lunes, 17 de octubre de 2011

“LA IGLESIA NO ROBA, BUSQUEN EN OTROS LADOS”

Foto: Ronald Hill A.
En su casa tiene una habitación exclusiva: la más distante de la sala, en el fondo. Llegas a ella a través de un pasillo oscuro y, en la medida que te vas acercando, unos treinta pasos, percibes un olor horrible, olor a papel viejo, putrefacto. Al tomar la llave para abrirla, sus manos lo hacen con ligereza, destreza, seguridad, raflá. La podredumbre salía como los pecados expuestos en confesión y, con orgullo, mostró los más de mil quinientos sacos amarrados, arpillados hasta el techo, unos encima de otros, como cuando hace sus negocios. Con orgullo y sonriente, tomó uno de los recién guardados, le quitó el nudo y mostró su contenido: cartas de venta; allí guarda millones de ellas, acumuladas con el paso de los años.
           
Los novillos, toros, toretes, bueyes, vacas y terneros, asentados en ellas han vuelto a la tierra, la nuestra, la venezolana, la gringa, a la tierra de la humanidad por cuestiones fisiológicas, pero él las guarda como un recuerdo placentero, como prueba de su trabajo y por si las moscas. El origen de esos semovientes en diverso: llegan a él de mano en mano, desde las profundidades de la montaña y en los alrededores de su finca; sus agentes, cercanos y distantes, hacen el trabajo como hormiguitas afanadas en recoger los animales y descansan hasta que el lote vale la pena, nunca menos de treinta. Tienen sus bodegas, como llama a sus fincas, más de cinco mil manzanas a ambos lados de la carretera, hasta donde te alcanza la mirada. En su comunidad nadie le mete las manos, nadie se atreve a competir contra él, nadie le vende a otro. Eso sí, cuando recibe los papeles, paga constante y sonante, no le gustan los chequecitos: “son inhumanos”, piensa.
           
Como es emprendedor, para no tener problemas compró sus camiones ganaderos. Nada de andar regateando el precio del viaje hasta los mataderos industriales; muchos pretendían llevarse una tajada en el negocio. Ahora él determina el valor del viaje a Managua, Juigalpa, Nandaime y hasta Sukarne. Los otros, por no entender el concepto de “encadenamiento productivo”, según los especialistas, ahora hacen fila y casi lloran para que les garantice uno de sus viajecitos, porque al año demanda setecientos cincuenta para mover doce mil cabezas.
           
Tienes que estar pendiente de sus trámites en la alcaldía. Ni se te ocurra coincidir cuando sus empleados hacen las gestiones para legalizar las cartas de venta porque todas las ventanillas son exclusivas para ello: los camiones parqueados, llenos de ganado, obstruyen el tráfico de otros vehículos, mientras los policías, al ver la carta de venta en manos del chofer, autorizan su salida.

En el año 2006, cuando se construía la “catedral” de Nueva Guinea, el padre Julio Falagan, entonces cura párroco de la localidad, obtuvo una parte del financiamiento para ello. Como la iglesia está exenta del pago del quince por ciento del IGV, con eso y la ayuda de miles de pequeños productores, logró concluir la obra. Realizó kermeses, rifas de vehículos y, de comunidad en comunidad, pedía a los ganaderos el apoyo con un novillo para luego venderlo al matadero. Recogió más de cuatrocientos con carta de venta; realizaba personalmente los trámites y se encontró con una burocracia que lo atrasaba, revisaban montados en el camastro del camión el “santo y seña” de cada uno de los animales. Desesperado por ver concluida su obra, porque el tiempo se le vencía, gritaba frente a la alcaldía y después por la radio: “la iglesia no roba, busquen en otros lados”, refiriéndose a las triquiñuelas que hacían los compradores en las ventanillas de la alcaldía municipal ubicadas en las colonias y cabeceras distritales para legalizar el ganado. El cura también hizo otras denuncias que motivaron el desmantelamiento de bandas asesinas de robadores de ganado, pagados por los mismos ganaderos, poniendo en “jaque mate” a todo el sistema jurídico y legal en la zona.

Las alcaldías del país y la Policía Nacional han establecido que, para realizar una compra de ganado, de ahora en adelante, tanto el vendedor como el comprador, deberán estar presentes con el fin de reducir el abigeato. Es de celebrarse: al fin los invisibles del sistema ganadero del país, los “bota de hule”, podrán mostrar su rostros y estampar su firma en un documento legal. Los empaquetadores de cartas de venta, los representantes de las grandes organizaciones de ganaderos del país y de los mataderos industriales, desde ya argumentan que esta medida les resta “competitividad” porque tiene más de cien años de estar trabajando con el sistema anterior.

¿Cual competitividad? No hay, es falso. Deberían trabajar por una ganadería sostenible, mejorando el sistema de producción que tiene más de cuatrocientos años de ser igual e incrementar el promedio de los índices productivos y reproductivos. Nicaragua demanda cambios y uno de los más importantes está en la mentalidad de los ganaderos.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Sábado, 15 de octubre de 2011

jueves, 13 de octubre de 2011

UN ENCUENTRO SORPRENDENTE

Estaba a la hora indicada en el sitio acordado, mirando todos los rostros en busca de alguno familiar. Sin dudarlo, pregunté a la bar tender si sabía de la reunión de blogueros y, extrañada, dijo que no. Me acomodé en la barra y pedí un cerveza, “es temprano aún”, pensé.

El viaje de ida, en esos doscientos ochenta kilómetros hasta Managua, fue placentero. Mi hijo Ronald me acompañaba y, a pesar del torrencial aguacero que amaneció inundando calles y carretera como tratando de evitarlo, la emoción del encuentro invadía mi estado de ánimo.

