miércoles, 29 de diciembre de 2010

¿POR QUÉ ESCRIBES?

Muchas veces lo han preguntado. Siempre contesto lo mismo y ahora lo comparto con ustedes.

Escribo para mis amigos. Un día, uno de esos amigos de juventud que se han ido lejos, como arrastrado por un fuerte viento del mes de noviembre, pidió que le contara sobre la situación de mi pueblo, mi querido puerto de El Bluff. Solitario en la habitación de un hotel comencé a escribir y surgió sin esperarlo, fluyendo en imágenes y escenas, un relato con pintura reflejando mis añoranzas, penas y deseos sobre el puerto. Terminó solo, sin apurarlo, sin esperarlo. Se lo envíe y recibí felicitaciones de su parte. Lo volví a vivir, dijo. Un día se lo di a leer a una española compañera de trabajo en Ayuda en Acción y, sin hacer más comentarios, a los días me dijo: “vamos a Kukra Hill a una reunión de trabajo, nos encontramos en la Curva y luego nos vamos a El Bluff”. Caminamos juntos por las calles de El Bluff, le mostré mi puerto, su gente y cada sitio se lo describía como en el escrito, un antes y un después. Luego me envió un correo diciendo que había leído nuevamente y que ahora comprendía perfectamente la situación de mi puerto, dándome ánimos para que siguiera escribiendo. Por eso digo siempre que escribo por y para mis amigos y amigas. La fuente de mis escritos es la vida vivida.

Escribo porque al hacerlo me siento libre. Sí, por eso. Al escribir vivo en un mundo diferente. Me escapo de la realidad. Viajo a diferentes lugares, encuentro gente distinta, a veces buena y a veces mala, gente con sueños lindos, con penas, con odio, con pasión, amor, rencor; gente común y corriente como en la vida real, pero con la diferencia de que a ellos los puedo moldear a mi manera, los puedo convertir en personas felices, en desgraciados, en villanos y héroes. La vida real no me permite hacer eso. Si pudiera hacerlo no escribiría. Mi mujer a veces se enoja y dice “vivís como en la luna” y me rió de sus ocurrencias, pero al concluir un escrito ella es la primera crítica y, si ella no está, se lo leo en voz alta a la muchacha que nos ayuda en la casa, después de decirle deja de hacer lo que estas haciendo y siéntate, escucha y dime si a tus oídos les gusta lo que escuchas. Ambas son críticas, dicen si les gusta o no. La imaginación es mi aliada y casi siempre está de mi lado, nunca me abandona porque la lectura insaciable la atrapa, no la deja escapar.

Escribo porque me gusta. Porque escribir se ha convertido en un hábito. Cuando terminé mis estudios de primaria, al graduarme de sexto grado, mi padre me regaló una máquina de escribir portátil, una de esas pequeñas, mecánica. Por muchos años estuvo a mi lado, pero fue en la universidad que descubrí su utilidad. Luego del triunfo de la revolución, la universidad se convirtió en un caos con los planes de estudios y me encontré con que en un semestre debía llevar doce clases, después que las vacaciones se convirtieron para la eternidad. Iba a clases por la mañana, por la tarde y por la noche. Una resma de papel la dividía en tres partes, dándolas a empastar y me llevaba una de ellas para anotar consecutivamente las clases. Al regresar de cada turno pasaba las clases a máquina con copia en papel carbón y archivaba cada asignatura en un ampo. Si debía investigar me iba a la biblioteca y tomaba apuntes para luego pasarlos en limpio por la máquina de escribir, archivándolo en la asignatura y ampo correspondiente. A la hora de los exámenes me iba a los ampos y les daba una leída. Con la participación en las clases, los apuntes, la ampliación de ellos en la biblioteca y la escritura a máquina de los mismos ya había estudiado. Mis compañeros y compañeras de clases, al darse cuenta del motivo de mis altas notas, corrían siempre tras los apuntes pasados por la máquina de escribir para fotocopiarlos y, cuando eso no les bastaba, llegaban a mi casa a que les explicara, a que les diera la clase en una pizarra que habíamos habilitado en el fondo de la casa, bajo unos árboles de almendro; de esa manera seguía estudiando y escribiendo.

Durante muchos años me convertí en escritor de escritorio. El trabajo me absorbía y fui uno de esos escritores de estrategias, de planes, de programas, proyectos, de informes de seguimiento, de evaluaciones, de rendiciones de cuentas. Lo hacía como siempre, pegado en la realidad, con la terminología exquisita que se usa en los organismos internacionales de cooperación, a tal grado que muchas veces ya no era necesario que los “jefes” lo leyeran porque sabían que todo ello era perfecto, dibujado, pintado y convencedor, con completud, sin faltar ningún detalle.

