miércoles, 20 de abril de 2022

EL HOMBRE DEL BASTÓN HA MUERTO

 

El hombre sostiene un saco de bramante con su mano izquierda y con la derecha un palo de escoba que le llega casi al hombro. Lo usa de bastón. Da un paso inquietante, es un paso tembloroso, un paso que casi se sale de la línea de sus pasos, pero el palo lo mantiene en equilibrio. Así avanza con el saco y se dirige al andén del parque.

Va a subir las gradas de la esquina noroeste. Sube su pie izquierdo en el primer escalón y con fuerza se apoya en el bastón. Levanta su pie derecho y sube. Mantiene el aliento y exhala, un esfuerzo que se muestra en su rostro moreno, rostro de abandono, arrugado por el paso de los años. Es un hombre delgado que cubre su cabeza con una gorra.

Así, poco a poco, sube las siete gradas para acceder hasta el andén. Culmina y se detiene, vuelve a respirar. Desde allí observa dos esquinas, pero no puede observar la que ocupa el vendedor de frutas. Decide cruzar el parque y se dirige al andén del centro. Va en dirección a la caseta de los lustradores.

Son las seis de la mañana y la neblina aún no se disipa. Las palmeras, los almendros y las acacias desprenden gotas microscópicas que caen en el andén, sobre los laureles y los hibiscos, manteniendo la frescura de esa manzana de terreno que en otros tiempos fue el centro de Nueva Guinea.

En la acera de las casas del costado norte, varias mujeres barren la cuneta, recogen la basura en medios barriles de plástico y sacos, y una la barre hasta la acera del parque para que la empleada de la comuna la coloque en el contenedor que se encuentra ubicado a un lado de la calle.

El hombre del bastón en su andar tembloroso también recoge basura, pero de otra índole. Ese es su mayor esfuerzo: sostenido del bastón, que tiembla por su peso, se agacha lentamente, toma la botella, se incorpora y la coloca dentro del saco. Un gran suspiro es el premio a su esfuerzo. Se esmera por levantar botellas de plástico, principalmente aquellas que fueron abandonadas por la noche entre las bancas y andenes, botellas de refrescos y de aguardiente, latas de gaseosas, de jugos y de cerveza. Son las muestras del disfrute de bebedores nocturnos que se ubican en las bancas del costado norte y en los alrededores de la glorieta. Un paraíso que por las noches les brinda invisibilidad aparente.

Frente al puesto del frutero, bajo la sombra de un árbol de aguacate, al lado de una banca, hay varios sacos acomodados y amarrados. El hombre baja del andén y camina hacia ellos por el suelo pelado, sin grama, sobre la tierra desnuda, entre la sombra de los árboles. Los observa con detenimiento como sacando la cuenta de su contenido.

Otro hombre se le acerca. Ha aparecido por el lado de la esquina suroeste, proveniente de la calle central. Es un hombre más corpulento, cabeza redonda con abundante cabello negro tendiendo a cano que la mantiene siempre viendo el suelo, con el rostro surcado por arrugas y muestra una sonrisa como si hubiese sido tatuada permanentemente. Es un poco más bajo que el del bastón. Lleva ropa que aparentemente no se cambia en días. 

Son hombres sencillos, de hábitos etílicos sin duda en el pasado, pero se ven contentos al estar juntos. Me doy cuenta de su camaradería y sigo en mi caminata, pensando en ellos. Me pregunto de dónde son esos hombres desgastados por la vida, ¿si tienen familia, sabrán de ellos? Quizás tenían mujer, su esposa, y posiblemente las vueltas que da la vida los separó de ellas por distintas circunstancias como suele suceder. La vida en un instante da un giro y se torna brutal, arrastrándonos hacia un abismo oscuro y doloroso que doblega nuestra voluntad.