Luego de dos tragos observé a un joven solitario en una mesa que esquivaba mi mirada. Sin dudarlo me acerqué a su mesa y dijo: “Ronald, hillron, Sueños del Caribe”, “sí, el mismo”, respondí, trasladándome con la cerveza a su mesa. Era Néstor Arce. “Te invito a una”, le dije y se rompió el hielo en ese tipo de encuentros donde te conoces solamente a través del mundo virtual.

Minutos después fueron apareciendo los participantes del Festival de Blogs de Nicaragua que unió a más de ciento diez blogueros mediante el tema de migración. Sonrisas, abrazos y besos llenaron el local. Todos eran conocidos entre ellos, jóvenes entusiastas, la mayoría estudiantes de comunicación o profesionales vinculados a los medios digitales. El grupo creció y nos trasladamos a la parte posterior del local, bajo el cielo opaco de Managua. “¿Qué hago entre este grupo de jóvenes?”, me preguntaba, dudando, cuestionándome, escuchándolos, observándolos; la mayoría, con su teléfono móvil en mano, escribían, “tuiteaban”, reían y bromeaban. De pronto, Carlos se acercó, tomó una silla y entablamos conversación. Entre pláticas, sobresalía ella, su voz, su acento, su ronca voz, su sonrisa, su mirada esquiva. “Es ella, no hay dudas”, pensé y en un descuido me trasladé a su lado. “¿Sos vos?”, pregunté. “Sí, soy yo”, respondió, pero sus atributos de comunicadora social y políglota desparecieron, se esfumaron; recordé lo que le dijo el tío Ramón a Isabel Allende: “no temas, siempre piensa que otros tienen más miedo”.

Por insistencia de Néstor nos trasladamos al bar de sus amigos: la Lomita. Al llegar, se unieron otros participantes creciendo el grupo hasta unos dieciséis. En un rincón nos acomodamos, ella ocupaba un sillón como una diosa con las piernas cruzadas, dominando el espacio, la conversación y mi mirada. La gentileza de Natalia, al tratarme como caribeño, en instantes cautivó mi atención y comenzó la parte filosófica que buscaba, prolongándose con Carlos.

¿Cuáles fueron los logros?, ¿cuáles son los resultados?, ¿y ahora, qué sigue?, ¿cuál es la perspectiva?, ¿hacia dónde seguiremos juntos? Eran preguntas que me inquietaban; al hacerlas, la atención focalizada en la diosa dominante desapareció. Aquí algunas de las respuestas que recuerdo y otras reflexiones propias:

  • Sin duda, el propio evento fue un logro, a pesar de ciertos problemas iniciales de coordinación con Globalvoices.
  • Se inscribieron más de 110 blogueros. Muchos no comprendieron que debían hacerlo enviando un correo electrónico a la dirección indicada. Muchos post no fueron incluidos. A pesar de ello, la participación fue alta. Como dice Natalia, de ocho nos convertimos en más de cien.
  • Los medios tradicionales, La Prensa y el Nuevo Diario, abrieron la puerta y varios blogs fueron publicados. Confidencial, en la versión electrónica, también lo hizo al igual que Conexiones. En el futuro se tendría que buscar la forma en que otros medios también se sumen.
  • Ha quedado abierto a los blogueros y twiteros la opción de continuar usando la pagina de Facebook y el hashtag #BlogsNI en sus publicaciones, identificándose como blogueros Nicaragüenses, sin importar su residencia en el país o en el extranjero.
  • Tenemos resultados que deben ser capitalizados. Podemos seguir haciendo muchas cosas, no hay duda. Todo es cuestión de ganas. Cualquier organización, nacional o extranjera, que pretenda hacer incidencia en políticas públicas perfectamente puede financiarnos un proyecto. Sí, un proyecto. Uno que incluya la propia incidencia en el tema definido, recursos para capacitar a los mismos blogueros con el fin de mejorar y otras actividades que en este primer festival han sido limitantes: gastos operativos, movilización y visibilidad.
  • Para ello es preciso mantener un espirítu espontáneo, relajado, abierto, descentralizado, con un equipo organizador de apoyo que busque siempre el acercamiento y reconocimiento de la comunidad bloguera para que ésta continúe creciendo. La responsabilidad de organizar un encuentro presencial y algún taller puede ser asumido por una organización amiga que garantice el buen manejo de los gastos operativos y la cohesión en el marco de los objetivos. En años anteriores se realizaron encuentros de blogs, que podrían ser retomados para el próximo año e incluir a la comunidad bloguera en la definición de los temas a abordar, oportunidades de capacitación, etcétera.
  • Debemos sistematizar la experiencia. Hay algunos intentos individuales que han sido publicados por blogueras en sus post como Mildred y Natalia. Hay que ir más allá, es necesario un encuentro presencial para ello. Un grupo de veinte es manejable. Financiamiento para ello existe, hay que buscarlo, hacer un proyectito y listo.

La noche concluyó casi al amanecer. Al despedirse, la diosa dominante dijo adiós con sus manos. Me levanté de la silla y, atrayéndola, besé su mejilla. Sentí su fresca piel, su aroma embriagador y desapareció. Regresé solitario con un día despejado, luminoso por un sol radiante. Al llegar al empalme de Lóvago recordé que el día anterior habían inaugurado la carretera Acoyapa – San Carlos. Sin dudarlo, hice el recorrido hasta el Pájaro Negro, un tramo recto, sin curvas con el verdor de la vegetación a ambos lados. Puse el CD de Jimmy Cliff y, en estado de repetición, la canción I can see clearly now. La canté, una y otra vez, imaginado en el horizonte a la diosa dominante del encuentro sorprendente.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Miércoles, 12 de octubre de 2011

martes, 11 de octubre de 2011

AHORA LO VEO CLARAMENTE

Lo notó con el paso del tiempo. Nubarrones, tormentas, desequilibrios y obstáculos lo mantenían ciego sin valorar cosas menores. Su vida transcurría en un ir y venir constante, mochila al hombro llena de sueños para desparecer en otros lo que, sin darse cuente, a él también lo limitaba. Una noche soñó para él. Sorprendido despertó en la oscuridad. Hizo cuentas, desechó lo malo de lo bueno, olvidó rencores del pasado, calculó el tiempo, aligeró su mochila y se concentró en su futuro sin mirar atrás.