Escribo todos los días. Muchos piensan que es de un tirón, pero no es así. Surge la idea, escribo un párrafo, lo dejo reposar, lo abandono, regreso a él, continúo, salgo, hago otras cosas, pero un angelito anda en la cabeza dando vueltas y vueltas hasta que termino de escribir. En ese momento sucede algo extraño, me da una sensación mezclada de alegría y tristeza. Alegría porque veo materializado el esfuerzo y tristeza porque no deseaba terminarlo.

Escribo porque quiero cambiar la realidad. ¿Qué razón tendría el hecho de escribir si no se aspira cambiar algo? Antes fue la juventud, después el compromiso por una Nicaragua mejor, luego trabajar junto a los pobres y excluidos por la construcción de un mundo justo en la era de la globalización. Ahora, mi nueva trinchera es escribir. Material acumulado hay a montón. La opinión pública fue el inicio y sigue siendo principalmente sobre la situación de mi amado Caribe Nicaragüense. Los diarios han publicado mis escritos, pero no publican todo, lo hacen según sus intereses. Ahora publicó por mi cuenta. Soy un escritor sin paga, libre, sin ataduras que me ahoguen. Trato de despojarme del yo en el homenaje al usted para llamar su atención y que su mente, sus sentidos, emociones y deseos se conviertan en mis aliados. Y lo seguiré haciendo porque creo que lo mejor esta por venir.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Jueves, 23 de diciembre de 2010

lunes, 27 de diciembre de 2010

EL DUQUI Y LOS JUEGOS DE AZAR EN BLUEFIELDS

Es parte de la ciudad. Ha transitado de generación en generación. Es un juego de azar. Primero llamado “chance” y luego “duqui”. Según Hugo Sujo Wilson, en su libro Historia Oral de Bluefields, “los chinos fueron los primeros en introducir a Bluefields la minilotería conocida hoy como “duqui”; pero no dependían de la lotería nacional o cosa parecida, sino que tenían su propio equipo casero”. Una de las primeras vendedoras de “duqui” fue Marta Hamilton, quien se dedicó a ello desde 1950. Otro que se menciona es Milton Cash. Su auge comenzó en los barrios creoles de Beholden y Old Bank.

Cupones de la lotería local de Bluefields
Su característica principal era escoger un número y anotarse en el cuaderno de la vendedora de la suerte, la creadora de ilusiones. Hoy en día son escasos los cuadernos y para jugar debes comprar un ticket o cupón que casi un centenar de vendedores, la mayoría mujeres, ofertan en las calles de Bluefields.

Este juego de azar está presente en todo el Caribe. Se juega en Belize, las islas de la Bahía en Honduras, el Caribe Nicaragüense, Puerto Limón en Costa Rica y Panamá. En Bluefields se juega tres días a la semana: martes, viernes y domingo. El precio del ticket o cupón varía en precio según el premio; los hay de diez, veinte y cincuenta córdobas. La dueña o “cuponera” tiene un promedio de quince a veinte vendedoras. En la RAAS existe un total de treinta “cuponeras”, de las cuales dos son de Kukra Hill, tres de Laguna de Perlas y quince de Bluefields. Se vende un promedio de treinta mil números en los días de juego.

La “cuponera” es la responsable de pagar el premio que se rifa. Hace mucho tiempo, la rifa se corría con la lotería de Panamá y los jugadores, igual que las vendedoras, escuchaban la radio, pendientes del número ganador. En la actualidad, se juega con la lotería de Costa Rica y están atentos de la televisión tica o a la radio Monumental. En cierto momento apareció una rifa de la Lotería Nacional llamada la Costeñita, pero no duró mucho; algunos dicen que no se juega con la lotería Nacional por desconfianza.

Vendedoras y cuponeras de Bluefields
Como todo juego de azar, el “duqui” es un negocio. Un negocio que atrapa a casi treinta mil jugadores, la mayoría de Bluefields. De igual manera, es un medio, una forma de ganarse la vida por parte de las vendedoras ante la ausencia del empleo productivo. Por la venta de un cupón de cincuenta córdobas, cuyo premio es de mil doscientos dólares, la “cuponera” le entrega a la vendedora el treinta por ciento del valor, es decir quince córdobas. Así, si logra vender cien números, gana mil quinientos córdobas y lo hace tres días a la semana. Muchas de las vendedoras tienen a sus asiduos jugadores que al ganar le entregan una parte del premio en agradecimiento por darle la suerte.

