jueves, 21 de diciembre de 2023

FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO PARA TODOS Y TODAS

 


Querida comunidad de Sueños del Caribe:

En esta hermosa temporada de Navidad y Año Nuevo, quiero tomar un momento para expresar mi más sincero agradecimiento a cada uno de ustedes. El 2023 ha sido un año excepcional para Sueños del Caribe, lleno de logros significativos y momentos inolvidables.

Superar la marca de 500 mil lectores es un hito que refleja no solo la calidad de los contenidos que compartimos, sino también el aprecio y el interés que han depositado en nosotros. Hemos logrado consolidarnos como uno de los sitios web más destacados en la difusión de relatos, anécdotas y crónicas sobre la vida y cultura del Caribe nicaragüense.

Lo más especial de este año ha sido la construcción de esta maravillosa comunidad que comparte el amor por la vida en el Caribe nicaragüense. Su compromiso y apoyo han sido el motor que impulsa nuestro blog, convirtiéndolo en un espacio vibrante de diversidad cultural y conocimiento.

En el ámbito literario, hemos dado un paso importante al publicar "El Génesis de Nueva Guinea". Este logro no solo representa el arte de bloguear, sino también la persistencia, el esfuerzo y la colaboración de todos aquellos que creyeron en el proyecto. Gracias por su valiosa cooperación, que ha hecho posible dar vida a este libro, e impulsarme a trabajar desde ya para publicar el próximo año uno referido a El Bluff y Bluefields.

A lo largo del año, hemos explorado una variedad de temas a través de más de 36 escritos, ahora disponibles en nuestro archivo. Cada palabra compartida es un pequeño tributo a la riqueza y la diversidad de la región del Caribe nicaragüense.

En este cierre de año, quiero expresar mi profundo agradecimiento a cada uno de ustedes. Que estas fiestas estén llenas de alegría, amor y momentos entrañables junto a sus seres queridos.

 

¡Feliz Navidad y un próspero Año Nuevo para todos y todas!

Con gratitud,

Ronald Hill Álvarez

Sueños del Caribe

21 de diciembre de 2023

Foto: Internet.

martes, 19 de diciembre de 2023

UN LUGAR LODOSO CON OLOR A PÓLVORA



La primera vez que escuché hablar de Nueva Guinea fue en el comedor de la casa de mi abuelo, Felipe Álvarez. Cruzaba el patio de la casa de mis padres a la hora del almuerzo, y la abuela Manuela me hacía un lugar al lado del abuelo. Mis tíos, Pablo y Jorge, ocupaban sus sitios en aquella mesa redonda que mi abuela llenaba con suculentos platos, apoyada por varias mujeres que la asistían en las labores domésticas.

Transcurría el año 1970, y la pesca industrial de camarones en el puerto de El Bluff estaba en auge, con la empresa Booth Fisheries Company actuando como eje de su desarrollo. Impulsaba la planta de procesamiento, la flota de barcos, un astillero y la exportación hacia Estados Unidos de Norteamérica, tanto por vía aérea como por mar. Era un auge que irradiaba la economía local, de Bluefields y el país.

Mi abuelo Felipe se desempeñaba como responsable de la bodega de la aduana, y mis tíos trabajaban como funcionarios de agentes aduaneros en un puerto donde atracaban barcos mercantes. Estos abastecían a los establecimientos comerciales de los chinos en Bluefields, además de participar en la misma actividad pesquera. Posteriormente, se llevaban productos de exportación como bananos, ganado, azúcar, madera y otros, principalmente hacia el mercado estadounidense.

—Somoza está ofreciéndole tierra a todos los campesinos para que se trasladen a vivir a Nueva Guinea —dijo tío Pablo.

—Van a despalar esa montaña —dijo el abuelo.

—Ya empezaron —agregó tío Jorge.

—Felipe, ¿Dónde queda ese lugar? —preguntó la abuela Manuela.

—Cerca de las serranías de Yolaina, de Monkey Point en dirección hacia el este —respondió el abuelo.