Lo encontré muchos años después. Pecas en sus manos, cabello aún negro con barba blanca. Nos dimos la mano, un abrazo y al preguntarle como estaba respondió: “Muy bien, ahora lo puedo ver todo como en una película, lo puedo ver claramente, mis miedos han desaparecido”.





Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Martes, 11 de octubre de 2011

lunes, 10 de octubre de 2011

¡ADIÓS, JUAN PÉREZ!

Cuando Bernabé Barrera, llamado con cariño por sus amigos “Doble B”, aceptó la propuesta por parte de la Asociación de Trabajadores del Campo de viajar a Cuba como integrante de una delegación de jóvenes campesinos para conocer la experiencia revolucionaria y combatir a su regreso las difamaciones que se hacían contra el sistema, no se percató que su vida cambiaría para siempre.

 “No te preocupes, tu mujer se quedará en la casa de sus padres, aprovecha la oportunidad de salir de esta comunidad abandonada”, le dijo su padre al consultarlo. Sus amigos de Los Pintos, compañeros de juego de béisbol, lo recomendaron al responsable de la organización en Nueva Guinea porque era el único de ellos que sabía leer y escribir. Recién cumplía dieciocho años y se había juntado con Esmeralda González, vecina de la parcela de su padre y dos años menor que él.
           
Jugaban en el campo de béisbol esa mañana de domingo cuando divisaron una tormenta de polvo que se aproximaba a ellos. Al estacionarse la camioneta Toyota Land Cruiser FJ40, tuvieron de voltear sus rostros para evitar el golpe del polvazal y, al volver la mirada, vieron a Hilario, el promotor de la ATC, que preguntaba por “Doble B”. “Te buscan a vos”, le gritaron sus amigos.

    Te vengo a traer, mañana salís para La Habana —dijo Hilario.
    ¿Mañana?, ¡todavía no me he alistado! —respondió “Doble B”.
    No te preocupes por nada. En Managua lo haremos y hoy mismo te vamos a sacar el pasaporte —dijo Hilario con tono alentador.

Luego de despedirse de su padre, de Esmeralda y de sus amigos que lo acompañaron hasta su casa, se montó en la camioneta sonriente, mientras su madre, con llanto en los ojos, le entregaba un morralito de comida. “Para el viaje, mi niño, que Dios me lo proteja”, le dijo.

Al bajar del avión de Cubana de Aviación en el aeropuerto internacional José Martí, “Doble B” mostraba palidez en su rostro y el pantalón de azulón manchado por el vomito delataba el contenido del morralito aliñado. Al pasar por migración fue separado del grupo y trasladado al Instituto de Medicina Tropical. Le hicieron los exámenes de rigor, de sangre, heces y orina. Los resultados indicaron que padecía malaria e infección renal y le brindaron tratamiento. También descubrieron que tenía liendres en su cabello, hongos en sus pies, y deficiencia en su visión y dentadura. La doctora responsable de la atención de los nicas recomendó que se le hiciera inspección exhaustiva en sus genitales y emocionado permitió que la enfermera de turno estableciera, con sumo profesionalismo, el estado del vello púbico, la medición de la longitud de su pene, desarrollo escrotal y volumen testicular, así como la valoración de lesiones y exudados anormales. De igual manera, le indicó que adoptara la posición genupectoral y que hiciera la maniobra de Valsalva. En completo estado de excitación, “Doble B” siguió fielmente las indicaciones y, al sentir que le exploraba el ano, dio un ronco quejido y se desmayó.
           
Una semana después se unió al grupo de nicas, quienes lo encontraron totalmente cambiado: una amplia sonrisa y lentes de medida en su rostro, cabello corto a ras, dentadura impecable y más seguro de sí mismo. Recorrió junto a ellos empresas genéticas de leche, donde conoció a la famosa “ubre blanca”; granjas avícolas productoras de huevos y carne; centros de reproducción y engorde de cerdos; mataderos industriales; fabricas de piensos; granjas de la empresa de la flora y la fauna donde criaban el caballo de paso cubano, codornices, ovejas, patos de diversas razas y gallos de pelea. En cada una de estas visitas participó en conversaciones con los trabajadores, quienes explican los beneficios sociales que obtenían y en asambleas de gestión donde exponían los avances de los planes, el cálculo económico y la gestión socialista empresarial. “Doble B” se maravillaba de los logros obtenidos y hacia comentarios con los que comparaba la situación de los trabajadores del campo en Nueva Guinea, lo que le permitió asumir liderazgo en el grupo.
           
La gira incluía actividades recreativas y culturales. Conoció el estadio Latinoamericano, donde presenció un juego amistoso de béisbol entre Cuba y Nicaragua; visitó el teatro Carlos Marx, museos, Varadero, el Tropicana y recorrió la Habana vieja. Participó en el acto del XXI aniversario de Playa Girón celebrado en la plaza de la Revolución, donde escuchó emocionado el discurso del comandante en jefe, quien, al concluir el acto, saludó a la delegación nica y estrechó su mano.
           
