lunes, 7 de marzo de 2022

PANAMEÑA LINDA

 


Ella se fue una tarde.

Me dejo sus pasos,

su sonrisa, su mirada.

Su presencia sigue allí.

 

El cielo gris la despidió.

Desde lejos la vi.

Agitaba sus manos

en la popa del barco.

 

Camino frente a su casa,

respiro su dulce aroma.

Siempre está en el corredor,

pintando las uñas de sus pies.

 

La veo en el colegio

con su falda azul y blusa blanca.

Carga su bulto de cuero

y regresamos juntos en el barco.

 

Alta y de largas piernas.

De piel canela y gran sonrisa.

Todos nos enamoramos de ella.

Los mayores y menores.

 

Era la más linda del puerto.

Sus largos pasos con un porte altivo

y sus piernas de bronce al caminar

por el andén era un espectáculo.

 

Le decía adiós, adiós, panameña linda.


08/03/2022

viernes, 4 de marzo de 2022

UN BUEN CAZADOR

 


La península de El Bluff siempre ha sido un refugio de vida silvestre. Desde la zona de Kukra Hill y Laguna de Perlas, muchas especies huían de los incendios provocados en las plantaciones de banano y caña de azúcar, atravesaban la franja costera pasando por Falso Bluff y las lagunas de agua dulce hasta adentrarse en la loma del faro y el bosque ubicado en el extremo sureste, cercano a la pista de aterrizaje.

— Por eso me convertí en cazador, por la abundancia — dijo don Abraham Rodríguez, llamado Tapalwas con mucho cariño por los Blofeños.

Se encontraba frente a la escuelita de doña Carmelita, propiamente en la esquina de Miss Lilian. Era la hora del recreo y varios estudiantes lo rodeaban para escuchar sus anécdotas de otros tiempos. Entre ellos figuraban el Macho Silvio, Charol y Taigá, los que se habían separado de los chavalos menores que jugaban y corrían en el patio de la escuela.

—¿Qué cazaba y dónde? —preguntó Taigá.

—Mejor pregúntame que no cazaba. Porque te voy a decir que me recorría toda la costa, hasta llegar a Falso Bluff. Pasaba por la primera y la segunda laguna, me cruzaba en cayuco a Caimán Rock y me regresaba. Cuando no me iba bien, subía a la loma del faro, aunque al coronel Brenes no le gustara porque el mandador me corría, y luego me iba a la montañita de al lado de La Colonia. En otras ocasiones buscaba mis presas en los grandes árboles de esa época —dijo Tapalwas.

—¿Dónde le iba mejor? —insistió el Macho Silvio.

Tapalwás adoptó pose de inspiración y su mirada brilló más que las aguas de la bahía bajo el sol a las dos de la tarde. Guardó silencio por varios minutos mientras recorría con la mirada el corre corre de los chavalos en el patio de la escuelita y la algarabía que se formaba con ellos en la tienda de Toño Real y doña Estercita.

—Nunca fui a la escuela —dijo Tapalwas —. En mis tiempos de chavalo a uno le enseñaban las letras y los números en las casas, la mamá o los hermanos mayores que ya habían aprendido lo hacían. Con eso se tenía suficiente para defenderse en la vida, una vida que era más pausada, sin muchos problemas, sin muchos sinvergüenzas y léperos de los que cuidarse como ahora.

“Pero volviendo al caso, agregó, aprendí a cazar al lado del río Punta Gorda, en las tierras de la familia de mi mujer, los McRea. Esas enseñanzas me sirvieron para aprovechar la abundante caza en El Bluff. No me van a creer, pero de todo había en esta puntita. Es que los animales no son tontos, allá los sacaban corriendo con las quemazones y aquí se refugiaban porque nadie los andaba jodiendo, no como en estos tiempos que con costo se agarra una guardatinaja. Y hablando de guardatinaja, una vez me fui a la segunda laguna porque días antes vi el rastro de varias en la orilla”.

» Las lagunas era uno de los mejores sitios de caza, porque los animales descansaban y tomaban agua, se relajaban pues y yo aprovechaba. Un día me alisté, limpié bien mi rifle calibre 22 de cinco tiros, la Panchita me preparó una comidita, le di filo a mis cuchillitos y me fui muy temprano. Cuando llegue a la playa el sol salía en el horizonte y, luego de una hora de caminata, llegue al sitio. Recogí varios cocos secos, los abrí y puse el cebo al pie de un gran árbol de Mangle, a la orilla de la laguna. Me subía al Mangle y allí me estuve por un buen rato, esperando que aparecieran.

—Se va a acabar el recreo y usted no termina de contarnos —dijo Charol.

—No te preocupes —dijo el Macho Silvio. Doña Carmelita tiene visitas.

—Este chavalo es impaciente —respondió Tapalwas y siguió con su relato.

» Para ser un buen cazador hay que llenarse de paciencia. Y así me estuve por un gran rato. Vi que la marea estaba bajando porque Caimán Rock se miraba más grande y las gaviotas, pelicanos y tijeretas se posaban en las piedras cubiertas de algas. De pronto se aparecieron tres guardatinajas, hermosas, con el brillo característico de su pelaje y sus manchas blancas. Se acercaban al pie del Mangle donde tenía el cebo de coco, pero bien nerviosas como que se imaginaban que las estaba esperando. Dejé que comieran un poco de coco. Sus patas estaban dentro de la laguna como si se refrescaran después de una larga caminata entre el mangle, los cocoteros, icacos y uvas de mar. Apunté a una con el 22, respiré profundamente y veo en la punta de mira a un gran cuajipal que sale como volando del agua y la atrapa de un tapazo, le da dos mordiscos y se pierde con ella en el agua oscura de la laguna. Las otros dos desaparecieron en un segundo y me quedé oliendo la punta del rifle.

—Usted es un mal cazador —dijo Taigá. Le ganó el cuajipal —agregó.

—Pero debe tener otras historias —dijo el Macho Silvio.

—Tengo muchas, un buen cazador siempre cuenta sus historias, eso lo satisface, además del acto propio cazar, la excitación que se siente cuando vas tras la presa es algo único —dijo Tapalwas.

 » Una tarde me fui a buscar un venadito que andaba rondando el bosque ubicado entre la pista y las casas de la Colonia. Le seguí las huellas desde la punta de la pista y llegué hasta el bosque. Andaba preparado como siempre. Puse un cebo de banano maduro y me subí a un árbol de Guaba. Allí me estuve un rato pensando en mis tiempos de juventud, de las cosas que nos suceden y las que nos perdemos por no decidirnos. De pronto el venado se acerca a los bananos y comienza a comer. Le puse la mira fija entre los cuernos de tres puntas. Se agachó y comió. El venado es un animal super arisco y de pronto levantó la cabeza. Creo que sintió mi olor, pero apreté el gatillo y dobló sus patas delanteras. Allí quedó, entre los bananos. Cuando me bajé del árbol, en la mera frente tenía el orifico y sangraba detrás de la oreja derecha por donde salió el tiro.

