martes, 18 de enero de 2022

LOS ESTIBADORES DE GANADO

 


Los hombres estaban reunidos en el muelle de la aduana de El Bluff. Eran seis de un grupo de más de veinte estibadores de ganado que esperaban el inicio de su jornada de trabajo. Bajo el alero del techo de zinc pintado en rojo, sentados en tablones de madera que se apilaban contra la pared de concreto, saboreaban el café de la tarde que Frank, el ayudante de cocina de Mr. Brown, les había llevado en una porra humeante y repartía en tazas de lata que rotaban entre ellos.

Los hombres se mostraban contentos, conversando amenamente en inglés creole. Frente a ellos, lo único que podían ver era el casco pintado de blanco del barco mercante llamado Martinik, nombre que ostentaba por ser originario de la isla Martinica, aun cuando la bandera panameña hondeaba en la asta de popa. Era una de los barcos que transportaba ganado desde El Bluff a las islas de las Antillas menores de Martinica, Santa Lucía y Granada.

A las diez de la mañana el Martinik había atracado en el muelle. Los estibadores lo esperaban desde las ocho. Habían construido el corral de barriles que contenían combustible, dos barriles eran la altura a sus lados y tenía su manga de acceso en el muelle. El corral se ubicaba al lado del barco y la manga en un extremo donde los lanchones que provenían del Rio Escondido y Loma de Mico hacían el desembarco.

Los estibadores de ganado eran altos, por encima de los seis pies y tres pulgadas, poseían anchas espaldas y brazos musculosos. Eran hombres comunes y corrientes que llevaban su vida en familia con normalidad, pero distintos porque eran más aguerridos, más fuertes y más decididos que los estibadores comunes que eran contratados para descargar la mercadería que los negocios de los chinos de Bluefields importaban desde Nueva Orleans, Tampa y Miami. Era un grupo selecto de black creoles que provenían de los barrios de Old Bank, Beholden y Cotton Tree; algunos de ellos llegaban desde Laguna de Perlas. Caminaban orgullosos por las calles en compañía de sus mujeres, con la mirada firme y la frente en alto. Tenían una particularidad en común: llevaban puestos sombreros al estilo de vaqueros.

Luego que tomaron café, Frank retiró las tazas de lata y las introdujo en la porra vacía. 

—Me voy, hay mucho trabajo en el comedor —dijo.

Se dirigió con su caminar alegre y zigzagueante hacia el lado del muelle donde estaban las pangas con el sol de frente. Se dirigía a la cocina de los estibadores ubicada casi enfrente de la agencia aduanera de don Octavio Bustamante.

—¡Allá vienen!, ¡allá vienen los lanchones! —se escuchó el grito de un chavalo proveniente desde el techo de la aduana.

“El Burro” (así le llamaban a Mosley Johnson, líder de los estibadores) salió de la sombra que le brindaba el alero y observó tres cabezas que sobresalían entre la cumbrera del techo de la aduana. Eran chavalos del puerto que siempre ocupaban ese lugar para tener una panorámica completa del proceso de desembarque del ganado de los lanchones, su traslado al corral de barriles de combustible y la subida de los mismos a las bodegas de los barcos mercantes. Era un gran espectáculo y ellos, Zamba Larga, Mario Tachita y Kalilita, no se lo podían perder.

—¡Ya vienen saliendo del rio! —gritó Mario Tachita.

—¡Son cuatro, cuatro lanchones! —agregó Zamba Larga.

Al escucharlos, Mosley corrió sobre la escalinata del Martinik y subió a la cubierta. Desde allí, observó el avance de los lanchones rompiendo olas en la desembocadura del rio para navegar a la orilla del manglar y sobre el canal que los llevaba con seguridad al puerto.

—¡Prepárense, prepárense, ya va a comenzar el rodeo! —gritó Mosley.

Sus compañeros se alertaron. Unos caminaron hacia el extremo del corral de tanques de combustible en busca de la manga, otros se distribuyeron entre esta y el corral mismo. Tres de ellos subieron al barco para bajar a la bodega y esperar la inestable carga. Todos llevaban en sus manos sogas de nylon y vestían su tradicional ropa de trabajo: pantalones de dril de color azul y camisas flojas con mangas de tres cuartos y cuello triangular.

Desde el balcón del segundo piso de la aduana, el coronel Alejando Peters se asomó como todos los días de la semana a realizar inspección de las labores que se desarrollaban en el muelle. Vio al Martinik atracado, la rutina de los guardias en el cuartel de los guardacostas y el movimiento de pangas en su ir y venir de Bluefields, barcos pos pos haciendo la travesía con mercaderías y varios pesqueros anclados en la bahía. Divisó a los lanchones que se aproximaban por el canal, provenientes de la desembocadura del rio Escondido. En el extremo oeste del muelle los estibadores de ganado revisaban la manga y el corral de barriles cerca del costado del Martinik atracado al muelle. Su rostro mostró una sonrisa de entusiasmo, dio un giro militar y su uniforme color kaki almidonado se batió al viento; entró a la oficina y se acomodó en su amplia silla de escritorio.

—Pi..li..to, Pi..li..to —dijo llamando con su voz baja y entrecortada a Pilito, su asistente personal para todos sus mandatos.

—Dígame, mi coronela —respondió Pilito en su manera de black creole al hablar español.

—Pre..pa..re to..do pa..ra des..car..gue de ga..na..do —dijo el coronel alma de niño.

El coronel miraba fijamente la estructura de techo del inmenso salón que funcionaba como su oficina y en el que se distribuían los escritorios de los funcionarios de la aduana.

—Ya ir, mi coronela —dijo Pilito y se retiró en dirección a las gradas que permitían bajar a la bodega.

A las cuatro de la tarde los lanchones se acercaron al muelle. Eran lanchones de madera con una caseta en la popa que contenía la cabina del capitán, cuatro camarotes y una letrina que sobresalía sobre las aguas de la bahía. La cubierta estaba forrada con tablones de madera a manera de corral y la popa era una rampa que al abrirse descansaba en muelle.

Desde lo alto del techo de la aduana los chavalos miraban un hervidero de cuernos y cabezas que se movían con nerviosismo dentro de los lanchones.

El primer lanchón maniobró contra la corriente para acercarse al extremo oeste del muelle, propiamente donde atracaban las pangas, mientras los otros estaban arrimados a babor del Martinik esperando su turno. Antes de iniciar el desembarco del ganado, las pangas habían sido ubicadas, bajo la dirección de Chicho Lacayo, panguero oficial de la aduana, entre la caseta de las pangas de la aduana y la carretera de macadán que circunvalaba ese tramo hasta el muelle de la Texaco y más allá hasta el plantel de la Booth, la empresa camaronera.

Dos marinos del lanchón se ubicaron en la popa y dos en la proa con los cabos listos para un amarre con seguridad. El capitán aceleró contra corriente y la proa tocó las llantas del muelle. Mosley Johnson dirigía la maniobra del capitán brindándole señales: levantó sus manos para indicar que desacelerara y los cabos de amarre fueron lanzados por los marinos de proa; Mosley los jaló con fuerza y los colocó en los bolardos de anclaje. Una ver sujetados, los marinos de popa caminaron con sus cabos por los costados del lanchón para tirarlos y dos estibadores de ganado los engancharon de tal forma que el lanchón quedó con las amarras en V de frente al costado del muelle. Mosley levantó la mirada y observó que el sol estaba sobre la isla de Miss Lilian.

La rampa del lanchón hizo contacto con el muelle y frente a ella estaba la manga de barriles de combustible. Desde lo alto, los chavalos escuchaban el pataleo de los cascos contra el fondo de madera.