Tres meses después fue informado por la embajada de Nicaragua que había sido seleccionado, por su destacada participación en la misión, para realizar visita con iguales objetivos a otros países socialistas. Pensó en Esmeralda y sus padres, pero no dudó en aceptar la propuesta. En un periplo de dos años conoció Berlín, Sofía, Praga, Varsovia, Moscu, Hanoi y Pyongyang. Regresó a la Habana y, posteriormente a Nicaragua, exactamente dos años y quince días después que Hilario, el promotor de la ATC, lo llegó a buscar a su casa. En el aeropuerto lo esperaba un funcionario de la cancillería, quien le entregó quinientos córdobas para que regresara a Nueva Guinea, además de solicitarle el pasaporte oficial emitido a su nombre.
           
Bernabé Barrera, “Doble B”, contactó a Hilario con el fin de detallarle los logros y avances observados en el agro de los países socialistas, los beneficios de los trabajadores, así como aspectos de cultura general asimilados y los idiomas que dominaba, pero por la prioridad de la guerra que se enfrentaba en ese momento no fue escuchado como esperaba y se refugió decepcionado en la vieja casa de madera de sus padres junto a Esmeralda. Pasaba las mañanas ayudando en las labores de la parcela y por las tardes, tendido en una hamaca, leía los libros que había adquirido en sus viajes y escuchaba música clásica. Sus viejos amigos, al tener noticias de su regreso, lo buscaron para que compartiera su experiencia ya que ellos lo habían recomendado.
           
“Vieran ustedes qué bello es el mausoleo de Lenin, cuando lo vi pensé que estaba vivo, ¿saben quién es Lenin? Recorrí el muro de Berlín, alto y bien vigilado por los militares, ¿saben qué es el muro de Berlín? El teatro Carlos Marx de la Habana es inmenso, su sala tiene más de cinco mil butacas y allí se realizan los conciertos más importantes, ¿saben quién es Carlos Marx? ¿Se fijan?, ustedes son ignorantes, no saben ni conocen nada, para ello deben salir de esta comunidad, viajar, relacionarse con otra gente y su cultura”, les decía a sus amigos, quienes se volvían a ver asombrados.

Con el paso de las semanas, “Doble B” acudió al campo de béisbol donde sus amigos jugaban y, al concluir, se reunieron bajo la sombra de un árbol frondoso de Laurel para escuchar sus historias. Como siempre, mencionaba los lugares que había visitado y preguntaba si ellos los conocían, burlándose con aires de grandeza. De pronto, Mauricio, uno de sus amigos, cansado de escuchar sus burlas tomó la palabra. “Se ve que aprovechaste el viaje, conociste varios países, su cultura y hasta hablas varios idiomas. Nosotros no hemos salido de estos montes, no conocemos a esos que tienen nombres raros, pero te aseguro que vos no conoces a un tipo que se ha hecho famoso aquí en Los Pintos, uno que se llama Juan Pérez”, dijo ante la mirada de sorpresa de los otros.

    Debe ser otro ignorante como ustedes —dijo “Doble B”.
    Te equivocas, no tiene nada de pendejo —respondió Mauricio.
    ¿Quién es ese Juan Pérez que no lo he oído mencionar? —pregunto inquieto “Doble B”.
    Es el que ha pasado revolcándose en potreros y quebradas con tu mujer desde que te fuiste —respondió Mauricio, provocando risas y burlas del resto de sus amigos.

Desde ese día, “Doble B” abandonó a Esmeralda y se trasladó a vivir a la colonia de Río Plata. Trabajó en el Centro de Investigación y Estudios de la Reforma Agraria hasta que se dio el cambio de gobierno de 1990; con una mochila en su espalda llena de papeles y un lapicero en la bolsa de su camisa, camina por las calles de Nueva Guinea y cuando sus amigos lo saludan le gritan: “¡Adiós, Juan Pérez!”.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Miércoles, 05 de octubre de 2011

jueves, 6 de octubre de 2011

DÍAS DE ROSQUILLAS

Elisa Martínez
El día de doña Elisa Martínez comienza antes del amanecer: despierta a las tres de la mañana, revuelve el maíz con trozos de queso, carga su carretón y se dirige al molino del mercado municipal de Nueva Guinea. A las cuatro y media está de regreso en la cocina de su casa y comienza a preparar la masa agregándole crema y margarina. Su hija, su nuera y una empleada se ponen a enrollar, hacen las rosquillas, viejitas y empanadas, mientras el horneador atiza el fuego del horno para que, una hora después, comience a recibir las primeras bandejas.

Doña Elisa prepara la masa obtenida de las cincuenta y cinco libras de maíz en cinco porciones en la medida que se va enfriando, porque sale caliente del molino y está pendiente del trabajo de los otros. En el día hace tres horneadas y una tostada, introduciendo en el horno tres veces todas las bandejas. A las seis de la tarde concluye el trabajo del día.

Lunes, miércoles y viernes repite la rutina. En esos días, sus fieles clientes acuden a retirar sus encargos a partir de la una de la tarde. “No saco venta a las calles, aquí las vendo todas, gracias a Dios. Me vienen pedidos de hasta dos mil quinientas rosquillas que las envían a familiares que viven en los Estados Unidos”. Domingo, martes y jueves se dedica a nesquisar el maíz. Comienza a hacerlo a partir de las once de la mañana. “Lo pongo a cocer con cal, no lo dejo muy cocido y apenas pela, lo bajo del fuego”, explica. Entre las dos y tres de la tarde lo deja escurriendo en una pana colador para molerlo al amanecer.
           
Aprendió a hacer rosquillas ayudándole a una cuñada que es de Somoto. Al inicio hacia poquito, unas quince libras de maíz, no tenía quien le ayudara. Lleva quince años ganándose la vida con sus rosquillas. “En los años ochenta no podía hacerlo porque todo era controlado”, dice doña Elisa. Aprendió a hacer rosquillas somoteñas, pero se dio cuenta que a sus clientes le gustan más las que ella hace. Cuando pregunté por la diferencia existente entre las somoteñas y las de ella, me dijo: “Las somoteñas se hacen con el maíz sancochado, le ponen queso entero y muchos le agregan huevo. La masa queda demasiado suave y hay que pasar hasta dos días tostándolas para que queden bien”. “Una vez vino una muchacha de la universidad, estudiante de administración, para hacer un estudio de mi negocio. Le di toda la información, la misma que usted pide, y al final, salió diciendo que no progreso porque soy analfabeta”, comentó con desconfianza.
           
