jueves, 15 de marzo de 2012

NIÑA SOLA, NIÑA HERIDA

Me sitúo a tú lado. Estás sentada sobre un tronco de madera emblanquecido, aun húmedo por las olas del mar que subieron hasta las piedras de la orilla, enloquecidas por la luna llena.  Veo las patitas de gallo alrededor de tus grandes y redondos ojos color de miel, opacados por la tristeza cuando te quedas con la mirada perdida, imperceptible en el oleaje del horizonte y entro en los destellos de tus pensamientos. Siempre quise hacerlo, miles de intentos después de visitarte toda una vida. ¡Ahora te conozco, al fin! Nunca dejaste de ser la misma niña, la niña sola, la niña herida. La niña que creció en una casa de paredes de madera, piso de concreto, techo de zinc bajo sombras de mango, aguacate y cocoteros, la casa que vive fresca en tú memoria.

Fuiste primera hija y segunda en todo. No te culpo; ahora, con el correr de los años, siento la misma pena, la misma rabia, el mismo dolor, parte de tú vida al transitar los recuerdos. Ahora comprendo, al fin; un beso, una caricia, una mirada complaciente, un cuento de fantasía por la noche, siempre te fueron negados. Creciste con limitaciones a tú alrededor: agua dulce racionada en cubetas, cargadas en carretas haladas por black creoles de cabello blanco, techo ennegrecido por el humo de candiles, cuentos de obeah, golondrinas transfiguradas en pájaro macuá, baños misteriosos y fantasmas de la noche; fetiches y creencias. Carencia de tela para los shorts cortitos, pero nunca falta de ingenio: las sábanas, cortinas y manteles te suplían, haciéndolos a escondidas.

Jugaste en medio de la calle arenosa, eras marimacha, siempre con los amigos del barrio que te enseñaron a ser fuerte. Esa es tú fortaleza, “tenés que aprender, los hombres no lloran” y lo creíste; por eso el corazón te palpita herido sin dar muestras de tus penas. La soledad duele, quema y mata. Te ofrezco papel y lápiz, ábreme tus recuerdos.

“Nací lejos de mi casa, la casa de mis abuelos porque nunca tuve casa, cerca de un cerro que tenía a sus pies campos azules y una poza llamada “pool”, donde salen duendes y fantasmas en las noches de luna llena. Mi mamá me dejó desde niña con ellos. Ella era la mujer más bella de la ciudad, a mi papá no lo conocí ni quiero conocerlo, mucho menos ahora que los años y la rutina me han envejecido. Sólo tengo el apellido de mi madre, igual al de mis tíos y tías”.

¡No, no, no dejes de pensar en ello! No importa, llora, llora toda lo que quieras, nadie puede impedirlo, llorar es un derecho humano y refresca el alma. ¡Mancha el papel con tus lágrimas!

“Tuve todo tipo de privaciones. La pobreza duele, pero mayor dolor causaba la ausencia de mi madre. Cuando ella llegaba a la casa de mis abuelos me trataba con indiferencia: nunca me decía cosas bonitas, menos abrazarme, acariciarme, nunca dijo: ¡niña linda, te quiero mucho!,  siempre andaba de prisa y cuando la buscaba ya se había ido. Para dónde, no sé, sólo escuchaba decir que debía tomar un barco y se perdía por meses. Eso sí, cuando le ponían quejas me pegaba, tomaba una faja de mis tíos y me daba con todas sus fuerzas. Después nació mi hermana, tampoco sé quién es su padre y tiene otro apellido. Con ella siempre fue distinta: la besaba, la acurrucaba cantándole canciones en el swing; los mejores trajes y zapatos eran para ella. Crecimos juntas, pero siempre fuimos diferentes, hasta en la piel, ¡mírame!, media negra, ¡así me llamaba!, así he sido siempre”.

Te levantas, recoges conchas y las lanzas con fuerza al oleaje. Caminas en la arena haciendo círculos, te detienes frente al mar. Regresas la mirada, sonríes y te desnudas. Admiro tú belleza: media negra, piel caoba; niña sola, niña herida. Caminas hacia el agua, entras en ella y te conviertes en la diosa del pasado: la mujer de atardeceres dominicales, reina de semana santa y sirena encantada de las lagunas. Regresas lentamente fascinando mí mirar.

“Me dejaron solitaria en esta casa, frente a la bahía que añora los barcos mercantes sobre sus aguas, igual que yo, los pasos, voces y risas de mis abuelos.  Uno a uno se marcharon y olvidaron que yo hacía falta, me quedé para siempre como testigo del pasado. La suerte nunca estuvo de mi lado, tuve amores llenos de engaños que me dieron hijas y ahora tengo nietas. ¿Esa es la belleza que añoras?”.

Sí, ¿existe otra? Perdona sus faltas, olvida tus penas, mira la vida en sus diferentes perspectivas, colma tú ser de orgullo, llénate de esfuerzo, comienza a soñar porque como vigía cuidare tus fantasías. Te ofrezco papel y tinta, es todo lo que tengo. Te acompañare en ese viaje mientras pueda, niña sola, niña herida.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Lunes, 12 de marzo de 2012

lunes, 12 de marzo de 2012

DESCONTROLADOS


Salgo a las calles de esta ciudad del sureste de Nicaragua asentada en el corazón de trópico húmedo; las recorro de este a oeste y de norte a sur. Llego al mercado a hacer las compras que mi patrona me encomienda, me dirijo al tramo de doña Mary, un tramo pequeño, situado en una esquina donde casi siempre está ocupadísima atendiendo a otros clientes o acomodando sus productos que saca y mete diario entre una hilera de tablas para protegerlos de “los amigos de lo ajeno”, aun cuando paga un vigilante con sus vecinas. Aprovecho su quehacer y meto mano en la canasta de bananos: uno, dos, tres y pregunto por el depósito de basura; “allí, debajo de esa mesa”, contesta sonriente. Le dejo la lista de las compras y camino hacia la sección de las comiderías, “¿amor que vas a comer?”, “¡vení papacito, aquí tengo esta sopita para controlarte los nervios!”, “tomá amor, esta tortilla calientita, como te gusta”, dicen halándome de la mano, descontrolándome las muchachas provocadoras que ahora les llaman “impulsadoras”, mientras las dueñas sonríen como si se dieran cuenta de lo que pienso.

