miércoles, 22 de enero de 2020

CAMBIO DE RUTA: CALLES Y VIEJOS



Al ver hacia el Este pensé que llovería pero cuando el sol se asomó entre nubes grises comencé a caminar. Salí a la bocacalle del complejo judicial y vi a doña Damaris sonreírme al palmear la masa de las tortillas que vende al lado de su puesto de venta de verduras; últimamente vende Apio en bolsas para que lo cultives en tu patio.

Más adelante me fijé en una de las casas más viejas de Nueva Guinea y me di cuenta que ahora está deshabitada, en ruinas, y por ello es muy probable que un día de estos se derrumba con un viento fuerte del noreste ya que está ubicada frente a la antigua pista, en uno de los puntos más elevados de la ciudad.

No vi a Alan Forbes sólo a doña Rita y nos saludamos. A Alan siempre, casi siempre lo veo frente a su casa, barriendo o recogiendo la basura de la acera y cuneta, ahora casi no lo veo fumar, dice que está dejando el vicio pero doña Rita me hace señas de que no, que siempre se escapa al balcón del segundo piso a ver el movimiento que hay en la pista (cruce de personas, chavalos jugando béisbol y fútbol, animales pastoreando entre ellos los bueyes de Payin y los caballos de Huete, camiones y buses parqueados, entre otras cosas) y a fumarse su cigarrito.

Al pasar por donde era el Bombazo doblé hacia el lado del hospital, en dirección al río El Zapote. Al bajar la pendiente vi al Dr. Cuevas sentado en el corredor de su casa. Casi no podía verlo porque frente a él había un cerro de tierra que dificulta el paso de los transeúntes hacia su clínica. Nos saludamos y le hice señas preguntando sobre el cerro de tierra. “Tengo meses de estar así”, dijo. Nadie resuelve este problema, lo he planteado en la alcaldía y nada, agregó y seguí en mi caminata pensando en que prácticamente lo tienen trancado. Los grandes tumultos de tierra que fueron extraídos al romper la calle para mejorar el sistema de agua potable se acumulan hasta llegar al hospital. La calle, una de las más importantes de la ciudad, por el acceso al hospital, la entrada y salida de vehículos hacia las colonias y en busca de la carretera a Bluefields, se encuentra abandonada.

Casi frente al hospital un bus que hace la ruta entre Nueva Guinea y Bluefields se encontraba parqueado porque otros vehículos que circulaban hacia el norte, hacia el sector del mercado, no cedían el paso. El sonido de los pitos mantenía en alerta a una mujer que montaba un caballo y jalaba a otro que también llevaba carga hacia el sector del mercado. Hasta que el bus logró pasar la mujer siguió cabalgando con la tensión dibujada en su rostro.

Los cerros de tierra desaparecieron y seguí en mi caminata. Al llegar a las cantinas del Zapote gire hacia el corral de piedra y subí hacia el PALI. “¿Por qué del hospital hacia arriba hay cerros de tierra acumulados en la calle y del hospital hacía abajo no? ¿Habrán terminado de meter los tubos en ese trecho?”, pensaba y me encontré subiendo la pendiente con el corazón acelerado. Esa es una de las pendientes más elevadas que hay en las calles de Nueva Guinea. Cerca de su casa me encontré a Donald Ríos. Estaba esperando las tortillas para el desayuno. “Ya no voy a la finca, ahora descanso”, dijo y seguí subiendo hasta salir a la calle del PALI.  Luego doble a la izquierda y coroné la pendiente al llegar a la casa de mi amigo Julio Amador, el hombre cuyo fantasma tiene compañía.

Ahora, por dónde agarro, pensé y seguí caminando en la cuadra del extremo este de la antigua pista de aterrizaje, en dirección a la Policía. Allí me encontré con Alejandro Albuquerque. “Me ganaste, dijo el pelón, esta lluvia no me deja salir”. Yo tenía cinco días y hasta hoy vi el sol, no es ganga salir a caminar y mojarse, peligroso una gripe mal pegada, menos en estos tiempos, le dije. “Sí, más ahora que estas poniéndote viejo”, respondió. Lo evito le dije y seguí mi camino.

Las mujeres del mercadito campesino comenzaban a arreglar sus puestos de venta y las que hacen güirilas ya las tenían en el fuego. Cruce la rotonda de Sandino, la vulcanizadora y la Fifi preparaba un gran caldero en el fuego. ¿De qué vas a hacer la sopa?, pregunté. “De cola con médula, seso y todas la verduras que te imagines”, dijo alegre y recordé la buenas sopas que prepara, sopas de pura vida como dicen los tiquillos.

Y es que el tema de la vejez siguió en el camino. Un chavalo que trabaja en el INSS estaba pendiente de la fila que hacían los señores de la tercera edad en Banpro. “Haciendo ejercicio”, dijo al verme. Sí, para durar muchos años más y seguir firmándole el acta de fe de vida”, le dije. Al cruzar la calle vi de espalda a un señor que caminaba apoyándose en un bastón y un chavalo lo tomaba del brazo. Al alcanzarlo vi que era don Wilfredo Murillo, un viejo carpintero de Nueva Guinea. Me detuve a conversar con él.

Don Wil, me alegra verlo. ¿Cómo está?

“Así como me ve, con este bastón”, dijo con la mirada fija en mí.

