miércoles, 17 de febrero de 2021

CAMINATAS MAÑANERAS


Llevo varios años realizando caminatas mañaneras, pero siendo joven adquirí el hábito de correr todos los días. Recuerdo que cuando tenía entre 15 y 17 años, cuando vivía con mis padres y hermanos en El Bluff, luego de clases en Bluefields, atravesando la bahía en un barco pos-pos, llegaba a casa, cambiaba de ropa y corría al campo de béisbol, el antiguo campo que quedaba donde hoy está ubicado el parque.

Allí practicaba béisbol con el equipo de la UVA y luego con el de la Booth, los Diablos. Como mi posición era de pitcher, el entrenador y el manager, siempre me mandaban a correr mientras hacían prácticas con el cuadro y el outfield. “¡A correr coño, a correr coño, muévete, muévete para que tengas más fuerza en el brazo y en las piernas!”, decía Victorino Castro, moviendo la boca como haciendo puchitos, su caminar altivo y con su estampa de jugador de grandes ligas, fornido y ligero, al que nunca, nunca en mi vida logré ponchar, tirándole lo que le tirara. Y tenía razón, correr me daba más agilidad y fuerza, la pelota llegaba veloz al cátcher, a Mr. Frank Roe.

Después que terminaba la liga de béisbol en Bluefields, en la que todos los años fuimos campeones, se organizaban equipos de futbol y nuevamente debía correr. Corríamos no sólo en el campo, el mismo donde jugábamos béisbol, sino que corríamos desde allí hacia la playa de El Tortuguero, hoy llamada Bluff Beach, hasta llegar a la segunda laguna, frente a Cayman Rock, un recorrido de 12 kilómetros. Al lograrlo, nos sumergíamos en las aguas frescas de la laguna y regresamos también corriendo con la caída del sol en la isla de El Venado. Era un grupo de unos 15 a 20 amigos entre ellos, Rodolfo Gómez, alias Kalilita, Martín Montero, Alonzo Allen y Richard Allen, Chapop, Denis Lacayo y otros más.

Después del bachillerato hasta finalizar mi carrera en la UCA, hubo una pausa larga en el hábito de correr, “el amor, los estudios y el trabajo", el cual retomé al trasladarme a vivir a Juigalpa con mi mujer e hijos por razones de trabajo. El Instituto Nacional de Chontales me quedaba a unos 20 metros de la casa y allí, en el cuadro de béisbol, comencé a correr nuevamente por las mañanas. Cuesta mucho, muchísimo habituarse a la rutina.

Trabajando en Nueva Guinea y después radicado definitivamente en esta ciudad, trotaba entre las 5 y 6 de la mañana en la antigua pista de aterrizaje por una hora, haciendo unas cinco idas y vueltas en el tramo de un poco más de un kilómetro. Allí, en esa época, 1992 a 1996, me encontraba con otros, entre ellos militares y extranjeros. Otra ruta alternativa del trote, ya no corría como años atrás, que continúa siendo una de las preferidas de muchos caminantes y corredores, es la que existe entre la calle central y el puente sobre el río La Verbena, un recorrido de unos 4 kilómetros de ida. Cuando viajaba por varios días a Managua por razones laborales, siempre lo seguía haciendo, buscando un lugar propicio para ello y cercano al hotel donde me alojaba.

Uno de los principales inconvenientes de las caminatas en el trópico húmedo es la alta precipitación a lo largo del año (mayo a enero), con un período corto de verano durante el cual también llueve. Por ello a veces las rachas de correr, trotar o caminatas se ven interrumpidas hasta por una semana y a veces más días.

Por tal razón adquirí una corredora eléctrica y una banca con sus respectivas pesas para poder ejercitarme en casa. Hacía unos 45 minutos entre caminar y trotar, acelerando la banda, y luego me dedicaba a las rutinas de pesas en la banca y en el piso. Recuerdo que Erick Jamil, mi nieto, me imitaba con unas pesas que le prestaba de 2 y 3 libras. Eso lo hice después del año 2003 hasta que el óxido terminó con ellos y comencé a hacer mis caminatas mañaneras.

A inicios de la pandemia por el COVID-19, dejé de salir por ser consecuente con el #quedateencasa, pero no he dejado las caminatas porque las he hecho en casa, aprovechando los corredores, los pasillos, el patio de atrás y el del frente, hasta completar la meta que tengo establecida de 10,000 pasos (7 km.) en 1 hora y 45 minutos, porque no me estoy entrenando para una competencia y, al final del día alcanzo entre 14 y 17 mil pasos después de moverme por aquí y por allá, hasta que llega la hora de dormir.

Trato que la curva de distribución de mis pasos sea positivamente asimétrica, es decir que la mayoría de los pasos realizados se den durante las primeras horas de la mañana. Después del almuerzo tengo un período inactivo debido a la practica de meditación y mi siesta de todos los días que va entre las 12:30 pm y las 2 p.m. Luego son pocos los pasos que doy porque me dedico a leer acostado en una hamaca y a escribir como lo hago en este momento.

Después de octubre del año pasado comencé a salir a mis caminatas mañaneras. En ellas no tengo rutas definidas, pero si algunas preferidas. En las condiciones actuales, siempre en pandemia y rebrote, prefiero caminar en el campo, tratando de evitar las rutas hacia la ciudad porque no me levanto a las 4:30 a.m. que sería la hora ideal para caminar por las calles, avenidas o por el parque central para evitar lo más posible el contacto con otras personas, entre ellas los borrachos amanecidos, los pirucas, que el verme al lado del mercado o de la gasolinera, se me vienen encima tratando de abrazarme para que les de dinero. Por ello y por el contacto directo con la naturaleza, hago mis caminatas mañaneras en dirección al campo o en los alrededores del vecindario que tiene un carácter rural.

Ahora, después de contarte sobre mis caminatas mañaneras, llegó tu turno. Levantaté y moveté. Para ello tenés que definir una meta (pasos, kilómetros o tiempo) a caminar con el fin de motivarte. En tiempos de crisis es necesario tener una doble dosis de motivación para alcanzar las metas que te has propuesto.

La motivación es un estado interno que activa, dirige y mantiene la conducta de la persona hacia metas o fines determinados; es el impulso que mueve a la persona a realizar determinadas acciones y persistir en ellas para su culminación. La motivación es lo que le da energía y dirección a la conducta, es la causa del comportamiento.

La motivación es un proceso que pasa por varias fases. Inicialmente la persona anticipa que se va a sentir bien (o va a dejar de sentirse mal) si consigue una meta. En un segundo tiempo, se activa y empieza a hacer cosas para conseguir dicha meta. Mientras vaya caminado hacia ella, evalúa si va por buen camino o no, es decir, hará una retroalimentación del rendimiento. Y, por último, disfrutarás del resultado.