Con ellas quisiera quedarme todo el día, así quién no, pero cómo dice Chico Vela, “chiva con el supervisor, tengo que estar con el ojo pelado, nunca se sabe”. La que hace las tortillas es una diosa del maíz, las palmea con encanto; toma masa con su mano derecha, la juega, la acaricia con la palma de sus manos cargada de fineza, hace una pelota, se queda como hipnotizada y de pronto vuelve su mirada de reojo en alerta hacia los clientes como tratando de descubrir si la observan. Dejo de mirarla, vuelve a la pelota y de una palmada la aplasta como recordando alguna pena o dicha, y adopta una posición de seguridad: abre sus largas piernas, mueve en círculos su cintura al ritmo que palmea la masa, le quita el plástico con maestría y la tira al comal ardiente. “¡Dame veinte tortillas!, ¡sos mi tortillera preferida!”, le digo. Es joven, alta, morena como la canela, pelo negro largo lleno de colochos y se pinta los labios de rojo. Mientras escoge las tortillas le cuento lo de la reina de la masa. “¡Ay señor, usted me descontrola!”, contesta sonriente y por instinto vuelve a tomar masa con su mano derecha.

Cargando la bolsa caliente decido ir a dar una vuelta por la terminal que recién han mejorado, cubriendo con concreto rígido la explanada frente a la caseta del parqueo de buses y camiones. Los comerciantes se quejaron porque el negocio se le había venido abajo al trasladar el estacionamiento frente al mercado, cerca de la esquina del movimiento. Como sucede en todo, “si no te quejas, no agarras”, dice Archibold; apresuraron el trabajo y ya está funcionando en su antiguo lugar, aun cuando faltan obras por finalizar. Terminal casi nueva, pero el mismo descontrol: camiones IFA con ciudadanos y ciudadanas sentados en bancas, los que agarran lugar, hacinados como sardinas enlatadas; el resto colgados o encima del techo para dirigirse a sus colonias en los desbaratados caminos de todo tiempo que unen la ciudad con ellas. El gobierno local echándole la culpa al MTI, quien no hace nada hasta que la gente se levanta y protesta por la mala calidad del trabajo de mantenimiento que hacen en los caminos, mientras los transportistas y sus “cooperativas”, bien que tal, tienen el monopolio del transporte y la venta de combustible, así quien no, se aprovechan del descontrol y de la vista “pachona” de las autoridades, porque hasta cantinas tienen que les llaman “automarket”.

Regreso donde doña Mary, cargo las compras y me dirijo a DISSUR. Ya no los aguanto, la cuenta no baja, sube y sube todos los meses. “Necesito que revise el consumo de energía de mi casa, ese medidor debe estar descontrolado”, le digo a la jefa de la oficina. “Usted consume 8.15 kwh por día”, contesta luego de hacer el cálculo según la factura. Le argumento que desde hace meses vivimos solos mi mujer y yo, que tengo un abanico, un televisor que lo encendemos por la noche al acostarnos para ver las noticias, una computadora, que le enciendo una bujillita a la virgen después de las seis de la tarde, una lámpara de cuarenta watts por la noche y una bujía ahorrativa. “Otras casas que hacen fiesta, llenas de gente y electrodomésticos pagan menos, necesito que me cambie el medidor”, insisto. “Pague esta factura y cuando le llegue la próxima haga el reclamo”, me dice sin respirar, sin parpadear, sin verme a los ojos, como un robot.

Debo pasar por el banco. La fila es interminable. A esa hora los depositantes cargan grandes bolsas llenas de dinero; los vende pollo, los vendedores de cerveza y ron, las microfinancieras que “tienen descontrolados a los campesinos, hasta el cuello”, como dice “el Pelón” de la UCA, los grandes comerciantes de ganado y la fila no avanza, la gente desespera. “¡“Viejo, hace fila”!”, dice el Guatuso que siempre anda la camisa mal abotonada. “Respetá mis canas, tengo prioridad por Ley”, le digo volviendo a ver al vigilante y me ubicó en frente de la ventanilla sin entrar en la fila. “¡Don Ronald, usted todavía no tiene sesenta años!”, dice Irlanda. “La cédula habla sola”, contesto. “Usted anda por los cuarenta y cinco, lo veo rejuvenecido como lechuga recién cortada”, dice y todos ríen a carcajadas. “Tres cuartos” mete su cuchara cuestionándome, tratando que ingrese a la fila y al decirle que sí dejara de pintarse el pelo tendría prioridad, se queda calladito. Al retirarse el cliente que atienden en la ventanilla tomo su lugar. La cajera que atiende está cansada, pero trata que no se le perciba sonriendo por obligación, “buenas tardes”, le digo y entrego la cédula y tarjeta. Al ver la cédula duda por segundos, me observa detenidamente, vuelve a sonreír, sonrisa verdadera, hace la transacción y, al concluir, entrega los documentos diciéndome en voz baja: “hoy todos andan descontrolados”.

Foto: Krieg de Sergio Orozco.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Sábado, 10 de marzo de 2012

jueves, 8 de marzo de 2012

EPIDEMIA EN LOS CAYOS DE UTILA

Una semana antes habían planeado el viaje: prepararon cayucos, velas, canaletes e hicieron cálculo de los racimos de banano que cosecharían para abastecer a los pobladores de Utila y a los compradores que visitaban los Cayos en goletas para luego comercializarlos en New Orleans. En los primeros días de junio hacían el viaje a Cuero, una región del departamento de Atlántida en Honduras donde tenían tierras que cultivaban; cortaban la fruta, la embarcaban y regresaban a sus hogares. Esa mañana divisaron la majestuosidad de la cordillera Pico Bonito descubierta por el cielo transparente y se despidieron de sus seres queridos. Partieron con entusiasmo remando en dirección hacia el sur para cubrir el trecho de dieciocho millas de mar que los separaba del continente.

Al llegar a Cuero bebieron agua de un pozo comunal y los pobladores les informaron que una epidemia de viruela había azotado la aldea. Los habitantes de los Cayos no conocían la enfermedad y acudieron a varias viviendas con el fin de visitar a los enfermos porque nunca antes habían visto los síntomas. Sorprendidos y llenos de horror al verlos, salieron despavoridos hacia sus casas el sábado 13 de junio de 1891. Pero Daniel Howell se quedó hasta el día quince con su hijo Edwin, un adolescente de diecisiete años de edad, porque la fiebre lo había atacado y le impedía hacer el viaje.

Salieron de Cuero a las seis de la mañana en su canoa de remos sin techo bajo un sol incandescente. La fiebre aumentó en Daniel y Edwin remó todo el trayecto bajo la inclemencia del sol. Llevaban un pequeño cántaro con agua y su padre solamente se mojaba los labios, permitiéndole que tomara la mayor cantidad posible debido al esfuerzo que lo deshidrataba.