Los marinos comenzaron a arrear el ganado que se mostraba extremadamente nervioso. Cuando el primer animal salió al muelle, desde el techo de la aduana se escucharon los gritos de los chavalos. Eran novillos de la raza Brahman de color blanco, con peso superior a los 500 kilogramos, criados y engordados en los sitios de la hacienda propiedad de Somoza ubicada en Loma de Mico. Los estibadores de ganado comenzaron a arrearlo con el mecate que sostenían en las manos, sin muestras de brutalidad, como expertos conocedores de su oficio. Con la soga en alto y agitando el sombrero, gritaban ¡muchacho, muchacho!, para llamar su atención, mientras el novillo cabeceaba arisco sin querer avanzar ni un palmo más en el muelle de concreto que contrastaba con las praderas verdes de pasto Pará, Estrella y Jaragua, cultivados en la hacienda del general donde habían sido criados.

Lo siguieron dos más, luego desembarcaron otros tres. Los seis novillos trataron de regresar al lanchón. Cuatro estibadores de ganado gritaban agitando sus sombreros frente a la rampa del lanchón tratando de atajarlos y evitando su retorno.

Mosley Johnson tiró el lazo de su cuerda sobre el primer novillo y la tensó con un movimiento de cintura y piernas cuando descansó entre los cuernos. El novillo dio un salto con sus cuartos delanteros y cabeceó girando hacia la manga de barriles. Sin detenerse, Mosley lo jaló con sus brazos musculosos y el cuerpo inclinado. El novillo lo siguió en dirección al corral de barriles mientras los otros lo perseguían, arreados por cuatro estibadores. El desembarco de ganado comenzaba a fluir y salían a la manga de tres en tres que luego eran arreados al corral.

Desde el balcón de la aduana, el coronel Peters, de pie y a su lado el sillón de escritorio, aplaudió la maestría de Mosley cuando enganchó el lazo en los cuernos y se hizo el sordo a los gritos de emoción que daban los chavalos desde el techo del edificio. El centro del corral poco a poco se fue llenando.

     Pi..li..to, ¿to..do es..tá se..gu..ro? —preguntó.

     Sí, mi coronela. El guardia no dejar bajar nadie por el grada de Juana Angulo y muelle del pangas. Todo estar cerrado y segura, nadie poder bajar a la muelle. Mister Allen y Bortey estar cuidando al lado del caseta de pangas. El gente tener que embarcar en el Texaco —respondió.

El coronel dio un suspiro de satisfacción y volteó la mirada hacia la isla de Miss Lilian, donde el sol caía sobre la isla de El Venado. En posición de firme dio un saludo militar a la tripulación del Martinik que también estaba expectante del desembarco del ganado en el muelle; le contestaron agitando las manos.

Comenzaron a mover la grúa de carga del Martinik, colocada sobre la cubierta frente a la cabina de popa y sobre la bodega, permitiendo la carga y descarga de mercancías desde el muelle, y viceversa.

Las luces del barco y de la bodega se encendieron y los chavalos bajaron del techo de la aduana. Caminaron en dirección a las gradas que daban acceso al andén, propiamente frente al taller de mecánica que dirigía Juan Ramón Acosta. Se sentaron sobre las barandas de concreto para ver el desembarco del ganado y escuchaban el sonido de la planta eléctrica que minutos antes Juan Ramón había encendido.

El muelle de la aduana, con todas sus lucen encendidas junto a las del Martinik y los guardacostas, aparentaba ser un salón listo para un baile de gala. Los resplandores de las luces se miraban en las casas ubicadas desde la cantina de Miss Lilian hasta el final del andén frente a la casa de los Álvarez, al lado de la capilla, el campo de béisbol, el sector de los putales, desde la punta de Old Bank y todos los muelles de Bluefields.

Sesenta novillos ya habían sido desembarcados del lanchón. Cada cierto tramo de la manga, los estibadores los habían separado con tablones de madera en grupos de diez para que no se aglomeraran en el corazón del corral donde estaban los primeros seis desembarcados.

—¡Listo, listo! —gritó Mosley Johnson al operario de la grúa del Martinik.

—¡Allá vamos! —respondió el operario de la grúa en francés creole.

Los tripulantes que participaban en la maniobra de carga ocuparon sus posiciones en la cubierta a los lados de la bodega. Con las palancas y pedales el operario maniobró el guinche para movilizar el puntal de la grúa hacia el muelle; un inmenso gancho de carga adherido a gruesas cadenas comenzó a bajar. Tres estibadores jalaron el gancho hacia el extremo más cercano del corral al barco y el puntal de la grúa giró a esa posición.

Dos estibadores le amarraron las patas traseras y delanteras con mecates cortos al novillo que Mosley tenía lazado de los cuernos. Otros dos estibadores cruzaron tres gruesas correas de cuero con argollas de acero por debajo de la panza y sobre el lomo, y de inmediato las colocaron en el gancho de carga.

—Arriba y despacio —gritó Mosley y soltó el mecate de los cuernos.

El operario de la grúa elevó la cuerda a un metro sobre el muelle, lo suficiente para que los estibadores se aseguraran que el novillo estaba bien sujetado. El animal mugió, cabeceó y pataleó al sentirse en los aires y las correas se ajustaron en su contorno.

—Todo bien —dijo uno de los estibadores que sostenía el mecate que sujetaba el gancho.

—¡Súbanlo! —gritó Mosley al operario de grúa.

El novillo se elevó lentamente sobre el muelle. Los estibadores que sostenían la cuerda del gancho fueron cediendo poco a poco a medida que tomaba altura. El puntal de la grúa giró hacia la cubierta del barco, con el novillo en los aires debido a que dos miembros de la tripulación lo jalaban desde la cubierta; el operario lo direccionó sobre la bodega del barco y procedió a descender la carga hasta que se perdió de la vista de Mosley.

En la bodega, dispuestos tablones a lo largo y ancho a manera de corrales, los estibadores de ganado lazaron al novillo cuando tocó piso. Lo soltaron de las patas y lo arriaron en una manga hasta ubicarlo en la sección derecha de la bodega; los siguientes en la izquierda, y otros en la derecha, así hasta equilibrar el peso. Por encima de los corrales el pasto se almacenaba en entrepisos, el agua se distribuía en barriles cortados por la mitad, colocados entre el pasillo central y los corrales, en suficiente cantidad para alojar dos mil novillos en una travesía de tres días.

El primer novillo había sido embarcado y de inmediato procedieron a lazar otro en el muelle, esperar el gancho de carga con los mecates y amarrarle las patas para seguir embarcando la carga viva.

Desde el balcón, el coronel Alejandro Peters se mostró satisfecho con la maniobra que hacían los estibadores de ganado y se levantó de su sillón. Con otro saludo se despidió de los oficiales del Martinik que estaban pendientes desde el pasillo de la cabina del capitán. Su reloj Seiko de oro marcaba las siete de la noche.

—A..com..pa..ñe..me —dijo el coronel— . To..do es..tá en or..den.

—Sí, mi coronela —respondió Pilito.

Entraron en el salón de la aduana y Pilito cerró las dos hojas del portón metálico del balcón, pero dejó las luces encendidas, pues en ocasiones el coronel regresaba más tarde a seguir viendo la carga del ganando, una diversión que lo sacaba de la rutina diaria.

Luego de embarcar al primer novillo, los estibadores de ganado se movieron con mayor rapidez para seguir en la maniobra, con la confianza adquirida por los años en esa labor que hacen solamente los hombres rudos, valientes y decididos, sincronizando sus tareas para cumplirlas con satisfacción a la voz de mando de su líder.

