Sueños del Caribe es un blog sobre la Costa Caribe y el sureste de Nicaragua. Lo componen relatos, crónicas, personajes, poesía y otros temas.
sábado, 4 de febrero de 2023
SOLEDAD
miércoles, 18 de enero de 2023
HUMANOS DE NUEVA GUINEA: REYNALDO Y SU CARRETÓN
En varias ocasiones lo he visto montado en su carretón por las calles de Nueva Guinea. Siempre va cargado, trasladando productos entre las diferentes zonas o barrios de la ciudad. Es su nueva forma de vida, su emprendimiento, desde que recortaron personal en una empresa que lo contrataba para cuidar antenas de comunicación.
Es Reynaldo Sánchez Jirón, un hombre mayor, pero se conserva con energía y fuerzas suficientes para dedicarse al acarreo con su carretón jalado por un caballo. Su domicilio está ubicado en la zona 6.
“Tengo más de 10 años de trabajar en esta
actividad, desde que me despidieron me dedico a esto y sigo adelante”, dice
Reynaldo.
Ha tenido varios caballos. Menciona sus nombres con
orgullo, sin pensarlo mucho, porque es consciente de que el trabajo conjunto con el animal es lo que le ha permitido salir adelante.
“Uno se llamaba Zanate, otro Capirote porque lo
compré en una finca llena de esos árboles, luego tuve una yegua, una buena
yegua llamada la Chana que me dejó una cría, una hembrita que le puse la
Chiripa porque pensé que se me iba a morir, después tuve al Choto que tuve
que amansar. Ahora tengo a este que se llama el Grano, cuando lo
compré el pobrecito parecía una mazorca de maíz mal desgranada, con un
pelotero de garrapatas por todas partes, lo recuperé y ahora tiene 8 años”.
¿Cuántos viaje hace por día, más o menos?
“Hago siete viajes. Ya la gente me conoce y me
llama a mi número de teléfono, el 89083529. Me
llaman personas particulares, de algunas abarroterías para trasladar productos
a sus clientes, también de empresas para que traslade televisores,
cocinas, lavadoras, muebles y hasta camas. Está maderita la llevo hasta la zona
siete. Así paso el día, a veces me llaman de las colonias cercanas para
trasladar de todo, hasta pizarras de las escuelas”.
¿Qué es lo más importante en este trabajo?
“El animal, amigo, el animal, porque sin caballo no hay acarreo. Estoy pendiente de sus cascos, de su lomo, que no esté chimado, que se mantengan sanos porque un animal enfermo no rinde. No los obligo al sobreesfuerzo, no; los hago trabajar sin sofocación, sin prisa. Gasto lo necesario en su alimentación, compro maíz que se lo doy molido con el concentrado y pasto, y también que no le falte agua limpia, esa es la vida”.
Mientras conversaba con Reynaldo, su teléfono sonó varias veces. Siempre respondiendo que va cerca, que está por
llegar con la carga, que ahorita no, más tarde puedo, y así, hablando con sus
clientes.
“Ya ve como me llaman, pero a veces tengo que
decirles que hasta mañana porque trabajo desde las 7 de mañana hasta las 4 de
la tarde. No trabajo más noche porque la luz de los carros afecta a la bestia”.
Los caballos son principalmente
animales diurnos, sin embargo, pastan de noche, lo cual sugiere que tienen algo
de visión nocturna. Sus ojos son sensibles a la luz débil, por lo cual ven
relativamente bien al anochecer, pero no tienen la habilidad de ajustarse
rápidamente a la oscuridad.
¿Cómo lo tratan los conductores de vehículos
cuando va por las calles de Nueva Guinea?
Hasta el momento bastante bien, pero hay
algunos, jóvenes, sobre todo, que son mal educados, que andan desesperados
manejando y me gritan que me aparte, que los estoy atrasando, que los caballos
deben andar en potreros y no en las calles, y cosas así, pero son los menos. Me
lleno de paciencia, no les digo nada y siempre espero mi turno, mi momento para
avanzar, doblar por una calle o cruzar las avenidas.