Para muchos, el juego del “duqui” o “cupón” está íntimamente relacionado con la superstición. El profesor Hugo Sujo Wilson señala: “para jugar la pequeña lotería local conocida como “duqui”, cada accidente, cada evento, cada ocasión especial y cada sueño, simbolizan el número ganador. Así que la mayoría de la gente compra sus números de acuerdo con esas creencias”. Los sueños son su fuente de inspiración y los creoles son los más supersticiosos. La compra de determinado número, el número escogido, es el resultado de la interpretación de los sueños, donde miles concurren al libro mediante el que se interpretan. Si se sueña con un color, con una situación determinada, si se tienen pesadillas; cada aspecto corresponde a determinado número. Por ejemplo: si se sueña que estas borracho, el número de la suerte es el catorce; si sueñas con dinero es el treinta y dos; con un muerto es el cuarenta y siete; con un ladrón es el setenta y nueve y con la iglesia es el ochenta y cuatro. Imagínense cuantas personas soñamos. Si todos vamos a comprar el número ganador según la interpretación del sueño, todos nos sacaríamos el premio. ¿Fácil no?, pero la situación es otra.

La realidad es que todos o casi todos juegan en Bluefields. Es una pasión que llevamos en la sangre. Nadie escapa de la tentación de jugar y ganar. En Bluefields alguien decía: “aquí todos juegan, hasta los pastores de las iglesias lo hacen, aún cuando a sus fieles se lo prohíben”. El problema es cuando se convierte en un juego patológico, compulsivo, una enfermedad llamada ludopatía; trastorno que consiste en perder el control de nuestros impulsos ante el juego y nos volvemos adictos. Hay diferentes tipos de juegos, unos dependen de nuestras habilidades (como el béisbol, baloncesto o el fútbol) y aquellos en que el resultado no depende del sujeto, como la ruleta, el bingo, las peleas de gallos, el “duqui” y los florecientes casinos en Bluefields.

Casa de juego en Bluefields. Foto Kenny Siu.
Para la persona que juega, el comportamiento tiene muchas consecuencias agradables que contribuyen a que lo mantenga. Por un lado, la persona cree que va a ganar mucho dinero, y que con este dinero le van a respetar y apreciar más. Si cuando va perdiendo, de repente le toca un premio, vuelve a sentirse bien. Esta ganancia hace que no se fije en todo lo que ha podido perder antes y alimenta su esperanza de obtener nuevos premios, lo que hace que siga jugando. Si la persona se pone a jugar tras una discusión, un mal día, un problema y obtiene un premio que le hace olvidarse del enfado, estar más contento o sentirse mejor, no le importa lo que haya perdido, porque por fin le pasa algo bueno en todo el día. Así, cada vez que se encuentran mal, juega para aliviar estas sensaciones negativas. Cuanto peor se siente más juega, cuanto más juega peor se siente y, en consecuencia, más juega.

Con el tiempo, se empiezan a asociar determinados sonidos, colores e incluso olores, a las sensaciones placenteras que proporciona el juego. De esta forma, cada vez que el jugador tiene alguna de esas sensaciones, se acuerda del juego y le entran ganas de jugar. Es un círculo vicioso y muchos han dejado su dinero, sus vehículos y hasta sus casas en los casinos de Bluefields, donde un abogado está a la orden para realizar cualquier documento legal que garantice la prenda.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Miércoles, 22 de diciembre de 2010

jueves, 23 de diciembre de 2010

PARA LAS FIESTAS NAVIDEÑAS EN EL BLUFF

En el mes de mayo recibí un correo electrónico donde se preguntaba por mi padre y por otros viejos conocidos de El Bluff. De inmediato contesté. Luego, en agosto, tuve respuesta y, con ansias por saber más, preguntaba por la vida de otras personas. En los primeros días de diciembre, el mismo remitente decía: “Te mandé un cheque ($100) al El Bluff. No ha pasado por mi banco todavía. Favor informarte”. No entiendo, por favor aclárame, le contesté. 


El mismo día respondió: Simplemente, envíe un cheque de regalo para las fiestas navideñas en El Bluff. Con confianza lo mande a nombre del hijo de mi amigo, White B. Hill y con dirección El Bluff. Feliz Navidad y saludos a todos. Si es un cheque para mi agradezco el gesto, el inconveniente es que yo vivo en Nueva Guinea, respondí. Su respuesta fue “Bueno, vamos adelante. Hace tiempo mandé otro cheque a un amigo en Cottentree. El nunca me contestó, pero el cheque fue cobrado en mi banco. Vamos a ver que pasa con este cheque. A los ochenta y cinco años, tengo que hacer algo bueno.  Que buena honda. Lo más seguro es que el cheque regrese a él después que no me encuentren, pensé y, con el paso de los días, me olvidé de ello.