Los chavalos seguían pendientes de las labores de los estibadores. Iban a ser las nueve de la noche cuando Mr. Allen subió las gradas en dirección a su casa.

—No se ha dado ningún accidente —dijo Kalilita.

—¿Recuerdan cuando se fue un novillo al agua? —preguntó Zamba Larga.

—Y del que se soltó de la grúa y cayó al muelle. Las patas se le quebraron, ¿se acuerdan? —secundó Mario Tachita.

—Nunca se me olvida —dijo Kalilita. Cuando Chicho Lacayo vio que el animal cayó al agua, corrió hacia la panga, encendió el motor y tres estibadores de ganado se subieron. La corriente lo llevaba hacia el lado del muelle de la Texaco, con rumbo hacia el muelle de la Booth y hacia la barra. Era carne fresca para los tiburones. Los estibadores lo lazaron de los cachos y la cabeza, lo pegaron a un costado y Chicho Lacayo maniobró la panga con mucho cuidado; el motor a poca velocidad para que no se ahogara, así hasta salir al lado de la ensenada, cerca del muelle de la Texaco. De allí lo arriaron por la carretera de vuelta al muelle y lo metieron en la manga de barriles —agregó.

Desde las barandas de las gradas escuchaban los motores del Martinik, el ruido del guinche, el eco de los gritos de los estibadores de ganado y el motor de la planta eléctrica de la aduana. El cielo sobre la bahía se mostraba limpio, con miles de estrellas que brillaban parpadeantes; una brisa fresca proveniente de la playa de El Tortuguero acariciaba sus rostros.

—Me acuerdo del que se soltó de la grúa —dijo Zamba Larga. Se desprendió del gancho antes de que la pluma girara hacia la bodega del barco. Al caer en el muelle no lo pudieron levantar, tenía las patas quebradas. Desde el comedor de los estibadores llegó Mr. Brown con sus filosos cuchillos. Allí mismo, a un lado del corral, bajo el alero de la aduana, lo destazaron y se repartió la carne entre la tripulación del barco, los guardias y los estibadores —concluyó Zamba Larga.  

—¡Allá vienen!, ¡allá vienen! —alertó Kalilita.

Eran los estibadores de ganado que se aproximaban a las gradas en dirección al comedor donde Mr. Brown los esperaba con una cena suculenta, luego de cargar los novillos de dos lanchones y dejar a los otros dos en espera de una hora. Subieron sin prisa, con sus rostros cansados y camisas sudadas, pero conversaban y reían entre ellos.

—Adiós, Burro —dijo Mario Tachita, dirigiéndose a Mosley Johnson.

Mosley se detuvo, retrocedió y se acercó a ellos. Expectantes, los chavalos lo miraban con admiración: era el jefe, el líder de los estibadores de ganado. Mosley se quitó el sombrero y les dio un fuerte apretón de manos con su mano derecha, y con la izquierda golpeó suavemente sus hombros como cuando saludaba a sus compañeros.

—Adiós, amigos —dijo. Y siguió subiendo los escalones.

 

18 de enero de 2022


viernes, 3 de diciembre de 2021

LA VENCEDORA DEL FIERO DRAGÓN

Iniciando diciembre, he estado escuchando las canciones de la Purísima. Es inevitable. Se oyen al pasar por el parque, en los barrios y hogares donde realizan la novena dedicada a la Virgen de la Inmaculada Concepción. Escucharlas me trae gratos recuerdos, aquellos que siempre regresan en la época navideña.

Recuerdo a mi querida hermana, Indiana de la Concepción, y mis ojos se llenan de lágrimas, mi corazón de dolor por haberla perdido hace casi cuatro años. El 2 de diciembre hubiese cumplido 60 años. Siempre estará en mi corazón.

En la casa de mi abuela Manuela, en El Bluff, se celebraba la Purísima. Disfruté ese festejo cada año, junto a mis hermanos, primos y primas, y los amigos de El Bluff que crecimos juntos en esa época del floreciente puerto.

Un mes antes del evento, mi abuela Manuela iniciaba los preparativos para la celebración de la novena y la gritería. Familias de Punta Gorda, principalmente los McRea, la proveían de caña de piña, limones dulces y naranjas. Desde Masaya le llegaban dulces, gofios, chicha, canastas, bolsas con imágenes de la Virgen y otros productos que ella distribuía.

Mi abuelo Felipe se encargaba de asegurar la pólvora, toda ella importada: triquitracas, buscapiés, cohetes comunes y de colores, carga cerrada y morteros. Llegaban en barcos mercantes para abastecer a los establecimientos chinos en Bluefields; los descargaban en la bodega de la aduana y luego los transportaban en barcos pos pos a Bluefields. Mi abuelo realizaba su pedido con anticipación, y a sus nietos les hacía estallar la pólvora antes de que llegara a Bluefields. En una de esas ocasiones, sin tener experiencia, un paquete de triquitracas explotó en mi mano. Imagina el dolor y el ardor, hasta que mi mamá me aplicó un ungüento y sentí alivio. Sin embargo, nunca más me volví a quemar.

Mi abuela contaba con la colaboración de un grupo de mujeres devotas, incluyendo a mi mamá, mis tías Magdalena y Merchú, las primas, y otras que la visitaban para preparar el altar de la Purísima. Realizaban esta tarea con esmero, prestando especial atención a los detalles.

La sacaban de una vitrina donde la guardaban todo el año, la limpiaban y le ponían un vestuario nuevo en colores celeste y blanco, preparándola para su asunción al cielo. De igual manera, se encargaban del altar, situado en una esquina de la sala. Creaban un cielo con papel blanco y algodón, colocando la luna, una serpiente y los ángeles a los pies de la Virgen. Estos angelitos los confeccionaban con mucha paciencia, formando un grupo de caritas bonitas.

Tan grande era mi entusiasmo que estaba listo, a la espera de las siete de la noche, para participar en la novena de la Virgen. Solo tenía que cruzar el patio e ingresar a la casa de mi abuela. Un ambiente festivo me recibía. La alegría se reflejaba en cada rostro: mis primas Zenaida, Melba, Martha, Claudia,  el primo Edwin y tía Magdalena; mi madre, Indiana y Tony; mi abuelo con los encargados de tirar la pólvora y los cohetes, más felices que todos porque les repartía tragos de guaro lija; mis primos José Manuel y Javier con mi tía Merchú, encargada de los cantos, y tío Felipe; Ivette, Patty y Cesar con tío Pablo y tía Marina. La gente llegaba con alegría, la sala se llenaba, algunos de pie y otros sentados, con los cantos dedicados a la Virgen.

Mi mayor alegría y emoción explotaban en gritos cuando se cantaba "Dulces Himnos". "Dulces himnos cantando a María, vencedora del fiero dragón". En ese ambiente de fe y esperanza, María era mi heroína, mi protectora contra el fiero dragón. Lo vencía, exterminaba a esa fiera maligna.

Hoy, al recordar esos momentos, pienso en mis seres queridos que están junto a la Virgen, a la que le dejo todas las noches una lucecita encendida. Le pido por la familia, que nunca nos falle y que nos de fuerzas para que vencer al fiero dragón que tanto daño hace.



3 de diciembre de 2021
Actualizado: 6/12/23
Foto Propia.

 

martes, 9 de noviembre de 2021

LA HORA DE LOS NOVIOS



Es casi la hora. Comienza a alistarse, pero algo en el aire no le permite lograr la calma que brinda la seguridad. Ordena y guarda el legajo de carpetas llenas de papeles; son encuestas que ha realizado en los barrios criollos de Bluefields para conocer más a fondo la problemática por la que atraviesan.