Poca gente circula por el parque a esta hora. Varios chavalos juegan futbol en la cancha, son los que gritan y ríen, y dos o tres mujeres trotan por el andén, dando las vueltas que tiene programadas en su rutina diaria. Los trameros se están desperezando, el frutero levanta la carpa lateral del tramo para comenzar a trocear las frutas de la venta mañanera. Los vigilantes cambian de turno y la mujer de la limpieza sigue en su afán de rastrillar y recoger la basura que luego deposita en el contenedor.

El hombre del bastón ha bajado las gradas en compañía del otro hombre. Han cruzado la calle y se encuentran a la orilla del muro perimetral hecho con piedras canteras de una casa vecina. Sobre el muro hay varias tablas viejas recostadas en un ángulo de casi 45 grados que dejan un espacio en la base de casi dos metros de ancho con la pared, todas cubiertas con ramas secas de palmeras. Desde el lado izquierdo, el hombre del rostro arrugado y de sonrisa permanente, ayudado por el del bastón, aparta ramas de palmeras, ramas de otros árboles ya secas y plástico negro que han sido colocados como tapadera del espacio que se forma adentro, entre las tablas y la pared del muro. Es la guarida del hombre del rostro arrugado y sonriente, es amo y señor de su mansión. Sacan bolsas de plástico quintaleras y más sacos. Conversan entre ellos, se notan contentos. Los toman y vuelven a caminar hacia el parque.

He dado ocho vueltas y ahora han trasladado a la caseta de los lustradores todos los sacos con su contenido valioso. La camaradería aflora entre ellos. Allí, en esos sacos está el esfuerzo de recolección de la noche, la madrugada y las primeras horas de la mañana. El hombre del bastón es el principal recolector y descansa en el corredor de una de las casas de los alrededores del parque durante las noches para protegerse de cualquier delincuente desbocado y violento que circule o frecuente el parque.

Son hombres gastados por el tiempo que ahora viven de la recolección de desechos para venderlos en un puesto de acopio que luego vende a un intermediario que se los vende a otro y así, hasta que al final llegan al centro de reciclaje. En sus rostros se nota la alegría al contar el esfuerzo de una noche y una mañana.

En sus conciencias cargan las consecuencias de las decisiones que un día tomaron, pero en ese ambiente y entorno, están contentos. Viven su vida y son felices a su manera sin que ningún egoísta y malicioso oportunista, por el momento, trate de destruir el modo en que se ganan la vida. 

Su vida se ha apagado hace tres días. Su compañero recolector me lo ha dicho hoy por la mañana. Con razón, le dije, tengo dos días de no verlo. Le agarró algo feo, como basca y no podía respirar. Lo llevaron al puesto de salud y luego al hospital, allí falleció, dijo.  La vida de Pedro José Marenco Medina, llamado "chabelo", se ha apagado. Lo extrañare todas las mañanas en mi caminata por el parque. Descansa en paz.


Martes, 19 de abril de 2022
Nueva Guinea, RACCS.
Foto propia.
Actualizado 18/11/2023. 

viernes, 8 de abril de 2022

45 AÑOS DESPUÉS

 

Emilce remendaba mis pantalones sentada en la cama, poniéndoles hilos nuevos en los mismos orificios de la costura de los lados para que durarán un poco más, después de años de no poder comprar jeans nuevos. También les cambiaba el elástico a mis calzoncillos para que no se me bajaran. Yo la miraba deslumbrado, como todos los días, no era para menos. Siempre fue una mujer bella.

Tenía el cabello corto, ondulado con un mechón que caía sobre su frente. Sus labios finos de color rosa mostraban una amplia sonrisa, sus ojos color de miel mostraban el brillo de los míos, su piel clara y tersa y su cuerpo esbelto y firme, era un cuerpo de atleta. Bien podía haber enamorado a cualquier hombre, incluso muy adinerado, pero se decidió por mí.