El viernes, 17 de diciembre, caminando por las calles de Bluefields, el cartero llamó mi nombre. “Ando una carta para vos”, dijo. Una carta y con dirección de El Bluff, que raro pensé. De inmediato recordé el intercambio de correos que había tenido. Abrí el sobre y allí estaba el cheque a mi nombre y una nota que decía: “para las fiestas navideñas en El Bluff”.

Fui al banco y tuve que depositarlo en mi cuenta para que se haga efectivo dentro de veinte o treinta días. Hice el retiro de la cantidad recibida de mi cuenta y sin dudarlo viaje a El Bluff. Busque a varios amigos, entre ellos Ramón Bermudez, mi prima Claudia Cadenas y Kira.  Les explique lo del cheque y decidimos celebrarle una fiesta a los niños y niñas con piñatas, paquetes y refresco. Ellos organizaron la convocatoria de cien chavalos escogiéndolos de los diferentes sectores o barrios. Acordamos hacerlo al siguiente día a las tres de la tarde en el parque. Vale la pena hacer un poco más, pensé, así que retire más dinero de mi cuenta ($ 50.00) el sábado por la mañana para qué mayor número de niños y niñas las disfrutaran.

Le comenté al remitente que había recibido el cheque y que íbamos a celebrar las fiestas navideñas en el Bluff sin indicar de lo que se trataba. Asistieron más de 200 niños y niñas. Reventaron tres piñatas repletas de caramelos. Les entregamos 200 paquetes (galletas, bombones, chocolate, etc.) y refresco. Ahora comparto con todos ustedes esta rica experiencia. Luego de ver las fotos escribió diciendo lo siguiente:

Me hace bien al corazón al leer esto y ver todas estas fotos. (No reconozco los lugares). Tengo un mal corazón, pero esto me hace más bien que todos los medicamentos recetados.



Yo pensé que tenían alguna fiesta ya establecida y simplemente estaba contribuyendo. Ahora veo que esto podría equivaler a una cosa cada año con mi contribución anual. Gracias a la contribución de algunos otros, podría convertirse en algo más grande.


Mi nombre es José Martel Arguello y fui Auditor Interno de BOOTH en 1969-70. Yo viví en la Colonia, con mis vecinos: Bartlett, Jureidinis, Wasdins, etc. También tenía mis buenos amigos, capitanes de barcos pesqueros: White B. Hill y José Sanles. Mis buenos amigos de la Booth eran Henry Pineda y Pinolillo. El Coronel Brenes y Peters y el Teniente Sandino también fueron buenos amigos. La gente de la Aduana casi todos.




Me fui a Bluefields después y viví en el barrio Cottontree junto a la antigua Casa de Jureidinis. Fui dueño del antiguo Club Social Bahía. De todos modos, voy hacer un Blog la primera vez que tenga la oportunidad y te enviare los detalles.

La gente de El Bluff y Bluefields hicieron mucho dinero para La BOOTH. Y yo recibí mi parte con un buen sueldo. De este modo puedo devolver un poquito en diferente forma. Vivo en Hawai y tengo 85 anos de edad. Un millón de gracias. Don Pepe”.


Gracias a usted Don Pepe por haber confiado en este su amigo y en desear algo bueno para la gente de El Bluff, un puerto que en un instante pasó del esplendor a la miseria.

Estos son dos vídeos de los niños y niñas quebrando las piñatas:


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Martes, 21 de diciembre de 2010
http://hillron.blogspot.com

martes, 21 de diciembre de 2010

¡ADIOS RAMON, ADIOS PILON!

Como casi todos los viajes, fue sin programarse. Celebraba con mi hijo Aster y un amigo el retorno de los pájaros a cantar. Como a las seis de la tarde sonó el teléfono, una llamada desde Miami dando la noticia de la muerte de Ramón Benavides. Sin dudarlo llamé a Javier Benavides, “el Bena” y lo confirmó: “aun está calientito, mañana lo enterramos”, dijo. “Salgo en la madrugada”, le contesté.

Asistí a su sepelio, compartí esos momentos de dolor por la perdida de un ser querido. Don Chon estaba destrozado por la muerte de su hijo; natural es lo contrario, nosotros debemos enterrar a nuestros padres.

Cuatro meses mayor. Nació el 8 de abril de 1957. Estudió en el colegio San José y en el Instituto Nacional Cristóbal Colón hasta tercer año para luego ingresar al INTECNA a especializarse como tornero y mecánico automotriz. Fue baterista del grupo musical “Don Memo y su Combo” donde se inició incitado por Sergio Watson. En 1985 partió hacia México junto a su hermano Norberto por avión. Estuvo un tiempo en ciudad El Carmen junto a otros conocidos, entre ellos Glen Hunter. De allí salió mojado en un remolcador hacia Austin, Texas. Su hermano Norberto se separó de él y se trasladó a Los Ángeles. Cinco años después se fue a Miami donde trabajó en mecánica automotriz y la “migra” lo detuvo. Procreo dos hijos con Julia Pacheco, Dan y José Ramón. Hace más o menos diez años se separaron por causa de su insaciable consumo de alcohol.