Recibe varias llamadas telefónicas que le pasan desde la centralita, y siempre anota el número telefónico y el estado de ánimo de la voz que escucha en el auricular. A veces son voces de mujeres que imagina; otras son hombres apresurados, con problemas que piden soluciones.

Entre el ajetreo de la oficina, sus compañeros ya están listos desde las cuatro y media, y la mayoría ha jugado el quinto partido de solitario en media hora. Sus documentos los ha guardado en su respectivo mes, y estos en un Ampo ordenado por año que acomoda en los estantes adheridos en las paredes.

Son muchos años en lo mismo, una rutina que no declina, pero la soporta. Ha visto de todo, comienzos y finales; no espera nada de nadie, solo le interesa su trabajo y ella. Ella le ha durado; su cariño ha crecido, y el secreto que guardan se manifiesta al verla. Con eso no puede, no podrá, aunque lo mantenga enllavado en el cementerio donde no alcanza un alma más, y está consciente de ello. Esa es su manía: ordenar y guardar todo. Guarda bien el secreto, se aleja de tertulias y habladurías. Evita los problemas, espera su momento; es su vida y no le interesa la de otros.

La hora se aproxima. Ya arregló el escritorio. Todo está en su justo lugar: la engrampadora, un caracol de mar que usa como pisapapeles, el vaso con los lapiceros, la taza para el café, la lupa, la computadora, la libreta y su sello de recibido. A esta hora espera una señal, solo para que su vida cambie. Por ello está tranquilo; sin inquietudes, aunque no esté, hasta ahora, muy seguro. Su corazón palpita con normalidad, pero a medida que pasan los minutos, siente cómo se le aceleran los latidos y el fluir de la sangre por sus venas. Está atento a la puerta; de reojo ve el reloj colgado en la pared cuando de pronto se abre la puerta, y el asistente de la oficina le entrega un sobre. Lo abre, mira el contenido, su cara muestra una sonrisa; lo cierra y lo guarda bajo llave en la gaveta principal.

Su semblante ha cambiado. Agarra la chaqueta que está colgada del respaldar de la silla giratoria y se la acomoda sin prisa, al igual que la gorra azul. Con la mano izquierda sujeta el maletín de cuero y se levanta dichoso. Se dirige hacia la salida para abandonar la oficina, ubicada en el edificio que sustituyó al Instituto Cristóbal Colón donde estudió bachillerato con sus amigos. Dice adiós y les desea buenas tardes a todos los que encuentra en las escaleras. Las mujeres le sonríen en el pasillo. Aunque imagina sus sospechas, siempre va a tener esa duda en su mente que hace el cálculo matemático y algebraico en el aire. A las sonrientes les da besos y abrazos. Va feliz, y ellas quedan felices.

Atrás deja el portón después de fichar la tarjeta que ha odiado toda la vida porque siempre ha dicho que no es un reo, que es libre. ¿Cómo no serlo si siempre ha luchado por la autonomía, la de su región y la propia? Porque cuando un hombre no tiene autonomía, no tiene nada más, aunque intente disimular la necesidad de laborar por una mala paga. Pero aun así, va contento, ilusionado, va seguro; su hora se acerca y mientras se dirige a su casa, piensa en ella.

Cruza un costado del parque, mira hacia lo alto, por encima de los centenarios árboles de caoba, y el cielo gris lo pone en alerta. La gente se dispersa, da dos vueltas por acá, tres por allá, y sigue rectecito. Le pide al Señor que no llueva, que no broten charcos, que no se inunden las calles para que a ella no se le mojen los piecitos. Y si llueve, Señor, no pongas el cielo más oscuro, porque, de lo contrario, el vendaval hará que se arrepienta y me deje esperándola. Señor, acompáñala en el trayecto. Y así, entre diciendo adioses a su paso, viendo hacia lo alto y las plegarias, ha llegado a su casita de alquiler en el barrio Nueva York.

Después de abrir el portoncito de hierro del corredor, se quita los zapatos. Abre la puerta de la sala, entra y la deja sin seguro. Pone el maletín en una repisa ajustada a la pared, cuelga la gorra en un clavo y a su lado la chaqueta. Enciende la radio Sony portátil que siempre lleva a todos lados porque la televisión es su enemiga, y con delicadeza va regulando el dial hasta ajustarlo en la frecuencia 97.5 FM, su estación preferida.

Mira alrededor, abre la ventana, pero cierra la cortina. Arregla la cama, acomoda las almohadas, sacude la hamaca y sonríe. Limpia la mesa. Revisa los vasos, el hielo en el termo, el galón de agua, la botella de ron, la candela, los fósforos, la galleta de soda y una lata de choricitos de Viena. Cambia de ropa; se pone un pantalón corto, una camiseta y se calza las chinelas. Se siente cómodo y se sirve un trago de ron en las rocas. Enciende la candela.

En sus recuerdos, la ve chavala, en el vecindario, en la matiné del cine Variedades por las tardes de domingo y con su traje de baño en el Pool, aún casi una niña, con sus piernas largas de flaca esbelta, su pelo negro en trenzas, sus labios acorazonados y sus gritos y risa de felicidad en compañía de sus primas y hermanos. Ahora todos ellos, sus amigos de siempre, han emigrado de la ciudad puerto que nunca olvidan y la cual permanece en un estado de nostalgia entre sus pobladores por el esplendor y la gloria de su pasado. De pronto, abandona el vaso y sale al patio de la casa. Regresa con un balde de agua, una pana y una jabonera. Del cuarto toma una toalla y los acomoda en el pequeño baño.

Se asoma a la calle por la ventana, ve la tapia del estadio. No hay mucho movimiento; está oscureciendo y comienzan a caer gotas de lluvia sobre el techo de zinc. La hora de los novios se anuncia en la radio y, al sonar la primera canción, abren la puerta suavemente. Escucha que la cierran con suavidad; la lluvia arrecia, y en el umbral de la puerta aparece ella.

Apaga las luces. El mundo exterior desaparece. Ya no es él, y en los brazos de ella, su vida vuelve a renovarse a la luz de una vela.

 

8/11/2011

Foto propia.


sábado, 9 de octubre de 2021

EL PEÑÓN DE NUEVA GUINEA




Siempre que paso por la calle central le dirijo la mirada. El lugar me evoca momentos de una época difícil que forma parte de la Nueva Guinea de hoy.

Me veo sentado en una mesa del pequeño corredor que da a la acera y a la calle de macadán, una calle lodosa y con baches provocados por la lluvia y el tránsito de camiones y buses. Allí estoy con ellos, mis amigos de otros tiempos, saboreando una taza de café con un pastelito de piña elaborado por manos caseras, en una de las tantas tardes que frecuenté el lugar.

Era un lugar absorbente, con varias mesas distribuidas en un gran salón que siempre estaba impregnado de aromas dulces que fluían de varios escaparates de repostería donde mostraban las delicias de la casa —tortas, pasteles decorados, panes—, complementados por un menú de comidas, plantas ornamentales distribuidas entre las mesas, una pecera con peces multicolores y la atención exquisita de su propietario, don Ramiro Luna (QEPD) y su esposa, auxiliados por varias muchachas agraciadas.

Acudía después de las cuatro de la tarde, pero en ocasiones lo hacía en el descanso de la diez de la mañana. Las charlas con los amigos siempre fueron amenas, propias del entorno de esos tiempos cuando la gente se recuperaba de la guerra, se trabajaba por la paz y la reconciliación entre las familias y entre contras y sandinistas. Charlas excitantes, pasionales, donde siempre afloraba el trabajo por el desarrollo de una Nueva Guinea totalmente deprimida. Tiempos esos en los que las colonias y las comarcas comenzaban a repoblarse con familias que regresaban para comenzar de nuevo, una vez más.