¿Y la carpintería? Tenía que preguntarle sobre la carpintería porque recuerdo que hizo todas las puertas de mi casa de Cedro Real y mochetas de Coyote que aún, con el paso de los años, siguen como recién hechas, sin perder su brillo y fineza.

“Eso se acabó hace años. La madera está carísima, los materiales por los cielos y la gente no quiere pagar lo que vale un buen trabajo”, dijo.

Se perdió la tradición, su hijo no siguió sus pasos en la carpintería, dije.

“Este chavalo es mi nieto, es mi heredero, este va a heredarme todo, hasta lo sandinista”, dijo Don Wilfredo.

Le di cinco vueltas al parque y regresé por la calle central. Valió la pena el cambio de ruta porque me encontré con amigos que tenía mucho tiempo de no ver y con la calle del hospital destrozada, la calle que más prioridad debería de tener en su reparación y mantenimiento, pensé al llegar a casa.

22/01/2020

miércoles, 8 de enero de 2020

PALACIO DEL CAFÉ


Terminé mi siesta del mediodía –siempre la hago pero me sentía cansado porque he reiniciado mis caminatas mañaneras después de varios meses de inactividad– y me dispuse a ver las noticias en la tele. De pronto ella se acercó empaquetada, perfumada y sosteniendo su cartera de mano.

“Nos vemos más tarde”, dijo.

¿Para dónde vas?

“A la calle”

¿A la calle?

Que alegre, pensé, empaquetada y va para la calle sin querer decirme nada.

“Me quiero tomar una limonada con hierbabuena de las que preparan en el Palacio del Café. Voy con Ronald Tadashi”, dijo.

¡Invítame!

“Andá poneté los zapatos y nos vamos”, dijo.

Nos subimos al Suzuki Samurai. Ronald Tadashi iba bien portadito en el asiento de atrás, a él lo había invitado antes que a mí por supuesto, y pasamos viendo una calle nueva que han abierto.

“Ve que bonitas esas casas”, dijo.

También han abierto un nuevo bar, allí está, mirá, le dije.

“Qué barbaridad, una calle nueva y no pueden darle mantenimiento a la que va para para el lado de  donde vivimos, no por nosotros, sino por las más de cincuenta casas que hay ahora, y otra cantina", dijo.

La alcaldesa dice que ya pronto van a reparar todas las calles. La cantina es un nuevo emprendimiento en tiempos de crisis, dije. No respondió, solamente se puso a reír.

Llegamos al Palacio del Café. No había terminado de cerrar las puertas del jeep cuando Ronald Tadashi se disponía a subir las gradas hacia el segundo piso. Pensé en las escaleras y en las estadísticas de accidentes por caídas. La mayor parte de los accidentes por caías se dan en los primeros tres escalones, tanto de subida como de bajada, pero es al bajar cuando las caías son más peligrosas. Si no te da tiempo de reaccionar, de agarrarte, son casi mortales en la medida de que son más elevadas y de mayor pendiente. La escalera de acceso al Palacio del Café es de madera con soporte metálico, en forma de zigzag con pasamos y un área de descanso.

Al subirlas llegamos al balcón del local que dispone de unas seis mesas, dos de ellas estaban ocupadas, más una barra en la que te podés sentar en unas sillas altas y mirar el movimiento de la calle, hacia la eskimería y al parque central. Ella sin dudarlo le tomó la mano a Ronald Tadashi y entró al centro del local.

Se dirigió a una mesa ubicada a la izquierda, en un rincón. El local es pequeño, hay unas cinco mesas y frente a ellas un exhibidor de pasteles, jugos, agua y una barra de madera. En las paredes cuelgan cuadros que son tazas humeantes de café. Detrás de la barra lo habitual: refrigerador, cafeteras, licuadoras y otros electrodomésticos. A la derecha, al fondo hay un servicio sanitario. Entre este espacio y el balcón, hay ventanales de vidrio por lo que no te sentís comprimido y a ello contribuye mucho el aire acondicionado. Los aromas de pasteles, licuados, alimentos y café, hacen que te sientas en un ambiente acogedor.

Nos atendió la esposa de Marcio Palacios Jr. Me di cuenta en ese instante que ellas habían platicado por la mañana en el supermercado y, bueno, caí en la cuenta de que la conspiración es enorme, todos se dan cuenta menos vos, pero no dije nada, mejor cállate y disfrutá, pensé.

Ella pidió una limonada con hierbabuena, eso era el antojo, y una para Ronald Tadashi además de una hamburguesa con queso para niños. La Sra. Palacios me preguntó que iba a ordenar, sugirió un café, pero dije que solamente una rebanada de pastel de limón.

Un hombre solitario ocupaba la mesa vecina y nos saludamos. Hace muchos años que no nos mirábamos y hablamos de su trabajo, de cómo van las cosas y, contradictoriamente a lo que ocurre, cierre de negocios, apertura de nuevos que duran tres a cuatro meses, señaló que el negocio de la empresa para la que labora ha mejorado sustancialmente, que los pedidos que le hacen de productos han crecido.

Mientras conversábamos sirvieron las limonadas. Ronald Tadashi me dejó probarla y estaba deliciosa. Luego le sirvieron su hamburguesa con queso y papas fritas y le abrí la bolsita de salsa de tomate mientras ella saboreaba la limonada como si nunca la hubiera probado, dándose el gusto que tenía, saciando el antojo. Me sirvieron el pastel de limón y los sentí tan delicioso como el que prepara mi hija.