—Por el río Punta Gorda van a sacar madera, carne de wari y venado, los frijoles que produzcan, plátanos, yuca y quequisque —añadió tío Pablo.

—Vamos a estar bien abastecidos —dijo la abuela con alegría y se sentó a un lado del abuelo.

Esos nombres que escuchaba, Nueva Guinea y Yolaina, eran nuevos para mí, no así Monkey Point y Punta Gorda, porque mi padre, White Bush Hill Bush, era capitán de barcos camaroneros y recorría la mar cercana a la costa, conociendo y hablando de esos lugares. Además, varias familias que habitaban en Punta Gorda, principalmente los McRea, eran amigos de la familia Álvarez. Llegaban con sus botes, hechos de grandes troncos de árboles, llenos de productos que abastecían a los pobladores de El Bluff y Bluefields. No solo trasladaban productos, sino también noticias sobre el estado de las cosas en su región.

Catorce años después, en 1986, visité por primera vez Nueva Guinea por asuntos de trabajo. Era una zona de guerra, con enfrentamientos entre la Contra y el Ejército. En aquel entonces, ninguna persona quería visitar, y mucho menos trabajar en Nueva Guinea. Todos huían de la guerra.

Llovía intensamente, y las calles, siendo de todo tiempo, estaban lodosas, por las que circulaban camiones IFA, Robur y Zil transportando militares. El olor a pólvora impregnaba todo el ambiente. La mejor infraestructura eran cuatro pequeñas cuadras que llamaban "la ciudadela" y en una de sus casa de madera fui alojado.

En aquel momento, la producción del llamado granero de Nicaragua estaba por el suelo, casi nula. Se impulsaba la Reforma Agraria con un proceso de cooperativismo, promoviendo cooperativas de servicios múltiples y cooperativas agrícolas sandinistas, estas últimas tenían las tierras en propiedad común de sus miembros. También se desarrollaban grandes proyectos estratégicos de cacao y caucho.

El ambiente estaba impregnado de la euforia de los primeros años de la revolución, con grandes planes agropecuarios golpeados por la guerra. La primera noche que dormí en Nueva Guinea fue de un solo tirón: escuchaba la cadencia interminable de la lluvia cayendo sobre el techo de zinc y recordé la casa de mis padres en El Bluff.

Seis años después, en 1992, luego de concluida la guerra, regresé nuevamente. Trabajaba para un Programa de Asistencia a Repatriados, financiado por el ACNUR, donde conocí las colonias y varias de sus comarcas, al igual que muchas personas: fundadores, repatriados y desmovilizados de la Contra y del Ejército. En el año 1993 y parte de 1994, trabajé en la alcaldía municipal siendo José Orlando Baquedano (QEPD) su alcalde. Luego, durante 14 años, laboré con la ONG Ayuda en Acción como coordinador.

Desde 1992 hasta la fecha, me encuentro domiciliado en Nueva Guinea, participando activamente para generar cambios y solucionar muchos problemas en su proceso de desarrollo. De igual manera, he logrado conocer a muchos de sus pobladores, a muchos neoguineanos, a los que he entrevistado, escuchado sus historias, recopilado sus vivencias y tengo el privilegio de hacerlos parte de los Sueños del Caribe.

 

Actualizado el 16/12/2023.

Foto: colonos con funcionarios del IAN.

lunes, 11 de diciembre de 2023

EL PESCADOR

 



El pescador, con ilusión en el pecho,

deja a su amor en tierna despedida,

hacia el muelle camina, sueños en su barco estrecho.


Maniobra en el muelle, la barca en su partida,

levanta cuerdas, manos curtidas por la sal y el viento,

navega hacia la mar, su alma entera va rendida.

 

En la barra, el ancla cae con un lento movimiento,

entre la laguna y el mar, su espera se hace eterna,

enciende un cigarrillo, suspira, está contento.