Y los resultados que vas a alcanzar con las caminatas son los siguientes:

1. Controlar tu peso y fomentar la eliminación de grasas.
2. Mejorar la circulación sanguínea.
3. Alejar problemas de tipo cardíaco.
4. Son enemigas de la depresión y combaten la fatiga emocional.
5. Son buena terapia para los que sufren problemas respiratorios.
6. Reducen la presión arterial alta.
7. Aumentan los niveles de la endorfina que el cuerpo produce contra el dolor.
8. Mejoran el sistema inmunitario.
9. Reducen la tensión muscular.

Así que amigos y amigas, es sencillo caminar y los beneficios que obtenemos son increíbles. Hago caminatas porque además del acto de caminar disfruto del silencio de la ciudad, el canto de los pájaros, el crujir de las ramas de los árboles, el mugido de una vaca, la neblina en el rostro, el aire puro entrando en mis pulmones, los latidos intensos de mi corazón, el sudor que brota en mi cuerpo, el saludo de los campesinos que van o vienen de sus labores, y me siento cada vez más positivo y motivado por lograr el aumento progresivo de sus beneficios.

Nueva Guinea, Nicaragua.
16 de febrero de 2021.
Foto propias.

martes, 9 de febrero de 2021

RECONOCIMIENTOS




En la foto aparece con el cabello castaño, corto, con mechones que caen sobre su frente a unos centímetros por encima de su ojo izquierdo. Sus ojos son color miel,  almendrados,  con cejas largas y claras. Muestra una sonrisa abierta, sin pintar, que resalta sus pómulos anchos y muestra la blancura de sus incisivos centrales. De su cuello, sostenido por una fina tira de cuero, cuelga un dije que no se muestra por la solapa del cuello.

Lleva puesta una camisa blanca de manta con ribetes de colores rojos en cuadros de diferentes tonalidades alrededor del cuello, los hombros y el cruce del botón. Sus hombros fuertes y sus brazos aparentemente descansan en una de sus piernas.

Está sentada al aire libre, con una calle de asfalto que se muestra al fondo, con arbustos y grama verde que va buscando el color café como si los meses de veranos estuvieran por llegar.

Por muchos años ella la ha guardado como el mejor de sus recuerdos, de su época de mujer independiente a sus 21 años de vida y yo la veo por allí, al revisar entre carpetas llenas de polvo. La recupero, la limpio y se la muestro.

¿Dónde la encontraste?, pregunta con alegría, mostrando la misma sonrisa de la foto, pero con el cabello canoso, arrugas en la frente, parpados caídos y mejillas que sufren como su cuello y sus brazos la fuerza fatal de la gravedad al paso del tiempo. Se sienta en la orilla de la cama con la foto entre sus manos, se mira con detenimiento, recorre cada uno de sus rasgos y sonríe, una sonrisa de auto reconocimiento, de pensar, de repensarse y verse otra vez en el esplendor de su vida, de sus años de mujer bella, con pretendientes dispersos entre los puntos cardinales. ¿Dónde estaba?

Limpiaba y la encontré entre unas carpetas en las que guardo documentos personales, currículos viejos y decenas de diplomas y placas de reconocimiento que mantengo en una parte del librero. Entre ellos estaba la foto.

Pensé que no la volvería a encontrar, respondió y se dispuso a buscar un lugar dónde colocarla en la habitación, pero sin ningún cuadro o soporte que la mantuviera firme, la foto se caía. La introdujo en una de las gavetas del mueble del tocador.

Dos días tuve pensamientos recurrentes sobre la foto y en un cuadro en el cual colocarla. Decidí quitar de uno que tenía en el librero una foto mía que fue publicada en La Prensa en la sección de Domingo. Limpié con alcohol y una toalla fina el marco, el vidrio, el paspartú, el fondo y la tabla de soporte posterior. Quedó reluciente. De la misma manera, en la misma secuencia, coloqué la foto sobre el fondo y la sellé con la tabla de soporte.

¿Y ahora, dónde la cuelgo?, me pregunte sin consultarlo con ella porque quería sorprenderla. Di vueltas por la sala, por la habitación, por la sala de la cocina, por el pasillo y volví a mi oficina. ¿Dónde?, ¿Dónde? Y la respuesta estaba frente a mis ojos.

Mientras pensaba en dónde colocarla, fui sacando de las viejas carpetas cada uno de los diplomas de reconocimiento que me han sido otorgados después de más de 45 años de trabajo en comunidades, instituciones, empresas, gobiernos regionales, municipales y organismos no gubernamentales. 

Me rio de uno de ellos, es de la promoción de sexto grado, “reconocimiento por sus estudios destacados en religión”. Si hubiese seguido destacándome en teología hoy sería un monje insurrecto contra el estado de las cosas, contra la injusticia, contra las desigualdades, contra la opresión, contra la falta de solidaridad entre los pueblos. 

Y sigo desempolvando más reconocimientos. “Reconocimiento por su contribución y participación activa en el alcance de nuestros objetivos institucionales, reconocimiento por su valiosa colaboración al desarrollo de la producción e industrialización láctea en el cuadrilátero lechereo, reconocimiento por el apoyo brindado a nuestra comunidad, reconocimiento por el apoyo incondicional al fortalecimiento a la salud comunitaria y desarrollo organizacional e institucional de nuestra Asociación, por la amistad, la solidaridad y el dinamismo en trabajo en equipo, reconocimiento por contribuir en nuestro municipio en la dinamización de la economía, inclusión social, mejora de la educación y promover la reconciliación y paz en tiempos de postguerra”. 

Y a medida que voy leyendo los he ido tirando al suelo, recordando momentos, las dificultades, los sucesos, cada logro, la alegría de la gente y las intrigas, así las traiciones de esa época. Y me detengo. Faltan otros por desempolvarse, y por ahora los mando a todos al cajón de los mohosos. El lugar donde deben estar muchos oportunistas, creadores de intrigas y varios hijos de puta de esos tiempos.

Y como chispazo en la frente me doy cuenta que ella debe estar en el centro, en el centro de todas mis cosas, de mis fotos, porque así podré verla hoy y siempre hasta que muera, sonriente. Es ella la que se merece todos los reconocimientos, sin ella, sin su soporte, sin sus arrechuras, sin su acompañamiento, no tendría ninguno de esos reconocimientos de papeles viejos empolvados, momentos de la vida que ya se fue, el pasado que no volverá nunca, solamente si lo llamo, si lo traigo al presente.

En todas esas etapas de la vida ella siempre estuvo conmigo, nunca me abandonó, aun cuando motivos le di para ello, por la distancia, la poca permanencia a su lado y con mis hijos, entonces pequeños, en una época difícil, de guerra y postguerra. Ella, el sostén, el pilar, el soporte de mi vida durante 44 años.