Seguí conversando con el hombre y explicó que era algo excepcional porque la empresa, una empresa grande a nivel nacional, ha asumido varias marcas que cerraron y se fueron del país. La gama de productos que oferta ha crecido y con ello los pedidos en las diferentes zonas del país que visita.

Luego, Marcio se acercó a la mesa. Nos saludamos y dijo que mis nietas, Daniela y María Fernanda, han visitado varias veces con mi hija el Palacio del Café y que el lugar preferido de ellas es la barra del balcón. La esposa de Marcio me sirvió un vaso de agua con hielo y el pastel de limón desapareció del platillo minutos después.

¿Qué tenés en la cara Ronald Tadashi?, pregunto ella. Tenía la cara llena de salsa de tomate, queso amarillo y mayonesa y reía de satisfecho. Llamé a mi hijo Ronald y dijo que ya llegaba a buscarlo. Lo limpió y nos despedimos de Marcio y su esposa. También del hombre que insinuó que le va mejor que antes en la empresa que trabaja.

Bajamos la escalera y, entre gradas, pensaba en el tiempo agradable que pasamos, en los retos que una pequeña empresa familiar debe enfrentar en época de crisis y, al salir a la calle, ella sonreía con la seguridad de que íbamos a regresar por una limonada de hierbabuena en los próximos días.

07/01/2020

lunes, 30 de diciembre de 2019

UN MOTETE DE ROPA SUCIA



El hombre se mecía placenteramente en el swing que colgaba en el corredor. Tomaba su taza de café bien cargado como todos los días después de retirarse y disfrutar de sus años pasivos. Una brisa placentera le daba en el rostro y los árboles de mango lo protegían del sol que se colaba entre el techo y el alero del corredor de la casa de madera pintada de verde y amarillo.

Miraba de frente hacia las gradas de la escalera que daba acceso al corredor, hacia la grama recién podada y, más allá de la puerta del cerco, a la gente que circulaba por la calle. Desde allí, el hombre gritó mi nombre  y con sus manos hizo señas para que me aproximara.

Lo vi tal como he dicho y entré a su propiedad; un rótulo adherido en la pared de la casa prevenía con cierto sentido de humor a los que se atrevían a traspasarla: “Tenga cuidado, el perro muerde pero el dueño mata”. Abajo, en el piso del tambo, una mujer corpulenta lavaba ropa y se escuchaba su esfuerzo materializado en las costillas de la batea que apoyaba con su abdomen en una enorme tina. El hombre me ofreció una mecedora y me acomodé placenteramente a escucharlo.

He estado pensando, dijo y se quedó callado por unos segundos, en el esfuerzo que esa mujer hace para lavar la ropa, agregó señalando con sus dedos hacia abajo. Alrededor de 1850, las labores de lavandería se menospreciaban hasta tal punto que en las casas grandes se castigaba a los criados con lavar la ropa. Era un trabajo agotador. En muchas casas se lavaba a la semana entre seiscientas a setecientas prendas, toallas y sábanas.

En esa época no había detergente y la ropa tenía que dejarse en remojo en agua jabonosa durante horas, después aporrearse y fregarse con energía, hervirse durante una hora o más, aclararse repetidamente, escurrirse a mano o con la ayuda de un rodillo y sacarse a tender sobre un cerco de palo o varas entretejidas o extenderse sobre la grama para secarla. Y uno de los delitos más comunes en el campo era el robo de la ropa puesta a secar, por lo que siempre tenía que haber alguien vigilando la ropa hasta que se secaba.

El día que se lavaba la ropa tocaba levantarse a las tres de la mañana. En muchas casas que tenían una única criada, se hacía necesario contratar a una lavandera externa para ese día. En otras casas mandaban la ropa a lavarse afuera pero con miedo de que la ropa regresara infestada con alguna terrible enfermedad y tenían mucha incertidumbre debido a que no sabían con la ropa de quién la lavaban.

Ahora, continuó contando, son pocos los que dan a lavar la ropa como nosotros porque en casi todas las casas tienen una lavadora y una secadora de ropa. Pero conozco a una mujer de un amigo que vive por aquí cerca que acumula y acumula grandes cantidades de ropa en toda la casa. Lo descubrí una tarde que fui a visitarlo sin anunciarme y me llevé una de las mayores sorpresas de mi vida.

Desde que puse mis pies en la escalera de unos veinte peldaños inhalé un aroma entre húmedo y rancio, y a medida que subía, una picazón cada vez más intensa afectaba mis fosas nasales a tal grado que estornudé varias veces con el mayor disimulo posible. Al culminar, vi a ambos lados del corredor ropa regada a mi izquierda y a mi derecha: calcetines, pantalones cortos y camisas. Allí, frente a la puerta principal, dudé en continuar avanzando, pero un rumor que provenía desde adentro me motivó a seguir.

Di varios golpes en la puerta pero no tuve respuesta, así que la empujé y noté que la cerradura no estaba puesta. Abrí y entré a la sala en silencio. Sobre el sofá, los sillones y la mesita de sala había ropa tirada: sábanas y toallas, manteles, mosquiteros, calzones, calzoncillos y otras prendas. Avancé en silencio. Los murmullos se intensificaban, eran palabras de las que no identificaba claramente su significado, pero entre las paredes, el piso y el cielo raso de madera machihembrada, me sentí atraído con una fuerza indescriptible de curiosidad sin importarme ahora el agridulce aroma contenido dentro de la casa.