 

La cuerda en el agua busca un buen pargo que gobierne,

las piedras y los arrecifes llenos de vida marina,

piensa en su futuro, en su joven esposa y su vientre.

 

El cordel corre y salta, como en danza cautiva,

jala y jala, en un juego de placer y de paciencia,

el peso alerta sus sentidos, la lucha es atractiva.

 

La gran presa llega con resistencia,

un mero majestuoso, castaño y rojizo.

Suspira, el pescador siente su recompensa.

 

En el barco, el mero aleteando halla su nuevo lecho,

regresa a casa con pargos y el gran trofeo,

cae la tarde; en sus brazos, su amor, su anhelo.

 

8/12/2023

Foto propia: Internet.

jueves, 30 de noviembre de 2023

LLUVIA EN EL TRÓPICO HÚMEDO

 




Llueve sin cesar sobre el trópico húmedo.

Ríos crecen desbordándose en su recorrido.

Las casas se inundan y la gente se afana

en salvar sus pertenencias y sus vidas.

 

La lluvia no respeta ni la noche ni el día.

Es un diluvio que arrasa con todo a su paso.

Los niños lloran, los ancianos se lamentan,

los jóvenes se organizan para la evacuación.

 

La tristeza se apodera de los rostros mojados.

La incertidumbre se cierne sobre el futuro.

La lluvia no da tregua ni esperanza.

Es una fuerza implacable que no escucha.

 

Entre la desolación hay un rayo de luz,

una mano solidaria, una palabra de aliento,

un gesto de amor, una oración sincera,

un hibisco que florece en el lodo.

 

La lluvia no doblegará el espíritu del trópico húmedo,

es una prueba más que se superará.

no durará para siempre, ni el dolor.

El sol volverá a brillar, y con él, la vida en su esplendor.

 

30 de noviembre 2023.

Foto Propia: Muelle de los Tres Ríos, El Rama.


viernes, 24 de noviembre de 2023

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE LA MUERTE

 


Henry Bush Hill Bush, hermano de mi padre White Bush, falleció tras sufrir un derrame cerebral, y doce días después nos dejó. Su partida tuvo lugar en la tranquilidad de su hogar, descansando plácidamente en su cama, rodeado de su esposa Sula, sus hijos e hijas, nietos y demás familiares. A la edad de 88 años, dejó este mundo. Aquel día, después de disfrutar de su almuerzo, decidió descansar para la siesta y, lamentablemente, no pudo volver a levantarse, ya que la mitad de su cuerpo dejó de responder.

Todos sus seres queridos tuvieron la oportunidad de despedirse de tío Henry. Desde la distancia seguí su estado de salud a través de los primos y sus esposas. Vi la ceremonia en su honor realizada en la casa del primo Crawford, y posteriormente, su sepelio en el cementerio de Utila, “el jardín de los recuerdos”. Tío Henry fue un gran hombre, uno de mis tíos preferidos, y muy querido por mi padre. Lo recordare y extrañare el resto de mi vida.

Estuve enfermo en mi cama por más de diez días y, de manera redundante, pensé en la muerte. Es inevitable reflexionar sobre ella cuando estás enfermo. Mientras somos jóvenes y estamos sanos, no lo hacemos.

Ese extraño sentimiento de que todo terminará me llevó a pensar en mi madre. Escuché, no se si en sueños o medio despierto, nuevamente la lengua materna, esa que nos dice repetidamente en los primeros meses de vida, “mamá te ama y te cuida”, “mamá te quiere y te protege”, y mediante lo cual comenzamos a identificar personas y sonidos. Llorando la llamé varias veces, “Mamá, mamá, ayúdame. Mamá, yo también te amo”.

Cuando hablamos de la muerte, muchos dicen que no les preocupa. Pero eso no es cierto. Somos animales que morimos y nos descomponemos. Cuando llega, se evidencia muy deprisa. Casi de inmediato, la sangre de los capilares situados cerca de la superficie empieza a vaciarse, lo que provoca esa palidez fantasmal que resulta tan característica. La sangre se acumula en las partes inferiores del cuerpo a consecuencia de la gravedad, lo que da un color púrpura a la piel, en un proceso conocido como livor mortis. Las células internas se rompen; las enzimas se derraman, e inician un proceso de auto digestión denominado autólisis.