Era la época en que mis calzados obligatorios eran las botas de guardia o las botas de hule porque las calles eran prácticamente un verdadero lodazal y debía usar una chaqueta por el frío provocado por torrenciales lluvias. Las farmacias existentes eran tres, nada más. La calle central no se había adoquinado. La casa comunal era la mejor discoteca y desde los jueves se llenaba a reventar bailando al ritmo de la canción “que traigan los bomberos porque me estoy quemando”. Los bares más frecuentados eran el de la Hilda y el de la Mencha. La única gasolinera existente era la de don Jesús Valle.

Para poder comunicarme fuera de Nueva Guinea, en caso de una urgente necesidad, tenía que acudir a una casita vieja de madera ubicada al lado del edificio de dos pisos de la alcaldía donde funcionaba Telcor y allí te enlazaban con otros lugares del país hasta contactar el número solicitado. Para enviar mensajes a los pobladores de las colonias y comarcas hacía uso de una pequeña radio que funcionaba en el segundo piso de una casa donde hoy funciona el GMG. Las zonas 5 y 6 eran barrios de plástico donde la gente se asentó por la guerra al abandonar sus parcelas y, en ellos, comenzaban a construirse las primeras casas de madera, así como en la llamada “ciudadela” con el apoyo de la cooperación española. No existían sistemas de agua potable confiables, el cólera azotaba en comarcas y colonias, las escuelas estaban literalmente destruidas y los caminos eran intransitables, solamente los camiones IFA de doble tracción los recorrían. La producción agropecuaria prácticamente no existía.

Esa era la Nueva Guinea de esta época en que me encontraba con mis amigos en la soda El Peñón. A veces pasaban por mi oficina exigiendo una pausa y en otras habíamos acordado encontrarnos allí.

Ahora, con el paso del tiempo, estoy nuevamente frente a El Peñón. Me bajo del jeep y con mi teléfono le tomo una foto. Es la misma peña de piedra, pero cuando veo la foto pienso en cada una de las historias de esa época, de los momentos agradables que tuve en ese local que ya no existe, donde han desaparecido mesas y escaparates, los aromas exquisitos han sido sustituidos por otros, olor a mercaderías, a telas, a cajones de basura en la acera y por el gas que escapa de los vehículos que no dejan de circular por la calle ahora adoquinada.

Todo es diferente, pero el Peñón, la piedra, sigue allí, ahora remozada con pintura de color gris. Guardo el teléfono y entro al local donde ahora funciona una distribuidora de diversos productos que lleva su nombre. Voy en busca de unas camisetas de talla S para mis nietas y de paso compro ciruelas, jalea y un vasito de chimichurri. Una muchacha guapa y amable me atiende. Al llegar a la caja, le pregunto a Wilber Luna, sobrino de don Ramiro Luna, sobre la historia del nombre El Peñón.

Don Ramiro vivía en Costa Rica, para allá se había ido por la guerra y logró montar un negocio de bisuterías, vendía agujas, hilos, botones y otras cosas, de todo un poco. Aquí nos pusimos de acuerdo y se acabó la guerra, y él se vino de regreso a Nueva Guinea, estableció el negocio y fue progresando poco a poco en ese ambiente de postguerra.

En Costa Rica tuvo un amigo de origen israelí que tenía un negocio de telas llamado “El Peñón” y por ello, por la buena amistad que tenía con el israelí le puso el nombre al negocio. Pero don Ramiro siempre estaba inquieto con el nombre, algo le hacía falta para completar el negocio, una marca, un emblema, un símbolo, algo que completara el círculo del negocio y, de pronto, con resolución se fue para la Colonia San Antonio y les dijo a unos buenos hombres que le sacaran una hermosa laja del río. Desde San Antonio se trajo la piedra, el peñón, que cerraba el círculo del negocio y su nombre. Y allí enfrente, a un lado de la acera, instaló el gran pedazo de piedra.

Esa es la historia del nombre de la soda El Peñón, ahora lo sé, pero las historias vividas en esos años en que acudía con mis amigos a saborear una taza de café con un pastelito son imborrables. Allí me acompañaban en las mesas del corredor, Pío Martínez, Toño Vargas, Francisco García, Ramiro González, Oscar Sánchez y otros muchos más que ya se han ido y viven en los recuerdos.

Cada tarde lluviosa en El Peñón de ese entonces es una historia distinta, un rato ameno para hablar sobre los planes institucionales, los retos cambiantes, tareas a realizar en búsqueda del actuar conjunto para maximizar los esfuerzos. Pero también, allí sentados, programábamos actividades recreativas que se materializaban en fiestas de traje que más de una casa se prestaba a ello con las que hacíamos un poco más llevadera nuestras vidas nocturnas en la Nueva Guinea de esa época.

Ahora, el edificio de la soda El Peñón de ese entonces, se ha dividido en dos. Uno que es la distribuidora y el otro un negocio de piñatas, flores, cuadros y de todo un poco. Pero frente a ellos, a un lado de la acera, vas a encontrar el Peñón sembrado por don Ramiro Luna, el que ha sido testigo de una parte importante de la historia de Nueva Guinea, resistiendo en la intemperie la inclemencia de los elementos de la naturaleza, como el mismo pueblo que siempre resiste y enfrenta nuevos retos para sobrevivir en una época distinta.

8 de octubre de 2021

Ronald Hill A.


jueves, 30 de septiembre de 2021

NAVÍO BLUEFIELDS HUNDIDO EN LA II GUERRA MUNDIAL

 




El SS Bluefields K-530 (antiguamente llamado Lake Mohonk 1917-1920, Astmacho III 1920-1923, Ormidale 1923-1938 y Júpiter 1938-1941) fue un carguero nicaragüense que estuvo en servicio de 1917 a 1942.

Fue hundido en la Tercera Batalla del Atlántico frente a la costa de los Estados Unidos ante las flotillas de submarinos nazis. Su tripulación sacrificó el navío para salvar a otro barco.

Lanzado como Norwegian Motor I para K. Salvesen de Oslo y siendo solicitado por la US Shipping Board (USSB) y completado en octubre de 1917 como SS Lake Mohonk en 1919 rebautizado como Astmahco III por AstmahcoNueva York. En 1921 es rebautizado como Ormidale para Ormidale SS Corp de Wilmington. En 1927 es vendido a Gravel Motorship Corp de Búfalo y en 1937 a Old Ben Coal Corp de Nueva York. En 1938 es vendido a Honduras y rebautizado como Júpiter y luego rebautizado como Bluefields por Lisardo García en Puerto Cortés.

Entre las 20:20 y las 20:25 horas a. m. del 15 de julio de 1942 el U-boot alemán U-576 disparó cuatro torpedos contra el convoy KS-520. El primero daño lo recibió el USS Chilore y el segundo daño el USS J.A. Mowinckel, el tercero hundió al Bluefields y el cuarto falló al segundo barco. El submarino se perdió después de este ataque. Ambos barcos dañados más tarde se toparon con un campo de minas defensivo de EE. UU., donde Chilore se perdió y J.A. Mowinckel aún más dañado, pero luego fue reparado aunque el Bluefields se hundió sin víctimas, solo el barco, quedando como pérdida total.

El navío en la actualidad está en buenas condiciones exteriormente incluyendo unas cuantas ametralladoras y dos cañones Kenworth aunque se perdió gran parte. El casco de acero de Bluefields parece intacto desde la quilla hasta el nivel de la cubierta principal y hay evidencia de las dos escotillas de bodega de carga, una en la proa y otra en la popa de la caseta central. Los mástiles y las plumas de carga se han caído y están en la cubierta principal. Su lugar de naufragio está a 12 millas náuticas de la costa de Carolina del Sur.