Ella en el centro de mi yo y mi familia. Los amigos de cerca muy agradecido de tenerlos aún, y los otros, los oportunistas, ladronzuelos, las pirañas y lacras, que se vayan a la chingada porque no tengo otro lugar para ellos.

 

Nueva Guinea, Nicaragua
9 de febrero de 2021 

lunes, 1 de febrero de 2021

EL CUÑADITO

El hombre pasaba por el camino todas las mañanas en dirección al pueblo. Iba montado. Su yegua era de color achocolatada, con la crin negra que colgaba más allá de su corto cuello. El hombre la espueleaba, sacándole pasos alegres, volados, en concordancia con su temperamento nervioso y con la alegría mañanera del hombre que saluda con los buenos días y con adioses de manos, tanto a los que dejaba a su paso como a los que se encontraba en el trayecto.

Esa fue la primera vez que vi al hombre con su yegua y me pareció muy pintoresco, un hombre pequeño pero fuerte y alegre montado en un yegua fiestera, tal para cual. A su regreso, siempre antes de las diez de la mañana, sus alforjas estaban repletas de cosas que compraba en el mercado y cargaba un saco lleno entre sus piernas, sosteniéndolo con los codos, pero siempre saludaba al pasar por el camino con una voz aguda y contenta.

Con el tiempo, y de tanto decirnos adiós en su ir y venir del pueblo, comenzó a gritarme ¡adiós cuñadito! Además de responderle el adiós con las manos contagiado por su alegría, le respondía gritándole ¡adiós cuñadito! Y ese fue el saludo que nos dimos siempre, aunque pasara caminando. Y en una de sus caminadas nos pusimos a platicar.

“Vivo cerca de por aquí, con mi mujer, la Sidonia, de la vueltecita que se mira por allá, a lo larguito nada más, buscando para el lado de Los Ángeles. Tengo mi parcelita, chiquita pero bonita, bien cuidada cuñadito, de todo siembro: guineos, yuca, unas matitas de quequisque, frijolitos para el gallopinto, maizito para las tortillas y las gallinas, varios palos de naranjas que cuando quieren dan de tan viejos que son; también produzco abono de lombrices en cuatro bancales y vendo la mejor chicha de todos estos lados en mi ventecita”.

Me dio mucho gusto platicar con el cuñadito. Era un hombre pequeño, pero de manos ásperas, callosas, con una alegría que le brotaba de sus ojos negros cuando levantaba la cabeza para conversar, sosteniendo siempre la mirada.

Calzaba botas de hule, pero cuando andaba bien chajín, sobre todo los domingos, sus botas militares brillaban y, al verlo con ellas por primera vez, dijo que “la guerra me hizo hombre, hasta que me oriné y me ensucié en los pantalones me di cuenta que era un hombre de verdad, y ahora sorteo la vida por el buen camino, aprovechando esta nueva oportunidad que el Señor me dio”. Me dijo que no, que no era evangélico, pero daba gracias por todo y todos los días. “Somos pocos los que aún estamos contando el cuento” decía cuando se acordaba de la reventazón de tiros y bombazos en la montaña donde anduvo combatiendo con el ejército. “De pura choña, cuñadito, no había para dónde darle, a uno rapidito le daban agua, sin pensarlo mucho y sin remordimientos. Me reclutaron en el pueblo, móntate ya, a puros culatazos en el costillar, después te investigamos”.

Un día pensé visitar al cuñadito, inquieto por las lombrices, y me fui buscando su ranchita. Estaba orillada al lado del camino, no muy lejos de aquí. Bajo un alero había construido varias bancas de madera rolliza que se mantenían frescas por la sombra de árboles de Laurel y, contiguo a ellas, en un cuarto, estaba la ventecita que atendía su mujer. “Ella es mi señora, la Sidonia”, dijo el cuñadito y me saludó con una sonrisa. Era quizás un poco mayor que el cuñadito, pero lo que más me llamó la atención fueron los dos mechones blancos en su cabello largo recogido en trenzas. El cuñadito me guio a unos pasos de la casa para mostrarme el pozo donde había instalado una bomba de mecate y avanzó varios metros para que viera los bancales con las lombrices que mantenía cubiertos de plástico negro en una galerita con techo de paja.

“Es sencillo”, dijo el cuñadito y me fue explicando cómo era proceso de producción de abono orgánico o lombrihumus con la lombriz roja californiana. Las lombrices productoras se las consiguió un grupo de mujeres campesinas con el fin que él las alimentara con heces de vacas principalmente para que se multiplicaran y entregar el abono que producían a cambio de “unos bollitos que siempre faltan”. Me di cuenta que en el mercado local y nacional el lombrihumus era bien cotizado por su origen orgánico y una alternativa para la fertilización de frutales, plantas del patio y en la jardinería. Esto es algo bueno, le dije y sonrió.

“Venga cuñadito, venga, tiene que probar algo”, me dijo, indicando que lo siguiera en dirección a su ranchita. Llegamos a la parte posterior de la casa donde estaba la cocina. Tenía una vista hermosa hacia el cerro donde los amaneceres la inundaban de luz y, en un potrerito cercado por dos hileras de alambre de púas, su yegua de pasos volados pastaba con tranquilidad. Allí la Sidonia me esperaba con un vaso lleno de chicha.

“Pruebe, le va a gustar”, dijo el cuñadito. Y probé la chicha, tenía un sabor fuerte, por eso le llaman chicha fuerte, pero estaba fresca y después de tres tragos sentí que me calentaba el cuerpo. Con amabilidad el cuñadito me invitó a sentarme en la banca de palos rollizos donde daba la sombra y desde el camino fueron apareciendo caminantes que se detenían a comprar pan dulce, un cigarrito, fosforitos y ya sabe usted, también deme un vasito de chicha, por favor no se le olvide. Mientras se sentaban en la banquita del cuñadito platicaban sobre cosas cotidianas, el lugar dónde estaban trabajando y a qué precio pagaban el jornal, la carestía de la vida, las condiciones del tiempo, y así, entre tema y tema de conversación, cuando me di cuenta me había tomado unos cuatro vasos repletos de chicha fuerte.

Estaba conversador, dale que dale a la plática con los amigos y los clientes del cuñadito hasta que me di cuenta que era la hora del almuerzo. El trayecto de regreso me pareció cortísimo y ni cuenta me di de los charcos que sorteaba en el viaje de ida. Después de la comida me acosté en la hamaca y desperté tres horas después con un fuerte dolor de cabeza, los efectos de la chicha fuerte.