Entre las cinco y seis de la tarde del mismo día llegaron a los Cayos. Consciente de su enfermedad, Daniel le pidió a Edwin que lo dejara en el cayo Jack O´Neal, deshabitado en esos años. Lo bajó del cayuco acomodándolo en una pequeña choza y le dio aviso a su madre quien acudió de inmediato a atenderlo. Daniel le mostró las ampollas que habían brotado en su cuerpo, pero ella tomó la decisión de trasladarlo a su casa. La fiebre nunca cedió; siguió cuidándolo hasta que el consejo de salud ordenó que lo trasladaran nuevamente a Jack O´Neal, donde murió el día sábado 20 de junio.

Entre aquellos hombres que salieron despavoridos al ver los estragos de la epidemia y regresaron a sus casas sin pensar que se habían contagiado se encontraba mi bisabuelo paterno, Simeón Hill, hijo de George Hill y Mary Francis “Molly” Wood. La viruela ya había contaminado sus cuerpos y brotó en Simeón el 22 de junio y en su esposa, Prudence Cooper, el 8 de julio. Ambos fueron retirados de su casa y puestos en rígida cuarentena. Prudence fue separada de sus padres, de sus hijos, uno de ellos un bebé —Ernest Simeón Hill, mi abuelo paterno— y de todos sus seres queridos, sin poder escuchar sus voces, sin nadie a su lado para ayudarla ni aliviarla en la condición deplorable y lastimosa en que se encontraba, aun cuando Simeón estaba a su lado, inútil y nauseabundo por la enfermedad. Tuvo una agonía incontable, dolorosa y observó el rostro de Jesucristo el 19 de junio a la edad de treinta y tres años.

El domingo por la mañana vi una canoa acercándose desde los Cayos. Llegó hasta tocar la boya en el puerto de Utila, el lugar destinado en esos días para que atracaran los cayucos de los Cayos. Un barco se acercó desde la costa y regresó. Me encontraba frente a la residencia Woodville con la señora Woodville, la señorita Carrie Warren y la señora Gabourels, y luego llegó el capitán Woodville proveniente del muelle. Se detuvo frente a nosotros y con dolor dijo: “¡Prudence ha muerto!”, y dimos nuestras condolencias al tío Jimmy (James David Cooper) y a Catherine Jane Cooper, los padres de la difunta”, relata el Sr. Edward Rose en sus memorias sobre Utila.

En esos años nadie en Utila sabía cómo tratar la enfermedad, pero en Roatán había una mujer española que conocía su tratamiento y la municipalidad contrató sus servicios. Una vez que se confirmó que la enfermedad era viruela, el consejo de salud de la municipalidad decretó la cuarentena en los Cayos y las partes infestadas de las costas de la isla. Organizaron un almacén exclusivo y bien abastecido de alimentos y medicinas para que los habitantes de los Cayos acudieran a retirar sus provisiones. La población tomó todas las precauciones para evitar el contagio. Fueron solidarios y considerados con las familias y los enfermos de los Cayos, sus parientes y primeros pobladores de la isla de Utila.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Martes, 06 de marzo de 2012

lunes, 5 de marzo de 2012

LOS FUNDADORES DE NUEVA GUINEA

Hoy por la mañana se realizó el acto de celebración del 47 aniversario de Nueva Guinea con desfile de carrozas, los fundadores aun con vida y la población en general. El acto tuvo lugar el la cancha multiuso del parque central presidido por autoridades locales, fundadores, lideres religiosos y parte de la familia de don José Miguel Torres. Su hijo, Denis Torres Perez, en su discurso hizo lectura del pasaje bíblico que inspiró a su padre para nombrar "luz en la selva" (Génesis 28, versículos 18 y 19) al actual municipio de Nueva Guinea.

En este vídeo les dejo a estos campesinos que interpretan la canción LOS FUNDADORES DE NUEVA GUINEA interpretada por Matusalén. Dale click para verlo.

domingo, 4 de marzo de 2012

NUEVA GUINEA: UN CENTRO DE DESARROLLO INTERMEDIO

Nueva Guinea celebra este cinco de marzo el 47 aniversario de su fundación, aquella hazaña que diecisiete campesinos sin tierra emprendieron para fundar su “luz en la selva”, inspirados en los evangelios que predicaba su guía espiritual, don José Miguel Torres. Los sueños de aquellos fundadores persisten y, a pesar de los múltiples problemas enfrentados desde entonces —marginación, guerra, violencia y desastres naturales—, el municipio presenta los mayores niveles de desarrollo económico productivo y comercial de la zona llamada “Zelaya Central”, la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS) y del sureste de Nicaragua.
           
La población de Nueva Guinea es originaria de casi todos los departamentos del país; es honrada, cristiana, trabajadora y solidaria. De un pequeño pueblo, la ciudad se ha ampliado hasta en nueve zonas, proyectándose elevar a esa categoría cuatro barrios nuevos. Su actividad comercial es vigorosa, a tal grado que el mercado municipal y su calle central se ha convertido en la arteria que nutre de servicios a la población. De una ciudad alumbrada por candiles, ahora varias universidades iluminan la mente de las nuevas generaciones. De un municipio productor de granos básicos, la diversificación productiva agropecuaria florece en sus campos y la producción obtenida eleva los volúmenes de exportación que Nicaragua realiza en diversos rubros.
           
Nueva Guinea se puede definir, después de 47 años de su fundación, como un “centro de desarrollo intermedio”. Una ciudad que se encuentra entre Managua, la metrópolis, y la población rural que vive en el municipio, donde miles de ellos se movilizan a Nueva Guinea, su ciudad más cercana, en gestiones de servicios públicos, venta de bienes, búsqueda de empleo, estudios universitarios y entretenimiento. La ciudad de Nueva Guinea es un centro articulador territorial donde se manifiestan diversas interacciones sociales, económicas, culturales y políticas que establece con su entorno rural: treinta colonias y 180 comarcas. De igual manera, los “puertos de montaña”, con sus días rimbombantes de mercado, se nutren de la ciudad y suplen las necesidades de compra y venta de la población campesina de “montaña adentro”.
           
Cualquier visitante que llega a Nueva Guinea después de muchos años, observa los cambios que se han generado y puede establecer las diferencias entre antes y ahora. Nueva Guinea ya no es un municipio en “extrema pobreza”, lo que no significa que no existan pobres, pero las desigualdades que se observan en otras ciudades del país son menos visibles. En Nueva Guinea no se observan niños ni niñas, ancianos, personas con capacidades diferentes ni mujeres con niños en sus brazos mendigando por sus calles y los productores han incorporado prácticas amigables con el medio ambiente en sus actividades (reforestación, manejo adecuado de fuentes de agua, conservación de suelos, mejora de la infraestructura productiva, etcétera).
           