Los costos en que incurre doña Elisa ascienden a C$ 34,526 equivalentes a 1,529 dólares a la tasa de cambio oficial. Estos costos han sido estimados con base en los doce días del mes que elabora sus productos. Los insumos empleados son maíz, queso, crema, margarina, dulce, canela y cal. También se incluye la leña y el pago del molino. La mano de obra empleada corresponde a la del horneador, tres ayudantes (dos familiares, su hija y nuera) y el trabajo de ella. Los insumos equivalen al 74%, la mano de obra al 21%, mientras que la leña y el pago del molino al 5%.

Los ingresos se han calculado con base en las cinco mil unidades que produce en cada horneada. De ellas, el setenta por ciento corresponde a rosquillas, mientras que el restante treinta por ciento se divide entre viejitas y empanadas en igual proporción. Al mes vende un total de 42 mil rosquillas, 9 mil viejitas y 9 mil empanadas. Las rosquillas y viejitas son vendidas a un córdoba, mientras que las empanadas a dos. Sus ingresos totales ascienden a 69 mil córdobas, equivalentes a 3,040 dólares.
           
La utilidad neta de Doña Elisa es de 126 dólares por cada día de rosquillas, mientras que a la semana asciende a 378 y al mes a 1,511 dólares. Su relación costo–beneficio es de 1.99, es decir que, por cada dólar invertido recupera 0.99 centavos de dólar, casi el 100 por ciento. Por supuesto que su utilidad está sujeta a la variación de precios de los productos que emplea. “Hace unos meses compraba el maíz a 850 córdobas el quintal, ahora, al salir la cosecha, lo compro a 320. El precio del queso siempre sube y baja. No dejé de hacer rosquillas por mantener el negocio y no perder a mis clientes”, dice doña Elisa.
           
Doña Elisa tiene un negocio exitoso y no amplía su capacidad de producción, no por ser analfabeta, sino porque se siente satisfecha con sus resultados. El éxito se encuentra en el “saber hacer”, en su experiencia, en la recíproca colaboración voluntaria de los miembros de su familia, en la conciencia de que son parte de una misma realidad; el reconocimiento de objetivos e intereses compartidos que le dan fuerza a su actividad productiva en el entorno familiar. Es otro ejemplo de la economía popular que predomina en nuestro país donde el factor comunitario es vital. “Con estos días de rosquillas me gano la vida, no necesito trabajarle a otro, esto me da para vivir”, dijo sonriente.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Domingo, 02 de octubre de 2011

lunes, 3 de octubre de 2011

CITA CIEGA

Mercy Kirklloyd cumplió cincuenta años sin percatarse del paso del tiempo. Sonrió a la vida sin reparo, celebró sus amores del pasado, brindó por su belleza, por sus amistades y por la gracia bendita que sólo las mujeres caribeñas poseen. Se aferró a sus hijos sin importarle el fracaso del matrimonio, luchó incansable por mantenerlos sin las privaciones que padeció en su juventud. Se levantó como siempre, cantando con alegría en inglés y, antes de entrar a la ducha, le dio play a su CD preferido de dimensión costeña. Bailó para ella, sin nadie que admirara sus movimientos sensuales de cadera, un rito que realizaba cada que vez que su vida florecía al paso de los años. Bailando recorrió la sala hasta llegar a la habitación y, al entrar en el baño, se detuvo ante el espejo y sonrió llena de dicha. “Cincuenta no son nada”, pensó.

Años atrás se había quedado sin empleo y, al ser una mujer sola, debía solventar todas las cargas del hogar, las demandas de sus hijos, estudiantes universitarios, y los cobros agobiantes de los bancos emisores de tarjetas de crédito. Con una tarjeta pagaba los gastos del hogar, con otra la universidad de sus hijos y con la tercera retiraba dinero en efectivo para pagar las anteriores. Con el paso de los meses se encontró hasta el cuello de deudas sin poder solventarlas, con el acoso incesante a través de llamadas telefónicas y tuvo que recurrir a sus amigas caribeñas en busca de ayuda. Le cerraron las puertas a sus intenciones de obtener un préstamo solidario y descubrió que la pomposidad en que vivían era hilvanada con baños de fantasía. “Amigas, my buttocks”, dijo con dolor y desilusión. Recordó sus juegos de niñas en el colegio Moravo de la ciudad embrujada frente a la bahía, las promesas adolescentes de ser amigas para siempre sin importar las circunstancias y se olvidó de ellas refugiándose en la desesperación.

Buscó trabajo en las páginas amarillas de los diarios, pero ninguno de ellos estaba a su altura: meseras, masajistas, armadora de zona franca, repartidora de boletas en semáforos. “No señor, no es para mí”, pensaba. La soledad y el agobio la llevaron a incursionar, la mayor parte de su tiempo, en Internet; abrió su página en Facebook. Encontró viejas amigas que han emigrado hacia otras tierras y amigos del pasado. Una de ellas le recomendó rehacer su vida, buscar un nuevo amor ya que aún mantenía sus encantos, su belleza caribeña. “Me casé con un gringo, estoy bien, tengo mi casa y vivo sin problemas financieros”, le dijo. Ingresa a la página de www.citasciegas.com le recomendó y lo hizo sin vacilar. Abrió su perfil y subió su foto. Definió claramente su interés: “busco hombres solteros entre los 45 y 55 años”, dejó escrito y salió de la Web sin mucha ilusión.