El cuñadito era muy chambeador. “Hago mis fajinas, cuñadito, si sale una chambita ya sabe que estoy disponible”. Y así comenzó a podar los arboles de acacia amarilla que están de cercas vivas alrededor del patio y picaba las ramas para obtener leña. También limpiaba el patio y reparaba las cercas. Siempre el mismo cuñadito, alegre y hablador. Con el tiempo le ofrecí el trabajo de vigilante por las noches y aceptó. También era enamorado. “Vea cuñadito, mire que hermosa está la Raquelita”, decía. “Viera a la vecina que queda cerca de aquí, chuletita, cuñadito, chuletita”. Y en esos vea, sus ojos negros chispeaban en las noches de neblina o de densa lluvia. Se mantenía atento como un tigrillo, con cualquier ruidito se levantaba, se colgaba la escopeta y comenzaba a caminar, bañando con la luz del foco todos los rincones del terreno. Muy tempranito salía para su casa y luego lo miraba pasar, montando su yegua en dirección al pueblo.

Muchos años después el cuñadito dejó de pasar por el camino. Desapareció su ventecita, su negocito de lombrihumus y la chicha fuerte que hacía. Dicen los vecinos, y sus clientes, que le prohibieron seguir haciendo chicha fuerte, que atentaba contra la salud del pueblo, el mismo que disfrutaba con un vasito de su chicha, y que por eso vendió su parcelita y se fue para una colonia. Otros dicen que un yerno le ofreció más tierras si vendía su parcelita y le prestaba los reales, cosa que hizo el cuñadito y al final se quedó sin los reales y sin la tierra porque nunca le cumplió.

Un día de hace muchos años nos encontramos en el mercado. Me dio mucha alegría verlo, aunque lo noté diferente. Sus ojos negros habían perdido la alegría que contagiaba y no sostenía su mirada al hablar, su pelo pintaba abundantes canas y, cuando estreché su mano, me dio la impresión de que su fuerza había desparecido y que sus dedos estaban deformados.

Luego de un intercambio rápido de palabras, —vivo por allá, cerca del cementerio, le veo esa barba más canosa, un día de estos lo visito, y la Raquelita cuñadito, siempre hermosa, me saluda a la Sidonia— nos despedimos, él tratando de mostrar su alegría de siempre y yo seguro que ya no era el mismo cuñadito que pasaba todos los días por el camino, montado en su yegua de pasos volados.

30 de enero de 2021
Nueva Guinea, Nicaragua. 
Foto: Casa a la orilla del camino en La Guinea Vieja.


martes, 19 de enero de 2021

LA MÁQUINA DE ESCRIBIR PORTÁTIL

Me llegó un soplo de brisa mañanera a través de la ventana, recordé cuando mis entumidos dedos comenzaron a teclear, perdidos entre las cuatro filas de letras y números de la máquina de escribir portátil. Convencido de que no tenía mucho tiempo, no estaba para perderlo arrojándolo al cauce de rencores y temores, ahora prefería escribir en la comodidad de la computadora portátil. Un flujo constante de imágenes brotó en mi mente e hice el intento de apresarlas como hacen los atrapa sueños, los pescadores, los cazadores, de una sola vez, sin pensarlo mucho.

Pero la vida que surge en el papel es difícil matizarla, llenarla con los ingredientes necesarios, y, a pasos lentos, me dirigí por el pasillo hacia la cocina a prepárame un té de limón con jengibre por si las moscas, prevenido, no estamos para descuidos en estos tiempos de rebrotes y me embarré las manos con alcohol gel, frotándolas, mientras calentaba agua en una porra vieja de aluminio.

Los perros, la Canela y el Caramelo, ladraron. Vi al Bobby, mi primer perro. Estaba tendido en el patio, cerca del pozo, al lado de las grandes piedras azules. Blanco y café de leche con el pelo largo. Me arrodillé a su lado, le acaricié la cabeza, el lomo y el pecho, ya no jadeaba, pero estaba calientito, recién ido, en el reino de los perros muertos. El Bobby era juguetón, corría entre los troncos que se apiñaban con la marea en la costa de la ensenada, entre manglares, se metía al agua hasta el pecho, nadaba sacando apenas la cabeza, acompañándome en la búsqueda de chacalines para carnada y así pescar en el muelle de la Texaco por las tardes y las noches, siempre con el Bobby al lado. Mi padre lo metió en un saco y bajó al muelle desde donde lo tiró al agua. La corriente se lo llevó. Dolido lloré como se llora por la muerte de un ser humano querido. Nunca volví a llamar Bobby a otro can, para qué, que permanezca en los recuerdos el primero y único para siempre. Hubo otros, pero ninguno será como el perro que crece con vos siendo niño.

Preparé el té y regresé a la computadora, tratando de salvarle la vida a muchos en el papel: a los desnudos, los dolidos, los sin casa, los sin causa, los penitentes, los perseguidos, los que se van buscando vida, los que desaparecen para siempre. Pero no a todos se puede salvar, no deberían de existir, no hay justificación para ello.

Seguí vaciando mi cerebro con el sonido chirriante y metálico de las teclas viejas, tic, tic, tac, tac, tac, tic, tic, tac, y el del  cling de la campanita al golpear la palanca del retorno del carro. Fue un regalo que me hizo mi padre cuando me gradué de sexto grado. Primero me dio la máquina y luego el método sin profesor para escribir con todos los dedos de las manos. Por las tardes, después de regresar de clases en Bluefields, hacía los ejercicios, pero resultaban demasiado aburridos, cerraba la máquina y corría al campo de béisbol a jugar perreras con los amigos de la UVA y otras veces contra el equipo de la Booth. Nunca logré el arte de usar todos los dedos, siempre he usado cuatro, los índices y los medios, pero con el tiempo a gran velocidad, sin ver las letras.

¿De dónde surgió la idea de que necesitaba una máquina de escribir? Del medio, del entorno, un mundo de oficinistas al cual pertenecían mis tíos, Felipe, Gustavo, Pablo, Jorge y mi entrañable abuelo Felipe. Al tocarles las manos sentía los cayos que tenían en las yemas de los dedos de tanto pulsar las teclas de las máquinas de escribir para elaborar pólizas, declaraciones, manifiestos y todos los trámites requeridos para la importación y exportación de bienes a través de el puerto de El Bluff, destinados a Bluefields, el resto del país y para el mundo. Allí conocí a los más veloces del tecleo, los number one de esos tiempos, Eustacio Alfredo Chow, llamado el chino Chow, a Jimmy Wilson, Rafael Montero, Zoilo Carrasco, Charles Bacon, Ernesto Morales, Guillermo Bermúdez, Pablo Álvarez y otros que se pierden en la nebulosa de los recuerdos y que fueron comandados en la aduana por el coronel Alejandro Peters, el legendario coronel alma de niño

Con el tiempo la máquina portátil volvió a su estuche de plástico y la guardé en el cuarto compartido con mi hermano Tony. Veinte años después me fue útil, cuando estudiaba en la universidad y, al vérmelas sin remedio, tuve que desempolvarla, limpiarla, aceitarla, regular las guías de los tipos y cambiarle cinta porque estaba abandonada. La guerra me desfasó en los años de estudios y al reincorporarme me encontré que debía sacar 12 clases en un semestre, repartidas en tres turnos, mañana, tarde y noche, para poder nivelar el plan de estudios que resultó ser un verdadero desastre, teniendo que llevar clases con alumnos de segundo, cuarto y quinto años de la carrera. 