Ubicación: 34 ° 45'43.60 "N, 75 ° 30'17.86" W (34.76211, -75.50496)

Profundidad: 750 pies

Tipo de buque: Carguero

Largo: 250.5 pies Ancho: 43.0 pies

Arqueo bruto: 2,063 Carga: dos carros, radio, bolsas de arpillera vacías y tambores de carburo y aceite

Construcción: 1917, Manitowoc Shipbuilding Co., Wisconsin, EE. UU.

Número de casco: 81 Puerto de matrícula: Nicaragua

Propietario: García A. y Cia. Ltda (Nicaragua)

Detalles de Lloyd's Register: una plataforma, dos motores diesel, doble eje, dos tornillos

Nombres anteriores: Júpiter (García Lizardo, 1938-1941); Ormidale (Gravel Products Co., 1923-1938); Astmacho III (Astmacho Navigation Co., 1920-1923); Lake Mohonk / Motor I (Junta de envío de EE. UU., 1917-1920)

Fecha perdida: 15 de julio de 1942

Hundido por: U-576.

Supervivientes: 24 de 24 sobrevivieron (0 muertos)

Datos recopilados en el sitio: sonda de barrido lateral y multihaz de alta resolución

Importancia: Bluefields y U- 576 son individual y colectivamente importantes para la historia militar estadounidense, la historia marítima y la arqueología histórica. Representan los restos físicos del único campo de batalla naval de la Segunda Guerra Mundial frente a la costa este de los Estados Unidos donde están presentes tanto el agresor como su víctima. Sus restos, ubicados a 1.030 pies de distancia, en 690 a 750 pies de agua, a 30 millas de Cape Hatteras, representan los resultados de la Batalla del Convoy KS- 520, parte de la Batalla del Atlántico frente a la costa estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial.

El SS Bluefields y el U-576 fueron nominados al Registro Nacional de Lugares Históricos en octubre de 2015.

Fuentes varias.

Ronald Hill A.

30 de septiembre de 2021

jueves, 12 de agosto de 2021

CASSAVA POINT

Los antepasados de mi mujer son de origen Rama y Ulwas. De ellos, conoció a sus abuelos, pero no tuvo la dicha de ver a sus bisabuelos. Su abuelo paterno, llamado Isaac, contaba sus aventuras en las selvas alrededor de Punta Gorda y más abajo, allá por el río Indio y Maíz, cuando levantaba su campamento y hacía una fogata que lo calentaba y ahuyentaba a las fieras del monte, después que regresaba de cacería. Ella nació allí, en Punta Gorda, en una choza de palma construida por encima del cauce del río para evitar las frecuentes inundaciones que anegaban los cultivos y arrasaban con las gallinas, cerdos, patos, chompipes y las pocas cabezas de ganado que tenían.

“Además de cazar y pescar eran yuqueros”, continuó hablando Abraham Rodríguez, llamado Tapalwas.

Se encontraba en la esquina ubicada frente a la capilla de la iglesia católica de El Bluff. Su espalda descansaba en el muro de la escuela, al lado del árbol de Zapote, y melenquiaba tabaco, un hábito que era de su mayor disfrute, además de tomar aguardiente y contar sucesos que le habían marcado la vida.

Era un hombre de contextura más pequeña que la de un hombre mediano, su pelo era negro, sus ojos vivaces irradiaban desde sus profundidades una luz poderosa que se notaba cuando la gente le pedía que contara sus anécdotas, escupía casi siempre sus salivazos chirres hacia su lado izquierdo pidiendo permiso, vestía de pantalón largo al igual que la camisa y calzaba unos burrones de cuero, los que, al dar sus pasos medio cornetos, daban la impresión de pesar una tonelada.

Se dirigía a un grupo de chavalos adolescentes del puerto, entre ellos, Chabelo, El Guerri, Kalilita, El Sapo, El Zorro, el Negro Glen, Mario Tachita y Mau Mau. Ante las ganas que tenían por saber sobre sus anécdotas, comenzó a contarles con entusiasmo.

“Entonces, sembraban la yuca”, dijo Mario Tachita, uno de los chavalos que sobresalía por ser de los más mal intencionados del puerto.

Cultivaban yuca, dijo Tapalwas, que es otra cosa. Mientras la yuca crecía desde mayo a enero, se dedicaban a cazar, pescar y a cuidar sus animalitos. Preparaban unas veinte manzanas, las sembraban al espeque, de forma escalonada durante tres meses con el fin de cosecharla de igual manera y no verse atiborrados de yuca. Ellos mismos fueron seleccionando las mejores matas para que tuvieron un crecimiento rápido, produjeran raíces de gran tamaño y fueran resistente al agua, al empozamiento y la escorrentía. Era una variedad seleccionada por más de sesenta años en la familia y todavía es cultivada en toda la zona de los Ramas, y más allá de Punta Gorda y Atlanta.

“¿Cómo trasladaban esa yuca desde allá?, preguntó Mau Mau.

“Ve que pregunta”, dijo Kalilita. “Pues en botes, en que más va a ser”, agregó.

En botes pos pos hechos con troncos de árboles de roble gigantes, siguió con el relato Tapalwas, cavados a punto de cincel y machete, pero de gran calado. Eran botes de diferentes medidas, pero los que empleaban para transportar la yuca medían más de seis metros de largo por dos de ancho y, como no tenían motores de gasolina, los navegaban a punto de velas y remos. Así se trasladaba la yuca a los muelles de Bluefields. La venta era venta loca porque los pobladores, desde que se asentaron frente a la bahía, siempre han sido come yuca. Por eso es que prefieren, hasta hoy, la yuca cosechada desde hace cienes de años en Punta Gorda por la familia de mi mujer.

En uno de esos barcos yuqueros, el tío abuelo de ella, llamado Elías, llegó a Bluefields.

“¿En qué año fue eso?”, preguntó el Negro Glenn.

Mira hijo, no podría darte razón sobre el año, pero eso fue hace muchos, pero muchos años, imagínate que en ese entonces El Bluff todavía no se había poblado.

Después de dos días de estar vendiendo la yuca que trasladaban en el plan del bote, bien acomodada porque no tenían sacos, Elías salió una tarde a visitar a una tía abuela de mi mujer llamada Esther, que se había trasladado a vivir a la ciudad.

En esa época, Bluefields tenía sólo dos calles de tierra, una que bordeaba la bahía y otra que cruzaba las casitas ubicadas de este a oeste, con varios caminitos hacia el norte y el sur donde se asentaban los creoles que comenzaban a poblar los primeros barrios que luego llamaron Old Bank, Beholdeen y Cotton Tree.

Esther vivía en un ranchito de troncos y techo de palma, propiamente al lado de donde se encuentran hoy en día las tres inmensas palmeras de Palma Real, que para muchos son símbolos insignes de la ciudad. Se dedicaba a lavar y planchar ropa ajena, y su marido, llamado Gabriel, era un activo chambero en los muelles de la ciudad puerto.

Eran muy amables con él, pues los días de su estancia le daban de comer los tres tiempos y, en agradecimiento, siempre les llevaba regalitos del monte: una gallinita, chancho guari salado, mazorcas de maíz y todo lo que puedan imaginarse como buen fruto de la tierra. Elías vio el terreno de la ranchita donde vivían muy desolado, sin ningún tipo de plantas ni árboles, y como él estaba acostumbrado a vivir en la inmensidad de la montaña, le prometió a Esther varias plantas para sembrar y que le dieran alimentos.

¿Qué les llevó?, pregunto El Zorro.