En la alcaldía municipal tengo inscrito mi
fierro, ese es prácticamente mi sticker de rodamiento, mi calcomanía para
circular por las calles.
Volvió a sonar el teléfono 89083529, ya estoy cerca, dijo don Reynaldo y nos despedimos.
Movió las riendas, le habló al
caballo y siguió avanzando en su recorrido.
Foto Propia.
domingo, 15 de enero de 2023
COTTON TREE Y SU BRIGADA COMUNITARIA CONTRA INCENDIOS
Hombres expectantes, chavalos y mujeres con su teléfono
móvil grabando el incendio que consumió tres casas en el barrio Punta Fría o Cotton
Tree, un gentío aglomerándose a medida que el fuego avanza y consume una casa
de madera, sirenas de bomberos irrumpen en la calle que te lleva al Four
Brothers y la gente grita desesperada. Muchos huyen del lugar, es natural ante
las amenazas que enfrentamos y ponen en riesgo nuestras vidas, pero otros,
muchos de ellos deciden enfrentar el fuego que amenaza con avanzar más allá y consumir las viviendas de la cuadra.
Son hombres del barrio, la mayoría, como es de
esperarse en Cotton Tree son black creoles, que toman la iniciativa. Comienzan
a sacar baldes y cubetas para llenarlas de agua de la cañería, ¡gracias a Dios
hay agua!, y se organizan en una fila por la que van trasegando las cubetas
medio llenas de agua para tirarlas en la casa que arde, en los restos de madera
que arde, madera chamuscada, entre las llamas ardientes, en el rojo vivo, ese
color que va expandiéndose, llamas que se elevan y son visibles desde cinco
cuadras a la redonda y sus voces fuertes, sus gritos, en ese inglés creole tan
nuestro, se toman la escena, no hay gritos en español, en spaniard como dicen
ellos, no, son las voces y los gritos del barrio organizado, la gente organizada
frente a la necesidad de salvar vidas y viviendas y así van cubetas con agua en
la cadena, de mano en mano, mientras otras regresan vacías a una, dos, tres casas,
otras las llenan de un pozo, todos, casas y pozo a la orilla de la calle y en
ese alboroto sobresale la voz de Neyda Dixón, con su cámara que transmite en
vivo, hablando y gritando en ingles creole, le grita a los niños, les dice que se
aparten, que busquen un lugar seguro, va grabando y sigue gritándole a los
hombres que ayuden, que dejen de ser simple espectadores ante el siniestro que
ya ha consumido tres casas de madera y amenaza con avanzar hacia otra. Pregunta
qué pasa con los bomberos que han extendido la manguera desde hace rato pero no
funciona la bomba de la cisterna, no pueden bombear agua mientras el fuego
avanza, son simples espectadores, bomberos uniformados con traje, casco y botas
para combatir el fuego pero ahora, allí, están inertes, sin poder hacer nada,
mientras que la gente de la vivienda amenazada, la casa vecina de las consumidas,
comienzan a sacar sus cosas, sus muebles, sus roperos, su refrigeradora, y en
una esquina del techo, en un alero comienza a salir humo, el fuego se ha
cruzado, va a consumirla también, pero siguen los hombres del barrio tirando
agua con baldes desde todos lados, desde el pozo donde sacar agua se hace
lentamente por la falta de un mecate y Neyda lo grita, ¡consigan un mecate para
sacar agua del pozo!, y enfoca a una mujer joven que está en la fila de los
pasadores de baldes de agua, es un ejemplo, la única mujer que está activa con
su manos y cuerpo ayudando a combatir el fuego, y alguien llega con el mecate,
se lo pasan al hombre que está en el brocal del pozo. De tres lugares salen
baldes de agua y su tirada se focaliza ahora en la casa de concreto que está próxima a
quemarse, son baldadas de agua se riegan en el techo, al lado de la calle, otros
entran a la casa y siguen tirando agua.