En junio del presente año, mientras se celebraba la Copa Mundial de Futbol, regresó a El Bluff. Lo volví a ver después de muchos años: parecía un anciano por su mirada, su voz quebrada y caminar lento. Fue hospitalizado en Bluefields producto de una de esas crisis que no intento describir. Nunca siguió las indicaciones del medico. “Un trago más y te mueres”, le dijo. Le brindaron tratamiento y las instrucciones para seguir una dieta estricta. Nada de lo recomendado cumplió.

Su sepelio fue temprano. Uno de los hombres de “ojos amarillos” lloraba al paso de féretro cargado por su gran peso por varios hombres fuertes. Al escuchar los lamentos observe que era “Pelé”. “Ramón, Pilón, mi hermano, mi amigo, porque te fuiste”, decía con lagrimas que corrían por sus mejillas, con voz de dolor. Trate de consolarlo pero su pena era mayor que el sentido de mis palabras. Su amigo y compañero se había marchado para siempre. Le toqué la espalda y seguí caminando detrás del féretro hasta la iglesia.

La ceremonia no duró mucho. Al momento de su sepultura, otros amigos, entre ellos “el Sapo”, también lo lloraban. La familia, sus hermanas, hermanos y sobrinas también lloraban por él. Don Chon, frente a la bóveda, lloraba con el corazón en la mano mientras Javier, “el Bena”, lo abrazaba con lágrimas y fuerza de dolor. Se fue para siempre el 13 de diciembre.

¡Adiós Ramón, Adiós Pilón!

jueves, 16 de diciembre de 2010

NUEVA GUINEA Y BLUEFIELDS: UNIDOS POR SUS ENCANTOS

Dos pueblos de una misma Región, cercanos pero separados por menos de cien kilómetros y una Ley de Autonomía que no reconoce, que excluye al otro. Dos historias diferentes, pero con riquezas que esperan a sus pobladores para ser descubiertas. Nueva Guinea y Bluefields: cercanos pero distantes, como vecinos que no cruzan palabras, donde uno de ellos se muestra receloso por la llegada del otro al asentarse a su lado. Motivos sin valor, infundados, creados por intereses mezquinos.

Bluefields, con su riqueza multiétnica, donde interactúan creoles, misquitos, garifunas, ramas, ulwas y mestizos, soñando con alcanzar la “unidad en la diversidad” bajo la bandera ondeante de la autonomía; puerta de salida a la inmensidad del Caribe a través su bahía que refleja ilusiones y añoranzas de un pasado esplendoroso. Un pueblo alegre que celebra la llegada de las lluvias con su tradicional Palo de Mayo, con una gastronomía exquisita, abundante, vigorosa con sabor a coco y aromas de vida marina. Una ciudad que crece a ritmo acelerado con vida comercial activa, con taxis en forma de zapatos que inundan sus calles al ritmo de narcocorridos, música que desplaza el reggae, el calipso y el soul. Una ciudad transformada en “remesadependiente” donde sus hijos transfieren a las familias el dinero desde diferentes puntos del planeta. El empleo productivo desapareció debido al cierre de varias empresas dedicadas a la exportación de mariscos y ante la ausencia de la llegada de barcos mercantes al puerto de El Bluff.

Nueva Guinea, un pueblo de mestizos, originarios de casi todos los departamentos del país, asentados en 30 colonias y más de 180 comarcas. Un pueblo joven, con menos de cinco décadas, que recrea sus tradiciones y costumbres llevadas por todos. Un pueblo que busca una identidad propia, que la construye cada día. Un pueblo sencillo, trabajador, solidario, que no celebra fiestas patronales dedicadas a virgen o santo alguno, pero que vibra de alegría cada cinco de marzo al conmemorar la fundación de su “luz en la selva”. Un pueblo campesino que labra la tierra y genera mil veces más de lo que necesita para alimentar a sus hijos. Una ciudad activa, creciente, prestadora de servicios que aglutina a la población que vive en colonias y comarcas. Productora de granos básicos, raíces y tubérculos, cacao, café, especies, piña y otros rubros; de leche, quesos y carne, productos de una ganadería que cada vez más se torna amigable con el medio ambiente al aumentar la conciencia ambiental de los productores, tecnificando sus sistemas de producción. Atrás va quedando, por conciencia propia y generada por organismos de cooperación y autoridades, el modelo chontaleño, la “chontalenización” de la ganadería.