“Jodido, jodido, deja al hombre que corte bien su pedazo de puro, que no ves que se puede cortar”, respondió El Sapo.  

Tapalwas recién había comprado un peso de puros en la venta de Marín, ubicada al lado de la casa de los Corea, cerca del callejón que daba a su casa, ubicada al fondo, en el lado norte del cementerio. Con una navaja de marinero que le había regalado un amigo jamaiquino en Honduras, su tierra natal, cortaba el puro en tres trozos, guardaba dos, envainaba la navaja y se llevaba a la boca el trozo nuevo, lo masticaba con esmero hasta convertirlo en una pelota multiforme y pastosa que paseaba con la lengua por su boca. Al llenarse de saliva, pedía permiso, volteaba la cara hacia la izquierda y tiraba un escupitajo al suelo. Para muchos Blofeños de esa época, poseía propiedades curativas. Lo visitaban con el fin de obtener parte de su melenca salivosa acumulada en un balde de aluminio que mantenía al lado de una mecedora donde pasaba sus tardes viendo las olas del mar, y luego utilizarla en compresas para curar ronchas, granos de la piel y otras enfermedades cutáneas. Volvió a melenquear y continuó con su relato.

Tres semanas después regresó Elías con más yuca, pero también con carne de guari salada obtenida de seis chanchos de monte que habían cazado. Toda la carne fue vendida el día que atracaron en uno de los muelles principales de ese entonces. La yuca le duró dos días y, al atardecer del primer día, se presentó en la casa de Esther y Gabriel. Les llevaba varias estacas de yuca y unos arbolitos de aguacate germinados en conchas de coco.

Durmieron felices. Por la mañana Elías plantó en el patio los obsequios. Al despedirse les dijo que los cuidaran, sobre todo en los meses secos, “dele una regadita con el agua de lluvia que recoja y verá cómo crecen”, le dijo a Gabriel al tercer día de su estancia porque debía regresar con las compras: herramientas, candiles, tiros de escopeta, sal, azúcar, jabón, cal y café.

La gente del puerto circulaba por el andén, unos hacia el lado del campo de béisbol y otros hacia el lado de la cabaña, la cantina de Miss Pet y el sector de la aduana y el muelle, pero ellos estaban inmersos en el relato de Tapalwas. La Cumbia pasó, se volteó hacia ellos, movió sus inmensas nalgas en modo coqueto, pero ninguno se fijó en ella, no dieron silbidos ni lanzaron sus piropos frecuentes a la escultural negra, por lo que ella les hizo deprecio con rostro y cuerpo y siguió caminando en dirección a los putales.

“¿Y se pegaron?”, preguntó El Guerri que estaba recostado a la pared, enrollado en el piso como una boa, con las piernas en cruz, y fumándose un cigarrillo.

Muchos años después, Elías regresó siendo un anciano con su hijo mayor llamado Timoteo. Fue a la casa de Esther y Gabriel, pero ya no vivían allí, en su lugar habían construido una casa de madera propiedad de una familia de origen norteamericano. Elías vio la sombra que cubría la casa. Pidió permiso para entrar en el patio y se llevó la gran sorpresa de que la estaca de yuca había crecido tanto que se convirtió en un inmenso árbol de yuca, tan grande que poseía tres fustes de dos metros de diámetro y diez de altura.

Sorprendido del colosal crecimiento de la planta, con autorización de los gringos, comenzó a escarbar con su machete y con la ayuda de su hijo al píe del árbol de yuca, y en la medida que escarbaban, iban descubriendo las raíces. A Timoteo le dijo que les avisara a los habitantes de los alrededores sobre el descubrimiento y luego fueron apareciendo, incrédulos aún, con machetes para ayudar a seguir escarbando.

La noticia se regó en los barrios de los creoles y estos aparecieron con cobas, palas, picos y barras para extraer las raíces de yuca que descubrían poco a poco hasta llegar a la orilla de la bahía donde se había extendido la punta de una de ellas. Tenía una longitud de cincuenta metros desde la orilla de la bahía y unos veinte de ancho. Los ricos sedimentos que bajan del rio Escondido la cubrieron en su totalidad, formando una punta de tierra en la que muchas familias ya se habían asentado con sus ranchitas de varas y palmas de coco. Así fue como se formó la punta de yuca de Bluefields, la que los creoles comenzaron a llamar Cassava Point con mucho cariño, a tal grado que la protegieron de la erosión con piedras en sus bordes que movían mediante palancas desde distintos puntos de la ciudad.

Por más de seis meses se suspendieron los viajes de los botes cargados de yuca desde Punta Gorda. La yuca sembrada por Elías rindió tanto que los habitantes del Bluefields de ese entonces pasaron comiendo yuca todo ese tiempo: la prepararon cocida, en sopa con todo lo comestible, en rondón, frita, en pastel, en buñuelos, hicieron harina y sacaron almidón, y una gran parte de ella fue trasladada en barcos a las comunidades de Laguna de Perlas, especialmente a Orinoco, donde los garífunas hicieron tortillas de harina de yuca en cantidad suficiente como para alimentar a la comunidad por un año.

“¿Una punta de yuca en Bluefields?”, preguntó El Zorro. “No la conozco”, agregó.

“Ni yo, nunca oí hablar de Cassava Point”, dijo Mario Tachita.

Ustedes no conocen la punta de yuca o Cassava Point porque las autoridades de esa época le cambiaron el nombre por desprecio a la iniciativa de los creoles, y comenzaron a llamarla Pointteen. Allí donde existe un astillero en la mera punta, allí mismo terminaba la punta de la yuca sembrada por Elías. Yo les estoy contando la pura verdad. Tarde o temprano se darán cuenta de que la historia verdadera de un lugar nunca se cuenta como en realidad sucedió, sino que se acomoda al interés de los que mandan. Son ellos los que se encargan de voltear la historia como si se tratara de un calcetín sucio.

“Esa en otra de tus guayolas”, dijo Kalilita.

“Mejor nos vamos”, dijo Chabelo. “Vamos a jugar basquetbol”, agregó. Todos los siguieron calle abajo, bajando por el cine Renith en dirección a la casa de don Chon Benavidez y la cancha.

“No me creen”, dijo Tapalwas. “Incrédulos, eso es lo que son, unos incrédulos mal educados”, gritaba al verlos partir. Tiró un par de escupitajo y caminó por el andén en dirección a la entrada del callejón que lo llevaba a su casa.

 

De la Serie: La Guayolas de Tapalwas.
8 de agosto de 2021

miércoles, 28 de julio de 2021

DE PESCA EN SEMANA SANTA

Una tarde, reunidos en el porche de la casa de don Octavio Gómez y doña Juana Angulo, ubicada frente a las gradas que dan acceso al cuartel de la guardia y sus guardacostas, los concurrentes, Zoilo Carrasco, Pablo Álvarez, el chino Chow, todos trabajadores de don Pedro Joaquín Bustamante, que tenía su oficina al lado, y Rafael Montero, trabajador de la aduana, comenzaron a pedirle a don Abraham Rodríguez, llamado Tapalwas con mucho cariño por los pobladores del puerto, que les contará una de sus anécdotas.

Para animarlo le convidaban tragos de guaro lija de a peso. Tapalwas se toma el trago de un solo envión, sin arrugar el rostro y, al ver la cara de doña Juana Angulo, sale apresurado al corredor a dar su escupitajo. Zoilo lo espera con un pedazo de papel que contiene sal y una almendra sazona para que la deguste. Así soporta la quemazón y el ardor que le provoca el trago de aguardiente con un 80% de volumen de alcohol, con lo cual don Octavio se muestra orgulloso.