La policía ha llegado a la escena, hacen un cordón
frente a la gente que se aglomera en la acera, también ha llegado otra cisterna
de los bomberos, alguien grita que ya funciona la bomba de la cisterna, dos
bomberos comienzan a irrigar de agua las casas consumidas, alguien grita que le
tiren agua a la casa que se ve amenazada por el fuego y hacia allá dirigen el
agua a presión.
Tres casas de madera consumidas y una de concreto parcialmente afectada, no pasó a más, ¡thanks to the lord! La gente del barrio de Cotton Tree son los héroes de Bluefields en este día,
los hombres vestidos con pantalón corto, camisetas desmangadas y chinelas, con
cabello tipo rasta, los mismo que emplearon sus fuerzas, sus voces y sus gritos
para organizar inesperadamente su propia brigada contra incendios y frenar el
fuego que amenazaba su gente, su barrio, su comunidad. Son ejemplo vivo de que, ante las
amenazas, mientras unos huyen, otros nos unimos para enfrentar la adversidad.
Son ejemplo para los otros barrios de la ciudad, ejemplo para Nicaragua.
Y también, hay que decirlo, el periodismo
ciudadano, desde su propia trinchera, más allá de la cámara que graba, tiene el poder y la fuerza para influir y contribuir a organizar a la población
para combatir las amenazas que enfrentan, así como lo observé en vivo a través de
la voz e imágenes de Neyda Dixon en Noticias de Bluefields.
Felicitaciones al pueblo de Cotton Tree y a su
brigada comunitaria contra incendios, también a Neyda por su poder de convocatoria
y excelente cobertura.
Foto: Noticias de Bluefields.
domingo, 8 de enero de 2023
LLUVIA, MI COMPAÑERA
Monstruos, uno para el otro,
se apoderaron de mí sin intentos de partir:
un grito de soledad, soledad en el corazón,
y la lluvia furiosa inundando el bosque.
No pienses al ver el sol brillar en pisos de baldosas
y paredes de concreto, que evitan el paso del viento,
que soy feliz con ellos, una lumbrera ardiente.
Lejos del calor interno, de mis deseos y causas.
Camino mejor por el sendero sobre piedras,
lavo mis heridas con la lluvia, lluvia curativa.
Mi corazón palpita con menos dolor
cubierto de frío en el bosque, lejos de la sensatez.
Siempre hay que elegir, ¿cuál es tú elección?
La soledad, o la soledad y la lluvia del bosque.
8 de enero 2023.
Foto Propia.
sábado, 31 de diciembre de 2022
LA ÚLTIMA NOCHE
Cada vez
más al suroeste cae el sol,
y sus rayos
parpadean entre las ramas
como
invitado descendiendo a descansar en ellas.
Lo observo
caer y la oscuridad llega lentamente.
En este
instante pienso en lo lejos que he llegado,
y que
hablar de la última noche del mes de diciembre
es como
decir que la hierba húmeda es persistente,
sigue allí,
creciendo bajo el tronco de un árbol frondoso.
Surge de una enorme necesidad por la forma
en que la
luz se despide, por lo que nos podemos decir
los unos a
los otros, por las cosas que nos guardamos
como el que
esconde eternamente algo robado.
Y es
espectacular, el crepúsculo cubriendo todo tan suavemente.
Quisiera
creer que lo importante en este mundo ya pasó.
Nada
termina hoy, todo seguirá igual.
Seguirá
ocurriendo para siempre: una respiración y luego otra.
La forma en que la luz cae sobre las hojas lisas
y brillantes del árbol de caoba,
que se
yergue orgulloso al lado del cerco de alambre,
es algo
digno de contemplar.
31 de diciembre de 2022.
Foto propia.
lunes, 26 de diciembre de 2022
PERSONAJES DEL AÑO 2022
Es este quizás el ultimo escrito del año 2022 y forma parte de los más de treinta que he logrado, pero antes de que cambiemos el calendario, quiero señalar algunas características y anécdotas de los personajes que aparecen en ellos.