Dos pueblos hermanos que deben reconocerse, darse la mano, abrazarse y emprender juntos el andar. Dos hermanos que se necesitan mutuamente. Bluefields demanda históricamente una salida por tierra hacia el resto del país, Nueva Guinea es su puente natural. Una vía terrestre cada vez más cerca de lo posible. Unidos por ella, Bluefields y Nueva Guinea tienen mucho que ofrecerse y ofrecerle al resto del país. Las bellezas de ambos son el verdadero potencial para el desarrollo sostenible a mediano y largo plazo.

Atardecer llegando a Bluefields
Bluefields, centenario, acogedor y embrujador; abre rutas hacia las comunidades de la cuenca de Laguna de Perlas y sus paradisíacos Cayos Perlas; hacia Corn Island, hacia El Bluff, hacia Rama Key, donde los habitantes de Nueva Guinea y el resto del país pueden disfrutar del turismo de arena, sol y playa, de la pesca deportiva, de la cultura étnica, sus ritos y ritmos sensuales; de sus majestuosos paisajes, de amaneceres donde el sol es más inmenso en el horizonte y los atardeceres celestiales.

Salto La Esperanza Nueva Guinea
Nueva Guinea, joven y solidaria, espera con su cultura campesina para mostrar sus sistemas agrícolas y pecuarios, sus prácticas y resultados; sus cerros y montañas, sus ríos y cascadas de aguas claras; sus comunidades al alcance de la mano, sus días rimbombantes de mercado, donde todos concurren como a una feria en las que los habitantes de Bluefields podrían adquirir sus productos a precios solidarios mejorando su economía.

Dos pueblos que se necesitan con urgencia para emprender el crecimiento y desarrollo de la mano. Muchos son los retos y desafíos de los gobiernos municipales, del gobierno Regional y Central a los que se deben sumar las cámaras de turismo. Primordial es convertir en realidad la carretera que los una, mejorar el transporte acuático y terrestre, los caminos de acceso a los sitios más atractivos, la mejora de los servicios básicos y las condiciones de alojamiento, así como la inversión en recursos humanos. Bluefields y Nueva Guinea creciendo juntos a través del turismo, una de las principales vías para generar ingresos económicos, crecimiento social y propiciar el encuentro de ambos pueblos que hasta hoy se dan la espalda.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
hillron@hotmail.com
Domingo, 12 de diciembre de 2010

lunes, 13 de diciembre de 2010

HÉROES, DOS SIN NOMBRE

Rostros de alegría, satisfacción por el deber cumplido. La utopía revolucionaria, lucha incesante por construir un mundo justo, sin pobres ni ricos, en el que todos, sin excepción, accedieran a educación, salud, empleo, vivienda; igualdad de oportunidades para mujeres y hombres, sin exclusión. Sueños eternos para convertirlos en realidad.

Habían estado en la comunidad de Tasbapounie apoyando la construcción de escuelas y puestos de salud, después de la guerra de liberación del año 1979. Una misión encomendada a ellos por el Frente Sandinista de Bluefields, escogidos por su convicción, por su entrega, por militantes aguerridos e históricos.

Carlos Eddie Monterrey, de pie a la izquierda, carga sonriente una alforja llena de ilusiones, las mismas que aún lleva insistente en sus hombros; incansable promotor de la cultura y esperanzado por ver un Bluefields diferente. Ricardo Flores, llamado “Chop Chow”, cruzada en su testuz sostiene la hamaca que lo acogió en los momentos de descanso después de largas jornadas de marchas y trabajo.

En el centro, abrazados como hermanos, Cesar Álvarez Arce y Roger Gutiérrez. Cesar pasa su brazo sobre los hombros de Roger y con su mano izquierda sostiene el fusil BZ que Roger, a la vez, mantiene aferrado a nivel del cargador, mientras que con su brazo derecho lo abraza. Un abrazo para siempre, de hermanos en lucha, que con el paso del tiempo se convirtieron en hermanos de sangre al procrear Ivette, hermana de Cesar, un hijo de Roger.

Abajo, en cuclillas, el primero a la izquierda es David Lumbi; levanta su mano empuñada en señal de satisfacción por el deber cumplido, simbolizando la victoria. A su lado, la única mujer, Bárbara Campbell, con una sonrisa que sobresale a la de todos; cubre su cabello rizado con un pañuelo y en su hombro derecho sostiene un bolso repleto, abundante de esperanzas, mientras su muñeca izquierda descansa en el hombro derecho de Mateo Brack quien carga el peso de su mochila, compañera inseparable de múltiples misiones y receptora de lo esencial, lo básico para movilizarse en cualquier momento ante el llamado del deber militante.