Una semana después volvió a revisar su perfil y descubrió que, de cinco mil mujeres que aplicaban en su misma categoría de búsqueda, ella ocupaba la número cien de la lista debido a las visitas que los “señorones” hacían en su perfil. También encontró su buzón de correo electrónico saturado de mensajes. Le escribían de Albania, Moscú, Italia, Noruega, Alemania, Francia, España, Bangladesh, Afganistán, USA y de Nicaragua. Sorprendida, reía como siempre. La siguiente semana ocupaba el lugar número cincuenta y, al concluir el mes, estaba en el “top ten” de las más codiciadas. Se embriagó de dicha, del deseo que provocaba en otros, de ser apetecida entre miles de su edad. Tres días después era la número uno de la lista y encontró en su buzón de correo la fotografía de uno de los pretendientes más atractivo: un hombre de cuarenta y ocho años, serio, alto y de bigote, de nacionalidad rusa que hablaba perfectamente inglés, español, francés, italiano y solicitaba su número telefónico. Sin dudarlo contestó el correo brindando su número.

Por la tarde recibió una llamada. Por temor a los acosadores no contestó, pero ante la insistencia del teléfono respondió imitando otra voz. El acento del que preguntaba por “Miss Mercy Kirklloyd” no era nica, sonaba al de un chele extranjero. “Sí, soy yo, ¿quién habla?”, preguntó. “Tu admirador ruso, Mijael Kaskorny”, respondió él. Mercy dudó por unos instantes y dijo: “este número es de Nicaragua”. “Sí, vivo en Managua, soy agregado comercial en la embajada de Rusia”, contestó.  “¡Que sorpresa!”, dijo Mercy, mientras Mijael, con decisión de oso polar frente a una presa, la invitó a cenar esa misma noche en un restaurante de primera categoría, ubicado en la carretera de las ilusiones efímeras.

Como niña traviesa, inspirada por imágenes de un príncipe cosaco vestido con traje de kaftán, cubierta sus espaldas por la túnica cherkesska de cartucheras doradas y su cabello rubio por la gorra papakha sosteniéndola del brazo, transcurrió la tarde preparándose para el encuentro que cambiaría su vida: perfumó su piel caoba con pétalos de rosas, alisó su cabello rizado con una peinadora eléctrica, pintó en color nácar las uñas de sus pies, cepilló sus blancos, sanos  y perfectos dientes, se probó los trajes de noche más atractivos y decidió vestir de color negro, el negro de su piel lavada por la mezcla de sangres en el tiempo, el vestido negro con escotes en la espalda que sus amigas envidiaban.

A las siete de la noche acudió al encuentro, dejando a sus hijos con la boca abierta cuando la vieron en el umbral de la puerta lista para abordar su vehículo. “Hey mom, take care, please”, dijo el mayor, mientras el menor reía a carcajadas por su arrojo ante la aventura. Al llegar al restaurante acordado, vio desde el vehículo a Mijael esperándola bajo el toldo pintado de rayas rojas y blancas de la entrada principal. Alto, mucho más que ella, de pasos firmes, voz pausada y ronca, le tendió la mano y la estrechó sin temor, con sutileza la tomó del antebrazo izquierdo dirigiéndola hacia la mesa reservada en una de las esquinas.

Luego de la rutina inicial (dónde vives, qué haces, tienes hijos, ese nombre no es nica, de dónde eres, que ella respondía con cierto recelo), Mijael sonrió a carcajadas al darse cuenta que frente a él tenía a una creole caribeña, la “top del top”, la más codiciada de las citas ciegas y mostró dientes y muelas ausentes en su dentadura, el desastre existente en la bóveda de su boca. Las ilusiones de Mercy se esfumaron, el príncipe cosaco se desvaneció en segundos. Desde esa primer cita, Mercy dijo: “No way, José” y lo evadió cuando insistía permanentemente en sostener una relación con ella.

Revisó su dentadura frente al espejo humedecido por los vapores de la ducha caliente, introdujo su pie izquierdo en la tina de baño comprada con el primer salario que recibió como asistente administrativa de una embajada y llena de dicha cantó  “Let it be”. Recordó a sus amigas de juventud y, sin rencores, las buscó para celebrar con ellas sus dorados cincuenta años.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
30 de septiembre de 2011.


jueves, 29 de septiembre de 2011

DEL CAMPO NO ME VOY

Un hombre con sombrero, camisa a cuadros y gafas para el sol entró por el portón. Lo reconocí hasta escuchar su saludo. Era don Víctor Ríos Obando. Hace meses habíamos quedado en platicar sobre los viejos tiempos, cuando vino a fundar la “luz en la selva” que, junto con otros dieciséis, soñó. Entre pláticas, mostró un poema. “Lo estoy puliendo, acompañado de guitarras para cantarlo en el 47 aniversario”, dijo entusiasmado. En ese poema habla de don José Miguel Torres, el pastor que los trajo en 1965 a estas montañas. “Siempre nos aconsejaba: hermanos, no vendan sus tierras. Las palabras de don Miguel fueron como de un profeta, muchos campesinos hoy estamos sin tierra”, dice en una de las estrofas.

Los medios materiales de producción se constituyen con base en los recursos generados por la naturaleza, en su infinita variedad de elementos y energías de los reinos vegetal, animal y mineral. La conversión de ellos en factores económicos se verifica mediante el conocimiento de la actividad humana a través de variados procesos culturales, sociales, científicos y económicos. Con la información que brindan las ciencias físicas, químicas y biológicas sobre la materia y la vida, la cantidad y variedad de energías que han sido puestas al servicio de los procesos de producción es inmensa. La computadora y la red que permite comunicarme con miles de aparatos similares son ejemplo del nivel de sofisticación al que ha llegado la elaboración de la materia mediante la tecnología y el trabajo humano.