Este año, Tapalwás es uno de los
personajes relevantes de mis escritos, don Abraham Rodríguez, que en paz descanse,
iluminado por la eternidad del creador. A Tapalwás lo escuchaba siendo un niño.
Sus palabras, como murmullos llegaban a mis oídos, aún en la inocencia de los 8 años, atento a esa corriente de palabras que empleaba para contar sus
guayolas, a sus poses de narrador empedernido —todo lo narrado era una festín
que se notaba en el brillo de sus ojos, dramatizando los acontecimientos,
imponiendo emoción e intriga— que cautivaba a sus oyentes en cualquier lugar o
escenario donde la ocasión lo llevaba, bien en el muelle de la aduana, en los
corredores del plantel de la Booth, en la esquina de la iglesia católica y, en
su preferido, la casa de doña Juana Angulo, desde la cual observaba desde el
corredor a los viajeros que bajaban y subían las 25 gradas del cuartel de la
guardia y, además, tenía a su disposición los barriles de guaro lija que
distribuía, como agente fiscal, don Octavio Gómez, y saboreaba con agrado en compañía de Victoriano, Masayita o el Africano.
En múltiples ocasiones visitaba
su vivienda por la amistad con sus hijos, principalmente con Germán, llamado
con cariño el Osito (QEPD), y sus hijas, ya mayores, eran hermosas y
amorosas. En su
hogar, el Tapalwás guayolero se transformaba en un señor serio y discreto bajo
la mirada atenta de doña Panchita, su esposa. Allí miraba el balde donde tiraba
sus escupitajos de tabaco y abajo, en la orilla de la bahía frente a la playa
de El Tortuguero, atracado al pie del barranco, su bote de canalete.
Allí está Tapalwás, en Volando sobre Piedras, en Un buen Cazador y en El mejor reloj del mundo. Así como
protagoniza esos escritos lo vi, escuché y admiré. Te brindo la oportunidad
nuevamente para que lo conozcas, que lo escuches, que lo acompañes en ese
puerto de El Bluff que hace muchos, pero muchísimos años, dejó de brillar y
vive en mis recuerdos.
No pueden faltar los Neoguineanos. La gente que vive y trabaja en este vasto territorio de Nueva Guinea. Gente polifacética, gente aguerrida, emprendedora y capaz de mover y cambiar las condiciones socio-económicas cuando se lo proponen a su gusto y antojo. Y lo digo porque lo he vivido, he transitado por estas condiciones desde el año 1986, primera vez que la visité, donde el aguacero, el lodazal y la neblina me embelesaron después de vivir en el trópico seco de Juigalpa por muchísimos años. Fue como volver a mi Costa Caribe, a Bluefields, a El Bluff, donde llovía todo el año y vivía empapado caminando por el andén, en las travesías en botes pos pos hacía Bluefields todas las mañanas, en las calles de Bluefields en el trayecto a clases y a la salida, cobijándome bajo el alero de los corredores de las casas de sus principales calles.
La Nueva Guinea de esos
años, del inicio de la década de los años 90, inauguraba una nueva etapa en su
desarrollo con personajes que venían de una guerra entre familias, pero
ansiosos de dejar atrás los estragos causados por las balas, las bombas y las
bayonetas para reconstruir su tierra prodigiosa, necesitada de su respeto
porque sufrió del despale indiscriminado, de caminos para llegar al último de
sus rincones con proyectos que transformaran esa realidad que los excluía y
marginaba de las bondades de la paz. Personajes que hoy pintan canas, que viven
en sus parcelas cultivando la tierra que genera una riqueza tan diversa en
distintas épocas del año —granos básicos, raíces y tubérculos, musáceas, cacao,
café, piña, leche, queso, carne, frutales de diversos tipos—, y que aún hoy,
dos décadas después de inaugurar el siglo XXI, padecen los mismos males de
siempre: pobreza, marginación y exclusión, como si estuvieran malditos en su propia
tierra, siendo expoliados por los mismos de siempre: los comerciantes,
acopiadores, prestamistas y banqueros. Es tanto el grado de desencanto vivido que
sus hijos, los herederos de "la luz en la selva" y el futuro soñado, han tenido que emigrar en busca de
mejores perspectivas y ellos, sus padres y abuelos, miran hacia la montaña que
repoblaron con nostalgia en sus ojos y preguntándose: ¿Para qué tanta lucha?