También, las células mueren a velocidades distintas: las cerebrales lo hacen muy deprisa, en un máximo de tres o cuatro minutos, mientras que las musculares y cutáneas pueden tardar horas, tal vez incluso un día entero. El famoso agarrotamiento muscular, conocido como rigor mortis, se produce en un plazo de entre treinta minutos y cuatro horas tras el fallecimiento, empezando por los músculos faciales y desplazándose hacia abajo a través del cuerpo y hacia fuera por las extremidades. El rigor mortis dura aproximadamente un día.

Un cadáver es algo muy vivo. Solo que esa vida ya no es la nuestra, sino la de las bacterias que hemos dejado atrás, además de cualesquiera otras que se suban al carro. A medida que devoran el cuerpo, las bacterias intestinales producen diversos gases, entre ellos metano, amoníaco, sulfuro de hidrógeno y dióxido de azufre, aparte de otros compuestos que llevan los explícitos nombres de cadaverina y putrescina. El olor de un cadáver en descomposición generalmente se vuelve insoportable en cuestión de dos o tres días, algo menos si hace calor. Luego, los olores comienzan a disminuir poco a poco hasta que ya no queda carne y, por lo tanto, nada que pueda oler.

Hablar de la muerte es tan fascinante, pero durante siglos hemos excluido a nuestros hijos del tema. Cuando nos preguntan por ello nos quedamos callados, no los preparamos para vivir en este mundo, un mundo cada vez más catastrófico e inhumano. Solo pensemos en la Pandemia, en el cambio climático, en la guerra de Ucrania y entre la que se libra entre Israel y Hamas. La muerte nos acompaña siempre, estamos expuestos a nuestra propia mortalidad.

Hablando de la muerte, pues sencillamente deseo que cuando llegue e inicie mi proceso hacia a la extinción, se me permitan los rituales, las honras fúnebres. Deseo que se hagan con calma, sin prisa, que expongan mi cuerpo en la sala de la que fue mi casa para que todos aquellos que tengan la voluntad de asistir al ritual lo puedan hacer. No deseo que se hagan comelonas, no hay razón para ello. Pero sí compartir algo ligero, café, pan, sándwich, o aquello que surja de la voluntad de mis familiares y amigos. Tendrán tiempo suficiente para ello, si quieren estar allí, conversando frente a ese cuerpo que se descompone, un día y una noche, o más, no tengo nada en contra de ello.

Cuando llegue el momento de mi sepultura, una lápida sencilla de piedra con mi nombre será suficiente para aquellos que, en algún momento, me busquen y deseen encontrarme. Estoy seguro de que viviré en el recuerdo y las memorias de mis seres queridos durante muchos años. Al final, pido que se grabe en mi lápida: "Su esfuerzo lo llevó a vivir lo mejor posible y fue un buen hombre".

 

jueves, 23 de noviembre de 2023

La Colina, Nueva Guinea.

Foto Propia.


sábado, 11 de noviembre de 2023

LA FERIA, UNA TRADICIÓN QUE SE RESISTE



En la pista de antaño, donde aviones solían aterrizar,

ahora se erige la feria, un espectáculo sin par.

Maquinaria reluciente, tractores y camionetas en hilera,

la gente asombrada, mira y se regocija entera.

Ganaderías de renombre, desfilan con altivez,

ganado de raza, como estrellas en el revés.

Productores y bancos entrelazan destinos,

facilitando el progreso con lazos divinos.

Niños corretean, risas en el aire,

juegos mecánicos, en su diversión se declaran.

Y al caer la noche, la barrera cobra vida,

toros desafiantes, montadores en la arremetida.