—Ahora sí le creo que es un buen cazador —dijo Taigá.

—Las visitas ya se van —dijo Charol.

—¿Qué hizo con el venado? —preguntó el Macho Silvio.

—Cuente, cuente, que ya nos van a llamar —dijo Charol.

» Le hice un corte para desangrarlo. Lo levanté de las patas traseras y esperé un rato para echármelo a tuto. Tenía que subir la ladera de la loma y calculé que pesaba unas ochenta libras y en efecto, eso era lo que más o menos pesaba cuando lo levanté. Comencé a subir la ladera con el venado, el saco y el rifle a tuto. Avancé cuesta arriba unas veinte varas cuando sentí el triple de peso sobre mis espaldas. Ya me estoy poniendo viejo, me dije, traté de hacer más fuerza para culminar la ladera, pero daba pequeños pasos, casi no avanzaba. Así, poco a poco, llegué hasta la cúspide y decidí detenerme.

—Doña Carmelita nos llama, apúrese —dijo Taigá.

» Pues aventé al venado hacia un lado y cuando cae veo a un tigre que se lo estaba comiendo y me voy de rodada. Imagínense, venía cargando al venado y al tigre que se lo comía. Del susto salgo corriendo, pero me acuerdo del rifle, lo busco y ya no veo ni al tigre ni al venado. El tigre bandido se me robo el venado. Lo busqué por todos lados, dispuesto a cazarlo y recuperarlo, pero fue imposible ubicarlo. El tigre se escapó, pero dicen que una noche el coronel Brenes lo cazó en el tambo de la casa de los Bermúdez.

—Te imaginas que vas cargando un venado y encima va un tigre comiéndoselo —dijo el Macho Silvio.

—Vámonos, vámonos, doña Carmelita ya tocó la campanita —dijo Taigá.

—Ni guardatinaja, ni venado, ni tigre, nada puede cazar, solo puede contar sus guayolas, sus mentiras —gritó Charol y corrieron hacia el acceso de la escuelita.

—¡Los voy a acusar con doña Carmelita, son unos mal educados! ¡También voy a ir a quejarme a sus casas! —gritó Tapalwas mientras ellos subían las gradas de la escuelita de doña Carmelita.

 

jueves, 3 de marzo de 2022

De la Serie: Las Guayolas de Tapalwas.

sábado, 12 de febrero de 2022

VOLANDO SOBRE PIEDRAS

 


La sombra del tanque de almacenamiento de agua los protegía del sol de la tarde. En su base de concreto, elevada a la altura de una silla normal, estaban sentados y observando las prácticas del equipo de la Booth, llamado el Diablo.

Era un grupo de chavalos que tenían su propio equipo de béisbol, llamado la UVA. Todos eran menores de edad y se fogueaban con esmero para un día poder jugar con el equipo de la empresa, campeón de la liga de béisbol de Bluefields.

Estaban allí observando las habilidades y destrezas de los grandes, entre ellos, Charles Wilson, Woodrow Budier, Alvin Omier, Frank Roe y Rodolfo Watts, siguiendo las indicaciones de Victorino Castro, su entrenador y de Wilmore Hodgson, su manager.

Roberto Bartlett, gerente de la empresa Booth, llamado el Diablo, pasó saludándolos acompañado de don Pedro Joaquín Bustamente. Detrás de ellos iba Felipe, hijo del Diablo y Chapop. Ese día se iba a definir la conformación del equipo y los chavalos de la UVA estaban a la expectativa.

Siempre que daba inicio la temporada de béisbol, tres jugadores de la UVA eran convocados por el equipo el Diablo para jugar como novatos, lo cual estaba establecido en el reglamento de la liga. Las aspiraciones eran altas. Entre los chavalos que estaban sentados a la sombra del tanque, figuraban Chabelo, Mau Mau, Richard Allen y el Guerrito. Desde allí escuchaban el ruido de los motores de la planta que funcionaban las 24 horas del día.

A su derecha miraban hacia el plato y de frente a la tercera base. A su izquierda estaba la casa de don Chon Benavidez y el camino hacia la esquina de la capilla de la iglesia católica. Al fondo, más allá del jardín central observaban las casas de Wilmore Hodgson y su bar El Tipito, la de la Paca John y su bar el 7 Mares, y la venta y el Broadway Restaurant propiedad de William Gómez, todos ellos muy concurridos por los capitanes y marinos de barcos pesqueros.

Miraban el equipo que practicaba sus jugadas con esmero, cuando se acercó a ellos don Abraham Rodríguez, llamado Tapalwás con mucho cariño. Siempre aparecía en grupos que se reunían alrededor de la casa de don Octavio Gómez, en la esquina de la capilla católica y en cualquier otro acontecimiento a los que acudían los pobladores: velatorios, rezos, casamientos y bautizos. Sus pasos cornetos se notaron al instante, así como su buen vestir y su cara de platicador.

—El tiempo vale oro y vuela como corre las bases ese que va dando la vuelta por la segunda base —dijo al arrimarse al tanque.

—Ese es pitcher, se llama Davis Hodgson —dijo Mau Mau.

—Una vez, de joven, corrí más rápido que él —respondió Tapalwas.

—Eso fue hace siglos —dijo Chabelo.

—No te equivocas, fue hace mucho, pero mucho tiempo —dijo Tapalwas.

—Suéltela, cuéntela pues —dijo El Guerrito.

“Fue hace tiempo. Me encontraba a un lado del río Kurinwas esperando que su caudal bajara un poco después de tres días de lluvia. Una familia me dio posada en su ranchito y allí me estuve esperando. Miraba como hipnotizado el curso del agua que llevaba de todo: vacas, chanchos, palos, ramas y hasta un tigre trepado en las raíces de un tronco; todos iban zumbados, buscando el desagüe del río, en dirección a la Laguna de Perlas”, relató Tapalwas.

—¿Qué hacía usted por allí? —preguntó Richard.

» Eso es otro cuento, pero les quiero contar lo veloz que era. Así que cuando bajó el agua, al tercer día, me dispuse a cruzar el Kurinwas por la parte más estrecha, tal como me lo recomendaron los amigos de la ranchita.

» Me fui caminando río arriba y llegué a un estrecho de unos 30 metros. Revisé el cruce y decidí atravesar por unas inmensas rocas que sobresalían del lecho del río y que estaban dispuestas en toda su anchura. De un salto largo, más largo que Zamba Larga, me paré en la primera piedra. A unos dos metros estaba la otra y de un salto caí en ella. Sentí una leve sacudida, pero pensé que la corriente era capaz de socavar lo que se opusiera a ella, así que salté hacia la otra. Me encontraba más cerca de esta orilla que de aquella, así que salte una, dos y tres rocas.