No podía andar cargando tantos cuadernos en la mochila y se me vino la idea de partir una resma de papel bond en tres partes iguales y empastarlas. Una para cada turno, me dije y en el cuarto de resma anotaba todas las clases. Luego, en casa, las pasaba en limpio a los cuadernos no sin antes visitar la biblioteca para leer sobre el tema del cual me surgían dudas, vacíos o lagunas. Al quedar satisfecho, tomaba la máquina de escribir portátil y el tecleo inundaba la casa hasta pasar todas las del turno en limpio, con una copia en papel carbón, y luego archivarlas en ampos según materias: bioquímica, microbiología, nutrición, y más, muchas más. 

De esa manera ordenaba las clases y así no debía de quebrarme la cabeza para estudiar, prepararme para los exámenes, porque con tomar notas en el aula, copiarlas en el cuaderno, ampliar en la biblioteca y pasarlas a máquina de escribir ya estaba preparado, sólo me bastaba un par de leídas antes del examen y listo, déjelo venir como quiera. 

Esas clases en limpio, a máquina de escribir, eran bien cotizadas por mis compañeros de clase: se me perdió el cuaderno, voy a sacarle una copia, no la tengo, préstamela, ese día no asistí a la clase, y otras quejumbres para que se las prestara como si la copia se le iba a transferir al cerebro por osmosis, decime vos, pero se las prestaba. Esos fueron los momentos combativos de la máquina de escribir portátil, veinte años después aproveché al máximo el regalo de mi padre. 

Incorporado en la vida laboral dejé de escribir a máquina, para ello las secretarias, los asistentes, pero seguía el ritmo de sus veloces tecleos para copiar los informes que elaboraba a mano y debía presentar sobre aspectos que les preocupaban a los jefes empleados de los jefones, informes que iban para arriba en el escalafón de las intrigas. Luego se nos vino encima la revolución digital y allí ni modo, a entrarle a las computadoras. Entonces me di cuenta de que la experiencia con la máquina de escribir portátil me facilitó enormemente las cosas en los trabajos que desempeñé por muchos años. ¡Gracias papá, mil gracias! 

Nunca supe dónde terminó, cuando le pregunto a mi mujer responde que no lo recuerda. Como todas las cosas buenas que tenemos en la vida, de pronto, sin darnos cuentas, desaparecen y bastante tarde las valoramos. Hoy quisiera tenerla  y que durara para siempre a mi lado, aunque era una simple máquina de escribir portátil, hoy la considero como uno de los mayores tesoros que he poseído. 

Nueva Guinea
18 de Enero de 2021.

martes, 1 de septiembre de 2020

HASTA QUE LO VIO EN LA CAJA


Todo sucedió sin darse cuenta. Hasta que lo vio en la caja, su vida transcurrió sin notar cómo su piel se transformaba en un pellejo seco, ajustado a sus huesos. Ahora, al escuchar las campanas de la iglesia lanzando sus lamentos metálicos, al ver al cura regar su cuerpo con agua bendita, al sentir las manos de sus amigas sobre sus hombros, levantó la mirada y un sollozo se desprendió de su alma.

Comprendió, al fin, que toda la vida lo había acompañado.
           
Sus amigos de siempre, de él, se acercaron cuando el cura pronunció “vayan con Dios”. Bajaron la tapa que mostraba su rostro demacrado, tomaron las manijas del ataúd y lo elevaron sobre sus hombros para cargarlo, iniciando la marcha silenciosa hacia su destino final.

Grace lo vio con la cuerda en sus manos, haciéndola girar en círculos, levantando polvo en el suelo y se encontró saltando, gritando, sonriendo a carcajadas junto a sus amigas de infancia, las mismas que ahora la acompañaban, en ese juego infantil que ocupaba sus tardes sin preocupaciones, amarguras ni pesares.

¡Grace, ya, es suficiente!, ¡Tienes que hacer las tareas!, escuchó el llamado de su madre y notó en él su rostro entristecido al verla alejarse hacia la casa.
             
“Caminemos”, escuchó decir a una de sus amigas para iniciar la marcha detrás del cuerpo aislado en el cajón de madera. El lúgubre tañir de las campanas marcaba el paso de los concurrentes con disfraces de luto hacia el atrio de la iglesia.

El atuendo que la rodeaba  le recordó el cielo gris y las tormentas, la lluvia intensa, el chorro de agua que se derramaba en el canal de su casa y lo vio bajo el torrente salpicando agua, brincando de alegría. ¡Grace!, ¡Grace!, lo escuchó, gritándole, invitándola con sus manos a salir del corredor y acompañarlo en ese disfrute, sin temor a los relámpagos y truenos.

En la marcha, antes de salir al atrio, notó las coronas de flores a su alrededor y recordó la primer rosa que le regaló camino a la escuela: “Para vos, Grace”.
           
El albor de la tarde inundó el pórtico y, al bajar las gradas, el brillo del cajón resplandeció en su rostro. Desde lo alto del campanario, el tan-tan de las campanas caía sobre sus hombros ante la mirada de los parroquianos que se detenían para darle paso al cortejo fúnebre.

“Cásate conmigo, Grace”, “te amaré toda la vida”, recordó  su petición; sintió sus manos trémulas mostrándole el anillo y se vio vestida de blanco, cubierta por la magia de ilusiones tejidas en su entorno. “No encontrarás mejor pretendiente”, “es educado, culto y de buena posición”, “tendrás un futuro seguro”, “formarás una familia estable, sin limitaciones”, frases susurradas a sus oídos, la expectativa ambicionada fundiendo su destino.
           
Al doblar la esquina de la iglesia se dio una sucesión de hombros para cargarlo, provocando una pausa en el trayecto. Grace respiró profundamente y sintió el roce de las manos que la rodeaban de la cintura, intentando aligerar el peso marchito de su cuerpo y sus recuerdos.