Gritos de emoción, chicheros en acción,

La fiesta se desborda, ¡qué gran celebración!

Chinamos llenos, de bebedores ansiosos,

bailando a su estilo, con sus vaqueras hermosas.

Botas de vaquero y jeans llenos de lodo,

bailan hasta el amanecer, con un ritmo a todo nodo.

Grupos renombrados, llenan el escenario,

música que alimenta, hasta el último repertorio.

Corrales en silencio, el ganado descansa,

cuidadores y bestias, en paz se balancean.

La feria se apaga, pero en la memoria persiste,

tres días de algarabía, una tradición que resiste. 


11 de noviembre de 2023

Foto cortesía de Orlando González

miércoles, 1 de noviembre de 2023

A LA ESPERA DE LAS TORTILLAS

Una mujer mayor, con el cabello cano, sube el escalón de piedra cantera sosteniéndose del hombro de una niña y se recuesta a la pared del corredor, a un costado del fogón de leña. El fuego palpita con pereza bajo la lámina de hierro, como si recién fue encendido por la mujer chaparra y obesa que hace las tortillas.

He llegado al lugar apresurado y un poco irritado después de visitar varios puestos de tortillas que estaban cerrados. En reloj indica que son las cuatro y media de la tarde.

Varios clientes están allí, esperando tortillas; todos son niños. Uno de ellos puede tener cinco años, el resto son niñas cuyas edades oscilan entre ocho y once. Sus ropitas se muestran limpias, calzan chinelas y zapatos tenis desgastados. La mujer mayor ha llegado con un trapo bastante lustroso y ellos ya estaban allí.

La tortillera coloca cuatro tortillas palmeadas en el pequeño fogón, vuelve a la masa que tiene en una pana plástica sobre una mesa vieja de madera. Hace una pelotita, la palmea sobre un trozo redondo de plástico hasta que surge una tortilla diminuta, de las que ahora valen cuatro córdobas y consumo hasta tres a la hora de la cena. Es bastante lenta, al igual que el fuego de su fogón, y pienso que saldé de allí por lo menos dentro de una hora.

Es una tarde nublada y gris, después que ha llovido por la mañana debido al paso de una depresión tropical que no ha tenido mayores consecuencias, ni por la lluvia, ni por el viento. Las calles están mojadas, al igual que las paredes y los techos de las casas.

Los niños juegan entre ellos mientras esperan las tortillas. El varoncito juega con una niña de unos ocho años; parece que son hermanos. Están sentados en el borde del corredor, a un lado de la piedra cantera que hace de escalón para subirlo. La niña tiene en sus manos una libreta pequeña para apuntes de tapa dura. Escribe con un lápiz de grafito en una hoja y se la pasa con todo y el lápiz al niño. Después de recibirla y ver lo que escribió, el niño sonríe, se carcajea, inclina su cuerpo hacia el de ella como tratando de hacer una colisión de satisfacción y felicidad. La niña también sonríe y recibe de regreso la libreta. Vuelve a escribir en ella. Es un juego de palabras escritas o de manchones y garabatos que los hace reír. Un día serán los mejores alumnos de la escuela, los escritores y poetas de la ciudad, orgullo de su barrio.

Otros niños están a la espera. Una niña de unos once años está de pie en el andén, frente al corredor. De ella se ha sostenido la mujer mayor de pelo cano para subir el escalón. Su cabello es de color negro y largo, tan largo que llega a su cintura y está mojado, como si se hubiera bañado recientemente. No se mueve del lugar, pero está atenta al juego de la libreta de los otros.

Tres niñas están sentadas en una banca de madera, ubicada bajo la ventana de un pequeño espacio que antes fue una pulpería. Aun se notan rótulos y afiches en la pared con la propaganda de chiverías y bebidas azucaradas. Las tres se cuentan cosas entre ellas y se ríen, sonrisas plenas, sin temores, abiertas a la calle, al barrio y al mundo, sin preocupaciones, sin envidias ni temores. Están felices y en sus manos se muestra el dinero y los trapos para envolver las tortillas.