» Ya estaba en la mitad del río cuando siento que la roca se mueve, que se va un poco de lado como que quisiera levantarse del lecho del rio y brinco hacia la otra que se mueve y veo hacia atrás y no están en su lugar las que había cruzado. Sentí mi piel como erizo de mar, los oídos me zumbaban como si tuviera cien grillos a mi lado, no me sentía la cabeza y el corazón me palpitaba como bombo de banda de música. ¡Dios mío!, ¿Qué es esto?, me dije, y sin pensarlo dos veces, salté hacia la siguiente piedra que se levantaba, luego hacia la otra, pero con una velocidad que nunca antes había experimentado.

» Iba volando sobre las piedras, tan rápido que apenas las tocaba con los pies, y así casi llego a la otra orilla cuando brinco en la última, y antes de caer en ella, veo que se mueve de lugar y me doy cuenta que es una tortuga de río gigante, inmensa, de unos tres metros de ancho y resbalo en el agua. Al lado de ella parecía un enano, dio la vuelta y me dio un coletazo que me aventó hacia la orilla del rio. Subí el borde agarrado de los matorrales y cuando volví la vista hacia las rocas, es decir a las tortugas gigantes, habían desaparecido”.

—¿Piedras que se vuelven tortugas gigantes? —preguntó Mau Mau.

—Por esta —dijo Tapalwas. Mostraba la cruz con sus dedos de la mano derecha.

—Ya quisiera yo poder volar así sobre las bases —dijo Richard.

—¡Muchachos¡, ¡allá viene Polo! —dijo Chabelo.

Eddie Bendlis Dixon, llamado Polo, era el manager del equipo de la UVA y se dirigía hacia el grupo que se había conformado detrás del plato. Allí estaban Victorino Castro, Wilmore Hodgson, Morsby Taylor, llamado Tuly y capitán del equipo, Roberto Bartlett, Elías Jureidini, representante del equipo y Polo.

—De seguro están poniéndose de acuerdo sobre los que vamos a jugar esta temporada con el equipo El Diablo —dijo El Guerrito.

—Don Tapalwas, ¿Qué era lo que andaba haciendo en Kurinwas? —preguntó Richard.

—¡Miren!, ¡miren!, Polo nos está llamando —dijo Chabelo.

—¡Vamos!, ¡vamos!, ¡apurémonos!, ¡apurémonos! —dijo Mau Mau.

—¡Ideay¡, ¡esperen!, ¡esperen!, les voy a contar qué andaba haciendo en Kurinwas —dijo Tapalwas, entusiasmado por continuar contando su aventura.

—¡Otro día nos cuenta esa guayola! —dijo el Guerrito mientras los cuatros corrían hacia el lado de primera base donde se encontraba Polo.

—¡Incrédulos!, eso es lo que son ustedes —gritó Tapalwas y se encaminó hacia el lado de la casa de don Chon Benavidez para dirigirse a su vivienda ubicada en el callejón pegado al cerco de la capilla de la iglesia católica.

Esa misma tarde los chavalos de la UVA festejaron en el Broadway Restaurant la incorporación al equipo de El Diablo de tres de sus miembros: Richard Allen, El Catracho y  Mau Mau. Jugaron en la temporada de 1974, año en que el equipo volvió a ser campeón en la liga de béisbol de Bluefields.

 

sábado, 12 de febrero de 2022

Serie: Las Guayolas de Tapalwas.

Foto: Equipo El Diablo, 1974.


sábado, 29 de enero de 2022

LA MALLA METÁLICA

 



Estoy aquí, con vos,

para decir que al salir

de casa vi la luz del sol

deshaciendo el rocío impregnado

en la vieja malla metálica.

 

Mi corazón, colmado de alegría,

dio gracias por un nuevo día,

gracias Dios por tu calidez,

por tu amparo,

por los espacios que se abren

en la malla oxidada,

por los pasos seguros de los que

salen de la oscuridad y la atraviesan

con el rostro en alto, iluminado por tu gracia.

 

Y en la luz,

regresan a casa, a sus familias,

juntos vuelven a bailar,

llenan sus estómagos y sacian su sed.

 

Y al hombre que por el camino iba

llamé para que diera fe,

seguimos luchando,

estamos vivos,

seguimos luchando.

 

No estamos muertos.


29/01/2012


martes, 18 de enero de 2022

LOS ESTIBADORES DE GANADO

 


Los hombres estaban reunidos en el muelle de la aduana de El Bluff. Eran seis de un grupo de más de veinte estibadores de ganado que esperaban el inicio de su jornada de trabajo. Bajo el alero del techo de zinc pintado en rojo, sentados en tablones de madera que se apilaban contra la pared de concreto, saboreaban el café de la tarde que Frank, el ayudante de cocina de Mr. Brown, les había llevado en una porra humeante y repartía en tazas de lata que rotaban entre ellos.

Los hombres se mostraban contentos, conversando amenamente en inglés creole. Frente a ellos, lo único que podían ver era el casco pintado de blanco del barco mercante llamado Martinik, nombre que ostentaba por ser originario de la isla Martinica, aun cuando la bandera panameña hondeaba en la asta de popa. Era una de los barcos que transportaba ganado desde El Bluff a las islas de las Antillas menores de Martinica, Santa Lucía y Granada.

A las diez de la mañana el Martinik había atracado en el muelle. Los estibadores lo esperaban desde las ocho. Habían construido el corral de barriles que contenían combustible, dos barriles eran la altura a sus lados y tenía su manga de acceso en el muelle. El corral se ubicaba al lado del barco y la manga en un extremo donde los lanchones que provenían del Rio Escondido y Loma de Mico hacían el desembarco.

Los estibadores de ganado eran altos, por encima de los seis pies y tres pulgadas, poseían anchas espaldas y brazos musculosos. Eran hombres comunes y corrientes que llevaban su vida en familia con normalidad, pero distintos porque eran más aguerridos, más fuertes y más decididos que los estibadores comunes que eran contratados para descargar la mercadería que los negocios de los chinos de Bluefields importaban desde Nueva Orleans, Tampa y Miami. Era un grupo selecto de black creoles que provenían de los barrios de Old Bank, Beholden y Cotton Tree; algunos de ellos llegaban desde Laguna de Perlas. Caminaban orgullosos por las calles en compañía de sus mujeres, con la mirada firme y la frente en alto. Tenían una particularidad en común: llevaban puestos sombreros al estilo de vaqueros.

Luego que tomaron café, Frank retiró las tazas de lata y las introdujo en la porra vacía. 