Ella siempre olía a limpio, a frescura. En casa no faltaban detalles que hicieran sentirme a gusto, en esa casita de Juigalpa donde vivíamos en tiempos de postguerra, una casa pequeña y calurosa, y si no fuera por ella se hubiera transformado en un infierno.

Eran tiempos de muchas carencias, de temores y desesperanzas, pero en nuestra casita nada de eso nos desanimaba. Todo por Emilce. Por ella salí de Juigalpa, me vine para el trópico húmedo, abandoné todos los años de vida en esa ciudad, años de trabajo intenso de hasta tres empleos, por las mañanas, por las tardes y por las noches, para poder sobrevivir con nuestros chavalos.

Ella siempre estuvo a mi lado aun cuando me quedé sin empleo en un ambiente hostil, y con su trabajo y sus emprendimientos logró mantener a flote a nuestra familia. Todo ello me hizo ver que nadie puede quitarte tus ideales y, muchos menos, la voluntad y amor que sentimos.

Hoy la sigo viendo de la misma manera. La veo activa en casa, pendiente de todos nuestros hijos y nuestros nietos, cuidando sus plantas y tomando iniciativas que a todos nos brindan un puerto seguro. La veo caminar en los alrededores del patio de nuestra casa y no sé qué haría sin ella, aunque a veces los nietos digan que dejemos de pelear. La conocí un 5 de abril y hoy, 45 años después, la sigo amando.

 

viernes, 8 de abril de 2022
Nueva Guinea, RACCS.

miércoles, 6 de abril de 2022

OLORES Y SABORES DE SEMANA SANTA


Abrió los álbumes de fotografía que guardaba en la nube y sus ojos brillaron, se humedecieron y esas gotitas de dolor se escurrieron por su mejilla, aliándose con la miopía que padecía para provocarle una visión borrosa.

La tarde del viernes santo estaba por caer. El mismo día que sacrificaron a Jesús en una cruz por decir la verdad y desafiar el régimen imperante, pero esa semana santa no era la misma de los años anteriores porque era la primera vez que iba a pasar fuera de su casa, lejos de sus abuelos, padres, hermanos, tíos y primas.

Repentinamente se llenó de recuerdos que llegaban a ella en oleajes de pasado. Recordaba su infancia, no tan lejana, pero ahora añorada. La semana santa que habían trascurrido todos esos años no tenía ningún precio, ningún valor inmensurable.

Llegar a su nueva casa, un apartamento que ahora ocupaba después de partir al exilio, dejaban vacío su corazón. Ya no estaba en el patio con su mamá, ni su abuela, ni sus tías, alrededor de una mesa de madera moliendo la masa de maíz para después elaborar las cosas de horno, rosquillas, hojaldras; las risas; los gritos; el fogón en el suelo donde ponían a hervir los nacatamales especiales que la tía Magdalena les daba ese toque tan genuino que por ello los llamaban los nacatamales especiales de la tía Magda; ni el almíbar que preparaba la abuela Manuela con productos todos recolectados del patio; no miraba los pescados secos que el tío Gustavo arponeaba en el muelle de la Texaco y que desde el lunes pasaban secándose al sol en el tendedero de ropa para que estuvieran listos ese viernes y preparar el delicioso arroz con pescado que la abuela Manuela hacía con esmero al estilo hondureño, su tierra de origen.

La alegría giraba alrededor de la mesa engalanada para la ocasión: manteles, platos, cubiertos, vasos, todo esmeradamente colocados con precisión, como se hacía todos los viernes santos. Todos sus sentidos activados percibían el aroma del maíz transformado, el hervor del perol de nacatamales, el arroz con pescado bañado con una salsa espesa secreta de la abuela, el dulce del almíbar. Vio que todos ocupaban su lugar definido en la gran mesa redonda de madera inhalando el aroma de tierra mojada bajo sus pies después de ser regada con baldadas de agua para bajar la temperatura a la sombra del árbol de mango.