Felipe Álvarez, llamado con
cariño Felipito, el cajero de la aduana de El Bluff, estuvo a lo largo del año
en mis pensamientos hasta que lo vi jalando agua, con aquella calma y
parsimonia que lo caracterizaba, en el pozo de la casa de mi abuelo Felipe, en
la casa de su propiedad ubicada frente al inmenso árbol de Laurel de la India y
en su casa de habitación construida por el legendario ingeniero de la aduana don
Juan Lacayo y cedida para su familia. Felipito, un hombre respetuoso, honrado
al tal extremo de negarle el acceso a la caja fuerte a los guerrilleros sandinistas
triunfantes en 1979 que lo amenazaron de muerte con tal de llevarse el botín.
Un hombre íntegro, amable y
servicial que dedicó su vida al servicio público como cajero sin hacerle falta,
nunca en su vida, diez centavos al arquear la caja. Felipito, el papá de
Rafael, Dora Luz, José Manuel y Javier, llamado con cariño El Tanquecito, otro
de mis grandes personajes de la época en que el puerto fue un lugar soñado. Tanquecito,
le dije hace unos días que me visitó junto con mi otro primo Edwin Cadenas, sos
mi héroe, sí, siempre lo fuiste. ¿Por qué?, preguntó. Porque los Reyes Magos te
trajeron una bicicleta —a todos los chavalos de El Bluff de esa época los regalos
se los traía Santa, pero los Reyes solamente al Tanquecito—, y mientras los
otros, Kalilita, Juan Brenes, los Acosta, Benavidez y varios más, hacían
competencias de bicicleta en el tramo de carretera entre el muelle de la Texaco
y el comedor de la Chinitas, un día me la prestaste y comencé a andar volando al viento por el andén, lleno de dicha y felicidad hasta que después me
compraron una bicicleta qué llamábamos “vaca” que tenía llantas gruesas y
frenos traseros. Siempre fuiste y seguirás siendo mi héroe, volví a decirle y
nos abrazamos.
El mujer mío, como dice un amigo que
forma parte de los hombres afortunados, es y seguirá siendo, a pesar de todos los
desacuerdos y peleas de parejas de toda la vida, una de mis personajes a la
mano. Y poco a poco he logrado ir construyendo ese mundo juigalpino y
chontaleño en que vivió, entre las sombras de sus recuerdos en una habitación
gigante que durante el día desaparecían las tijeras de lona, al lado de sus
abuelos y tíos(as). A pesar de tantos años, 45 años después, sigue siendo la misma de siempre,
terca y una leona de cuando sus hijos se trata.
Y Emiljamary, mi hija, que regresó a ser feliz nuevamente cuando se vino a vivir a mi casa, de quién respiro todos los días la dulzura de su corazón y de los dulces que prepara, llamados dulces para el corazón convertida en una creadora de felicidad; colmó mi casa, su casa, con su alegría y su risa, y me llena de dicha con los abrazos que me brinda cuando corro a su lado por las mañanas apenas despierta. Mi niña, mi corazón.