—Me voy, hay mucho trabajo en el comedor —dijo.

Se dirigió con su caminar alegre y zigzagueante hacia el lado del muelle donde estaban las pangas con el sol de frente. Se dirigía a la cocina de los estibadores ubicada casi enfrente de la agencia aduanera de don Octavio Bustamante.

—¡Allá vienen!, ¡allá vienen los lanchones! —se escuchó el grito de un chavalo proveniente desde el techo de la aduana.

“El Burro” (así le llamaban a Mosley Johnson, líder de los estibadores) salió de la sombra que le brindaba el alero y observó tres cabezas que sobresalían entre la cumbrera del techo de la aduana. Eran chavalos del puerto que siempre ocupaban ese lugar para tener una panorámica completa del proceso de desembarque del ganado de los lanchones, su traslado al corral de barriles de combustible y la subida de los mismos a las bodegas de los barcos mercantes. Era un gran espectáculo y ellos, Zamba Larga, Mario Tachita y Kalilita, no se lo podían perder.

—¡Ya vienen saliendo del rio! —gritó Mario Tachita.

—¡Son cuatro, cuatro lanchones! —agregó Zamba Larga.

Al escucharlos, Mosley corrió sobre la escalinata del Martinik y subió a la cubierta. Desde allí, observó el avance de los lanchones rompiendo olas en la desembocadura del rio para navegar a la orilla del manglar y sobre el canal que los llevaba con seguridad al puerto.

—¡Prepárense, prepárense, ya va a comenzar el rodeo! —gritó Mosley.

Sus compañeros se alertaron. Unos caminaron hacia el extremo del corral de tanques de combustible en busca de la manga, otros se distribuyeron entre esta y el corral mismo. Tres de ellos subieron al barco para bajar a la bodega y esperar la inestable carga. Todos llevaban en sus manos sogas de nylon y vestían su tradicional ropa de trabajo: pantalones de dril de color azul y camisas flojas con mangas de tres cuartos y cuello triangular.

Desde el balcón del segundo piso de la aduana, el coronel Alejando Peters se asomó como todos los días de la semana a realizar inspección de las labores que se desarrollaban en el muelle. Vio al Martinik atracado, la rutina de los guardias en el cuartel de los guardacostas y el movimiento de pangas en su ir y venir de Bluefields, barcos pos pos haciendo la travesía con mercaderías y varios pesqueros anclados en la bahía. Divisó a los lanchones que se aproximaban por el canal, provenientes de la desembocadura del rio Escondido. En el extremo oeste del muelle los estibadores de ganado revisaban la manga y el corral de barriles cerca del costado del Martinik atracado al muelle. Su rostro mostró una sonrisa de entusiasmo, dio un giro militar y su uniforme color kaki almidonado se batió al viento; entró a la oficina y se acomodó en su amplia silla de escritorio.

—Pi..li..to, Pi..li..to —dijo llamando con su voz baja y entrecortada a Pilito, su asistente personal para todos sus mandatos.

—Dígame, mi coronela —respondió Pilito en su manera de black creole al hablar español.

—Pre..pa..re to..do pa..ra des..car..gue de ga..na..do —dijo el coronel alma de niño.

El coronel miraba fijamente la estructura de techo del inmenso salón que funcionaba como su oficina y en el que se distribuían los escritorios de los funcionarios de la aduana.

—Ya ir, mi coronela —dijo Pilito y se retiró en dirección a las gradas que permitían bajar a la bodega.

A las cuatro de la tarde los lanchones se acercaron al muelle. Eran lanchones de madera con una caseta en la popa que contenía la cabina del capitán, cuatro camarotes y una letrina que sobresalía sobre las aguas de la bahía. La cubierta estaba forrada con tablones de madera a manera de corral y la popa era una rampa que al abrirse descansaba en muelle.

Desde lo alto del techo de la aduana los chavalos miraban un hervidero de cuernos y cabezas que se movían con nerviosismo dentro de los lanchones.

El primer lanchón maniobró contra la corriente para acercarse al extremo oeste del muelle, propiamente donde atracaban las pangas, mientras los otros estaban arrimados a babor del Martinik esperando su turno. Antes de iniciar el desembarco del ganado, las pangas habían sido ubicadas, bajo la dirección de Chicho Lacayo, panguero oficial de la aduana, entre la caseta de las pangas de la aduana y la carretera de macadán que circunvalaba ese tramo hasta el muelle de la Texaco y más allá hasta el plantel de la Booth, la empresa camaronera.

Dos marinos del lanchón se ubicaron en la popa y dos en la proa con los cabos listos para un amarre con seguridad. El capitán aceleró contra corriente y la proa tocó las llantas del muelle. Mosley Johnson dirigía la maniobra del capitán brindándole señales: levantó sus manos para indicar que desacelerara y los cabos de amarre fueron lanzados por los marinos de proa; Mosley los jaló con fuerza y los colocó en los bolardos de anclaje. Una ver sujetados, los marinos de popa caminaron con sus cabos por los costados del lanchón para tirarlos y dos estibadores de ganado los engancharon de tal forma que el lanchón quedó con las amarras en V de frente al costado del muelle. Mosley levantó la mirada y observó que el sol estaba sobre la isla de Miss Lilian.

La rampa del lanchón hizo contacto con el muelle y frente a ella estaba la manga de barriles de combustible. Desde lo alto, los chavalos escuchaban el pataleo de los cascos contra el fondo de madera.

Los marinos comenzaron a arrear el ganado que se mostraba extremadamente nervioso. Cuando el primer animal salió al muelle, desde el techo de la aduana se escucharon los gritos de los chavalos. Eran novillos de la raza Brahman de color blanco, con peso superior a los 500 kilogramos, criados y engordados en los sitios de la hacienda propiedad de Somoza ubicada en Loma de Mico. Los estibadores de ganado comenzaron a arrearlo con el mecate que sostenían en las manos, sin muestras de brutalidad, como expertos conocedores de su oficio. Con la soga en alto y agitando el sombrero, gritaban ¡muchacho, muchacho!, para llamar su atención, mientras el novillo cabeceaba arisco sin querer avanzar ni un palmo más en el muelle de concreto que contrastaba con las praderas verdes de pasto Pará, Estrella y Jaragua, cultivados en la hacienda del general donde habían sido criados.

Lo siguieron dos más, luego desembarcaron otros tres. Los seis novillos trataron de regresar al lanchón. Cuatro estibadores de ganado gritaban agitando sus sombreros frente a la rampa del lanchón tratando de atajarlos y evitando su retorno.