El fin de la guerra, la cooperación externa, el espíritu emprendedor de sus pobladores y la pavimentación de la carretera entre la ciudad y La Curva, motivaron un crecimiento económico con mayor reducción de pobreza donde los niveles de desigualdad económica no son tan marcados como los que se observan en ciudades de gran tamaño, cargadas en sus periferias de miles de familias que viven sufrientes en la miseria.
           
A pesar de ello, existen diversos factores que limitan el desarrollo territorial inclusivo: violencia rural y doméstica, inseguridad en el campo, trasiego de drogas, desigualdad de género y trabas institucionales que se manifiestan en bajos niveles de inversión pública debido a la falta de coordinación entre el gobierno central y el gobierno municipal, causada por la ceguera partidista que, como “venda negra”, cierra sus ojos frente a las posibilidades reales para abordar, de manera integral, propuestas de desarrollo que potencien sus fortalezas y mitiguen sus debilidades con el fin de construir “la luz en la selva” que soñaron sus fundadores.
           
Es tiempo de que los líderes políticos de Nueva Guinea dejen de argumentar que vivimos en un municipio de “pobreza extrema” y, en reconocimiento a aquellos diecisiete pioneros visionarios, busquen cómo trabajar en armonía para materializar sus sueños, hoy más vigentes que nunca. La pelota del juego por el desarrollo está en la cancha de las señoras y señores aspirantes a ocupar la silla edilicia, la población de Nueva Guinea lo demanda y estoy seguro que no dejará pasar las faltas cometidas.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.

Jueves, 01 de marzo de 2012

martes, 28 de febrero de 2012

¿EXISTE COMUNIDAD BLOGUERA NICARAGUENSE?

Una comunidad es, según la vigésima segunda edición del diccionario de la Real Academia Española, entre sus diversas definiciones: 1). Cualidad de común (que, no siendo privativamente de ninguno, pertenece o se extiende a varios). 2). Conjunto de personas vinculadas por características e intereses comunes.
           
Sobre la pregunta, ¿existe comunidad bloguera Nicaragüense?, la respuesta para muchos, principalmente aquellos ligados a grandes medios de comunicación impresos o digitales, sean estos revistas o diarios nacionales, oficialistas o no, es negativa y consideran a los “blogueros” como personas que tienen un espacio, un blog o bitácora, principalmente para evacuar desahogos en contra de empresas, servicios y condiciones reales que afectan su comunidad o derivan en conflictos sociales, culturales, ambientales, económicos y políticos. De tal forma consideran a los blogueros como dispersos, sin cohesión, “disparados”, según la percepción que cada quien tiene frente a la realidad.
           
En septiembre del año 2011, un grupo inicial de diez blogueros organizamos el I Festival de Blogs de Nicaragua. De diez, el grupo creció exponencialmente hasta constituirse en más de ciento diez blogueros nicaragüenses, dentro y fuera del país. El interés común que nos acercó fue la problemática real, muchas veces invisibilizada en los grandes medios de comunicación por la que atraviesan personas y familias que deben unirse al doloroso camino de la migración, con las secuelas que marcan sus vidas para siempre. Esta iniciativa exitosa es un ejemplo concreto de los esfuerzos por crear una comunidad bloguera y muchos de los participantes desde ya esperamos ansiosos una nueva versión del Festival.
           
El argumento esgrimido de atomización podemos irlo descartando. Cuando surge una idea que en consenso respaldamos, existe unidad y nos vinculamos alrededor de ella con nuestros “post” en diversos formatos (una narración, un poema, una fotografía, un video) y desde diversas herramientas: blogger, worldpress, twitter, facebook, que plasman la diversidad de matices y sentimientos, comunicando a los demás nuestra percepción del problema. Si lo hacemos de esa manera, ¿existe cohesión?; entendiendo cohesión como la acción y el efecto de reunirse o adherirse, unión de algo con otra cosa (mi blog diferente al tuyo, al de él y ella pero unidos alrededor de un tema en común), respondo que sí existe. Desde mi perspectiva existe comunidad bloguera, igual que existen otras comunidades: la comunidad lésbica, la comunidad gay, la comunidad católica, la comunidad de alcohólicos anónimos, etcétera.
         
La comunidad, la recíproca colaboración voluntaria, la conciencia de ser parte de una misma realidad, el reconocimiento de objetivos e intereses compartidos, la cohesión espontánea y natural, la asociación y agrupamiento para el logro de objetivos comunes bajo la filosofía de unidad en la diversidad, son aspectos vitales para que los blogueros nos consideremos parte de ella, nos permita continuar creciendo, en número de miembros y mejora de nuestros “post”, y acrecentando fortalezas con el fin de que nuestros detractores se convenzan de una vez por todas que la comunicación no se practica únicamente por periodistas profesionales en los grandes medios de comunicación, escritos y televisivos, y que podemos incidir positivamente en la construcción de una agenda ciudadana muchas veces invisibilizada por ellos.
           
Lo que no existe en la comunidad de blogueros Nicaragüenses son aquellos males que aquejan a casi todas las organizaciones o comunidades. No existe el autoritarismo centralizado y verticalista, no existe un “patrón” que baja “la orientación” difundiéndose como una ley divina entre sus adeptos y todos la ejecutan a ciegas sin cuestionarla, les guste o no. No existen salarios ni prebendas, no existe un horario de rígido cumplimiento, no existe competencia desleal, no existe el protagonismo ni el culto a la personalidad, no existe corrupción.
           
A partir de la experiencia del I Festival de Blogs de Nicaragua escribí “un encuentro sorprendente” y, entre varios puntos señalados, indicaba: “Tenemos resultados que deben ser capitalizados. Podemos seguir haciendo muchas cosas, no hay duda. Todo es cuestión de ganas. Cualquier organización, nacional o extranjera, que pretenda hacer incidencia en políticas públicas perfectamente puede financiarnos un proyecto. Para ello es preciso mantener un espíritu espontáneo, relajado, abierto, descentralizado, con un equipo organizador de apoyo que busque siempre el acercamiento y reconocimiento de la comunidad bloguera para que ésta continúe creciendo”. Lo sigo sosteniendo y podemos lograrlo porque existe la comunidad de blogueros Nicaragüenses y es preciso cambiar la visión de nuestros detractores.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Lunes, 27 de febrero de 2012

miércoles, 22 de febrero de 2012

UNA NOCHE FRESCA

Ese miércoles estaba de paso por Managua. Luego de tres gestiones en el día —el tiempo no da para más— me encontraba sentado en la mecedora de la habitación del hotel observando las escenas sangrientas y desgarradoras del noticiero televisivo: lamentos de mutilados por accidentes de tránsito con carne y huesos expuestos sobre el asfalto, ruegos de desamparados, operativos policíacos tras jóvenes de los barrios empobrecidos, el cuchillo ensangrentado en manos asesinas, la sirena desesperada de la ambulancia despejando la vía, el “líder empresarial” augurando feroz lucha con los trabajadores por el salario y las declaraciones de políticos que, como parte de un elenco, posan frente a las cámaras tratando de convencernos de sus actos cargados de irrealidades que deslocalizan nuestra pertenencia al llenarnos de inseguridad por sus juegos de poder. “Suficiente, basta ya”, pensé y salí de prisa hacia el supermercado ubicado en la carretera de los sueños fugaces.
           