Avance hacia un pasillo y entre pasos seguí viendo ropa tirada sin distinguir las prendas porque desde una habitación cercana una fuerza de atracción poderosa me mantenía atrapado. Escuché voces intensas en discrepancia, enredadas, y vi sombras en movimiento que se proyectaban desde adentro a través de la puerta. Volví a llamar a mi amigo pero nadie respondía así que me asomé a la habitación.

En el centro, bajo una lámpara encendida, mi amigo estaba acostado desnudo, boca arriba sobre un inmenso motete de ropa sucia, y la mujer, montada sobre él, lo cabalgaba, agarraba las distintas piezas que encontraba a su alrededor a manotazos, y sin detenerse, cada vez con movimientos más intensos y ondulantes de cadera, le restregaba el pecho y la cara con la ropa sucia mientras él la tomaba de la cintura, suspirando como si se le cortara la respiración, balbuceando palabras ensalivadas, ¡enlódame!, ¡lléname!, ¡embadúrname!, ¡chorréame!, ¡babéame!, mientras ella a su vez decía con voz sublime ¡mi sugar daddy!, ¡chancho!, ¡chanchito!, ¡sapo!, ¡sapito!, ¡malito!, ¡asquerosito!, elevándose, sin detenerse un segundo en su afán de restregarle la ropa a manotazos, en un enredo e intensidad de voces peleadas, entusiasmadas cada una a su antojo y ritmo hasta que rendidos y con sus corazones palpitantes se estiraron abrazados y sudorosos entre la ropa sucia.

Tan impresionado estaba que así los dejé. Volví por los mismos pasos en que entré a la casa en silencio, pero no vi ropa sucia regada ni en el pasillo, ni en la sala ni en el corredor y, a medida que bajaba cada una de las gradas de la casa de madera, el ambiente antes húmedo y rancio desapareció con la luz del atardecer.

Varios días después me visitaron. Fue un día de fin de año. Aquí, en este mismo lugar donde estamos, me encontraba sentado. Cuando subieron las gradas los vi bien vestidos, inhale el aroma de los perfumes festivos que llevaban impregnados en sus ropas y cuerpos y me reí en mis adentros de la fuerza poderosa de las apariencias y el poder que connota con ellas la ropa.

Ya terminó, agregó el hombre señalando hacia abajo y vi salir a la mujer corpulenta y sonriente desde el tambo de la casa hacia el patio, en dirección a la puerta del cerco.

Luego me despedí del hombre acordando que lo seguiría visitando. Salí de su propiedad sin dejar de volver a ver el letrero pegado en la pared de la casa y pensé en la primera impresión que debe causar en un desconocido así como en ciertos aspectos de la ropa que pasan desapercibidos: trabajo, dinero, apariencia y diversos usos que le damos, además de vestirnos.

Llegué a mi casa. Recogí en una esquina toda la ropa sucia que iba encontrando en las canastas y formé mi motete para tenerlo listo antes de que finalice el año.


30/12/2019

miércoles, 18 de diciembre de 2019

FUROR POETICUS



Neblina de la mañana al lado y en las colinas, me instalo en una silla. Cierro los ojos inhalando profundamente, reteniendo el aire.

Canta una paloma en el árbol de caoba corazón palpitante uno dos tres cuatro cinco exhalo por la boca Juan Pérez va para Bluefields a Juanperear dice él un güis canta cerquita es el cumpleaños de White Bush diez años cumple y hace poco pesaba siete libras y media siento el contacto de mi cuerpo en la silla mis pies están helados tengo que buscarle una Tablet las sillas las están acomodando sobre las mesas una voz ronca murmura en altibajos anoche la llamé varias veces pensando que le habían robado el teléfono o que algo le había pasado que fresca la mujer se equivocaron se llevaron la Tablet para Nueva Segovia me dijo así nomás me encanta oír a la Hayde esos ojos gatos viéndome en la noche y sus uñas desgarrando mi espalda le decía Johnny el contacto del cuerpo en la silla de abajo arriba tobillo espalda de arriba abajo espalda brazos codo piernas rodillas el piso está helado bum bum bum palpitando con el aire retenido y aliviado al bajar desinflarse el pecho sigue la voz ronca en altibajos la paloma se lamenta el viento pasa por mis pies el güis se fue cuánto tiempo ha pasado varias veces fui por la trocha mientras la construían quedándome pegado en varios lugares pero ahora que la carretera está terminada no he podido ir a Bluefields Juan Pérez a cada rato va eso dice enamorado a esta alturas de una black creole le digo que lo va a matar no hace caso a vos te va a sacar el aire me dice y se ríe la chavala que me pone las agujas y me da masaje estaba de cumpleaños  masajear solo ella dice ese grito que viene de allá a lo lejos es de un campesino que anda arreando vacas buenos días dice Griselda pero no puedo contestarle todavía algo me hace falta es ella no la he llamado todavía la respiración la respiración una burbuja oscura que se transforma en brillante así en calma todo el día quiero estar atrapar los pensamientos retenerlos y mandártelos diario vía furor poeticus como si fuera tan fácil que te llegue eso es lo que vos crees verdad ¿Por qué no sos más objetivo? Pregunta y pregunta tengo que buscar la Tablet de White Bush suena la alarma.