Mosley Johnson tiró el lazo de su cuerda sobre el primer novillo y la tensó con un movimiento de cintura y piernas cuando descansó entre los cuernos. El novillo dio un salto con sus cuartos delanteros y cabeceó girando hacia la manga de barriles. Sin detenerse, Mosley lo jaló con sus brazos musculosos y el cuerpo inclinado. El novillo lo siguió en dirección al corral de barriles mientras los otros lo perseguían, arreados por cuatro estibadores. El desembarco de ganado comenzaba a fluir y salían a la manga de tres en tres que luego eran arreados al corral.

Desde el balcón de la aduana, el coronel Peters, de pie y a su lado el sillón de escritorio, aplaudió la maestría de Mosley cuando enganchó el lazo en los cuernos y se hizo el sordo a los gritos de emoción que daban los chavalos desde el techo del edificio. El centro del corral poco a poco se fue llenando.

     Pi..li..to, ¿to..do es..tá se..gu..ro? —preguntó.

     Sí, mi coronela. El guardia no dejar bajar nadie por el grada de Juana Angulo y muelle del pangas. Todo estar cerrado y segura, nadie poder bajar a la muelle. Mister Allen y Bortey estar cuidando al lado del caseta de pangas. El gente tener que embarcar en el Texaco —respondió.

El coronel dio un suspiro de satisfacción y volteó la mirada hacia la isla de Miss Lilian, donde el sol caía sobre la isla de El Venado. En posición de firme dio un saludo militar a la tripulación del Martinik que también estaba expectante del desembarco del ganado en el muelle; le contestaron agitando las manos.

Comenzaron a mover la grúa de carga del Martinik, colocada sobre la cubierta frente a la cabina de popa y sobre la bodega, permitiendo la carga y descarga de mercancías desde el muelle, y viceversa.

Las luces del barco y de la bodega se encendieron y los chavalos bajaron del techo de la aduana. Caminaron en dirección a las gradas que daban acceso al andén, propiamente frente al taller de mecánica que dirigía Juan Ramón Acosta. Se sentaron sobre las barandas de concreto para ver el desembarco del ganado y escuchaban el sonido de la planta eléctrica que minutos antes Juan Ramón había encendido.

El muelle de la aduana, con todas sus lucen encendidas junto a las del Martinik y los guardacostas, aparentaba ser un salón listo para un baile de gala. Los resplandores de las luces se miraban en las casas ubicadas desde la cantina de Miss Lilian hasta el final del andén frente a la casa de los Álvarez, al lado de la capilla, el campo de béisbol, el sector de los putales, desde la punta de Old Bank y todos los muelles de Bluefields.

Sesenta novillos ya habían sido desembarcados del lanchón. Cada cierto tramo de la manga, los estibadores los habían separado con tablones de madera en grupos de diez para que no se aglomeraran en el corazón del corral donde estaban los primeros seis desembarcados.

—¡Listo, listo! —gritó Mosley Johnson al operario de la grúa del Martinik.

—¡Allá vamos! —respondió el operario de la grúa en francés creole.

Los tripulantes que participaban en la maniobra de carga ocuparon sus posiciones en la cubierta a los lados de la bodega. Con las palancas y pedales el operario maniobró el guinche para movilizar el puntal de la grúa hacia el muelle; un inmenso gancho de carga adherido a gruesas cadenas comenzó a bajar. Tres estibadores jalaron el gancho hacia el extremo más cercano del corral al barco y el puntal de la grúa giró a esa posición.

Dos estibadores le amarraron las patas traseras y delanteras con mecates cortos al novillo que Mosley tenía lazado de los cuernos. Otros dos estibadores cruzaron tres gruesas correas de cuero con argollas de acero por debajo de la panza y sobre el lomo, y de inmediato las colocaron en el gancho de carga.

—Arriba y despacio —gritó Mosley y soltó el mecate de los cuernos.

El operario de la grúa elevó la cuerda a un metro sobre el muelle, lo suficiente para que los estibadores se aseguraran que el novillo estaba bien sujetado. El animal mugió, cabeceó y pataleó al sentirse en los aires y las correas se ajustaron en su contorno.

—Todo bien —dijo uno de los estibadores que sostenía el mecate que sujetaba el gancho.

—¡Súbanlo! —gritó Mosley al operario de grúa.

El novillo se elevó lentamente sobre el muelle. Los estibadores que sostenían la cuerda del gancho fueron cediendo poco a poco a medida que tomaba altura. El puntal de la grúa giró hacia la cubierta del barco, con el novillo en los aires debido a que dos miembros de la tripulación lo jalaban desde la cubierta; el operario lo direccionó sobre la bodega del barco y procedió a descender la carga hasta que se perdió de la vista de Mosley.

En la bodega, dispuestos tablones a lo largo y ancho a manera de corrales, los estibadores de ganado lazaron al novillo cuando tocó piso. Lo soltaron de las patas y lo arriaron en una manga hasta ubicarlo en la sección derecha de la bodega; los siguientes en la izquierda, y otros en la derecha, así hasta equilibrar el peso. Por encima de los corrales el pasto se almacenaba en entrepisos, el agua se distribuía en barriles cortados por la mitad, colocados entre el pasillo central y los corrales, en suficiente cantidad para alojar dos mil novillos en una travesía de tres días.

El primer novillo había sido embarcado y de inmediato procedieron a lazar otro en el muelle, esperar el gancho de carga con los mecates y amarrarle las patas para seguir embarcando la carga viva.

Desde el balcón, el coronel Alejandro Peters se mostró satisfecho con la maniobra que hacían los estibadores de ganado y se levantó de su sillón. Con otro saludo se despidió de los oficiales del Martinik que estaban pendientes desde el pasillo de la cabina del capitán. Su reloj Seiko de oro marcaba las siete de la noche.

—A..com..pa..ñe..me —dijo el coronel— . To..do es..tá en or..den.

—Sí, mi coronela —respondió Pilito.

Entraron en el salón de la aduana y Pilito cerró las dos hojas del portón metálico del balcón, pero dejó las luces encendidas, pues en ocasiones el coronel regresaba más tarde a seguir viendo la carga del ganando, una diversión que lo sacaba de la rutina diaria.

Luego de embarcar al primer novillo, los estibadores de ganado se movieron con mayor rapidez para seguir en la maniobra, con la confianza adquirida por los años en esa labor que hacen solamente los hombres rudos, valientes y decididos, sincronizando sus tareas para cumplirlas con satisfacción a la voz de mando de su líder.

Los chavalos seguían pendientes de las labores de los estibadores. Iban a ser las nueve de la noche cuando Mr. Allen subió las gradas en dirección a su casa.

—No se ha dado ningún accidente —dijo Kalilita.

—¿Recuerdan cuando se fue un novillo al agua? —preguntó Zamba Larga.

—Y del que se soltó de la grúa y cayó al muelle. Las patas se le quebraron, ¿se acuerdan? —secundó Mario Tachita.