Al entrar al supermercado vi largas filas en las cajas registradoras, carritos vacíos, canastas llenas en la noche de verduras frescas, las preferidas de las amas de casa que aprovechan para encontrase entre amigas, escapar de la rutina diaria y aligerar la desesperación provocada por el desgastado salario. En el recorrido encontré a tres mujeres jóvenes que escudriñaban como auditoras en fiesta hasta descubrir, al ritmo apacible de sus voces y risas, las ofertas atractivas en las secciones de vestuario, calzado, útiles escolares y productos de uso personal.
           
Siguiendo a la distancia los pasos festivos de aquellas mujeres, el dialogó de sus imaginarios llenos de realidad, sus movimientos hechiceros, sus finas manos selectoras cargadas de acierto, fui tomando, sin lista previa, varios de los productos que seleccionaban. Al calcular la cuantía de los escogidos en la carretilla, giré hacia el ala izquierda del edificio y, pensando en la capacidad que ellas poseen para sortear la adversidad, me dirigí a la sección de verduras y frutas.

Un mundo multicolor, desvaneciéndose como un migrante al recorrer con la mirada los estantes, desde el rojo intenso, marrón, amarillo, naranja, verde selva y verde musgo, materializado en frutos generados por manos que labran la tierra, constituye la sección en fiesta. Un ambiente acogedor donde la baja temperatura que los conserva sube con el entusiasmo de las manos de mujeres, jóvenes, adultos y niños que admiran, seleccionan, acarician, absorben aromas, empacan en bolsas que desprenden de rodos sostenidos en el cobertizo, los muestran y pesan en basculas colgantes que brillan por el reflejo de las luces que enfatizan los rótulos de la promoción con rebajas de precio hasta del veinte por ciento.
           
Me aproximé admirando ese mundo de colores, aromas y texturas a la sección donde se exponen las raíces y tubérculos para indagar sus precios. Recorrí los estantes, seleccione los que en el trópico húmedo son escasos: lechuga, rábano, coliflor, brócoli, tomate manzano, mostaza china, perejil, apio y zanahoria. Al acercarme a la sección de las frutas escuché a un niño de unos siete años que le decía a su padre: “quiero más uvas, compra una pera de aquellas grandes”; el padre accedió y yo, siguiendo sus deseos, tomé manzanas, peras y uvas. 

El color y la tentación provocó que saboreara las uvas “jumbo” en la medida que escogía los racimos y, en un instante, escuché una dulce voz a mis espaldas: “señor, debe pesarlas y regístralas en caja para comerlas”. Regresé la mirada y descubrí sus finas pestañas encumbradas con pudor, tras cada movimiento de sus párpados opacó ese espacio iluminado con los destellos radiantes de la luz de sus ojos negros almendrados. “Disculpe, la excitación por saborearla es poderosa”, dije y tomé las frutas que con su ayuda pesamos. ¿Desea algo más?, preguntó y sin dudarlo respondí: ¡una sonrisa, regálame una sonrisa! Al expandir sus labios, dos bellos camanances se dibujaron en su rostro moreno y, luego de agradecérselo, me dirigí a la caja registradora donde las filas habían desaparecido.
           
Al salir del local, el aire seco y caluroso, el movimiento de autos en la vía, las manos extendidas por monedas y el recibo de pago con la tarjeta de crédito me ubicaron nuevamente donde las deudas son reales y se convierten muchas veces en susto. A pesar de ello, esa hora en el supermercado, los ojos y la sonrisa de la reina de la noche fresca, aligeró la sofocación y tensión que me provoca la estancia en Managua, donde todo lo imaginario se convierte en realidad.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Domingo, 12 de febrero de 2012

jueves, 16 de febrero de 2012

LAS CENIZAS DEL DIABLO

Un joven de Torrington, Connecticut, logró una hazaña que nunca antes de 1949 se había realizado: navegó por el río Mississippi en una canoa de aluminio de diecisiete pies, saliendo de Chicago y terminando su viaje en Nueva Orleans, Louisiana. Ex infante de marina y combatiente de la segunda guerra mundial, a sus veintitrés años de edad, hizo el viaje en 41 días. Comenzó el 10 de septiembre y llegó a Nueva Orleans el 20 de octubre. Ni una sola vez durante el viaje tuvo problemas con su canoa, aunque sufrió varios sustos en los remolinos. Durante el trayecto, diecisiete días fueron lluviosos y en cinco de ellos tuvo que achicar la canoa por las intensas lluvias. Cubrió un promedio de 48 kilómetros por día, y en un día, cuando remó más tiempo, alcanzó los ochenta y cinco. Durante las noches puso su tienda de campaña en los bancos de arena y para comer hizo incontables disparos a animales, incluidos zorros y cuervos; por supuesto, comió mucho pescado. “El viaje fue emocionante, y al llegar a mi destino, fui recibido con los brazos abiertos por el Club Náutico de Nueva Orleans y tratado como un rey”, dijo al ser entrevistado Roberto Bartlett. Allí conoció a Albert Ruppel, un ingeniero industrial y arquitecto naval.
           
Se convirtió en capitán de barco carguero navegando por el Caribe de Centroamérica, pero luego se dedicó a la pesca en Costa Rica donde la Booth Fisheries tenía una compañía que Albert Ruppel dirigía y lo acogió como a un hijo. Posteriormente, en 1959, fue trasladado a Ciudad del Carmen en México, donde ocupó el cargo de gerente de operaciones de la flota pesquera de la empresa y responsable de salvamento, siempre bajo la supervisión de Albert quien le transmitió sus conocimientos. A inicios de la década de 1970 la Booth Fisheries Company abrió operaciones en el puerto de El Bluff reemplazando a la empresa francesa Casa Cruz. Por la riqueza marina de la costa Caribe de Nicaragua, cerró operaciones en Costa Rica y México concentrando su capital y flota pesquera en la península nicaragüense. Ruppel ocupó el cargo de gerente general debido a que era accionista de la empresa donde el capital norteamericano representaba el 51% pero Somoza también invirtió en el negocio, igual que liberales y conservadores. Bartlett llegó después de cerrar la empresa en México y asumió el cargo de gerente de operaciones.