Después de almorzar se preparaban para partir hacia la Playa de El Tortuguero donde disfrutaban al máximo una tarde de arena, sol y playa entre ellos y otros amigos del puerto. Tanta dicha, tanta alegría al estar entre su familia y conocidos al atardecer en un viernes santo.

Este año la semana santa era diferente. Mientras esperaba que Juan llegara del trabajo se sentó en la cama, tocó el power de la computadora, abrió los archivos de fotos que guardaba en la nube y se reconfortó con recuerdos del pasado. Ahora estaba en un lugar extraño, lejano y frío, en una casa sin olor ni sabor a semana santa.

Extrañaba las voces, los gritos y las risas, las charlas cómplices con sus primas, los abrazos, los besos. Se sentía sola y triste en un país extraño, un país que no era el suyo.

Algo que la inquietaba manteniéndola en alerta desapareció cuando sonó el timbre del teléfono. Confirmó que la familia, reunida como siempre en casa, añoraba a sus miembros que habían partido al exilio por múltiples razones, y al igual que ella, también recordaba los olores y sabores de semana santa en años pasados.

 

miércoles, 6 de abril de 2022

Nueva Guinea, RACCS. 

Foto propia: Álbum familiar.

domingo, 27 de marzo de 2022

CUANDO LLEGUE MI TURNO


A esta edad, por encima de muchos promedios y siendo jubilado, una jubilación que cuando preguntan por ella digo que más o menos, por no decir que sólo da para una quincena, que peor es nada, tengo que caminar todos los días para alargar la vida, para sentirme bien.

Muchos ya saben dónde es que vivo. En un área suburbana, afuera del pueblo, perdón, de la ciudad, porque a Nueva Guinea la elevaron de categoría desde hace varios años, desde el 2008. El camino que lleva a mi casa es de macadán, dicen que de todo tiempo por no decir que es un camino asqueroso, que nunca le dan mantenimiento, y si me pongo a contar los hoyos que tiene desde el complejo judicial hasta aquí, te diría que son más de cincuenta cráteres, pero me divierto en otras cosas: haciendo sudoku, leyendo de todo y todo el tiempo, escribiendo y haciendo mis caminatas de todos los días.

Todas esas actividades forman parte de mi rutina diaria, pero la caminata, a pesar de las piedras y los hoyos, se ha convertido en mi refugio. En esas caminatas trato de analizar mi vida, sí, allí en ese camino lineal, la analizo y la veo en etapas. La caminata le da fortaleza a mi vida, entre más camino, más fuerte me siento, aunque después vengan los quejidos para que ella me dé una sobadita. Es como un trabajo que te gusta, te apetece hacerlo, pero, aunque no te paguen, siempre estás en el.

Si me ves por el camino no te vas a confundir. Llevo puestos unos tenis azules con hoyos, sí, son viejos, pero así me llevan por el camino; un short negro deshilachado con el logotipo de los Yanquis de Nueva York y casi siempre con una camiseta blanca que uso como parte del pijama. Esa indumentaria es casi siempre la misma, con pocas variantes, porque los tenis no los cambio por nada del mundo, hasta que aguanten.

Voy caminando en un camino lineal, con árboles a los lados, la neblina me inunda, voy lejos de la ciudad y sus ruidos, sé muy bien lo que no voy a encontrar. Suena el timbre del teléfono. Sí, diga… No, estoy lejos, si le parece puede llegar a mi casa por la tarde... Ok, a las tres de la tarde… Gracias. En todo este tiempo de caminar, he conocido a muchas personas, pero en el afán de no detenerme, solamente los saludo de manos, un simple gesto de adiós.

A veces cambio de rumbo y me voy para el lado de la ciudad. Allí la caminata es en el parque central y se vuelve circular, siguiendo las manecillas del reloj. Todo se reduce a dar las vueltas que me he propuesto como meta, sin nada más que recordar la carga que ese parque lleva a sus espaldas: alegría, amores, fiestas, combates, muertos y armas enterradas. Y cuando me doy cuenta debo regresar al punto de inicio. He cumplido un día más con la rutina de una hora y media de caminata, estoy satisfecho al ver el reloj.