Al otro lado de la calle, en la esquina, en el corredor frontal de una casa, un viejo pelón de unos 75 años se encuentra sin camisa inspeccionando cosas viejas, cachivaches, chatarra que tiene acomodada frente a ese espacio pequeño de la casa. Entre otras cosas, observo lavadoras y cocinas viejas, láminas de zinc sarrosas, una mantenedora destartalada y, sobre un pequeño carretón que tiene parqueado en la cuneta, un montón de chatarra amarrada como si estuviera lista para entregarla por la mañana. El viejo se acomoda en una silla y observa embelesado los resultados de su trabajo como si de un tesoro se tratara. Imagino que piensa en el trayecto que debe recorrer con la carga acomodada en el carretón hasta el centro de acopio. Quizás hace cálculos del dinero que obtendrá por la venta. Puede ser que piense en las cosas que tiene vistas y va a comprar posteriormente. Tal vez medita sobre las fuerzas que día a día lo abandonan, en los achaques de viejo que enloquecen, en el costo de la vida que va para arriba y, aunque venda cada vez más y más chatarra, nunca lo podrá alcanzar.

Detrás de él, en el corredor lateral de la misma casa, dos mujeres y un hombre están sentados en sillas de plástico. Se muestran sigilosos y no hay gestos de conversación en sus rostros, pero observan como estatuas hacia la calle principal del barrio. No le prestan atención al viejo de la chatarra. Al fondo, más allá de la esquina, se ve jugar a varios niños con una pelota de futbol en el centro de la calle. El hombre se levanta y entra a la casa por la puerta lateral. Detrás de él va una de las mujeres. Otro hombre sale de la boca calle, frente al corredor desde donde ellos observan, y jala un caballo con el aparejo vacío en dirección a algún solar o potrero donde lo dejará pastando por la noche. El hombre ha regresado a la silla, pero ahora lleva puesta una chaqueta de color azulón y, después de él, regresa la mujer enchaquetada y le entrega un suéter de algodón a la que se ha quedado en su sitio. El viejo sigue sin camisa.

Los tres siguen rígidos, sin conversar entre ellos, con la mirada extraviada en el horizonte. Me pregunto si son hijos del anciano, y si lo son, ¿le ayudan a soportar la carga de los años? ¿Son buenos o malos hijos? ¿Le apoyan con medicamentos y alimentos? Sigo pensando en la vida del anciano cuando veo que la mujer mayor de cabello cano baja del corredor con sumo cuidado. En sus manos lleva las tortillas cubiertas por el trapo lustroso.

La tarde cae y también siento un poco de frío, pero no hay viento ni llovizna. La humedad del ambiente, después del paso de la depresión tropical, ha reducido la temperatura en la ciudad, y me siento a gusto.

Los niños juegan ajenos al mundo que los rodea, se empujan y carcajean, se abrazan, y no les preocupa que atendieran primero a la mujer. La tortillera, bajita y rellenita, palmea las pelotitas de masa, retira las tortillas del fuego que arde y crepita. Ha entrado en calor y se mueve con mayor habilidad. Respiro el aroma de las tortillas recién hechas, las más ricas del barrio.

Luego de irme del lugar, me doy cuenta de que las preocupaciones que tenía al llegar han desaparecido. Siento compasión por el anciano y deseo que todos los niños del barrio, la ciudad y el mundo sean felices como los que esperan sus tortillas.

 

31 de octubre de 2023

Foto propia.

lunes, 23 de octubre de 2023

Y, ¿CÓMO OLVIDAR A JUIGALPA?

No puedo dejar de verla, aun cuando se ausenta por varios días. La Puki me la recuerda porque siente su presencia imborrable en la casa, en el sofá que ella ocupa o en la mecedora del corredor donde pasa las tardes calurosas.