Pero no se trata únicamente de conocimiento. La tierra, como factor económico utilizado en la producción agrícola es sin duda un medio material, pero tiene connotaciones humanas especiales, subjetivas, que inciden en la mejora y expansión de sus potencialidades productivas. Para el hombre que trabaja, que vive de la tierra, ella es también el lugar que habita y en el cual despliega todas sus actividades. Algunas comunidades indígenas de la costa Caribe viven en armonía con la naturaleza, cuya relación comunitaria con la tierra, a la que consideran su madre, la madre tierra, les permite obtener alimentos mediante cultivos, recolección de frutos, crianza y caza de animales.

El avance del conocimiento biológico y agronómico ha permitido un considerable incremento de la productividad de la tierra cultivada pero, a pesar de ello, se da un hecho que los economistas clásicos llaman “rendimientos marginales decrecientes de la tierra agrícola”, fenómeno que, junto a la deuda social con el campo, incide en el constante desplazamiento de la población de los territorios rurales hacia la ciudad.

La concentración de la población en las ciudades ha sido considerada como uno de los efectos y causas del desarrollo económico. También es la causa y el efecto del tipo de desarrollo que ha seguido la sociedad actual: un desarrollo parcial, unilateral, centrado en la producción y acumulación de capitales y cosas. Para una parte de la población, el urbanismo y la industrialización, han significado un mejoramiento en la calidad de vida que ha llevado a alargar las expectativas de vida de la gente. A pesar de ello, existen indicios y hechos que señalan que ese camino parece estar llegando a ciertos límites y, si continúan estas tendencias, se darán condiciones para un deterioro progresivo del bienestar, calidad y duración de la vida.

La congestión vehicular, la contaminación ambiental, la pérdida de tiempo en el transporte urbano, la dificultad para recolectar y tratar los desechos que genera la producción y el consumo urbano, el consumismo que nos lleva a acumular cosas muchas veces inútiles y a desecharlas y cambiarlas por otras nuevas antes de obtener de ellas su utilidad, la drogadicción, la masificación y despersonalización de los ciudadanos, la pérdida de los valores familiares y comunitarios, el incremento explosivo de la delincuencia y su secuela de inseguridad para todos, así como otros fenómenos que se experimentan a diario en la vida urbana, son evidencia de que es necesaria una dinámica de desarrollo distinta si queremos realmente expandir nuestras potencialidades, mejorar nuestro bienestar y calidad de vida. Todo esto sin considerar que en las grandes ciudades se concentran en la periferia masas de población empobrecida y sufriente, cuyas expectativas y aspiraciones han llegado a ser estrechas.

La toma de conciencia de estos problemas está llevando a muchos a considerar con nostalgia una relación más sana con la naturaleza y a buscar nuevos modos de interactuar con ella. Para quienes tienen recursos suficientes se manifiesta en la posesión de una segunda casa en el campo, en la playa o pequeños pueblos cercanos a la ciudad, lo que les brinda satisfacción a tal grado que muchos llegan a experimentan felicidad y bienestar sólo en las horas y días de descanso fuera de la ciudad, alejados de su vida ordinaria.

¿Seremos testigos de un movimiento migratorio inverso al que hasta hoy predomina, a través del cual proporciones crecientes de población urbana se desplace hacia zonas rurales propiciando una distribución más equitativa de la población? Hay motivos para ser optimistas. En primer lugar, por la aspiración de muchos en lograrlo, debido a la inconformidad con la vida urbana y la creciente conciencia ecológica. En segundo lugar, por el avance en las comunicaciones e informática y otros adelantos tecnológicos que se desarrollan gradualmente en el campo, facilitando la opción y creando condiciones para no perder, en un contexto agrario, los beneficios que hasta ahora proporcionan las grandes ciudades, como el acceso a la información y la cultura. En tercer lugar, por procesos de descentralización política y administrativa que buscan cómo generar participación ciudadana y desarrollo cultural.

Para lograrlo es preciso, entre otras cosas, frenar la degradación ambiental, fortalecer el aparato estatal, elevar los niveles de inversión, articular a los diferentes sectores económicos y crear sinergia con los gobiernos locales sin importar sus colores partidarios.

“Yo amo la tierra, la naturaleza, ella es la fuente de todo lo que nos rodea, del campo no me voy”, dijo don Víctor al despedirse.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 25 de septiembre de 2011

lunes, 26 de septiembre de 2011

OLEAJE DE MIGRANTES

En este pedacito de tierra me encuentro casi solo. Mi familia nuclear emigró hace muchos años, alzaron vuelo como aves marinas, unos por instinto y otros, por la tragedia se elevaron hasta el cielo. Por mi abuelo paterno, Ernesto, en visitas realizadas a la isla de Utila, comprendí que debía reconocer que en mí había una vena marina ancestral. Tres hermanos que salieron de Inglaterra hacia el nuevo mundo en busca de mejores condiciones de vida a finales de 1700 se disgregaron por el Caribe. Una línea de sangre permanece hoy en las Islas Caimán, en Belice, en Nueva Orleans y, la más cercana y conocida, en Utila. Marinos y pescadores la mayoría de ellos, surcaron las aguas del Atlántico y del Caribe.

Mi padre, un marino que llegó al puerto de El Bluff sin poder pronunciar con claridad palabras en español, navegó en sus años mozos los mismos mares que sus ancestros. El auge del banano marcó el rumbo a diferentes líneas navieras y, a la edad de 20 años, desembarcó del “Vaisson” sin pensar que en esa península encontraría el amor de su vida. Mi abuelo paterno, Felipe, legendario responsable de la bodega de la aduana, entabló amistad con aquel joven que cada dos meses regresaba de sus viajes y conoció a mi madre. Mi abuela materna, Manuela, permitió que realizara su cortejo en la casa, mientras vigilaba en la sala las intenciones del marino que hablaba todo raro.
           