Abro los ojos, la neblina sigue allí, buenos días le digo a Griselda, me mira de una manera rara.
18/12/19


lunes, 16 de diciembre de 2019

PINCELADAS DE PLATA EN LA BAHÍA



Terminamos de servir la cena. Mis compañeros insistieron muchas veces que querían comer carne con hueso en caldillo. Por ello, Mister Brown me dijo que a los comensales se les debía dar los gustos que apetecen y que viajara a Bluefields muy temprano, luego del desayuno, en un barco pospos a buscar los mejores cortes. Visité a Joshua, un matarife que vivía al lado del puente, y gracias a él preparamos la cena como sabemos hacerla en Old Bank, mi barrio de Bluefields: tres calderos llenos de carne con hueso en caldillo espeso, condimentado con hierbas y pimienta, bananos cocidos y yuca, rice and beans con coco y Johnny Cake para después de la cena.

Regresaron al muelle a trabajar contentos, platicando y bromeando entre ellos por el andén. No hay mayor satisfacción en un cocinero que ver a sus comensales disfrutar de la comida que ha preparado, decía Mr. Brown. Yo también estaba satisfecho y deseaba llegar a ser un día un cocinero importante como él, sin desearle ningún mal a Míster Brown porque me ha dado buen trato, me corrige con mucha paciencia cuando nota que estoy ansioso al cocinar. “Oye Frank, tómalo con calma, es mejor una comida un poco tarde que una mal preparada”, me decía y siempre tuvo razón.

También explicaba que cuando la comida no está en su punto, los comensales buscan tu cara para reprimirte con sus gestos y eso es un fracaso: pierden la confianza en la calidad de lo que cocinas. Hombres fuertes y trabajadores que llegan extenuados después de descargar o cargar un barco se merecen la mejor comida. No es comida presuntuosa, no señor, solamente comida criolla bien preparada, pero caliente, con una ración establecida, ni abundante ni escasa, con un buen trato, en un ambiente de compañerismo, es todo lo que pide un hombre para hacer su trabajo. “Frank, el buen cocinero le da la cara a sus comensales, se pasea entre las mesas, habla con ellos, pregunta sobre la comida, ¿cómo quedó el caldillo?, ¿el rice and beans está blando?, y entre sus preguntas, al verles la cara, va creando en su mente el menú que debe preparar para el día siguiente”, decía sabiamente Mr. Brown.

Después que la cocina quedó limpia, los platos, vasos, cucharas y calderos lavados, limpiamos las mesas, barrimos el piso de tierra de la vieja casa de madera que nos servía de cocina y comedor. Luego mojamos el piso con agua para evitar el polvillo que levantan las rachas de viento al filtrarse por las rendijas de las tablas y alistamos la masa para hornear el pan en la madrugada.

“Bueno, dijo Mister Brown, voy a colgar mi hamaca, es hora que mis viejos huesos se pongan a descansar”. Me quité el gorro hecho de sacos de harina y mi delantal, y salí al patio del frente, rumbo al andén para fumar un cigarrillo.

Pinceladas de plata iluminaban la bahía y, a lo lejos, sobre Half Way Cay, el reflejo de las luces de Bluefields levemente se notaba. El viento me daba en un costado, un viento del Este en el mes de diciembre, con rachas suaves como caricias que me hicieron tomar conciencia de que reina en la noche con la luna.

Todo en mí alrededor estaba en calma. Del lado del muelle, oía el sonido de winches y mástiles de los barcos que subían o bajaban la carga que mis compañeros en su faena acomodaban. Escuchaba sus voces, atrapadas bajo las luces de los barcos, el muelle y la gran bodega de la aduana que llenaban o vaciaban. Por el andén nadie circulaba, ni a mi derecha, hacia la aduana pasando por la oficina de Mister Buzurcón, ni hacia la casa de Don Felipe, el jefe de la bodega que siempre regresaba con mis compañeros al terminar sus labores.

Allí, de cara a la bahía y bajo la sombra de un inmenso árbol de Laurel de la India, encendí mi cigarrillo cubriendo la llama del fósforo con mis manos. Cerré mis ojos, inhalé el humo, llené mis pulmones reteniéndolo con placer pero Susan estaba allí, su voz diciéndome que no era digno de ella, que era demasiado mujer para un simple aprendiz de cocinero, que yo no tenía ambiciones, que dejara de insistir porque tenía mejores pretendientes, que yo era un simple negro que nunca llegaría a ser algo bueno lavando platos y cacerolas, y repentinamente desde la casa de madera vecina, ubicada frente al árbol de Laurel, el llanto de un niño evaporó a Susan con sus desprecios de mi pensamiento.

El niño lloraba, primero como un leve lloriqueo que se escuchaba por los espacios de la casa, desde la habitación y luego en la pequeña sala. Estando allí escuche sus golpecitos en la puerta principal que daba acceso al pequeño corredor que salía al andén. Al fracasar en el intento por abrirla, su llanto se acrecentó, ahora lloraba con dolor, con un llanto nervioso y escuchaba sus movimientos desesperados.