Florecieron infidelidades, apariencias, engaños, abandonada en su lecho sin encontrar motivos que lo provocaran. “No me esperes, llegaré tarde”, “son puras falsedades”, “me tienes harto, no te aguanto más” y rodaron lágrimas al sentir su cuerpo estremecerse por los golpes. Complació sus gustos culinarios, cuidó su vestuario, atendió a sus amigos que lo acompañaban en el corredor sin dar muestras de sus penas, ahogándose en un mar de resentimientos. En lo profundo de su ser buscó momentos de dicha, destellos de felicidad y regresaba a saltar la cuerda.

Su mente quedó en blanco frente al cementerio. El tránsito entre el portón y la fosa aconteció en imágenes confusas. Al bajar el cuerpo, el eco de las campanas se mezcló en armonía con lamentos, vio flores rodar,  escuchó caer la tierra sobre la madera y derramó lágrimas liberadoras hasta que la bóveda fue sellada.

En soledad, descolgó las fotos, guardó el anillo y volvió a sentirse niña.

Nueva Guinea, RAAS.
Viernes, 07 de septiembre de 2012

domingo, 5 de julio de 2020

TIEMPOS DE DOLOR



Tres meses han transcurrido desde el fallecimiento de Indiana, mi hermana. Un dolor provocado por un desgarre que se llevó una parte valiosa de mi vida, una mutilación del corazón, un vacío del ser que permanece nostálgico, recuperando para siempre los momentos que viví a su lado.

El luto es un hoyo profundo, donde te sumergís en las aguas de los recuerdos, convertidos en un fluido constante que va y viene, recuerdos de cada uno de los momentos que vivimos juntos, desde lo más profundo de la memoria, recurriendo a fotografías que ella misma me dio cuando éramos niños, fotos que ahora las mantengo frente a mí para que el tiempo que me queda por vivir no sea capaz de borrarlas. Ella, Tony y yo, juntos toda la vida.

Ella surge en la vida cotidiana. Al atardecer entre los rayos del sol y las colinas, en la lluvia, en el viento que acaricia las hojas de los árboles de caoba, en el aroma de la grama cortada, en el destello de las estrellas sureñas y en la luna que busca salir a brillar en noches de niebla, en el canto de los pájaros, en la dulzura de un mango y en los sabores de la comida que junto a ella deguste desde siempre.

Y a este dolor por la pérdida de mi hermana se han ido adhiriendo capas de otros dolores por la muerte de amigos y seres queridos con los que he interactuado en distintos momentos de mi vida, en Bluefields, en Nueva Guinea, en Managua, en Juigalpa, en el extranjero. Seres humanos valiosos que han muerto por causas naturales o por la pandemia del Coronavirus.

Vivimos momentos de dolor, cada quien a su manera, a su forma de ser, recordando a sus seres queridos, protegiéndonos, cuidándonos, resolviendo los problemas cotidianos a los que nos ha sumergido esta crisis social, económica, política y moral. Son tiempos de dolor pero estoy seguro que saldremos del oscuro orificio más fuertes y mejores que nunca antes.

5 de Julio de 2020

lunes, 23 de marzo de 2020

LA ESCUELITA DE DOÑA CARMELITA



La escuelita de Doña Carmelita Bustamante era una escuela de multigrados que funcionaba en su casa. Estaba ubicada al lado derecho de la esquina de Miss Lilian, antes de dar la vuelta en dirección hacia el sector de la capilla de la iglesia católica. Un andén de ladrillos azules conectaba la casa con el andén principal del puerto y dividía el patio frontal en dos secciones. A su costado derecho había un patio inmenso, sin cercos, cuyos vecinos eran Alberto Gómez y la tienda de Toño Real y Doña Estercita.

La casa era de madera con un tambo alto y, para acceder a ella, se subía por una escalera de unos ochos escalones. El centro de la casa se dividía por una pared, la parte izquierda era el aposento y la escuelita estaba a la derecha; un salón con tres ventanas, una frontal y dos laterales, con pupitres de gavetas y una banquita para dos alumnos, dispuestos frente al escritorio que estaba contiguo a la pared divisoria.

Con una regla de madera señalaba las vocales que había escrito con tiza en la pizarra. Los alumnos las repetían en coro después de que ella las leía: ¡aaa!, ¡eee!, ¡iii!, ¡ooo!, ¡uuu! También en coro se cantaba las tablas de sumar y de multiplicar. Revisaba en el cuaderno de los alumnos mayores las tareas del día anterior, y a los que no las hacían les daba varios reglazos en la espalda. “Si no los educan ni en la escuela ni en su casa, en la calle lo harán”, decía Doña Carmelita.

En las paredes de madera colgaban láminas educativas de diferentes animales, peces, el calendario, el mapamundi y de América Central, el abecedario en letras mayúsculas y minúsculas, los números romanos y el cuerpo humano. De todos estos materiales didácticos, el más atractivo era la bolita del mundo que permanecía en el borde del escritorio y permanentemente giraba a punto de manotazos.

El que era atrapado por Doña Carmelita dándole vuelta a la bolita del mundo, pasaba castigado el resto de la clase sentado en una esquina con la cara frente a la pared y con un gorro de orejas de burro en la cabeza.

Además de atender a sus estudiantes, muchas personas del puerto la buscaban para diferentes menesteres porque era una persona servicial y lideresa del puerto, a tal grado que se aventuraba a enseñarle las primeras letras a un montón de chavalos mal portados. A los visitantes los atendía al lado de la cocina, razón por la cual siempre salía del aula a través de una puerta que daba acceso a esa parte de la casa, al corredor posterior y la cocina.

Los chavalos mayores y mal portados no desperdiciaban su breve ausencia, porque apenas la miraban dar sus pasitos cortos y silenciosos en dirección a la cocina y atravesar la puerta, se ensañaban con el castigado tirándole pedazos de tiza, semillas de jocote, pejibaye o mango, según la época de cosecha, y cualquier otra cosa con la que pudieran hacer tiro al blanco para luego, en coro y casi gritos, le cantaban “burro te quedaste en las vacaciones” porque era seguro candidato a repetir el grado.

Regresaba doña Carmelita y el aula estaba en silencio. Un castigado con orejas de burro nunca se quejó de las groserías que le hacían en su ausencia, porque si no corría el riesgo de que lo agarran a coscorrones al salir de clase.

A las diez de la mañana todos salían a recreo, menos los castigados, los de las orejas de burro. Oficialmente duraba quince minutos, pero según las visitas que recibía en el corredor, al lado de la cocina, a veces duraba hasta media hora. No podías alejarte más allá de los límites del patio frontal y de al lado, hasta llegar a la ventecita de Toño Real y Doña Estercita donde vendían empanadas, chicha en botella, leche de burra, bombones y chingongos. Mientras unos compraban otros jugaban frente a la casa con chibolas, pateaban pelotas o “vos la andás”, escondiéndose debajo del tambo, en la bajada al muelle de los pescadores, el murito, y debajo del puente que unía la cantina de Miss Lilian con el andén.