De nuevo en casa disfruto del confort y la seguridad de lo cotidiano. Me quitó los tenis, calzo mis chinelas y me acomodo en la mesa donde están los sudokus esperándome, mis notas de colores y la computadora. Casi siempre pienso que mi vida ha sido como el camino que recorro. A veces lineal, a veces circular. Recuerdo la llamada del vendedor de lotería, sonrió, y estoy seguro que un día, cuando llegue mi turno, mi vida va a cambiar.

 

domingo, 27 de marzo de 2022

Foto: Ronald Hill A.

martes, 22 de marzo de 2022

POESÍA ES LA VIDA

La poesía debe celebrarse
todos los días.
Está en cada instante.

En la sonrisa del niño.
En un grito de alegría.
En la mirada esquiva.
En la lucha cada día.

En el amanecer
En la brisa
En la lluvia
En el placer.

Poesía es la vida.
Es el ser y no ser.
Es el viento y la mar.
Es la oscuridad y el llanto

La poesía está en el eco del lamento
que recorre los túneles de las mazmorras, 
y se resiste a la cadenas
que apresan nuestras manos.

La poesía somos vos y yo.
Aquí y ahora.
Presente con pasado
Luchando por el futuro.

22/03/2022

domingo, 13 de marzo de 2022

LAS VOCECITAS DEL AIRE


Es un momento único

en el que de pronto llegan

las vocecitas del aire

sonando entre el bosque y el río.

 

Los árboles y la corriente

se tornan fieles obedientes,

y entonan notas dobles y contrabajos.

Un acorde de esperanzas.

 

Cantan y suben hasta la luz

como estelas encantadas

que los sorprenden con su magia

al escucharse y conocerse.

 

Las vocecitas del aire: la chicharra, el grillo,

las ramas quebrándose por la corriente,

la copa de los arboles bailando al viento,

esparcen entre los escuchas un futuro mejor.


Las vocecitas del aire, nunca dejan de cantar.


13/marzo/2022.

Foto propia: Una chicharra


lunes, 7 de marzo de 2022

PANAMEÑA LINDA

 


Ella se fue una tarde.

Me dejo sus pasos,

su sonrisa, su mirada.

Su presencia sigue allí.

 

El cielo gris la despidió.

Desde lejos la vi.

Agitaba sus manos

en la popa del barco.

 

Camino frente a su casa,

respiro su dulce aroma.

Siempre está en el corredor,

pintando las uñas de sus pies.

 

La veo en el colegio

con su falda azul y blusa blanca.

Carga su bulto de cuero

y regresamos juntos en el barco.

 

Alta y de largas piernas.

De piel canela y gran sonrisa.

Todos nos enamoramos de ella.

Los mayores y menores.

 

Era la más linda del puerto.

Sus largos pasos con un porte altivo

y sus piernas de bronce al caminar

por el andén era un espectáculo.

 

Le decía adiós, adiós, panameña linda.


08/03/2022

viernes, 4 de marzo de 2022

UN BUEN CAZADOR

 


La península de El Bluff siempre ha sido un refugio de vida silvestre. Desde la zona de Kukra Hill y Laguna de Perlas, muchas especies huían de los incendios provocados en las plantaciones de banano y caña de azúcar, atravesaban la franja costera pasando por Falso Bluff y las lagunas de agua dulce hasta adentrarse en la loma del faro y el bosque ubicado en el extremo sureste, cercano a la pista de aterrizaje.

— Por eso me convertí en cazador, por la abundancia — dijo don Abraham Rodríguez, llamado Tapalwas con mucho cariño por los Blofeños.