De pie, al lado de Roger Gutiérrez, aparecen dos desconocidos, arcanos en la memoria viva de Carlos Eddie y Roger. Nadie sabe sus nombres. Dos soldadores que trabajaban en el puerto de El Bluff y que los movilizaron junto a ellos, héroes sin nombres.

Al regresar a Bluefields, después de varios meses de ausencia, la cámara fotográfica de Mariko Lockart, una norteamericana que trabajaba para el periódico SUNRISE en Bluefields, captó el momento para la eternidad, frente al Colegio San José un día del año 1982.

La foto, guardada con recelo por Ivette Álvarez, hermana de Cesar, mi primo. Se la mostré a Carlos Eddie Monterrey en Bluefields y en su rostro descubrí la alegría de volver a ver a sus compañeros de lucha, muchos de ellos descansando para siempre. Ahora la foto es de ustedes, es de todos. Ojala un día alguien reconozca a los sin nombre y espero que los Sandinistas de Bluefields la copien, la multipliquen, la amplíen y la cuelguen en la oficina del Comité Regional como un tributo a ellos, para que el tiempo no borre su lucha, los motivos y aspiraciones de estos héroes.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Jueves, 09 de diciembre de 2010

jueves, 9 de diciembre de 2010

NO HIT NO RUN, SIN PENA NI GLORIAS

Foto: Julio Cesar Bermudez.
Desde días antes la afición, peloteros y dirigentes esperaban ansiosos el desarrollo de los juegos. Familias enteras, amigos de los barrios, las viejas glorias, chavalas y mujeres, niños y niñas disfrutaban sanamente de ellos. Fue el primero de cuatro que se jugaban los domingos en la liga mayor A de Bluefields, el año de 1974. El equipo de Beholden contra “Los Diablos” de El Bluff que actuaba como home club. El estadio estaba repleto y “la Puná” con sus bailes y gritos, colgada de la malla, amenizaba y daba las pautas a la barra de Beholden para intimidarme. La recta llegaba con fuerza y veloz; la curva hacia afuera, adentro y el drop, obedecían las indicaciones de Frank Roe, receptor del equipo.

En la tercera entrada, Rodolfo Watts, jardinero central y primer bate, tocó la pelota dejándosela en la mano a la tercera base por su velocidad. Morsby Taylor, segunda base, dio un batazo elevado al jardín izquierdo, cayendo el primer out. Charles Wilson, llamado “Jack Palance”, ocupaba la posición de jardinero central, le dio con su característica fuerza que salimos del dog out a festejar, pensando que caería en el techo del gimnasio del Instituto Cristóbal Colón, pero el jardinero central la atrapó pegado a la pared del mismo, completándose el segundo out. “Tenemos que anotar, tenemos que anotar”, decía Fausto Bermúdez, alias “Pinolillo”, manager del equipo. Montó la jugada de hit and run con Alvin Omier, “Bubu”, cuarto bate de la alineación y tercera base, quien conectó una línea tendida y profunda como un hilo al left center, mientras Rodolfo Watts se desplazaba como un bólido doblando por segunda y tercera, para barrerse al final en el home plate anotando la primer carrera, mientras “Bubu” anclaba en segunda. La barra de Beholden, con “la Puná” al frente, le recordó sus seres más queridos a Rodolfo Watts, conocido como “Dolfi Pupu”, mientras la de El Bluff gritaba de emoción. El tercer out cayó luego que Frank Roe conectara un fly alto y profundo atrapado por el jardinero izquierdo.

Al iniciar la séptima entrada escuché los gritos de mi padre: “si seguís tirando así hasta el final del juego te voy a regalar quinientos pesos”. No entendí por qué gritaba eso y al volver la mirada a la pizarra me di cuenta: ganábamos con una carrera, el equipo de Beholden no había dado ningún hit y no habían errores. De inmediato, “Pinolillo” paró el juego y se dirigió a la colina acudiendo todo el infield y dijo: “no le hagas caso, no le pongas mente, seguí tirando así, tranquilo; este juego es tuyo”. Al salir hacia el dog out hizo señas a los jardineros que estaban reunidos en el jardín central: “arriba muchachos, este juego es nuestro”.