En los espacios compartidos su presencia siempre se devela en pequeños detalles colocados en la mesa de noche, debajo de la almohada, en el tocador, en el espejo, en las gavetas, y su aroma ha impregnado la mitad de todo: la casa, la habitación y los recuerdos.

Ahora que regresa, ya entrando la noche más allá de la etapa del adormecimiento, coloca en la cama varias fotos que una de sus amigas le ha regalado, todas de ella, de su época de chavala, de su juventud, una etapa de su vida que siempre recuerdo y, más aún, en su ausencia.

Veo una foto y le digo que esa es Daniela, nuestra nieta, porque es igualita a ella. Una foto del Clarín de niño, también es idéntico a ella. Una foto donde camina con Cecilia Wheelock, después de visitar el parque de Palo Solo, una foto pérdida y ahora vuelve a despertar los recuerdos de ese pasado inolvidable, ella con cabello al estilo afro y su short cortito mostrando sus piernas de atleta, caminando hacia el oeste, en dirección a la esquina donde se ubica la casa del chele Laguna, pasando por las viviendas de don Edgard Matus, la familia Flores, la de la Chelita donde vivía Milcíades, la casa de doña Petrona y la que hoy habita la familia Marín.

Volviendo a las fotos, en una de ellas se baña en la quebrada de Carca, embarazada de Emiljamary y la rodea un chavalero que goza de alegría en uno de esos meses calurosos en Juigalpa, antes más frescos que ahora.

Y, ¿cómo olvidar a Juigalpa? Es imposible porque Juigalpa está en su sangre, Juigalpa es la ciudad de mis hijos, Juigalpa es una parte de mi vida.

Juigalpa en la época que estudié en el liceo agrícola, cuando todavía no la conocía por cosas del destino o ironías de la vida. Los trabajos de campo eran dirigidos por el profesor Guillermo “el Papito” Tablada: ¡organicen un grupo para hacer rondas de fuego! ¡otro grupo para hacer eras! ¡un grupo para recoger mierda de vaca en sacos para abonar las plantas!, grupo que nunca me gustó, ¡ustedes, vayan a la bodega a buscar baldes y regaderas que van a regar todas las eras de allá abajo, las que están a la orilla del río y cerca de los árboles de Mango!, y nos organizábamos para hacer las labores. Un día, la voz autoritaria del director, Alejo Gallo Montenegro, dice al estudiantado en formación: ¡prepárense, hoy van a pelonear a los de primer año! Mostrándonos dóciles, seremos el plato del año para los alumnos de segundo año, la revancha por lo que ellos también sufrieron. ¡Reúnanse en un solo lugar!, ¡no pongan resistencia!, ¡las tijeras brillan de tanto filo que tienen!, ¡cuidado les cortan una oreja!, ¡cuidado con los ojos!, gritaban los cabecillas de segundo año, entre ellos Adolfo Chávez. Vamos de uno en uno, pasando en la fila y dos nos caen como zopilotes, sosteniéndonos de los hombros, pasan sus brazos por el cuello para inmovilizarnos, sostienen con fuerza la cabeza para dar los tijerazos, varios atrás, en el occipital, otros en el copete, otros a los lados de las orejas, ¡no te movás pilinjoyo hijo de puta!, pero los más fuertes, los más arrechos, los que no se dejan oponen resistencia y salen en defensa de la mayoría, entre ellos está Luis Alonso Conrado, y se arma la cachimbeadera, los golpes no los pueden resistir los de segundo, y se mira caer noqueado a Waneban Soza, boaqueño, luego que recibe un golpe de Luis Alonso y, entre la samotana que se arma, la mayoría de pilines salimos en desbandada. La rebelión de los alumnos de primer año en el liceo es el tema de conversación en la ciudad por varios días. Luego de ir al barbero, mostramos la pelona con mucho orgullo por las calles, en el cine Cynthia y en el parque. Ese fue el último año que pelonearon a los estudiantes de primer año en el liceo agrícola. Luego me integré al equipo de beisbol. Éramos un equipo fuerte, imponente, ningún equipo nos vencía. Mi cátcher siempre fue Henry Avilez, “el chiquito”. De ese corto tiempo que estuve en el liceo, surgió la amistad con Fulvio Orozco, la Pepa Montiel, Sergio Orozco Carazo, Luis Alonso Conrado, Chu Báez, Rodolfo García, Renato Meneses, Cicerón Gadea, el Chiquito Avilez y otros muchos más. Una época relajada, en plena juventud. 