Se encontraba frente a la escuelita de doña Carmelita, propiamente en la esquina de Miss Lilian. Era la hora del recreo y varios estudiantes lo rodeaban para escuchar sus anécdotas de otros tiempos. Entre ellos figuraban el Macho Silvio, Charol y Taigá, los que se habían separado de los chavalos menores que jugaban y corrían en el patio de la escuela.

—¿Qué cazaba y dónde? —preguntó Taigá.

—Mejor pregúntame que no cazaba. Porque te voy a decir que me recorría toda la costa, hasta llegar a Falso Bluff. Pasaba por la primera y la segunda laguna, me cruzaba en cayuco a Caimán Rock y me regresaba. Cuando no me iba bien, subía a la loma del faro, aunque al coronel Brenes no le gustara porque el mandador me corría, y luego me iba a la montañita de al lado de La Colonia. En otras ocasiones buscaba mis presas en los grandes árboles de esa época —dijo Tapalwas.

—¿Dónde le iba mejor? —insistió el Macho Silvio.

Tapalwás adoptó pose de inspiración y su mirada brilló más que las aguas de la bahía bajo el sol a las dos de la tarde. Guardó silencio por varios minutos mientras recorría con la mirada el corre corre de los chavalos en el patio de la escuelita y la algarabía que se formaba con ellos en la tienda de Toño Real y doña Estercita.

—Nunca fui a la escuela —dijo Tapalwas —. En mis tiempos de chavalo a uno le enseñaban las letras y los números en las casas, la mamá o los hermanos mayores que ya habían aprendido lo hacían. Con eso se tenía suficiente para defenderse en la vida, una vida que era más pausada, sin muchos problemas, sin muchos sinvergüenzas y léperos de los que cuidarse como ahora.

“Pero volviendo al caso, agregó, aprendí a cazar al lado del río Punta Gorda, en las tierras de la familia de mi mujer, los McRea. Esas enseñanzas me sirvieron para aprovechar la abundante caza en El Bluff. No me van a creer, pero de todo había en esta puntita. Es que los animales no son tontos, allá los sacaban corriendo con las quemazones y aquí se refugiaban porque nadie los andaba jodiendo, no como en estos tiempos que con costo se agarra una guardatinaja. Y hablando de guardatinaja, una vez me fui a la segunda laguna porque días antes vi el rastro de varias en la orilla”.

» Las lagunas era uno de los mejores sitios de caza, porque los animales descansaban y tomaban agua, se relajaban pues y yo aprovechaba. Un día me alisté, limpié bien mi rifle calibre 22 de cinco tiros, la Panchita me preparó una comidita, le di filo a mis cuchillitos y me fui muy temprano. Cuando llegue a la playa el sol salía en el horizonte y, luego de una hora de caminata, llegue al sitio. Recogí varios cocos secos, los abrí y puse el cebo al pie de un gran árbol de Mangle, a la orilla de la laguna. Me subía al Mangle y allí me estuve por un buen rato, esperando que aparecieran.

—Se va a acabar el recreo y usted no termina de contarnos —dijo Charol.

—No te preocupes —dijo el Macho Silvio. Doña Carmelita tiene visitas.

—Este chavalo es impaciente —respondió Tapalwas y siguió con su relato.

» Para ser un buen cazador hay que llenarse de paciencia. Y así me estuve por un gran rato. Vi que la marea estaba bajando porque Caimán Rock se miraba más grande y las gaviotas, pelicanos y tijeretas se posaban en las piedras cubiertas de algas. De pronto se aparecieron tres guardatinajas, hermosas, con el brillo característico de su pelaje y sus manchas blancas. Se acercaban al pie del Mangle donde tenía el cebo de coco, pero bien nerviosas como que se imaginaban que las estaba esperando. Dejé que comieran un poco de coco. Sus patas estaban dentro de la laguna como si se refrescaran después de una larga caminata entre el mangle, los cocoteros, icacos y uvas de mar. Apunté a una con el 22, respiré profundamente y veo en la punta de mira a un gran cuajipal que sale como volando del agua y la atrapa de un tapazo, le da dos mordiscos y se pierde con ella en el agua oscura de la laguna. Las otros dos desaparecieron en un segundo y me quedé oliendo la punta del rifle.