Inolvidable mi madre de frijoles,
doña Juana Angulo. Octogenaria hoy, luchadora de toda la vida. La mamá de
Kalilita, uno de los personajes de mis escritos, con el que crecí siendo
amigos, peleándonos, volviendo a darnos la mano y ahora en esta etapa de la
vida nos recordamos de esos tiempos que he ido plasmando desde hace muchos
años. Doña Juana Angulo, su casa, su sala, su cocina, el mostrador donde don
Octavio administraba el guaro lija y ella sus panes, sus pupusas que horneaba y
viajaban por todo el mar Caribe y que mi papá las pedía en vos alta: ¡quiero
una pupusa! Luego se reía a carcajadas y las degustaba, quién no si eran una
delicia, sentado en la inmensa sala donde nunca fue permitido que ninguna
persona que se echara su cachimbazo escupiera en el piso de madera pulido, sino
que eran invitados a salir al corredor. Sus recuerdos, sus nostalgias, están
allí para siempre, imborrable el rifle calibre 22 que dominaba con tanta
destreza que ningún amigo de lo ajeno se atrevía a entrar en su patio para
robarse sus sugar mango.
En los olores y sabores de semana santa regreso a la casa de la abuela Manuela. Al patio, alrededor de una mesa
de madera donde muelen el maíz para después elaborar las cosas de horno,
rosquillas, hojaldras; las risas; los gritos; el fogón en el suelo donde ponían
a hervir los nacatamales especiales que la tía Magdalena les daba ese toque tan
genuino que por ello los llamaban los nacatamales especiales de la tía Magda;
ni el almíbar que preparaba la abuela Manuela con productos todos recolectados
del patio; los pescados secos que el tío Gustavo arponeaba en el muelle de la Texaco
y que desde el lunes pasaban secándose al sol en el tendedero de ropa para que
estuvieran listos ese viernes y preparar el delicioso arroz con pescado que la
abuela Manuela hacía con esmero al estilo hondureño, su tierra de origen.
La alegría giraba alrededor de la
mesa engalanada para la ocasión: manteles, platos, cubiertos, vasos, todo
esmeradamente colocados con precisión, como se hacía todos los viernes santos.
Todos sus sentidos activados percibían el aroma del maíz transformado, el
hervor del perol de nacatamales, el arroz con pescado bañado con una salsa
espesa secreta de la abuela, el dulce del almíbar. Todos ocupaban su lugar
definido en la gran mesa redonda de madera inhalando el aroma de tierra mojada
bajo sus pies después de ser regada con baldadas de agua para bajar la
temperatura a la sombra del árbol de mango, y ahora todos se han ido.
¿De dónde obtuvieron tanta
riqueza? ¿Cómo?, le pregunto al Tanquecito luego de mostrarle la foto que hoy
uso como portada de este escrito. Se queda pensativo y me dice de la madera,
sí, de la extracción de madera en el llamado hoy Caribe Norte cuando existían
grandes empresas madereras que exportaban hacia el norte y otros lugares
dándole contratos a pequeños empresarios. Felipe, mi abuelo materno, originario
de Granada, se trasladó a vivir a Waspán y allí desarrollo sus habilidades en
el negocio de la madera, dándole frutos suficientes para crear y desarrollar la
familia con mi abuela Manuela y de la que hoy sobrevivimos varios primos.
A los estibadores de ganado fue
como si los hubiese soñado. Hombres fuertes, altos, de brazos fornidos,
espaldas anchas y manos callosas. Black creoles de los barrios negros de
Bluefields que viajaban a El Bluff en lanchones, una cuadrilla de hombres
seleccionados para una labor riesgosa, agotadora y violenta: desembarcar de
lanchones y embarcar toros, novillos y vacas en barcos mercantes que navegaban
por el caribe. Allí están observándolos desde el techo de la aduana Kalilita,
Mario Tachita, Zamba Larga, Pilón y, desde el balcón del segundo piso de la
aduana, el coronel Alejandro Peters que sale y entra para vivir los momentos más
emocionantes de la labor de los estibadores de ganado.