Caminé hacia la casa, deteniéndome frente a las gradas del corredor, siempre bajo la sombra del árbol de Laurel. Entre las tablas miré la tenue luz de una lámpara de kerosene. Escuché su voz llamando con llanto a su hermano que seguía dormido. “Levántate, levántate, tengo miedo”,  decía hasta que lo despertó. Ahora los dos lloraban, era un llanto en concierto, mientras uno dejaba de llorar hasta cansarse, el otro continuaba llorando. Así permanecieron por un rato, luego se calmaron.

Estaba decidido a regresar a dormir cuando los vi salir por la parte trasera de la casa, por la cocina, caminando tomados de la mano hacia la puerta del cerco. Por esa puerta nos permitían entrar al patio para jalar agua del pozo y siempre los miraba jugando en el corredor trasero mientras su mamá estaba en sus quehaceres. Eran ellos, dos hermanos que estaban pequeños, quizás el mayor de cinco años y el menor de tres.

“¡Niños, niños!, ¿qué sucede?”, pregunté al verlos bajo la luz de la luna en el andén, vestidos con sus pijamas.

“Mi mamá no está, mi mamá”, contestó el más grande y comenzó a llorar seguido por el menor.

No sabía qué hacer. Verlos allí, tomados de la mano, llorando me emocionó tanto que me olvidé de mis problemas y de Mr. Brown, el que de seguro ya estaba durmiendo placenteramente. Los niños comenzaron a caminar en dirección a la oficina de Mr. Buzurcón y mi reacción fue cortarles el paso, atajar su camino y, aun cuando lloraban, los tomé de la mano y me dirigí con ellos hacia la casa de Don Felipe.

Entré al corredor que tenía un bordillo de madera cruzada en equis y toqué la puerta dos veces. De inmediato salió una señora y al verme con los niños dio un grito. ¿Qué pasó?, ¿Por qué anda con los niños?, preguntó y los acurrucó en sus piernas. Luego de darle las explicaciones me pidió que la acompañará a la casa de los niños porque sus padres ya estaban por llegar.

Lo niños dejaron de llorar, la señora los acomodó en una cama, les cantó con voz amorosa y al poco tiempo se durmieron. Salió al corredor con una mecedora, preguntó mi nombre, me ofreció un cigarrillo y fumamos. Dijo que era la abuela de los niños, que me agradecía mucho lo que había hecho, que estaba pendiente de los niños pero sin darse cuenta se quedó dormida. Le dije que no tenía nada que agradecer, que yo solo estaba al lado de la casa porque era el ayudante de Mr. Brown, que me fumaba un cigarrillo cuando los vi y que cualquiera hubiera hecho lo mismo sin pensarlo dos veces. “No lo crea Frank, cualquiera no hace lo que usted ha hecho y se lo agradeceré siempre”, me dijo y luego le di las buenas noches porque debía levantarme de madrugada a preparar el desayuno de mis compañeros.

Estábamos metiendo el pan en el horno cuando se lo conté a Mr. Brown. “Bien hecho, hijo, los llevaste a un lugar seguro”, dijo. Guardé mis comentarios y seguí en mis labores pensando en Susan, en sus arrebatos, en su desprecio. Después que servimos el desayuno, el papá de los niños se presentó a la cocina en compañía de Don Felipe a agradecerme lo que había hecho y, en un inglés isleño, cantadito, me dijo que tomara de sus manos mi recompensa. Le dije que no, que hice lo que había hecho sin intención de obtener algo por ello. Que me bastaba su agradecimiento. “Hiciste bien, hijo”, comentó Mr. Brown, “ese hombre nunca te olvidará”.

En una tarde soleada, de esas que derriten el asfalto de las calles, mientras caminaba por la esquina de Wing Sang en Bluefields, el hombre me reconoció. “Ando en busca de un cocinero para el barco del que soy capitán”, me dijo y desde entonces, por más de cincuenta años, comencé a aplicar los consejos de Mr. Brown en alta mar, cocinando al ritmo de las olas para la tripulación de barcos camaroneros, langosteros y mercantes, tiempo en el que Susan desapareció de mis pensamientos y logré conocer y conquistar a Gretta, la mujer de mi vida.

Ahora que camino apoyado por un bastón entre los patios de Old Bank, sin cercos que nos dividan, ha regresado a mí el recuerdo de esa noche de hace muchísimos años. Recuerdo a Mr. Brown, el buen trato que me daba y sus consejos que me facilitaron aprender el difícil arte del cocinero. Veo hacia el corredor de mi casa donde mis bisnietos juegan bajo una estrella navideña que les ilumina el rostro y, en dirección a El Bluff, diviso la salida de la luna que con sus pinceles pinta de plata la bahía.

Ronald Hill A.

12/12/2019 
Foto: Ronald Hill A.

lunes, 9 de diciembre de 2019

LAS COSAS DE JULIANA


Creció con la caricia de la brisa en el rostro, flores silvestres a sus pies, güises y colibríes cantando frente a su ventana y, un poco más allá, el rumor de la cascada en las piedras el río. Conquistaba el mundo a su alrededor y le ayudaba a su mamá: barría la casa, jalaba agua desde la quebrada y cosechaba hortalizas y flores que crecían en el huerto familiar.

Juliana no estaba lista, pero escapó con un hombre que llegaba a vender a la casa todos los jueves. No tenía la edad para hacer esas cosas, apenas comenzaba a estudiar el segundo año de bachillerato en Naciones Unidas, pero el vendedor se la llevó a vivir solita como viven los casados.