—Usted es un mal cazador —dijo Taigá. Le ganó el cuajipal —agregó.

—Pero debe tener otras historias —dijo el Macho Silvio.

—Tengo muchas, un buen cazador siempre cuenta sus historias, eso lo satisface, además del acto propio cazar, la excitación que se siente cuando vas tras la presa es algo único —dijo Tapalwas.

 » Una tarde me fui a buscar un venadito que andaba rondando el bosque ubicado entre la pista y las casas de la Colonia. Le seguí las huellas desde la punta de la pista y llegué hasta el bosque. Andaba preparado como siempre. Puse un cebo de banano maduro y me subí a un árbol de Guaba. Allí me estuve un rato pensando en mis tiempos de juventud, de las cosas que nos suceden y las que nos perdemos por no decidirnos. De pronto el venado se acerca a los bananos y comienza a comer. Le puse la mira fija entre los cuernos de tres puntas. Se agachó y comió. El venado es un animal super arisco y de pronto levantó la cabeza. Creo que sintió mi olor, pero apreté el gatillo y dobló sus patas delanteras. Allí quedó, entre los bananos. Cuando me bajé del árbol, en la mera frente tenía el orifico y sangraba detrás de la oreja derecha por donde salió el tiro.

—Ahora sí le creo que es un buen cazador —dijo Taigá.

—Las visitas ya se van —dijo Charol.

—¿Qué hizo con el venado? —preguntó el Macho Silvio.

—Cuente, cuente, que ya nos van a llamar —dijo Charol.

» Le hice un corte para desangrarlo. Lo levanté de las patas traseras y esperé un rato para echármelo a tuto. Tenía que subir la ladera de la loma y calculé que pesaba unas ochenta libras y en efecto, eso era lo que más o menos pesaba cuando lo levanté. Comencé a subir la ladera con el venado, el saco y el rifle a tuto. Avancé cuesta arriba unas veinte varas cuando sentí el triple de peso sobre mis espaldas. Ya me estoy poniendo viejo, me dije, traté de hacer más fuerza para culminar la ladera, pero daba pequeños pasos, casi no avanzaba. Así, poco a poco, llegué hasta la cúspide y decidí detenerme.

—Doña Carmelita nos llama, apúrese —dijo Taigá.

» Pues aventé al venado hacia un lado y cuando cae veo a un tigre que se lo estaba comiendo y me voy de rodada. Imagínense, venía cargando al venado y al tigre que se lo comía. Del susto salgo corriendo, pero me acuerdo del rifle, lo busco y ya no veo ni al tigre ni al venado. El tigre bandido se me robo el venado. Lo busqué por todos lados, dispuesto a cazarlo y recuperarlo, pero fue imposible ubicarlo. El tigre se escapó, pero dicen que una noche el coronel Brenes lo cazó en el tambo de la casa de los Bermúdez.

—Te imaginas que vas cargando un venado y encima va un tigre comiéndoselo —dijo el Macho Silvio.

—Vámonos, vámonos, doña Carmelita ya tocó la campanita —dijo Taigá.

—Ni guardatinaja, ni venado, ni tigre, nada puede cazar, solo puede contar sus guayolas, sus mentiras —gritó Charol y corrieron hacia el acceso de la escuelita.

—¡Los voy a acusar con doña Carmelita, son unos mal educados! ¡También voy a ir a quejarme a sus casas! —gritó Tapalwas mientras ellos subían las gradas de la escuelita de doña Carmelita.

 

jueves, 3 de marzo de 2022

De la Serie: Las Guayolas de Tapalwas.