A el hombre del bastón lo
encontré en mis caminatas mañaneras por el parque central de Nueva Guinea
recogiendo botellas. Nunca lo había mirado, pero en cada vuelta que daba me fui
fijando en los detalles: el tipo de bastón, su forma de caminar, su rostro, su
piel maltratada por los años y el rincón de una casa cercana donde dormía para
levantarse a las cuatro de la mañana a recoger botellas de plástico o de vidrio
para luego venderlas en los centros de acopio. Un hombre golpeado por la vida
pero que sigue luchando a diario para sobrevivir en este mundo hostil como miles de seres humanos golpeados por la injusticia, la marginación y la explotación.
El hombre que vi una madrugada
caminando en baby doll por las calles cercanas al mercado municipal de Nueva
Guinea es sin duda uno de los personajes más sofisticados de este año. No lo
conocí en su momento ni por muchos años, hasta que un día sin querer me di
cuenta de su identidad que mantengo bajo las llaves de los secretos. Siempre
que nos vemos nos saludamos, sin el saber que yo sé, ahora que su cabello y su bigote se han puesto canosos.
Y, por último, mi personaje más
querido, mi padre White Bush Hill Bush, el capitán. El hombre que nunca me
abandonó, el que siempre estuvo a mi lado en los momentos más difíciles, el que
nunca intentó sustituir mis esfuerzos con su capacidad de amarme, sino que dejó
que me valiera por mi mismo, después de darme todas las oportunidades para
que adquiriera las herramientas que me llevaron a recorrer el camino. El hombre de mar, el navegante, el capitán, el marino, un hombre alegre,
encantador, amigo de mis amigos, y que para estas épocas del año, lo añoro como el niño
que llora ante la ausencia de un ser amado.
Domingo, 25 de diciembre de 2022.
Foto propia: Familia Álvarez.
martes, 20 de diciembre de 2022
LOS 10 POST MÁS LEÍDOS EN EL AÑO 2022
A continuación te dejo el vínculo de los 10 post más leídos durante el año 2022. Espero que si no los has leído, les des click y lo hagas antes que finalice el año.
1. El Cajero de la aduana de El Bluff
2. El Rey de los chiles: El Chile de Cabro
6. Nueva Guinea: Un sueño hecho realidad
9. Lygua Mairin
10. La Cocina Caribe: Nuestro patrimonio e identidad cultural
domingo, 11 de diciembre de 2022
AL OTRO LADO DEL PUENTE
La brisa provenía del noreste y las olas
rompían en las rocas de la costa. El camino
de grava se inundaba, los baches crecían hasta rebalsarse y luego se vaciaban
en la playa. Desde el puente de madera se miraba que el horizonte se teñía de
nubes grises, los árboles del manglar se estremecían y las olas de la laguna buscaban la bahía.
Acostado en los tablones del puente, con las manos al aire, sostenía una fina cuerda de nylon que hacía girar con un diminuto
anzuelo en el extremo. De frente, donde las aguas se mezclan, observaba el faro
que previene a las embarcaciones de el arrecife y, más allá, en poniente, la silueta
de los Cayos. Abajo, el anzuelo giraba sobre un cardumen de sardinas plateadas
que capturaba para utilizarlas de carnada en la pesca que haría por la tarde en
el muelle municipal.
La técnica la había adquirido poco a poco. Era sencillo,
pero requería de mucha práctica: estar atento al mordisco de las sardinas y
jalar velozmente la cuerda al sentirlo. La sardina que picaba no se podía ver
entre tantas que giraban en sincronía como si se tratara de un único organismo,
pero al jalarla salía del agua destellando el color plateado de su cuerpo y sus
ojos me miraban fijamente a pesar de los giros que daba hasta caer en los
tablones. Sus agallas palpitaban desesperadamente y daba coletazos laterales
hasta que la tomaba de la cabeza, le quitaba el anzuelo y la tiraba en un pote
viejo.
Un cayuco entró en la laguna, pasó debajo del
puente y el cardumen desapareció. Luego volvía la calma y nuevamente las
sardinas. Atrapaba una y otra, hasta que repentinamente comenzó a llover. La
brisa del noreste se tornó en una lluvia copiosa, intensa, con truenos y
relámpagos, y corrí a guarecerme en una casa de madera ubicada al otro
lado del puente. Allí, en el corredor, escampé la lluvia que duró más de media
hora.