Siete años después regresé con ella a su casa, a su Juigalpa de toda la vida. A la casa de su familia, de su madre María Gladys Chacón y sus hermanas y hermanos, la casa de grandes cuartos donde se acomodaban ella, su hermana y sus primos. Aún recuerda el movimiento de sombras y voces de cuando era niña, la cocina de leña con el fuego encendido todo el día, el corredor bajo el techo de tejas, las paredes de adobe, el árbol de Cacao Mico en el patio y el muro que brincaba la atleta de salto alto y largo para entrar a la casa. La misma casa de la esquina de Palo Solo, la casa de su abuelo Luis Chacón, el eterno conservador que siempre que había una rebelión real o ficticia contra Somoza, la guardia lo llegaba a buscar con trato humano, ¡que le alisten sus cosas!, decían los guardias porque ya estaban acostumbrados a ello.

En esa casa viví por más de 10 años. Me convertí en un habitante más de la ciudad de los caracolitos negros, y en amigo de sus amigos que ahora los veo en las fotos que ha traído después de un encuentro de compañeros de promoción de bachillerato del año 1974. Y en la vecindad, la amistad creció con los hijos de doña Comelia Zambrana: Rene, Ricardo, Rolando y Norma; con la Julita y Payín Chacón; con Modesto Cuadra, su esposa e hijos; con Diego Flores y familia; con Octavio “el Pelón” Gallardo que aún hoy tengo frente a mí su caricatura donde sostiene una enorme botella de ron en forma de pacha y expresando “Somos de la Vida”, con varios ídolos, libros y la cordillera de Amerrisque de fondo, una de las mejores amistades que logré cultivar en los años de Juigalpa, y también su hijo Fidel, Ficho; con los hermanos Molina, Héctor y Eddie, ambos poetas; con los hermanos Hernández; con don Nacho Duarte y doña Daysi y todos sus hijos e hijas; con Melba Suárez, María Elena Quezada y Carmen Mejía, sus amigas de toda la vida; con los amigos de mis hijos que me saludan al encontrarnos. También hice innumerables amistades por relaciones de trabajo en la delegación de gobierno o en el MIDINRA, y en el liceo y el INAP.  Fue una época maravillosa, donde los años de juventud los dedique al trabajo (tres empleos para sobrevivir con mi familia más los ingresos de ella que siempre resolvía los problemas y los sigue haciendo). Luego que la revolución perdió las elecciones en 1990, me quedé a la deriva, saliendo poco a poco de un naufragio de ilusiones a pesar de los estragos causados por la guerra.

Me quedé sin trabajo en Juigalpa, sin ninguna esperanza después de trabajarle un año al nuevo gobierno, hasta que un funcionario del Alto Comisionado de la Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), llego a la casa a buscarme para ofrecerme empleo y, poco después, me trasladé a Nueva Guinea.

Y ahora, ella regresa con esas fotos de Juigalpa, y me las muestra desde su teléfono, donde está con sus compañeros de promoción, conocidos todos ellos: Jorge Luis Oporta, Julián Báez, Francisco Medrano y ellas: Vilma Luna, Elia Dina Galo, Francis Morales, Nora García, Margarita Galarza y Aydalina Berroteran.

Los años de la gloriosa juventud terminan, pero los buenos recuerdos perduran para siempre, al igual que las buenas amistades, muchas de la cuales están en mi segunda casa, la casa de su familia, su casa, la casa de Juigalpa.


La Colina, Nueva Guinea.
22 de octubre de 2023
Foto Propia.