se dio cuenta que estaba tiritando de frío y me abrazó, su cuerpo se acercó al mío, tocó mis brazos y mi espalda y descubrió que temblaba. Sentí que unas manos pegajosas que me jalaban desde el fondo de la laguna y entré en pánico, traté de gritar y no pude hacerlo. No recuerdo nada más, creo que me quedé en blanco.

La volví a ver en la orilla, junto a una piedra, rodeado por sus brazos, con una toalla cubriendo mi espalda y sus piernas enmarañadas con las mías. “Pensé que te ahogabas”, dijo. Me tomó nuevamente con sus manos de misterio, me ayudó a levantarme, subimos el promontorio, busqué con la mirada a Melania y a Glass pero no logré verlos. “Aquí, siéntate aquí, respira, respira profundo”, dijo.

Unos minutos después había salido del shock, pero el frío que sentía no había desaparecido. ¿Qué te pasó?, pregunto Karen. Primero sentí un frío terrible, me quedé como congelado y sentí que unas manos me jalaban desde lo profundo de la laguna, respondí. Pensé que se iba a reír, pero no, no lo hizo, más bien se quedó pensativa, sin hablar por uno, tres, cinco, siete segundos.

¿Me dices la verdad?, preguntó. Sí, sí, no te miento, respondí. Volvió a sonreír, sus manos buscaron las mías. Mírate los pies, dijo. Vi en pies, arriba de los tobillos, una marca azul. ¿Y esto?, ¿Qué es esto?, pregunté. Es la marca de la reina de la laguna, se enamoró de vos, le llaman Liwa Mairen, y te ha hecho un hechizo de amor, dijo. ¿Cómo?, ¿Y ahora que va a sucederme? Nada, no te preocupes, dijo y me dio un beso con sus labios carnosos y su cálida lengua. No logré contar los segundos que duró el beso, no sé cuántos fueron, me sentí dentro de la laguna, nadando, enmarañado con la Liwa Mairen, haciéndole el amor en círculos, escuchando sus quejidos como cantos de sirena, con mi sexo atrapado en éxtasis y teniendo uno, tres, cinco, siete orgasmos. Cuando Karen dejó de besarme, Melania y Glass estaban a nuestro lado y mi cuerpo volvió a responderme.

Nunca más volví a ver a Karen. Siempre recuerdo su sonrisa y el misterio que la cubría. No sé si está viva ni donde vive, pero siempre pienso en ella para los días de semana santa. Siempre vuelve a mí, vuelvo a vivir, a sentir, a disfrutar el beso que me dio y los siete orgasmos que tuve dentro de las aguas de la laguna de Bilwaskarma.

27/03/2018
Semana Santa
Nueva Guinea
RACCS.