    Era un tipo “campechano” y accesible, atendía a la gente y sabía escucharla. Hacia amigos fácilmente —dijo Oscar.
    Hablaba con un acento inconfundible de gringo-mexicano. Le encantaba contar chistes y trabajaba desde que salía el sol hasta el anochecer —agregó Dumar.

Desde su oficina se comunicaba por radio con la flota en faena, recorría la planta de procesamiento pendiente del avance de la descarga de los barcos según la prioridad establecida en una pizarra azul colgada en la pared del área de proceso que recorría hablando y bromeando con las mujeres creole de Bluefields, afanadas en la selección de camarones que circulaban en una banda para luego ser clasificados automáticamente por su tamaño en canastas y finalmente empacados en cajas de cinco libras. De igual manera inspeccionaba el área de procesamiento de langostas. Revisaba el avance de la fabricación del hielo, entraba a los cuartos de refrigeración y salía al lado de la bodega de materiales. En ese punto siempre había personas que los esperaban para hablar antes de subir nuevamente a la oficina o tomar su jeep, moto o un tractor para dirigirse al muelle de los barcos camaroneros.

    Había escuchado hablar de él, pero me imaginaba todo lo contrario —expresó Chacalín para luego añadir— Era de altura mediana, barba de pera entrecana, pelo negro tendiendo a castaño, grandes entradas en su frente, usaba las camisas desmangadas porque las arrancaba, siempre fumaba puros habanos y colgaba de su cuello una cadena de oro con un dije del Diablo.
     Tiene una barba canosa y puntiaguda. No requiere maquillaje para formar parte en un elenco y protagonizar a un capitán pirata de dos siglos atrás. En los tiempos de Henry Morgan, su enorme personalidad lo hubiera convertido en el más exitoso y, sin dudas, el más eficiente corsario de la America Española —señaló Sir Francis Chichester en su libro The Romantic Challenge, cuando lo conoció al atracar en su yate Gipsy Moth el 5 de febrero de 1971 en el muelle de la aduana de El Bluff.

Al llegar al muelle se dirigía a la oficina del jefe de flota con el que conversaba sobre los problemas de los barcos y subía a cada uno de ellos acompañado por Mr. Thomas, el jefe de mecánica. Bajaba al cuarto de máquina donde los mecánicos trabajaban, siempre bromeando, dándoles ánimos y atento a cualquier problema que no podían resolver. Después subía a los barcos que descargaban en la parte central del muelle y calculaba el tiempo preciso, según el plan de descargue y proceso, con que concluía la jornada del día. Por ultimo visitaba los barcos que llenaban sus bodegas con hielo a través de grandes mangueras que lo succionaban de los trailers mediante un motor estacionario y, al capitán y los marinos, les deseaba éxitos en la faena. “El premio, recuerden el premio del mes”, les decía haciendo referencia al bono que la empresa otorgaba a los capitanes y marinos que sobresalían en una flota compuesta por más de ochenta y cinco rastreros.

    Fuimos buenos amigos, pasaba saludándome por el taller. Andaba siempre de zapatos tenis y cuando calzaba botas las usaba desamarradas con el ruedo del pantalón dentro de ellas. La gente del puerto, los trabajadores y los capitanes de la flota pesquera lo llamaban “El Diablo” por el dije, pero cuando se dirigían a él lo llamaban por su nombre, don Roberto, Bart o Mr. Bartlett —dijo don Chon Benavides.

En un galerón contiguo al taller, los marinos reparaban las redes. Sentados en pequeños bancos con aguja de plástico en mano, rellenadas con hilo negro de nylon, cubrían sus piernas con las redes deterioradas haciendo nudos que unían al hilo nuevo en forma triangular, tejiéndolas nudo a nudo hasta repararlas. “Allí hacía demostraciones de su destreza como araña tejiendo”, dijo don Chon. Los marinos lo miraban sorprendidos y luego se retiraba dándoles bromas hacia el varadero del maestro Bermúdez. Subían los barcos en un carril dentro del agua, halándolos con un guinche hasta quedar varados. Les quitaban la pintura del casco a través de sandblast, reparaban propellers, plumas, ejes; los pintaban, volviendo al agua como nuevos. Al medio día regresaba a su casa de la Colonia.

    Mi tata llegaba a almorzar pero siempre lo buscaban para plantearle problemas —expresó Felipe.

Estacionaba el jeep o la moto inglés que usaba frente al muelle de la Colonia y subía por las gradas que festejaban sus pasos con dos áreas de descanso en el recorrido. Un total de doce viviendas fabricadas de madera en dos secciones, el porche de acceso forrado con malla metálica y sala-comedor con tres habitaciones mas la cocina, cubiertas con techo de zinc a dos aguas en dirección contraria siguiendo las especificaciones de los planos gringos, constituían la Colonia que era habitada por extranjeros vinculados a la Booth Fisheries. Desde el porche y a través de las ventanas de vidrio de la sala-comedor observaba las maniobras de entrada y salida de los barcos mercantes, langosteros y camaroneros por la barra, así como la costa de la isla del Venado, el casco hundido del Jamaica, el varadero y el muelle de los barcos camaroneros unidos por un brazo de playa de aguas mansas con la Colonia. Luego del almuerzo descansaba con una almohada bajo su cabeza tendido en el piso duro y fresco del porche y antes de la una de la tarde partía hacia la empresa.

    Su sitio preferido era el porche de la casa —dijo Morgan, su hija. — Allí pasaba la mayor parte del tiempo y recibía a sus amigos —agregó.

En Costa Rica y ciudad de El Carmen adoptaba mascotas, entre ellas tigrillos que alimentaba con biberones. “Me regaló una nutria”, dijo Morgan. Desde el muelle de la Colonia jugaba con ella; se sumergía hasta perderse y luego emergía ejecutando un grácil movimiento de patas y cola, de arriba hacia abajo, desplazándose en el agua a gran velocidad. Cuando desaparecía era porque nadaba hasta la ensenada y por el muelle de la aduana. Poseía un rebaño de cabras que pastaba a los lados de la carretera, en el promontorio de piedras contiguo a la pista de aterrizaje y al lado sureste de la costa. Le gustaba cocinar y agasajaba a sus amigos con mariscos y carne de cabro a la barbacoa en las fiestas que realizaba para navidad y año nuevo o en el cumpleaños de sus hijos, pero nunca revelaba el secreto de la salsa que preparaba para adobarla. “Todos los días almorcé en la casa de Bart. Otros visitantes también llegaban, un goteo constante de hombres de negocios y un día no menos de cinco embajadores de los países vecinos. No sé por qué estaban allí, pero no era extraño que su visita coincidía con la hora del almuerzo, porque Donata, la imperturbable cocinera y ama de llaves de Bart, siempre produjo interminablemente grandes platos de los mariscos más deliciosos, langostas, jaibas, camarones gigantes y excelentes pescados locales con platos de ensalada y una amplia oferta de pequeñísimos frijoles rojos, los preferidos de la gente local”, señala Sir Francis Chichester. 
           