Ese chavalero le daba vida a ese sector del puerto aun cuando la cantina de Miss Lilian permanecía cerrada mientras duraban las clases por la mañana. Si te ibas más allá de lo establecido siempre había un mal intencionado que te delataba con Doña Carmelita y de castigo, al entrar a clases nuevamente, desde la puerta te daba un par de reglazos en la espalda. “Para que haga caso y no sea vago”, decía y todos se reían al verle la cara al sorprendido.

Entre los alumnos de distintas generaciones de Blofeños, doña Carmelita siempre recordaba como al más difícil de todos a Silvio Lacayo Marenco, conocido popularmente como Macho Silvio, quien en un ir y venir a la cocina, se le escapaba en un cayuco de la familia Sambola rumbo a la isla de Miss Lilian a ver a una novia de Rama Cay. "Ustedes deben de portarse bien, no me hagan la vida imposible como él", decía en el salón de clases cuando se repetían casos de indisciplina.

Desde el alto corredor de la escuelita se apreciaba el mar azul de la playa del Tortuguero, los barcos que recorrían el canal en dirección al río Escondido, los guardias en sus quehaceres cotidianos en los guardacostas, los transeúntes en un ir y venir hacia el lado de la capilla y los putales del puerto, y hacia el muelle de la aduana y el de las pangas.

En días lluviosos, cuando nada se ve por la lluvia, únicamente el cielo gris, las olas encrespadas en la bahía por el fuerte viento y la corriente de agua que bajaba del lado de la tienda de Toño Real y doña Estercita, atravesando el andén por una alcantarilla que la desviaba hasta formar una cascada amarilla que reventaba en el suelo del patio del frente de la cantina de Miss Lilian por los siglos de los siglos, convirtiendo una quebrada natural en un socavón profundo por donde corría en forma de una S hasta que se explayaba en la bahía, propiamente frente al muelle de los guardacostas. Por ello habían construido un puente casi colgante que permitía el paso hasta la cantina de Miss Lilian y, los que se dirigían hacia el muelle de los pescadores, debían hacerlo con sumo cuidado por lo resbaladizo que siempre se encontraba la pendiente.

A veces, esos vendavales encontraban a El Africano en frente de la escuelita, empujando su carretilla de mano llamada “salgo cuando quiero”, repleta con la carga que trasladaba desde el muelle hacia el sector de la capilla en su labor de chambero. El Africano metía debajo del tambo la carretilla para que la carga no se mojara y subía al corredor, se asomaba por la ventana impregnado el aula son su aliento etílico. Doña Carmelita, en vez de alejarlo, iba a la cocina, regresaba con una taza de café  humeante que se la daba una vez que se sentaba en el piso del corredor, con la espalda reposando en la pared y sus grandes piernas estiradas, mostrando sus pies descalzos y sus dedos de gigante porque nunca usó zapatos, saboreando su cafecito hasta que pasaba la lluvia.

En la escuelita de Doña Carmelita se cantaba el himno nacional todos los lunes por la mañana. La formación se hacía en el patio de enfrente del salón de clases. Casi siempre llegaba un teniente o sargento de los guardacostas a izar la bandera en un tubo metálico. Era un acto solemne en el puerto y todos los transeúntes, por muy apurados que anduvieran, allí se quedaban firmes, saludando la bandera azul y blanco, mientras Doña Carmelita presidía la ceremonia desde el primer peldaño de las escaleras.

Desde allí, la recuerdo en estado de calma, respirando pausada y profundamente, meditando con su rostro blanco iluminado por el sol, su cabello canoso recogido en una moña y la falda de su vestido largo por debajo de la rodillas moviéndose por el viento al ritmo de la bandera. Esa es la última imagen que tengo de ella después de transcurridos muchísimos años.

Una mañana de verano del año 1963 se presentó mi papá a la escuelita de Doña Carmelita. Allí está tu papá, escuché decir y salí corriendo al corredor. Él estaba allí abajo y haciendo señas me dijo: ¡tírate!, ¡tírate!, y sin pensarlo dos veces me tiré, volé en un gran salto, un salto de felicidad, que aún hoy lo mantengo en la memoria como si viviera eternamente en estado de ingravidez,  hasta caer en sus brazos. Acababa de regresar de uno de sus viajes de pesca y me sentía feliz a su lado. “Vámonos, vas a estudiar en Bluefields”, dijo.

La escuelita de Doña Carmelita Bustamante, hija dilecta de El Bluff por méritos en el área educativa, siguió funcionando con el paso de los años hasta que regresó a Bluefields.

Cuando joven, siendo una bella muchacha, su mamá, doña Franciscana, tenía un comedor en Bluefields. Ella le ayudaba en la cocina y su hermana, Mariíta Bustamante, atendía a los clientes. Allí comió el que sería muchos años después el general Sandino, cuando estuvo en Bluefields y trabajaba en un aserrío situado en la bocana del Caño Negro. Tenía dos hermanos, Joaquín y Beltrán Bustamante. Ambos salían a las calles con un balde a vender los nacatamales que hacía su mamá. Joaquín trabajaba de office boy en una agencia aduanera y Beltrán se convirtió en el compositor más famoso de Bluefields por su canción “Bahía de Bluefields”.

Con el paso del tiempo, Pedro Joaquín Bustamante se convirtió en un próspero agente aduanero de Bluefields porque al fallecer el dueño de la agencia aduanera él se hizo cargo hasta que la compró. En esa época, después de fallecer su madre, Pedro Joaquín  trasladó su agencia aduanera a El Bluff y con él a doña Carmelita y a su hermana Mariíta, quien vivía en su casa ubicada al lado izquierdo de la escuelita.

Cansada por la edad, doña Carmelita regresó a vivir a Bluefields donde murió de vejez. La escuelita desapareció, ambas hermanas y Pedro Joaquín perdieron sus propiedades por invasión de inescrupulosos después de 1979 y, en 1988, el huracán Juana borró del mapa su casa pero aun así, la escuelita de Doña Carmelita sigue viva en la memoria de los que fuimos un día sus alumnos.

22 de Marzo de 2020.
Fotos: Trazos de Internet.

domingo, 15 de marzo de 2020

EL PULGUERO DE TELEVISORES



Veo a Martín Palacios, el técnico que repara televisores, desde la acera de la cerrajería, calle de por medio. Es una mañana lluviosa. La lluvia pasa de un chischís a un vendaval en un instante, provocando una corriente furiosa que busca su cauce.

Los vehículos, taxis, camionetas, buses y camiones, que giran por la esquina, tocan el pito furiosamente por el atasco que provocan los que están mal parqueados en esa calle de una sola vía. Los apurados desesperan y no dejan de pitar, pero al avanzar hacen chirrear las llantas que me pringan de inmundicias y, al volver a ver, por un segundo se plasma la sonrisa maliciosa del taxista en el espejo retrovisor del vehículo.