Dice estar enamorada pero para mí que no, huyó del terror que le tenía a su padrastro, de la indiferencia de su madre, de sus primos que nunca desperdiciaban oportunidad para meterle mano y tocarle el cuerpo. Ya no soportaba a sus dos medios hermanos mayores que la menospreciaban y siempre reclamaban cosas para ellos: ¡la casa es mía!, ¡las vacas son mías!, ¡la tierra es mía!

Juliana ahora tiene un hombre y una casa; tiene una cama, almohadas y sábanas; un comedor de cuatro sillas, tazas, vasos, platos, cucharones y una refrigeradora, todos de plástico. En la sala tiene muchas otras cosas más en los bultos que el hombre lleva a vender en sus giras semanales.

Está maravillada porque el semanero le da dinero para que compre sus cosas en las tiendas de la calle central y el mercado de Nueva Guinea. Pasa feliz, excepto los días sábados, el día que regresa borracho, enojado y furioso sin querer hablarle. En una ocasión desbarató la puerta del cuarto de una patada, ella nunca olvida sus botas vaqueras atravesadas entre la madera hecha astillas.

Los domingos pasa de lo más amable con ella; no le permite distraerse con el teléfono, ni asomarse por la ventana de madera, sólo quiere estar acostado con ella y no deja que la visiten sus nuevas amigas del barrio. Los lunes que se va, ella respira profundamente y vuelve a sonreír. 

Juliana se balancea por las tardes en una mecedora que tiene en el corredor, así sus vecinos y los que pasan por la calle pueden dar constancia que siempre está en la casa. Observa las cosas que tiene: un espejo dorado frente al que sueña, dos sillones y un televisor Sony inteligente. Le encanta mirar la barandilla de madera pintada todita de blanco, los atardeceres, la lluvia y las avispas florecidas que crecen al pie del cerco de ocho hilos de alambre de púas que dan vuelta a su alrededor como si trataran de enrollarla, pero lo que más admira son las flores del jardín con las que un día hará el ramo de su casamiento.

04/12/2019





lunes, 2 de diciembre de 2019

TUYO HASTA LA MUERTE



Dos hombres están de pie sobre una balsa flotante, hecha de barriles unidos por palets de madera, que está amarrada a un muelle. El de la izquierda es White Bush y el de la derecha Gustavo Cadenas. Los dos usan pantalones flojos, anchos de piernas y de paletones. Cadenas usa la camisa por dentro con sus mangas enrolladas mientras que White Bush la lleva suelta.

Detrás de ellos está el barco llamado Vaisson del cual son marineros. White Bush se sostiene del grueso mecate que amarra la popa del barco al muelle mientras que Gustavo tiene en su mano izquierda una cámara fotográfica. Del barco se nota la barandilla de popa, una escalera que lleva a la cubierta y tres grandes ventiladores. El nivel de flotación está alto lo que indica que el barco no está cargado.

A la izquierda, más allá del Vaisson, aparece una plataforma con una estructura de lo que parece ser una grúa. Frente a ellos, la grama de playa está crecida en el muelle donde se notan palets de madera y barriles. Al fondo, más allá de los barriles, se observan borrosos varios mástiles.

¿Por qué están en la balsa? Tal vez acababan de terminar alguna tarea como pintar o piquetear el casco del barco. Quizás bajaron al muelle para visitar el puerto y le pidieron a alguien que les tomara la foto en esa posición para que saliera el barco en segundo plano.

¿En qué muelle fue tomada la foto? Parece el muelle de El Bluff pero en el puerto nunca existió una grúa de carga como la que aparece en la foto, por lo que es más seguro que fue tomada en otro lugar, en otro país.

Basta ya de especulaciones porque allí están ellos, White Bush y Gustavo Cadenas, cuando eran jóvenes, cuando eran marinos del Vaisson y ambos casados con dos hermanas, White Bush con Ofelia, mi mamá, y Gustavo Cadenas con Magdalena, mi tía.

En el reverso hay una dedicatoria escrita en posición vertical:

“Para
Ofelia.
Tuyo hasta
la muerte.
Besos
de su
esposo
White”.
 16/5/55.

Y cumplió. Cumplió su promesa porque la siguió amando aún después de la muerte. Cada día, cada semana, cada mes y cada año del aniversario de su muerte, la lloraba como un niño desesperado. “Mi vieja, mi vieja, cuanta falta me haces, mi amor, llévame, llévame que quiero estar con vos”, decía con lágrimas corriendo por sus mejillas como las que corren en este instante por las mías…



viernes, 22 de noviembre de 2019

UN PARAGUAS COLORIDO



A lo lejos, en dirección hacia el oriente, se escuchaba el avance de la lluvia entre la copa de los árboles y, a los lados, la tierra barrosa permanecía húmeda. El aroma de fertilidad se infiltraba en el piso embaldosado, entre los pilares de madera rolliza y las mesas hechas con discos de troncos, mezclándose con el de la carne que se asaba al lado del bar. Episcias florecidas caían de maceteras adheridas en lo alto de los pilares y, en sus bases, cipreses y robelianas daban la bienvenida a los visitantes, difuminando el color gris de la carretera que brillaba frente al salón.
 