Foto: Julio Cesar Bermudez.
En el octavo salió un roletazo fuerte por la segunda base; Morsby Taylor le llegó a la pelota, se le “enmantequilló”, luego se le cayó, logró recuperarla y, por la prisa, tiró mal a la primera, llegando safe el corredor. Después se completó el tercer out y nunca más volvieron a tomar base los del equipo de Beholden. En el último inning, con dos out, Frank Roe llegó a la colina para decir “este es peligroso, vamos a esconderle la pelota” dando las indicaciones de cómo picharle. Con conteo de tres y dos, lance una recta pegada en la esquina de adentro y el bateador sacó una línea baja y tendida al left field. Observé a Charles Wilson salir corriendo desesperadamente hacia delante, una carrera interminable, buscando la pelota hasta capturarla al nivel del cordón de los zapatos. Levanté los brazos eufórico, los compañeros de equipo corrieron a la colina y festejamos el juego como niños, mientras la barra de El Bluff estremecía el estadio. Ganamos con un juego no hit no run. Esa misma tarde, en el último juego, Kevin Brautigam culminó la jornada del día lanzando otro juego no hit no run.


Llamadas telefónicas a Davis Hodgson, pitcher estelar del equipo, a Arturo Valdez, incansable promotor del deporte infantil en esos años y a la memoria invaluable de Filmore McDonalds, “San Martín”, campeón pitcher ese año que con claridad lo recordó y volvimos a vivirlo, lo que ha permitido escribir parte de él.

Los registros que los anotadores oficiales hacen de los juegos de béisbol en los estadios se han perdido, no hay constancia verificable de ellos. En esta era digital, esos registros deberían ser la base principal para otorgar las medallas y trofeos al campeón bate, al mejor guante, al mayor roba bases, al campeón pitcher, con base en su efectividad y juegos ganados. Las voces que se escuchan por todos lados indican que no es así.

¿Cómo hacen las Federaciones de Béisbol para organizar su selección municipal o departamental? Por conveniencia y amiguismo dicen muchos. Se cuestiona por todos lados el papel de las Federaciones de Béisbol, se escuchan quejas y clamores ante la falta de transparencia, porque no rinden cuentas de los ingresos que generan las entradas, las ventas de cervezas y la propaganda reflejada por todos los rincones de los estadios decadentes y abandonados. Frecuentemente somos testigos de pleitos y descalificaciones entre ellos. Si es como ellos dicen, que el béisbol no genera recursos, ¿por qué se pelean?, ¿por qué sus “dirigentes” no permiten la renovación natural de sus miembros dando lugar a otros? Se han acomodado, han hecho del béisbol un modo fácil de ganarse la vida, lo han convertido en un negocio y ellos son dependientes de las migajas que el Instituto de Deportes les asigna.

La promoción del béisbol en las escuelas, en los institutos de secundaria, el apoyo a las pequeñas ligas, es inexistente. Los culpables son los “dirigentes” y sus resultados, sin penas ni glorias, son un béisbol mediocre, decadente, con algunos jugadores parranderos, violentos y, en casos extremos, violadores que ponen por el suelo el nombre de Nicaragua.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Lunes, 06 de diciembre de 2010

martes, 7 de diciembre de 2010

ROSTRO EN GLORIA, CUERPO EN PENA

La vio caminar hacia él
y se acomodó en una banca del parque a esperar su paso.
La observó en silencio: ojos negros almendrados;
una Biblia en su mano izquierda, sostenida a la altura de los pechos;
pelo negro, corto, pelo de lluvia;
una blusa manga larga mostraba sus manos, finas con dedos limpios;
falda larga hasta los tobillos cubiertos con calcetines
y pies calzados con zapatos sin tacón.

Al pasar y seguirla con la mirada
descubrió su cintura de abeja
y el movimiento florido de sus nalgas,
al vaivén de su andar seguro.
“Es un ángel”, pensó.

Al día siguiente
se acomodó en la misma banca,
a la misma hora, a esperarla.
Transcurrieron las horas y no apareció.
“Subió al cielo para no regresar”, pensó
con el corazón dolido.
Los días pasaron y siempre acudía a la misma banca.
Su ángel no aparecía.

Un día jueves,
con la ilusión de verla,
apareció por el mismo camino.
Se levantó de la banca
y caminó a su encuentro.

La admiró de frente
y se dio cuenta del significado de la gloria
al contemplar su rostro.
Se quedó sin palabras.
“Es un ángel”, pensó.

Dio la vuelta
y la siguió
como un fantasma por las calles lodosas de Nueva Guinea,
hasta que entró
a la iglesia del Séptimo Día.

Desde entonces acudió
al culto todos los jueves, sólo por verla.
Pasaron días, semanas y meses, hasta que la conquistó.
Regado dejó su juramento de creer
en la santa iglesia católica, apostólica y romana.

Descubrió escondidas,
bajo su vestimenta y rostro en gloria,
las penas sedientas,
ardientes de su cuerpo.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
2010