Por las tardes volvía a su oficina donde coordinaba la salida de los barcos, revisaba los resultados del proceso de empaque y si era necesario, ampliaba el horario de trabajo hasta la noche para cumplir las metas. Los empleados recibían doble paga en concepto de horas extras los fines de semana. Como la mayoría era de Bluefields, construyó un barco de acero de poco calaje y de alta velocidad para su transporte exclusivo. A las siete y treinta de la mañana atracaba en el muelle de los camaroneros y los empleados eran trasladados a la planta en trailers, mientras que por las noches se observaba navegar hacia Bluefields como una línea de luz marcando su trayectoria sobre las aguas de la bahía. Cada veinte días atracaba en el puerto el Red Diamond para transportar los mariscos hacia Brownsville, Texas. Por las noches pasaba largas horas en el acrostolio de la nave conversando con el capitán y otros amigos del puerto, entre ellos empleados de la aduana. Con el paso de los años, ante el auge de la pesca, Albert Ruppel diseñó el sistema de refrigeración para acondicionar un avión que hiciera el vuelo entre el puerto y Brownsville.
           
“Montado en un tractor de oruga D6 construyó la pista de aterrizaje”, recordó Dumar. Estuvo al frente del corte, nivelación, conformación, compactación y pavimentación asfáltica de la pista que atraviesa la península de sureste a noreste. Celebraban la llegada del avión amarillo y, al abrir sus puertas, una lluvia de caramelos bañaba a los niños que corrían hasta la pista a su encuentro. Los vuelos eran semanales y transportaba doscientas cincuenta toneladas de mariscos. Luego de aterrizar en su primer vuelo invitó a los niños a montarse y sobrevoló el puerto dando varias vueltas.  “Al final Bart hizo la mayor parte de las reparaciones del Gipsy Moth, trabajando todo el día, desde cambiando mangueras, la estancia del puente rota, la pluma, el corredor de pista de dedal, la lámpara de inspección, la cocina; el talón de autodirección fue desmontado para ser limpiado de algas y luego pintado. Pensé que sería imposible reemplazar el aislante en Nicaragua pero un día Bart desapareció y a la mañana siguiente llegó calmado con el aislante adecuado en su bolsillo”, explicó Sir Francis Chichester sobre el trabajo que realizó reparando el yate. Cuando el cubano Xenón Viera se ahogó en las aguas del muelle de la aduana, trató de rescatarlo mostrando sus habilidades de buzo y rescatista pero le fue imposible sacarlo por el peso del tractor D6 de oruga que mantenía atrapado el cuerpo. 
           
“Hizo florecer el béisbol al igual que la pesca”, señaló Filmore McDonalds, alias “San Martín”. Con su respaldo, la empresa organizó varios equipos de béisbol, entre ellos, la Booth, los Capitanes y El Diablo. Los miembros del equipo eran empleados y jugadores sobresalientes del puerto. Todo el utillaje necesario, desde las pelotas hasta los dos uniformes, era importado. “Ganábamos sólo con el uniforme”, dijo San Martín. En la temporada que se desarrollaban los juegos de la liga mayor A en Bluefields, los empleados que formaban el equipo tenían permiso por las tardes para realizar sus prácticas en el viejo campo de béisbol bajo la tutela de Victorino Castro, alias “el hechicero”. Los días domingo salía el barco que transportaba a los empleados hacia Bluefields con los jugadores de El Bluff y la afición que los acompañaba. La alineación del equipo era impresionante y casi todos eran seleccionados para representar a Bluefields en las competencias de la serie del Atlántico. En su oficina exponía con orgullo los trofeos de campeón que el equipo ganaba junto a la colección de armas antiguas que poseía. 
           
El padre Edwin, párroco de la capilla, lo visitaba luego de celebrar misa para exponerle los problemas económicos que enfrentaba. Conversaban en el porche de la casa, lo invitaba a almorzar y tomaban whisky, preferido del cura. “Regresaba con una amplia sonrisa, más conversador y con su rostro anglosajón enrojecido”, dijo doña Rosa. El andén principal del puerto era reparado con regularidad con el apoyo de la empresa y, luego que la planta generadora de electricidad de la aduana no logró cubrir la demanda de energía, todos los habitantes del puerto accedieron a ese servicio que la empresa brindaba con un costo subsidiado. “La Juanita, la Juana Kilo Watts, era la que cobraba el servicio a los usuarios”, dijo doña Juana Angulo.
           
Festejaba la vida sin reparos. En fines de semana, organizaba actividades que le permitían disfrutar al aire libre la compañía de su familia y amistades. Con el trailer acoplado al tractor los llevaba a las lagunas a pasar el día. Allí se reunía a contar chistes, tomar cerveza o ron; siempre preparaba exquisitos bocadillos y asados a la barbacoa mientras sus hijos disfrutaban las aguas dulces con sus amigos. “Cuando sus hijos crecieron compró casa en Managua para que estudiaran en los mejores colegios de esa época”, evocó don Chon. Al quedar solitario, sus amigos lo visitaban en la casa de la Colonia y conversaban hasta tarde tomando tragos o cerveza. “Al caer la noche regresaba a bordo para cenar conmigo. Nos poníamos a platicar, pero casi al terminar una botella de coñac o ginebra, la conversación daba paso a las canciones vigorosas de marinero que Bart cantaba. Cuando estaba en plena canción abría un anillo en el firmamento, se sentía como si temblaba el casco del Gipsy Moth y los almacenes a lo largo del muelle de la aduana se sacudían como si hubiera un terremoto”, señala Sir Francis Chichester. “Una vez vi a Santos Carrasco llegar con el trailer lleno de mujeres del Viet Nam y el Sol y Mar y se armó una de esas fiestas infernales que terminan hasta el amanecer. Al verlas les ofreció un trago y les mostró el baño para que se ducharán”, dijo Oscar sonriendo.
           
Poco después que Sir Francis Chichester lo conociera, viajó a Irán. Mohammad Reza Pahlevi, monarca de Irán desde el 16 de septiembre de 1941 hasta la revolución iraní de 1979, contrató los servicios profesionales de Albert Ruppel para desarrollar la pesca en el golfo Pérsico o Arábigo. Una vez cerrado el contrato, su mano derecha lo siguió junto a varios capitanes de El Bluff y desarrollaron más de veinte plantas camaroneras. “Ni las condiciones climáticas adversas con temperatura mayor a los cuarenta y cinco grados pudieron frenar su espíritu aventurero. Recorría grandes distancias en el desierto para visitar bares y vaciar sus penas”, dijo Oscar. Al explotar los acontecimientos que desembocaron en la revolución iraní regresó a El Bluff luego de visitar a sus familiares en los Estados Unidos; otra aventura lo esperaba.
           