El sonido de la lluvia sobre el techo de zinc creció en intensidad hasta transformarse en un diiish ensordecedor. Un bus que viajaba en dirección hacia Managua, con el vidrio rotulado “Expreso de Bluefields”, se parqueó frente al comedor chorreando agua. Los pasajeros bajaron de prisa, tapaban sus cabezas con las manos corriendo hacía el salón y, al estar en resguardo de la lluvia, sacudían sus cuerpos.

Una mujer joven, morena, que cargaba un bolso de viaje y se cubría con un paraguas colorido, fue la última en entrar. Se detuvo en una de las mesas, cerró el paraguas, lo acomodó al lado del bolso, se sentó de frente al salón y observó el entorno. Los pasajeros se dispersaron entre la zona del bar y la cocina, los mostradores de comida, el asador de carnes y los servicios sanitarios.

Tomó el teléfono para hacer una llamada. Se levantó y caminó en los alrededores de la mesa, sin ir más allá del sitio que ocupaba. Sus ojos eran color café claros. El cabello negro lo llevaba en trenzas que caían en sus hombros imperiosos, cubiertas por una boina amarilla. No era alta, pero la lycra negra que llevaba puesta resaltaba su figura de reloj de arena: abdomen reducido, cadera vasta, nalgas circulares y piernas rollizas propias de una veinteañera. Bajo una camiseta color mamón, sus pechos serpenteaban al ritmo de los pasos que daba. Se movía con inquietud entre las mesas cercanas, como si no concretizaba una llamada urgente.

Los pasajeros comenzaron a tomar su desayuno. La lluvia cedió en su ímpetu, las gotas caían suavemente. Se mezclaron los sonidos —tenedores y cuchillos tocando platos, el motor encendido del bus estacionado, la música de los televisores y el murmullo de los comensales— con el aroma de los alimentos y la tierra húmeda. En ese ambiente, la joven morena caminó hacia la barra del bar, conversó con una mesera y regresó siempre con el teléfono pegado a su oído, escuchando y volviendo a marcar.

    Su café —dijo la mesera al ponerlo en la mesa.
    Gracias —respondió la morena —. No puedo conectar una llamada —agregó.
    La señal es mala, debe salir a la orilla de la carretera —sugirió la mesera.
    ¡Oh, gracias! Me urge comunicarme.

La mesera regresó al lado de la barra y la morena tomó su bolso de viaje, caminó hacia la carretera y abrió el paraguas. Los otros pasajeros comenzaron a abordar el bus para seguir el viaje hacia Managua luego de veinte minutos, el tiempo que tardaba la parada en el comedor. La morena sobresalía entre la gente que entraba de prisa al bus, conversando por teléfono, con el bolso a sus pies, el teléfono en una mano y el paraguas abierto en la otra. Un hombre se acercó a ella. Intercambiaron palabras pero seguía con la llamada al teléfono. El hombre subió de prisa, la puerta se cerró, el motor aceleró y de un arrancón el bus continuó en su recorrido.

La mujer terminó la llamada y quedó solitaria en la carretera. El verdor de los arbustos detrás de ella se notaba con intensidad. Regresó a la mesa del comedor donde había dejado el café. La lluvia había cesado y el salón del comedor ahora estaba solitario, en silencio. La mesera se acercó a la mesa.

    ¿La dejó el bus?
    Tuve una emergencia —dijo—. Esperare el próximo —agregó con una sonrisa en el rostro.
    ¿El de Bluefields o de Managua?
    El de Bluefields.
    No tarda, ya debe estar por llegar. ¿Necesita algo más?
    No, gracias. Sos muy amable y guapa —dijo la mujer morena y ambas sonrieron.

Tomaba su café con calma pero con la atención puesta en la carretera. El sol comenzaba a salir entre las nubes grises, la humedad del suelo se vaporizaba y el ambiente entraba en calor. Del lado de la cocina se escuchaba que lavaban platos y cubiertos mientras en el salón las meseras limpiaban mesas, sacudían sillas y barrían el piso embaldosado. En el asador volvían a poner carnes y los exhibidores eran rellenados de los distintos alimentos que ofrecían.

El teléfono de la mujer sonó con intensidad. Contestó la llamada de inmediato y corrió hacia el lado de la carretera haciendo movimientos con sus manos. Un bus se estacionó al lado del comedor. Los pasajeros comenzaron a bajar y ella los miraba atenta. Entre ellos una mujer salió corriendo hacia ella, se abrazaron y besaron.

Regresaron a la mesa tomadas de la mano. La amiga de la morena, una mujer de pelo liso, vestida de falda y blusa blanca, cargaba una mochila y se notaba sonriente. La morena se dirigió hacia la barra del bar. Habló con la mesera y, al regresar a la mesa, le acarició los hombros. La mujer del cabello liso respondió a la caricia con un rápido movimiento de cuello que puso en contacto sus mejillas con las manos. Sentadas se observaban con un brillo intenso de sus ojos.

El ambiente del salón se volvió eufórico con el caminar y las voces de los pasajeros, los que después de veinte minutos, volvieron al bus que continuó en su ruta hacia Managua. Después que partió, un taxi se estacionó en el parqueo.

    Ese es su taxi —dijo la mesera dirigiéndose a la mujer morena.
    Gracias, sos un amor —respondió.

La morena del paraguas colorido y su amiga lo abordaron, giró en dirección hacia algún lugar de la ciudad de Nueva Guinea y el silencio se apoderó por unos instantes del comedor.

19 de noviembre.
Managua, Nicaragua.
Foto: Internet.