Mientras miraba como el viento zarandeaba los árboles
de las casas del frente, en el otro extremo del camino de grava, escuché un
grito: ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, proveniente del fondo del patio de la
casa en que me guarecía.
Dejó de llover y con cuerda y carnada caminé entre los charcos de la grava hacia el lado del que provenía la voz.
Entre los arboles vi una caseta de madera similar a una letrina, pero estaba cerrada
con una cadena y un candado y en la parte superior tenía una ventanilla. De
allí provenía la voz y la escuché más fuerte, más desesperada: ¡Aaa…maa!,
¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, y me dispuse a asomarme cuando un hombre gritó desde el
fondo de la casa, desde una ventana de la cocina, diciendo que me largara de su
propiedad, que dejara de andar husmeando en casas ajenas. Y corrí, corrí con
miedo hacia el puente, lo subí y seguí corriendo con temor hasta que logré
calmarme.
Después de pescar unos peces finos, plateados y
chatos llamados Pez de Plata me dirigí a la casa. Abuela los preparó fritos con
tajadas de plátano. Luego de la cena me acerqué al abuelo que se mecía en su
silla.
“Abuelo, hoy escuché a un hombre gritar”, dije.
“Los hombres siempre gritan”, respondió.
“Este hombre era diferente, abuelo, era
distinto”.
“Dígame que tenía de distinto, aquí hay hombres
altos y bajos, blancos y negros, que tan distinto era”.
“Abuelo, gritaba desesperado. Lo tenían
encerrado en una caseta de madera”.
“Usted logró ver a ese hombre”
“No, otro hombre se asomó por una ventana y
dijo que me largara de su propiedad”.
“¿Dónde estaba ese hombre?”.
“En una casa, al otro lado del puente”.
“¿Usted qué hacía allí?”
“Nada, solamente me refugié en la casa por la
lluvia y escuché los gritos”.
Abuelo se ladeo y miró hacia la calle en dirección al camino, comprobó
que anochecía y volvió a mecerse. La abuela entró a la sala con una lámpara de
querosín y la colocó sobre una mesa.
“Está enfermo, padece de demencia o locura, y por
ello lo mantienen encerrado. Antes, a ese hombre y otros muchos como él, al
igual que a las mujeres, los encadenaban para que no se escaparan a las calles, pero
ahora los encierran en ese tipo de celda”, dijo.
“El hombre gritaba: ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!”.
“También tienen sentimientos. Los encierran
porque hay gente que les teme, hay otros hombres que los golpean y jóvenes maleducados
les tiran piedras. Los familiares no quieren que les hagan daño”.
“Se hace noche”, dijo la abuela.
“Jovencito, es hora de dormir”, dijo el abuelo.
Di las buenas noches. Poco tiempo después
llovió a cántaros y el viento sacudía las ramas de los árboles de
mango, aguacate, mamones y pera de agua que poblaban el patio. Me quedé dormido
pensando en la locura, en que un día podría amanecer con esa enfermedad y sentí
mucho temor de encontrarme encerrado.
Al día siguiente, por la tarde, me dirigí al otro
lado del puente y me acerqué con cautela a la caseta del hombre encerrado. Percibió mi presencia y comenzó a gritar de la misma manera, con
desesperación. Desde las rejillas de madera tiré caramelos y galletas y me
alejé corriendo. A varios metros de distancia, al salir al camino de grava, ya no gritaba.
Esa noche no llovió y salió la luna.
Acostado pensaba en el hombre que mantenían encerrado, en los rayos de luna que
entraban por la rejilla de madera iluminándole el rostro. Lo imaginaba tranquilo, en
paz, sin dar gritos desesperados porque su madre abría la caseta y lo acurrucaba como a un niño.
10 de diciembre de 2022.
Foto Propia.