Manuela y Felipe, llegaron al puerto ya casados. Él de Granada y ella de Honduras, navegaron el Río San Juan haciendo estaciones en El Castillo y la barra de El Colorado donde se embarcaron en lanchas, descubriendo, sin nunca separarse, la furia de las olas del mar Caribe, el olor marino, la brisa salina, los amaneceres donde el sol es más inmenso en el horizonte y los atardeceres celestiales. Entre torrenciales aguaceros y vientos huracanados se asentaron floreciendo en prosperidad su familia.
           
Mi madre, Ofelia, debió esperar la mayoría de edad para casarse con mi padre, cosas de esos tiempos. Nací al lado de la casa de mis abuelos, junto a ellos crecí. Mi padre me conoció después de concluido uno de sus viajes. Junto a mis hermanos menores, mi madre nos dedicó el amor, el cuido abnegado y logró aminorar el peso de la ausencia del marino en el hogar. Con el tiempo, mi padre dejó de navegar por el mar Caribe, se convirtió en capitán de barcos camaroneros con el auge de la pesca industrial y llegaron otros de distintas nacionalidades: franceses, gringos, españoles, mejicanos y cubanos que huían de la revolución.

Crecimos con la alegría a nuestro lado, sin temores, sin vallas que nos limitaran más allá que el horizonte del mar y la interminable costa caribeña. Desde niños nos embarcamos en una travesía de sueños al cruzar la bahía de Bluefields todos los días en busca de las letras, luego migramos hacia Managua e ingresamos a la universidad. Descubrí el recelo, las malas intenciones, la falsedad, el arribismo y comprendí el significado del “güegüense”. Comí tortilla como bastimento en vez de pan de coco y banano cocido, el vaho por su parecido al rondón aunque seco, la algarabía de una fritanga aceitosa, añorando los olores y sabores caribeños. Aprendí los números, el recorrido de las rutas de buses y cómo evitar el asalto y el robo que hacen en ellas luego que dejaron señas de una cadera de oro en mi cuello. También floreció el amor, después que las vacaciones fueron para la eternidad.
           
La guerra del 79 me sorprendió de vacaciones en El Bluff, mientras el resto de la familia quedó entrampada en Managua. Desde el puerto pude observar un oleaje migratorio provocado por la guerra. Los enormes barcos mercantes, que antes salían repletos de mariscos, bananos y madera, llevaban miles de personas: funcionarios del gobierno de Somoza, familias sin antecedentes políticos, prósperos empresarios de Bluefields, todos huyendo por temor a las represalias que “revolucionarios” caribeños pudieran emprender en su contra y al “sandino-comunismo” que las radioemisoras escuchadas en el caribe promulgaban.
           
El país estaba paralizado, debatiendo su destino por las balas y los guardias del puerto nerviosos. Reunidos frente a la capilla con varios amigos, un grupo de guardias, entre ellos un viejo conocido de la familia, me sacó del grupo tomándome del cuello y, frente a todos, me amenazó de muerte. “Vos sos uno de ellos” dijo, mientras Poló intercedía a mi favor. “Ándate a la Colonia donde tu tío Simeón, allí no te van a encontrar”, dijo Poló y, dos días después, mi tío pedía en el cuartel de la guardia el zarpe con mi nombre y el de su familia hacia Utila sin sellar mi pasaporte.

Nos volvimos a reunir en Utila y luego regresamos a Managua. Ingresamos nuevamente a la universidad y la euforia de esos años me embriagó. Por la crisis económica, mis padres vendieron la casa de Managua y se fueron a vivir a Corn Island. Mi hermana se separó de su “mal exmarido” y se trasladó a vivir con mi hermano, mientras yo me acomodaba con mi mujer y mis hijos en la casa de una granja que administraba. Una beca de la universidad le fue otorgada a mi hermano y partió hacia México a hacer una maestría. Mis padres abandonaron definitivamente el país trasladándose a Utila y, meses después, mi hermana, con sus dos hijas, los acompañó. Para las elecciones de 1984 las cosas se pusieron feas. Los socialistas dominaban la empresa donde trabajaba, amparados en su alianza con el FSLN y me trasladé a Juigalpa con mi mujer donde me convertí en maestro y funcionario de gobierno sin renunciar a mis ideas. Mi hermano regresó de México, continuó dando clases en la UCA y meses después partió definitivamente a los Estados Unidos con su mujer, una gringa de clima frío.

A pesar de la guerra de los ochenta, la exclusión y marginación social de los años 90, los discursos en tarimas llenas de flores, batallas de piedras y garrotes, élites pseudo revolucionarias que se enriquecen de la miseria del pueblo, violaciones de la constitución y cortes de chaleco a la institucionalidad del país en estos nuevos tiempos, aprendí, sin ser marino porque mi padre siempre lo evitó, que en el arte de navegar no importan los vientos sino como se acomodan las velas para fijar el rumbo sin incertidumbre, por ello, nunca he pensado abandonar mi tierra. A finales de los años noventa perdí a mi madre y un año después a mi padre

Con decisión y entusiasmo emprendí un largo camino recorriendo este país, acompañando siempre a los más necesitados, hombres, mujeres y niños, brindándoles la mano, tejiendo sueños de una mejor vida a su lado. Mis hermanos viven en “la yunai”, son gringos, siempre estoy pendiente de ellos y a veces los visito. Me enamoré del trópico húmedo donde cosecho nietos y un día los llevaré a mi vieja playa, esa franja costera con menos de cien metros de ancho que ha recibido a manos abiertas varios oleajes de migrantes y une mis raíces y mi sangre con el resto de Nicaragua.


Foto: Arpillera de Nydia Taylor. "Eating mangoes on the beach".

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 18 de septiembre de 2011