Después de cuatro entradas y salidas de la barra de don Octavio, además de los oficinistas mencionados, se fueron apareciendo otros transeúntes, entre ellos, Victoriano, Masayita y El Africano para tomarse su cuartita de lija.

Animado, Tapalwas se sienta en un banco. Desde esa posición privilegiada en el corredor, mira subir y bajar a la gente por las gradas, unos hacia el muelle para viajar a Bluefields y otros que retornaban a sus casas. A todos da saludos y adioses. Los concurrentes también se muestras animados, han saboreado varios tragos, tragos que son registrados en un cuaderno de cuentas por don Octavio y que serán cancelados religiosamente la próxima quincena de pago.

No me lo van creer, dice Tapalwas, todos dejan de hablar entre ellos, pero me sucedió en una Semana Santa ya lejana, cuando ustedes, menos El Africano porque él no tiene años, andaban en pantalones chingos. Salí temprano de la casa con mi hijo, el que ustedes llaman el Picudo, para evitar el sol. Bajamos el cayuco con los canaletes, las cuerdas, la carnada, machete y arpones. Remando sin ninguna prisa nos dirigimos a probar suerte al lado de los mástiles sarrosos del barco hundido que queda al lado de murito, al lado del muelle de los pescadores.

Era un Viernes Santo, un día claro, caliente, sin un soplo de viento y con las aguas de la bahía limpias y de color verde azulado. Un día tan calmo que ni siquiera se escuchaba el retumbo de las olas en la playa de El Tortuguero. Iba en busca de unos roncadores porque allí era seguro que picaban, así que le dije a mi hijo que gobernaba el cayuco, que se alineara al mástil en forma de 7 que sobresalía y a las ruedas sarrosas para amarrarnos a ellas.

Allí estuvimos un gran rato, pero nada picaba. Era tanta la calma que no escuchaba la música de la Rock-Ola de la cantina de Miss Lilian, el movimiento de los guardias en el guardacostas no se notaba, gente circular por el andén no se miraba, era una calma bien serena la de ese día. Al rato me sentí algo inquieto, algo dentro de mí me decía que teníamos que movernos de lugar si queríamos atrapar roncadores, así que solté el mecate y le dije a mi hijo que remáramos un poco más allá saliendo frente al lado del muelle de la aduana, pero sin adentrarnos en la corriente que, aunque no soplara viento y estuviera calmo, siempre había por la bajada de las aguas del río Escondido que buscan el mar hacia el lado de la barra y la isla del Venado.

Así que nos acercamos a la corriente, pero sin entrar en ella, de larguito, pero con el cauce del agua a la vista en su fluir hacia el mar. Tiré la cuerda y allí no más comenzaron a picar los roncadores de buen tamaño, hermosos y gordos. Saqué uno, dos, tres, cuando mi hijo me gritó que mirará hacia arriba.

El cielo estaba limpio, azulito claro, con nubes blancas sobre Bluefields y a la orilla del manglar pegado al mar, y vi una bandada de gaviotas que volaban sobre una mancha plateada que se reflejaba desde el fondo del agua avanzando contra corriente. Sentí un cosquilleo en mi cuerpo, pero nada que se igualara al miedo. Le dije a mi hijo que remáramos rápido hacia ese punto plateado que se veía en el agua y en un dos por tres, con ayuda de la leve corriente, nos acercamos.

Estábamos encima de la mancha plateada que resultó ser un cardumen de Róbalo, inmenso, tan grande que las aguas se pusieron plomizas en todo nuestro alrededor, desde el borde del muelle hasta allá a lo lejos en dirección a Half Way Cay y la isla Chiquita de Miss Lilian.

Miré hacia abajo, nunca antes había visto tantos róbalos juntos, tan grandes, tan hermosos, nadando sin ninguna prisa, sin nada que interrumpiera su nado, sin nada que los inquietara, y, por encima de ellos y de nosotros, la inmensidad del cielo limpio y claro con las gaviotas que volaban en círculos con su canto, un mugido sordo que subía de intensidad, como amenazándonos, hasta caer en una letanía aguda y estirada para seguir subiendo y bajando, como escoltando algo que no quieren que se vea ni se toque, algo que no es de éste mundo.

Me encontraba como ido, admirando esa belleza, eso que quizás sólo una vez en la vida puede ocurrir, cuando de pronto, quizás por el instinto de animal que llevamos dentro, me acordé del arpón. Me agaché para amarrarlo a la punta del bote, revisé la cuerda, la enrollé un poco y lo agarré con fuerza. A mi hijo le hice señas para que no provocara el más mínimo ruido con el canalete.

Dejé que avanzaran debajo del bote de canalete, estaba en guardia, sin prisa, pero el corazón me palpitaba tan fuerte como los cañonazos que tiraban los guardacostas cada vez que venía Somoza al puerto. De pronto vi uno grande, abrí mis piernas para pisar con fuerza los bordes del piso del bote y tomar impulso. Conté, midiendo el arponazo, uno, dos, y de pronto, a un lado del que había escogido, se me atravesó otro mucho más grande, un inmenso róbalo, el doble de tamaño, de unos cuatro metros de largo, al que a su paso los otros se apartaban abriéndole espacio para que se desplazara, mientras arriba las gaviotas revoloteaban como locas emitiendo sus graznidos amenazantes.

Este es, no puede ser otro, me dije y tiré con todas mis fuerzas el arpón. Se deslizó como una bala entre el agua, se insertó entre la cabeza y la primera aleta dorsal y, de un coletazo poderoso elevó sobre la superficie un estallido de agua tan altísimo que las gaviotas dejaron de graznar y desaparecieron con el cardumen.

La corriente se detuvo. Solamente quedamos el róbalo, mi hijo y yo en las aguas mansas. Unos segundos después, sentí el jalón igualito al de un remolcador que jala una ristra de doscientas tucas por el río Escondido. Caí de espaldas en el bote. El róbalo comenzó a jalar con tanta fuerza, a la velocidad de una panga con un motor de 45 caballos de fuerza, y en menos de diez minutos estábamos en la bocana del río Escondido, cerca de Schonner Cay. De pronto dejó de jalar y nos detuvimos.

Se cansó, ahora yo lo voy a jalar, le dije a mi hijo. Comencé a jalarlo, poco a poco, jalaba y jalaba con todas mis fuerzas y, cuando logro sacarlo a la superficie, mi hijo ya listo con el machete para darle en la cabeza y meterlo en el bote, vemos que es una tuca.

¡¿Dios mío, qué es esto?!, se repetía mi hijo una y otra vez al ver el gran pedazo de tuca que teníamos a la orilla del bote de canalete.

Cuando me volvió la serenidad, cuando toda la emoción de mi cuerpo desapareció, me senté en el plan del bote para pensar en lo que había sucedido. Nadie va a creernos, pensaba y le dije a mi hijo que remáramos lo más rápido que pudiéramos en dirección a El Bluff.

No nos dimos cuenta de cuantas horas tuvimos que canaletear para regresar a la casa, allá al lado del cementerio donde vivimos. Llegamos todos quemados por el sol y esa noche nos dio una calentura que nos hacía tiritar. Ustedes no me van a creer, pero de algo si estoy seguro, nunca más voy a salir de pesca en semana santa.

“Se fijan, camaradas, sólo guayolas nos cuenta”, dijo Rafael Montero.

“Ja, ja, ja, otra ronda y nos vamos”, dijo Pablo Álvarez mientras Zoilo entraba a la casa en busca de los tragos de guaro lija que don Octavio ya tenía servidos y anotados en el cuaderno.

 

De la Serie: La Guayolas de Tapalwas.

Foto de Internet.

27 de julio de 2021.