El diecinueve de junio de 1979, Dexter Hooker, llamado “comandante Abel”, en conjunto con dieciséis jóvenes de Bluefields asaltaron las instalaciones de Pescanica ubicadas en Schooney Cay. Luego de tomar rehenes, secuestraron tres barcos camaroneros cargados con más de cien mil libras de mariscos, provisiones y medicinas para socorrer a centenares de blufileños que estaban entrampados en El Rama al huir de los combates y bombardeos en la capital. En el trayecto por el río Escondido fueron atacados por los guardacostas que custodiaban esa vía de navegación, pero luego de amenazar con ajusticiar a los rehenes suspendieron los disparos de las ametralladoras.
           
Al cuarto día de permanecer en El Rama, los rehenes y la gente que escapaba hacia Bluefields abordaron dos de los barcos, mientras uno de ellos permaneció con los insurrectos en El Rama, escondido en la entrada del río Rama debajo de unos árboles. “En el trayecto hacia Bluefields un avión Push and Pull sobrevolaba cerca de los barcos y tiraba bombas al agua como tratando de asustarnos”, dijo Johnny. “Muy temprano apareció el Push and Pull, tirando varias bombas al pesquero que teníamos escondido (las bombas caían en el agua), todo el pueblo se asustó porque creíamos que iban a bombardear la ciudad” relata Dexter Hooker, en su libro ¿La Costa Atlántica es parte de Nicaragua?  Luego que el jefe de la guardia en Bluefields, el general Guerrero, se rindiera ante el comandante Abel, éste procedió a otorgarles responsabilidades a los miembros del grupo. A Wiltshire y Kent les asignó el rol de policías porque conocían todo Bluefields, a Matate lo nombró jefe de transporte, a Sabor de retaguardia para asegurarles comida, quien mató un buen semental para que comieran carne y a Jaque Bazzar junto a brother Ray los nombró jefes de El Bluff.

“Como a las nueve de la mañana del 20 de Julio me avisaron que una gente había llegado al Bluff procedente de Puerto Limón. No sólo llegaron refugiados sino toda la brigada internacionalista Simón Bolívar con más de doscientos integrantes y hasta su propio estado mayor, los que fueron recibidos por el Jaque Bazzar y brother Ray como jefe de plaza. Los jefes me enseñaron cartas firmadas por la comandancia del Frente Sur, estos sí eran grandilocuentes, sobre todo un negrito chaparrito y barbudo con voz de gigante llamado Kalalu, pero a los días tuve que recordarles que yo era el jefe”, dice Dexter.

Estando en El Bluff, Kalalu mandó a llamar a Bartlett. El internacionalista se encontraba en la casa que Somoza tenía contigua a la empresa constructora de barcos de fibra de vidrio llamada PACSA. “Cuando el Diablo llegó, lo encontró vestido con una bata de salida de baño de Somoza, un vaso lleno de whisky en su mano derecha y una prostituta cubierta de espuma dentro de la bañera”, dijo Oscar. “Mira la vida que se daba el hijo de puta de Somoza”, le dijo Kalalu. “Muy buena, pero para tenerla hay que trabajar”, le contestó el Diablo y logró convencerlo para que la flota camaronera saliera a pescar.
           
La región seguía en paz y el sector pesquero trabajando. “Kalalu y brother Ray me invitaron a El Bluff a la inauguración del primer puesto de salud. En el acto consultaron a la población sobre el nombre que iban a ponerle al centro y todos dijeron “Robert Bartlett”, pero se le puso otro. En realidad Bartlett era un personaje muy querido no sólo en El Bluff sino en toda la región. Le dije que era agente de la CIA, pero con una sonrisa contestó que el agente era otro, el que ordenó a los aviones no dejar caer las bombas en El Rama ni en los barcos”, señala Dexter. “Dos o tres semanas después del triunfo, el Diablo me contó lo del avión Push and Pull, dijo que los barcos eran para producir y no para ser bombardeados, mucho menos las ciudades con gente indefensa, que eso era de cobardes”, dijo Johnny. “Cuando mandé al Jaque Bazzar como jefe militar de El Bluff y a brother Ray como jefe político, les recomendé tener a Bart casa por cárcel, pero cuando llegué era su principal asesor y tenía una gran influencia en ellos. En el acto de inauguración de la clínica, el Jaque Bazzar dijo que era un enviado de Arafat, directamente del Tel-Aviv y tenía puesta una toalla en la cabeza tipo árabe, anteojos oscuros y un habano en la boca que le dio Bart; hasta le enseñó a manejar carro. Por otro lado, brother Ray usaba un quepis de Murkel, el jefe de la guardia y los guardacostas”, dice Dexter.
           
“Lo mantuvieron detenido varios días en el cuartel de la guardia en Bluefields donde llegaba a visitarlo. Le llevaba sus puros y platicábamos, nunca lo noté desesperado. Cuando registraron su casa y oficina encontraron la colección de armas antiguas que tenía, lo acusaron por ello y de ser agente de la CIA”, dijo Dumar. La embajada norteamericana presionó para que lo liberaran igual que Albert Ruppel. Una orden directa de Managua llegó y salió libre. Poco después abandonó el país y regresó a Brownsville, Texas.
           
En el periodo de gobierno de Arnoldo Alemán regresó a El Bluff. “Lo encontré junto a Fernando Hodgson y “el hechicero” Castro en Bluefields. Realizó una inspección exhaustiva en las instalaciones de la Booth porque pretendía reactivar la pesca pero no lo logró debido a que los nuevos poderosos del sector lo bloquearon y ya habían firmado con la empresa Gulf King”, recuerda Oscar.
           
Padeció la enfermedad de Alzheimer y su hija Morgan mantuvo frescas sus memorias. “En los últimos días su principal deseo era regresar a El Bluff”, dijo Morgan. Falleció el 4 de septiembre de 2005 en Rancho Viejo, Texas, a la edad de 80 años. Cuando la panga atracó en el muelle, una multitud en algarabía esperaba a sus hijos tras conocer la noticia de que sus restos llegaban con ellos. “Su vida fue emocionante, una constante aventura. Se enamoró de El Bluff, nunca pudo olvidarlo y por ello hemos depositado sus cenizas, las cenizas del Diablo, en las aguas de su bahía y en la playa del Tortuguero”, dijo Felipe con satisfacción luego de sellar con sus pies el orificio donde Bart inicia una nueva travesía.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Lunes, 06 de febrero de 2012