Mojado y guarnecido desde la cerrajería lo saludo. Cruzo la calle lo más rápido que puedo. Sostiene un equipo oxidado de color plateado que reproduce CD, VCD y DVD, una reliquia que en hace menos de una década era lo último del mercado para ver películas originales y pirateadas.

¿Y el televisor? ¿Cuándo?, pregunto.

Hice todo lo que pude, no tiene reparación, contesta. Cubre el viejo reproductor bajo su camisa por la llovizna.

Descartado, entonces.

No hay nada que hacer. Ni aquí encontré los repuestos, dice invitándome a observar por la pequeña puerta.

Un hombre que lleva puesta una gorra y usa lentes está sentado cerca de la puerta, al lado izquierdo, casi pegado a la pared que no se distingue porque sobre las repisas de madera hay un desorden total de materiales, repuestos y herramientas de trabajo. En una mesa que casi no se nota, iluminado por una lámpara de tubo, le saca “la muela” a un televisor y para ello le quita los tornillos que la sostienen de la tarjeta con un desarmador.

Piezas de televisores, entre ellos flashback, condensadores, fusibles, integrados, procesadores, memorias, transistores, bobinas, tarjetas y miles más, así como pantallas de plasma, LCD y LED, llenan los tres lados del tramo, desde el piso hasta la altura del techo, y lo impregnan con el color gris de la tecnología. El aroma es denso, profundo y casi rancio por la aglomeración de tantas piezas donde el aire solamente entra por la puerta desde la que me encuentro observando.

¿Y qué hago con el televisor?, pregunto.

Yo se lo compro, dice el hombre del tramo.

Aquí está el negocio, dice Martín y se despide de prisa evitando que se moje el viejo reproductor.

¿Lo puede reparar?

Antes, cuando comencé con mi pequeño taller de reparación de radio y televisión, lo hacía. En esa época se conseguía el repuesto que se necesitaba para reparar un televisor, un radio o un equipo de sonido. Las casas comerciales de repuestos comenzaron a desaparecer, había escasez de repuestos y si lo encontraba eran carísimos, no lograba reparar nada, me estaba quedando sin trabajo, acumulando y acumulando encargos hasta que un día comencé a comprar todo lo que estuviera dañado, sin funcionar, sin que otros lo pudieran reparar, y comencé a quitarle las piezas que necesitaba para cumplir mis compromisos.

Así como me ve, soy una persona seria, chontaleño de cepa, de Santo Domingo, Chontales, de la familia Meneses, ¿tal vez usted ha escuchado de ellos?, pues yo soy Daniel, familia de los Meneses de Juigalpa, de Renato, Rene, Ramón y de Robín, todos ellos honrados y trabajadores, dedicados a lo suyo.

En este trabajo, ni más ni menos que un serio compromiso con todas las familias de Nueva Guinea, he pasado laborando desde los hace ya 20 años que me vine para estas tierras de esperanza y progreso, donde sólo se sale adelante con dedicación y esmero, y los que quieren volverse ricos de un zarpazo siempre terminan endeudados, sin negocios y huyendo de sus perseguidores.

Por ese compromiso es que ve usted que mi tramo está así de repleto de televisores viejos y modernos, en eso me paso el día, sacando piezas, vendiéndolas a los técnicos que se encargan de repararlos, técnicos como Martín, que tienen su tallercito o andan de calle en calle, de barrio en barrio, de comarca en comarca y de colonia en colonia, ofreciendo sus servicios y luego vienen aquí a buscar la pieza exacta para repararlos y ganarse la vida de manera honrada.

Esto que hago es un gran servicio, tanto para los pobres, como para los acomodados y ricos, porque con las piezas que reciclo le resuelvo la tristeza que se siente en una casa cuando el televisor está dañado. Imagínese usted a los niños sin poder ver los muñequitos, la señora de la casa sin su novela preferida y al señor privándose de su película de acción, Triple X o su ranchera preferida, una tristeza total dentro de la casa y en el  rostro de las familias por falta de entretenimiento.

No sé, nunca he contado cuantas piezas tengo en el tramo, no me ha dado la curiosidad, pero le puedo decir a simple vista —Daniel hace un esfuerzo por voltearse y ver hacia atrás y a los lados— que son miles de piezas las que tengo allí entre todos esos cachivaches, por las que no me puedo quejar de falta de trabajo, menos ahora, porque trabajo hay hasta de más y aun así no me gano ni un tercio de lo que me ganaba hace tres años.

Aunque no lo crea, a todos nos golpea esta crisis y todavía falta lo peor, pero no me desanimo, sigo en mi camino de pulguero, quitando piezas, vendiéndolas  y comprando televisores dañados.

Observo que afuera, a un lado de la puerta, bajo el alero del techo, hay varias piezas de microondas y  televisores acumuladas. La llovizna ha cesado pero los carros siguen frenéticos circulando en dirección norte para girar hacia la calle del movimiento del mercado de Nueva Guinea o al sector de la zona 5.

Esas piezas ya no me sirven, los del camión se las llevan al basurero. Allí hay otros que recogen entre la inmundicia lo que les puede ser útil para venderlo y sobrevivir, y después, a los días, se aparecen con lo que de aquí se ha ido para allá, lo limpian, lo dejan brillantito para venir a ofrecerlo. Aunque manipulo miles de piezas ninguna se me pierde, reconozco todo lo que ha pasado por mis manos. Antes me reía de ellos, pero ahora no, es que amigo, la vida da vueltas, nunca se sabe lo que nos espera a la vuelta de la esquina, entonces pensando en eso, les entrego unas piezas a precios bajos para que las vayan a vender y luego me den mi partecita porque todos tenemos que vivir.

Una mujer se asoma por la puerta. Dame veinte córdobas, dice.

Saca apurado dos billetes de a diez de una gaveta y se los entrega. La mujer los toma y me sonrió. No sea mal pensado, dice, yo le vendo a él.

Escucho que El Cerrajero me llama, ¡ya le hice la llave!, grita.

Mañana le traigo el televisor, le digo a Meneses.

Está bien, aquí lo espero, responde.

Cruzo la calle con atención, sin parpadear por los mal intencionados,  y pensando en el mundo de Daniel. Ahora comprendo porque Martín siempre dice que debe ir al mercado a buscar los repuestos para reparar los televisores, y que cuando  dice que no tienen remedio, es que no lo tienen.

Definitivamente, mañana le llevo el televisor que está tirado en un rincón de la casa a Daniel, el pulguero de televisores.

15 de Marzo de 2020.
Foto: Daniel Meneses.