—Nunca se me olvida —dijo Kalilita. Cuando Chicho Lacayo vio que el animal cayó al agua, corrió hacia la panga, encendió el motor y tres estibadores de ganado se subieron. La corriente lo llevaba hacia el lado del muelle de la Texaco, con rumbo hacia el muelle de la Booth y hacia la barra. Era carne fresca para los tiburones. Los estibadores lo lazaron de los cachos y la cabeza, lo pegaron a un costado y Chicho Lacayo maniobró la panga con mucho cuidado; el motor a poca velocidad para que no se ahogara, así hasta salir al lado de la ensenada, cerca del muelle de la Texaco. De allí lo arriaron por la carretera de vuelta al muelle y lo metieron en la manga de barriles —agregó.

Desde las barandas de las gradas escuchaban los motores del Martinik, el ruido del guinche, el eco de los gritos de los estibadores de ganado y el motor de la planta eléctrica de la aduana. El cielo sobre la bahía se mostraba limpio, con miles de estrellas que brillaban parpadeantes; una brisa fresca proveniente de la playa de El Tortuguero acariciaba sus rostros.

—Me acuerdo del que se soltó de la grúa —dijo Zamba Larga. Se desprendió del gancho antes de que la pluma girara hacia la bodega del barco. Al caer en el muelle no lo pudieron levantar, tenía las patas quebradas. Desde el comedor de los estibadores llegó Mr. Brown con sus filosos cuchillos. Allí mismo, a un lado del corral, bajo el alero de la aduana, lo destazaron y se repartió la carne entre la tripulación del barco, los guardias y los estibadores —concluyó Zamba Larga.  

—¡Allá vienen!, ¡allá vienen! —alertó Kalilita.

Eran los estibadores de ganado que se aproximaban a las gradas en dirección al comedor donde Mr. Brown los esperaba con una cena suculenta, luego de cargar los novillos de dos lanchones y dejar a los otros dos en espera de una hora. Subieron sin prisa, con sus rostros cansados y camisas sudadas, pero conversaban y reían entre ellos.

—Adiós, Burro —dijo Mario Tachita, dirigiéndose a Mosley Johnson.

Mosley se detuvo, retrocedió y se acercó a ellos. Expectantes, los chavalos lo miraban con admiración: era el jefe, el líder de los estibadores de ganado. Mosley se quitó el sombrero y les dio un fuerte apretón de manos con su mano derecha, y con la izquierda golpeó suavemente sus hombros como cuando saludaba a sus compañeros.

—Adiós, amigos —dijo. Y siguió subiendo los escalones.

 

18 de enero de 2022


viernes, 3 de diciembre de 2021

LA VENCEDORA DEL FIERO DRAGÓN

Iniciando diciembre, he estado escuchando las canciones de la Purísima. Es inevitable. Se oyen al pasar por el parque, en los barrios y hogares donde realizan la novena dedicada a la Virgen de la Inmaculada Concepción. Escucharlas me trae gratos recuerdos, aquellos que siempre regresan en la época navideña.

Recuerdo a mi querida hermana, Indiana de la Concepción, y mis ojos se llenan de lágrimas, mi corazón de dolor por haberla perdido hace casi cuatro años. El 2 de diciembre hubiese cumplido 60 años. Siempre estará en mi corazón.

En la casa de mi abuela Manuela, en El Bluff, se celebraba la Purísima. Disfruté ese festejo cada año, junto a mis hermanos, primos y primas, y los amigos de El Bluff que crecimos juntos en esa época del floreciente puerto.

Un mes antes del evento, mi abuela Manuela iniciaba los preparativos para la celebración de la novena y la gritería. Familias de Punta Gorda, principalmente los McRea, la proveían de caña de piña, limones dulces y naranjas. Desde Masaya le llegaban dulces, gofios, chicha, canastas, bolsas con imágenes de la Virgen y otros productos que ella distribuía.

Mi abuelo Felipe se encargaba de asegurar la pólvora, toda ella importada: triquitracas, buscapiés, cohetes comunes y de colores, carga cerrada y morteros. Llegaban en barcos mercantes para abastecer a los establecimientos chinos en Bluefields; los descargaban en la bodega de la aduana y luego los transportaban en barcos pos pos a Bluefields. Mi abuelo realizaba su pedido con anticipación, y a sus nietos les hacía estallar la pólvora antes de que llegara a Bluefields. En una de esas ocasiones, sin tener experiencia, un paquete de triquitracas explotó en mi mano. Imagina el dolor y el ardor, hasta que mi mamá me aplicó un ungüento y sentí alivio. Sin embargo, nunca más me volví a quemar.

Mi abuela contaba con la colaboración de un grupo de mujeres devotas, incluyendo a mi mamá, mis tías Magdalena y Merchú, las primas, y otras que la visitaban para preparar el altar de la Purísima. Realizaban esta tarea con esmero, prestando especial atención a los detalles.

La sacaban de una vitrina donde la guardaban todo el año, la limpiaban y le ponían un vestuario nuevo en colores celeste y blanco, preparándola para su asunción al cielo. De igual manera, se encargaban del altar, situado en una esquina de la sala. Creaban un cielo con papel blanco y algodón, colocando la luna, una serpiente y los ángeles a los pies de la Virgen. Estos angelitos los confeccionaban con mucha paciencia, formando un grupo de caritas bonitas.

Tan grande era mi entusiasmo que estaba listo, a la espera de las siete de la noche, para participar en la novena de la Virgen. Solo tenía que cruzar el patio e ingresar a la casa de mi abuela. Un ambiente festivo me recibía. La alegría se reflejaba en cada rostro: mis primas Zenaida, Melba, Martha, Claudia,  el primo Edwin y tía Magdalena; mi madre, Indiana y Tony; mi abuelo con los encargados de tirar la pólvora y los cohetes, más felices que todos porque les repartía tragos de guaro lija; mis primos José Manuel y Javier con mi tía Merchú, encargada de los cantos, y tío Felipe; Ivette, Patty y Cesar con tío Pablo y tía Marina. La gente llegaba con alegría, la sala se llenaba, algunos de pie y otros sentados, con los cantos dedicados a la Virgen.

Mi mayor alegría y emoción explotaban en gritos cuando se cantaba "Dulces Himnos". "Dulces himnos cantando a María, vencedora del fiero dragón". En ese ambiente de fe y esperanza, María era mi heroína, mi protectora contra el fiero dragón. Lo vencía, exterminaba a esa fiera maligna.

Hoy, al recordar esos momentos, pienso en mis seres queridos que están junto a la Virgen, a la que le dejo todas las noches una lucecita encendida. Le pido por la familia, que nunca nos falle y que nos de fuerzas para que vencer al fiero dragón que tanto daño hace.



3 de diciembre de 2021
Actualizado: 6/12/23
Foto Propia.

 

martes, 9 de noviembre de 2021

LA HORA DE LOS NOVIOS



Es casi la hora. Comienza a alistarse, pero algo en el aire no le permite lograr la calma que brinda la seguridad. Ordena y guarda el legajo de carpetas llenas de papeles; son encuestas que ha realizado en los barrios criollos de Bluefields para conocer más a fondo la problemática por la que atraviesan.

Recibe varias llamadas telefónicas que le pasan desde la centralita, y siempre anota el número telefónico y el estado de ánimo de la voz que escucha en el auricular. A veces son voces de mujeres que imagina; otras son hombres apresurados, con problemas que piden soluciones.

Entre el ajetreo de la oficina, sus compañeros ya están listos desde las cuatro y media, y la mayoría ha jugado el quinto partido de solitario en media hora. Sus documentos los ha guardado en su respectivo mes, y estos en un Ampo ordenado por año que acomoda en los estantes adheridos en las paredes.

Son muchos años en lo mismo, una rutina que no declina, pero la soporta. Ha visto de todo, comienzos y finales; no espera nada de nadie, solo le interesa su trabajo y ella. Ella le ha durado; su cariño ha crecido, y el secreto que guardan se manifiesta al verla. Con eso no puede, no podrá, aunque lo mantenga enllavado en el cementerio donde no alcanza un alma más, y está consciente de ello. Esa es su manía: ordenar y guardar todo. Guarda bien el secreto, se aleja de tertulias y habladurías. Evita los problemas, espera su momento; es su vida y no le interesa la de otros.

La hora se aproxima. Ya arregló el escritorio. Todo está en su justo lugar: la engrampadora, un caracol de mar que usa como pisapapeles, el vaso con los lapiceros, la taza para el café, la lupa, la computadora, la libreta y su sello de recibido. A esta hora espera una señal, solo para que su vida cambie. Por ello está tranquilo; sin inquietudes, aunque no esté, hasta ahora, muy seguro. Su corazón palpita con normalidad, pero a medida que pasan los minutos, siente cómo se le aceleran los latidos y el fluir de la sangre por sus venas. Está atento a la puerta; de reojo ve el reloj colgado en la pared cuando de pronto se abre la puerta, y el asistente de la oficina le entrega un sobre. Lo abre, mira el contenido, su cara muestra una sonrisa; lo cierra y lo guarda bajo llave en la gaveta principal.

Su semblante ha cambiado. Agarra la chaqueta que está colgada del respaldar de la silla giratoria y se la acomoda sin prisa, al igual que la gorra azul. Con la mano izquierda sujeta el maletín de cuero y se levanta dichoso. Se dirige hacia la salida para abandonar la oficina, ubicada en el edificio que sustituyó al Instituto Cristóbal Colón donde estudió bachillerato con sus amigos. Dice adiós y les desea buenas tardes a todos los que encuentra en las escaleras. Las mujeres le sonríen en el pasillo. Aunque imagina sus sospechas, siempre va a tener esa duda en su mente que hace el cálculo matemático y algebraico en el aire. A las sonrientes les da besos y abrazos. Va feliz, y ellas quedan felices.

Atrás deja el portón después de fichar la tarjeta que ha odiado toda la vida porque siempre ha dicho que no es un reo, que es libre. ¿Cómo no serlo si siempre ha luchado por la autonomía, la de su región y la propia? Porque cuando un hombre no tiene autonomía, no tiene nada más, aunque intente disimular la necesidad de laborar por una mala paga. Pero aun así, va contento, ilusionado, va seguro; su hora se acerca y mientras se dirige a su casa, piensa en ella.

Cruza un costado del parque, mira hacia lo alto, por encima de los centenarios árboles de caoba, y el cielo gris lo pone en alerta. La gente se dispersa, da dos vueltas por acá, tres por allá, y sigue rectecito. Le pide al Señor que no llueva, que no broten charcos, que no se inunden las calles para que a ella no se le mojen los piecitos. Y si llueve, Señor, no pongas el cielo más oscuro, porque, de lo contrario, el vendaval hará que se arrepienta y me deje esperándola. Señor, acompáñala en el trayecto. Y así, entre diciendo adioses a su paso, viendo hacia lo alto y las plegarias, ha llegado a su casita de alquiler en el barrio Nueva York.

Después de abrir el portoncito de hierro del corredor, se quita los zapatos. Abre la puerta de la sala, entra y la deja sin seguro. Pone el maletín en una repisa ajustada a la pared, cuelga la gorra en un clavo y a su lado la chaqueta. Enciende la radio Sony portátil que siempre lleva a todos lados porque la televisión es su enemiga, y con delicadeza va regulando el dial hasta ajustarlo en la frecuencia 97.5 FM, su estación preferida.

Mira alrededor, abre la ventana, pero cierra la cortina. Arregla la cama, acomoda las almohadas, sacude la hamaca y sonríe. Limpia la mesa. Revisa los vasos, el hielo en el termo, el galón de agua, la botella de ron, la candela, los fósforos, la galleta de soda y una lata de choricitos de Viena. Cambia de ropa; se pone un pantalón corto, una camiseta y se calza las chinelas. Se siente cómodo y se sirve un trago de ron en las rocas. Enciende la candela.

En sus recuerdos, la ve chavala, en el vecindario, en la matiné del cine Variedades por las tardes de domingo y con su traje de baño en el Pool, aún casi una niña, con sus piernas largas de flaca esbelta, su pelo negro en trenzas, sus labios acorazonados y sus gritos y risa de felicidad en compañía de sus primas y hermanos. Ahora todos ellos, sus amigos de siempre, han emigrado de la ciudad puerto que nunca olvidan y la cual permanece en un estado de nostalgia entre sus pobladores por el esplendor y la gloria de su pasado. De pronto, abandona el vaso y sale al patio de la casa. Regresa con un balde de agua, una pana y una jabonera. Del cuarto toma una toalla y los acomoda en el pequeño baño.

Se asoma a la calle por la ventana, ve la tapia del estadio. No hay mucho movimiento; está oscureciendo y comienzan a caer gotas de lluvia sobre el techo de zinc. La hora de los novios se anuncia en la radio y, al sonar la primera canción, abren la puerta suavemente. Escucha que la cierran con suavidad; la lluvia arrecia, y en el umbral de la puerta aparece ella.

Apaga las luces. El mundo exterior desaparece. Ya no es él, y en los brazos de ella, su vida vuelve a renovarse a la luz de una vela.

 

8/11/2011

Foto propia.


sábado, 9 de octubre de 2021

EL PEÑÓN DE NUEVA GUINEA




Siempre que paso por la calle central le dirijo la mirada. El lugar me evoca momentos de una época difícil que forma parte de la Nueva Guinea de hoy.

Me veo sentado en una mesa del pequeño corredor que da a la acera y a la calle de macadán, una calle lodosa y con baches provocados por la lluvia y el tránsito de camiones y buses. Allí estoy con ellos, mis amigos de otros tiempos, saboreando una taza de café con un pastelito de piña elaborado por manos caseras, en una de las tantas tardes que frecuenté el lugar.

Era un lugar absorbente, con varias mesas distribuidas en un gran salón que siempre estaba impregnado de aromas dulces que fluían de varios escaparates de repostería donde mostraban las delicias de la casa —tortas, pasteles decorados, panes—, complementados por un menú de comidas, plantas ornamentales distribuidas entre las mesas, una pecera con peces multicolores y la atención exquisita de su propietario, don Ramiro Luna (QEPD) y su esposa, auxiliados por varias muchachas agraciadas.

Acudía después de las cuatro de la tarde, pero en ocasiones lo hacía en el descanso de la diez de la mañana. Las charlas con los amigos siempre fueron amenas, propias del entorno de esos tiempos cuando la gente se recuperaba de la guerra, se trabajaba por la paz y la reconciliación entre las familias y entre contras y sandinistas. Charlas excitantes, pasionales, donde siempre afloraba el trabajo por el desarrollo de una Nueva Guinea totalmente deprimida. Tiempos esos en los que las colonias y las comarcas comenzaban a repoblarse con familias que regresaban para comenzar de nuevo, una vez más.

Era la época en que mis calzados obligatorios eran las botas de guardia o las botas de hule porque las calles eran prácticamente un verdadero lodazal y debía usar una chaqueta por el frío provocado por torrenciales lluvias. Las farmacias existentes eran tres, nada más. La calle central no se había adoquinado. La casa comunal era la mejor discoteca y desde los jueves se llenaba a reventar bailando al ritmo de la canción “que traigan los bomberos porque me estoy quemando”. Los bares más frecuentados eran el de la Hilda y el de la Mencha. La única gasolinera existente era la de don Jesús Valle.

Para poder comunicarme fuera de Nueva Guinea, en caso de una urgente necesidad, tenía que acudir a una casita vieja de madera ubicada al lado del edificio de dos pisos de la alcaldía donde funcionaba Telcor y allí te enlazaban con otros lugares del país hasta contactar el número solicitado. Para enviar mensajes a los pobladores de las colonias y comarcas hacía uso de una pequeña radio que funcionaba en el segundo piso de una casa donde hoy funciona el GMG. Las zonas 5 y 6 eran barrios de plástico donde la gente se asentó por la guerra al abandonar sus parcelas y, en ellos, comenzaban a construirse las primeras casas de madera, así como en la llamada “ciudadela” con el apoyo de la cooperación española. No existían sistemas de agua potable confiables, el cólera azotaba en comarcas y colonias, las escuelas estaban literalmente destruidas y los caminos eran intransitables, solamente los camiones IFA de doble tracción los recorrían. La producción agropecuaria prácticamente no existía.

Esa era la Nueva Guinea de esta época en que me encontraba con mis amigos en la soda El Peñón. A veces pasaban por mi oficina exigiendo una pausa y en otras habíamos acordado encontrarnos allí.

Ahora, con el paso del tiempo, estoy nuevamente frente a El Peñón. Me bajo del jeep y con mi teléfono le tomo una foto. Es la misma peña de piedra, pero cuando veo la foto pienso en cada una de las historias de esa época, de los momentos agradables que tuve en ese local que ya no existe, donde han desaparecido mesas y escaparates, los aromas exquisitos han sido sustituidos por otros, olor a mercaderías, a telas, a cajones de basura en la acera y por el gas que escapa de los vehículos que no dejan de circular por la calle ahora adoquinada.

Todo es diferente, pero el Peñón, la piedra, sigue allí, ahora remozada con pintura de color gris. Guardo el teléfono y entro al local donde ahora funciona una distribuidora de diversos productos que lleva su nombre. Voy en busca de unas camisetas de talla S para mis nietas y de paso compro ciruelas, jalea y un vasito de chimichurri. Una muchacha guapa y amable me atiende. Al llegar a la caja, le pregunto a Wilber Luna, sobrino de don Ramiro Luna, sobre la historia del nombre El Peñón.

Don Ramiro vivía en Costa Rica, para allá se había ido por la guerra y logró montar un negocio de bisuterías, vendía agujas, hilos, botones y otras cosas, de todo un poco. Aquí nos pusimos de acuerdo y se acabó la guerra, y él se vino de regreso a Nueva Guinea, estableció el negocio y fue progresando poco a poco en ese ambiente de postguerra.

En Costa Rica tuvo un amigo de origen israelí que tenía un negocio de telas llamado “El Peñón” y por ello, por la buena amistad que tenía con el israelí le puso el nombre al negocio. Pero don Ramiro siempre estaba inquieto con el nombre, algo le hacía falta para completar el negocio, una marca, un emblema, un símbolo, algo que completara el círculo del negocio y, de pronto, con resolución se fue para la Colonia San Antonio y les dijo a unos buenos hombres que le sacaran una hermosa laja del río. Desde San Antonio se trajo la piedra, el peñón, que cerraba el círculo del negocio y su nombre. Y allí enfrente, a un lado de la acera, instaló el gran pedazo de piedra.

Esa es la historia del nombre de la soda El Peñón, ahora lo sé, pero las historias vividas en esos años en que acudía con mis amigos a saborear una taza de café con un pastelito son imborrables. Allí me acompañaban en las mesas del corredor, Pío Martínez, Toño Vargas, Francisco García, Ramiro González, Oscar Sánchez y otros muchos más que ya se han ido y viven en los recuerdos.

Cada tarde lluviosa en El Peñón de ese entonces es una historia distinta, un rato ameno para hablar sobre los planes institucionales, los retos cambiantes, tareas a realizar en búsqueda del actuar conjunto para maximizar los esfuerzos. Pero también, allí sentados, programábamos actividades recreativas que se materializaban en fiestas de traje que más de una casa se prestaba a ello con las que hacíamos un poco más llevadera nuestras vidas nocturnas en la Nueva Guinea de esa época.

Ahora, el edificio de la soda El Peñón de ese entonces, se ha dividido en dos. Uno que es la distribuidora y el otro un negocio de piñatas, flores, cuadros y de todo un poco. Pero frente a ellos, a un lado de la acera, vas a encontrar el Peñón sembrado por don Ramiro Luna, el que ha sido testigo de una parte importante de la historia de Nueva Guinea, resistiendo en la intemperie la inclemencia de los elementos de la naturaleza, como el mismo pueblo que siempre resiste y enfrenta nuevos retos para sobrevivir en una época distinta.

8 de octubre de 2021

Ronald Hill A.